Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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XIX.
Iba a ser una incursión más.
Unidos por un propósito común, varios aventureros se adentraron en el Distrito de la Tumba. Un viento gélido se arrastraba entre las lápidas, ahogando los gemidos de los muertos vivientes que recorrían tambaleantes los irregulares suelos de piedra. Cada pisada de los aventureros resonaba ominosamente, atrayendo la atención de las criaturas con el tintineo de las placas y el golpeo de tacones contra el suelo. A pesar de las antorchas que llevaban en las manos, las sombras nocturnas se extendían por todas partes, espesas como el humo, y opresivas en su silencio.
Y entonces, lo oyeron.
Un gemido. Un llanto melancólico. Las sombras se afilaron y envolvieron el lugar como una sábana. Anyae miró a Zilvra, asustada, mientras la elfa oscura entrecerró su ojo carmesí para dilucidar qué se ocultaba en la oscuridad.
Zilvra lo sintió antes de verlo.
Una presencia. Un pesar, un frío doloroso que invadió sus sentidos cuando se acercaron a una de las lápidas. Se detuvo y apretó con fuerza la empuñadura de la espada.
- ¿Sentís eso?
Los demás intercambiaron miradas entre ellos, pero no dijeron nada.
Surgió de la oscuridad, como si esta lo hubiese engullido.
Era una figura que vagamente recordaría a una silueta humana, pero dibujado por sombras. Sus cuencas estaban vacías, pero eso no impedía dilucidar una extraña pena en su expresión cadavérica. El espectro flotaba en el aire, cerniéndose sobre ellos. Su forma translúcida se mezclaba con la negrura de la noche, portándola como una túnica.
Y luego habló. Era una voz arrastrada por el viento gélido, un susurro melancólico y hueco.
- Ayudadme.
Era una petición que hizo helar la sangre. Pues, aunque suplicaba, arrastraba tintes de pavor y malicia difíciles de describir. Zilvra, sin darse cuenta, se había situado justo frente al ser, mientras que los demás se habían apartado instintivamente. Solair, el paladín, meditaba en voz alta si no era más prudente exterminar al espectro allí mismo, sin darle patíbulo.
Pero ella ya no podía oír sus palabras. El espectro continuó su lamento, sus palabras arrastradas por el viento mortecino.
- Traed mi corona de huesos, y podré marchar de este mundo en paz. Os lo suplico.
Aquella melancolía en sus palabras hizo que algo en Zilvra reaccionara. La luz, la fuerza que la empujaba a seguir los avatares de sus sentidos, empezó a agitarse, como una llama a merced de las inclemencias del evento. Trataba de aplacar sus sentidos, de mitigar la influencia del fantasma.
Pero en aquel momento, ni la Luz fue suficiente.
Cuando quiso darse cuenta, extendió su mano hacia el incorpóreo. Y este, a su vez, atraído por el movimiento de una mortal, buscó alimentarse de su esencia.
Los gritos de los demás, que observaron el súbito gesto de la drow, llegaron demasiado tarde.
Un dolor agudo y helado la golpeó cuando los dedos del espectro rozaron su frente. En ese momento, el tiempo se detuvo y un torrente de imágenes inundó su mente: visiones de manos ensangrentadas, rostros retorcidos y chillidos ensordecedores. Se vio a sí misma atada, indefensa, mientras una miriada de encapuchados retorcían dagas cubiertas de motivos rúnicos en sus costados. La apuñalaban mientras proferían cánticos en una lengua oscura. Repetían un nombre incesantemente mientras su sangre se derramaba por el suelo. El dolor, el miedo, la pena infinita la ahogaban.
Y de pronto, sintió un tirón. Volvió al mundo, que se enfocó como si hubiese sido antes una imagen borrosa.
Pero algo iba mal.
Zilvra retrocedió, jadeante, sintiendo que los años se habían escapado de su ser como agua por un sumidero. Sus compañeros la agarraron para evitar que desfalleciese.
--
Un reguero de sangre guió a Eothain, Lythana, Zilvra y varios más al lugar. Habían atendido poco antes las súplicas de una mujer que había sido atacada por encapuchados. Pudieron salvar su vida y retirar la daga clavada de su costado. Sus motivos rúnicos hicieron sospechar a los aventureros, pues se oían rumores de atacantes misteriosos que realizaban rituales impíos en extraños aquelarres.
La gruta no era más que una pequeña hendidura en una loma, pero lo que ocurría en su interior era inconfundible.
El olor que emanaba de la misma era repulsivo. Se entremezclaba el hedor del cobre, vísceras y putrefacción, impregnando el ambiente como un miasma denso. El montaraz arrugó el cejo, cubriéndose con un paño mientras condujo a los demás al interior.
Zilvra se detuvo en la entrada, con la respiración tranquila, aunque su corazón aún soportaba el peso del encuentro con el espectro.
Dentro, los cultistas esperaban. Sus ojos refulgían, impregnados de una pasión únicamente presente en mentes delirantes. Vestían ropas hechas jirones, marcadas con la insignia de una calavera y empuñaban armas demasiado afiladas para ser meros asaltantes de caminos. Las hojas aún estaban húmedas con la sangre de sus sacrificios.
Sus compañeros se adelantaron, abriéndose paso entre la multitud de cultistas menores con facilidad. Al principio, Zilvra se quedó rezagada, agarrando con fuerza la espada. Pero entonces, uno de los sectarios se abrió paso entre el tumulto y se abalanzó sobre ella con un grito salvaje y desquiciado. Reaccionó instintivamente, esquivando el ataque y bajando la espada en un arco limpio y afilado. La hoja atravesó la garganta del cultista, que cayó al suelo en un charco de sangre.
Una voz fría atravesó el caos.
Ahora le perteneces... Toda la sangre le pertenece.
En realidad, era un pensamiento intrusivo que recorrió su ser. Un aullido abrumador. La Luz, de nuevo, se agitó, parpadeando como un foco a punto de extinguirse. Zilvra amagó una arcada, pero se contuvo.
Cuando volvió en si misma, el resultado de la contienda ya se había decidido. Una pila de cuerpos, los sacrificios de los cultistas, se amontonaban en torno a un círculo seguramente dedicado su dios oscuro. El rostro de Lythana, apesadumbrado, recorrió los cadáveres. Pronto Eothain y los demás se unieron. Buscaban signos de vida. Cualquier signo.
Pero estaban todos muertos.
Zilvra se mantuvo en silencio mientras Arianne y Lythana se intercambiaron miradas. La drow finalmente asintió y sacó unas gemas de una bolsa. Eran diamantes, grandes como puños.
Quizás podría traer algunos de vuelta.
Lythana se concentró, buscando en su Poder la esencia divina suficiente para restablecer la vida en los cuerpos de aquellos desdichados campesinos. Los diamantes empezaron a deshacerse en fino polvo, que impregnó el ambiente y envolvió la instancia como una bruma plateada. De los cinco fallecidos, uno de ellos empezó a retorcerse mientras la chispa de la vida se restablecía.
Los demás se mantuvieron fríos e inertes. Para ellos, el ritual había fracasado.
El hombre, cubierto por un manto de su propia sangre, se levantó con una expresión desorientada.
- Levantaos, buen hombre – dijo Lythana, inclinándose junto a él. – Hemos de sacaros de aquí.
- ¿Dónde estoy…? – musitó el campesino.
¿Sería quizás él, el marido de la desdichada a la que salvaron antes?
Decidieron quemar los cuerpos que quedaban. Rociaron el interior de la instancia con aceite y una vez salieron de la cueva, lanzaron una antorcha a su interior. Una explosión y el olor a carne quemada llenaron el aire, mientras los aventureros regresaron a Athkatla para devolver al hombre a la civilización.
Allí, junto al cuartel de la guardia, les esperaba la mujer que habían salvado. Al ver al hombre lo reconoció de inmediato.
Era él. Su marido.
Lythana y Zilvra se intercambiaron miradas y una breve sonrisa. La última, siempre buscando aprovechar en la desdicha una oportunidad, se acercó a la pareja y dijo.
- Me alegra mucho que esta aventura haya tenido un final feliz para vosotros. Lo único que os pido es que recordéis el nombre de la persona que os ha salvado.
E hizo un gesto hacia Lythana. Los demás no dijeron nada y se limitaron a sonreír.
La pareja se intercambió una mirada y asintió, con ojos llorosos.
- ¡Por supuesto! ¡Recordaremos su nombre por siempre!
- Querido, ¿y qué tal si llamamos a la nueva ternera Lythana? Es oscura, como ella…
Las risas que sucedieron después alejaron sus mentes de la carnicería. Era el único antídoto contra el terror que últimamente asolaba Amn.
Pero en el fondo de la mente de Zilvra, las palabras que creyó escuchar su mente seguían siendo un recuerdo perenne.
Iba a ser una incursión más.
Unidos por un propósito común, varios aventureros se adentraron en el Distrito de la Tumba. Un viento gélido se arrastraba entre las lápidas, ahogando los gemidos de los muertos vivientes que recorrían tambaleantes los irregulares suelos de piedra. Cada pisada de los aventureros resonaba ominosamente, atrayendo la atención de las criaturas con el tintineo de las placas y el golpeo de tacones contra el suelo. A pesar de las antorchas que llevaban en las manos, las sombras nocturnas se extendían por todas partes, espesas como el humo, y opresivas en su silencio.
Y entonces, lo oyeron.
Un gemido. Un llanto melancólico. Las sombras se afilaron y envolvieron el lugar como una sábana. Anyae miró a Zilvra, asustada, mientras la elfa oscura entrecerró su ojo carmesí para dilucidar qué se ocultaba en la oscuridad.
Zilvra lo sintió antes de verlo.
Una presencia. Un pesar, un frío doloroso que invadió sus sentidos cuando se acercaron a una de las lápidas. Se detuvo y apretó con fuerza la empuñadura de la espada.
- ¿Sentís eso?
Los demás intercambiaron miradas entre ellos, pero no dijeron nada.
Surgió de la oscuridad, como si esta lo hubiese engullido.
Era una figura que vagamente recordaría a una silueta humana, pero dibujado por sombras. Sus cuencas estaban vacías, pero eso no impedía dilucidar una extraña pena en su expresión cadavérica. El espectro flotaba en el aire, cerniéndose sobre ellos. Su forma translúcida se mezclaba con la negrura de la noche, portándola como una túnica.
Y luego habló. Era una voz arrastrada por el viento gélido, un susurro melancólico y hueco.
- Ayudadme.
Era una petición que hizo helar la sangre. Pues, aunque suplicaba, arrastraba tintes de pavor y malicia difíciles de describir. Zilvra, sin darse cuenta, se había situado justo frente al ser, mientras que los demás se habían apartado instintivamente. Solair, el paladín, meditaba en voz alta si no era más prudente exterminar al espectro allí mismo, sin darle patíbulo.
Pero ella ya no podía oír sus palabras. El espectro continuó su lamento, sus palabras arrastradas por el viento mortecino.
- Traed mi corona de huesos, y podré marchar de este mundo en paz. Os lo suplico.
Aquella melancolía en sus palabras hizo que algo en Zilvra reaccionara. La luz, la fuerza que la empujaba a seguir los avatares de sus sentidos, empezó a agitarse, como una llama a merced de las inclemencias del evento. Trataba de aplacar sus sentidos, de mitigar la influencia del fantasma.
Pero en aquel momento, ni la Luz fue suficiente.
Cuando quiso darse cuenta, extendió su mano hacia el incorpóreo. Y este, a su vez, atraído por el movimiento de una mortal, buscó alimentarse de su esencia.
Los gritos de los demás, que observaron el súbito gesto de la drow, llegaron demasiado tarde.
Un dolor agudo y helado la golpeó cuando los dedos del espectro rozaron su frente. En ese momento, el tiempo se detuvo y un torrente de imágenes inundó su mente: visiones de manos ensangrentadas, rostros retorcidos y chillidos ensordecedores. Se vio a sí misma atada, indefensa, mientras una miriada de encapuchados retorcían dagas cubiertas de motivos rúnicos en sus costados. La apuñalaban mientras proferían cánticos en una lengua oscura. Repetían un nombre incesantemente mientras su sangre se derramaba por el suelo. El dolor, el miedo, la pena infinita la ahogaban.
Y de pronto, sintió un tirón. Volvió al mundo, que se enfocó como si hubiese sido antes una imagen borrosa.
Pero algo iba mal.
Zilvra retrocedió, jadeante, sintiendo que los años se habían escapado de su ser como agua por un sumidero. Sus compañeros la agarraron para evitar que desfalleciese.
--
Un reguero de sangre guió a Eothain, Lythana, Zilvra y varios más al lugar. Habían atendido poco antes las súplicas de una mujer que había sido atacada por encapuchados. Pudieron salvar su vida y retirar la daga clavada de su costado. Sus motivos rúnicos hicieron sospechar a los aventureros, pues se oían rumores de atacantes misteriosos que realizaban rituales impíos en extraños aquelarres.
La gruta no era más que una pequeña hendidura en una loma, pero lo que ocurría en su interior era inconfundible.
El olor que emanaba de la misma era repulsivo. Se entremezclaba el hedor del cobre, vísceras y putrefacción, impregnando el ambiente como un miasma denso. El montaraz arrugó el cejo, cubriéndose con un paño mientras condujo a los demás al interior.
Zilvra se detuvo en la entrada, con la respiración tranquila, aunque su corazón aún soportaba el peso del encuentro con el espectro.
Dentro, los cultistas esperaban. Sus ojos refulgían, impregnados de una pasión únicamente presente en mentes delirantes. Vestían ropas hechas jirones, marcadas con la insignia de una calavera y empuñaban armas demasiado afiladas para ser meros asaltantes de caminos. Las hojas aún estaban húmedas con la sangre de sus sacrificios.
Sus compañeros se adelantaron, abriéndose paso entre la multitud de cultistas menores con facilidad. Al principio, Zilvra se quedó rezagada, agarrando con fuerza la espada. Pero entonces, uno de los sectarios se abrió paso entre el tumulto y se abalanzó sobre ella con un grito salvaje y desquiciado. Reaccionó instintivamente, esquivando el ataque y bajando la espada en un arco limpio y afilado. La hoja atravesó la garganta del cultista, que cayó al suelo en un charco de sangre.
Una voz fría atravesó el caos.
Ahora le perteneces... Toda la sangre le pertenece.
En realidad, era un pensamiento intrusivo que recorrió su ser. Un aullido abrumador. La Luz, de nuevo, se agitó, parpadeando como un foco a punto de extinguirse. Zilvra amagó una arcada, pero se contuvo.
Cuando volvió en si misma, el resultado de la contienda ya se había decidido. Una pila de cuerpos, los sacrificios de los cultistas, se amontonaban en torno a un círculo seguramente dedicado su dios oscuro. El rostro de Lythana, apesadumbrado, recorrió los cadáveres. Pronto Eothain y los demás se unieron. Buscaban signos de vida. Cualquier signo.
Pero estaban todos muertos.
Zilvra se mantuvo en silencio mientras Arianne y Lythana se intercambiaron miradas. La drow finalmente asintió y sacó unas gemas de una bolsa. Eran diamantes, grandes como puños.
Quizás podría traer algunos de vuelta.
Lythana se concentró, buscando en su Poder la esencia divina suficiente para restablecer la vida en los cuerpos de aquellos desdichados campesinos. Los diamantes empezaron a deshacerse en fino polvo, que impregnó el ambiente y envolvió la instancia como una bruma plateada. De los cinco fallecidos, uno de ellos empezó a retorcerse mientras la chispa de la vida se restablecía.
Los demás se mantuvieron fríos e inertes. Para ellos, el ritual había fracasado.
El hombre, cubierto por un manto de su propia sangre, se levantó con una expresión desorientada.
- Levantaos, buen hombre – dijo Lythana, inclinándose junto a él. – Hemos de sacaros de aquí.
- ¿Dónde estoy…? – musitó el campesino.
¿Sería quizás él, el marido de la desdichada a la que salvaron antes?
Decidieron quemar los cuerpos que quedaban. Rociaron el interior de la instancia con aceite y una vez salieron de la cueva, lanzaron una antorcha a su interior. Una explosión y el olor a carne quemada llenaron el aire, mientras los aventureros regresaron a Athkatla para devolver al hombre a la civilización.
Allí, junto al cuartel de la guardia, les esperaba la mujer que habían salvado. Al ver al hombre lo reconoció de inmediato.
Era él. Su marido.
Lythana y Zilvra se intercambiaron miradas y una breve sonrisa. La última, siempre buscando aprovechar en la desdicha una oportunidad, se acercó a la pareja y dijo.
- Me alegra mucho que esta aventura haya tenido un final feliz para vosotros. Lo único que os pido es que recordéis el nombre de la persona que os ha salvado.
E hizo un gesto hacia Lythana. Los demás no dijeron nada y se limitaron a sonreír.
La pareja se intercambió una mirada y asintió, con ojos llorosos.
- ¡Por supuesto! ¡Recordaremos su nombre por siempre!
- Querido, ¿y qué tal si llamamos a la nueva ternera Lythana? Es oscura, como ella…
Las risas que sucedieron después alejaron sus mentes de la carnicería. Era el único antídoto contra el terror que últimamente asolaba Amn.
Pero en el fondo de la mente de Zilvra, las palabras que creyó escuchar su mente seguían siendo un recuerdo perenne.
Offtopic :
Agradecimientos a DM Himmel, Onyxia y Fauno por las escenas.
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