Agosto
Parte III
El misterio del Devorador Mediocre
El calor del verano aún me hacía sentir torpe y pesado, cuando me dispuse a remover los rescoldos para apagar el brasero en el Campamento de los Llanos. Corría el rumor de que una temible amenaza conocida como "El Devorador" de aventureros estaba haciendo estragos, y sin tener nada mejor que hacer, me fui preparando para salir en su busca.
Mientras me abrochaba las botas, una llamativa figura (y me quedo corto) se me acercó. Se trataba de Lindara Meldamiriel, una elfina trovadora errante y cronista de acento cantarín cuyas orejas picudas asomaban bajo el ala de su sombrero. Entre risas y gestos graciosos, cuestionó el tétrico apodo del monstruo, sugiriendo que deberían apodarlo algo más suave, como el "Mediocre", para atraer más aventureros con la promesa de oro fácil. Decidimos por tanto unir fuerzas para resolver el misterio de cual mote le quedaría mejor.
Nos adentramos en un espeso bosque y seguimos senderos estrechos donde debíamos "siempre escoger la derecha", para no perdernos nunca en el camino, y no nos falló. El camino no tardó en cobrarse las primeras víctimas, entre zarpazos y dentelladas de lobos, descuidos con la maleza y un desafortunado encuentro con el "pipí de lobo", mis botas y mis pantalones terminaron pidiendo a una visita al sastre.
Por el camino, fuimos encontrando los cuerpos de otros aventureros que habían acudido antes que nosotros. En el primer cuerpo hallado, parecía ser el de un explorador de Gálagas, precavido hinqué el regatón de la vara entre sus costillas para cerciorarme de que estaba verdaderamente muerto. En cambio mi compañera, superando sus reparos y rezongando maldiciones en élfico, se arrodilló y debió rodear con asco el cuello del difunto para recuperar una cadena de la que pendía una alianza de compromiso con la inscripción "Mi ayer, mi hoy y mi mañana". Quise asustarla un poco moviéndolo con la vara, pero creo que me pasé un poco cuando la vi saltar asqueada.
Plegaria al aventurero desconocido
En otro los cuerpos que hallamos en la cueva, volví a emplear la vara con cautela ante la posibilidad de que se levantaran como no-muertos. Viendo que no sería el caso, me dispuse a rebuscar en el cuerpo. Hasta dar con un camafeo ensangrentado, grabado con la figura de una muchacha, el cual le confié mi compañera para que se encargara de devolvérselo a quién quisiera, ya que no podía importarme menos.
Al dar con un tercer cadáver, se mostró aún más reacia por miedo a que unos posibles hongos afectaran a su hermosa y brillante melena y se quedase calva o a su perfume de vainilla y frambuesas y oliese peor de lo que olían ya mis sucias botas. Tras jugárnoslo a cara o cruz con una moneda, le tocó a ella hurgar enguantada y (muy) asqueada (para mi deleite) entre los restos óseos, sacando únicamente un par de cobres y tabaco de mascar.
Tras superar otra manada de lobos hambrientos en las que iniciamos una competición, dimos finalmente con la guarida del supuesto "Devorador". Para nuestra sorpresa, la temida criatura resultó estar lejos de ser la leyenda de las que todos hablaban. Debo admitir, que me ganó ella por la mano. Otra crisis resuelta por Lindara Meldamiriel, de las Artistas Meldamiriel. En un campamento improvisado en el interior de la cueva, hallamos algunas cajas con contrabando.
Con la misión cumplida y el misterio zanjado, nos despedimos entre bromas por su propuesta de unirme a su troupe como bufón e insistió en rebuscar entre los restos. Regresé en solitario al campamento de los llanos, suspirando por unos pantalones y botas nuevas y pensando que, sin duda, los caminos crean interesantes compañías.