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Las Herramientas del Oficio

Arrakis

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P R E L U D I O


- Me estoy preguntando, querida…. —las palabras surgieron de entre sus labios de forma lenta, en un susurro que apenas quebraba la tranquilidad de la noche. La penumbra los rodeaba, solo iluminados por la luz que penetraba por las ventanas a través de las cortinas, su habitación deliberadamente entregada a la oscuridad y privada de toda iluminación indeseada. - ..Si no te habrás precipitado con esto.

La mujer alzó las comisuras de los labios un tanto, despegando la cabeza de entre las sábana para después apoyarla de lado, observandolo . - ¿Precipitando? - Deslizó la mano con calma, atrayendo la almohada hacia si misma, sin despegar los ojos de su marido.

- Apenas la conoces. - murmuró de nuevo, deslizando los dedos por el pelo de la mujer,entrelazándolos entre los mechones sueltos que caían sobre sus hombros. - Y vas a -.. ¿ enseñarla?

- A eso me dedico. Soy maestra, hm? - se incorporó un tanto, apoyando la cabeza entre sus manos, manteniendo la mirada en él. - Tiene-...habilidades suficientes como para que me parezca una buena inversión. Si termina trabajando para nosotros, de una forma u otra..

- Con su forma de ser y sus influencias..lo mas probable es que termine en nuestra contra.

La mujer respondió encogiéndose de hombros, ladeando la cabeza de nuevo despues y dedicándole lo que pretendía se runa mueca un tanto divertida, que forzaba sus facciones como si fuera algo antinatural en ellas- Si lo hace.. almenos sabremos perfectamente de lo que es capaz..¿ no crees?

- Sabremos lo que es capaz… —repitió él, apenas audible, como si quisiera convencerse a sí mismo o dejar patente lo poco fiable que le parecía ello. Una excusa vana, entregada como justificación vacua.

Jadzia se removió sobre la almohada, el ceño fruncido, incapaz de sostener del todo la mirada de su propio marido que la observaba con intención de juzgarla de forma clara. - Lo dices como si fueras tú quien la estuviera tanteando - añadió, con un matiz un tanto más agrio en la voz-, pero sabes que no confío en que sea tan sencillo. Aunque-... - No terminó enseguida. Se limitó a mirarlo, con esa media sonrisa apareciendo de nuevo, una que lo irritaba y lo atraía por igual, como si en cada pausa pusiera a prueba hasta dónde llegaban los límites de sus juegos.

- No lo hago por interés, si eso es lo que preguntas -soltó ella al fin, alargando cada palabra como si quisiera desarmarlo-. Pero tampoco voy a negar que me intriga ver..hasta donde es capaz de aprender.

Apartó la mirada hacia el techo. 'Intrigada'. 'Entretenida'. 'Interesante'. Él sabía perfectamente lo que significaban ese tipo de palabras en sus labios. Pronto se podía convertir en un juego peligroso en el que siempre terminaba implicando a alguien más. Y si encima la implicada era una hin, peor aún.

- Tienes esa debilidad por ellos, y lo sabes -bufó, sin molestarse en ocultar el reproche. La mirada del hombre se clavó en ella, como si la juzgara por ello, pese a que en su propio corazón también había arraigado con fuerza un Hin —. Siempre los miras como si pudieras ver algo más en ellos. Son tan inferiores como el resto que nos rodean.

- Confío. - respondió la mujer al fin, alzando un tanto la comisura de los labios de vuelta.

Claro que era eso. Queria moldearla a su favor, tantear su potencial hasta volverlo útil. Pero no podía engañarse tampoco, lo hacía con un entusiasmo que iba más allá de su propia conveniencia. Era una suerte de fascinación, deseo de probarse a sí misma. Había encontrado a alguien capaz de desarrollar sus propias habilidades. Tras años de ver a picaros, monjes y asesinos formándose en la Corona de Cobre, por fin alguien parecía poder atisbar su percepción, su forma de hacer las cosas. Sin embargo, la certeza de que Siemprealegre tomaria un camino enfrentado al suyo la carcomía, porque en el fondo intuía que no se dejaría manejar.


Tal vez la añoranza por Livae hubiera hecho más mella de la que estaba dispuesta a admitir o confesar.​
 

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I

H E R R A M I E N T A S D E L O F I C I O


La tienda se escondía en un callejón húmedo, sin letrero, apenas una puerta torcida iluminada por un farol agonizante. Dentro, el aire era denso, convirtiéndose en un almizcle de olores a cuero viejo, hierro oxidado y sudor. Entorno a ellas se abría un lugar amplio cuyas estanterías, torcidas y apretadas, rebosan de objetos que manos como las suyas codiciaban: ganzúas clasificadas para todo tipo de cerraduras, frascos de aceite para enmudecer bisagras, dagas sin brillo envainadas en vainas de cuero gastado y bolsas de terciopelo cosidas para silenciar las monedas en su interior.

El dueño, un mediano cubierto de ropajes oscuros con una sonrisa torcida siempre bailando en sus labios se encontraba ahora a la espera, con la mirada clavada en la entrada. Observaba desde detrás de un mostrador lleno de marcas de cuchillo y manchas oscuras que ennegrecían la madera. Sus ojos se habían posado en ellas en cuanto los goznes de la puerta empezaron a chirriar. La cerradura de su tienda, siempre cerrada, rara vez era abierta por alguien que no fuera con unas intenciones concretas.

‘Es como estar de nuevo en casa’, pensó al adentrarse. Tenía la extrañísima impresión de estarlo pese a que nada de lo que lo rodeaba evocaba realmente el hogar que ahora la acogía en Crimmor. Era una sensación difícil de entonar con palabras, así que no las puso en su boca. Se limitó a observar al mediano antes de apartar la capa, dejando que Sasha se adentrara en el lugar.

La mediana dió un saltito al cruzar el umbral, como si hubiera entrado a una pastelería y no a un antro frecuentado por ladrones y asesinos. Sus ojos recorrieron cada estante con un brillo casi infantil, aunque la curva ladeada de su sonrisa revelaba lo mucho que entendía lo que veía.

- ¡Espero que vayas a comprarmelo todo! - la voz se alzó sobre el silencio del lugar, mientras echaba mano para levantar un juego de ganzúas de entre los estantes.

El mediano tras el mostrador arqueó una ceja, acostumbrado a clientes mucho más silenciosos. Sasha, sin esperar respuesta, dejó las ganzúas donde estaban y se escabulló entre los estantes con rapidez, levantando frascos, abriendo bolsitas, oliendo un tarro con el ceño arrugado antes de reírse de su propio gesto.

- Esto de aquí huele a calcetines sucios - dijo con otra risilla toqueteando de nuevo una de las bolsas.

La umbra se volvió hacia ella, observandola en silencio durante unos instantes, lamentando durante unos amargos y eternos segundos el haberla acogido como su aprendiz. Después la sensación se disipó, recordando las palabras que había compartido con Helios. Y a Livae. Alzó un tanto la comisura de los labios observando al mercader de soslayo, que mantenía una mirada fija en su congénere, vigilando con una mirada desconfiada las manos de Siemprealegre. Con gesto suave, la mujer extendió la mano en dirección a sus pertenencias, rebuscando hasta dar con el saquillo de dinero.

- Diría que este sitio tiene todo lo que necesitamos, ¿no crees?

 
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GANZÚAS Y PUNZONES

GANZUA.png' El símbolo eterno del 'oficio'. Un juego de ganzúas bien cuidado es lo más básico que puedes llevar en muchas ocasiones, pues una puerta cerrada siempre puede conducir a una nueva oportunidad. También a un nuevo peligro, pero eso es otro tema...

Puedes encantarlas con Prestidigitación o Luz, ya sea para manipular cerraduras en la penumbra si tus ojos no son capaces de ver a través de ella, o para confundir a quienes lo observan y que no distingan más que una pequeña llave en tu mano. Improvisa y déjate guiar por tu instinto. '​



BOMBAS DE HUMO

BOMBA.png' Unos instantes de ceguera para los demás, y una ventaja para nosotras. No salgas nunca de aventuras sin almenos un par de estas en los bolsillos. Los polvos en el interior estallarán en una molesta cortina de humo, permitiéndote desaparecer en medio del combate y con algo de suerte aparecer lejos del peligro.Sirven de tapadera también para muchas otras cosas... combinalas con ilusiones y tendrás una buena mezcla para que la visión verdadera no sea tan efectiva contra ellas. No pienses solo en lanzarla a tus pies. Si las haces estallar entre el enemigo, puedes crear el caos perfecto. '​



POCIONES Y VENENOS

POTIS.png
' Un recurso pragmático y directo. Un vial bien preparado puede decidir la diferencia entre escapar ileso o caer atrapado. Invisibilidad, velocidad, custodias contra la muerte... No tenemos acceso al poder, y el uso de los objetos mágicos es difícil para nosotras.

Muchos llevan pociones en cinturones diseñados para soltarlas al tacto, o estan a mano para llevárselas a los labios con rapidez en medio del combate. Combinadas con algunos conjuros defensivos te pueden ayudar a ser un objetivo 'poco apetecible'. En cuanto al os venenos...bueno. A veces la mejor forma de pelear es asegurarse de que la otra persona no puede hacerlo, hmm..? '​



PERGAMINOS Y VARITAS

LIBRO.pngNo tienes tanto tiempo para dedicarlo al arte como el resto, si quieres mantener esas manos ágiles. Y mantener esas manos ágiles consume más tiempo del que crees, así que no vas a ser todo lo eficaz que quisieras con ellas..o en otras artes más dignas de 'seres' escurridizos como nosotros. A veces un pergamino de apertura en el bolsillo es lo único que te separa de tener que hacer tanto ruido que despertarás hasta la momia de Shoon II. Improvisa con ellos. Algunos convocados son mucho más útiles de lo que pudieran parecer a simple vista , a parte de para pelear pueden servirte de ojos o manos. Una varita de encontrar trampas puede ayudarte a desactivar rápidamente mecanismos mundanos mientras tu te entretenienes con la que realmente puede hacer daño.​
 
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I N T E R L U D I O

El muchacho alzó la cabeza, resuelto, observando al par de encapuchados con cierta suspicacia. Una sonrisilla bailaba en sus manos mientras con la diestra tomaba con cuidado la ganzúa de encima de la mesa, incapaz de concebir que ambos ladrones habían visto todos y cada uno de sus movimientos. Su habilidad distaba aún mucho de la de un gran ladrón, pero era la otra parte, esas agallas, esa picaresca y -sobretodo- esa facilidad para encajar instantáneamente entre la gente de los barrios la que había llamado la atención de la mujer.

El brillo en sus ojos mientras trasteaba con el arcón para tratar de abrir su cerradura mostraba un muchacho audaz, que debía tener apenas dieciséis o diecisiete primaveras y observaba todo aquello como si le estuvieran mostrando objetos de otro mundo. Su mirada no paraba de desviarse también en dirección a la puerta, mientras el olor del asado en la sala principal empezaba a filtrarse lentamente en aquel almacén repleto de moho. Era perfecto.

Era la combinación adecuada de ambición, habilidad y esa bisoñez que les entregaba en bandeja la facilidad de poder pulirlo a su gusto. Era un diamante en bruto. Y les pertenecia. Con una leve risotada la mujer se acercó hasta él, negando con la cabeza con suavidad al ver la sorpresa del joven cuando el cofre no abrió. Deslizó la mano por la parte superior y la puertecilla se accionó con un suave -click- que dejó a la vista unas cuantas monedas en su interior. Con una mirada rápida el joven las observó y volvió a mirarlos a ambos, como pidiendo permiso para tomarlas.

- Puedes tomarlas. Son tuyas, lo has hecho bien. Aunque lo harás mejor..pronto. - Un silencio se asentó en la sala mientrsa el joven recogía las monedas y los encapuchados intercambiaban una mirada cómplice. - Migajas -dictaminó finalmente la mujer, alzando la voz en la estancia, humedeciéndose los labios bajo la máscara después, como si saboreara el nombre que acababa de pronunciar. - Vamos a llamarte.. Migajas.​
 
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I I
G A N Z Ú A


‘En una sociedad donde todo el mundo es culpable, el único crimen es ser atrapado. En un mundo de ladrones, el único pecado definitivo es la estupidez.’
- Ofidio, proxeneta del Barrio



El muchacho aprendía con rapidez. Se mostraba ansioso por aprender, tanto como irremediable era su orgullo en tratar de impresionar al resto con sus habilidades. Lo consumía, y sabía que en algún momento terminaría por pasarle factura. Se encontraba sentado frente a una mesa tosca, con tres cofres alineados sobre su superficie. Ninguno poseía un aspecto especialmente valioso, si bien los materiales parecían variar sutilmente entre uno y otro. Ella permanecía de pie al otro lado de la mesa, con la mirada fija en él. Su atención estaba puesta en sus expresiones faciales y en sus manos. Bajo la capucha de la mujer, la máscara devolvía una apariencia inexpresiva que solo servía a su proposito de obervar sin ser observada.

Migajas jugueteaba con una ganzúa vieja y algo oxidada entre sus dedos, intentando aparentar más seguridad de la que sentía, esperando a que la mujer le diera permiso para comenzar.

-¿Y tú no podrías romperlos directamente? Tu..tenias magia, ¿no? - alzó la mirada con suavidad en dirección a la mujer, esperando una confirmación no verbal. - No creo que puedas enseñarme nada, tú no tienes que usar ganz-

- Podrían escucharnos. - Lo interrumpió, extendiendo la mano para pedirle un instante de calma - La magia, para ser realizada, necesita de ser vocalizada en voz alta. Hay ciertas formas de hacerlo en silencio, y conozco muchos de esos trucos. Pero los conjuros tienen limitaciones, y podría dañarse el contenido. - Esperó unos instantes a que el muchacho asintiera, dando por entendida su alocución - Es mejor aprender a usar bien la ganzúa. Por eso yo también practico.

El muchacho frunció un poco el ceño, tratando de interiorizar la respuesta de la mujer. Asintió después. Ámbar extendió la mano en dirección a su cinto y deslizó un pequeño estuche de herramientas hacia él. Dentro se encontraba un juego completo de ganzúas de aspecto nuevo e impoluto. El muchacho observó la colección de herramientas con ojos brillantes y las tomó con cuidado, observandolas un instante antes de adelantarse en dirección al primer cofre. La mujer posó la mano en su hombro, pidiéndole calma una vez más.

- Primera lección. Mantén los oidos atentos y las manos despiertas. Escucha los movimientos de la cerradura. - El muchacho resopló con una risa breve y ronca, sin comprender del todo las palabras de la mujer. Insertó el punzón con cuidado, girándolo apenas en un pequeño ángulo hacia un lado, y luego la ganzúa. La cerradura ofreció poca resistencia, escuchándose un pequeño clic provinente de su interior. Migajas sonrió. Se escuchó otro clic y finalmente un tercero, y así el cofre se abrió para ellos. Dentro se encontraba una única moneda de oro, dispuesta en el centro del cofre. Ámbar asintió con una leve inclinación de cabeza, su expresión corporal relajada. Conforme.

- ¿Ves? Soy buenísimo, joder. No es tan- La mujer lo interrumpió de nuevo con un gesto, señalando con un dedo firme en dirección al segundo, sin proferir palabra alguna aún. Migajas se inclinó sobre la cerradura con más confianza esta vez. El punzón se adentró sin dificultad. La ganzúa tanteó los pines. Esta cerradura era más terca. Frunció el ceño, concentrado mientras us dedos se movían con cuidado, tratando de recordar la presión exacta que había usado antes.

- No lo fuerces. Concentrate en el sonido y siente la presión del mecanismo, como roza con tus herramientas. Cuando se situa en su posición el sonido y el tacto parecen el mismo, pero no lo son. Es sutil, pero está ahi. - Migajas aflojó un tanto la presión, moviendo con más delicadeza las herramientas. Y pronto, el segundo cofre se abrió, mostrando esta vez un puñado de monedas. La sonrisa del muchacho se ensanchó en su rostro.

GANZUA.png


El último cofre era más pequeño. La cerradura también. Migajas no dudó esta vez. Punzón. Presión. La ganzúa entró y los diferentes pines empezaron a quedar colocados lentamente cada uno en su lugar. Pero entonces el joven se percató. Sentia algo extraño, una ligera resistencia algo diferente. La mujer se inclinó hacia él, dejado su rostro peligrosamente cerca de él, casi susurrando en su oído - ¿Notas eso? - Migajas ladeó la cabeza.

- Sí… es como si-.. El tercer clic llegó, pero no fue el de una cerradura abriéndose. El muchacho retiró la mano con rapidez, levantándose de la silla y haciéndola caer al suelo en su urgencia.- Ah! - Un pinchazo ardiente recorria su pulgar, apenas una gota de sangre visible en su dermis.

La mujer tomó la mano del muchacho con calma, observando el pequeño punto rojo. Dentro del cofre, ahora abierto, una fina aguja sobresalía del mecanismo.

- Es..Una trampa muy simple, pero que podría haberte costado la vida - dijo con voz tranquila, soltando la mano del joven. Migajas la miró con una mezcla de sorpresa y traición, mientras su rostro empezaba a tomar un color rojizo por la rabieta que pugnaba en su interior .

- Podrías haberlo dicho! Eso es Tampa! Tramposa!
- Lo acabo de decir. - La mujer mantuvo la mirada en el joven, mientras él se chupaba el dedo, todavía frunciendo el ceño. - No tenia veneno. - Hizo una breve pausa, dejando que el muchacho se tranquilizara - Ésta vez.

Migajas observó la aguja con atención y cierta desconfianza. Su expresión había cambiado y esa suficiencia en el semblante había sido sustituida por suspicacia y una clara expresión de quien se sentía traicionado. Ámbar lo observó unos segundos.

- Segunda lección. - El muchacho ladeó la mirada en su dirección - Nunca confíes cuando una cerradura se abre demasiado fácilmente. - Sonrió bajo la máscara, algo divertida, y empujó de nuevo el cofre hacia él.

- Otra vez.

Migajas respiró hondo, observando el cofre cerrado con el ceño fruncido, severo . Esta vez, cuando introdujo la ganzúa en la cerradura sus movimientos fueron más lentos. Mas cuidadosos pero también mas precisos.

Ámbar permaneció inmóvil tras él, observando de nuevo todo el proceso. El diamante poco a poco iría tomando forma.
 

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I I I
LIJA Y TERCIOPELO

'La lengua suelta es la herramienta favorita de los guardias. No necesitan tortura si el ladrón habla demasiado por orgullo, por vino o por ganas de impresionar. Por eso el primer arte del oficio no es abrir cerraduras, sino cerrar la boca.'

- Palabas que alguien, alguna vez, pronunció antes de cagarla.


Salieron con paso calmo de las Cinco Jarras, separándose con rapidez en la distancia del lugar donde habían realizado la reunión. Ante ellos las calles se extendían calmas, pero una sensación opresiva danzaba en el ambiente. Las brumas se adentraban más y mas en la ciudad, reptando por los callejones como dedos que se extendían en busca de su presa mientras poco a poco la noche también reclamaba el lugar.

Migajas avanzaba junto a Eclipse y Ambar, aún soltando improperios con voz estridente bajo la capucha, con un claro resentimiento en su voz y en sus ademanes. La mujer observaba al frente mientras caminaba, tratando deliberadametne de no entregarle importancia al incidente en medio de las calles, mientras Eclipse mantenía su férrea mirada sobre el muchacho y cada uno de sus movimientos, como un depredador que esperara el momento en que su presa flaqueara.

Recorrieron algunos callejones, alejándose poco a poco del bullicio de las calles principales de la gran ciudad, adentrándose en lo que eran sus dominios. Unas calles pobres y vetustas, pero no por ello menos prósperas para quienes sabían como manejarlas. Alli la riqueza se media en valores que fuera de ellas no eran capaces de cuantificar.

Cuando finalmente se adentraron en la Corona de Cobre, Migajas soltó un bufido, y palideció como un muerto por un instante cuando los encapuchados dirigieron una brevísimamente mirada hacia él, negando para sí. Se hizo un breve pero incómodo silencio en la desolada taberna, antes de que el muchacho volviera a abrir la boca con voz más rota que de costumbre.- Bueno yo voy a-...

Eclipse volvió a girarse hacia él con lentitud, observandolo fijamente. Parecía a punto de decir algo cuando Ambar se adelantó un paso, interrumpiendo con voz suave.

- Ven conmigo a la arena. - La mujer deslizó un instante la mirada en dirección al maestro Encubierto, antes de volver a mirar hacia el aprendiz . Con un asentimiento final, Eclipse se retiró en dirección al despacho en busca de Tasador, dejando al par a solas.

- Vamos. - Observó con detenimento al joven, acercándose a la zona donde un pequeño cuadrilátero se hundía en la posada, un lugar para espectáculos y demostraciones que, aunque pequeño, les había reportado grandes alegrías. En cuanto los pasos de Migajas se hicieron patentes en la arena, la mujer chasqueó los dedos sin pronunciar palabra alguna.

Una sacudida mágica barrió la arena. Los pasos se detuvieron en seco. Con un movimiento suave la mujer se giró, observando al joven que ahora se encontraba paralizado en medio del cuadrilátero, su mirada posada en ella con incredulidad.

- Hay muchas formas de perder un combate. Una de las mas normales es quedarse paralizado. De forma literal o -..ya sabes, emocional - agitó la mano,como si expulsara un pensamiento molesto de su mente - Quedarse quieto. La otra.. es actuar demasiado o demasiado pronto. Pero hay otra que hace que pierdas antes de empezar, querido.. - se acercó con calma hacia él, susurrando cerca de su oído- Y es ser un bocazas.

Los dos pozos de oscuridad en la máscara de la mujer enfocaron en dirección a los ojos del muchacho, sin que este pudiera divisar la verdadera naturaleza de su mirada. Él, agitado, trató de liberarse. Sus músculos temblaron en un espasmo.

- Una ricachona se ha reído de ti. ¿Qué vas a hacer Migajas? ¿Vas a llorar? - la mujer dejó que sus palabras se asentaran, mientras el joven continuaba inmovilizado. - Muchos te tomarán por estúpido a lo largo de tu vida, querido. Muchos creeran que pueden dominarte, incluso con las más estupidas de las amenazas. - La mujer se humedeció los labios bajo la máscara, rememorando con calma - ¿Qué importa que crean que tienen el poder? Déjame contarte algo.. cuanto más se crecen, más larga es la caída. Tus palabras son tuyas. Tus silencios tambien. Y dicen mucho, ambas cosas.. aprende a controlarlas.

La mujer chasqueó de nuevo los dedos, y la presión mágica desapareció por completo liberando al joven. Migajas recuperó el control de su cuerpo de golpe, tambaleándose un tanto mientras el aire volvía a llenar sus pulmones. Ámbar ya se estaba alejando en dirección a las escaleras.

- Eres muy joven Migajas. - dijo sin girarse. El muchacho fruncía el ceño, todavía enfurruñado, tratando de recomponer algo de orgullo. La mujer lo miró entonces por encima del hombro. - Yo era como tu. Quizás un poco mas centrada..solo en algunas cosas. Pero también era una bocazas. Aprende de los errores de otros..y de los pasos que ya dimos antes que tu. - Dio media vuelta, echando a andar, pero se detuvo a los pocos pasos, mirandolo de nuevo de soslayo - Y no le contestes así a Eclipse. O cuando te parta las piernas, en vez de defenderte...aplaudiré.

Y continuó subiendo las escaleras, dejando al muchacho solo con sus pensamientos y sus últimas palabras aún resonando en la salita.​
 
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I V
FAMILIA

'Lo que digo, mi señora, es que la porquería bien puede amontonarse hasta sepultar incluso al hombre más sabio. Es por ello prudente ser cauto, y atender tales menesteres con presteza. No olvidéis que cuando se barren las hojas muertas del cementerio, lo que importa es el cementerio.'

- Raspatumbas, ladrón reformado a mayordomo.




-¿ Qué es lo más importante para ti, Migajas?

El tullido terminó su pregunta con una leve elevación de su tono, y tras sus palabras un silencio se asentó lentamente entre las sombras encapuchados, que se miraron entre sí con cierta complicidad antes de virar sendos rostros en dirección a Migajas.

-Yo.. Yo creo que.. - las palabras se escapaban de entre sus labios con una voz áspera y un tanto indecisa, con una intranquilidad que se filtraba entre ellas sutilmente.

Migajas alzó la mirada, sin saber qué responder, su cabeza inclinada en un gesto que recordaba al de un animalillo acorralado ante los cañones de la escopeta de un par de cazadores. Sus pupilas pasaron por los vasos frente a él, después por Eclipse, Azzo, Ámbar. Finalmente de vuelta al tullido.

-No..meter la pata. - su voz finalmente se deslizó en la estancia, en un tono bajo pero genuino, con una nota de vergüenza en el fondo, como si entregar esa respuesta fuera lo equivocado.

Azzo observó silenciosamente al muchacho, hasta estallar en una risa risueña, relajada y franca. La propia estancia pareció caldearse débilmente ante el cambio de tono.

-No sé a vosotros, pero me parece una respuesta jodidamente buena. - negó co la cabeza, aún sonriendo- Me cae bien el muchacho, es mejor tenerlo con nosotros que en nuestra contra.

-Es una respuesta aceptable. - Concedió Eclipse, incorporándose con lentitud para empezar a preparar las prendas que Azzo le había entregado para la improvisada misión nocturna.

-No metes la pata, Migajas. - Ámbar se incorporó tambien, alargando con suavidad la mano para apretar fugazmente el hombro de Migajas ante las palabras que había compartido con los encapuchados. El muchacho movió un poco las piernas, incómodo. - Aprender siempre cuesta. Encajar es una cuesta.

La mujer se giró, observando al resto de encapuchados que se encontraban en la sala, posando su mirada lentamente en cada uno de ellos como si quisiera absorber su forma, rememorar para siempre su presencia

- Para eso está esta familia. Mientras seas fiel a ella, será siempre tu soporte.

La mujer mantuvo la mirada en Migajas, en silencio. Deseaba decirle más. Deseaba entregarle palabras mejores y hacerlo entender lo mucho que podían entregarle. Lo mucho que aquel rincón de olor a humedad rancia y hierro oxidado podía llegar a convertirse en un verdadero hogar para él. Sabía perfectamente qué tipo de miedo era el que reconcomía al muchacho en sus entrañas. Era el mismo que había sentido ella, muchos años atrás, y que solo había dominado gracias a la ayuda de Eclipse y Azzo. Migajas tendría mas ayuda de la que ella tuvo, no iban a dejarlo caer. Ahora era parte de los ladrones, parte de aquella ‘familia’ de matones y asesinos. Y sin embargo aquella era mucho más sincera que muchas otras con mejor reputación aparente.

Azzo asintió de nuevo, dando una palmada al aire antes de incorporarse con un salto.

- Pues al lío. Espero que tengáis perfume, igual algunos huelen a armario viejo. Hora de conseguir información.

 

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I N T E R L U D I O


Caminaron con calma, volviendo por las estrechas y serpenteanets calles secundarias desde el puerto de camino a los arrabales. El plan había sido un éxito, una ofrenda hecha hacia la diosa que les había concedido su nueva vida, sus nuevos cuerpos. La idea habia surgido de mano de sus propios enemigos. A fin de cuentas, les habían enseñado el camino para aprovecharse de quienes no poseían voluntad alguna, arrastrándolos para sus propios intereses. Y lo vió claro. ¿Por qué no hacerlo ellos lo mismos? Se habían acercado a los desamparados con la misma retórica. La dulce ironía se entremezclaba en sus labios con el dulce sabor de la victoria y una sonrisa que en los últimos meses permanecía casi perenne en sus labios, divertida.

Los que habían marchado influirían a sus familias. A sus hijos. A sus amigos. El loto corria también entre sus manos, una nueve fuente de ingresos. Ambar asintió para si misma, conforme. Y volvió a mirar hacia el resto de los presentes. Pelusa le devolvió la mirada, situandose con calma junto a ella, fiel. Observó después en dirección a Eclipse y Migajas antes de adentrarse en el edificio. Aquello no era más que una posada destartalada en un arrabal lóbrego que en nada se parecía a un palacio, pero por un instante no pudo sino pensar en esos reyes y gobernantes que tanto había estudiado de libros y relatos. La Corona de cobre se extendía entorno a ellos, envolviéndolos. Migajas y Eclipse caminaban junto a ella. Dejó que sus ojos se perdieran en silencio por la pequeña corte de huérfanos, meretrices e hijos de la miseria que rendían pleitesía a las sombras.

Si, eran sus Emperadores. Y el imperio... crecía.​
 

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LEALTAD

- 'La clemencia es un arma. Corroe al enemigo como el agua penetra en la tierra.'
Anónimo.




La mancha de sangre no era especialmente grande.

Ámbar la observaba desde el otro lado del escritorio, estirada en la silla con las piernas sobre la mesa, descansando. La mesa apestaba a restos de bebida y a un barniz que se había pasado demasiadas veces. Frente a ella, junto a la puerta, se extendía una alfombra que parecía oscurecerse en los lugares mas cercanos a la salida. Los chicos habían limpiado bien,como siempre, pero la sangre tenía esa mala costumbre de quedarse donde no se la quería, dejando de un recordatorio indeleble de lo ocurrido. Una sombra más oscura en el tejido de la alfombra, apenas perceptible si no sabías dónde mirar.

Ella sí sabía a dónde debia dirigir su mirada. La luz de la lámpara oscilaba con un leve temblor, proyectando formas aleatorias sobre las paredes del despacho que danzaban entorno a la mujer de forma suave. La máscara ocultaba cualquier matiz de expresión, pero sus ojos permanecían fijos en el punto exacto donde la sangre había tocado las fibras, aferrandose a ellas para no marchar jamás.

El olor metálico y un tanto dulzón en la habitación había sido sustituido por una mezcla de hierbas secas y aceites perfumados, cuidadosamente seleccionados para disimular cualquier rastro que pudiera hacer alzar alguna queja o causar cierta incomodidad. El suelo no mostraba señales evidentes. La silla había sido recolocada, y el piano permanecía impoluto en su lugar. El cuerpo, por supuesto, ya no estaba. Nada en la disposición del despacho delataría a un observador casual lo ocurrido allí unas horas antes.

Nada salvo esa mancha. Todo lo que quedaba de Ratilla.

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Un hin de carácter vivaz, de manos rápidas y voz aguda, que había aprendido a sobrevivir en los márgenes de la sociedad, en el reducto de anarquía controlada que eran los arrabales. No especialmente brillante, pero tampoco torpe. Ambicioso en exceso, pero leal. Un tanto imprudente, pero no menos eficaz. Había sido una gran aportación para la cofradía de los hins, y había sido también inocente.

Era esa la verdad incómoda que la había hecho permanecer alli, en esa sala, pensativa. No había vendido información. No había negociado con las Madame. No habías sido quien les había traicionado...no. Su error había sido el de proteger a su amante, Pulga, ocultando lo que la mediana había hecho al vender la información a terceros.

En los arrabales, la lealtad era un refugio en el que alzarse unidos como una familia. Era también una cadena invisible y estrecha que los unía. Una linea roja por la que la vida se perdia con absurda sencillez si alguien traspasaba sus límites. Nadie se sostenía a solas, encumbrándose de forma individual y, por eso mismo, cuando uno caía no lo hacia en solitario. Vender información a las Madame había sido una temeridad, y hacerlo sin asegurar el control de las consecuencias había sido una completa insensatez. Pero quizás su mayor error había sido creer que ella y Eclipse no se enterarian. Que ese acto de traición no llegaría a quienes eran los mercaderes de la información en Amn, a los verdaderos poseedores del dominio en las sombras.

No hizo falta mucho, pues durante el robo las damiselas estaban allí, cometiendo el mismo asalto. Cuando el pastel por fin se desveló, habían pedido sangre. Una guerra abierta contra la cofradía de los hins... pero su líder , la Madame, había tenido otra idea en mente. Se había encargado de ajusticiar a sus propias chicas por demandar una guerra sin permiso, pero ese acto los había puesto en una situación muy delicada. Tanto Eclipse como Ambar lo sabían. Eclipse había estado dispuesto a matarlos a ambos desde el principio. Ella, viendo en ellos una ambición que podían moldear para su beneficio, queria darles la oportunidad de enmendarse. Pero ahora que había vidas sobre la mesa y que otros se habían adelantado tomando cartas en el asunto, no tenían otra opción que mostrar la misma fortaleza y ser igual de implacables.

La Madame lo sabía, y por eso había forzado la situación. La guerra entre cofradías no era una opción, y la muerte de las tres muchachas dejaba una deuda sin resolver. Y las deudas en los arrabales eran como una herida abierta. Si no se cerraban y se trataban pronto amenazaban con empezar a supurar.

Ámbar deslizó ligeramente uno de sus dedos sobre la superficie del escritorio. La decisión había sido lógica. Inevitable, incluso. Castigar a Pulga de forma directa habría sido insuficiente. Demasiado obvio y de alcance muy limitado. La lección debía extenderse más allá de la culpable, llegando a todos aquellos que compartían su entorno, su cofradía.

Elegir a Ratilla había sido acto premeditado. El inocente, el que no podía justificar su destino con los errores cometidos. El que obligaría a todos los demás a comprender que la seguridad bajo el dominio de las sombras no residía en la lealtad individual, sino en la estabilidad del conjunto. Ese era el mensaje.

El gesto final había sido limpio. Sin vacilaciones ni concesiones innecesarias. Olvido se había encargado de que así lo fuera. Ratilla había comprendido, en algún punto entre el miedo y la aceptación, que no había espacio para la negociación. Su mirada, en los últimos instantes, no había contenido la rabia desesperada que Ámbar esperaba de la mayoría, sino una comprensión pragmática y resignada.

Pulga seguiría respirando, y en ello residía la verdadera condena que los encapuchados le habían dispuesto. Cada ausencia, cada mirada evitada, cada silencio de sus compañeros le recordaría permanentemente lo que había hecho.

No habría necesidad de repetir el gesto.
 

Arrakis

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VI
LA BUENA MANO


No era la más habilidosa. Tampoco era la más patosa, desde luego. Sus movimientos eran lentos y medidos, tratando de compensar su falta de maña con la paciencia y la previsión de sus movimientos. Era una buena aproximación, una que no muchos -ni con años y años de experiencia- tomaban, pero que a la larga garantizaba que aprendería mucho mejor a valerse.

La presencia de la elfa trasteando con las ganzúas y los punzones en las cajas que Eclipse había dispuesto aún se le hacía algo extraña. No porque hubiera acudido a ellos - como ella misma le dijo, no acudir a los mejores era algo que solo haría una inútil - sino por lo mucho que le recordaba a aquel otro elfo que hacía mucho había llamado 'amigo'. Había terminado marchando de Amn con el corazón en un puño, herido por las constantes traiciones que había recibido de otros. Pensaba a menudo en él, y de como su camino podía haberse entrelazado con el de las sombras si no hubiera puesto su confianza sobre los rojos. Pero lo había hecho, y su recompensa había sido traición y desprecio.

Aquella elfa ante ella era diferente. Parecía poseer un interés genuino por la arqueología, una afición que ambas compartían. Sus objetivos eran muy diferentes, - Jadzia jamás había tenido interés en los despojos élficos, rara vez había encontrado algo que llamara su atención y que perteneciera al pueblo. Su interés era la arqueología humana, los grandes vestigios de las civilizaciones de antaño. Su recuperación y su exhibición, ya fuera en el museo o en el salón de su casa, donde atesoraba las piezas más importantes lejos de la vista de quienes no merecían su contemplación.

Ambar continuaba guiándola con voz suave, hablandole de los diferentes tipos de cajas y de como desarmar cada una de ellas. De como los mecanismos se enrevesaban a medida que la calidad de los materiales permitía que sus tallados fueran más precisos y los engranajes más sensibles a la intromisión externa. También de la dificultad de dar con las trampas, especialmente con aquellas de carácter mágico que , en su situación, resultarían mucho más dificiles de detectar por su naturaleza, lega a la magia.

La ganzúa giró con suavidad mientras Anna entreabría el cofre, observando con mirada acerada el interior sin terminar de entornar la caja. Vió perfectamente los hilos uqe activaban la trampa que Eclipse había dispuesto, una preparada para asustar más que para afectar a quien la activara. Un mero entrenamiento que, por el momento, la elfa había conseguido interiorizar.

- Bien. -dijo Ambar, carraspeando bajo la máscara antes de acercarse a ella. La elfa la observó, escuchando con atención a la mujer. - Ahora a desactivarla.​
 
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Arrakis

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VII
CADA PIEZA EN SU LUGAR


Una miríada de voces hermanadas y discordantes retumbaban en la posada, mientras un bardo infame que trataba de hacerse con algunas monedas deslizaba estrofas melodiosas y graves que brotaban de lo más hondo de su rasposa garganta. Una brisa cálida se ocupaba de arrastrarlas por el interior de la espaciosa taberna, aunque pronto la melodía se convertia en ecos y esta en fragmentos desconectados. Sobre esa partitura infame resonaban los dados, repiqueteando en mesas entre gritos de euforia avariciosa y rabia contenida. La melodiosa voz de las meretrices se alzaba cercana a la barra, convertida en susurros de promesas de placer.

Ámbar observaba el lugar silente, apoyada en la barra con calma. Junto a ella un kenku que portaba un ribete dorado en la pechera repetía sus movimientos, manteniéndose vigilante junto a ella. Ambos acababan de volver de los Kenkus Hermanos, la nueva taberna que ahora mantenía sus puertas abiertas en el Puerto. El cúlmen de años de trabajo y esfuerzo, que habían llevado a que la mujer cumpliera finalmente la promesa que años atrás habia realizado a los aviares: un futuro estable en los barrios. Un hogar para su nidada. El abrazo de las sombras a su porvenir.

Pelusa era el primero de muchos. Era el primero de su gente en alzarse como Voz de los Barrios, sirviendo junto a ella en la que llamaban provisionalmente la Cofradía de la Noche Eterna, aquella que ella misma y el Maestro Encubierto Eclipse habían levantado con su esfuerzo. Juntos habían mejorado negocios existentes y creado nuevos. Habían ganado guerras y conquistado ciudades. Las sombras eran más prósperas que nunca, ese era el legado que juntos habían construido. Un mejor porvenir no solo para sí mismos, sino para todo aquel que viniera después, y ahora en su mesa, un tercero ocupaba su lugar. Uno que antaño había ocupado Livae, la sombra justiciera. La voz de la compasión. Era alguien a quien ambos añoraban profundamente.

El aspecto compasivo del consejo era un lugar al que poco a poco había ido pivotando Ámbar, pues bien sabía que no había puño sin caricia. Ni palo sin zanahoria. Azzo le había dicho una vez que el acero más sólido se volvía quebradizo con el tiempo, pero una vara flexible perduraria más si era usada con sabiduría, paciencia y determinación. El equilibrio de las sombras era delicado, y ambos se habían ocupado de mantenerlo bien. Fueran sus deseos acordes o no, siempre actuaban en sintonía. Unidos.

Sus continuos roces con la Madame y sus chicas había puesto a prueba ese delicado equilibrio, pero la verdadera fortaleza de las Sombras residía en la doctrina que ellos mismos impartían y en esa balanza que lo mantenía todo estable. Había quien confundía la mano tendida con la debilidad. Quienes así lo hacían, pronto descubrían que el puño de hierro de Eclipse golpeaba con mas fuerza. Quien aceptaba la oferta podía aspirar a encajar en su lugar, como los Kenku ya lo habían hecho.

La gran virtud de su nueva existencia era la paciencia. Encajaba bien con las virtudes del ladrón. Observar. Esperar la oportunidad. Y solo entonces, actuar. El dicho de que 'las sombras actúan mejor en la oscuridad' no era solo una forma literal de hablar. Era también un modo de vida, de entender su trabajo. Perseverarían, pues paciencia y determinación era algo que no faltaba a ninguno de los dos.

Y al final, cada pieza encajaba en su lugar.​
 
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