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Legado - Sonrisa cálida, corazón helado.

ELLOESO

Perro de Dan
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Saloma de plata

La luna, al caer la noche, va a visitar al mar
quien le devuelve la mirada como amante singular
capaz de reflejar se esta su naturaleza
sin mentiras, medias tintas, verdades con entereza.

En medio de ese romance se encuentra el marino
en el caprichoso baile de los amantes mecido.
Amante de la luna, casado con la mar,
no los olvida ni cuando en puerto logra amarrar.


La vida y el camino de mi capitana
a la luna de plata y sus designios fue consagrada,
como si el mar fuera nos acogió en su abrazo
mostrándonos en su sonrisa el calor de su regazo.

Sus enseñanzas nos forjaron como espadas
que contra la injusticia siempre se mantendrán alzadas
su consuelo siempre fue el férreo escudo
en el que aprender a vislumbrar la que nos depara el mundo.

Ahora que Erin surca por siempre el mar
en las manos del amante su barco se ha de alzar
su anhelante dama de plata la observará llegar
y para siempre, a su lado, la dejará morar.

Desde ese lugar nos estará vigilando
siempre atenta a nuestros caminos y desvelos
mientras nos mirará con una tranquilidad severa

repitiendo tranquila, siempre a su manera.

Cuando os acordéis de mi, no os olvidéis de sonreír.
 

ELLOESO

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El paso de los años, el corazón durmiente.
Abrió un ojo en la quietud de la noche, esbozó una suave sonrisa, ni si quiera suspiró, sin rastro de exasperación ni malestar, le retiró el pelo de la cara Mernalyn y la despertó con suavidad, moviéndola el hombro, trayéndola a la consciencia nuevamente en su noche tumultuosa; al verla abrir los ojos, Liliana estiró la mano hacia la mesilla, tomando la taza de té especiada.

- Tranquila, estás despierta y estás a salvo de los pensamientos que te persiguen - murmuraba la iluskana con tono suave y cadente, mientras le acercaba el té para bebiera de él, volviendo, después, ha colocarla con delicadeza sobre su regazo, entonando sin letra una nana que cantaba su madre cuando su enfermedad la sumía en la fiebre de su enfermedad, hasta que la joven Purkulita se durmiese nuevamente.

Depositó la taza, nuevamente sobre la mesilla de noche, alzando después la mirada al techo de la posada, sin dejar de tararear esa melodía dulce y melancólica del norte.

Sus ojos grisáceos miraron más allá del entramado de madera, recordando de manera simultánea lo pasado en Caravassar y la batalla en el Norte; el terror y la desesperación que iban ahogando lentamente su inocencia, mientras avanzaban por esas antiguas calles, tantas veces recorridas, ahora en ruinas y cubiertas de cadáveres; el ruido de la batalla en las grutas inferiores de los dominios de la Horda, el temor seguía ahí, pero acallado por la determinación y el sentido de la preservación de quienes le acompañaban y consciente de las repercusiones de perder esa batalla. La sangre que la aterrorizaba hace cuatro años en esa barbarie sin sentido, hace unas lunas, la cubría como el sudor, mientras danzaba trazando círculo sobre círculo sobre círculo, rodeada de los mismos enemigos contra los que luchó en el Sur; Orcos, Ogros, Gigantes... ahora, la fría determinación la guiaba, no encontraría placer en este combate, pero sobreviviría a él; por las personas que quería, por las personas que quería y la esperaban, por todo aquello que aún quedaba por realizar...

Bajó la mirada, acariciando distraída el cabello de la joven. Quizás había sido cruel ponerla en la tesitura de enfrentarse al Heraldo y tener que ser portadora de sus intenciones, pero como bien le habían dicho y ella misma le había repetido a su discípula, la vida es brutal, el dolor está ahí y las decisiones pueden ser acertadas o erradas, pero lo importante son los pilares en que te sustentes, que te sostengan, el corazón, tus ideales y las personas que te acompañan en el camino.

Posiblemente Lili pudiese entender mejor que muchas personas como se podía sentir Mernalyn, su instinto no le había fallado al conocerla, independientemente de su alocada cabeza y su concepción errónea del mundo, cada día se hacía más patente el corazón que latía dentro de su pecho. Si estaba en sus manos, ese corazón sería un faro para los que viniesen después, no dejaría que tuviese que encerrarlo en lo más profundo de su ser como había hecho la Iluskana para sobrevivir a la locura del mundo que se cernía sobre ella. NUNCA se está preparado para lo que te puede venir, la última herida, la más letal, la que la marcaría por siempre; nunca desaparecería, el recuerdo de Erin, la obligaba a seguir adelante, con una sonrisa en el rostro, pero con un corazón frío y encerrado, sangrante y errático, puesto que si lo dejaba aflorar, no sabría si podría volverlo a controlar.

Seguía mirándola, habiendo caído esta en un primer sueño, de momento, tranquilo, acompasada su respiración, quizás al ritmo de la melodía que salía de su garganta, que no así de sus labios. Tampoco se engañaba, podía darle las herramientas, consejos y vivencias, podía ayudarla a ser más diestra que ella en combate, enseñarla que el círculo, cuanto más pequeño, más la ayudaría a proteger a sus seres queridos; pero Lili no mentía, no era una luchadura, era alguien que sabía luchar, pero que intentaba encontrar las salidas posibles antes de desenvainar sus armas; esa era su senda y su elección; Merna debería tomar sus propias decisiones y, en ese momento, haría lo mismo que estos días de insomnio, velar su descanso e intentar restañar su alma hecha pedazos, frágil en esa noche silenciosa, con las esperanza que, una vez endurecida, no perdiese su esencia.
 

ELLOESO

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La escuela de los tres círculos
Observaba correr por la arena a Mernalyn y Zarah, sentada en el montículo, apoyando la barbilla sobre la mano. Casi se podía ver a ella, la primera vez que realizó el entrenamiento bajo la mirada de Erin. Se le escapo una risilla suave al recordar las reticencias de ambas discípulas a meterse en el agua, ladea la cabeza, pensativa; ¿ella llegó a dudar de meterse en el agua? No, y eso que por esos días no sabía nadar. Suspiró mirándolas mientras jadeaban y se quejaban, esperaba al menos poder enseñarles parte de lo que Erin le dejó como legado y qeu su interpretación de sus enseñanzas no se alejara de los ideales que se había comprometido a defender... defender, proteger; sonrió con suavidad, mirando al montículo, dónde, de manera pseudoinconsciente había trazado el círculo que había llegado a ser piedra angular de todo lo que era ella en ese momento.

Proteger... paseó la mirada por las intrincadas formas dentro del círculo; el círculo era la vida entera, nada más existía fuera de ello, no era una disciplina, una manera de lucha, era una convicción. Cada círculo, más pequeño que el anterior, cuanto más pequeño era el círculo, más pequeño tu mundo, más férrea tu convicción y tu compromiso con ellos; cuanto más pequeño sea el círculo, paradójicamente, más podrías proteger a los necesitados o a los que te necesitaban, El sonido de las quejas de sus discípulas le llegaban lejanas; sobre el círculo colocó madera seca y la prendió para hacer una hoguera donde pudiesen descansar antes de hacerlas trepar por las paredes del acantilado.

Simbolismo, que la base de esa hoguera fuese el círculo en si, prendiendo lentamente una nueva llama que continuara lo que un día su maestra se esforzó en enseñarle. Quizás ella tuviese sus propias interpretaciones de dicha filosofía, pero como toda escuela y todo esgrima, la adaptabilidad también era importante. Fue gracias a Erin que logró cambiar su estilo de combate, haciéndolo más versátil y acorde a su condición física, y fue el entrenamiento físico al que la sometió la que endureció su cuerpo y la permitió aguantar físicamente hazañas que en otras épocas seguramente le hubiesen causado la muerte por su maltrecha salud.

Alzó la mirada a las exhaustas alumnas, sonriendo de medio lado, consciente de lo que la odiarían cuando despertasen y apenas pudiesen moverse. Les indicó que se acercaran a la hoguera para entrar en calor, antes de indicarles el siguiente paso. La convicción y los ideales eran fundamentales para poder afrontar los círculos, cada uno de ellos, pero el cuerpo; el cuerpo debía estar en consonancia con el reto, conocerse a uno mismo no era sólo conocer tu psique, sino también tu físico, tus límites; poder afrontar los desafíos con la mente clara y el cuerpo presto. No había entrenamiento mental sin entrenamiento físico, pero el primero, esa convicción, era el que te impulsaba en la fatiga a seguir con el entrenamiento, a pesar del dolor y las heridas, era el que te impulsaba a seguir luchando y siguiendo tus objetivos, a pesar de las pérdidas y el dolor.

La escuela de los tres círculos era un lugar lejos de la realización personal desde el momento en que tu objetivo era el sacrificio y la defensa...

 

ELLOESO

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El sonido de las gotas cayendo lentamente, rompían el silencio y la quietud que la rodeaban. Hacía tiempo que el desasosiego y la inquietud la atenazaban tan profundamente; sobre la mesa, dispersas de manera errática todas las piezas de un puzle que había podido reunir; dio un puñetazo sobre la mesa con un gruñido y bufó, llevándose los dedos al puente de la nariz mientras rechinaba la mandíbula.

Daba igual que es lo que hiciese con el paso de los años y donde le llevaran sus pasos, luchar contra la tendencia de este país, de sus gentes era... agotador, repitiéndose siempre las mismas correlaciones, los mismos patrones; sabía cual era su decisión, con el paso de los años la niña había quedado enterrada bajo el paso de las circunstancias y el peso de lo acontecido; ¿Acaso había cambiado algo en todos estos años? Quizás sólo fuese más consciente aún de la realidad que la envolvía, su sendero seguía siendo estrello y rodeado de afilados desfiladeros; era un sendero que ahora debería mostrarse iluminado, pero en su fuero interno se encontraba a oscuras, como tantas otras veces, avanzando por mera cabezonería, por el puro impulso e instinto de no apartar la mirada del distante objetivo.

Suspiró, abrió la mano, dolorida aún después de asestar el golpe a la mesa, obser4vó lo que en ella guardaba y cerró los ojos. Quizás el objetivo nunca se lograra, pero era algo de lo que siempre había sido consciente. Quizás todo esto diese con su fin, en ese caso, ¿realmente habría prendido alguna mecha que prosiguiera el sendero que ella había seguido?

Sacudió la cabeza, esos pensamientos no la llevarían a ningún lado. Se apartó con brusquedad de la mesa y se encaminó a la salida. Fuese cual fuese el final de todo esto, esos pensamientos no la llevarían a ningún lado. Sólo le quedaba levantarse cada vez que fuese derrumbada y seguir adelante, hasta que un día, la muerte no la dejase alzarse del suelo.
 

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El miedo

“No debo tener miedo.
El miedo mata la mente.
El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total.
Afrontaré mi miedo.
Permitiré que pase sobre mí y a através de mí.
Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino.
Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada.

Sólo estaré yo.”
La incertidumbre la embargaba, quizás no estuviese preparada para seguir el legado que la habían marcado que no era más que el camino que desde un inicio había asumido, pero ahora, el peso y el desgaste comenzaban a hacer mella en su mente.

El miedo, no es más que una faceta más de la incertidumbre y el desconocimiento, pero no deja de ser real; se puede aprender de él, observarlo, asumirlo y levantarse cada vez que haga presa en el alma, pero cada día se hacía más difícil incorporarse. ¿Hasta que punto podría mantenerse firme ante las mareas amigas y contrarias que la zarandeaban como una cascara de nuez en mitad de una tormenta en lo más profundo del Mar de las Espadas?

Quizás no fuese importante esa pregunta; sólo esperaba poder tener la conciencia de si misma y la seguridad de sus actos, aunque el mundo siguiese girando en la inexorable rueda y su propia inercia y fricción la desintegrara sin dejar de ella más que el polvo y la ceniza de un recuerdo, un legado... sabía que ella no era importante, su nombre no se recordaría, no era algo que jamás le hubiese importado, sólo esperaba que sus elecciones, su legado, aquellos granos de arena fuesen un principio de algo que siguiesen los que la sucedieran el día que ella ya no estuviese.

El miedo es un esclavo mental, si, del que todos somos presa. Intentaría aprender de él el tiempo que tuviese, fuese que le fallase el corazón o le fallasen las fuerzas, pero esperando que jamás le fallase su convicción ni perder de vista el objetivo. ¿Acaso quedaba otra opción que seguir avanzando?

 

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Los tres círculos
Tras dar las clases en el dojo de la Posada Biju y mostrar las enseñanzas que le legó Erin, tenía claro que la escuela era algo orgánico, algo en evolución. El círculo o era todo, el dominio de cada uno de ellos, cuanto más pequeño fuese, más eficaz hacía la labor de proteger, el convencimiento, la determinación; pero también tenía claro con el paso de los años, que parte de la fuerza de esta escuela es la confianza de aquellos que admites en tu mundo, en tus círculos.

Tres círculos, tres individuos dentro de una misma formación, danzando sincronizados en un único patrón, un mundo regido por tres coronas en el que caiga deba pagar las normas de los filos soberanos que allí gobiernas. El mayor error que se podría cometer es menospreciar a alguno de los regentes de ese universo cerrado.

Esa percepción comenzó a florecer el día que entrenó contra Faurin junto con Nadja. Si solo cubriendo dos círculos... quizás ese fuera el siguiente paso en la escuela, la protección perfecta basada en la espalda contra espalda, tres mentes al unísono en el estudio de la batalla, sus fluctuaciones, su resolución. Un muro infranqueable de protección, pero ¿quién formaría parte de una formación así? ¿Quién compartiría ese destino?

Tres veces tres círculos, superpuestos y danzantes, tres veces tes círculos, entra dentro bajo tu riesgo y con cautela, mostrando respeto, pues no se perdonará a aquel que lo ponga en peligro.
 

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Disciplina (Parte 1)

- Recoge el estoque y levántate - La Iluskana señalaba a Zarah con su Kukri, el cual aferraba de manera inversa, ocultando así el filo del arma. Llevaba una dekhana en la Abadía en Imnescar, entrenando sin descanso a su discípula, llevándola al punto de la extenuación física extrema en el entrenamiento corporal antes de retarla a combate, repitiendo la rutina día tras día. No se mostraba clemente ni cálida como en otras ocasiones, pocos eran los consejos que entregaba a Zarah en esos días, únicamente estrictas correcciones sobre el entrenamiento en sus distintos puntos.

Alguien que conociese a Liliana podría ser consciente del cambio paulatino en su expresión, en sus formas y su ánimo en general; seria y reflexiva, aunque sin abandonar su diligencia y sus modales, aunque, en este caso, con Zarha, se asemejaba más a una militar inclemente que la maestra a la que estaba acostumbrada.


- ¿Acaso te encuentras cansada ya? - Alzó una ceja mientras observaba a Zarah recuperar el resuello, agotada y apaleada. Liliana realizaba las mismas rutinas que su discípula, forzando también su cuerpo antes de batirse con las armas. La determinación de la Iluskana se veía en el frío brillo de sus ojos, el cálido verde calishita parecía engullido por el gris norteño. Parecía qeu su sangre se había helado en sus venas, dando rienda suelta a su parte materna.

Emitió un quedo gruñido mientras empujaba con la punta de la bota el estoque hacia su discípula; algo la molestaba sobremanera, apretando la mandíbula.
- Coge.... el.... arma - Añadió con tono quedo y casi sin inflexiones - Y levántate... aún no hemos terminado, de hecho, jamás se termina, así que, levántate... ¡Ya!

Se abalanzó sobre Zarah con un tajo descendente, con la intensidad justa para obligarla a reaccionar si no quería llevarse un nuevo moratón, pero midiendo el ataque para que tuviese la oportunidad de esquivarlo. Liliana observó como Zarah había recuperado el estoque y como se levantaba con pesadez para volver a ponerse en guardia.

Ambas luchadoras comenzaron a trazar un círculo lento, observándose; Liliana se mostraba con una defensa abierta, casi provocando a Zarah, mirándola con condescendencia. Se lanzaron la una sobre la otra, danzando en un intrincado baile de filos, fintas y quiebros; las lomas sobre las que se levantaba la Abadía de Hyldcont eran testigos silenciosos de este intrincado movimiento que rompía esa quietud con los gruñidos y el entrechocar de los metales.

Tras unos minutos, el resultado fue el mismo; Zarah jadeando sobre el suelo, de espaldas, con un par de moratones nuevos para su colección; Liliana permanecía de pie, en su respiración pesada era audible un leve silbido que acompañaba cada inhalación y exhalación
- ¿Acaso es eso todo lo que tienes? ¿Acaso es todo lo que eres? -Alzó la barbilla con un gesto altivo, mientras torcía el gesto - Si no eres capaz de conocerte a ti misma y aceptar todas las partes que te componen y hacerlas una, no eres digna de seguir ningún Legado. Si no eres capaz de encontrar el equilibrio dentro de tu propia naturaleza y de pensar en las consecuencias que tienen tus actos, harás daño a todo el que te rodea y que intenta protegerte - Posiblemente fuese el discurso más largo que hubiese escuchado de parte de Liliana en toda la Dekhana. La miró en silencio durante unos segundos antes de darse la vuelta y retomar la ascensión hacia la edificación de la Abadía, que dominaba las lomas a sus pies.

Ni una sola vez en toda la Dekhana había mostrado su forma a su maestra y la tormenta interna con la que se debatía la propia Liliana, no la ayudaba a tener paciencia alguna.
 

ELLOESO

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Control
Subida al muro de la Abadía de Hyldcont observaba los tejados de Imnescar, lentas volutas de aire ascendían como indicativo del pulso de la ciudad. Su mente estaba enfrascada en un debate interno, no era la primera vez que se encontraba ante esa situación, esa encrucijada en la cual el esperar de los demás hacía que todo se tornase oscuro y difuso. ¿Cuántas veces tropezaría en esa piedra? Quizás fuese una respuesta involuntaria ante lo absurdo y gargantuesco de sus objetivos; hace tiempo que sabía que era un viaje solitario y de no retorno, pero no podía evitar buscar dónde apoyarse, mostrando la debilidad de la naturaleza de las convicciones; siempre se someten al escrutinio personal y del alma, donde un corazón fuerte y una mente fría te permiten avanzar, dónde las lecciones aprendidas deben hacerte tomar el sendero con más nitidez, no tropezar nuevamente con las mismas piedras una y otra vez.

Frunció el ceño y se miró el antebrazo, marcado con algún verdugón a causa del entrenamiento al que estaba sometiendo a Zarah, no por enfado, no por sentirse traicionada por ella, si no por el conocimiento adquirido de la importancia de tener el máximo control sobre la naturaleza que uno mismo tiene de su propio ser. Aún con las ideas claras, con la decisión tomada hace tantos años, su alma anhelaba una realidad que quizás pudiese disfrutar otra Liliana, no ella. Zarah y Merna eran depositarias del legado que dejaría cuando ya no estuviese o cuando sus acciones hiciesen que el mundo que conocía le diese la espalda. Ese es el precio de una elección, de una convicción, de un objetivo.

Abrió y cerró la mano izquierda, repasando con la mirada esa leve marca rojiza que quedó como recuerdo del precio que se puede llegar a pagar por errar un paso o confiar en quien no se debe, depositar tus esperanza en busca de ayuda de externos...

Amn es un lugar cruel y despiadadamente establecido dentro de unos parámetros en los que puedes entrar a jugar su partida pero, ¿plantar una semilla es suficiente como para dar paso al cambio? La elección debía ser parte del juego, ¿verdad? Pero ¿y si el alma de Amn estaba tan encadenada al sistema que la había forjado que la elección, a pesar de tener las herramientas, fuese una utopía?

Dejó escapar un suspiro y bajó la mirada a las colinas sobre las que se alzaba la Abadía, ¿cuánto valía su alma en comparación con la de Amn? ¿Acaso importaba? ¿Y si la respuesta fuese controlar el cambio? Una ráfaga de viento hizo que se le erizase la piel, o quizás fuese el pensamiento que afloró en su mente ¿Y si la gente no sabe elegir? ¿Cómo enseñas a alguien el camino que consideras correcto, con qué autoridad moral?

Negó lentamente, no era cuestión de autoridad moral, si no de convicción, quizás la respuesta era disfrazar la elección de lección y no dar opción, quizás la respuesta fuese el control del cambio...

 

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Pornorroleador oldschool
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El suelo de la abadía estaba frío y húmedo, y Zarah lo sentía contra su espalda, como una punzada que se extendía por su cuerpo ya magullado. Sus dedos temblorosos tanteaban el estoque que Liliana le había lanzado con un empujón de su bota, mientras sus pulmones luchaban por atrapar aire. Miró a su maestra, la lluskana, cuya figura parecía más imponente que nunca bajo el cielo plomizo. ¿Siempre fue así de dura? Se preguntó, sintiendo la rabia y la impotencia bullir en su interior.

Liliana había cambiado. Zarah no podía ignorarlo. La mujer que alguna vez le había hablado con paciencia, que le enseñaba a ajustar el peso del arma con delicadeza y le explicaba las lecciones con la calidez de una cuidadora, parecía haberse desvanecido. En su lugar, estaba esta figura implacable, con los ojos endurecidos y la voz afilada como el filo de su kukri. Zarah tragó saliva, pero no dijo nada. ¿Qué caso tenía? Había aprendido que cualquier respuesta sólo le traería un castigo más severo.

Alzó el estoque con manos temblorosas y se levantó, tambaleante. Sabía lo que venía.

Liliana no esperaría. El tajo descendente llegó, y Zarah apenas lo esquivó, sintiendo el filo cortar el aire a escasos milímetros de su rostro.

Retrocedió unos pasos, levantando el estoque para ponerse en guardia. Cada movimiento le dolía; su cuerpo estaba al borde del colapso.

Pero sabía que detenerse no era una opción.

"Jamás se termina." Las palabras de Liliana resonaban en su mente, como un eco que la consumía. ¿Qué pretendía enseñarle con esto?

¿Era esto realmente una lección o simplemente un castigo? Zarah no estaba segura, y esa incertidumbre la carcomía.


Cuando sus armas chocaron, Zarah sintió el impacto vibrar hasta sus huesos. Sabía que Liliana estaba midiendo cada golpe, dándole espacio para reaccionar, pero aún así, todo le parecía imposible. Cada finta de la Iluskana era impecable, cada ataque un recordatorio de lo lejos que estaba Zarah de ser una igual. Y sin embargo, en algún rincón de su mente, en medio de la desesperación, una chispa de orgullo se encendió. No me dejaré derrotar tan fácilmente. Fue entonces cuando la joven dejó que la bestia hiciera acto de presencia.. un enorme híbrido de felino y humana se dejó ver en el patio de la abadía, el rugido hizo que muchos quisieran verlo.

Atacó con un movimiento audaz, buscando sorprender a Liliana, pero la maestra lo esquivó con facilidad, girando sobre sí misma como si no pesara más que una hoja al viento. Antes de que pudiera recuperarse, sintió el impacto de una bota en su costado y cayó al suelo con un jadeo. Otra vez. Otra caída. Otro fracaso.

Desde el suelo, miró a Liliana mientras esta hablaba, sus palabras cortantes como el filo de su kukri.

¿Eso es todo lo que eres? —La pregunta quedó suspendida en el aire, y Zarah sintió como si le hubieran dado un golpe directo al pecho. ¿Eso es todo lo que soy?

El discurso de Liliana la dejó paralizada.

Hablaba de equilibrio, de conocer su propia naturaleza, pero Zarah sentía que esas palabras tenían un peso distinto. Su maestra no hablaba sólo de técnica o de fuerza. ¿De qué lado de mí misma está hablando?

La respuesta estaba clara, pero Zarah no quería enfrentarse a ello. No todavía. La forma que llevaba dentro, ese otro lado de sí misma, era algo que temía mostrar, incluso a alguien como Liliana.

Cuando la Iluskana se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la abadía, Zarah permaneció en el suelo, mirando su espalda. En su interior, una tormenta rugía. ¿Por qué haces esto, Liliana? ¿Por qué me exiges más de lo que puedo dar? Pero en el fondo, sabía la respuesta. Liliana veía algo en ella, algo que ni siquiera Zarah era capaz de comprender.

Con un gruñido, se puso de pie, apoyándose en el estoque como si fuera un bastón. Su cuerpo dolía, pero su mente estaba más despierta que nunca. Si Liliana quería que encontrara el equilibrio, lo haría. Si quería que aceptara cada parte de sí misma, lo enfrentaría. Pero no por obediencia ciega. No por la lluskana. Lo haría porque, en lo más profundo de su ser, sabía que tenía que hacerlo para sobrevivir.

El viento que barría las lomas traía consigo un aire de desafío. Zarah alzó la mirada hacia la abadía y, apretando los dientes, comenzó a caminar tras su maestra. Esto aún no ha terminado.​
 

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