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Libro de efemérides.

Thrall

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¡Hola!

Utilizaré este hilo para escribir todos los relatos de Sheela. Ya sean escenas que me han llamado la atención, fragmentos de historia que puedan ser utilizados como trasfondo del personaje, o pensamientos que surjan en el propio personaje a lo largo de su estancia en el servidor.

Por esto mismo, las historias no tendrán un orden determinado si no lo indico, ya que tengo escenas atrasadas por escribir pero no demasiado tiempo haha.

Espero que os gusten si decidís leer y que disculpeis las faltas de ortografía si es que hay muchas. :)





Índice:

 

Thrall

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Encuentro con la oscuridad.

Era una noche tranquila. La trémula luz de la luna rielaba sobre el inmenso mar que Sheela tenía enfrente. Se encontraba sentada y el agua se mantenía a sus pies bajo uno de los acantilados de la costa sur. La joven Lathanderita se encontraba pensativa. En un silencio quedo, extrajo un libro en blanco y una pluma de su mochila y se dispuso a escribir sus efemérides. Para iluminar la estancia, utilizo la brillante luz de su símbolo sagrado. Para iluminar su inspiración solo le hacía falta alzar la vista.

Su intento de unir el papel y la pluma se vio frustrado cuando las sombras de la noche, no ajenas a la joven muchacha, se arremolinaron para personificarse en esa temida figura de colores azabache y carmesí.
Tenéis suerte de que vuestro maldito símbolo os mantenga con vida...—. Es todo lo que dijo antes de volver a fundirse con las tinieblas.

Sheela se levantó como un resorte. Mirando a su alrededor, y dejando caer el libro al suelo.
¡Dejad de ocultaros!—. Iniquirió la joven mientras caminaba sobre el cesped del lugar.
Caminó por la zona durante unos minutos. Deseando que ese infame vástago no volviera a aparecer y que todo hubiera sido un mal sueño. Pero no fue afortunada. Pues no solo volvió a aparecer, si no que le advirtió que tres aventureros novicios se encontraban en peligro en una de las cavernas habitadas por lobos del sur. Sheela buscó ayuda en el hospicio, pero al no haber nadie acudió sola a lo que a todas luces era una trampa.

Temblorosa se dirigió hacia la caverna,mirando a su alrededor entre los árboles de la costa. Se había producido una masacre fuera de ella. Una enorme pila de cadáveres de lobos y humanos yacían en el suelo. Destrozados por completo, despedazados. Una línea de sangre avanzaba hasta la cueva, perdiéndose en la entrada. En las rocas se distinguía, inconfundible, la imagen de dos ojos y una sonrisa estampada en sangre todavía goteante. Sheela se encontraba casi en pánico, pero su deber le llamaba a entrar, aunque a su vez algo le decía que no debía hacerlo.

La entrada se encontraba en silencio salvo por el reguero de sangre que se perdía en la entrada. Cuando de pronto emergieron los gritos y aullidos de los lobos, Sheela se animó a caminar con más tranquilidad. Tan solo por saber que el vampiro no estaba cerca de ella si no más adelante.

Mientras caminaba hacia el lugar de donde provenían los aullidos, estos fueron sustituidos por gritos de terror. —SOCORRO, SOCORRO. QUE ALGUIEN ME AYUDE.— Cuando obligada por su deber, e ignorando la cautela que debía haber tenido ante ese sucio tramposo, avanzó hacia la fuente de esos gritos, el vampiro apareció de nuevo de uno de sus escondites, detrás de ella.

¿Es creíble... cierto? Al fin y al cabo... Todos comenzamos siendo humanos. — Dijo el vampiro antes de volver a imitar los gritos de pavor—. ¡SOCORRO, SOCORRO!
La Lathanderita le miró con rabia—. Mpfh, lo sabía. Sabía que erais un cobarde, pero no sabía que tanto.
Vosotros y vuestros símbolos... —Dijo Adathiel mirando a la Lathanderita desde la distancia—. Cometéis el error de pensar que os mantendrán a salvo y con vida tras su poder... Pero un símbolo se sostiene con un brazo, y un brazo puede ser... Extraído.— Amenazó el vampiro a la sacerdotisa.

¿Qué queréis?— Espetó Sheela —. Os mostrais, os regocijais ante nosotros con la maldición de vuestra existencia. Os escondeis, y lo repetís cada noche. ¿¡Qué es lo que queréis!?

¿Maldición? —Preguntó entre dientes el no muerto—. ¿Es una maldición escoger no enfermar, ni morir de hambre como un esclavo? ¿Es una maldición sobrevivir a la muerte y ser mi propio dios?—. Después de decir esto, Adathiel olisqueó el aire con fuerza. Sus ojos cargados de energía negativa aumentaban en su brillo carmesí, entrecerrandose mientras sonreía bajo la máscara—. Miedo...—. Espetó el vástago.

Y no mentía. La ordenada se encontraba extremadamente nerviosa, las frases se le atragantaban en la boca. El miedo se veía en sus ojos con más claridad que el sol. A pesar de ello, su brazo seguía erguido mientras apretaba con fuerza su medallón—. ¿Esa es vuestra bendición? ¿No enfermar? ¿No sentir nada? Tan solo deseos oscuros, ponzoñosos, vengativos...
Pero sentimientos al fin y al cabo.— Sentenció el vampiro de nuevo, quitándole importancia a los hechos y cambiando de tema—. He venido a la superficie por un motivo. Quiero saber dónde está Ellah.

¿Ellah? ¿Qué os importa eso a vos? — Preguntó la portadora del alba con curiosidad.

A mi no mucho, pero a los niños que custodiáis en el hospicio y a sus frágiles cuellos...—. Dijo mientras alargaba su diestra hacia la pared. Aarañando con sus dedos rematados en garras el esquisto de la piedra y llevándose pedazos de un tamaño que cubrirían fácilmente la mano de un hombre—. A ellos quizá sí les importe.

No os atrevais a hacerles daño—. Dice con un atisbo de rabia en sus palabras. Su cuerpo aún así, sigue comunicandose mejor que su boca. Temblorosa.

¿Y qué hareis? ¿Estirar más el simbolo?—. Dijo Adathiel riéndose y avanzando mientras Sheela seguia retrocediendo—. Pronto os quedareis sin espacio. ¿Creeis que no tengo arco, magia, pergaminos de novena esfera?
Ellah será la responsable de la muerte de muchas vidas inocentes por sus actos. De momento ya murieron dos guardias que custodiaban el pantano, y un niño.


Sheela saltó víctima de la rabia y alzó la voz más que anteriormente—. No trateis de culpar a Ellah, su corazón es noble y luminoso como un amanecer estival. Ellah es mi hermana, nuestra misión es ser la luz que guíe vuestra alma al otro lado y lo sabéis, ¡queréis matarla!. — Gritó Sheela hasta casi quedarse sin voz.
Vos sois la sombra que quiere corromper todo, ¡me dais lástima!

Al parecer, esas palabras en el intercambio de impresiones no le hicieron mucha gracia al vástago. Que descolgó un arco de debajo de su capa y amenazó a la ordenada con enseñarle respeto.
Os voy a dar a escoger. Podeis bajar ese símbolo divino y pedir disculpas por vuestras palabras, o comprobaré cuántos impactos aguantais. Vuestro dios no vendrá a salvaros, y aunque así fuese.... ¡Yo ya he sobrevivido a una Deidad!
Aunque pensándolo bien, tal vez queráis salvar las próximas cien almas que se crucen conmigo.—Continuaría diciendo el infame vampiro—. ¿Deseáis hacer un trato? Suelo entregar la oportunidad a ciertos mortales de pactar , como en su momento Karren de Torm tuvo.

¿Trato? ¿Qué clase de trato?— Preguntó Sheela con curiosidad.

¡Hagamos un pacto! — Propuso Adathiel de nuevo— La vida de Ellah a cambio de un favor vuestro. Uno sencillo y sin importancia. ¡Bajad ese símbolo y acercaos hasta mí! Charlemos frente a frente y a cambio... perdonaré la vida de tu patética hermana.

¡Lo que queréis es tomar mi vida por la de ella! ¿Cómo voy a fiarme de vos después de lo que vos mismo me habéis mostrado hoy aquí?

Unos pasos metálicos resonaron en la entrada a la cueva. Adathiel desapareció ante los ojos de Sheela y de pronto una figura con armadura metálica entró en la instancia. Otro cervatillo se había metido en la boca del lobo. De pronto, el vampiro apareció de nuevo tras él, dejando encerrados a los dos incautos que habían caído hoy en su trampa.
Y también le perdonaré la vida a este! — Aprovechó la infame criatura—. Querida, bajad ese símbolo y cumplid vuestra parte. Demostradme que sois más que un trozo de metal.
No puedo fiarme de vos... — Respondió la ordenada mirando al vampiro y al extraño que se encontraba ahora a su lado.

No se trata de fiarme de mí. Si no de si podréis soportar la carga de cientos de muertes inocentes por no bajar la mano. — La joven muchacha miraba dubitativa aún mientras el siervo de la oscuridad seguía presionándola para elegir lo más rápido posible —. ¿Seréis capaz de soportarlo?

Sheela se encontraba en un mar de dudas. El vampiro comenzó a contar hacia atrás, y levantó su espada amenazante sobre el recién llegado. La joven no podría perdonarse la muerte de más inocentes. Así que descendió el brazo llena de rabia lentamente, dejándolo sobre su cintura.

Acercaos, muchacha... — Dijo Adathiel mientras se acercaba también a la Lathanderita, guardando sus armas en una floritura.

¿Sabéis por qué escoger ser así? ¿Sabéis por qué soy... lo que soy? — Comenzaba Adathiel a relatar junto a la muchacha, que escuchaba con la mirada perdida frente al vástago. Sheela ya no podía defenderse a esas distancias, ella lo sabía. Se mantenía en silencio como si el destino de su vida ya no dependiera de ella. El temor brillaba en sus ojos con luz propia, pero su cuerpo se encontraba relajado y firme frente al vampiro.

Yo quería ser Paladín... — siguió hablando—, cabalgar con mi corcel hacia el amanecer mientras las mujeres me lanzaban flores y los varones ponían mi nombre a sus hijos... ¿Pero sabéis qué fui antes de ser Paladín...? ¡Esclavo! — miraba hacia la Lathanderita mientras ella y el otro muchacho apenas podían escuchar en silencio.
Esclavo con menos de diez años, junto a mi hermana pequeña. ¿Dónde estaba Lathánder cuando eso sucedio? ¿Por qué no estabais? ¿Por qué no estaba nadie? Solo estuve yo... Cuando los esclavistas utilizaron a mi hermana como si fuera un juguete, cuando decidieron que no valía porque estaba enferma y la lanzaron al desierto de Calimshan... Y luego... Yo escape. — relataba furioso—, Y sobreviví hasta que esa misma enfermedad se apoderó de mí... Y una noche decidí acabar con todo... ¿Qué haríais vos si os ofreciesen un mundo sin dolor? ¡Solo he sentido dolor en toda mi vida! ¡¡Yo solo quería dejar de sentir dolor!!

Sheela se mantenía quieta. Escuchando. Como si se encontrara a las afueras del hospicio, alrededor de una hoguera, rodeada de niños frente a la dama Anith. Sus ojos se humedecieron con el relato de Adathiel. Y un nudo en su garganta no permitió que respondiera a sus preguntas.

¿Quién crees que sois para juzgarme? No sabéis lo que es vivir en la oscuridad. ¡Solo quería un abrazo! ¡¡Habría dejado todo lo que tenía por uno!! ... Lo haría incluso ahora... ¿Pero quien se atrevería a abrazar a un niño que se convirtió en un monstruo? ¿Lo hareis vos?

Y ahora sois vos el que producís ese dolor. — Dijo Sheela cuando recuperó el aliento —, ¿Qué queréis escuchar de mí? ¿Cuánto lamento lo ocurrido? ¿Que se torcieran todos vuestors sueños? ¿Me culpareis a mí por ello? ¿A Ellah? ¿Culpareis al sol de no haber extinguido la oscuridad que os atrapó cuando erais niño?

Una lágrima recorría la mejilla de la joven adepta del amanecer. ¿Producto del miedo? ¿De la historia del vampiro? la lágrima se extinguía a medida que descendía sin llegar a gotear de su barbilla.

Abrazadme... — Dijo Adathiel extendiendo sus brazos hacia la muchacha, suplicante —, abrazadme como si yo también formara parte de ese sol... Haced que amanezca para mí, por favor.

¿De qué os serviría? ¿Eso os haría olvidar lo que habéis vivido? ¿En lo que os habéis convertido? ¿Eso hará que dejéis de ser un asesino? Mi abrazo no os hará olvidar los días en que vuestro corazón aún latía.

Quizá me sirva para no regresar jamás al exterior. Quizá sirva para que vuelva a sentir que hay esperanza.

¿Pedís a una servidora de la luz que abraze a la oscuridad? — Preguntó Sheela mirando fijamente por vez primera a la máscara Adathiel—, no puedo... No es por lo que podríais haber sido, por lo que os jurabais a vos mismo defender. Es por lo que que sois ahora, por la luz en el futuro de los niños por los que me chantajeáis ahora por la vida de mi hermana. — Seguía diciendo Sheela apesadumbrada, como si de verdad quisiera darle un abrazo que acabara con todo.

...Que me lo de él entonces.— Dijo mirando al otro caballero de metálica armadura, conformándose—. Es de mi estatura.

El otro hombre no pareció pensárselo tanto, y abrió los brazos para abrazar a Adathiel. El vampiro parecía vivir una dulce sensación. Dejándose abrazar sumisamente por ese hombre desconocido. —Aaah, qué dulce sensación, ¿no es así?. Como aquella vez que abracé a Lilith... —Dijo sin ganas enterrando su cara en el cuello del hombre y suspirando de manera totalmente inhumana—. Estoy tan cansado...

Sheela les observaba en silencio. Sus ojos aún húmedos ya no contenían el miedo inicial, pero desde luego aún nublaba sus actos ligeramente. Sentía una profunda rabia al haberse visto superada por la situación. Y su mirada era más severa que nunca.

Cansado, y sediento... — Sin mucho movimiento, el vampiro aprovechó su posición para levantarse levemente la máscara y hundir sus colmillos en el cuello del pobre hombre, clavando las garras en su espalda para inmovilizarlo. El vástago parecía drenar la sangre del hombre mientras lo zarandeaba violentamente. Sus colmillos desgarraban su yugular de manera sonora y violenta.

La Lathanderita, alarmada. Alzó la voz en una divina plegaria mientras su brazo se alzaba de nuevo como un resorte. La escasa luz que entraba en la caverna pareció arremolinarse en el medallón del alba y un brillo intenso comenzó a emerger del mismo. El eco de la oración resonaba en las paredes de la cueva hasta que pareció provenir de todas partes. El vampiro se apartaría bruscamente, bufando con un gruñido animalesco mientras ocultaba sus dientes con la máscara. Dejando caer el cuerpo del hombre al suelo.
¡¡Maldita seas!! — Gritó este lleno de rabia —. ¡¡Os veré caminar entre los muertos!! ¡¡Y vuestra hermana será lo último que veais antes de morir!!

Sheela caminaba hacia delante, con determinación hasta llegar al cuerpo inconsciente del hombre, que yacía sobre el frío suelo de oscura piedra. Agachandose para colocar una mano sobre su armadura, sin dejar de mirar al vampiro, con una mirada de incipiente odio como no había sido capaz de hacer anteriormente.

—¡Nada sobrevivirá a mi rabia! — Seguía gritando el vampiro tratando de avalanzarse sobre la joven sacerdotisa. Estampándose ocntra un muro invisible que es la energía del símbolo de la mañana. —¡¡Os mataré, os mataree!!

Sheela cerró y abrió los ojos. En ese lapso de tiempo aún podía escuchar las amenazas del vástago. Pero al mirar a su alrededor, solo vio las caras alarmadas de las hermanas Ilmataris del hospicio al ver a un hombre que se desangraba por su cuello.
 

Thrall

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El nacer de un caballero I - La vigilia.
El día se levantaba lluvioso. Este amanecer era de color gris y el ambiente estaba impregnado por el olor a petricor. A Sheela, lejos de disgustarle, esto le encantaba. El otoño. La renovación en su ámbito más natural. Paseó descalza por las afueras de la capital, sus hábitos se tiñeron del color del barro, al igual que sus pies. Pero esto no parecía importarle sabiendo cuáles son sus deberes en la vigilia. Purificar su cuerpo a través de su limpieza, acicalar su tabardo con pulcritud, y hacer posteriormente lo mismo con su alma.
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Tras purificar su cuerpo en un largo baño en la cúpula de la rosa, y recoger su tabardo minuciosamente atildado, el día anterior a la ceremonia, Sheela se encontraba nerviosa. A pesar de todo, ella sabía que esa inquietud remitiría al purificar también su alma en su noche de vigilia.

La tormenta otoñal de Minsor se hacía notar. Los truenos resonaban en el principado aunque durante horas parecerían susurros para la joven, que unos minutos antes de medianoche, ya se encontraba arrodillada y lista para empezar ante el altar de la tríada.

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Tras purificar su cuerpo, ahora sería el turno de su alma. La Lathanderita estaría postrada ante el altar de la tríada. Con tal de poner fin a su estado de vigilia. Concentrada durante unos minutos, su estado de introspección duraría toda la noche previa a la ceremonia.

Durante horas, parecería encontrarse en un estado casi de decatexis. Buscando en su interior oro hallaría joyas, mas también encontraría que no es aún enteramente aquello que desearía ser.

La Lathanderita, en conjunto con su dogma, trataría de definirse. Pues el conocimiento personal se haceindispensable con el pasar del tiempo. Examinándose con objetividad y sinceridad, esperando dar lugar a un nuevo caballero coherente y madura. Encontrar claridad en su mente, y ponerse en marcha ascendente hacia la superación y la perfección.

Así, desde el comienzo hasta el final de esta noche dedicada a su vigilia, Sheela trataría de juntar ese horizonte tal como lo hacen el cielo y el mar en la lejanía. Poniendo en comunión las dos partes más importantes de sí misma. Sus dos mundos. Su exterior, y su interior.

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Thrall

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El nacer de un caballero II - La ceremonia.

¡Talán, talán, talán!

Las campanas comenzaron a dar vueltas sobre si mismas a primera hora de la mañana, llamando la atención de aliados, fieles y curiosos. La llegada del día se recibía en el castillo a través de la luz que atravesaba las vidrieras del mismo, tornando la estancia de una mezcolanza de colores armoniosa. Multitud de pasos comenzaron a resonar en la instancia alrededor de Sheela, el recinto se iba colmando de gente que gustaba de contemplar la ceremonia. Para Sheela, los pasos a su alrededor apenas eran percibidos como aleteos de mariposa , y las campanadas se escuchaban muy muy lejanas dentro de su profundo estado de concentración.

Todo a su alrededor se estaba preparando para dar comienzo a la ceremonia. Los cuchicheos del público iban y venían ajenos a muchacha que aún meditaba desde la ya pretérita medianoche.

El último aleteo de mariposa correspondía al caminar del maestre Erik Langley de Torm, quien cruzaba la estancia hasta el fondo de la sala dispuesto a oficiar la ceremonia. Quedando a la vista de todos, carraspeó para aclararse la garganta y contemplar a Sheela en su hacer antes de romper el silencio.

Gracias, muchas gracias a todos de corazón por venir hoy. Especialmente en los tiempos que corren, donde casi siempre que nos vemos con nuestros aliados es por alguna fatalidad, es doble motivo de alegría reunirnos por algo bueno—. Comenzaría Erik.

La paje Sheela de Lathánder, que con tesón y servicio se ha dedicado en los últimos meses a su formación dentro de La Orden, dará finalmente el paso definitivo para formar parte de la misma con pleno derecho.

Cuando Erik pronunció su nombre, la joven muchacha abrió sus ojos como si hubiera despertado de manera natural en un amanecer otoñal. Incluso un tanto agitada.

Sheela.— clamó Erik llamando de nuevo la atención de la Lathanderita. —Cuando estés lista.

Levantándose en silencio, palmearía sus rodillas, tratando de dejar sus ropas impolutas antes de caminar hacia el maestre. Transcurrió el pasillo en silencio y con su mirada al frente. No pudiendo responder si alguien le preguntara quién ha acudido y quién no a la ceremonia. Su concentración se encontraba totalmente ocupada en su próximo devenir.

El maestre asintió de manera solemne a la joven, indicándole con un suave gesto que se arrodillara de nuevo. Sheela, manteniendo su mirada al frente, lo haría sin titubeos.

Los cimientos de La Orden del Radiante Corazón.— Continuaría el paladín con la ceremonia. —,se sustentan sobre los nueve pilares que nuestros fundadores, con el beneplácito de los dioses justos y benevolentes, nos han legado. Así pues, en presencia de nuestros aliados y bajo la atenta mirada de los dioses, harás formal tu juramento sobre dicho código. ¿Estás lista?— Terminó preguntando a la próximamente caballero.

Estoy lista.— Dijo tajante la joven asintiendo a las palabras del maestre. Sheela, aunque mantenía su estado de concentración tanto como al principio, mantenía ahora sus ojos rasgados abiertos como platos. Su mirada avellana parecía hiperactiva, enfocando todo lo que encontraba frente a ella.

El pilar de la fe es aquel que nos indica el camino a seguir bajo los preceptos que nuestros dioses nos indican a través de sus diferentes dogmas, pues son ellos los que nos conceden su favor y nos señalan como sus adalides. ¿Juras sobre la fe y seguir siempre los designios que los dioses disponen para nosotros?— Preguntó Erik con tono severo, dando comienzo a los juramentos de la liturgia.

Sheela repitió sin dudar las palabras del paladín para realizar el juramento. No parecía quedar atisbo de la niña dubitativa que ingresó como escudera. —Juro sobre la fe y juro seguir siempre los designios que los dioses disponen para nosotros.

Uno de los caballeros más cercanos a la ceremonia, golpeó con su espada su propio escudo cuando Sheela realizaba su juramento, y, imitándole los demás caballeros, el sonido se propagaba por el castillo como un rugir de metales.

Erik asintió conforme, tomando de nuevo la palabra. —El pilar de la lealtad es fundamental, pues de la lealtad nace la unidad y la confianza necesarias para, codo con codo, librar la eterna batalla contra las huestes del mal. ¿Juras sobre la Lealtad a La Orden y sus valores?

Una vez más, la ordenada ponía su vida al servicio de la orden repitiendo el juramento. Sus palabras eran un espejo de los sentimientos de la joven. Y resonaban firmes en la estancia. —Juro sobre La Lealtad a La Orden y sus valores.

Tras el nuevo juramento, se repetiría el eco de hierro que propiciarían las espadas de los caballeros chocando contra sus escudos.

El pilar de la defensa nos enseña que somos los protectores de todo aquello que es justo y bueno, del inocente y del que no puede protegerse a sí mismo.Somos defensores también de Minsorrán, sus gentes y de su majestad el príncipe Wessalen. —Proseguiría el Lord con la ceremonia de ordenación. —¿Juras sobre la defensa al Principado y a todo aquello que es justo y bueno, así como del inocente y el desvalido?

Sheela volvería a alzar la voz, procurando siempre no superar en fuerza la de su superior. —Juro sobre la Defensa al Principado, y a todo lo que es justo y bueno, así como al inocente y el desvalido.

Otro golpe por cada juramento teñiría la ceremonia de una solemnidad sobria con el proceder de los caballeros.

Erik tomaría de nuevo la palabra tras los metálicos golpes de los caballeros. —El pilar de la templanza es aquel que nos enseña a ser reflexivos y mantener la cabeza fría, venciendo a toda tentación que pueda poner en riesgo la integridad de nuestra labor. Pues el enemigo más peligroso no es aquel que con acero nos recibe, si no el que con lengua afilada trate de hacernos dudar de nuestros principios más inquebrantables. ¿Juras sobre la templanza, siendo siempre reflexiva ante cualquier adversidad, y vivir siempre dentro de la mesura?

Y de nuevo, otro juramento seguiría poniendo la vida de la sacerdotisa en pos de la orden de ahora en adelante. —Juro ante la templanza, para ser siempre reflexiva ante cualquier adversidad, y vivir dentro de la mesura.

Erik concedería unos segundos de gracia para que los caballeros volvieran a hacer rechinar sus pertrechos por toda la estancia. —El pilar del valor es aquel que nos enseña a vencer el miedo y evitar que éste nos prive de cumplir con nuestro deber. Pues el más valiente no es aquel que no tiene miedo, si no aquel que pese al miedo, se mantiene firme en su tarea. ¿Juras sobre el valor y enfrentar siempre al mal en todas sus formas?

Sin titubear ante la mirada de todos los asistentes y los ya caballeros, la que pronto, tras un largo esfuerzo, será un igual para ellos, volvería a jurar una vez más. —Juro sobre el valor y juro enfrentar siempre al mal en todas sus formas.

El pilar de la justicia.— Alzaría la voz el Tormita de nuevo—, es aquel que nos enseña a ser equitativos y proporcionales en nuestros juicios y decisiones. Así como a mantener la justicia de los dioses por encima de la de los hombres, pues como bien sabemos, ley y justicia no siempre recorren el mismo camino entre los mortales. ¿Juras sobre la Justicia y revelar siempre la verdad para poder obrar con proporcionalidad acorde a cada situación?

Las palabras salían ya de Sheela como si de un autómata se tratara. Realizando un juramento más, y encadenando su destino a lo que ella siempre había querido. —Juro sobre la Justicia, y juro revelar siempre la verdad para poder obrar con proporcionalidad acorde a cada situación.

Los golpes secos y el eco metálico sería una constante en cada juramento.

El pilar de la generosidad nos habla no solo de alimentar al hambriento o curar al enfermo, si no también no escatimar en esfuerzos a la hora de desempeñar nuestra sagrada labor. ¿Juras sobre la generosidad y poner siempre todos tus recursos, materiales o no, al servicio de nuestra labor?

El leve tintineo en la voz de Sheela, iba desapareciendo a lo largo de la ceremonia, realizando cada juramento con más convicción si cabe que el anterior. —Juro sobre la generosidad y juro poner siempre todos mis recursos, materiales o no, al servicio de nuestra labor.

Erik asentiría con firmeza una vez más. Manteniéndose estoico durante la ceremonia al tiempo que los escudos de los caballeros volvían a resonar. Prosiguiendo al instante con el penúltimo de los pilares.

El pilar de la nobleza, lejos de estatus y poderes sociales, nos habla de ser siempre un ejemplo con nuestros actos y palabras, haciendo gala en todo momento de los valores propios del honor, el respeto y la cortesía. ¿Juras sobre la nobleza y ser siempre un ejemplo entre amigos y enemigos, así como no manchar jamás tus labios con la sombra de la mentira?

Juro sobre la nobleza, y juro ser siempre un ejemplo ante amigos y enemigos, así como no manchar jamás mis labios con la sombra de la mentira.— Sintiéndose plenamente de lo poco que falta para la conclusión de la ceremonia, la joven alzaría tímidamente la mirada ante el penúltimo juramento.

El pilar de la humildad nos enseña a huir de la vanidad y la soberbia, para que seamos siempre conscientes de que nuestros éxitos se labran en la unidad de La Orden y que no sería posible alcanzarlos de otro modo. ¿Juras sobre la humildad y evitar que el halago nos emborrache de soberbia en el éxito, atribuyendo al hermano y al aliado su valor en todo momento?

Postrada ante el maestre, la portadora del alba asentía, y terminaría sus juramentos sobre unos pilares que ya habrían confeccionado durante meses los procedimientos de todos sus actos. —Juro sobre la humildad, y juro evitar que el halago nos emborrache de soberbia en el éxito, atribuyendo al hermano y al aliado su valor en todo momento.

El maestre, asentía por última vez al tiempo que Sheela finalizaba con los juramentos. Con su diestra, desenvainó su espada bastarda, dejando a la vista de todos una elegante y fina hoja que comenzaba a brillar con intensidad al contacto de la mano del paladín. Elevaría su arma ofreciéndola a los presentes, antes de postrarla sobre el hombro de Sheela, que volvería a agachar la mirada, hacia el suelo que Erik ahora pisaba.

Sheela de Lathánder, yo os nombro a ojos de los dioses y esta sagrada Orden.— Sentenciaría el Tormita al tiempo que cambiaba la espada al otro hombre de la joven muchacha—. Caballero de La Orden del Radiante Corazón.

La sala se convertiría ahora en una ebullición de aplausos y vitores. Sheela sonreía aún mirando al suelo. —Enhorabuena, Mater Sheela de Lathánder—. Diría Erik ofreciéndole su diestra como un igual, para que se alzara.

Sheela tomaría su mano y sin dejar de sonreír, se levantaría lentamente, volviendo a palmear sus rodillas con la otra mano. Asentiría a Erik dándose la vuelta al tiempo que un ordenado acercaría al maestre un tabardo de color azul, doblado con mimo y dedicación, dándoselo este a la sacerdotisa y añadiendo unas últimas palabras. —Ha sido un camino largo y sin duda duro, pero... lamento informarte que lo duro empieza ahora—. Sonreiría el maestre con complicidad, y felicitándola de nuevo con una leve palmada en su hombro.

He jurado estar preparada para lo que venga. Estoy lista.

¡Por la triada, por La Orden del Radiante Corazón!— Clamaría Erik al escuchar estos mismos gritos de parte de algunos de los asistentes.

¡Por la orden!— Gritaban también al unísono Ellah, Solair, el monseñor Rickard, todos los que habían estado a su lado. Sheela alzaría la voz también justo cuando Ellah la abrazaría en primer lugar, rompiendo Sheela a llorar en su hombro, emocionada como nunca antes.


Offtopic :
Siento si el texto se hace pesado. Lo he dividido en tres partes porque era infumable jajaja. Los asistentes y sus palabras de afecto saldrán en la tecera parte :) Espero que os guste si habéis aguantado hasta aquí y disculpad cualquier falta de orto-grafía
 

Thrall

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Offtopic :
Tenía pendiente este relato-homenaje para todos los que acudisteis a esta escena, perdonad la tardanza!



El nacer de un caballero III - Beatitud dadivosa.


Ceremonia1.png


Los sonidos de metal de las armaduras de los caballeros cesaban. Los aplausos se extinguían mientras los curiosos iban dejando vacíos sus lugares en los bancos del gran salón donde Sheela había sido nombrada caballero. La joven levantó su cabeza del hombro de Ellah, y agradecía las congratulaciones aún con los ojos llorosos.

Gracias a todos por vuestra asistencia.— Alzaría la voz Sheela hacia los presentes que aún quedaban en el lugar. Algunos de ellos se acercaron a la joven, y tras ellos, más y más de los presentes originaron una cola inédita ante la joven. Las primeras de la misma, eran las damas Madeleine y Astrid, de La Eterna Melodía.

Felicidades, dama Sheela.— Felicitaron casi a la vez ambas mujeres. —En nombre de la Eterna Melodía, os queríamos regalar un presente para celebrar vuestro ascenso a Caballero del Radiante.

¿Un regalo?— Preguntaría con curiosidad la joven. Madeleine le tendería una pequeña caja, algo pesada a la Lathanderita.

Un presente, sí, sí.— Asentiría Astrid. La caja estaba grabada con el emblema de la Eterna Melodía. Sheela la abriría con mimo y miraría su interior con los ojos aún brillosos. Recogería la maza que se encontraba en su interior, una maza realmente preciosa, digna de la compañía que le ofrecía el regalo.

Muchas gracias, no hacía falta...— Dijo la ahora caballero mirando absorta el regalo.

A vos, Sheela, por lo que haceis por Faerûn y por todo lo que aún no habéis hecho pero seguro que haréis.— Añadió Madeleine antes de dejar espacio a la siguiente de la cola, que no era sino Istral, del Plenilunio. Que se acercaba a Sheela con una sonrisa.

Felicidades, te lo mereces. ¿Puedo daros un abrazo?— Preguntaba Istral ante la joven.

Sheela, en lugar de responder, procedió a abrazarse a Istral agradeciéndole su presencia. —Gracias, dama Istral, gracias por acudir.

Ahora solo queda comenzar a trabajar codo con codo.— Dijo riendo y devolviéndole el abrazo. —La logia entera os felicita.

La dama Istral marchó junto a Marzer, que felicitaba a Sheela desde lejos. La Kelemvorita Lilith se aproximó entonces a dedicarle unas palabras a la joven, golpeando el suelo con su bastón.
—Felicidades, Sheela. Espero que sigas esforzándote con todo, aún más bajo tu nueva responsabilidad.
Muchas gracias, dama Lilith, es un honor teneros hoy aquí.— Respondió Sheela antes de que sentenciara la sacerdotisa del juez.
—Hoy el honor es todo tuyo.

La próxima de la fila era la sacerdotisa del hospicio, Adellian. Que le entregaba una flor de cristal a Sheela. La joven caballero la recibía aún con lágrimas en los ojos. —Sheela, Essi me pide que os entregue esto.

La clériga del quebrado, bajó la voz para hacerle una curiosa pregunta a la joven Lathánderita. —¿Cuál de los juramentos os parece más importante?

A lo que Sheela, sin titubeos, le replicó. —Pues... todos por igual, dama Adellian, creo que una base sólida debe estar equilibrada, de lo contrario, todo se desmoronaría. Pero si me hacéis elegir uno, sería la humildad.

Adellian daría un abrazo a la joven Sheela, indicando que ella pensaba igual, antes de dejar paso a una persona más. Una joven desconocida para Sheela, que no dudó en tomar la palabra.

No nos conocemos ni buena señora, mi nombre es Ethain. he venido acompañando a Marzer, sin embargo debo decir que ha sido una ceremonia preciosa. No podía evitar felicitaros. Me siento honrada por haber asistido.— Dijo realizando una graciosa reverencia.

Gracias entonces por haber acudido, mi señora. Un honor teneros aquí.

Al retirarse la muchacha, el turno sería para Solair. Al acercarse, Sheela abrazó sin dudar al joven paladín que siempre había estado a su lado.

Dama Sheela, ¿y esto?— Preguntaría algo sorprendido el joven.

Sheela sonreía. Llena de júbilo, sus ojos aún se encontraban humedecidos por las lágrimas que precedieron a las felicitaciones. —Mi gratitud por vuestra asistencia. Gracias por ser partícipe de esto. Vos me habéis ayudado y enseñado muchas de las cosas que sé, y ante vos fui nombrada escudera. Así que esta ceremonia también es vuestra.

Y fijaos hasta donde llegasteis.— Sonreiría Solair. —Estoy muy orgulloso de vos, hermana. Oh, tenía un regalo para vos. No es gran cosa, pero considero que el detalle es lo que más importa—. El paladín comenzaría a buscar algo entre sus pertrechos, sacando finalmente una rosa roja de buen tamaño, y entregándosela a la joven. —Aquí está, tomad. Y Gracias por esforzaros tanto, el mérito es todo vuestro—. Concluría el paladín antes de marchar guiñándole un ojo a Sheela.

Ceremonia2.png

El monseñor Rickard se acercaría a Sheela entonces con una sonrisa, portando un zurrón de piel con él.

Hermana, yo tan solo quería deciros algo si gustais.

Claro,— Contestó Sheela sonriendo. —vuestras palabras siempre engrandecen todos los pilares a los que servimos.

Entonces, el anciano comenzó a hablar ante la atenta mirada de Sheela, que le escuchaba fervientemente. —Sabed hija, que buen grano da buen fruto que crece fuerte pero ante todo alto. Yo os digo, recordad y sabed que alejaos haréis, mas jamás os perdereis, pues buen camino sigue quien su corazón persigue y quien este entiende, sabe y comprende. — Tras sus palabras, el anciano ofrecería a Sheela el zurrón. —Aquí os doy la espada que emplee durante la cruzada. Yo ya hace tiempo dije que no volvería a tomar esta clase de arma. Vuestra es, y confío que en el futuro hagáis gran gesta con ella.

Monseñor Rickard...— La Lathanderita se vería tan abrumada como sorprendida.

Sea la paz se forje con su filo. Que el quebrado os guarde, caballero Sheela.— Añadiría el anciano juntando sus manos e inclinando su cabeza, antes de marchar. Sheela recogería el zurrón dejando en el suelo la caja de la Eterna Melodía de forma algo brusca, al estar sus brazos ya llenos de presentes que para nada esperaba.

Muchas gracias por vuestra presencia monseñor Rickard. Espero estar yo pronto donde vos estáis, y viceversa.

Eltharion se aproximo a la joven cuando Rickard marchó, también acompañado por una amable bendición.

Que la luz de tu señor te ilumine, y la dorada llama de la mía os otorgue dicha en vuestro corazón.

¿El mejor arquero de Minsor ha venido a verme?— Respondió Sheela sonriendo, agradecida por el gesto.

—Oh, quién sabe, aún no he batido a Maese Alesthood. Por cierto, os traigo un presente.

Vuestra presencia es es un honor para mí seáis el primero o el último de los arqueros, mi señor Eltharion. Muchas gracias por vuestras palabras.— Respondió Sheela, tan humilde como de costumbre, aunque no podía evitar mirarle con curiosidad al tiempo que este le entregaba un pañuelo de tela élfica bordada con hilo de oro. En su interior, entre las telas, se hallaba un silbato de madera tallada con motivos élficos y la figura de un can.

No pude traer vuestro regalo, pues no sé si dejarían que cruzara las puertas del templo... Se que como siervos de la luz muchas son las noches de vigilia en soledad o los senderos a recorrer sin más compañía que la fe. Os entrego un cachorro mestizo de nuestros canes. Requerirá la mano de alguien que sepa educarlo, pero sea leal y compañía en vuestro camino.

Sheela asintió. —Muchas gracias, Eltharion. Aunque toda noche finaliza con un amanecer que nos cobija. Por larga que sea.—Sonreiría la joven.

Que la dama dorada os bendiga y que vuestro señor os tenga en su alta y radiante estima. — Se despedía Eltharion haciéndose a un lado, para que la fila prosiguiera su curso, aunque ya concluía ya estaba concluyendo. El fiel siervo de Tyr, el paladín Leon, se acercaba ahora para premiar a la muchacha con sus palabras.

Salve, Sheela, caballero de la orden.— Diría Leon inclinandose en una muy pronunciada reverencia, extremadamente respetuoso.

Mi señor Leon. Gracias por estar hoy aquí.— Se repetía la joven Lathanderita una y otra vez.

El paladín apuntaría con la voz calma. —No os he traído ningún presente, pues nada terrenal puede ser tan grande como el honor de ingresar en una orden como El Radiante Corazón, con los valores que los dioses representan. El regalo es ver a alguien como vos, joven y llena de fuerza dispuesta a servir a La Orden. Yo como paladín de Tyr, te saludo.

Que no os atormente un bien material. Hoy la dicha es más fuerte que cualquier regalo.—Diría la joven con su permanente sonrisa adornando sus labios.

Así el señor Leon se apartaría de la cola para dejar paso a la última persona que la formaba, la miembro de la guardia Helen Stern.

Mis más sinceras felicidades Caballero Sheela, por haber podido llegar hasta donde está. —Diría asintiendo firmemente. —Las luchas son las que nos forjan en el destino y en nombre de Tempus espero que le sonría en las batallas por venir. Luche con honor y viva.

Muchas gracias por vuestra presencia. Llegar aquí desde luego, tan solo es el principio del camino.— Sonreiría afable Sheela.

—Que el martillo le sonría en sus batallas venideras, caballero Sheela.

Helen marcharía también en silencio por el mismo pasillo que la ordenada cruzó al comienzo de la ceremonia. Ahora la sala estaba vacía. Solo estaban ella y su superior, Erik. Que también extrajo un pequeño obsequio de entre sus pertenencias.

No me gusta dar los regalos en público. La gente compara, ya sabes. — Sonreiría el Tormita.

Muchas gracias por su confianza una vez más, Sir Erik.— Diría la recién ordenada mientras tomaba en regalo del maestre con mimo.

Tras esto, Erik se retiró. Sheela volvió a mirar la estancia, esta vez vacía. Se quedó sentada horas en uno de los bancos. Pensativa. Entre toda la amalgama de pensamientos que la invadían incesantemente, unas palabras volvían a su mente una y otra vez.

"Tan solo es el principio del camino."
 

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Arael'Sha I.
En los llanos de la capital, el cielo invernal fue tornándose oscuro al atardecer hasta parecer un mar de estrellas. Céfiro se desplazaba al paso. Lento, elegante y fino. Sheela se mantenía sobre el níveo corcel aferrándose a las riendas. Distraída, causaba que su mirada naufragase entre las constelaciones de la bóveda celeste.

Se dejó llevar la joven hasta el establo, donde dejó confiante al equino al cuidado del propietario. Se acercó al muro que separa el camino del campamento de la zona para ordenar sus enseres mientras pensaba ya en partir hacia su próximo destino.

A escasos metros, pudo escuchar como una figura femenina se tumbaba sobre el muro, exhalando un suspiro cansado. Sheela observó a la mujer, para descubrir en sus ropajes de cuero rasgaduras, heridas, y sangre fresca.

¿Estáis bien?— Preguntó Sheela con su curiosidad habitual a la muchacha.

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¿Tengo pinta de estar bien?— Respondió la joven con cierta rabia en sus palabras.

Sheela se ofreció a atender sus heridas de inmediato. Mientras que ella no le puso impedimento alguno. Al observarla con más detalle, descubrió una puñalada en un costado. Esa muchacha había sobrevivido indudablemente por unos pocos centímetros.

¿Quién os ha hecho esto?— Preguntó de nuevo con un gesto y un tono más serio, aseverando su mirada sobre ella.

La muchacha gruñó, soltando una maldición entre dientes, para añadir al final mientras hacía gestos de dolor. —Es una larga historia...

Descuidad, me encargaré de esa herida.— Dijo inmediatamente la sacerdotisa antes de detener la hemorragia de inmediato gracias a la energía positiva de una corta y súbita oración divina.

La exploradora, tras esto, se meneó ligeramente para comprobar el estado de sus músculos, tratando de ponerse en pie. —Agradecida, veo que aún queda gente de bien...

¿Tan larga es esa historia, mi dama? No sería agradable que otro inocente se topara con ese puñal...— Comentó Sheela de forma asertiva, tratando de averiguar qué le había pasado.

Sentémonos a la lumbre del campamento, os lo contaré mejor que aquí de pie.

Ambas muchachas se acercaron al campamento. Tomando asiento alrededor de la hoguera. Allí estaba también el sacerdote Erevanita Caelach y otra muchacha, llamada Acala. El nombre de la joven era Amatha. Hechas las presentaciones, Amatha, como compensación por haber sanado sus heridas. Nos ofreció comida a los tres. Fruta y algo de carne seca. Estaba deliciosa. Al poco, su rostro volvió a tornarse serio.


Podéis estar tranquila... El que me hizo esas heridas no respirará más.— Comenzó a relatar Amatha. —Qué tragedia... Llevaba días detrás de unos cazadores furtivos con mala fama. Días detrás de ellos pues sabía que sus intenciones no eran buenas. Suelen cazar animales que no hacen daño a nadie, o tocar a seres que no deberían de ser tocados.

Sheela, Caelach y Acala escuchaban con atención a la joven exploradora. Su rostro estaba compungindo y poco a poco les iba contagiando el pesimismo que destilaba su relato.

No eran muchos, solo tres, pero los seguí y acabé descubriendo cuál era su presa.

¿Seres que no deberían ser tocados? Quien perturba la naturaleza y todo aquello que crece, también son enemigos del señor del alba, sin duda.— Afirmaba Sheela de manera contundente.

Amatha miró a Sheela asintiendo. —En este caso mucho más. Iban detrás de una pareja de pegasos.— Inquirió la mujer ante la sorprendida cara del trío de espectadores. —Unos seres que no deberían de ser jamás cazados. ¿Saben? Los pegasos son criaturas muy bellas, se para mucho por ellos, vivos. Y también por sus crías o sus huevos. Llegué cuando estaban intentando atrapar a la hembra, con ella tendrían dos de esas cosas, pues se veía que pronto iba a hacer una puesta.

Las caras de los tres oyentes era de circunstancia. Sheela se contagiaba fugazmente debido a la angustiosa situación que Amatha relataba. Acala mostraba un profundo gesto de dolor y Caelach escuchaba la historia también apenado.

Uno de los hombres fue coceado, pero en mitad de la refriega...— Continuó la exploradora su relato—. La hembra fue herida gravemente. Uno de los cazadores estaba en el suelo herido, pero los otros dos... Viendo que eran animales poderosos, y viendo que yo me acercaba... Pensaron que quería quitarles a su presa. Uno de ellos, se acercó a la hembra y la degolló con la espada.

Por el seldarine...— Se lamentó el sacerdote Erevanita.

Amatha bajó los ojos, con apenas un hilo de voz. —El macho consiguió escapar. Y mientras yo me ocupaba de esos asesinos sin corazón, ella se desangró. Nunca olvidaré sus lamentos. Cuando... Maté —Dijo la joven escupiendo la palabra— a esos tipos, hice lo único que podía hacer. Enterré el cuerpo para que nadie se aprovechara de sus restos. Y a los tres cobardes les dejé como alimento para el bosque.— Finalizó con un suspiro muy elocuente.

Bien hecho.— Le dijo Acala, tratando de animarla.

Lo que hace la gente por unas monedas de oro.— Añadiría Caelach

Dicen que el oro es la sangre que corre por las venas de este país. No podría imaginar una sangre tan podrida en todo Faerûn...— Diría la matter del radiante un tanto iracunda, aun con su cara compungida por el infausto relato.

La exploradora alzó la vista, con los ojos inyectados de rabia también. Apretando sus puños. Y continuó hablando del aciago momento. —Pasé un buen tiempo allí, mientras me encargaba del cuerpo como pude, pues pesaba... Durante todo el tiempo, escuchaba los lamentos del macho.

Estará colmado de dolor. Espero que su corazón no se deje llevar por la venganza... Nunca he tratado con criaturas de este calibre, ¿Crees que hay alguna forma de ayudarlo?— Preguntó Sheela con curiosidad a Amatha.

Algunos pegasos se emparejan de por vida. Si este es el caso, puede que muera de dolor si sigue sumido en el pesar.— Respondió esta con crudeza.

Su destino es muy triste.— Apostilló Acala.

El Erevanita, pensativo, sugirió una de sus locas ideas. —¿Por qué no lo cuidais, Sheela? Una dosis de amor es lo mejor en estos casos.

¡No se puede adoptar un ser libre! — Clamó Acala antes de continuar hablando. —A no ser que él elija ser cuidado. Esos seres te eligen a ti. Y son capaces de ver en tu corazón. ¡Son mágicos! Como si fueran mis padres... Que saben lo que he hecho nada más entrar por la puerta. Pues ellos aún mejor. Él es libre de decidir vivir o morir. Puedes intentar ayudarle, pero es su vida y su decisión. Y es tan digno decidir morir de tristeza como reponerse de ella.

Sheela la escuchó pensativa, sus pensamientos se mantuvieron a la deriva durante unos segundos tal vez demasiado largos. Miró a Acala, a Caelach, y a Amatha. Y finalmente le preguntó suplicante a esta última. —¿Podríais llevarnos hasta él?

Y asintió. Amatha guió a los tres sujetos por los llanos, cruzaron el puente del Alandor por los páramos, les guió más allá del Eldat hasta la espesura del bosque. Caminaron durante unos largos minutos. Sheela llegó a marcar alguna roca por el camino con su maza, con el fin de tratar de ubicarse con mayor precisión.

Entre la espesura del arbolado, unas ruinas se dejaban ver, la frondosidad del bosque ofrecía una tregua en el lugar. Cerca, junto a los cuatro aventureros, se podía ver un pequeño espacio repleto de tierra removida.

Aquí está la tumba. Ahí —Dijo señalando un tocón—, tallé una oración en su memoria.

Mientras todos observaban el lugar, aún arrastrando desde el campamento sus rostros afligidos. Entre tanta calma, de pronto, un estruendoso relincho resonó en las inmediaciones. Todos miraron hacia el lugar del que provenía.

Acala susurró el obvio interrogante —¿Lo oís?

Sigue por aquí... No me equivoqué. No la dejará... —Añadió Amatha mirando hacia el horizonte, señalando hacia el lugar.
Sheela atenuó la luz del medallón de Lathánder, que cada noche utiliza para iluminar el camino. Trató de mirar hacia la lejanía, perdiéndose su mirada entre las sombras de los árboles, sin saber exactamente dónde ubicarlo.

Está ahí... Mirad como tiene la cabeza gacha.— Añadió de nuevo la exploradora.

Oh, ¡Lo veo! ¡Ahora lo veo!— Clamó Sheela mientras miraba embobada al tendido.

Y sí, allí se encontraba. Con cabeza gacha y coceando el suelo, iracundo. Tenía la usual apariencia de un caballo salvaje pero además poseía unas ostentosas y fascinantes alas emplumadas. Su piel y sus alas eran completamente blancas. Tanto que casi parecían brillar en la tenuedad de la nocturnidad.

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Sheela se acercó despacio, dubitativa y nerviosa. Con las manos a la altura de su cintura, abiertas, queriendo mostrar al animal que no poseía nada en ellas. Su sonrisa adornó de nuevo sus labios, temblorosa, mientras miraba fijamente al animal. Acala se encontraba unos pasos detrás de ella, tratando de decirle cómo debía actuar ante el animal, mientras Caelach observaba en silencio como se transcurrían los sucesos.

Sheela se acercó dos pasos más, tratando de moverse lo más tranquilamente que su inquietud le permitía. Tratando de calmar también su voz, dulce y melodiosa, trató de hablar al pegaso sin saber siquiera si este entendería sus palabras. —...C-Conozco vuestra pérdida... Sólo quiero ayudaros.

El equino alado movía la cola de lado a lado, agitando sus crines. Levantó las patas voladoras coceando al aire, mirando hacia los no deseados invitados.

Sheela, ven, retrocede.— Le dijo en voz baja Acala desde detrás.

El pegaso volvió a cocear al aire, levantándose imponente sobre sus cuartos traseros, relinchando con furia. Alzó el vuelvo repentinamente hacia Sheela mientras esta retrocedía lentamente. Se alzó aún más pasando muy cerca de ellos, medio coceando, en una visión terrible y majestuosa de indudable y profundo dolor.

Quiere estar solo... Es pronto.— Añadió de nuevo Acala.

Habrá que hacerlo con paciencia.— Dijo de nuevo Amatha. —Parece que se ha asentado en estas ruinas. Podréis encontrarle aquí.

Si vas a volver, hazlo a la misma hora. Los animales son criaturas de rutinas. Si se acostumbra a verte a la misma hora, te esperará.— Añadió Acala

Gracias por guiarnos hasta aquí, Amatha... Y por favor, Acala, Caelach, no le digais a nadie ajeno al bosque esto...— Le pidió suplicante Sheela a ambos.


Sheela dejó en el lugar comida y agua abundante para el animal. Confiante en que el ser alado no se rindiera tan fácilmente. Muchas emociones negativas se encontraban a flor de piel para ambos pero, desde luego, la Lathanderita tampoco iba a hacerlo. La luz de su esperanza no iba a apagarse mientras ella pudiera alimentarla.
 

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Arael'Sha II.

Cruzó el umbral de la puerta de la luz del Alandor para entrar. De su brazo izquierdo colgaba del asa, vacía, una cesta de mimbre. Cuando cruzo el umbral de nuevo para salir, estaba repleta de fruta. Miró hacia los páramos, cuando la dama Acala se acercó hacia ella.

Buenas noches, Sheela. ¿Qué tal estáis?— Preguntó esta mirando la cesta con curiosidad.

Pues... Iba como cada día, a alimentar a... Bueno, ya sabéis.— Respondió la ordenada como si guardara un secreto. — ¿Venís?

Claro, te acompaño. —Dijo Acala animada.

De nuevo, camiinaron senda que separaba la posada de los páramos, los páramos del bosque de Eldat, y más allá hasta llegar casi hasta el lugar donde Sheela portaba viandas para la criatura alada que allí habitaba, triste y sola.

Apenas a unos metros de llegar a su destino, entre la hojarasca del suelo, hoy había algo diferente. Tras unos días en calma, la tormenta había vuelto al bosque. Era un cadáver de lo que sin duda alguna, tras acercarse para comprobarlo, era un cazador furtivo. Sheela sintió un pinchazo en su interior. Acala descolgó su arco de la espalda y se mantuvo alerta, observando a su alrededor.

La sacerdotisa inspeccionó el cadáver. Para descubrir que apennas llevaba muerto una hora. Tenía golpes fuertes en la cabeza y a su lado se encontraban tiradas sus armas.

Aquí hay otro...— Dijo Acala señalando con el arco más adelante. Sheela corrió hacia el otro cadáver para encontrarse con la misma estampa que el anterior.

Son cazadores furtivos, sin duda... Saben que está aquí. — Dijo lamentándose más por ello que por el fatídico destino de los cazadores.

Otro más— Apuntó de nuevo Acala, mientras ambas seguían un rastro de muerte por el sendero. Esta vez, había una diferencia. El cazador había muerto, como todos sus anteriores, no estaba la diferencia en su cuerpo o sus heridas. Si no en sus armas. Estaban manchadas de sangre.

No me digas que... Esa sangre...— Dijo Sheela totalmente cardíaca. El níveo tono de su piel pareció empalidecer aún más por momentos.

Es suya, sin duda.— Dijo Acala.

Sheela dejó caer la cesta de fruta al suelo. Buscó rastros de sangre por el suelo y miró instintivamente hacia arriba para no ver nada. Acala escuchó entre los murmullos del bosque un relincho que provenía de las ruinas, guió a Sheela hasta allí.

Vamos, está gritando de dolor.

Caminaron durante unos minutos, atravesando la frondosidad del bosque tras salirse del sendero. Acala se guiaba por el sonido de su aullido de dolor y por algunas manchas de sangre que continuaban entre la espesura.

Maldita sea... ¡Maldita sea!— La sacerdotisa del alba vociferaba iracunda al ver la sangre que Acala le señalaba. Miraba a su alrededor por si hubiera más cazadores, aunque no veía nada. Su enfado era más que evidente y cada paso iba en aumento. No caminaba demasiado sigilosamente, entre lo que para ella eran improperios y el fuerte tintineo del metal de su armadura.

Está aquí... — Sentenció Acala cuando llegaron a lo que parecía una torre en ruinas, con base redonda. La estructura se alzaba medio derruída en una gris piedra agrietada, tal vez por las hederas verdes que trepaban entre ellas. Acala se puso un dedo en los labios mirando a Sheela, cuando ambas escucharon un bufido de dolor, que indudablemente procedía del interior.

Acala dejó paso a la joven matter, que se acercó por la circunferencia de la base hasta la apertura de la misma, encontrándose de golpe con el animal herido a unos metros. El animal, al ver a la sacerdotisa, relinchó de miedo y furia. Tratando de levantar sus patas ensangrentadas. Sheela, al verlo tan cerca, emitió un pequeño grito de sorpresa y dio de nuevo un paso atrás.

¡No voy a haceros daño!— Diría Sheela casi suplicante, cambiándole el semblante de forma súbita.

Sheela se quedó estática, súbita, queda. Observando al animal en un silencio sepulcral. Llevaba días acercándose al lugar cada día para dejar comida para el animal, pero hasta hoy no había vuelto a verlo. Desde luego no era la mejor manera de hacerlo. El ambiente se colmó de tristeza y de los lamentos de la bestia alada. Sheela observó la herida de su ala. De la cual inmisericordemente brotaba la sangre hasta sus pezuñas, regando el suelo.

El pegaso trató de dar un paso, pero desfalleció cansado, agachando la cabeza a unos metros de los pies de la sacerdotisa. Mirándola con miedo e inquietud.

Sheela se encontraba paralizada. Miró sus heridas con lástima, observando la majestuosidad del animal. Alzó la voz con nerviosismo para tratar de calmarlo en primer lugar. —No voy a haceros daño. — Insistió con los ojos brillosos—. Solo quiero ayudaros. Compartir vuestro dolor... ¿No nos recordáis? Dejamos alimentos en las ruinas cada noche y... Solo pretendemos ayudaros.

El pegaso cayó al suelo ungido por el dolor.

¡No!— Clamo la sacerdotisa. Sheela pensó por, de nuevo, unos larguísimos segundos qué hacer. Quería ayudarlo pero sin que se pusiera más nervioso. Quería asistirlo pero sin pasar por el trance de que el pegaso se sintiera amenazado. Finalmente alzó la voz en una oración divina. Invocando un torrente de energía positiva sobre todo el área interior de las ruinas derruidas.

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La herida dejó de sangrar milagrosamente, pero la criatura estaba muy débil. Miraba a ambas, suplicante. Cuando Acala se acercó, se inclinó junto a él y lo acarició con ternura. El animal relinchó en primera instancia pero se tranquilizó de inmediato. A estas alturas, ya se encontraba rendido.

La ordenada se acercó también, inclinándose cerca de él, para examinar la herida de cerca. Su ala estaba casi colgando. Desde luego le impediría volar de por vida si no fuera tratada.

Acala, necesitaré aparte de mis vendas, un fragmento recto de madera. Necesitaré entablillar esa herida si quiero que sane como es debido... —Indicó la sacerdotisa a Acala, que se alejó inmediatamente para buscar una que sirviera para tal uso.

Sheela dejó caer las piezas de su armadura poco a poco. Tratando de ponerse cómoda para las tareas de sanadora. Con su túnica y libertad de movimientos sin duda todo saldría mejor. Posteriormente sacó unos vendajes de su bolsa y sus materiales de curandero.
Cuando terminó, se sentó en el suelo junto al pegaso, tratando de mostrarse afable y cercana pese a las circunstancias. Midiendo cada movimiento, susurraba palabras de complicidad hacia el animal. —Comprendo vuestro dolor, no quiero que lo soporteis solo. Deseo compartirlo y ayudaros.

La exploradora volvió con una rama perfecta para entablillar la fea herida de su ala emplumada. Se la entregó y se apartó ligeramente. Mientras Sheela trataba con mimo la herida, esta entonó una melodía élfica. Muy leve y sutil. Pero a la vez melodiosa. Una suave nana, mientras acariciaba con cariño y ritmo tranquilo las crines del animal. Sheela comenzaría a tratar la herida. Nunca había tratado heridas tan profundas, y menos en una extremidad así. Pero con calma colocó el ala del pegaso sobre la rama, y casi sin quejas del animal, consiguió vendar con esmero en la posición ideal para su curación.

El animal emitió un bufido cansado hacia Acala, y ella le aclaró a la sacerdotisa de inmediato lo que quería. —Agua, quiere agua.

Agua... Agua...— Sheela alzó de nuevo la voz en una oración divina, para que una leve lluvia cayera junto a ellas en un punto determinado. Acala vació su mochila para utilizarla como recipiente. Aunque perdía agua por las costuras, aguantó la suficiente cantidad como para que el animal pudiera vivir al acercársela. Mientras tanto, Sheela utilizó sus manos como cuenco para limpiar la herida del animal, y desteñir las preciosas alas ahora escarlatas del animal en un blanco casi celestial.

No puede quedarse aquí, Sheela.— Añadió Acala. Este sitio no es seguro. Le han seguido hasta aquí.

El pegaso, con dificultad, apoyó las patas en el suelo y se levantó con el ala entablillada, y visibilemente cansado. Aunque aliviado tras poder beber agua.

Podría ir con los druidas del Eldat, o quizás al Weldath con las dríadas, hay quien puede cuidarle mientras está herido... No se me ocurre nada más. Pero no soy yo quién para decidir.

El pegaso miraba a ambas agradecido, subiendo y bajando su cabeza.

Yo... No sé dónde podría vivir a salvo. —Respondió Sheela—. En Minsorrán podría vivir libre, pero no con su ala así... Tiene que estar en un lugar seguro.

El pegaso se acercó hacia el montículo de tierra removida donde yacía su pareja. Bajando la cabeza y moviendo una pata sobre la tierra. La sacerdotisa miraría con lástima la escena.

Vuestra amiga del corazón...— Sheela se acercó tratando de acariciarlo tímidamente. Compartiendo su dolor—. Ella... ella estará orgullosa de vos si os reponéis y volveis a volar alto. Estoy segura. —Añadió, tratando al pegaso con sumo respeto, como si fuera el mayor de los nobles.

Acala siguió comunicándose con el animal en su propio idioma. Sonriendo acto seguido. —Dice que nos sigue. Escoltémosle al claro.

Sheela asintió, sonriendo al animal. —Os prometo que volveremos a visitarla, ¿sí? No se trata de olvidarla, si no de vivir con su recuerdo.

El animal aún caminaba cansado, pero ya no parecía ese caballo alado desconfiado y agresivo de las anteriores ocasiones. Sheela acariciaba con cariño sus crines durante el camino. Tratando con mimo de hacerle sentir lo más cómodo posible.

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Al llegar, los tres se acercaron a uno de los druidas para contarle la situación y pedirle el auxilio y asilo necesarios para el pegaso.

Traemos un amigo herido, necesita reposo y atención, así como custodia.— Dijo Acala con iniciativa.

Ya veo, un ejemplar fantástico.— Sonrió Rastiah, admirando la belleza del niveo caballo alado—. Aquí estará seguro. Nada ni nadie le dañará hasta que decida marchar. No hay mejor lugar para descansar.

Genial, vendremos a visitarlo.—Acala y Sheela sonrieron ampliamente. —Vendré cada día a ver cómo está, deseando acudir un día descubrir que vuelve a ser libre y feliz. —Añadió Sheela mientras volvía a acariciar las crines del pegaso.

El pegaso agitó su ala sana y acarició con su cabeza el brazo de la sacerdotisa. Se le veía más tranquilo, cómodo y contento. Y rápidamente se fue trotando a reconocer el lugar. Sheela observó maravillada la actitud del majestuoso ejemplar, sonriendo aliviada al saber que, aunque su corazón se sintiera solo, no correría peligro hasta la próxima vez que se vieran.
 

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Arael'Sha III.


Los pasos de la sacerdotisa resonaban sobre la fría piedra del puerto de Athkatla. El mayor don de la humanidad, una idea, como predica el propio dios del conocimiento, es lo que guiaba estos pasos, tranquilos y recatados, hacia el templo de Oghma.

El conocimiento es poder y debe de ser utilizado con cuidado, continúa el dogma del sabio. Pero esconderlo de otros nunca es bueno. Eso es lo que Sheela pensaba cuando caminó con calma hacia la extensa biblioteca del templo. Buscando algo en concreto, le pidió ayuda a la propia bibliotecaria, acercándose a esta con su característica sonrisa afable.

Por favor, ¿podría indicarme dónde se encuentran los libros sobre naturaleza? Seres del bosque, más bien... Bueno, pegasos en particular.— La ordenada trataba de ser escueta y concisa en los necesidades, para tratar de hayar los fragmentos más precisos posibles.

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Había quedado con la dama Loreliel en que ella haría lo mismo en la biblioteca del enclave para ponerla en común más tarde. Así que se precipitó a coger los libros que encontró más interesantes, prometiéndole a la bibliotecaria que los traería unas horas más tarde.

Se dirigió al claro de Eldat, de nuevo con una cesta repleta de fruta colgando de su brazo. Allí estaba, como cada día desde que Acala y ella consiguieron convencer al ser alado de que su estancia en el lugar era mejor para él hasta el momento de su recuperación.

Revisó la herida de su ala para realizar la cura pertinente para que esa recuperación se materializara cuanto antes. Y comenzó a alimentar de la cesta al animal mientras acariciaba sus crines, mientras admiraba obnubilada cada movimiento del pegaso.

Loreliel acudió en ese mismo instante con algún que otro libro. No vino sola, algunos de sus compañeros del enclave acudieron con ella. Tras presentarse, aunque ya conocía a varios, supe que sus nombres eran Zentakord, Rigel, Lux Quercus, Orisong y Nethiem.

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Con ayuda de los presentes, la sacerdotisa y Loreliel consiguieron extraer bastante información útil. También escuchó los fragmentos de información que ellos, personalmente, conocían de esos seres. Y además, Loreliel trajo una nota manuscrita de un hombre llamado Hawke con la valiosa información que él poseía. Según Loreliel, ese hombre era un jinete de pegasos... ¡Jinete de pegasos! Pensó Sheela. Por primera vez se visualizó a una altura incalcanzable sin alas.

Sus pensamientos se disiparon rápidamente, cuando Orisong y Lux comenzaron a entonar una melodía entre los dos, al tiempo que el pegaso se retiraba ligeramente del lugar para tumbarse y descansar. Su recuperación avanzaba lentamente. Su libertad estaba próxima, y Sheela no cabía en sí de gozo al saber si llegaba ese momento, había sido gracias en parte, a ella misma. La libertad de una vida tan valiosa como inocente.

Sonrió y dejó descansar al caballo alado. Volviendo sobre sus pasos con su cesta de mimbre vacía, su corazón un poco más lleno, y su sonrisa inevitablemente más amplia, deseando tener un rato para filtrar toda esta información y sacar algo en claro.
 

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Arael'Sha IV.


La voz de un niño devolvió a Sheela a la tierra, cuya mirada nefelibata acompañaba en la inopia a su mente.

¡Eh, eh!— Dijo la voz del infante con un tono ciertamente alterado. —¿Eres Sheela?

Ah...—Despertó de sus distracciones la sacerdotisa, mirando al joven. —S-sí... Soy yo. ¿Qué sucede?

Me... me envían para avisarte.— Prosiguió el pequeño. —Se han visto cazadores cerca del bosque. En Eldat creen que buscan al pegaso... Hace días que voló curado y están preocupados. Y nadie conoce el camino como tú...— El niño jaló a Sheela de las ropas bastanet apresurado. —¡Vamos, vamos, ponte en camino!

Sheela se levantó inmediatamente del lugar en el que se encontraba sentada, junto a las puertas del hospicio. Menos de lo que tardó en levantarse es lo que tardó su rostro en transformar su dulzura habitual en un elocuente gesto de iracundia molestia.

Se puso en camino lo más rápido que pudo. Alcanzando cruzando las puertas este de la ciudad por la parte exterior de las murallas, el ancho de los páramos y del claro de Eldat sin detenerse ni un momento. Horas de carrera sin cesar. El peso de la armadura era mayor cada metro, y su respiración agitada se encontraba casi al límite. Pero no le importaba. Ella seguía avanzando a través de los matojos del bosque sin darse el respiro que necesitaba.

Llegó hacia el lugar donde el caballo alado solía esconderse casi sin fuerzas. El lugar parecía encontrarse en calma hasta que el sonido metálico de la armadura de Sheela sonaba atronador entre la espesura del bosque. Y más atronador aún, sus gritos con la voz agitada, completamente exhausta.

¿¡Dónde estáis!? ¡Cazadme a mí, malditos cobardes!— Gritaba casi sin aire, y de manera más agresiva de la que Sheela acostumbra a ser.

Miró hacia su alrededor, observando más adelante, entre los árboles la figura de un hombre. Caminó hacia ella con decisión, y aún cansada. De la nada salieron dos más. Dos hombres la abordaron cuerpo a cuerpo mientras una tercera figura trataba de encontrar el hueco para disparar con su arco al otro lado del camino.

La portadora del alba, iracunda, aún tuvo la fuerza para alzar su voz en alguna plegaria que guiara su maza de manera más precisa. Hundiendo el tórax de ambos combatientes, que cayeron al suelo inmediatamente. Acto seguido, paralizó al arquero con una tercera plegaria. Aprovechando su estaticidad para arrancarle el arco de las manos y arrojarlo lejos con desdén.

¿Quién os envía? ¡Es la tercera vez que acudís en busca de un ser inocente! ¿¡Quién os envía!?— Alzaba la voz de nuevo, harta de verse en la misma situación y deseando de una vez acabar con la motivación de los cazadores furtivos.

El arquero observó intimidado a la muchacha furiosa. —E-Es un animal valioso... Cualquiera querría comprarlo si puede pagarlo.

¿Tan valioso como para perder la vida?— Respondió la sacerdotisa señalando con su maza hacia sus dos compañeros con un gesto de su brazo, donde yacerían inmóviles. —¿Les servirá de mucho el oro en su juicio final?

El cazador se estremeció mirando la maza y los cadáveres de sus compañeros de profesión. —Señora, por favor... ¡Piedad!

¡Andando! Os vais a quedar aquí un ratito. Hasta que descubra cuántos amigos vuestros hay en estos bosques, si es que no me lo decís antes.— Sheela extrajo de su bolsa una cuerda y ató al arquero a un árbol cercano. Ajustando con fuerza el nudo.

L-lo buscábamos... No es fácil de ver... es inteligente.— Dijo el cazador, tratando de encontrar piedad en la sacerdotisa.

Desde luego más que vos, señor...— Sentenció Sheela antes de volver a alzar la voz en una profunda oración, convocando a una criatura aliada y dándole la orden de vigilar al cazador por si escapaba del nudo.

Si escapa, acabad con él.— Diría de manera concisa y directa a la criatura convocada. Ignorando después su presencia para correr de nuevo hacia las ruinas que se esconden en el bosque, donde suele esconderse el ser alado.

No tardó en encontrarle en su lugar habitual. Se encabritó al verla llegar aún con la respiración agitada. Pero se calmó inmediatamente al escuchar la voz de la ordenada. —¡Estáis bien!— Clamó ella, más aliviada al verle.

El pegaso se acercó sin miedo. Y Sheela se abrazó a su cuello, acariciando con mimo sus emplumadas y acendradas crines. —¡Estáis bien...!

El aspecto del caballo alado era desde luego el mejor desde que lo hirieron. Su ala ya era completamente funcional, aunque aún mostraba una fea cicatriz, se mantenía extendida igual que la otra.

Han vuelto a por ti...— Siguió diciéndole la sacerdotisa al pegaso. —he tenido que detenerles de nuevo. No podéis quedaros aquí...

Desde el sur, comenzaron a sonar ruidos, el estruendo de la madera seca y la hojarasca al pisarse, numerosas y estruendosas voces, dejándose intuir un gran grupo de personas acercándose.

Tenemos que irnos de aquí. ¿Lo entendéis, verdad?, tenemos que irnos.— Sheela miró nerviosa al caballo alado. Su voz se volvió suplicante para con él, tratando de convencerlo para que saliera de ahí. Conocedora de sobra el por qué de los motivos del pegaso para acudir al mismo lugar una y otra vez. —Sé que la echas de menos. Pero por favor, te prometo una vida mejor que la soledad de este lugar.

El pegaso devolvió al mirada a la sacerdotisa directamente, entendiendo a la perfección lo que le estaba pidiendo. Los ruidos del bosque aumentaban en sonoridad y cercanía. Se encontraban rodeados. La magna y apuesta bestia alada agachó su cabeza, ansiosa por salvar la vida de quien anteriormente se la había salvado a él.

La sacerdotisa se acercó al pegaso con dudas. Trató de subir con evidente torpeza, ya que la montura carecía de silla, tratando de evitar chocar con las alas de la criatura, y siendo la primera vez que montaba sobre un ser así. Tras conseguir montar, el pegaso dio unos pasos, acostumbrándose al peso de la jinete y su pesada armadura. Y acto seguido, emprendio el vuelo para huir de los cazadores que se acercaban rápidamente. Agarrándose Sheela con fuerza a su cuello para no caer.

Sheela siguió abrazada a su cuello cuando pudo estabilizar el vuelo, mientras una lágrima recorría su rostro. Sus ojos brillosos siguieron mirando al animal, que batía con seguridad sus alas mientras se dirigía al este sobre el río Alandor. Manteniéndose un día más, estoicamente inmarcesible.


Offtopic :
Con esto termina la tramita del pegaso. Gracias a Lianchio por el esfuerzo y gracias al staff por aceptarme la petición.

Un saludo!
 

Thrall

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Un nuevo ocaso.

El derrumbe también se sucedió en el pecho de la sacerdotisa. La Lathanderita sintió esa punzada en el estómago que te deja sin respiración. Su techo, en este caso el firmamento lleno de estrellas, no era tan extenso como acostumbraba, y lo sentía caer sobre ella más pesado que cualquier espiral de piedra.

Caminó hacia Crimmor sin querer creerse los rumores. Nadie sabía responder a sus preguntas. ¿Dónde estaba Lilith?, ¿qué había sido de ella tras la claudicación de la estructura del templo? Sheela trataba de visualizar en su mente todas las maneras en las que la sacerdotisa del juez podría sobrevivir tras algo así. Pero al final, los cascotes lo enterraban todo tras su caída. Al fin y al cabo, si hubiera sobrevivido. ¿por qué no iba a estar allí?

Cuando llegó al puerto, sus ojos enrojecidos empezaron a lagrimar. Se acercó al campamento de la legión de fuego y posó su mirada nublada por las ganas de llorar sobre todos y cada uno de los heridos del lugar. También examinó la lista de fallecidos, buscando a Lilith entre los mismos. Suspiró aliviada al no encontrarla, y miró hacia los escombros removidos con unas malas sensaciones totalmente impropias para una sacerdotisa del dios de la rosa y el oro.

Se inclinó al pie de lo que era el portón del templo, juntó unos cuantos cascotes y algunos pedazos de madera para crear un altar improvisado y se arrodilló ante ellos para bendecir el lugar. Acto seguido, extrajo de su bolsa un papel sucio. Idéntico al que había dejado horas antes junto al altar de Kelemvor en el cementerio de la capital, y un ajuar que colocaría con mimo sobre la madera.



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Que el juez os reciba con los honores que mereceis.— Acertó a decir Sheela mientras las lágrimas invadían sus mejillas, menguando hasta extinguirse al gotear sobre los cascotes.

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Sheela suspiró profundamente, tratando de calmarse mientra su mirada se perdía ante el mar de escombros de la fe del gran guía, sin poder dejar de llorar. Al tiempo, la voz de una infante la perturbó de su nefelibato estado.

¿Encontraron a mi mamá...?


Continuará . . .



Offtopic :
Reacción de Sheela al derrumbe de La espiral , que derivó en otra cosilla que terminaré pronto!
 

Thrall

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Un nuevo amanecer.


¿Encontraron a mi mamá...?

Ryl y Bohrrr, que observaban a la sacerdotisa, miraron a la niña con curiosidad. Sheela giró su rostro hacia la pequeña, saliendo de su ensimismamiento, mientras una lágrima recorría aún su mejilla. La pequeña se encontraba llena de polvo y le ofrecía a Sheela un pequeño cuenco con agua.

Sheela sonrió a la pequeña con los ojos llorosos, sonriendo de medio lado y aceptando el detalle.
G-Gracias — Atinó a decir la Lathanderita. —Tu mamá... ¿confías en que está bien, verdad? ... Seguro que está bien.

¡Claro! Pero quiero verla...— Respondió la infante. —Además... Hay un señor que sonríe de forma amable pero no me gusta... Dice que si hemos perdido a nuestros papás vayamos con él, ya que si no nos llevarán donde unas señoras malas a obligarnos a hacer buñuelos.

Eh... ¿dónde está ese señor ahora? —Preguntó Ryl, Bohrrr escuchaba en silencio mientras tanto.

Me dio un caramelo, pero papá y mamá no me dejan coger cosas de extraños, así que no lo tomé... Se llama Rudriguer. Está en el mercado.

En ese momento, desde el propio mercado se acercaba en silencio el caballero Solair. Mientras que desde el puerto llegaba otro hombre, de alta talla y aspecto salvaje, llamado Erra.

¿Qué pasa con esa niña?— Bramó el segundo.

¿Encontraron ya a mi mamá?— Volvió a repetir la pequeña, esperanzada.

Eh, no me gusta repetirme, ¿alguien va a decirme que pasa con esa chiquilla? —Insistió el bárbaro.

Ahora os explico, damde un p... segundo. — Diría Ryl algo exhaltado por la situación.

¿Vuestra mamá? ¿Cómo era, pequeña? ¿Podría conocer vuestro nombre? El mío es Solair—Preguntó el paladín a la solitaria niña mientras Sheea seguía secándose las lágrimas a su lado.

Pues... viste del color del oro y con una sonrisa enorme. Me llamo Lyly Prestow. Y me gusta vuestra capa, señor. —Diría Lyly sonriendo.

Solair no tardó en responder, con una cálida sonrisa. —Es el símbolo del señor del mañana, ¿lo conocéis? Algún día, si venís al hospicio, os hablaré de él.

No, ahí no, que hay mujeres malas que te obligan a hacer buñuelos.— Replicó la niña poniendo gesto serio.

Oh, no te obligan... te lo piden para dárselo a los niños ¿Cuándo fue la última vez que visteis a vuestra madre, Lyly? — Preguntó Solair con su esperanza como escudo.

Antes de que la torre se enojase. Y... Entonces después del gran ruido y el polvo... salí corriendo y... aún no la he encontrado. —Sheela arrugó el morro, permanecía sentada en el suelo, junto a la pequeña. Solair se mantuvo pensativo durante unos instantes.

Solair.— Dijo Ryl interrumpiendo al paladín — ¿No hay alguien con quien se pueda quedar la pequeña?

Tal vez en el templo de Chauntea, pero debería preguntarles...— Respondió el Lathanderita con seguridad.

Dama Lyly, ¿qué os enseño mamá? Además de no coger cosas de extraños. ¿Qué sabéis que debéis hacer?— Preguntó Sheela con curiosidad, buscando hallar información sobre la educación de la pequeña.

Pues... No mentir, sonreír siempre... Mi mamá me dice que todo lo malo se va cuando amanece.— Diría la pequeña Lyly con una sonrisa en el rostro.

Algo estoy haciendo mal entonces, porque no puedo dejar de llorar... Me temo que tenéis mucho que enseñarme, dama Lyly.— Contestaba Sheela con una tenue sonrisa forzada en sus labios.

La sacerdotisa observaba con curiosidad a la pequeña. Y trataba de entretenerla mientras Solair buscaba información sobre sus perdidos progenitores. Mientras tanto, el resto de los presentes tramaba un plan para estropear los planes del hombre que trataba de aprovecharse de la soledad de los infantes.

Me encantaría poder seguir aprendiendo cosas de vos, dama Lyly.— Añadió la sacerdotisa retirándose aún alguna lágrima del rostro con su manga derecha—. Podría ser vuestra escudera, ¿qué os parece?

¡Hay que ir a la ciudad de los castillos y los caballeros relucientes para eso! ¡Mirrosan!— Clamó Lyly con cierto entusiasmo.

¿Minsorrán? Bueno, conozco el camino... —Sonrío Sheela escuchando a la joven.—¿os gustaría conocer la tierra del castillo, y enseñarme a sonreír cada amenazar, dama Lyly?

Seguro que a mamá le gusta mucho, me habla a menudo de ese lugar.

Sheela continuó en cuclillas junto a la pequeña durante unos minutos, eternos, hasta que Solair volvió con la lista de víctimas.

Bueno, Lyly... ¿Cómo se llamaba vuestra madre? —Preguntó Solair a la nueva mentora de la matter Sheela.

Clara Prestow. —Respondió Lyly automáticamente.

Solair buscó durante unos momentos en la lista, y el gesto de su rostro fue más elocuente que cualquier palabra que pudiera decir.

¿Y Jonas? Lyly, ¿conocéis a un tal Jonas?

¡Mi papá! ¿Los han encontrado?— Insistiría la pequeña, esperanzada.

Solair se alejó de nuevo, todos habíamos entendido lo que había ocurrido menos la niña, cuya inocencia no contemplaba nada salvo la felicidad de reencontrarse con ellos.
Cuando el paladín volvió, se acercó también a la niña y trató de tener tacto con ella.

Lyly, a ver cómo os digo esto... Ahora vuestros padres ya no están aquí, sino junto a nuestro dios, Lathánder. En un lugar repleto de verdor y de gente alegre.

¿Está en la Cúpula?— Respondió la inocente niña.

¡Eh! ¡Ha muerto! — Gritó el bárbaro Erra desde más atrás. —¿Tanto miedo le tenéis a la muerte en la sociedad? Los grandes guerreros mueren. ¿Dónde está el problema? Es la naturaleza.

No hay mayor problema que vuestra falta de tacto. —Espetó Sheela con evidente molestia.

¡Mi mamá está bien! ¡Le diré a papá que estáis diciendo cosas feas!— Espetó la niña sin querer aceptar la losa de realidad que se le venía encima.

Su luz se apagó, dama Lyly. Pero no os pongais triste, de la muerte viene la vida. Y seguro que ahora el señor del mañana los ha acogido a su lado.

¡Es mentira! ¡Seguro que están en casa!— Espetaba furiosa ahora Lyly, instantes antes de derrumbarse al igual que se había derrumbado la espiral. Colocó sus manitas en su rostro y comenzó a llorar desconsoladamente.

Sheela abrazó a la pequeña, acercándola a su vera, mientras trataba de consolarla.

Dama Lyly, vuestra madre no dejará de cuidaros allá donde esté. Ella vivirá en ti mientras tú sigas sonriendo cada mañana, como ella siempre quiso, ¿sí?. ¿No habéis visto como ha amanecido hoy?

-Mira Lyly, —añadió Solair— estos hombres harán cualquier cosa por vos, y os llevarán al hospicio, es un buen lugar.

¡El hospicio no! ... ¡es un lugar malo!— Gritó Lyly a rabiar, mientras se escapaba de los brazos de Sheela y se alejaba del lugar corriendo hacia la espesura de los callejones de Crimmor.

La sacerdotisa se levantó preocupada, mirando hacia donde la niña se había marchado, hasta que Ryl se acercó en silencio hacia ella y Solair.

Se donde ha ido, seguidme y escuchad. Hay un tipo llamado Rudriguer que pertenece a una banda, están reclutando a estos niños, engañándoles con mentiras y miedo para delinquir.


Ante la alerta de Ryl, Sheela acentuó su preocupación y se apresuró a seguir hacia el lugar donde podía estar Lyly. Solair, Ryl, Erra y Bohrrr tomaron la delantera, encontrando al hombre donde el arcano había indicado. Cuando la sacerdotisa llegó, lo primero que vio fue a Erra golpear al hombre y a Lyly gritando asustada.

¿¡Pero qué haces!? ¡Lyly!— Espetó la lathanderita nada más aparecer. Acto seguido, se acercó a Lyly y la alejo tanto como pudo del extraño maleante como del propio bárbaro que lo había abatido de un salvaje golpe.

¡Sois malos! ¡Le habéis hecho daño al hombre!—Gritaba Lyly aún con los ojos llorosos.

Lyly, ¿vuestra madre os decía que todos eran malos? Vuestra madre os educó por un camino recto y feliz. Yo os ayudaré a seguir por ese camino, si es que queréis seguir siendo feliz—. Sheela volvió a inclinarse junto a la pequeña, abrazándola con ternura. El amanecer nos bañará con su luz a las dos juntas y le sonreiremos cada mañana, ¿os parece un trato justo?

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Lyly se abrazaría a Sheela rompiendo de nuevo a llorar.

Venga, Lyly. ¿Dónde quedaron vuestras lecciones? Os daré motivos para sonreír otra vez. ¿Confiais en mí?— Respondió Sheela al abrazo de la pequeña, mientras esta asentía repetidas veces.

La niña huérfana, abraza al cuerpo de la sacerdotisa y llorando incesante, seguía recibiendo el cariño de la Lathanderita, mientras a su alrededor. La guardia ya procedía a capturar a ese malhechor de Rudriguer, dejando libres a un buen puñado de niños a los que ese corazón oscuro ya había contaminado de tinieblas.

Echaré de menos a mamá y papá... Aunque... aunque trataré de ser feliz por ellos... y.... y hacer felices a otros...

Sheela no pudo si no sonreír a las palabras de la pequeña. —Eso es lo que debéis hacer, dama Lyly. Y ahora podréis ir donde vos decidais, yo solo puedo prometeros que os ayudaré a que vuestros sueños se hagan realidad.

Lyly abrazó la mano de Sheela con sus pequeños dedos, aferrándose a ella con una tímida sonrisa aún enjuagada por sus propias lágrimas. Sheela, aún preocupada por la vida de Lilith, ya se había decidido a cuidar de ella, y a hacer lo que hiciera falta para que la pequeña sintiera la pérdida lo menos posible. Llenar todos sus vacíos de buenos sentimientos era todo lo que necesitaba ahora.

Tras desfallecer de cansancio, Sheela cabalgó durante toda la noche con Lyly a su lado. La siguiente visión que la pequeña viera al despertar, habría de ser la precursora de todos sus nuevos caminos. Una nueva esperanza. Un nuevo amanecer.

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Thrall

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Luminiscencia.


Volvió a sentir el frío del norte. No se entendía y necesitaba respuestas que solo ella podía llegar a darse. Aunque hoy no sería el día de querer responderlas, intentó formular al menos las preguntas que la atormentaban desde hacía apenas unos días. Se sentó en uno de los bancos de la ciudad fortificada y extrajo su diario y su pluma. Hoy estaba sola. No había inspiración. Simplemente aguantó el aliento y escribió, por primera vez, con el corazón en la mano.


Brillaba... como una luciérnaga. Yo me decía portadora del alba. Tras una vida de dedicación, votos, rezos y fe, ignorante e ingenua de mí. La que brillaba era ella.


Había visto muchos amaneceres en mi vida. La mayoría dorados, al ascender el sol tras esa línea del horizonte que observo sonriendo cada mañana. Otros brillaban de color naranja o carmesí, creando sombras y luces entre las nubes en un espectáculo visual. Y algunos eran de color rosa, y teñían el cielo de pura belleza y lo convertían en un jardín de orquídeas e hibiscos. Pero sin duda, este amanecer era nuevo para mí. Y aún no sé por qué, me cautivó como ninguno... Del color del carbón como su cabello, cerúleo como sus ojos. Con la sonoridad de sus labios y de aroma a fresas con miel. Jamás otro había despertado mis sentidos tan súbitamente como este.


Desde entonces hay dos soles en mi vida. Mas este es diferente. Sí, mis ojos le aguantan la mirada mientras brilla, aunque solo sea unos instantes. Pero quema más, tanto que duele. A veces es tan ardiente que derrite todo lo que soy. Otras solo quiero su calor. ¿cómo iba a olvidar lo que sentí al rodearme de sus rayos de luz y apoyar mi cabeza sobre él? Si me preguntan, es el primer abrazo de amor que sentí desde que llegué a Amn. Si le preguntan, el sol brilla para todos por igual, y arroparme tan solo era una pequeña parte de su magnánima gentileza.


Y este amanecer me despertó a mí. Ahora entiendo mucho más todo lo que jamás entendí. Ahora entiendo a papá, entiendo que me dejara ir mientras él perseguía a su propio sol. Ahora entiendo al abuelo cuando se alejó de aquí. Ahora entiendo a Lord Erik y a Lady Roxanne. ¿Es de verdad el amor la muerte del deber? ¿Son estas dudas lo que debo abrazar hoy? Nadie podría disipar mis incertezas, porque ni yo misma me atrevo a hacerlo...



Se había celebrado el verdor. La primavera traía la renovación un año mas a todos los habitantes del país. Pero para Sheela, había vuelto momentaneamente el invierno. Aunque tan solo se hiciera notar dentro de su pecho, en cada latido de su corazón. En ese corazón que ya no sentía suyo.

Los copos de nieve caían incesantes. Pronto se sorprendió con el cabello empapado, y tiritando. El frío llegaba hasta sus huesos y, en la más absoluta de las inopias, no se había percatado de ello.



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Tan solo necesitaba otro abrazo. Uno que fuera eterno.
 

Thrall

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Resiliencia.

La incertidumbre de la noche se arremolinaba sobre los sueños de la maestre. Que apoyada sobre el alféizar de la ventana de su dormitorio, observaba impávida el titilar de las estrellas que se dejaban ver en el firmamento estival.


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Tras exhalar un amargo suspiro, se sentó en su escritorio. Hundió el cálamo de su pluma de ganso una y otra vez en el bote de tinta mientras se quitaba del medio todos los informes pendientes. Pero no podía evitar distraerse con asiduidad. Recogió otro pergamino, desenrollándolo con hastío, y su rostro nefelibato observó el papel antes de comenzar otro aburrido informe. Poco tardó en darse cuenta de que no estaba escribiendo lo que debería, y que una vez más, estaba faltando a sus obligaciones más inmediatas.


Informe que Sheela":1p8f13gp dijo:
Me desperté bruscamente con el ruido atronador de un cristal roto en mi mente. Imaginé la posibilidad de vivir eternamente un cuento inconcluso. E incluso me visualicé rindiéndome ante vos y lo que sentíais. Por suerte, acontece en el orden de las cosas que, cuando se quiere evitar un inconveniente, se incurre en otro. Entendí la naturaleza de esos inconvenientes y supe elegir correctamente dando el menos malo por bueno. Mi sufrimiento por vuestra felicidad era un pago nimio al lado de la recompensa que podía llegar a obtener y obtuve.


Llegué a perder la noción de mi recto camino, y vos me guiais desde que cogisteis mi mano. La utopía de caminar hacia un amanecer que, por una vez, no se alejaba a cada paso que daba. Ahora ya no me sentía sola y, aunque seguía odiando a aquella persona en la que me convertía a veces, estabais ahí para ayudarme. Conseguí soportar el peso del color rojo gracias a vuestra presencia y no solo eso, si no que una mirada vuestra me servía para comprender cuándo hacía lo correcto o no. Nada me hace más feliz que asomarme a navegar sobre las olas de vuestros ojos.


Aún recuerdo las palabras que una vez proferí en voz alta a quien creía que algún día podría llegar a rendirme. Inasequible al desánimo, abstrusa al desaliento. Y a vos también. 'No me rendiría jamás', os dije casi claudicando y con lágrimas en mi tez. Nunca pensé que sería tan arduo mirar hacia delante y sentirme segura de mí misma. De lo que podría conseguir. Pero siempre se me enseñó a no rendirme. Nunca, nunca, nunca. Ni ante lo grande ni ante lo pequeño. Ni ante lo fundamental ni ante lo trivial. La adversidad es todo lo que necesitamos para alzarnos victoriosos.



Y por ello, sois hoy mi único precepto de validez inmarcesible.


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Casi lo selló por inercia. El amanecer estaba cerca de sorprenderla sin dormir y ella lo sabía. Guardó con mimo su último informe entre sus enseres y se dirigió a presenciar el alba. Las primeras luces de la aurora se alzaban una vez más en su presencia, y su rostro no pudo evitar sonreír como no había hecho durante toda la noche.
 

Thrall

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Clemencia.


[BBvideo 600,50:1pa5zj4h]http://www.youtube.com/watch?v=u0KQqOai-uA[/BBvideo]


Sheela se encontraba sentada en su escritorio al filo de la medianoche. Perdida entre sus informes y el sueño que ya le invadía. Extenuada, cabeceaba mientras trataba de abstraerse de su propio agotamiento. Ese gélido mes de Tarshak no daba tregua a las manos de la sacerdotisa, que apenas podía escribir. Se frotaba la diestra contra su pierna cuando un suspiró suave y unas palabras musitadas sonaron al otro lado de la puerta de su alcoba. 'Soy vuestra', le pareció escuchar. Sería Alex, pensó. Al fin volvía.

Sonrió y corrió a abrir la puerta con el fin de recibirla pero sólo había oscuridad y nada más. Y frente a ella, la sacerdotisa miró a la penumbra durante unos segundos, atónita y levemente temblorosa.

Volvió a sentarse pensativa, con el rostro confuso y la angustia del deseo de un nuevo día. Observó el informe que escribía y tan solo deseaba terminar ya con todo aquello. Se sentía débil al observar el papel. Preguntándose cuántos errores había cometido en los últimos meses. Observaba el papel sabiendo que tendría que enumerarlos tarde o temprano. De pronto, un nuevo susurro resonó acallando incluso los latidos de su corazón, 'soy vuestra'.

Abrió dubitativa la puerta de nuevo, lugar del que provenían las palabras, pero de nuevo, oscuridad y nada más.

La corriente hizo que las cortinas se mecieran y las sombras convirtieran la habitación en su patio de recreo, bailando juguetonas. Sheela se dirigió al escritorio una vez más. Acumuló los papeles sobre su libro abierto y lo cerró con pesadez. Después miró hacia la llama del candil con la voluntad de extinguirla. Pero de pronto, un súbito fulgor le sorprendió y la luz se hizo más fuerte. Esta se derramó sobre la figura de la Lathanderita, tendiendo al otro lado, en el suelo, su propia sombra.

El destello hizo que la sacerdotisa girara el rostro hacia esa sombra. La miró con curiosidad, recobrando ánimo, y esta parecía devolverle la mirada. La observó meditabunda durante unos segundos. Hasta que la sombra, haciéndole sentir terrores jamás antes sentidos, pronunció con terrible claridad las mismas palabras que escuchó previamente.

—Soy vuestra.

La lathanderita se quedó petrificada. No articuló palabra. ¿Sois mía? Apenas se atrevió a pensar.



Sombra.png


Observaba silente la sombra, aún adormilada, con cara de no entender demasiado. Pensó también en disculparse ante ella, pensó en irse de allí corriendo, pensó en demasiadas cosas en unos breves instantes. Cuando sus pensamientos se calmaron, y el silencio de la habitación se hizo tal en su cabeza, atinó a preguntar directamente a la espeluznante sombra.

¿Q-quién sois, indeseable huésped?, tan resuelto a hacer de mí su más refinada conquista. Vos que os engrandecéis del gran botín que es mi conciencia.

Y la sombra respondió: —Soy vuestra.

Sheela se asombró de que su sombra, tan intangible, tan inmaterial, pudiera expresarse tan claramente y significando a su vez tan poco su respuesta. Mas aún así, la sombra pronunció las palabras como si vertiera su alma en ellas. No dijo nada más, tan solo miraba a la sacerdotisa como esta la miraba a ella.

Otras sombras me acecharon con anterioridad y a todas las iluminé. Y por hórrida que seáis lo haré una vez más. Decid por qué estáis aquí y acabemos con esto cuanto antes.

Y entonces dijo la sombra de nuevo, —Soy vuestra.— Y Sheela, sobrecogida, entendió que era todo lo que ella sabía. La habitual sonrisa que vivía impertérrita dibujando sus labios, había desaparecido momentáneamente, y una pena inusual era todo lo que la poseía y podía sentir en aquellos momentos.

Tomo asiento delante de la figura sombría que yacía en el suelo sin quitarle el ojo de encima. Enlazando un pensamiento tras otro, buscándole un sentido a lo que esta sombra ominosa que ella misma generaba quería decir susurrando una y otra vez "soy vuestra". Lucubraba sin pronunciar palabra frente a ella, cuyos ojos le devolvían la mirada, que ardía en la sacerdotisa hasta el fondo de su pecho.

Y entonces entendió que la sombra era suya no porque la proyectara su cuerpo, sino su alma. Sheela tuvo la sensación de que el aire se tornaba más denso a su alrededor. Y entonces volvió a hablar, su tono ya no era confiado si no temeroso y dubitativo.

Un mensaje del amanecer jamás llegaría en forma sombría. No podría ser un mensaje divino como sugirió la dama Lilith... Ni sois alguien ajeno como sugirió la dama Anith. Y además, ya habéis dejado claro que sois mía... ¡Claro! Ahora lo entiendo todo... —Dijo manteniéndose silente y pensativa durante unos segundos antes de continuar. Un tiempo breve convertido en la eternidad que le llevó mirar hacia sus adentros.—En mis propias noches oscuras, sois la sombra de la desesperanza, la sombra del desamor, la sombra del abatimiento. Evidenciáis todo lo malo que hay en mí. Sois mis miedos y mis temores. Sois mis dudas y mis pesares. Sois todo aquello que odié de mí misma y lo que aún está por odiar.

Y este hálito de oscuridad, volvió a esgrimir su arma más letal. —Soy vuestra.

Sheela dibujó una pequeña sonrisa observando a los ojos a esa sombra, creyendo al fin entenderla. Ella le devolvía la mirada. Esos ojos tenían la apariencia de los de una oscuridad dormida. Su sonrisa se torció rápidamente al comprobar que la sombra no tenía intención de marcharse a pesar de ello, lo que despertó su ánimo y, sobre todo, su ira.

Sois una terrible sombra trémula agazapada en el fantasioso misterio de mi propia importancia. Decís que sois mía y en realidad mucho más que eso. ¡Yo os alimento! —Clamó en ese momento exasperada—. Todos vuestros caminos están torcidos, y renegáis silenciosa de los que veis dirigirse rectos. ¡Dejadme en paz!

Y de nuevo la respuesta, que resonaba como una maldición dentro de la oscura habitación.

Soy vuestra.

Sheela se arrodillo sobre su propia sombra, cuando la evidencia de sus palabras se hizo eco dentro de ella. Igual de dentro de donde provenían esos miedos y temores, esas dudas y pesares. Su propia soledad. La sombra siempre fue suya y las lágrimas que brotaban de sus ojos la hacían claudicar ante el sentimiento de que su sombra no se iría jamás. Cerró los ojos con fuerza una noche más.

Cuando los abrió, la sacerdotisa se encontraba tumbada en su cama, boca arriba. La oscuridad se cernía entonces, ondulada, sobre su rostro. Ya no había lágrimas. Esta oscuridad era diferente. Era, como ella dijo en alguna ocasión, la oscuridad más resplandeciente que había visto jamás. El pelo de su amada se precipitaba sobre su rostro cuando esta se colocó sobre ella. Al fin volvió.

Soy vuestra.
 

Thrall

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36
Lo que me hace feliz.


La cerrazón crepuscular se adueñó demasiado rápido de su corazón. Las noches como aquella se hacían más largas, los amaneceres más cortos y los días se habían convertido en una rutina de difícil lid. Sheela no sabría explicar en qué momento menguaron cualidades que no debieron menguar y en qué momento crecieron sombras que no debieron crecer. Primero fue su luminiscencia, haciéndola sentir más débil, menos brillante. Después, fue su resiliencia, costándole cada vez más afrontar la adversidad. Por último, sus solicitudes de clemencia se hicieron más y más constantes en su interior.

Aún era de noche cuando corrió las sábanas de su parte de la cama. Se vistió el tabardo un albor más y volvió a sentir el peso abrumador del color rojo. Miró hacia la cama, donde la otra mitad de su corazón dormía aún plácidamente. Suspiró con cierto desánimo y se colocó frente al espejo.

Al tiempo que demasiadas cosas pasaban por su cabeza, una lágrima descendió por su mejilla. Aunque ninguna la caracterizara. Era ese intrusivo pensamiento que le había acompañado antaño. Ese que odiaba sentir, como el aislamiento aún rodeada de gente, o el saberse arropada y notarse irremediablemente fría.

Se despojó pieza a pieza del tabardo frente al espejo. Por un momento se vio desnuda frente al mismo. Miró el reflejo de su pecho y sintió a su corazón latir aliviado. El peso abrasador de su segunda piel se había extinguido momentáneamente. Un nuevo suspiro se convirtió en el bálsamo que necesitaba.



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Hacía ya una década que abandonó su vida de plena dedicación a las tareas propias de una novicia en los templos Lathanderitas. Su curiosidad la llevó más allá y eso le hizo ser más humana. Cada año que pasaba, cuanto más mundo descubría, parecía perder madurez y volverse más niña, más infantil, más inocente. Todo esto se acabó cuando los golpes de realidad resonaron en sus puertas hasta echarla abajo.

Se vistió su túnica solar con mimo. Volvió a mirar a la cama antes de salir del castillo y volver a su tierra natal durante al menos un tiempo. Lo necesitaba. Pues seguía habiendo preguntas que no tenían respuesta.


¿Cuándo el altruísmo se había convertido en una ambición? ¿En una obligación?
¿Era la necesidad egoísta de sentirse en paz consigo misma?

Ya no tenía la necesidad imperiosa que le lastraba a veces de demostrarle nada a nadie. Súbitamente, se había convertido en una persona sin ambición.
A pesar de ello, con el paso del tiempo se dio cuenta de que su camino, tan recto y virtuoso, se había convertido en una pendiente sinuosa de amplitud menguante. No podía, al caminar, evitar acercarse cada vez más a sí misma.

Ya no se trataba de lo que conseguiría alcanzando sus metas. Ahora, el camino trataba de lo que dejaría de tener. De lo que debía sacrificar para continuar haciendo aquello que le hacía feliz.
 
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