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Tenía pendiente este relato-homenaje para todos los que acudisteis a esta escena, perdonad la tardanza!
El nacer de un caballero III - Beatitud dadivosa.
Los sonidos de metal de las armaduras de los caballeros cesaban. Los aplausos se extinguían mientras los curiosos iban dejando vacíos sus lugares en los bancos del gran salón donde Sheela había sido nombrada caballero. La joven levantó su cabeza del hombro de Ellah, y agradecía las congratulaciones aún con los ojos llorosos.
—
Gracias a todos por vuestra asistencia.— Alzaría la voz Sheela hacia los presentes que aún quedaban en el lugar. Algunos de ellos se acercaron a la joven, y tras ellos, más y más de los presentes originaron una cola inédita ante la joven. Las primeras de la misma, eran las damas Madeleine y Astrid, de La Eterna Melodía.
—
Felicidades, dama Sheela.— Felicitaron casi a la vez ambas mujeres. —En nombre de la Eterna Melodía, os queríamos regalar un presente para celebrar vuestro ascenso a Caballero del Radiante.
—
¿Un regalo?— Preguntaría con curiosidad la joven. Madeleine le tendería una pequeña caja, algo pesada a la Lathanderita.
—
Un presente, sí, sí.— Asentiría Astrid. La caja estaba grabada con el emblema de la Eterna Melodía. Sheela la abriría con mimo y miraría su interior con los ojos aún brillosos. Recogería la maza que se encontraba en su interior, una maza realmente preciosa, digna de la compañía que le ofrecía el regalo.
—
Muchas gracias, no hacía falta...— Dijo la ahora caballero mirando absorta el regalo.
—
A vos, Sheela, por lo que haceis por Faerûn y por todo lo que aún no habéis hecho pero seguro que haréis.— Añadió Madeleine antes de dejar espacio a la siguiente de la cola, que no era sino Istral, del Plenilunio. Que se acercaba a Sheela con una sonrisa.
—
Felicidades, te lo mereces. ¿Puedo daros un abrazo?— Preguntaba Istral ante la joven.
Sheela, en lugar de responder, procedió a abrazarse a Istral agradeciéndole su presencia. —
Gracias, dama Istral, gracias por acudir.
—
Ahora solo queda comenzar a trabajar codo con codo.— Dijo riendo y devolviéndole el abrazo. —
La logia entera os felicita.
La dama Istral marchó junto a Marzer, que felicitaba a Sheela desde lejos. La Kelemvorita Lilith se aproximó entonces a dedicarle unas palabras a la joven, golpeando el suelo con su bastón.
—Felicidades, Sheela. Espero que sigas esforzándote con todo, aún más bajo tu nueva responsabilidad.
—
Muchas gracias, dama Lilith, es un honor teneros hoy aquí.— Respondió Sheela antes de que sentenciara la sacerdotisa del juez.
—Hoy el honor es todo tuyo.
La próxima de la fila era la sacerdotisa del hospicio, Adellian. Que le entregaba una flor de cristal a Sheela. La joven caballero la recibía aún con lágrimas en los ojos. —
Sheela, Essi me pide que os entregue esto.
La clériga del quebrado, bajó la voz para hacerle una curiosa pregunta a la joven Lathánderita. —
¿Cuál de los juramentos os parece más importante?
A lo que Sheela, sin titubeos, le replicó. —
Pues... todos por igual, dama Adellian, creo que una base sólida debe estar equilibrada, de lo contrario, todo se desmoronaría. Pero si me hacéis elegir uno, sería la humildad.
Adellian daría un abrazo a la joven Sheela, indicando que ella pensaba igual, antes de dejar paso a una persona más. Una joven desconocida para Sheela, que no dudó en tomar la palabra.
—
No nos conocemos ni buena señora, mi nombre es Ethain. he venido acompañando a Marzer, sin embargo debo decir que ha sido una ceremonia preciosa. No podía evitar felicitaros. Me siento honrada por haber asistido.— Dijo realizando una graciosa reverencia.
—
Gracias entonces por haber acudido, mi señora. Un honor teneros aquí.
Al retirarse la muchacha, el turno sería para Solair. Al acercarse, Sheela abrazó sin dudar al joven paladín que siempre había estado a su lado.
—
Dama Sheela, ¿y esto?— Preguntaría algo sorprendido el joven.
Sheela sonreía. Llena de júbilo, sus ojos aún se encontraban humedecidos por las lágrimas que precedieron a las felicitaciones. —
Mi gratitud por vuestra asistencia. Gracias por ser partícipe de esto. Vos me habéis ayudado y enseñado muchas de las cosas que sé, y ante vos fui nombrada escudera. Así que esta ceremonia también es vuestra.
—
Y fijaos hasta donde llegasteis.— Sonreiría Solair. —
Estoy muy orgulloso de vos, hermana. Oh, tenía un regalo para vos. No es gran cosa, pero considero que el detalle es lo que más importa—. El paladín comenzaría a buscar algo entre sus pertrechos, sacando finalmente una rosa roja de buen tamaño, y entregándosela a la joven. —
Aquí está, tomad. Y Gracias por esforzaros tanto, el mérito es todo vuestro—. Concluría el paladín antes de marchar guiñándole un ojo a Sheela.
El monseñor Rickard se acercaría a Sheela entonces con una sonrisa, portando un zurrón de piel con él.
—
Hermana, yo tan solo quería deciros algo si gustais.
—
Claro,— Contestó Sheela sonriendo. —
vuestras palabras siempre engrandecen todos los pilares a los que servimos.
Entonces, el anciano comenzó a hablar ante la atenta mirada de Sheela, que le escuchaba fervientemente. —
Sabed hija, que buen grano da buen fruto que crece fuerte pero ante todo alto. Yo os digo, recordad y sabed que alejaos haréis, mas jamás os perdereis, pues buen camino sigue quien su corazón persigue y quien este entiende, sabe y comprende. — Tras sus palabras, el anciano ofrecería a Sheela el zurrón. —
Aquí os doy la espada que emplee durante la cruzada. Yo ya hace tiempo dije que no volvería a tomar esta clase de arma. Vuestra es, y confío que en el futuro hagáis gran gesta con ella.
—
Monseñor Rickard...— La Lathanderita se vería tan abrumada como sorprendida.
—
Sea la paz se forje con su filo. Que el quebrado os guarde, caballero Sheela.— Añadiría el anciano juntando sus manos e inclinando su cabeza, antes de marchar. Sheela recogería el zurrón dejando en el suelo la caja de la Eterna Melodía de forma algo brusca, al estar sus brazos ya llenos de presentes que para nada esperaba.
—
Muchas gracias por vuestra presencia monseñor Rickard. Espero estar yo pronto donde vos estáis, y viceversa.
Eltharion se aproximo a la joven cuando Rickard marchó, también acompañado por una amable bendición.
—
Que la luz de tu señor te ilumine, y la dorada llama de la mía os otorgue dicha en vuestro corazón.
—
¿El mejor arquero de Minsor ha venido a verme?— Respondió Sheela sonriendo, agradecida por el gesto.
—Oh, quién sabe, aún no he batido a Maese Alesthood. Por cierto, os traigo un presente.
—
Vuestra presencia es es un honor para mí seáis el primero o el último de los arqueros, mi señor Eltharion. Muchas gracias por vuestras palabras.— Respondió Sheela, tan humilde como de costumbre, aunque no podía evitar mirarle con curiosidad al tiempo que este le entregaba un pañuelo de tela élfica bordada con hilo de oro. En su interior, entre las telas, se hallaba un silbato de madera tallada con motivos élficos y la figura de un can.
—
No pude traer vuestro regalo, pues no sé si dejarían que cruzara las puertas del templo... Se que como siervos de la luz muchas son las noches de vigilia en soledad o los senderos a recorrer sin más compañía que la fe. Os entrego un cachorro mestizo de nuestros canes. Requerirá la mano de alguien que sepa educarlo, pero sea leal y compañía en vuestro camino.
Sheela asintió. —
Muchas gracias, Eltharion. Aunque toda noche finaliza con un amanecer que nos cobija. Por larga que sea.—Sonreiría la joven.
—
Que la dama dorada os bendiga y que vuestro señor os tenga en su alta y radiante estima. — Se despedía Eltharion haciéndose a un lado, para que la fila prosiguiera su curso, aunque ya concluía ya estaba concluyendo. El fiel siervo de Tyr, el paladín Leon, se acercaba ahora para premiar a la muchacha con sus palabras.
—
Salve, Sheela, caballero de la orden.— Diría Leon inclinandose en una muy pronunciada reverencia, extremadamente respetuoso.
—
Mi señor Leon. Gracias por estar hoy aquí.— Se repetía la joven Lathanderita una y otra vez.
El paladín apuntaría con la voz calma. —
No os he traído ningún presente, pues nada terrenal puede ser tan grande como el honor de ingresar en una orden como El Radiante Corazón, con los valores que los dioses representan. El regalo es ver a alguien como vos, joven y llena de fuerza dispuesta a servir a La Orden. Yo como paladín de Tyr, te saludo.
—
Que no os atormente un bien material. Hoy la dicha es más fuerte que cualquier regalo.—Diría la joven con su permanente sonrisa adornando sus labios.
Así el señor Leon se apartaría de la cola para dejar paso a la última persona que la formaba, la miembro de la guardia Helen Stern.
—
Mis más sinceras felicidades Caballero Sheela, por haber podido llegar hasta donde está. —Diría asintiendo firmemente. —
Las luchas son las que nos forjan en el destino y en nombre de Tempus espero que le sonría en las batallas por venir. Luche con honor y viva.
—
Muchas gracias por vuestra presencia. Llegar aquí desde luego, tan solo es el principio del camino.— Sonreiría afable Sheela.
—Que el martillo le sonría en sus batallas venideras, caballero Sheela.
Helen marcharía también en silencio por el mismo pasillo que la ordenada cruzó al comienzo de la ceremonia. Ahora la sala estaba vacía. Solo estaban ella y su superior, Erik. Que también extrajo un pequeño obsequio de entre sus pertenencias.
—
No me gusta dar los regalos en público. La gente compara, ya sabes. — Sonreiría el Tormita.
—
Muchas gracias por su confianza una vez más, Sir Erik.— Diría la recién ordenada mientras tomaba en regalo del maestre con mimo.
Tras esto, Erik se retiró. Sheela volvió a mirar la estancia, esta vez vacía. Se quedó sentada horas en uno de los bancos. Pensativa. Entre toda la amalgama de pensamientos que la invadían incesantemente, unas palabras volvían a su mente una y otra vez.
"Tan solo es el principio del camino."