Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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Era una noche despejada. Apenas había nubes en el cielo. Las estrellas rutilaban diáfanas y la luna, plena y clara, observaba desde lo alto. Su resplandor plateado bañaba la superficie de las aguas, donde el paisaje se reflejaba con una simetría casi mágica.
Aquel rincón del Bosque de Alandor parecía un pequeño remanso de paz.
Cuatro personas se habían reunido allí. Dos mujeres vestían túnicas blancas de aspecto regio: una era una iluskana de cabellos níveos; la otra, una semielfa de piel morena y cabello azabache. Junto a ellas se encontraba una aventurera pelirroja, ataviada con ropas cómodas y prácticas.
La cuarta figura era un hombre de cabello corto. Sostenía un cigarrillo entre los dedos y daba caladas breves, mientras mantenía el arco sujeto con la otra mano. Aunque aparentaba tranquilidad, no apartaba la mirada de los alrededores.
- Recuerda lo que hablamos hoy - le dijo Zyon a la aventurera.
La iluskana de cabellos blancos fue la primera en adentrarse en las aguas. Lo hizo sin desprenderse de sus vestiduras. La tela de la túnica se adhirió a sus piernas a medida que avanzaba, hasta que el agua le alcanzó la cintura. Entonces extendió ambas manos hacia la postulante.
- Lo primero que has de hacer es desprenderte de tus cargas.
Y Saravel así lo hizo.
Dejó en la orilla cuanto podía resultarle pesado. Después, ayudada por la otra mujer, se internó en el lago y avanzó hasta quedar frente a Sariel. Ambas, bañadas por la luz de la luna, quedaron expuestas ante la atenta mirada de Selûne.
Sariel habló entonces:
- Debes ser sincera contigo misma. Piensa en todo cuanto te causa pesar. En aquello que todavía despierta tus dudas.
Saravel guardó silencio durante unos instantes.
- Hay dos cosas que me atormentan.
- ¿Cuáles?
- Una de ellas es algo que debo dejar fluir. Lo sé. Debo aceptar lo ocurrido y volver la mirada hacia el futuro. Pero la otra…
La iluskana de ojos grises asintió. Sostuvo la mirada de Saravel y aguardó pacientemente.
Gwenaëlle observaba desde la orilla, a cierta distancia. Por el momento se limitaba a ser testigo silencioso de aquella confesión.
- La otra me ahoga - terminó por decir Saravel.
- ¿Quieres expresarla?
El rostro de la aventurera se contrajo en una mueca que transitó de la melancolía al dolor.
Gwenaëlle reconoció aquel gesto. Lo había visto antes, aunque no siempre en los rostros ajenos. Era la expresión de quien había convertido la culpa en compañera de vida; de quien regresaba una y otra vez al mismo instante, examinando cada palabra y cada decisión, convencida de que, si lo contemplaba durante suficiente tiempo, encontraría el punto exacto en que todo podría haber sido diferente.
Aferró su báculo con fuerza, pero permaneció en silencio.
- No… - murmuró Saravel - Lo que ocurrió sigue clavado dentro de mí. Recuerdo su mirada de odio. Su decepción…
Sariel tomó una de sus manos.
- Ella es mucho más poderosa que cualquiera de nosotros.
Saravel titubeó ante aquella afirmación.
Fue entonces cuando Gwenaëlle decidió intervenir. Se adentró lentamente en las aguas y se colocó detrás de la aventurera. El frío atravesó la tela de su túnica, pero apenas lo percibió. Su atención permanecía fija en los hombros encogidos de Saravel, en aquella manera de hacerse pequeña bajo el peso de algo que otros no podían ver.
Mientras tanto, Sariel continuó hablando.
- Es capaz de perdonar cualquier pecado cuando quien lo ha cometido está verdaderamente dispuesto a enmendar su camino. No existe pena eterna ni sufrimiento perpetuo que ella no pueda comprender. Selûne lo ve todo, Saravel. Y también ve la luz que hay en ti.
Gwenaëlle bajó la mirada y posó una mano sobre el hombro de Saravel. La pelirroja se sobresaltó, pero no se volvió.
La semielfa se inclinó ligeramente hacia ella. Habló con suavidad, sin elevar la voz. Había una calidez serena en sus palabras.
- Nuestro propio ser suele convertirse en el más despiadado de los jueces. La condición mortal implica libre albedrío. En la libertad comienza todo camino y, en cualquier camino, siempre existen pasos en falso y decisiones equivocadas. No os lamentéis eternamente por cuanto ocurrió, pues aquello ya quedó atrás.
Saravel desvió finalmente la mirada hacia Gwenaëlle. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, incapaz de contener por más tiempo el pesar.
Se llevó una mano a la muñeca izquierda, donde lucía un tatuaje semejante al símbolo del infinito. Apretó los dedos contra él con tristeza.
- Pero ella murió… por mi culpa.
- La muerte es un tránsito, Saravel - respondió Sariel con calidez - Nadie se marcha para siempre. Algún día volverás a verla.
Sin embargo, la Oráculo intentó ver más allá respecto a lo que Saravel trataba de decir.
A sus ojos, la aventurera no buscaba realmente una absolución. Tampoco una explicación teológica que aliviase de inmediato su conciencia. Buscaba expresar su dolor. Convertirlo en palabras. Necesitaba que alguien reconociese la existencia de aquel padecimiento.
Era un dolor demasiado familiar para Gwenaëlle. Demasiado cercano a sus propios sentimientos.
Quizá por ello dejó a un lado, durante un instante, sus obligaciones pastorales y habló con triste sinceridad.
- Quizá así sea, Saravel.
Las tres mujeres quedaron en silencio.
Fue un silencio incómodo y prolongado. Gwenaëlle permitió que el peso de sus palabras calase, sin despojarlas de un ápice de su gravedad.
Después continuó:
- Pero probablemente no lo sea. Comprendo el peso de la culpa y el sentimiento de no haber podido hacer más. Pero, si no te liberas de esta carga, jamás podrás comenzar a sanar. No podrás… vivir.
El silencio volvió a envolverlas.
- Y liberarte de ella no significa olvidar.
- Lo he intentado - confesó Saravel al fin - Quise quitarme el tatuaje. Incluso le pedí a Zyon que lo quemase para poder deshacerme de él…
- ¿Y por qué querrías hacer algo así? - preguntó Sariel.
Saravel la miró con extrañeza. No era aquella la pregunta que esperaba oír.
- Las experiencias que vivimos forman parte de aquello que somos. Ese tatuaje, y el dolor que representa, forman parte de ti. Pretender expulsarlos sería como intentar arrancarte una parte de ti misma.
- Pero hice una promesa. Y no fui capaz de cumplirla. Cuando más me necesitó, le di la espalda…
Gwenaëlle posó entonces un dedo sobre el tatuaje. Recorrió con delicadeza sus contornos mientras lo contemplaba con tristeza.
Saravel no retiró la mano. El gesto no pareció incomodarla.
- Es un tatuaje precioso - dijo la semielfo - Yo… no me lo quitaría.
Una leve sonrisa apareció en los labios de Saravel. Era una sonrisa triste, pues todavía no había espacio para la alegría en su interior. Tan solo para el dolor.
- Amar consiste en desear incondicionalmente el bien de la persona que es objeto de nuestro afecto. Tú amabas a esa persona, ¿verdad?
- Era mi amiga. La única amiga que he tenido…
Sariel sonrió con ternura.
- Creo que te equivocas, Saravel. Yo te veo rodeada de amistades. De personas que te quieren.
Gwenaëlle asintió.
- A veces cometemos errores graves con las personas que amamos. Errores que pueden parecer imperdonables. Incluso irreparables. Pero amar también significa comprender.
Saravel se secó las lágrimas mientras escuchaba en silencio.
- Quien te ama puede sentirse herido. Puede enfurecerse y necesitar tiempo para sanar. Algunas heridas no se reparan con facilidad. Pero el amor, por su propia naturaleza, tiende a reconducir aquello que se ha apartado de su cauce.
La semielfa observó el tatuaje una vez más.
- Estoy segura de que ella no querría que cada recuerdo suyo estuviese empañado por el dolor.
Fue solo entonces comenzó el verdadero juicio.
Saravel rompió a llorar con un llanto puro, casi infantil. Permitió que el dolor manase libremente y que sus lágrimas se entremezclasen con las aguas del lago.
Dejó que la culpa cayese de sus hombros.
Convirtió su dolor en palabras.
Y al hacerlo, lo reconoció como parte de sí misma.
- ¿Podrá Selûne iluminar mi tristeza? - preguntó finalmente.
Las dos sacerdotisas intercambiaron una mirada. Después entrelazaron sus manos y abrazaron a la muchacha.
- Todo camino comienza con un primer paso - dijo Gwenaëlle.
- Y nosotras estaremos aquí para ayudarte a recorrerlo - añadió Sariel.
Bajo la luz de la luna, silenciosa testigo de cuanto había sucedido, algo pudo descansar al fin.
Y entre las aguas y las lágrimas nació algo nuevo. Algo frágil, pero maravilloso.
Una nueva convicción.
Aquel rincón del Bosque de Alandor parecía un pequeño remanso de paz.
Cuatro personas se habían reunido allí. Dos mujeres vestían túnicas blancas de aspecto regio: una era una iluskana de cabellos níveos; la otra, una semielfa de piel morena y cabello azabache. Junto a ellas se encontraba una aventurera pelirroja, ataviada con ropas cómodas y prácticas.
La cuarta figura era un hombre de cabello corto. Sostenía un cigarrillo entre los dedos y daba caladas breves, mientras mantenía el arco sujeto con la otra mano. Aunque aparentaba tranquilidad, no apartaba la mirada de los alrededores.
- Recuerda lo que hablamos hoy - le dijo Zyon a la aventurera.
La iluskana de cabellos blancos fue la primera en adentrarse en las aguas. Lo hizo sin desprenderse de sus vestiduras. La tela de la túnica se adhirió a sus piernas a medida que avanzaba, hasta que el agua le alcanzó la cintura. Entonces extendió ambas manos hacia la postulante.
- Lo primero que has de hacer es desprenderte de tus cargas.
Y Saravel así lo hizo.
Dejó en la orilla cuanto podía resultarle pesado. Después, ayudada por la otra mujer, se internó en el lago y avanzó hasta quedar frente a Sariel. Ambas, bañadas por la luz de la luna, quedaron expuestas ante la atenta mirada de Selûne.
Sariel habló entonces:
- Debes ser sincera contigo misma. Piensa en todo cuanto te causa pesar. En aquello que todavía despierta tus dudas.
Saravel guardó silencio durante unos instantes.
- Hay dos cosas que me atormentan.
- ¿Cuáles?
- Una de ellas es algo que debo dejar fluir. Lo sé. Debo aceptar lo ocurrido y volver la mirada hacia el futuro. Pero la otra…
La iluskana de ojos grises asintió. Sostuvo la mirada de Saravel y aguardó pacientemente.
Gwenaëlle observaba desde la orilla, a cierta distancia. Por el momento se limitaba a ser testigo silencioso de aquella confesión.
- La otra me ahoga - terminó por decir Saravel.
- ¿Quieres expresarla?
El rostro de la aventurera se contrajo en una mueca que transitó de la melancolía al dolor.
Gwenaëlle reconoció aquel gesto. Lo había visto antes, aunque no siempre en los rostros ajenos. Era la expresión de quien había convertido la culpa en compañera de vida; de quien regresaba una y otra vez al mismo instante, examinando cada palabra y cada decisión, convencida de que, si lo contemplaba durante suficiente tiempo, encontraría el punto exacto en que todo podría haber sido diferente.
Aferró su báculo con fuerza, pero permaneció en silencio.
- No… - murmuró Saravel - Lo que ocurrió sigue clavado dentro de mí. Recuerdo su mirada de odio. Su decepción…
Sariel tomó una de sus manos.
- Ella es mucho más poderosa que cualquiera de nosotros.
Saravel titubeó ante aquella afirmación.
Fue entonces cuando Gwenaëlle decidió intervenir. Se adentró lentamente en las aguas y se colocó detrás de la aventurera. El frío atravesó la tela de su túnica, pero apenas lo percibió. Su atención permanecía fija en los hombros encogidos de Saravel, en aquella manera de hacerse pequeña bajo el peso de algo que otros no podían ver.
Mientras tanto, Sariel continuó hablando.
- Es capaz de perdonar cualquier pecado cuando quien lo ha cometido está verdaderamente dispuesto a enmendar su camino. No existe pena eterna ni sufrimiento perpetuo que ella no pueda comprender. Selûne lo ve todo, Saravel. Y también ve la luz que hay en ti.
Gwenaëlle bajó la mirada y posó una mano sobre el hombro de Saravel. La pelirroja se sobresaltó, pero no se volvió.
La semielfa se inclinó ligeramente hacia ella. Habló con suavidad, sin elevar la voz. Había una calidez serena en sus palabras.
- Nuestro propio ser suele convertirse en el más despiadado de los jueces. La condición mortal implica libre albedrío. En la libertad comienza todo camino y, en cualquier camino, siempre existen pasos en falso y decisiones equivocadas. No os lamentéis eternamente por cuanto ocurrió, pues aquello ya quedó atrás.
Saravel desvió finalmente la mirada hacia Gwenaëlle. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, incapaz de contener por más tiempo el pesar.
Se llevó una mano a la muñeca izquierda, donde lucía un tatuaje semejante al símbolo del infinito. Apretó los dedos contra él con tristeza.
- Pero ella murió… por mi culpa.
- La muerte es un tránsito, Saravel - respondió Sariel con calidez - Nadie se marcha para siempre. Algún día volverás a verla.
Sin embargo, la Oráculo intentó ver más allá respecto a lo que Saravel trataba de decir.
A sus ojos, la aventurera no buscaba realmente una absolución. Tampoco una explicación teológica que aliviase de inmediato su conciencia. Buscaba expresar su dolor. Convertirlo en palabras. Necesitaba que alguien reconociese la existencia de aquel padecimiento.
Era un dolor demasiado familiar para Gwenaëlle. Demasiado cercano a sus propios sentimientos.
Quizá por ello dejó a un lado, durante un instante, sus obligaciones pastorales y habló con triste sinceridad.
- Quizá así sea, Saravel.
Las tres mujeres quedaron en silencio.
Fue un silencio incómodo y prolongado. Gwenaëlle permitió que el peso de sus palabras calase, sin despojarlas de un ápice de su gravedad.
Después continuó:
- Pero probablemente no lo sea. Comprendo el peso de la culpa y el sentimiento de no haber podido hacer más. Pero, si no te liberas de esta carga, jamás podrás comenzar a sanar. No podrás… vivir.
El silencio volvió a envolverlas.
- Y liberarte de ella no significa olvidar.
- Lo he intentado - confesó Saravel al fin - Quise quitarme el tatuaje. Incluso le pedí a Zyon que lo quemase para poder deshacerme de él…
- ¿Y por qué querrías hacer algo así? - preguntó Sariel.
Saravel la miró con extrañeza. No era aquella la pregunta que esperaba oír.
- Las experiencias que vivimos forman parte de aquello que somos. Ese tatuaje, y el dolor que representa, forman parte de ti. Pretender expulsarlos sería como intentar arrancarte una parte de ti misma.
- Pero hice una promesa. Y no fui capaz de cumplirla. Cuando más me necesitó, le di la espalda…
Gwenaëlle posó entonces un dedo sobre el tatuaje. Recorrió con delicadeza sus contornos mientras lo contemplaba con tristeza.
Saravel no retiró la mano. El gesto no pareció incomodarla.
- Es un tatuaje precioso - dijo la semielfo - Yo… no me lo quitaría.
Una leve sonrisa apareció en los labios de Saravel. Era una sonrisa triste, pues todavía no había espacio para la alegría en su interior. Tan solo para el dolor.
- Amar consiste en desear incondicionalmente el bien de la persona que es objeto de nuestro afecto. Tú amabas a esa persona, ¿verdad?
- Era mi amiga. La única amiga que he tenido…
Sariel sonrió con ternura.
- Creo que te equivocas, Saravel. Yo te veo rodeada de amistades. De personas que te quieren.
Gwenaëlle asintió.
- A veces cometemos errores graves con las personas que amamos. Errores que pueden parecer imperdonables. Incluso irreparables. Pero amar también significa comprender.
Saravel se secó las lágrimas mientras escuchaba en silencio.
- Quien te ama puede sentirse herido. Puede enfurecerse y necesitar tiempo para sanar. Algunas heridas no se reparan con facilidad. Pero el amor, por su propia naturaleza, tiende a reconducir aquello que se ha apartado de su cauce.
La semielfa observó el tatuaje una vez más.
- Estoy segura de que ella no querría que cada recuerdo suyo estuviese empañado por el dolor.
Fue solo entonces comenzó el verdadero juicio.
Saravel rompió a llorar con un llanto puro, casi infantil. Permitió que el dolor manase libremente y que sus lágrimas se entremezclasen con las aguas del lago.
Dejó que la culpa cayese de sus hombros.
Convirtió su dolor en palabras.
Y al hacerlo, lo reconoció como parte de sí misma.
- ¿Podrá Selûne iluminar mi tristeza? - preguntó finalmente.
Las dos sacerdotisas intercambiaron una mirada. Después entrelazaron sus manos y abrazaron a la muchacha.
- Todo camino comienza con un primer paso - dijo Gwenaëlle.
- Y nosotras estaremos aquí para ayudarte a recorrerlo - añadió Sariel.
Bajo la luz de la luna, silenciosa testigo de cuanto había sucedido, algo pudo descansar al fin.
Y entre las aguas y las lágrimas nació algo nuevo. Algo frágil, pero maravilloso.
Una nueva convicción.
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