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Los Hijos de la Luna

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I. EL DOLOR QUE PESA


Era una noche despejada. Apenas había nubes en el cielo. Las estrellas rutilaban diáfanas y la luna, plena y clara, observaba desde lo alto. Su resplandor plateado bañaba la superficie de las aguas, donde el paisaje se reflejaba con una simetría casi mágica.

Aquel rincón del Bosque de Alandor parecía un pequeño remanso de paz.

Cuatro personas se habían reunido allí. Dos mujeres vestían túnicas blancas de aspecto regio: una era una iluskana de cabellos níveos; la otra, una semielfa de piel morena y cabello azabache. Junto a ellas se encontraba una aventurera pelirroja, ataviada con ropas cómodas y prácticas.

La cuarta figura era un hombre de cabello corto. Sostenía un cigarrillo entre los dedos y daba caladas breves, mientras mantenía el arco sujeto con la otra mano. Aunque aparentaba tranquilidad, no apartaba la mirada de los alrededores.

- Recuerda lo que hablamos hoy - le dijo Zyon a la aventurera.

La iluskana de cabellos blancos fue la primera en adentrarse en las aguas. Lo hizo sin desprenderse de sus vestiduras. La tela de la túnica se adhirió a sus piernas a medida que avanzaba, hasta que el agua le alcanzó la cintura. Entonces extendió ambas manos hacia la postulante.

- Lo primero que has de hacer es desprenderte de tus cargas.

Y Saravel así lo hizo.

Dejó en la orilla cuanto podía resultarle pesado. Después, ayudada por la otra mujer, se internó en el lago y avanzó hasta quedar frente a Sariel. Ambas, bañadas por la luz de la luna, quedaron expuestas ante la atenta mirada de Selûne.

Sariel habló entonces:

- Debes ser sincera contigo misma. Piensa en todo cuanto te causa pesar. En aquello que todavía despierta tus dudas.

Saravel guardó silencio durante unos instantes.

- Hay dos cosas que me atormentan.

- ¿Cuáles?

- Una de ellas es algo que debo dejar fluir. Lo sé. Debo aceptar lo ocurrido y volver la mirada hacia el futuro. Pero la otra…


La iluskana de ojos grises asintió. Sostuvo la mirada de Saravel y aguardó pacientemente.

Gwenaëlle observaba desde la orilla, a cierta distancia. Por el momento se limitaba a ser testigo silencioso de aquella confesión.

- La otra me ahoga - terminó por decir Saravel.

- ¿Quieres expresarla?

El rostro de la aventurera se contrajo en una mueca que transitó de la melancolía al dolor.

Gwenaëlle reconoció aquel gesto. Lo había visto antes, aunque no siempre en los rostros ajenos. Era la expresión de quien había convertido la culpa en compañera de vida; de quien regresaba una y otra vez al mismo instante, examinando cada palabra y cada decisión, convencida de que, si lo contemplaba durante suficiente tiempo, encontraría el punto exacto en que todo podría haber sido diferente.

Aferró su báculo con fuerza, pero permaneció en silencio.

- No… - murmuró Saravel - Lo que ocurrió sigue clavado dentro de mí. Recuerdo su mirada de odio. Su decepción…

Sariel tomó una de sus manos.

- Ella es mucho más poderosa que cualquiera de nosotros.

Saravel titubeó ante aquella afirmación.

Fue entonces cuando Gwenaëlle decidió intervenir. Se adentró lentamente en las aguas y se colocó detrás de la aventurera. El frío atravesó la tela de su túnica, pero apenas lo percibió. Su atención permanecía fija en los hombros encogidos de Saravel, en aquella manera de hacerse pequeña bajo el peso de algo que otros no podían ver.

Mientras tanto, Sariel continuó hablando.

- Es capaz de perdonar cualquier pecado cuando quien lo ha cometido está verdaderamente dispuesto a enmendar su camino. No existe pena eterna ni sufrimiento perpetuo que ella no pueda comprender. Selûne lo ve todo, Saravel. Y también ve la luz que hay en ti.

Gwenaëlle bajó la mirada y posó una mano sobre el hombro de Saravel. La pelirroja se sobresaltó, pero no se volvió.

La semielfa se inclinó ligeramente hacia ella. Habló con suavidad, sin elevar la voz. Había una calidez serena en sus palabras.

- Nuestro propio ser suele convertirse en el más despiadado de los jueces. La condición mortal implica libre albedrío. En la libertad comienza todo camino y, en cualquier camino, siempre existen pasos en falso y decisiones equivocadas. No os lamentéis eternamente por cuanto ocurrió, pues aquello ya quedó atrás.

Saravel desvió finalmente la mirada hacia Gwenaëlle. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, incapaz de contener por más tiempo el pesar.

Se llevó una mano a la muñeca izquierda, donde lucía un tatuaje semejante al símbolo del infinito. Apretó los dedos contra él con tristeza.

- Pero ella murió… por mi culpa.

- La muerte es un tránsito, Saravel - respondió Sariel con calidez - Nadie se marcha para siempre. Algún día volverás a verla.

Sin embargo, la Oráculo intentó ver más allá respecto a lo que Saravel trataba de decir.

A sus ojos, la aventurera no buscaba realmente una absolución. Tampoco una explicación teológica que aliviase de inmediato su conciencia. Buscaba expresar su dolor. Convertirlo en palabras. Necesitaba que alguien reconociese la existencia de aquel padecimiento.

Era un dolor demasiado familiar para Gwenaëlle. Demasiado cercano a sus propios sentimientos.

Quizá por ello dejó a un lado, durante un instante, sus obligaciones pastorales y habló con triste sinceridad.

- Quizá así sea, Saravel.

Las tres mujeres quedaron en silencio.

Fue un silencio incómodo y prolongado. Gwenaëlle permitió que el peso de sus palabras calase, sin despojarlas de un ápice de su gravedad.

Después continuó:

- Pero probablemente no lo sea. Comprendo el peso de la culpa y el sentimiento de no haber podido hacer más. Pero, si no te liberas de esta carga, jamás podrás comenzar a sanar. No podrás… vivir.

El silencio volvió a envolverlas.

- Y liberarte de ella no significa olvidar.

- Lo he intentado - confesó Saravel al fin - Quise quitarme el tatuaje. Incluso le pedí a Zyon que lo quemase para poder deshacerme de él…

- ¿Y por qué querrías hacer algo así? - preguntó Sariel.

Saravel la miró con extrañeza. No era aquella la pregunta que esperaba oír.

- Las experiencias que vivimos forman parte de aquello que somos. Ese tatuaje, y el dolor que representa, forman parte de ti. Pretender expulsarlos sería como intentar arrancarte una parte de ti misma.

- Pero hice una promesa. Y no fui capaz de cumplirla. Cuando más me necesitó, le di la espalda…

Gwenaëlle posó entonces un dedo sobre el tatuaje. Recorrió con delicadeza sus contornos mientras lo contemplaba con tristeza.

Saravel no retiró la mano. El gesto no pareció incomodarla.

- Es un tatuaje precioso - dijo la semielfo - Yo… no me lo quitaría.

Una leve sonrisa apareció en los labios de Saravel. Era una sonrisa triste, pues todavía no había espacio para la alegría en su interior. Tan solo para el dolor.

- Amar consiste en desear incondicionalmente el bien de la persona que es objeto de nuestro afecto. Tú amabas a esa persona, ¿verdad?

- Era mi amiga. La única amiga que he tenido…


Sariel sonrió con ternura.

- Creo que te equivocas, Saravel. Yo te veo rodeada de amistades. De personas que te quieren.

Gwenaëlle asintió.

- A veces cometemos errores graves con las personas que amamos. Errores que pueden parecer imperdonables. Incluso irreparables. Pero amar también significa comprender.

Saravel se secó las lágrimas mientras escuchaba en silencio.

- Quien te ama puede sentirse herido. Puede enfurecerse y necesitar tiempo para sanar. Algunas heridas no se reparan con facilidad. Pero el amor, por su propia naturaleza, tiende a reconducir aquello que se ha apartado de su cauce.

La semielfa observó el tatuaje una vez más.

- Estoy segura de que ella no querría que cada recuerdo suyo estuviese empañado por el dolor.

Fue solo entonces comenzó el verdadero juicio.

Saravel rompió a llorar con un llanto puro, casi infantil. Permitió que el dolor manase libremente y que sus lágrimas se entremezclasen con las aguas del lago.

Dejó que la culpa cayese de sus hombros.

Convirtió su dolor en palabras.

Y al hacerlo, lo reconoció como parte de sí misma.

- ¿Podrá Selûne iluminar mi tristeza? - preguntó finalmente.

Las dos sacerdotisas intercambiaron una mirada. Después entrelazaron sus manos y abrazaron a la muchacha.

- Todo camino comienza con un primer paso - dijo Gwenaëlle.

- Y nosotras estaremos aquí para ayudarte a recorrerlo - añadió Sariel.

Bajo la luz de la luna, silenciosa testigo de cuanto había sucedido, algo pudo descansar al fin.

Y entre las aguas y las lágrimas nació algo nuevo. Algo frágil, pero maravilloso.

Una nueva convicción.
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II. TRES PROMESAS


Tres veces doblaron las campanas del Salón de la Luna. Tres veces repicaron; una, dos, tres; tres veces precedieron al mismo anuncio.

Allí, entre sus muros y columnas de mármol blanco, donde la luz atravesaba diáfana las cristaleras y reflejaba colores pálidos y plateados de los mosaicos, tuvo lugar una ceremonia que para muchos era esperada; para otros, inevitable.

Las dos Altas Sacerdotisas aguardaban frente al altar consagrado a la Diosa Luna. Sobre el mismo, un cuenco lleno de un líquido plateado, casi transparente, pero que sin duda no era agua, había sido dispuesto junto a un libro en el cual podían apreciarse versículos en la lengua celeste.

Ambas mujeres aguardaban con porte solemne y sonrisas en sus rostros.

Junto a ellas, la capitana cruzada, Mernalyn, látigo enfundado, observaba a los tres aspirantes.

Estos aguardaban con miradas curiosas, impacientes, nerviosas. No eran personas dadas a los formalismos, y para muchos, aquella ocasión implicaba un extraño reconocimiento a una dimensión quizás demasiado íntima.

Gwenaëlle se acercó a ellos, posando el libro de tomos plateados sobre el púlpito. Sus ojos ambarinos, que refulgían al contraluz, observaron detenidamente a aquellos postulantes.

Eran sus amigos. Sus compañeros.

Pero a partir de aquel día, serían algo más.

- Bienhallados seáis - comenzó Gwenaëlle, desviando su mirada hacia las bancadas donde varios asistían al acto. Eran amigos, familia, curiosos y otros feligreses .

- Nos reunimos aquí para celebrar una jornada dichosa. Bajo la atenta mirada de Selûne, tres personas han decidido responder al llamado del bien.

A su lado, Sariel vertió el contenido de una pequeña jarra en el cuenco dispuesto sobre el altar. Tres medidas exactas, una por cada uno de los presentes. El líquido, claro y plateado, onduló suavemente bajo la luz que atravesaba las cristaleras.

Gwenaëlle regresó entonces la mirada hacia los tres aspirantes.

- Tres almas buenas. Tres existencias que han definido su presencia en este mundo, por imperfecto que sea, con un solo propósito: dejar un lugar mejor que el que hallaron cuando comenzaron su sendero.

Sonrió a los tres.

- Hoy dejaréis de ser meros aventureros y formaréis parte de una hermandad. Una congregación que comparte el mismo apellido.

Dejó pasar unos segundos.

- Pues bajo la luz de la Luna, somos todos iguales.

Aquellas palabras arrancaron alguna sonrisa entre los presentes. La ceremonia era solemne, pero quienes aguardaban frente a ellas distaban mucho de ser personas acostumbradas a la solemnidad.

Gwenaëlle alzó entonces ligeramente la voz.

- Zyon Ashby. Acérquese.

El arquero carraspeó y avanzó con una serenidad que quizá escondía algo más de nerviosismo del que deseaba aparentar. Cuando alcanzó el lugar señalado, se arrodilló frente a las sacerdotisas, inclinando la cabeza.

Saravel, tras él, murmuró algo acerca de que al final le había tocado ser el primero.

Gwenaëlle entrelazó los dedos delante de su cuerpo y guardó silencio.

Fue Mernalyn quien avanzó.

La capitana cruzada tomó lentamente la maza de acero que colgaba de su cinto. No había amenaza alguna en el gesto. Con la misma calma con la que otros habrían sostenido una espada ceremonial, apoyó el frío metal sobre uno de los hombros de Zyon.

- Haced vuestro juramento.

Zyon elevó la mirada. Inspiró antes de pronunciarlo.

- Yo, Zyon Ashby, juro frente a los ojos de los presentes y ante los ojos de la Dama de Plata poner mis habilidades, mi arco y mi buen hacer ante todo aquel que lo necesite. Ser mejor día a día, en pos de cumplir su fe y mi deber. Y hacer de este lugar…

Vaciló apenas un instante.

- …un lugar más seguro, más digno para muchos y libre de seres infestados.

Gwenaëlle arqueó discretamente una ceja ante la última elección de palabras, aunque mantuvo intacta la solemnidad del momento.

Mernalyn trasladó la maza hasta el otro hombro.

- Hoy, Zyon Ashby, pasaréis a ser conocido también como Zyon de Selûne.

Una pausa.

- Os nombro escudero. Dad un paso hacia Sariel.

Zyon se incorporó y obedeció. La otra Alta Sacerdotisa aguardaba junto al cuenco. Mojó las yemas de sus dedos en aquel líquido y, tras escuchar unas palabras más del recién nombrado escudero, dejó caer sobre su frente unas gotas.

- Que tu juramento sea tan cierto como tus sentimientos para ayudar a aquellos que lo necesitan.

Zyon cerró los ojos mientras el agua descendía por su rostro.

Cuando volvió junto a los demás, Saravel lo recibió con una sonrisa.

Aquello significaba que era su turno.

- Saravel - pronunció Gwenaëlle, indicándole con un gesto que avanzase.

La muchacha se acercó y reproduciendo lo que acababa de ver, hincó una rodilla ante Mernalyn y Sariel. Cerró los ojos durante unos instantes y tomó aire.

- Yo, Saravel Quora, juro por la Luz Plateada ser la hoja que disipe la penumbra.

Su voz fue adquiriendo firmeza conforme pronunciaba su juramento.

- Seré refugio para quien camine a ciegas y baluarte contra la oscuridad. Ya no temo a las sombras, pues la Luna camina conmigo. Que Selûne guíe mi brazo y proteja mi corazón.

Abrió los ojos.

- Y desde hoy, mientras la Luna brille en el cielo, mi fe y mi acero no fallarán.

Gwenaëlle sonrió complacida. Mernalyn volvió a levantar su maza y la posó primero sobre uno y después sobre el otro hombro del joven.

- Hoy, Saravel Quora, pasarás a ser conocida también como Saravel de Selûne. Hoy se os nombra escudera.

Saravel se puso en pie y avanzó hacia Sariel.

La sacerdotisa volvió a humedecer sus dedos en el cuenco.

- Que tu juramento sea tan largo y cierto como el amor que sientas hacia tus seres más queridos.

Las gotas cayeron sobre su frente.

Saravel regresó junto a Zyon, y entre ambos intercambiaron una mirada satisfecha. La tensión de los primeros momentos era ya tan solo un vago recuerdo.

Solo quedaba uno. Gwenaëlle sonrió y extendió una mano hacia él.

- Gabriel Vientoscuro.

Gabriel avanzó hasta el altar mientras los otros dos lo observaban. Se arrodilló frente a las sacerdotisas con un pequeño salto que estuvo a punto de quebrar definitivamente la solemnidad del acto.

Sariel consiguió mantener la compostura.

- Arrodíllate, Gabriel, y pronuncia tu juramento.

El arquero tomó aire con una expresión a caballo entre el nerviosismo y el entusiasmo.

- Yo, Gabriel Vientoscuro, juro caminar siempre bajo la luz de Selûne y emplear mis fuerzas para proteger a quienes no puedan defenderse por sí mismos. Que mis pasos sigan el sendero de la Luna y que mi arco solo se alce contra quienes hagan de la oscuridad un refugio al mal.

Hizo una breve pausa. Pero, a diferencia de los anteriores, aquello distaba bastante de haber terminado.

- Prometo cuidar de mis compañeros, respetar la naturaleza y dejar este mundo un poco mejor de como lo encontré. También procuraré no conducir a la patrulla a más alcantarillas de las estrictamente necesarias… o a un cenagal, o a una guarida de un dragón cabreado o…

Algunos de los presentes comenzaron a contener sus risas.

- …bueno. Eso.

Pero no pudieron. El recinto estalló en sonoras carcajadas. Pero no eran de burla. Eran más propias de quienes conocían al muchacho, y estaban viendo cómo se hacía mayor en aquel preciso instante.

Gwenaëlle y Sariel hicieron algunos gestos hacia el público, pidiendo calma y decoro. Los asistentes poco a poco se calmaron y permitieron a Gabriel continuar.

- Y si alguna vez mi corazón vacila o mis instintos pretenden apartarme del camino, alzaré la vista hacia la Luna y recordaré que incluso sus hijos pueden elegir aquello que desean proteger. Mientras Selûne ilumine mi senda.

Otra pausa.

- Y… creo que eso era todo.

Las bancadas se llenaron de sonrisas. Mernalyn se aproximó por última vez y alzó la maza, antes de pronunciarse de forma solemne.

- Y por última vez esta noche…

La maza reposó sobre uno de los hombros del varón.

- Gabriel Vientoscuro, a partir de hoy se te conocerá también por el nombre de Gabriel de Selûne.

Luego pasó al otro hombro.

- Hoy, se te nombra escudero.

Gabriel alzó el pulgar sin abandonar todavía su posición.

Sariel aguardó a que se incorporase para repetir el ritual por tercera y última vez. Hundió los dedos en el cuenco y dejó caer el agua sobre la frente del recién nombrado.

- Que tu juramento sea tan certero como tus flechas.

Gabriel hizo una mueca cuando sintió el frío del líquido, provocando alguna risa más. Entonces regresó junto a sus dos compañeros.

Después, los tres reunidos, permanecieron alineados frente al altar.

Tres aventureros. Tres amigos. Tres Escuderos de la Luna.

Gwenaëlle se volvió hacia ellos. La solemnidad de su expresión cedió finalmente a una sonrisa amplia. Cerró el libro y apoyó ambas manos sobre el púlpito.

- Hoy comienza vuestro camino bajo la luz de la Luna. Hoy, todos os habéis convertido en hermanos.

Paseó la mirada por los tres.

- En ocasiones, la senda será tranquila y sencilla. En otras, será dura. Os enfrentaréis a numerosas dificultades. A incomprensión. Tendréis dudas.

Sus ojos ambarinos recorrieron después a quienes llenaban las bancadas.

- Pero gozáis de una dicha. Pues sois dueños y señores del camino que habéis elegido recorrer. Y vuestros serán los éxitos.

Guardó silencio durante unos instantes.

- Confiad en la Diosa… y tened fe.

Y entonces los aplausos llenaron el Salón de la Luna.

Dicen que las campanas volvieron a sonar. Tres veces más. Y tres nuevas estrellas comenzaron a brillar en el firmamento.​

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III. UN CABALLERO Y UN ESCUDERO


El Salón de la Luna volvió a ser testigo, decanas después, de otros juramentos. Primero, el de un nuevo comienzo. Y también el de una confirmación: un sendero que continuaba bajo la luz de Selûne.

Ante el altar aguardaban nuevamente las dos Altas Sacerdotisas, Gwenaëlle y Sariel, acompañadas por la capitana Mernalyn. Frente a ellas se encontraban algunos de aquellos que, no hacía demasiado, habían pronunciado sus propios votos. Las tres jóvenes promesas de la Luna: Zyon, Saravel y Gabriel.

Fue un rito más íntimo que los interiores. Pero no por ello menos trascendental.

- Bienhallados seáis - comenzó la Oráculo - Hoy nos reunimos para dar la bienvenida a un nuevo miembro de nuestra congregación y reconocer la valía y labor de otro hermano que ha demostrado con creces ser merecedor de nuestra admiración.

Junto al altar aguardaban dos personas: Kennan y Roderic. Dos muchachos que habían acompañado a la congregación desde hace un tiempo. Dos almas que habían hecho de la causa de la Luna la suya propia, y no con poco esfuerzo y sacrificio. Tal les fue reconocido:

- Selûne es testigo de cuanto habéis hecho y de los esfuerzos que habéis emprendido para extender su palabra y pensamiento. Sois todos y cada uno de vosotros su voluntad en esta tierra; y el camino que estáis a punto de emprender será uno no exento de dificultades.

Paseó sus ojos dorados por los presentes antes de dirigirlos hacia un hombre concreto.

- Así pues, nosotras transmitiremos el reconocimiento de la Diosa. En primer lugar… el señor Roderic Dis Vivaris.

El aludido parpadeó.

- ¿…yo?


Gwenaëlle asintió con una sonrisa cálida, juguetona.

- Ajá. Usted.

Hubo algún aplauso desde los bancos. Gabriel llegó incluso a regalarle tres, perfectamente contados. Roderic se puso en pie con cierta vacilación. La expresión del hombre, habitualmente compuesta con una dignidad casi estudiada, había adquirido de pronto algo mucho más sincero: nervios.

Gwenaëlle hizo un gesto hacia el altar.

- Arrodillaos ante la atenta mirada de la diosa, señor Roderic, y prestad vuestro juramento.


Roderic obedeció. Antes de hincar ambas rodillas depositó junto al altar la rosa que llevaba prendida al pecho. Después desenvainó su estoque y lo dejó también a sus pies.

Una flor y una espada.

Dos objetos que, de algún modo, parecían resumir bastante bien al hombre que se encontraba ante ellas.

Roderic tomó aire.

- Juro por todo lo sagrado, lo antiguo, lo nuevo y lo bello, defender de Selûne su precioso credo. Proteger con mi vida al necesitado y al desamparado. Acabar con todo malvado. Proteger la vida y la belleza con diligencia… y con los inferiores nunca perder la paciencia.

La Alta Sacerdotisa Sariel desenvainó una hoja translúcida, de tonos azulados, y se situó frente al hombre arrodillado. Posó primero el plano del arma sobre su hombro derecho.

- Por los poderes que me confiere la Iglesia de Nuestra Señora de Plata, desde hoy serás conocido como Roderic de Selûne.



Gwenaëlle derramó entonces unas gotas de agua bendita sobre él. El líquido prendió al contacto con su piel, transformándose durante unos instantes en pequeñas llamas plateadas que recorrieron su figura sin quemarla. Los presentes se sorprendieron ante el acto milagroso, aunque la sonrisa del Oráculo de la Luna pareció revelar que este desenlace era esperado.

- Todos somos testigos de vuestra promesa. Haced de ella vuestro estandarte y extended la obra de la Diosa en estas tierras. Ahora formáis parte de una hermandad; de una congregación entre iguales que velará por vos, así como vos por ellos.

Sariel asintió.

- Que tu juramento sea tan largo como la Dama permita.


Roderic inclinó la cabeza, sintiéndose honrado por su nueva distinción.

- Así lo haré. Lo juro por mi vida. Pondré mis talentos al servicio de la Dama y de todo aquello bello que haya en este mundo.


Gwenaëlle volvió a asentir.

- Podéis sentaros, Escudero.

Roderic se incorporó con una solemnidad que recuperó casi de inmediato en cuanto estuvo de nuevo sobre sus pies. Regresó a su asiento con noble dignidad. Solo cuando se sentó dejó escapar un largo suspiro.

Gabriel le palmeó el hombro.

- Bienvenido al grupo de lunáticos - le susurró.

- Al menos no somos tiránicos - replicó el escudero en verso.

Los cuatro en la bancada sonrieron. Mientras tanto, Gwenaëlle ya había vuelto la vista hacia otro de los presentes.

Su expresión, ya de por sí cálida y solemne, pareció suavizarse ante su presencia. Y por como pronunció su nombre, se notaba que este era un momento que la Oráculo había esperado desde hace mucho tiempo.

- Ahora… que se presente el señor Kennan Hawker para su juicio ante la Diosa Luna.


El muchacho se levantó casi de inmediato. A diferencia de Roderic, no parecía encontrarse nervioso; más bien tiritaba. Los aplausos que la bancada le dedicó no hizo demasiado por aliviar su congoja. Kennan de Tresthaven se había enfrentado a muchos desafíos: licántropos, sombras, no-muertos, citas incómodas; pero nada le había preparado para este momento.

Avanzó hasta colocarse frente a ambas sacerdotisas. Inclinó la cabeza. Y esta vez fue Sariel quien comenzó el juicio.

- Tiempo llevas sirviendo a la Iglesia y queja alguna hemos podido recibir de ti. Al menos ninguna con algún tipo de relevancia.

Hubo alguna risilla. Sariel mantuvo su semblante serio y una discreta mirada de Gwenaëlle fue suficiente para recobrar el silencio.

- Los votos que tomarás ahora dejarán de ser los de un escudero para dedicarte en plenitud a la Dama y, con ello, saber que tu vínculo con ella y con la institución será más fuerte que nunca.


Representarás a la Iglesia allí donde vayas y, como tal, deberás comportarte. Plántate con seriedad y con calma ante lo que estás a punto de hacer. Aunque la Dama permita la libertad de rectificar, la propia Iglesia también observará tus pasos con más detalle desde ahora.

Sariel recorrió brevemente con la mirada a quienes llenaban la estancia.

- Incluidas las presentes personas. Pues desde aquí ya no dependerá de nosotras tu avance entre los nuestros.

Estas palabras cargaron más peso que las anteriores. No se trataba simplemente de concederle un título. A partir de entonces, Kennan tendría que demostrar por sí mismo cuánto valía aquello que estaba a punto de recibir.

Sariel devolvió su atención al muchacho.

- Si estás decidido a ello de todas maneras, da un paso adelante. Pronuncia tus nuevos votos y el Oráculo te concederá el privilegio de obtener tu nuevo cargo.


Kennan avanzó y se arrodilló frente al altar de Selûne, bajo su atenta mirada plateada. Juntó las manos y entonó lo que sentía.

- Mi fe, mi corazón y mis acciones serán puestos bajo el velo de la Dama de Plata, para seguir predicando su palabra por todo el reino, como he querido mostrar desde mi ingreso aquí.


Fueron palabras sencillas, pero no por ello menos importantes.Una vez terminada la confirmación, Gwenaëlle se acercó a Kennan y vertió sobre el muchacho un vial de agua sagrada.

- Que la mirada de la Diosa Luna se pose sobre ti y te juzgue digno.

El líquido se convirtió en fuego plateado nada más tocar la piel del muchacho. Las llamas lo envolvieron por entero en un fulgor místico, ascendiendo sobre su cuerpo sin quemarlo.


Gabriel tuvo que cubrirse parcialmente los ojos. Zyon contempló al recién convertido en una suerte de antorcha lunar con visible curiosidad.

Pero Kennan dejó de sentir que estaba allí. Para él, por un instante, el Salón de la Luna desapareció.

Las visiones proporcionadas por el fuego lunar solo son conocidas por quienes las experimentan. Lo que los asistentes vieron fue como Kennan se quedó en un estado casi catatónico, envuelto en las llamas, hasta que poco a poco se fueron apagando.

Una vez la última llama se desvaneció, la Oráculo cubrió al muchacho con un manto y sonrió, ofreciéndole una expresión cálida y afectuosa.

- Alzaos, Sir Kennan Hawker de Tresthaven. Habéis sido hallado digno ante los ojos de la Diosa.

Dejó pasar un instante.

- A partir de hoy, seréis conocido como Caballero de la Luna.


Kennan permaneció inmóvil durante unos segundos, intentando quizás recobrar plena consciencia de lo que ocurría. Eventualmente se puso de pie.

Los aplausos volvieron a llenar el Salón.

Desde aquel momento, una nueva estrella comenzó a brillar con fuerza en el firmamento, y otra que ya existía adquirió un nuevo fulgor. Más intenso. Más real.

A partir de aquel día, las sombras tenían otro motivo para temer la noche. Mientras un solo Hijo de la Luna siguiese su camino, no hallarían en la misma verdadero refugio o consuelo.​

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IV. CAMINATA LUNAR
Antes de partir, todos supieron que aquella caminata no iba a parecerse a ninguna de las expediciones que había emprendido durante los últimos años. No había un enemigo aguardando al final del sendero, ni una aldea que salvar, ni unas ruinas que investigar; ni siquiera una amenaza cuya existencia justificase cada paso que fueran a dar.

Por una vez, el camino mismo era el propósito de la jornada.

Habían partido al caer la tarde desde los exteriores de Athkatla, cuando el sol comenzaba a esconderse tras las montañas y las primeras estrellas asomaban sobre un cielo todavía teñido de azul. Eran pocos: sacerdotes, fieles y algunos caminantes que habían querido acompañarlos, sin otra pretensión que seguir el sendero iluminado por la luna, compartir la noche y alcanzar juntos las alturas. No marchaban en formación ni llevaban más insignias de las necesarias. Hablaban cuando tenían algo que decir, guardaban silencio cuando las palabras sobraban y se detenían de cuando en cuando para beber, compartir algo de comida o contemplar cómo la luz plateada se quebraba sobre algún arroyo.

Gwenaëlle caminaba entre ellos con el bastón golpeando la tierra a intervalos regulares, escuchando conversaciones que surgían y desaparecían con la misma facilidad que el viento entre los árboles. Gabriel y Zyon dirigían la expedición, buscando los pasos más seguros a medida que iban ascendiendo. Saravel marchaba tranquila y reflexiva. El Padre Dick, un hombre dado a abrazar causas espirituales, se había unido jubiloso a aquel peregrinaje. También acompañaban curiosos, como la joven Gales o el ciego jergalita Perrick. Y el joven Kennan cerraba la comitiva, siempre deseoso de vivir nuevas aventuras.

Aquella experiencia no tenía nada de místico, aparentemente. Nada de extraordinario. Era un ejercicio. Consistía simplemente en caminar junto a otros. Escuchar sin necesidad de responder. Estar presente sin ocupar el centro de nada.

A medida que abandonaban los senderos conocidos y ascendían hacia los Picos de las Nubes, la oscuridad se volvía cada vez más profunda. Era una oscuridad inmensa y limpia, atravesada por millones de pequeñas luces. Una negrura que no ocultaba el mundo. Lo hacía más grande.

Alzó la vista hacia Selûne y, durante unos instantes, dejó de pensar en Amn. Dejó de pensar en en los compromisos pendientes, en las personas que esperaban algo de ella y en todas aquellas decisiones cuyo peso parecía prolongarse mucho después de haber sido tomadas. Recordó, hace años, cuando emprendió aquel peregrinaje hacia Náshkel cuando recayó su condena. Le sorprendió descubrirse pensando en cuánto pesaban todas aquellas cosas cuando dejaba de sostenerlas mentalmente, aunque solo fuese durante unas horas.

La senda comenzó entonces a empinarse y las conversaciones fueron desapareciendo poco a poco, sustituidas por el sonido de las botas contra la grava y por respirares más agitados. Hubo manos tendidas para superar algunas rocas, risas discretas cuando alguno perdió el equilibrio y largos descansos en los que nadie sintió la necesidad de llenar el silencio. Sobre ellos, la Luna permanecía siempre visible, no exactamente delante ni detrás; suspendida en algún punto del firmamento. Era una testigo silenciosa, una presencia constante que no exigía nada; una que, aun así, parecía acompañarlos allá donde fuesen.

Cuando alcanzaron la zona más alta, poco antes del amanecer, las nubes se extendían bajo sus pies como un océano gris. La cumbre emergía entre ellas y por encima de aquel paisaje silencioso todavía brillaban las últimas estrellas.

Tuvieron que abrirse paso entre ettins, gigantes y otros peligros para llegar hasta ese lugar.

Se sentaron allí sin ceremonia alguna, compartiendo pan, fruta seca y una pequeña botella que pasó de mano en mano mientras el horizonte comenzaba lentamente a teñirse de azul. Fue Zyon quien interrumpió el silencio.

- Pues menudas vistas.

Gabriel le arrebató la botella y le dió un trago.

- Ya te digo. Ha valido la pena.

¿Era realmente así? Habían pasado por numerosas inclemencias para llegar allí. Hacía un frío que congelaba el aliento. Varios de ellos sentían como el cansancio se había acumulado en sus piernas, entumeciéndolas. El regusto de las raciones aún impregnaba sus paladares.

Y sin embargo, el haber juntos hasta aquel lugar les pareció a todos una forma de oración mucho más sincera que cualquier rito preparado en los Salones de la Luna.

Durante unas pocas horas ninguno necesitaba ser más de lo que era, ni demostrar nada a nadie, ni justificar su presencia mediante títulos, responsabilidades o hazañas.
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Fue después cuando encontraron al dragón. Su guarida ocupaba una cavidad entre las rocas, no demasiado lejos de uno de los pasos naturales de la montaña, y la criatura había hecho de aquellas alturas un territorio propio. Era adulto, enorme incluso desde la distancia, y su presencia convertía en peligroso un sendero que también utilizaban viajeros, pastores y otros peregrinos. Podían haber regresado. Nadie habría considerado fracasada la caminata y, de hecho, había algo casi absurdo en que una noche dedicada precisamente a alejarse de las obligaciones terminase colocándolos de nuevo frente a una. Pero ninguno quiso ignorar lo que tenían delante.

Así que hicieron lo que tantas veces habían hecho antes: se prepararon, se organizaron y avanzaron juntos.

El enfrentamiento fue desafiante, aunque para un grupo veterano como eran ellos, predecible. Resistieron gracias a la agilidad de Kennan y las sanaciones de Gwenaëlle y del Padre Dick. Zyon y Gabriel obligaron a la criatura a abandonar la posición desde la que dominaba el paso y, finalmente, le hicieron comprender que aquel refugio ya no sería un lugar desde el que pudiese amenazar impunemente a quienes cruzasen las montañas. Herido y enfurecido, el dragón terminó alzando el vuelo hasta perderse entre las nubes. Nadie celebró demasiado. Estaban agotados y Gabriel comenzó a reírse: quizás por puro cansancio.

O quizás porque resultaba difícil no encontrar cierta ironía en haber comenzado la noche contemplando estrellas y terminado la mañana expulsando un dragón de su guarida.

Gwenaëlle también rio, pero después volvió la vista hacia el sendero por el que habían ascendido. Desde aquella altura apenas podía distinguirse entre las rocas y la bruma. Comprendió entonces que probablemente recordaría poco del combate. Con los años confundiría los conjuros empleados, quién había estado a su derecha o el momento exacto en que el dragón había decidido retirarse.

Lo que recordaría sería el camino. El pan compartido bajo las estrellas. El silencio de quienes no necesitaban decir nada para saberse acompañados. Y sobre todo, aquella sensación de haber pasado unas horas sin cargar sobre los hombros con ninguna expectativa.

Cuando emprendieron el descenso, la claridad del día comenzaba ya a borrar el astro del cielo. La Oráculo de la Luna lo contempló durante unos instantes antes de apoyar de nuevo el bastón sobre el sendero. No necesitó pedir ninguna señal a Selûne. No esperaba una respuesta. Simplemente sonrió y continuó caminando.

Sabía exactamente qué fue lo que le quiso decir.



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