DM Kapillo
Sombrero perdido de Astrid
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El último choque por los últimos resquicios de la fiebre del oro entre las fuerzas del Destripador y un destacamento de las fuerzas armadas de Kalathyr se convirtió en una carnicería que ni la muerte quiso tocar. La niebla cayó de golpe, helando la piel, colapsando los pulmones y ahogando los gritos en un silencio que mordía los huesos.
Los cuerpos, triturados y sangrantes, ya no son humanos ni bestias: son carne putrefacta para alimañas, y la frontera se ha transformado en un cementerio abierto donde la muerte engendra más muerte.
La niebla se arrastra por los Dientecillos como un cáncer vivo. Quienes la han rozado hablan de dolores que desgarran desde dentro, de pensamientos que se retuercen como serpientes en sus mentes, de voces que gritan horribles mentiras o quizá... verdades que duelen más que cualquier arma. Algunos clanes se atrincheraron en sus cuevas, pero el hambre y la locura los hizo volverse unos contra otros.
En Murann, el puerto imperial, los rumores se filtran como un veneno que carcome la razón. Sombras se retuercen entre la bruma y desaparecen; las antorchas se apagan sin aviso y su fuego se vuelve azul espectral, tiñendo la niebla con un frío que cala hasta los huesos. Los trasgos juran haber visto elfos entre esas sombras, aunque nadie sabe si eran reales o solo ecos de la locura que esta niebla arrastra. Piratas dejan la bebida, miran sus propias manos como si pudieran traicionarlos, y los supersticiosos culpan al Cónclave Negro, cuya presencia jamás debió cruzar estas tierras.
El Consorcio Rundeen sube los impuestos mientras las caravanas se pierden en retrasos y pérdidas. Los comerciantes murmuran que la niebla no distingue entre amigo y enemigo, rico o pobre, vivo o muerto. Todo se pudre lentamente, y la frontera respira como un depredador paciente, que nunca olvida y espera el momento exacto para cerrar su boca sobre todo lo que queda, dejando solo silencio y desolación.
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