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Luminarias Nocturnas

Malaventura

Perro de Dan
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Bajo el influjo de la luna menguante​

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Charles Warren Eaton.

El negro manto nocturno se despliega inmenso sobre nosotros, que inconscientes nos abrigamos a su antojo. Burlamos su densa capa para robarle horas al sueño, bien sea como almas taciturnas que desean la soledad que les brinda, bien sea como almas latentes que bajo su protección buscan dar rienda suelta a amores prohibidos, pasionales y fugaces. Quizá la burla pretenda ser más dañina, hacer suya la piel de oscuridad desechando un manto que quitar y poner, para forjarse una piel perenne fijada a una mente ya perdida. Sea como fuere, todos nos encontramos bajo ese manto, donde reinas y descansas, donde brillas pulsante y magnánima, donde menguas cuando las fuerzas te fallan. Hoy quizá sea uno de esos días, pues menguante te observo y te cuento, con la esperanza de que no te fallen, de que no me fallen las fuerzas para lo que está por venir.

*La menuda figura de la semielfa, arrodillada en el claro del bosque se estremece al sentir una suave brisa acariciar su cuerpo apenas cubierto por una fina tela. La brisa vira de rumbo permitiendo a la luna deshacerse de la nube que la ocultaba mostrando su figura menguante, pequeña y tan hermosa, en una clara llamada hacia la sacerdotisa que alza la mirada al cielo extasiada ante su belleza y agradecida por permitirle contarle sus vivencias una noche más.*

Querida Dama, echaba de menos nuestras conversaciones. Hacía ya demasiado tiempo. Desde que llegué a la Universidad de Edive, mis paseos y desvelos nocturnos han sido escasos y nuestras charlas, se han vuelto más esporádicas.

Empiezo a desliar algunos de los velos que cubren mi camino, a encontrarlo y a encontrarme. Comienzo a entender la causa de viajar tan lejos de mi hogar. Comprendo que necesitaba curtirme, que los muros del templo y la placidez de Lunargéntea no iban a ayudarme a forjar el carácter que necesito para esta empresa. Eso lo entiendo, la inocencia debe quedar atrás y que mejor que estas tierras donde los lobos no son aquellas imágenes de seres argénteos con los que bailar en el claro, sino criaturas enfermas, hambrientas y salvajes. Los hombres no son serviciales caballeros que ayudan a una dama en apuros, más bien son cruentas versiones de oscuridad que bajo una capa de mentiras ocultan deseos lujuriosos. Son tierras donde los intereses de unos pisotean los de otros con avaricia y sin embargo, es aquí donde quiero estar, es aquí donde comienza mi camino, mi viaje. Viaje con el que tratar de devolver el esplendor que mereces, la luz en las horas más oscuras.

*Un nuevo virar de la brisa mece con delicadeza los rojizos cabellos de la muchacha, enredándose en el medallón con forma de luna llena que pende de su cuello desnudo.*


Mi viaje comienza ahora, y no creo que sea casualidad tras los sucesos acontecidos en la Arcanum, ni que aquello coincidiese con el apoyo de la Suma sacerdotisa Ilfana. Suyo es el consejo, suyo es el apoyo y la confianza, mía es la ardua tarea y mía es la voz que la pregonará bien alto. Solamente espero estar a la altura. Tu luz me da esperanza, tu sonrisa contagia la mía y con ella, la compañía: Una lunática, una baila lunas y un tartaja.

*Una densa nube cubre la luna, la oscuridad impera en la noche y el viento azuza entre los árboles proyectando silbidos quejumbrosos que se cuelan entre sus ramajes y que acompañan las últimas palabras de la semielfa. La muchacha se pone en pie, cubre su cuerpo tembloroso con su capa colocándose la capucha y echa a andar con paso raudo hacia los muros de la Universidad.*
 

Malaventura

Perro de Dan
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Bajo el influjo de la luna nueva​

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Todo Toril parecía querer ahogar sus penas, sus sufrimientos, en aquellas bravas aguas que chocaban contra el acantilado. La noche no había hecho acto de presencia todavía, y sin embargo oscuras se habían tornado las extensas tierras que sus ojos recorrían desde su improvisado refugio. Un húmedo techo protector en el interior de un pequeño abrigo rocoso, que por las marcas de techo y suelo características del hollín, había dado cobijo desde mucho tiempo atrás. Eiel observaba la furia de la tormenta, preguntándose si sus oraciones tendrían algún efecto en los pequeños barcos pesqueros que habían salido a faenar, y si Selûne velaba por ellos en este instante. Ni siquiera pensó en ella, en su precaria situación.
Sus pensamientos; intensos como las rompientes olas contra la roca, dieron paso a una cadencia cada vez más lenta, un cúmulo de razonamientos que como sedimento se iban depositando en su cabeza.


Había iniciado un largo y duro camino. Una doble senda que requería de ella un esfuerzo mayor. Como le prometiera a la suma sacerdotisa Ilfana, había emprendido este primer tramo del camino sola, hasta encontrarse a sí misma.
Ya en compañía de un pequeño grupo que había bautizado como: Almas Lunares, había logrado establecer un lugar consagrado a la Dama, un refugio y un lugar donde adorarla lejos de las ciudades que bajo la fachada de apertura, escondían entornos hostiles y prohibitivos para con algunos de sus seguidores.


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Ilustración de A.J.Manzanedo.​

Aquel lugar llevaba la fe y la tolerancia a otro entorno, plácido, natural y bajo la siempre vigilancia de la reina nocturna. Aquel lugar era ahora su hogar, y el de todo aquel que quisiera acompañarla. La senda ya era visible y el camino había comenzado a ser andado. Era cuestión de no desviarse demasiado.
 

Malaventura

Perro de Dan
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Bajo el influjo de la luna en cuarto creciente​


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Frías gotas de pleno invierno ponían la nota musical a aquella adormilada noche en la cubierta del barco que la trasladaba hasta Minsor. Cada una de ellas, que en realidad debía estar sintiendo suave y húmeda al contacto con la desnuda piel de sus brazos, era en cambio una aguja fina que pinchaba su piel y con ella su alma, trayendo un sentimiento de culpa constante que trataba de alejar por todos los medios; de ahí aquel lento viaje en barco en lugar de un rápido vuelo.

Un momento de silencio, para ella y sus conversaciones a la Dama de sonrisa plateada, un momento en soledad, triste, melancólico y frio como la estación en la que acababan de entrar, como si fuera un claro presagio de la tempestad, la ventisca o la oscuridad que pugnaba por invadir aquellas tierras.

Aquellos instantes de viaje, mecida por el vaivén del barco sobre las aguas mansas, podía pensar con tranquilidad.

―Si soy una voz que podría devolver la brillantez de tu fe a estas tierras donde fue marchitada, quizá ahogada como he escuchado, ¿Por qué siento mi garganta arder?, como si el mismo fuego que asoló la aldea se hubiese instalado en mi interior―. Eiel se apoyó en la cubierta del barco posando sus rasgados ojos grises en aquel cielo cubierto que ocultaba una tímida luna. Y pensando que, si no hubiese partido tan rápido de la aldea, podía haber hecho algo por impedirlo.

Pese a todos los ánimos y palabras de aliento sentía algunos momentos de pesar, aunque tenía que reconocer que cada vez eran menores y que pese a su juventud, comenzaba a dar pasos firmes y certeros. ―No todo son pesares, o quizá, sí―. Un semblante masculino cruzó su mente y, tras una primera y bobalicona sonrisa, ahogo un grito de sorpresa. ―No es momento para turbaciones de ese tipo―.Se dijo.

―Esa no eres tú, pensando en tonterías en lugar de los hechos importantes en que tienes que centrarte. Dama de plata, no sé si este pensamiento ha sido idea tuya para probar mi resolución, pero no juegues conmigo, pues como todos dicen soy muy joven y en asuntos de esa calaña, demasiado inexperta.

El barco llegó al puerto de Minsor un rato después, dejando a la joven sacerdotisa turbada por el viaje, por la lluvia, y por aquellos pensamientos que brotaban en su cabeza sin permiso alguno, se dirigió con paso presuroso hacía la posada, donde descansaba su hermana y amiga, ahora convaleciente, esperando encontrar buenas nuevas.
 

Malaventura

Perro de Dan
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Hay dos maneras de propagar la luz: ser la vela o el espejo que la refleja.​
Edith Wharton.​


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No era consciente de si la ensoñación me había vencido o mis propios pensamientos me habían atraído tanto que había dejado de escucharle. Su voz solía tranquilizarme y que hablase tanto era algo bueno, apenas se enteraba si en algún momento dejaba de prestarle atención. Esta vez era distinto. Quizá había entrado en ensoñación o tal vez me había abstraído en exceso y, lo más seguro es que viéndome en ese estado, hubiese abandonado el lugar donde conversábamos. Tendría que controlar esos desvaríos y disculparme.

No había amanecido, y el frío de la noche había dejado mi cuerpo entumecido. La lluvia que acompañó la charla había dado paso a una suave nevada que depositaba sobre la palma de mi mano abierta pequeños copos efímeros. La cerré abruptamente, estremeciéndome al contacto con las frías gotas en las que se había transformado tanta suavidad. Quizá no fuese el frío exterior, tal vez fuese aquel que sentía en mi interior y del que callaba desde la última luna llena.


La última luna llena…

Todavía sentía los fríos copos en la palma de mi mano, la misma palma de la mano que fue incapaz de retenerlos en su efímera belleza hacía ya varias dekhanas. Igualmente blancos y tan puros que parecían hechos con magia, una belleza natural que duraba apenas un instante ofreciéndose como un regalo para acompañarnos en las horas previas a la luna llena.

Retenía en mi memoria la nota de color que ponían varias figuras a aquella inmensidad blanca que se había ido llenado de pisadas conforme una tras otra iban llegando. Cómo en rítmico compás, una a una se adentraban en aquel viejo Crómlech aprovechando la protección de los menhires para guarecerles del viento. Aquella tarde nos reuníamos para dar la bienvenida a un nuevo miembro, un alma más a quien llamar hermana. No había acabado de hilar mis pensamientos y de agradecer su presencia a la última de ellas en llegar, que la densa nieve ya había ocultado nuestras pisadas y con ellas todo nuestro rastro hacía aquel lugar consagrado a la dama. Sin rastro, sin pisada alguna y sin embargo, ni la seguridad natural de la nieve ni los custodios que aplicase el oráculo, fueron suficientes para impedir que una figura tan blanca como el propio manto que pisaban se acercase hasta nosotras.

Con la alegría que solía caracterizar nuestros encuentros, tardamos algún tiempo en darnos cuenta de su presencia. No recuerdo quien la vio primero, creo que fue Yistey. Su alerta nos hizo reaccionar a las demás que, poco a poco, y casi de una en una nos fuimos girando alertadas en un principio y sorprendidas poco después, pues conforme se sucedían los saludos cordiales más muestras de timidez, o simplemente descortesía mostraba aquella mujer que tras un largo intervalo de observación y silencio por su parte decidió señalarme y dignarse a hablar.

― ¿No eras tú la que me mencionaste alguna cosa de la luna pálida? ―Preguntó la albina figura mientras me señalaba―.

Despegue mi espalda del menhir donde me había acomodado para observarla mejor, confirmando la sospecha que me invadió nada más verla de que ya nos habíamos topado anteriormente. Mi primera sensación fue de alivio, una sensación que cedió rápidamente hacía la desconfianza. No era un lugar donde encontrarse por casualidad ―me dije―, y no sabía que era peor señal, sí que anduviese allí sola o que nos hubiese seguido.

―Estas en lo cierto, soy Eiel, recuerdo que nos cruzamos en los páramos. ―Insté a acercarse a la nívea figura―. Espero que no nos hayas seguido y este sea tan solo un agradable encuentro. No es un lugar donde nos guste recibir sorpresas.

Note como miraba rápidamente hacia los lados, al frente, atrás y a la copa de los árboles cercanos, quizá esperando percibir algo. Finalmente avanzó unos pocos pasos y procedió a preguntar.

―¿Sois todas de la misma manada? no veo a ningún hombre con vosotras.
―Algo así, sí. Somos un grupo de hermanas, por así decirlo. ―Traté de explicar sin dejar de observarla con precaución mientras escuchaba una voz responder a mi espalda algo que, pese a la preocupación que sentía, no me impidió asomar una sonrisa.

― Ewr, bueno, no ess que buzsquemoss criar, y para lo que hazsemoss da igual zser matcho u hembra. La Cazadora Felina zse vale zsola. Igual que la Dama Plateada y zsuss hijoss, claro―. La voz de la cazadora de Bast dio comienzo a un curioso diálogo con dos claros grupos de opinión.

Aquella mujer preguntaba con demasiado interés y yo, que me creo afable por naturaleza, no podía hacer otra cosa que observarla en silencio y desconfiar. Las preguntas por su parte se fueron sucediendo hasta que en un momento se formuló aquella cuestión que rumiaba en mi cabeza desde que la viese por primera vez. Miento, todo tenía que ver con la palabra “manada”.

―Dizzes seguir a la luna, pero no a la luna plateada. ―Espetó Nephis―. Entonczzes ¿Sigues a la luna roja o a la luna negra?

La pregunta resonó en la quietud de las montañas, la respuesta atravesó la quietud de los picos y se instaló en mi interior desde aquel instante, aun hoy la oigo repiquetear como un martilleo incesante.

―A la luna roja.

Las reacciones no se hicieron esperar, y sin embargo, fueron completamente contrarias. Yistey y Nephis hablaban de redención, de volver a los pasos adecuados y seguir a la luna correcta. Shael hacía rato que había llevado su mano hacía la espada que colgaba de su cinto y yo, recordando hechos de un pasado que creía ya olvidado instaba a aquella mujer a abandonar un lugar demasiado sagrado, mientras que un recién llegado Jozef permanecía en silencio cerca del grupo. Me escuché repetir una segunda vez las mismas palabras, sentí mi amabilidad evaporarse como los copos de nieve que caían sobre nosotras, no eran suaves sin embargo. Mi tolerancia y el constante deseo de tender lazos permanecían bien ocultos en lo más profundo de mí ser.

―Creo que en ningún momento ha hablado de querer redimirse. ―Conteste al resto del grupo―. Y vuelvo a decir, que no interrumpimos tu paso, ni siquiera tú caza. ―Volviéndome hacía la mujer y acompañando con un gesto cansado mi ofrecimiento para que abandonase el Crómlech y continuase su camino―.

El silencio se apoderó del lugar, pintado por sutiles movimientos de cada una de nosotras. Nephis quedó en completo silencio dejando reposar su espalda en uno de los menhires, vi a Shael retirando la mano de su espada al escuchar las últimas palabras qué pronuncié y finalmente escuché a Yistey proponerle a la mujer que meditase sobre lo dicho no allí, en otro lugar. Tras un instante que se hizo eterno, la mujer cedió.

― Me retiraré ―Dijo conforme paseaba la mirada una vez más por el grupo, deteniéndose en cada una de nosotras y por último en el hombre que permanecía a su espalda antes de continuar su camino y devolver la paz quebrada que debiera tener aquel sagrado y antiguo lugar―.

Recuerdo los momentos posteriores como un revuelo de voces y opiniones cansadas y algo hastiadas, hasta que finalmente una a una mis hermanas se fueron marchando, dejándome en la soledad de la noche y a la espera de que la luna llena incidiese sobre la piedra central del Crómlech. Había esperado ese momento desde hacía tiempo, deseaba la soledad de conversar con la dama de plata en un diálogo con un solo interlocutor. Necesitaba serenarme.

Comencé a realizar aquellas cuestiones pragmáticas que tantas veces había repetido, y es que el automatismo de las mismas solía funcionar como un bálsamo calmante. Me dispuse a preparar un pequeño cuenco plateado sobre el que vertí con delicadeza el líquido ritual: una curiosa mezcla de leche aderezada con algunas gotas de vino que en aquella ocasión consistía más bien en unas pocas gotas de leche sobre una buena cantidad de vino.

Me agache para depositar el cuenco sobre la nieve justo en la base de la piedra central cuando, por el rabillo del ojo, creí ver la figura de un lobo de gran tamaño acechando en círculos. Rápidamente me incorporé para hacer frente al animal mientras musitaba unas plegarias.

Conforme lo hacía… el lobo, ¡el lobo!… había dejado de ser un lobo. Había adquirido la forma de un humano que mantenía el mismo patrón acechante alrededor mío. Sentí mi cuerpo tensarse y a mi cabeza pensar con la velocidad de un ave rapaz cayendo sobre su presa, sobre qué hacer en ese instante. Hay veces que lo pienso a posteriori, como ahora, y me sorprendo de la inutilidad de algunos pensamientos.

Carraspee y alce mi mano diestra tratando de saludar al hombre y manifestar mi respeto. Infundí mi mejor semblante, si hubiese tenido un espejo en aquel instante hubiese llorado al pensar que aquel era mí semblante más afable.

― Estáis en un lugar muy desafortunado. ―Casi sentí su aliento, su gruñido al escupir las palabras a la vez que se colocaba a cuatro patas y se rascaba la cabeza contra el tronco áspero del árbol―.

Todavía me estremezco al oír los aullidos resonar en los picos, aullidos cercanos que hielan la sangre. Que todavía hoy, hielan mi sangre.

Miré hacía el Crómlech antes de decir la estupidez que me vino a la cabeza: ―No lo creo. ―Me interrumpí―. Me parece un hermoso lugar.

― Es un hermoso lugar, Selûnita. La sangre dibuja coloridas y bellas formas cuando los colmillos se clavan en la carne. Y la nieve devora la sangre con la voracidad de un depredador.

Lo observe en silencio, con mis manos acariciando mi amuleto. El licántropo restregaba la cabeza contra el tronco, en un comportamiento completamente feral. Silencio y miradas frías.

―Si este es tu territorio, será mejor que me marche. ―Acerté a comentar sintiéndome presa de su baile en círculos trazados a mi alrededor, como un lobo dispuesto a darme caza―.

― Selûnita, esta noche hay una cacería prevista.
― Y no seré yo quien os prive de ella. ―Sentí mis puños arder tan blancos como la nieve, tentada de echar a un lado la sensatez y sacar mi maza. Hubiese sido una absurda idea, lo sabía―.
― Has tenido suerte de encontrarme a mí. Esta es mi zona y yo he dado mi beneplácito. ―Volvió a escupir trazando rítmica y constantemente círculos a mi alrededor―. Pero... no quisiera que algo tan sagrado, tan "feral" se convirtiera en un asunto de fes. Te sacaré de aquí antes de que caiga la noche y sea demasiado tarde.

Permanecí en silencio.

―Tan solo tienes que... enterrar algo valioso bajo la nieve. Para aplacar la ofensa a Auril.

No pregunté, no me lo cuestioné, tan solo deposité algo de gran valor para mí y supliqué en silencio que aquello que estaba haciendo sirviese de algo y no fuese un error. Todavía pienso si lo fue.

― Bien, sígueme. Mantente cerca y no te harán nada.

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Con desconfianza seguí a aquel licántropo pensando que permanecer en el Crómlech no era una opción, y que si se trataba de una trampa me conducirá ante las manadas de lobos y que, si me quedaba allí, ellos vendrán por mí; en el mejor de los casos seguirlo me pareció la opción más sensata.

Avance pegada al hombre sujetando el medallón en mi mano y viendo como los lobos rodeaban la zona. Un enorme grupo de cacería con pinturas tribales de Málar se mantenía algo apartado de nosotros conforme el hombre avanzaba y les lanzaba gruñidos manteniéndolos lejos de mí, que caminaba resignada detrás que aquel ser que, sin saber por qué, había decidido ayudarme.

Tras un tiempo que se me hizo eterno los picos fueron dando paso a las montañas y el camino de descenso hacía el valle comenzó a a ser visible. Los gruñidos y aullidos todavía helaban mi corazón, aunque había dejado de sentir su aliento y las miradas rojo sangre sobre mí. El hombre se detuvo señalándome el camino que descendía.

― Debería ser seguro a partir de este punto. Cuando empiece la cacería, no harán distinción. Pero ahora, intentarían capturarte para honrar al dios de la caza.

Con la mano aun en el medallón asentí agradecida, pese a todo, y con muchas preguntas en la cabeza que sé que nunca serán respondidas por ese hombre.

― Gracias, ni siquiera sé quién eres, pero gracias. ―Me limité a contestar―.
― Soy quien cuida del equilibrio de esta zona. ―Señalando a su alrededor―.Sencillamente quiero que la cacería se limite a eso.

Con un último agradecimiento inicie el camino de vuelta, escuchando las últimas palabras del hombre en la lejanía.

―Adelante. Vivid un día más. Concebid más presas para éste mundo de bestias. Y sobre todo, sobre todo…temed al frío.

Corrí, corrí por el camino de descenso desde los picos de las nubes agradeciendo a mi dama de plata el poder contarlo un día más. Corrí buscando seguridad. Para mi sorpresa, mis pasos no me llevaron al templo, me llevaron a Edive. Para mi sorpresa, aquello me aterraba más que cualquier otra cosa.

Edive comenzaba a llenarse de vida y poco a poco el frío volvía a quedar en lo más profundo de mi alma.


Offtopic :
Gracias DM Pazuzu por el susto y la escena. :roll:
 

Malaventura

Perro de Dan
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Si solo se tratase de ensueños

Llovía, con esa lluvia fina que cae constante sobre Edive.


Había sido una dura dekhana, dejémoslo en intensa. Emociones que sentía en lo más profundo de mi interior y que no podía compartir con nadie, ni siquiera con mis hermanos más cercanos. Viajes donde todo lo que sentía eran sus ojos clavados en mí analizando cada uno de mis movimientos mientras luchaba por no salir corriendo. No me asustaba lo desconocido, al menos no demasiado y nada comparado con el sentimiento de ser la más joven, la menor, la más débil. ¿Qué clase de sacerdotisa era aquella a la que tanto había que proteger?

Todo se basaba en eso, y en mi mente todo parecía girar alrededor de ello.

Una fría gota me golpeo al estamparse contra mi frente, recorriéndome en su curso natural hasta perderse, hasta desaparecer.

Vas a necesitar ser la más fuerte, la más inquebrantable, la más perfecta.

Sus palabras resonaban en mi cabeza, como un eco incesante que se colaba hasta en lo más profundo de mis entrañas. ¿Fuerte?, qué fortaleza podría mostrar si ni la más querida de sus hermanas no confiaba en ella, si no le dejaba acercarse lo suficiente como para aliviar la carga que soportaba. Había escuchado ese término antes. Su hermana no lo había pronunciado, no hacía falta: “espacio”. ¿Inquebrantable?, nada hay que no se pueda quebrar, ninguna vela crepita siempre con el mismo ritmo, ninguna sobrevive eternamente. ¿Perfecta?, no creo poder responder a eso.

Otra gota sobre mi frente, otra pregunta que se cuela hasta lo más hondo.


¿Confías en mí?
Había respondido casi sin pensar, pero ¿había respondido con sinceridad? La sola duda que me planteaba en ese instante me hizo conocer la respuesta. ¿Por qué? ―me preguntó―. Palabras vanas salieron de mi garganta ocultando respuestas que guardar. Y, como siempre que alguien trataba de entrar tan dentro de mí, hice lo que mejor sabía hacer, levantarme y huir.

***

La lluvia había cesado. Desde aquella protección en las alturas veía desaparecer el sol en el horizonte y a la niebla comenzar a reinar con mayor fuerza. No sería una noche en que ver la luna brillar, era consciente.

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La poca visibilidad no me impidió escuchar moverse algunos arbustos allí abajo, ni la hierba crujir bajo los pies de alguien. Me incorporé de los cojines en silencio y tratando de discernir si aquellos pasos podrían ser de alguien conocido, quizá Shael, Tesla o alguna de mis hermanas.

La desagradable sensación que se arremolinó en mi pecho, como si de una presa a punto de ser cazada se tratase me hizo pensar en salir de allí y ponerme a cubierto.

―¿Quién anda ahí? ―Murmuró una voz femenina en la parte baja del árbol―.

Me alejé unos pasos del borde, con el cuerpo en tensión al escuchar una voz desconocida y ver como la cuerda que daba acceso a la casa del árbol se tensaba.

―¿Podría preguntar lo mismo? ―Dije acercándome al borde nuevamente y tratando de ver quien era sin demasiado éxito, la niebla lo impedía―.

― Sólo quiero resguardarme de esta endiablada niebla... ¿estoy cometiendo algún crimen?

Puede que fuese la niebla, puede que fuese el tono extrañamente familiar, aunque ajeno de aquella voz lo que me hizo agarrar mi medallón e invitar a aquella mujer a subir. Si me encontrase en mitad del bosque, con aquella densa niebla a mí alrededor, un poco de cortesía sería de agradecer.

― Desde luego que no. Podéis subir si gustáis, aquí hay sitio de sobras.

La cuerda se tensó de nuevo cuando la mujer comenzó el ascenso y con ella, como si la acompañara una niebla que se cerraba aún más, alejando de la existencia todo aquello que no fuese aquel reducido espacio ahora aislado del mundo.

Trataba de verla subir a través de la niebla cubriéndome los hombros con el mantillo que de poco servía. La mujer terminó su ascenso, quitándose el polvo de las ropas que están algo sucias de tierra y barro, como si llevara horas de travesía. La observé en silencio, cubría su rostro con una oscura capucha y sus ropas, colmadas de negro y violeta eran poco más de lo que podía intuir en aquella oscuridad reinante.

― Parece que está empeorando...

― Me temo que sí. Y la noche no ha hecho más que comenzar.

― Vamos, no estés tan tensa. ―Acompañó sus palabras con una breve carcajada ahogada mientras tomaba asiento entre los cojines, en posición de loto―. No hay nada de que debas preocuparte. ¿Cuál es tu nombre?

Disculpa―me disculpe―. Es el frio helador que parece haber traído esta niebla. Me llamo Eiel Bellaure. ¿Cuál es vuestro nombre?

― Puedes tutearme, si lo deseas, yo lo haré de todos modos, aquí donde estamos las normas sociales están un poco de más. Yo me llamo Liebe. Liebe Rauleel, es un placer.

Solté una de mis manos que reposaba sobre mi medallón desde que la niebla se echase sobre el valle y la tendí con cortesía.

― ¿Qué hacías aquí, Eiel? ¿También te escondes del mundo?

―¿Esconderme?, no, tan solo busco pensar en soledad. Esconderme no, quizá, dejar el mundo a un lado durante unos instantes. ¿Y tú? ¿Es eso lo que te trae hasta aquí en una noche como esta? ―Pregunté tratando de ser amable―.

―Casi haces que suene como si cometieras un pequeño pecado en pos de tu bienestar mental. Como quien hace el mal menor buscando un objetivo superior... y bueno, podría decirse que yo vivo escondida del mundo.

La observe con curiosidad, aquella respuesta me sorprendió e intrigó. ―¿Acaso te asusta? Es una tierra hostil, pero el mundo puede ser hermoso. ―le dije―.

―¿Asustarme? No, en absoluto. ¿Jamás has vivido algo que no deseas vivir, pero no te queda más remedio? Como si... fuese el destino. O el orden de nuestro mundo.

― ¿Vivir algo que no deseas vivir? ―repetí su pregunta en apenas un susurro, hilando en los recuerdos arremolinados de mi cabeza―. Si, supongo que sí, pero no es algo que me haga esconderme del mundo. Más bien todo lo contrario.

― ¿Así piensas? Bueno... entonces es que somos muy diferentes.


Lo éramos.

La mujer se levantó de la comodidad de los cojines, quizá para ponerse a mi altura pues yo permanecía en pie desde que llegó, esperando que aquella niebla desapareciese y con ella la tensión que sentía, como si permanecer así fuese a hacer que la niebla desapareciese más rápido.

―Si te hago una pregunta... ¿te pondrás más nerviosa? ―La escuché decir―.

― No me incomodan las preguntas, es…―Señalé el exterior―.Es la niebla lo que me pone nerviosa. Nunca la había visto tan densa en el valle y la he visto muy densa.

―¿Quieres que se vaya?

―Claro. ¿Acaso no lo quieres tú?, no ver más allá, no saber lo que se oculta detrás y saber sin embargo que si la mirada la atraviesa hay un brillo plateado deseoso de iluminarnos. ―contesté―.

―Llega un momento en la vida que todas estas cosas... no te importan. Al menos cuando comprendes tu lugar en el mundo. Sobre eso quería exactamente preguntar... ―Liebe hizo un gesto, como quien aparta una mosca, y como si se tratase de simple humo la niebla comenzó a desvanecerse alrededor de ambas―.

Vi como la niebla desaparecía con un solo gesto de su mano, esfumándose en un instante. Sentí mi cuerpo tensar cada uno de sus músculos, sabía que tarde o temprano sucedería, me lo habían dicho, una y otra vez. La miré en silencio, sopesando que hacer, estudiando las posibilidades si la conversación dejaba de ser tal. Lo notó, claro que lo notó.

―Ya te he dicho que no hay nada de que debas preocuparte. No puedo hacerte daño: no más del que podrías a ti misma.

― ¿Quién eres? , ¿Qué eres?

―Soy LIebe Rauleel... ¿no te lo he dicho ya? ―Se burlaba de mí, me estaba provocando―. Aunque, si quieres que te lo diga en palabras que podrías entender... soy la cara oculta de la luna.

― No todos vemos la misma luna. ―Le increpé en un acto reflejo sin poder ocultar el pesar que aquella afirmación me transmitía―.

― Por la Diosa, tienes respuesta para todo... ¿Puedo formularte ya mi pregunta, Eiel? ― La mujer se estaba cansando, lo podía sentir―. ¿Qué es lo que aspiras a conseguir?

― Es una pregunta curiosa para alguien a quien acabo de conocer. Pero te responderé. ―No tuve que pensar mi respuesta, no me importaba compartirla, no era algo que esconder―. Aspiro a ser vela y no espejo. Ser capaz de todo lo que me proponga, no para mí, para mi causa. Y nunca sola. Pero tampoco dependiente.

― ¿Quieres ser capaz de emitir tu propia luz, sin depender de la de los demás? , ¿De ser ese faro que ilumina al resto en su camino? Mira abajo― Me increpó―.


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A mis pies, en el suelo, decenas y decenas de sombras se habían arremolinado mientras hablábamos, tomando la forma de distintas criaturas que observan hacia arriba, hacía el lugar donde me encontraba como quien mira su comida.

― ¿Qué quieres de mí? ―Pregunté sin poder apartar la vista de esas sombras que luchaban por ascender hacía donde me encontraba, como zarcillos peleando por obtener un pedacito de mi esencia.

― Sólo quiero que tomes partido, por fin. Que dejes de vivir en segundo plano, y te lances de lleno al acantilado. ―La sentí acercarse, despacio―. Quiero que decidas: o seguir únicamente con tu propio esfuerzo... o abandonar su senda y aceptar el poder que te ofrezco.

Mi cabeza era un hervidero de voces, voces amigas, voces de aliento, de ánimo, rápidos pensamientos de tantas conversaciones se sucedían uno detrás de otro. En mis manos el medallón. ― ¿Un poder escondido del mundo? ―Negué con rotundidad―. No quiero poder alguno para mí, y como dije quiero ser una vela. Un crepitar incesante, a veces altivo, a veces pequeño y finalmente extinto.

― ¿De qué sirve tener el poder de la luz blanca si no lo aprovechas? Si permaneces aislada, mereces estar allí abajo... con ellos. Y yo merezco tomar tu lugar.

Temblé al escuchar aquellas últimas palabras, no era miedo lo que sentía o eso quería creer. ―No ocuparas mi lugar, no hay lugar para quienes se ocultan del mundo, en la oscuridad y no hay poder sin esfuerzo, ni hay poder sin sufrimiento. No deseo un poder sin ello.

― No importa que no lo desees: has sido bendecida con él. O maldita, si deseas verlo así. Y por ello debes tomar partido―.

Su mano se cernió sobre mí mientras dejaba caer su capucha mostrándome su rostro. Empalidecí, mis piernas me fallaron, me sujete buscando apoyo en uno de los postes de aquella casa del árbol que había dejado de ser mi remanso de paz. Allí estaba su rostro, mi rostro, mi cuerpo. Unos ojos grises rasgados como los míos, que sin embargo, no miraban de la misma forma y que, cubiertos por dos profundas ojeras me miraban fijamente. Una piel más pálida, como la de alguien que lleva años sin ponerse bajo los rayos del sol. El pelo rojizo, la misma trenza. YO.

― Tú decides, Eiel. Puedes abrazar la luz y aceptar la responsabilidad que ello conlleva... o puedes tomar esa cuerda y dejar que continúe yo el camino, en nombre de la Diosa.

No sé cómo saqué fuerzas para dejar salir mi voz de mi garganta, pero lo hice: ―Mi decisión es la misma de siempre. Una vida de esfuerzo en la luz.

Vi su rostro ojeroso contraerse, mi gesto contraerse en una mueca de disgusto y de rabia. ―Entonces... atiende a mis palabras. ―Escupió―. Quiero verte brillar. Quiero que seas esa vela, pero si te escondes entre cuatro paredes juro por las Hermanas que volveré para arrancarte de la existencia de un solo golpe. Si yo estoy condenada a no existir... haz que valga la pena.

Brillaré, juro por la diosa que lo haré. Sujetaba mi medallón con fuerza, alzándolo hacia el cielo como si su sola presencia me diese la fuerza necesaria para recomponerme y plantarle cara a ese reflejo que no quería reconocer. Sentí una respuesta, la sentí, los últimos retazos de niebla se desvanecían y en el cielo una luna llena más grande que nunca se elevaba iluminándome. Su brillo me impidió verlo…

―Sea. ―Me agarró antes de poder reaccionar, lanzándome al vacío donde las sombras se arremolinaban con pura ansia―.


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Caí, caí y mientras lo hacía cerraba mis ojos concentrándome, tratando de elevar el vuelo antes de precipitarme contra aquellas informes criaturas de sombra que parecían querer recibirme con los brazos abiertos. Caí entre la marea de sombras que reptaban por mi cuerpo, invadiéndome, tratando de devorarme. Dolor, una punzada, y esperar la siguiente. No llega, solamente siento mi mente abandonar mi cuerpo…

Un suspiro ahogado, como si acabasen de retirarme la mano de la boca impidiéndome respirar salió de mi garganta. Desperté e inhale aire bruscamente. Sudorosa, jadeante y con el corazón taladrándome abrí los ojos. El corazón bombeando con rapidez como si fuese a estallar y con ello abandonarme al vacío en cualquier instante. Hasta que me doy cuenta, toco mi cuerpo sudado, frío, helado y miro a mí alrededor, una habitación, mi habitación en el valle. Noto una lágrima descender por mi mejilla e intentó incorporarme y al hacerlo lo siento, siento la dureza, el frío de algo metálico rozar mi cuerpo desnudo. Y la veo, con su mango violeta y el símbolo de la Señora de la Pérdida partido a la mitad allí donde la hoja se ha roto. Los pedazos de una daga partida que reposan junto a mí.


Si solo se tratase de ensueños...

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Malaventura

Perro de Dan
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Bajo el influjo de la luna creciente​


Nos empeñamos en rodearnos de ruinas. Construimos y destruimos con la misma facilidad con la que respiramos y al final, nuestros pasos avanzan sobre los sedimentos dejados por construcciones que ahora se tambalean.

— Dama —La joven sacerdotisa fue retirando cada una de las piezas de tela que la envolvían y suponían su refugio, avanzando lentamente por la delgada línea de luz que la luna creciente dibujaba en las aguas del lago Weng—. Si tienes algo preparado para está humilde servidora, hazme una señal, pues esta ruina de corazón está a punto de estallar y en el momento en que lo haga, en el momento en que diga aquello que ahora silencio, sabes bien que derribaré algunos muros. Ofreceme tu templanza, tu serenidad y tu calma; y dime si he de esperar junto a la orilla a que agites las aguas con pleamar.

Avanzó algunos pasos más, hasta que el agua cubrió su cintura y elevó ambas manos, trazó un delicado círculo con la diestra y susurró una lenta letanía con la que cubrió su desnudo cuerpo mágicamente. Repitió la operación con la mano zurda, elevándose lentamente y alzando poco a poco el vuelo en un intento de acercarse a su dama.

—Shael se ha ido, la he perdido. Bien lo sabes. Y él...él no está enterrado, todavía no lo está. ¿Cómo hago para que se quede en lo más hondo, para que no repte de nuevo a la superficie. ¿Cómo camino entre ruinas?

La luna refulgió devolviendo un claro destello a las calmadas aguas y la muchacha tomó impulso, ascendió con velocidad, giró en las alturas, y se dejó caer al abrazo del lago.

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