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No es que sea vuestro mérito, sino mi demérito

Tuliosoyyo

Barril de Khaof
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...Allí estaba Astrid, boca abajo mientras el sacerdote intentaba tatuar alrededor de una cicatriz , agujas en mano dispuesto a llevar a cabo una obra de arte. Pero ¿qué sucede cuando una acude a ese tipo de establecimientos? que empiezas a soltar la sin hueso como si estuvieses confesando haber robado un dulce a un nene del hospicio.

Así, cada vez que el tatuador iba a comenzar, la trovadora se giraba para gesticular, el gozo del operario en un pozo hasta que decidió en medio de un hondo suspiro, sentarse a escuchar.


-¿Que como se me ocurrió aceptar una cita? buena pregunta Reinaldo, tenía tanta gana de darle con el guante al bicho palo que no me di cuenta del lio que podría suponer, así que sin pensar dije que si.

Si no recuerdo mal, que lo dudo, el chico nos había ayudado en un encargo de los Gáldrim tiempo antes, hizo un papel de maztiqueño...ajá, ajá , no os imagineis un maztiqueño de estos fornidos , de brazo torneado y bueno ya me entendeis... no. Pero con un gran futuro interpretativo, dicen en los mentideros de la ciudad que allí donde pone el ojo levanta el refajo, y a pesar de eso, tiene la conversación fluida e interesante, aunque es demasiado sunita.



Reinaldo, resignado preguntó si se parecía al resto conociendo la inclinación de Astrid al acudir a otros intentos de tatuar.

Pues como una seta a un dragón Reinaldo, como una seta a un dragón ...pero lo que me estoy riendo no tiene parangón... veréis, os cuento:

Astrid tomó postura cómoda, nada de estar ahí boca abajo, sin duda la cicatriz que portaba en el costado derecho probablemente iba a permanecer ahí. Continuó entonces.

Mirad Reinaldo, estábamos a las puertas de Crimmor un grupo variopinto, días antes la Espiral de Almas se vino a abajo y era la zona un procesionar constante. Anhol hizo un comentario acerca de mi carisima blusa, le parecerá menos raro ponerse una corteza de un jamón de jabalí, yo que se...así que teniendo en cuenta que es el esposo de Madeleine, no se me ocurrió otra cosa que encargar una sátira al sunita de moda en la capital, Onofer

¿Que qué nombre es Onofer? Reinaldo hijo, yo que se... le caería mal a su madre , bueno sigo, no se porque me interrumpes tanto la verdad

Un nuevo profundo suspiro se escuchó en la sala, el tatuador miraba las agujas y el dibujo escogido, tan precioso como inusual, después desviaba la mirada a la puerta pensando en cogerla para no volver, mas se quedó

Total, que el sunita hizo la sátira y la presentó delante del bicho palo que Made tiene por esposo, habíamos acordado que en lugar de oro, la forma de abono fuese una cita y yo que estaba borraaacha de éxito al ver como iba a darle el merecido a Anhol sin tener que empujarle por un acantilado, acepté el pago.

¿Que si quiero que Made quede viuda? Pues depende de la estación, si no fuese porque ella le adora y es el padre de esos dos monstruitos de sobrinos que tengo... pues si, es un hecho también que no consentiría que nadie, dañase al bicho palo en mi presencia y que Made sufriese, que quieres Reinaldo, es como una madre. Pero las sátiras tampoco son como pasarlo a cuchillo ¿verdad? Pues eso, Reinaldo, eso.


Reinaldo volvio a mirar la puerta, desde luego mas le habría valido decir que estaba ocupado, porque por experiencia sabía que no iba a tatuar nada ese día, como todos as veces anteriores con Astrid

Ya sabeis que yo siempre pago mis deudas y esta vez no iba a ser menos, me presenté en la Jarra Adamantina, porque el bardo trabaja en ella, ¿os podeis creer que aun sigue ahí la escudilla en mitad de la puerta? Es increible, suerte que siempre puedo esquivarla , esos detalles le quitan mucho postín al lugar pero bueno, ahí no pincho ni corto.

Me retiró la silla, me la arrimó... y empezamos a charlar antes de que nos trajesen las viandas principales, en la mesa ya estaban los entrantes

Vamos a ver Reinaldo, hijo... no recuerdo si os hice publicidad, pero nunca es tarde...Reinaldo de verdad que estáis muy especialito hoy...


Reinaldo volvió a mirar la puerta

Y llegó el postre, que no tomamos en la mesa sino frente a la chimenea que hay a la izquierda, en un pequeño salón abierto ...Llegó la madre del cordero... ¿Que dices Reinaldo? ¿Que tiene que ver aqui Renatha? ¡Lo de ella son cabras no corderos!

La trovadora negaba con la cabeza mientras el pobre Reinaldo era la viva imagen de querer meterse en la novena capa del infierno por lo menos, quizá allí podría ejercer de tatuador y no de escuchador de bardos

Total, que le salió el sunita que lleva dentro, me dijo que me habia escrito unos versos, que le gustaría recitármelos pero que siempre cobraba por su obra, para habernos matado...el pago sería un beso.

Y la verdad, no, no tenía intención de pagar así que arrojó la composición a la chimenea ¡Menuda afrenta!

Ya me conoceis Reinaldo, igual que pago deudas las cobro y lo que había hecho quemando una obra, me lo tomé como una deuda impagada así que iba a encontrar la forma de cobrarla y vengar la afrenta de los versos quemados.

Jornadas después, tuvo lugar el verdor, acudí. Ya sabeis que alli siempre se congrega gente interesante y una acaba por regalarse la vista...¿qué?

Reinaldo, estás hoy muy impertinente... ¡por supuesto que llevaba los anteojos!
Así que andaba paseando mis ojos por la gente y justo vi un cuerpo... y que cuerpo Reinaldo... me estaba ya frotando las manos pero justo en ese momento, apareció Onofer.

Reinaldo sonrió con malicia, desde luego se alegraba de que Astrid viese su gozo en el pozo y perdiese la presa

Empezamos a charlar distendidamente, piropo va, piropo viene, que te adulo por aquí, por allá... me sorprendió su insistencia pero seguramente tras de eso, habrá cosas que descubrir mucho más interesantes, esas quizá si que merezcan un pago.

El Verdor concluyó y cada uno regresó a sus menesteres para unos días después, recibir aviso del sunita para concretar una reunión de trabajo.

El bardo, que por alguna extraña razón piensa que me incomoda, expresó una vez más que solo tendría que decirlo y desaparecería, así que hice un gesto para ver si eso se le quitaba de la cabeza. Extendí los brazos sobre la mesa y dejé caer el cabello sobre ellos, mientras negaba .

Aquello pareció servir pero claro... le encantó el aroma de mis cabellos y me lo hizo saber... ¡Ya le tenía donde quería, ya sabía como iba a pagar por los versos quemados!

Reinaldo seguía escuchando, si algún día escribía sus memorias, él sí que iba a vengarse por tanta confesión

Jornadas después , cuando fui a ver si había llegado el carísimo vestido que mandé hacer en Argluna, pasé por el Paseo de Wauken y adquirí un par de frascos de mi perfume, ya tocaba reponer . Pensé, uno para mí, y otro para Onofer, ya que le agrada tanto mi olor, que lo disfrute en solitario pensando en un cabello imaginario...

Y así hice, al encontrármelo, le hice entrega de mi fragancia en un frasco pequeñito, como los venenos. ¿Qué? ¿Que porque soy tan mal bicho? Ni que fuese veneno de verdad, Reinaldo hijo... que poco sentido del humor tienes, pareces un Kelemvorita

La cuestión es que lo guardó y ya, no volvimos a cruzarnos hasta el Certamen en honor a Sune

Recogí horas antes el vestido, escogí el adorno para el cabello y la obra que abriría el evento. Desde luego, no se me escapó como el sunita abría la boca de par en par al verme , pues si que estaba saldando la deuda contraida con los versos torrados ...

Sin embargo, parece que el bardo tiene más deudas que saldar, fue muy interesante verle recitar una obra y tomar los labios de otra Sunita , Si Reinaldo ... agarró a la chica tras recitarle la composición que había preparado. Lo gracioso es que según vi, la pareja de la sunita estaba con ella ... Un drama Reinaldo, un dramita

Por una vez, Reinaldo y la trovadora rompieron en carcajadas

Y bueno, cada uno regresó a sus quehaceres nuevamente pero...
¿Que te crees que ha pasado?

Pues que ha usado la magia para hacerme saber que está de viaje, para pedirme perdones por haberse marchado sin mi perdón, por marchar sin despedirse, por los versos quemados, por hacer arder mi nombre y por tomar mi sueño al asalto, también por el mayor de los pecados que ha sido no confesar que me... Tendré que deducir el qué porque no acabó la frase, desde luego no sé como dicen que las mujeres nunca acabamos de decir las cosas porque vamos....




Una cosa os digo Reinaldo, desde luego, no se puede decir que no plante batalla el sunita ¿verdad?

Y bueno, una visión por otra, apareció con el torso al aire y la melena al viento. Cuando me desperté lo primero que vi fue el ojo tuerto de Alfonsus que me traía el estoque. Ese macaco cada vez es más eficaz , me asomé como siempre por la ventana y miré hacia un lado y luego en dirección contraria con los ojos pegados casi, pero ...carajo Reinaldo, me desperté con un hambre canina...
 

abisail

Restos de un PJ de Aharadad
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- Buena tarde.

El bardo observó sin mucha confianza al delgado tipo lleno de tatuajes.

La caravana en la que viajaba había parado en Eternlund antes de que anocheciera y no se pondría en marcha hasta el alba. Onofer había decidido aprovechar las horas para ir a tatuar la cicatriz de su omoplato. La que le dejó con su gran mazo Drax cuando le atacó por la espalda. El bardo no era un bárbaro o un orco al que le gustará lucir cicatrices y, aunque esta quedaba bajo las ropas, le irritaba saber que estaba ahí. Simplemente prefería disimularla a los ojos de sus amantes.

El lugar era un local pequeño junto a un taberna frecuentada por caravaneros. Poco había salvo una camilla, una raída butaca, un taburete, una vieja y sucia estantería con botecitos de cristal con tinturas y algunos punzones... Y dos botellas de aguardiente.

- Onofer de Argluna, poeta, trovador y vuestro...

El enjuto tatuador, que parecía a juego con lo parco del lugar, puso cara de extrañeza mientras el bardo se presentaba. A todas luces el lugar no era frecuentado por gente de modales corteses.

- Bueno... Da lo mismo... El caso es que quiero que me tatuéis sobre está cicatriz... ¿Me permitís?...

El rubio semielfo, sin esperar respuesta, se quitó el jubón mostrándole la marca de una herida ya curada en la parte alta de su espalda.

- Había pensado en una llama, una luna y un mar... ¿Qué son tres tatuajes y no uno? Empezamos mal... Mas, de artista a artista, os he de respetar y pagaré lo que acordemos. Ya habrá tiempo luego de honrar a Waukeen y regatear.

Onofer le regaló una sonrisa al tatuador.

- ¿Qué cómo los quiero?... Veamos... La llama cómo los cabellos de Sune. Un fuego ardiente y poderoso, que abrasa y consume lo que roza. La luna... Hacedla menguante... Brillante en su parte delgada y oscura en la otra... Cautivadora y siempre misteriosa. Y el mar... Pues un mar... ¿Cómo que no habéis visto el mar? Deberíais viajar más, pero yo os explico... ¿Tenéis vino? ¿No? Da igual... El aguardiente valdrá.

El bardo tomó una de las botellas buscó con la mirada un vaso sin encontrarlo. Con cara de circunstancias dio un buen trago a morro, frunciendo el ceño con desagrado cuando el alcohol bajó quemando su garganta.

- La mar que me debéis tatuar es una mar eterna de curvas olas que invitan a adentrarse en ella... Su agua salada y fresca te salpica la cara con su gracia. Esta mar tiene melodía de sirena que hechiza a quien la escucha y enajena a quien la ve. Está en calma y a la vez es tormenta. Es un peligro encantador del que no se desea huir...

Onofer dio otro trago largo a la botella pensativo. El tatuador iba poniendo por momentos cara más extrañada.

- Esta mar no tiene fondo y está toda ella por llenar de palabras y cantos. Se acercan a su orilla los hombres con deseo y los más en su playa solo hallan su desdén... Brilla como el sol y musita versos de espuma blanca. Es tal el poder de esta mar, que cuando le place se hace carne en hembra soberbia, altiva y soberana.

El tipo con el punzón en la mano le miraba boquiabierto.

- Ah, sí... Y huele a naranja, canela y hierba fresca.

El bardo dio otro buen trago al aguardiente y miró al estupefacto tatuador.

- ¡Por los rojos cabellos de Sune! Ya veo que vos no sois poeta para representar tan gran mar. Sea... Supongo que dos olas tatuadas me habrán de bastar... Una por el beso que pudo haber sido y la otra por las caricias que serán.

Onofer alzó la botella a modo de brindis a sus propias palabras y dio un largo trago de aguardiente apurándola. Luego miró al tipo con aprensión.

- Esperad... Esperad un momento... ¿Me dolerá?... Claro... Entiendo...Si no duele no merece la pena ¿No?

El bardo dejó la botella vacía y se tumbó boca abajo en la camilla a un gesto del tatuador. Entre los vapores del aguardiente y el recuerdo de los ojos de una mujer, unos versos quemados en La Jarra Adamantina acudieron a su mente y así, como estaba, comenzó a recitarlos a media voz.

- Eres melodía hermosa.
Eres música admirable.
Eres pluma y eres...

Cayó tan dormido que ni notó el punzón en su espalda mientras ocultaba una marca en su piel con los tatuajes de las tres cicatrices de su alma.
 

Tuliosoyyo

Barril de Khaof
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...Alfonsus , el incondicional compañero de Astrid, arrastraba el estoque hasta el lecho donde cada día se estiraba acompañando a un bostezo, la trovadora. En esta ocasión, ni había bostezos ni había estiramientos… Astrid ya estaba despierta, mirando al techo del aposento con esa mirada que tanto miedo le daba al macaco, mientras que las uñas de sus esbeltos dedos repiqueteaban en los maderos que conformaban la estructura de la cama envolvente del mullido colchón… Aquella estampa auguraba vendavales.

-Otra vez, Alfonsus, otra…

El momento de poner los pies en el suelo fue complicado, odiaba no dormir hasta que su cuerpo dijese basta ya o quiero comer, y por manos de los dioses, despertó por unos instantes .

Fue suficiente para que el mensaje llegase nítido, la cuestión estaba tomando unos mimbres particulares, el bardo había conseguido , ahora sí, toda su atención aunque eso era un arma de doble filo y doblemente peligrosa. No volvió a pegar el ojo desde entonces esa noche.

- Empieza el juego Onofer, veamos de la pasta que estáis hecho jugando con mis normas…

La barda prosiguió vistiéndose frente al espejo, observando el pentagrama adornado de filigranas que había ocultado una cicatriz en el ala de su cadera derecha, un poco de perfume salpicaba de matices de naranjas, canela y hierba la totalidad de su cuerpo , por último la pluma que adornaría el sombrero.

-Mira, hoy vas a ser tu la elegida…


Una preciosa pluma de pavo real coronó el sombrero. La trovadora, empezaba a jugar sin saber el resultado de la batalla pues no había elegido ella esta guerra, escogió de entre sus alhajas las que aportaban mágicamente un incremento de sus habilidades, emprendiendo el camino hacia el campo de esta contienda.

-No, no voy a necesitar vuestros servicios… no hará falta que llevéis mi recado hasta la jarra Adamantina, iré yo personalmente

¿Como? ¿Que tengo cara de cansancio? Normal, alguien ha tomado por costumbre asaltar mi descanso ...¡¿Qué!? Que no se me ha ido la mano con el ron, carajo… no se como no os he mandado al patatal directamente…habrase se visto el aprendiz este ...¡Id a barrer las escalinatas del teatro, engendro de troll!


Mirando hacia el aprendiz tomó el camino hacia el puerto dejando en manos de Tymora , la primera parada que haría...
 

Tuliosoyyo

Barril de Khaof
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...Y la primera parada que hizo la trovadora fue en Minsor. Un nuevo nombramiento tenía lugar, eso sirvió quizá para mejorar el plan, aunque prácticamente cada detalle se había construido en la cabeza de Astrid.

- ¡Estate quieto puñeta, que pocos pueden tener la suerte de que yo les cuente algo así! …

La trovadora estaba sentada sobre un montículo. El caballo sujeto por las riendas, indefenso ante lo que se le venía encima: un tostón de dimensiones infinitas. Ella siempre había dicho que las cosas hay que soltarlas como llegan.

- Pues mira, Don Mariano, precisamente decidí ir primero al castillo de la Orden en lugar de dirigirme a la capital. Me senté como siempre observando quien estaba y quien no. Había empezado ya la ceremonia cuando de repente noté que alguien se sentaba a mi lado. Sí, sí. De estas que miras y vuelves a mirar preguntándote como es posible que tenga nadie tanta suerte… ¿Mmm? No, no. La suerte fue suya porque allí, en la ceremonia había que guardar las formas.

Y claro, las formas guardamos, pero aquello fue un toma y daca de esos que se tornan de interés y acaban estudiándose en las mejores academias de bardos.

Astrid repasó los momentos pasados en Minsor la jornada anterior. Intentando, al volver a recordarlos, averiguar en alguna palabra o gesto de Onofer un significado que en su momento se le escapara.

Cuando la ceremonia acabó casi le ordenó seguirla mientras se deshacía de la chaqueta y los guantes. Se puso a diluviar, tanto mejor para su plan. Recordó como la lluvía mojó su blusón blanco de seda brocada pegándolo a su cuerpo, detalle que no le pasó inadvertido al semielfo. Llegaron a la posada cercana a los Radiantes y allí, comenzó el juego.


- Bien, buen Onofer...- hablaba en un tono suave, tranquilo y sin embargo firme, podría decirse que con un toque de sensualidad tormentosa-. Ahora tenéis mi atención, tras haberos colado dos veces en mi sueño y haberme pedido excusas por tantas cosas que dejé de contar en la primera ocasión. Y no obstante, volvisteis a hacerlo, estoy segura de que intuíais que iba a ir a buscaros…

- Sin duda mi señora. No puedo por menos que confesarme culpable.

- ¿Qué queréis de mi exactamente, Onofer? Nadie se toma tanta molestia para cobrarse un insignificante beso. Un beso que se olvidará con más pena que gloria y que no me costaría dároslo pues no significaría nada.

- Es evidente. No pretendo solo un beso. Mi motivo ya es otro.

- Me habéis enviado mensajes mágicos. Me habéis llenado de halagos, de lisonjas. Me habéis hecho un decorado a medida pero…ahora pondré yo las cartas boca arriba, y vos decidiréis si aceptáis seguir mi paso.

- Os escucho con atención mi señora.

El bardo bebió de su copa de vino con los ojos clavados en los rojos labios de Astrid. Una vez más el ambiente que rodeaba a ambos se caldeaba.

- Veréis, llevo estudiándoos desde que os conocí, desde el mismo instante en que me pedisteis esa cita. Debo añadir que no ha sido difícil pues llevo mucho, mucho tiempo conviviendo con devotos de Sune, incluso trovadores como vos o yo. El Teatro de la Alegría no es solo un teatro, es un templo dedicado a celebraciones más livianas de varios dioses, Milil, Laira y como no… Sune. Sé como son los sunitas. Enamorados de cualquier cosa hermosa varias veces cada día sin remedio. También sé como soy yo, puedo crear poesía, trovas y sentimientos que lejos están de ser verdad. Vos Onofer me ofrecéis ambas cosas juntas. Está en vos ser así, así que decidme, ¿qué queréis
de mi?

- Conoceros
-dijo el bardo- y que vos me conozcáis a mi.

- Pero antes decidme ¿Sois un tramposo?

- Solo hago trampas cuando la recompensa merece la pena.

- Debo reconocer vuestra sinceridad... Lo justo es que me hagáis una pregunta y os la conteste.

Onofer se quedó mirándola un largo instante a los ojos...

- Decidme ¿Seguís enamorada del último hombre que pasó por vuestra vida?

- No.- la negativa fue rápida. Contundente. Sin duda. -Más le querré y echaré de menos mientras viva.
Bien Onofer pues os propongo un acuerdo. Si aceptáis acatareis mis condiciones. Si no, aquí y ahora os daré ese beso, tan vacío y lleno de artificio que ambos querremos olvidarlo con total celeridad.

- Por supuesto que acepto. ¿Cómo podría rechazar nada vuestro?

- Si aceptáis sabréis como soy. Me conoceréis y quizá nos aguarde algún momento digno de vuestra diosa y de los míos. Estas son mis condiciones.
Aquí y ahora, se han terminado vuestros halagos.
Aquí y ahora, se han acabado vuestras lisonjas constantes.
Aquí y ahora, se han acabado las poesías.

El poeta miró a Astrid calibrando... Prescindir de los halagos... Bien pudiera darlos por superfluos, era una mujer demasiado segura de si misma a la que poco afectaban. Pero los poemas... Eso era otra cosa. Ella amaba el arte. Eso él no lo dudaba. ¿Por qué renunciar a los poemas que para ella escribía? ¿Por orgullo?

- Sea. Acepto vuestras condiciones, aunque es como si me hicierais marchar a al guerra desarmado.

Descuidad, os respeto y solo será conmigo, con el resto de Faerum podéis continuar como hasta ahora. Vais a jugar según mis condiciones, si como decís os hago sangrar poesía del corazón, escribid y cuando esto pase, escucharé todas y cada uno de vuestros poemas.

- Entonces podéis contar con ello, mi señora.

- Enseñadme lo inusual, no lo corriente que hago tan bien como vos, buen Onofer

Astrid le tendió la mano sobre la mesa para cerrar el trato. Onofer la tomo con delicadeza y deleitándose alargó el contacto con ella.

- Sabéis que este bien pudiera ser un primer premio a mi persona ¿no?


Astrid deslizo su mano lentamente y tomó los cuidados dedos del bardo por las yemas observándolos con una sonrisa.

- Son dedos ágiles.

Astrid se levantó y él lo hizo de inmediato. Ella rodeo la mesa y le susurró al oído con malicia y picardía lo que sería el próximo encuentro entre ellos.

- ¿Os gusta la pesca?

Para entonces Onofer ya estaba perdido en el aroma a naranja y canela de sus cabellos.
 

abisail

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- ¿Os gustan los pájaros?

- ¿Estofados?

Astrid no pudo evitar reír. Con botas altas, vestía pantalón negro y blusón blanco. El torso protegido por un peto de cordobán finamente decorado moldeando sus formas redondeadas. Estoque al cinto y su habitual sombrero de ala ancha. Ese día fue su capricho que lo adornara una pluma blanca. Su risa le pareció a Onofer como el trino de los pájaros por los que le preguntaba.

- ¡No! Libres... Volando.

- Oh... Sí... Claro, mi señora... Son todo un espectáculo.

Crimmor quedaba a la otra orilla, mutilada sin la Espiral de la Almas. Las aguas del Alandor ajenas a la tragedia pasada, discurrían como siempre mansas hacia Athkatla. El bardo miró al río. Habían ido a pescar, al menos eso había dicho ella, pero lo cierto es que no llevaban cañas. Astrid insistió en ir al amanecer y allí estaban. Al alba.

- Onofer... Podéis llamarme simplemente Astrid.

- ¿Y tutearos?

- Claro... No hay problema.

- Lo cierto es que solo tuteo a las mujeres con las que he yacido, y solo en privado. Si os tuteo en público y alguna de ellas lo oye pensará... Ya me entendéis...Pero no tengo ningún problema en tutearos. Me refiero a hacerlo sin el requisito que os he citado.

Astrid miró al semielfo, por un momento pareció que iba a decirle algo pero...

-Bueno... Mejor seguimos con el trato formal.

Onofer sonrió para sus adentros. Le gustaba sentir que trastocaba el paso de aquella mujer tan altiva y segura de si misma. Aunque la satisfacción duró poco por una pregunta inquietante.

- ¿Sabéis nadar?

- No.

- Tranquilo. Me ocuparé de que no os pase nada.

Si Astrid pretendía no preocuparle había conseguido lo contrario. Deslizó su mano a un pequeño bolsillo. Allí guardaba un anillo encantado con runas que ayudaban a nadar. No es que desconfiara de ella, pero bardo prevenido... puede cantar al día siguiente.

Ella prestaba poca atención al río mirando más hacia el cielo contando a media voz.

- Bien... Onofer vamos a pescar. Cuando lo indique corred hacia el oeste, hacia la torre, y contad hasta veinticuatro.

- ¿Qué? ¿Es una carrera?

- A mi señal... ¡Ahora!

Astrid salió corriendo y Onofer a la par. Al momento ella comenzó a ascender por los aires y ¡él detrás!... Una corriente de aire matinal les hizo subir más y más. Más altos que la torre de los zhentarin. Abajo quedaba Crimmor y el río Alandor como una serpiente plateada. A lo lejos divisaron Athkatla y el mar de las Espadas. Todo eso a la vista sin poder contener su alegría. Reía como un niño, mientras la columna de aire ascendente potenciaba de forma natural el conjuro de vuelo. Hasta que por fin bajaron. Ella sostenía una varita en la mano y en su bello rostro se dibujaba una sonrisa de alegría.

- Pescamos buenas corrientes de aire... Suerte que no hayáis caído al agua.

- Ha sido magnífico.

Ambos aun reían como niños mientras cruzaban en la barca a la orilla de Crimmor.

- ¿Habéis visto las reliquias del teatro?

- Lo cierto es que no.

- Pues eso debemos remediarlo ¿no?

Entraron en el Teatro de la Alegría y subieron una estrecha escalinata lateral en forma de caracol. Llegaron a una sala mezcla de capilla y almacén de cortinajes y trajes del teatro. El lugar estaba desordenado. A Onofer en un primer momento le pareció extraño. ¿Un templo desordenado? Pero pronto vino una idea a su cabeza. Un templo a Laira, Milil y Sune...Un santuario como la mente de un artista: desordenado... Era en el caos donde germinaba la creación. El lugar donde más vigorosas y exuberantes crecían las artes. El rigor del orden era más propicio a la contemplación que a la creatividad.

Un buen poema grabado en una placa recordaba el momento en que la Eterna Melodía se hizo cargo del teatro tras la destrucción de Crimmor por un dragón.

El santuario albergaba tres reliquias tras unos pesados cortinajes: el Vestido de Laira, el Códice de Milil y el Espejo de Sune. Era este última reliquia la que atrajo de inmediato la atención del bardo. En él se había mirado la mismísima diosa y tal fue el poder de su imagen que conmovió al mismo objeto, quedando su rostro para siempre reflejado en él. Onofer se acercó al espejo despacio... Dubitativo...¿Sería la diosa como la había imaginado más de mil veces? Al acercarse la cara, si bien no era nítida, se hizo menos borrosa. La miró y descubrió en la imagen un rostro familiar... Muchos... Confundido no pudo apartar los ojos de la reliquia mientras Astrid, en respetuoso silencio, le observaba unos pasos más atrás. De pronto lo comprendió todo. La imagen de la diosa no era sino la suma de las muchas mujeres que había amado. Algunas solo una noche eran un leve recuerdo y de ellas había poco en el espejo. Pero estaban también ellas, las que habían marcado su alma. Las tres allí. Fundidas en un rostro de imposible belleza devolviéndole la mirada. Entre esas tres estaba ella, la que ahora mismo le aguardaba en silencio unos pasos atrás. Era su mentón suave, sus labios generosos y a la vez anhelantes, su ondulado cabello como olas de mar... Imposible precisar y sin embargo allí estaban de una forma segura y cierta. La reliquia sin duda era poderosa. El semielfo se llevó los dedos a la boca y con mano temblorosa depositó un beso en el marco del espejo. Retrocedió y se giró con ojos vidriosos hacia Astrid.

- Por más que viva este día no podré pagároslo.

Astrid le sonrió.

- Me sorprende que no hubierais estado aquí nunca. Sois libre de venir cuando gustéis.

Onofer la miró agradecido. Feliz de conocer a esta mujer que tanto le daba... ¿Sin pedir nada a cambio?
 

Tuliosoyyo

Barril de Khaof
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...Podría ser cierto o no, la trovadora hacia años que había decidido no hacerse preguntas a las que no podía dar respuesta salvo dedicándole demasiado tiempo. Si mentía, no sería su problema y si decía verdad, tampoco. Onofer cruzó el dintel de entrada a la Sede de la Eterna Melodía siguiendo los pasos de Astrid como su anfitriona, entraron a través del anfiteatro de la misma manera casi furtiva que salió.


El principio de la jornada había sido alegre, las risas de uno y otro continuaron largo tiempo en ese día, casi podría decirse que eran cómplices de fechorías aunque al final , ya en el crepúsculo, se hacía difícil distinguir entre complicidad y pugnas por ver quien sería capaz de hacer un gesto de mayor contención.


Astrid se deshizo de los atuendos más abrigados que la vistieron al alba, dejó asomar los brazos torneados y coloreados de una tonalidad canela muy suave. Asomaba de tanto en tanto por entre las ondas de cabello el tatuaje sobre su hombro ; un pequeño arco de violín salpicado y enredado de claves de sol, corcheas, redondas y semicorcheas. Un tributo a lo que era en sí misma. Prescindió del sombrero e invitó a Onofer a retirar la capa, no parecía nervioso por el contrario... habían conseguido un cierto ambiente de complicidad. Tomaron asiento, ella sirvió vino y ron.



-...Creo que falta uno para concluir La Magna Divinitas ... debo escribir uno en honor a Akadia… eso no incumple nuestro acuerdo ¿verdad? A falta del conocimiento de un clérigo de ésta, habrá de ser bastante vuestra conformidad - el bardo consideraba preguntar antes de errar, Astrid contestó cada una de sus cuestiones, igual que él contestaría las suyas.

-No, no lo incumple -proclamó ella en ese tono suave y tranquilo, mientras sostenía la copa de ron que se había servido dispuesta a escucharle- Pero puedo daros algo que quizá os ayude...

-¿Algo más que el vuelo de esta mañana?- Para entonces, la trovadora se había levantado del montón de cojines sobre los que estaba sentada dirigiéndose bajo su atenta mirada hasta una de las vitrinas, giró la pequeña llave y tomó un ejemplar volviendo de nuevo hasta los cojines. Dejó caer con suavidad infinita el libro sobre su regazo mientras contestaba su duda.

Lo de esta mañana ha sido una distracción, Onofer – Mientras él ya abría el libro, ella alargó los dedos hasta la lazada que sujetaba la melena del trovador. De inmediato voló suelta sobre su espalda y hombros, dejó la cinta sobre la chimenea impidiendo con su cuerpo el rescate de la prenda. Él sonrió ante su gesto a lo que la bardo añadió –

-Total, ya os he visto así ¿no?
-Y parece que fue de vuestro agrado…
-Lo fue… lo fue
-No todo es malo entonces- añadía sonriendo mientras ojeaba las páginas del libro

-No dije que todo fuese malo, Onofer... salvo que no dormí lo suficiente tras la segunda visita – Ella le miró en silencio un instante para romperlo con una pregunta aparentemente extraña. - ¿Quien sois, Onofer? Ya se que sois un trovador, de Argluna… un Truhan, un Galán, un Seductor… pero quién sois ¿mmm?

-Es una pregunta difícil - manifestó sonriendo tras afirmar que le había perturbado el sueño, así era, la realidad es que lo turbó más de lo permisible. - en oriente, algunos sabios dicen que se dedica toda una vida a averiguarlo…

-¿Onofer de Argluna tiene un nombre más... particular? - Volvía a guardar silencio apenas un instante señalando con su índice hacia su oreja signo de su mezcla racial - ¿Vuestro padre o Vuestra madre?

- No, mi madre me puso Onofer por su hermano… y donde me crié no hacía falta más… tomé Argluna por ser donde aprendí mi oficio de joven. A mi padre nunca le conocí, fue el amor de una noche de mi madre… de una festividad de Lurue, solo sé su nombre y desistí de buscarle, mi madre me crió…


La trovadora le escuchaba con atención, estaba empeñada en buscar algún signo que se le escapase, igual que se empeñó en buscarlo anteriormente por su culpa. Hablaron de Isenia, la anciana madre del trovador, una druida natural de las lindes de un bosque arglunense, hablaron de como descubrió sus dones, de lo que significaba la visita de un trovador a un lugar triste y pobre donde todo eran problemas. Comentaron acerca de sus mecenas, de las ambiciones y los deseos que albergaban. De su origen, de enemigos, de conocimientos y del aburrimiento cuyo pecado convinieron en que ninguno lo tenía en posesión.


Una vez más, un silencio necesario dio pie a otra pregunta.

-¿Tenéis hijos, Onofer?
- No, no que yo sepa… al menos ¿vos?
- No, no que yo sepa… al menos – bromeó ella echando a reír- No, no tengo. Creo que el detalle de tal acontecimiento no me habría pasado desapercibido
-No habéis encontrado el hombre o la vida os ha llevado por senderos alejados de la crianza – interrogó el trovador esbozando una sonrisa.
-Digamos que la crianza no se ha puesto en mi camino , sino en dirección contraria y creed si os digo que no es nada divertido, lo sé por Made… tiene dos monstruitos…
-Ha sido una pregunta extraña- dijo el bardo sonriente

-¿Por? Yo os he preguntado lo mismo

-Normalmente no la hago pero vos…

-Onofer, tenéis la insana costumbre de no concluir las frases ni siquiera cuando hacéis visitas durante el sueño

-No sois una mujer con una conversación al uso…
-¿Os incomoda tratar con una mujer no al uso?¡Diantres, Onofer!
-Nada más lejos que la incomodidad a vuestro lado, mas me tengo por una persona locuaz… pero con vos me faltan las palabras o peor, no me atrevo a pronunciarlas…
-Atreveos- retó sin misericordia- prometo solemnemente no lanzaros un hechizo… quizá dos sí, pero uno no ...- acabó por bromear la barda

- Ya sabéis que os admiro… o más que eso...- No añadió más aunque su mirada lo decía todo, continuó. - No juguéis conmigo más de lo necesario…


Astrid estaba sentada frente a Onofer, una vez más mirándole de frente con el habitual descaro que siempre la caracterizaba, entreabrió los labios de un rojo intenso en tanto que reposaba la espalda en la piedra de la chimenea que presidía la sala. Mantuvo la mirada vivaz clavada en el bardo mientras retiraba con los dedos un mechón tras la oreja declarado en rebeldía de manera recurrente , rompió el que parecía un eterno silencio mientras se daba golpecitos en el labio inferior...

-Me gustáis , Onofer
 

abisail

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-Me gustáis , Onofer.

-Me complace oírlo... Mucho.

Ambos se sostuvieron la mirada durante un largo instante.

- Pero eso ya lo sabíais.

- Con vos no hay certezas, mi señora.

Astrid se levantó y él hizo lo propio. Tomó la cinta del pelo de Onofer que ella mismo había dejado en la repisa de la chimenea y se acercó a él. El bardo la miraba intentando descifrarla. Había en ella una extraña mezcla de inocencia de gacela y ferocidad felina. Sus gestos, en apariencia casuales, eran a veces dulces y otras zarpazos intencionados. Pero fuera cierva o pantera siempre había osadía en ella.

- Es una certeza Onofer. Me gustáis.

Se acercó frente a él y pasando las manos sobre sus hombros tomó la rubia melena del bardo. Estaba cerca. Muy cerca. Onofer podía oler el perfume de naranja, canela, los matices de hierba fresca. También pudo respirar su piel. El ligero sudor de día de verano. El mismo olor a cuerpo de amante después de ser amado. Todos los aromas entrando como un torbellino en él. Notó su suave pecho bajo la blusa de seda rozándole. Los mechones de su pelo a menos de un suspiro de su cara. Y todo mientras ella le acariciaba los cabellos recogiéndolos con dedos ágiles de nuevo en una coleta. Y todo en una mirada. En unos segundos eternos que bastaron para incendiar de deseo al bardo.

- Podría ahora mismo mandar nuestro trato al infierno...

Astrid completó la lazada y se retiró un par de pasos hacia atrás. Avisada, como una gacela asustada.

- Podría deciros lo que siento al veros, arriesgándome a que me dierais dos bofetadas. Una por el beso que no os di en la Jarra Adamantina y otra por el que ahora mismo os robara.

Astrid cruzó los brazos a su espalda apoyándose en la chimenea mirando al bardo. Volvía a ser la pantera. La hembra que acechaba. Onofer, en un momento de lucidez, supo que estaba marchando hacia donde quería ella. No. No iba a claudicar tan fácil. ¿Acaso era solo él quien anhelaba? ¿Acaso no había deseo en ella? Había dicho que le gustaba , y sin embargo... ella jugaba. Estaría a la altura si de eso se trataba. Él no era cualquiera. Él era Onofer de Argluna.

- Mas todo tendrá su momento, mi señora, si es la voluntad de Sune y de la cambiante Akadia.

La mujer sacó a relucir su sonrisa más encantadora. Quién sabe si complacida al ver su contención o como un nuevo zarpazo al bardo.

- ¿Me haréis prometer que no jugaré con vos más de lo necesario?

- Tanto os respeto que no os pediré que prometáis nada. Este camino he elegido transitarlo yo con sus peligros y gracias. Veamos a donde me lleva.

- Veamos, pero ya sabéis Onofer que va a ser peligroso.

Esta vez fue el semielfo quien se acercó a ella y le apartó lentamente un mechón rebelde de la cara.

- Está en la naturaleza de la belleza ser peligrosa.

- Entonces, -Astrid le miró a los ojos fijamente. Felina y desafiante no se apartó. -, estaremos preparados.

- Yo siempre. Y si este peligro conmigo acaba sea bienvenido mi final, pues no imagino conclusión más digna para este bardo.

- Esperemos que no muráis antes de tiempo. Quizás sobre el escenario ¿Verdad?

- Si es a vuestro lado parando la daga a vos destinada de la que una vez hablabais...

- ¿Estáis dandoos cuenta que lleváis rato incumpliendo nuestro acuerdo?

- No lo creo. No hay halagos. Son palabra que podéis dar por ciertas.

- Cierto es que casi os he obligado...

- Ha sido un dulce mandato.

Y así muy cerca el uno del otro. El duelo continuaba por ver quien antes se rendía al adversario. Un duelo de orgullo de bardos. Un juego de hombre y mujer, por ver si era el semielfo quien se lanzaba a ahogarse en el mar de la piel de ella, o era la mujer quien sucumbía a las palabras de Onofer. Palabras, que aunque prohibidas, las vertía sutil en los oídos de ella como un veneno dulce, gota a gota, buscando hacerla adicta a sus encantos.

- ¿Os gusta viajar Onofer?

- Claro.

- A mí también.

-¿Me acompañaríais a un viajes entonces? Quizás sea peligroso.

- A donde digáis.

- Entonces nos encontraremos en unas jornadas, Onofer.

Cuando se giró para marcharse en un movimiento ágil, alargó la mano y hábilmente deshizo de nuevo la lazada soltando el pelo rubio del bardo.

- Jugáis con fuego.

Astrid con la cinta en la mano se plantó antes él y sopló en su cara.

- Soy aire, Onofer. Aire.

- Sois aire que quema y mar que todo lo anega.

Astrid lo miró y comenzó a recitar unos versos.

- Poeta que caminos inciertos recorres
cuídate de los vientos
que entre los riscos rompen
y si te alcanzasen
corre,
cuenta
y vuela con ellos.

La barda acabó el poema con una grácil y elegante reverencia. Onofer solo pudo preguntarse si sería consciente de que ella ya había ganado.
 

Tuliosoyyo

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Derrota​
I​
Astrid salió de la Jarra Adamantina caminando despacio hacia el puerto de la capital, tardó demasiado en llegar debido a la situación del país y eso dio tiempo a que los músculos se relajasen. El dolor provocado por su propia imprudencia estaba aflorando, no fue buena idea retirar el corsé de cuero repujado ricamente. La protegía. Buscando una reacción que no iba a llegar en ese instante, buscando provocar que él rompiese las reglas que ella misma pudo haber roto .

Para cuando el barco amarró en Crimmor, cada paso que daba camino a su refugio eterno se había convertido en un suplicio, no por el daño causado en los tres combates con Onofer sino porque su cabeza no dejaba de procesar cada cosa, cada detalle que había sucedido en esos casi seis meses.

Entró por el teatro, no creía poder llegar caminando hasta el final de la calle, si caía , al menos los suyos la resguardarían. Subió hasta la sala de las reliquias y quedó un rato frente al espejo de Sune,… entonces lo entendió todo. Entendió que los dioses terminan por cobrarse cada afrenta y ésta no iba a ser menos, pasó la lengua por la herida del labio superior, le ardía tanto como el sabor de los labios del bardo fundidos con los suyos, apoyó la espalda en la columna de piedra rosada y se dejó caer hasta el suelo. Empezó a reír a carcajadas y de repente, la risa se quebró en llanto ahogándose entre lágrimas de derrota.

Ahora... ahora lo entendía todo. Ahora sabía que empezaba a pagar por las afrentas al amor bello y puro de Made y Anhol. Ahora, supo que empezaba a pagar por abandonar el amor a Theros por orgullo y no porque no pudiese ser… ahora, había hecho creer al bardo que ella había ganado cuando sabía desde que recibió la segunda visita en sueños, que estaba vencida.

Entre el llanto desgarrado, recorrió cada momento desde que, en maldita hora, pidió una sátira a ese desconocido sunita, uno de tantos que tan vacíos y etéreos le parecían…

-¿Por qué no pagaste ese beso? ¿Por que dejaste empezar esto? ¿Por qué no lo tomaste en el Verdor?

Ahogándose en llanto , en silencio , buscando no ser descubierta se hizo mil veces esas preguntas, pero no podía regresar atrás el tiempo y cambiar lo ya pasado.

Recordó vivamente la imagen del bardo acudir a su sueño, con la melena suelta, libre como era ella, recordó su frente, recordó los ojos , recordó sus labios y recordó el torso desnudo del semielfo, y volvió a arrancar la furia desde dentro, arrojando de una patada uno de los cajones de atrezo, aún sumó más daño por esto a su cuerpo.


-¿Por qué no pudiste aceptar que te había excitado verle? ¿Por qué te resultó mejor rechazar la sola idea de reconocer que un mestizo te estaba revolviendo el mundo?

Desde ese momento, sabía que había perdido. Se sabía derrotada pero de nuevo, el mismo orgullo que la hizo dejar ir a Theros años antes, era mucho más fuerte que ella y sus sentimientos.

No pudo dormir llena de placidez desde ese día y hasta enfrentarse a su presencia en Minsor.

Astrid le estaba poniendo unas condiciones que esperaba que el bardo rechazase, y fue cruel, todo cuanto pudo... porque a la par , estaba coqueteando abiertamente con él. Volvió a arrancar en lágrimas y sin aviso la fiebre empezó a manifestarse, hacia tanto que no estaba enferma que ya no reconocía los síntomas, llevaba días sin apenas probar bocado, las lluvias casuales y los Humedales habían hecho el resto. Empezó a tiritar primero, con su imagen reflejada en el espejo de Sune diciéndole No.

Astrid a pesar de ser una mujer sana no estaba libre de las pulmonías y aquella parecía estar aguardándola largo tiempo. Comenzó a delirar entrando en la inconsciencia.

Uno de los sacerdotes de Milil, la encontró en ese estado en la sala de reliquias, repetía una y otra vez “cuatro días, ni uno más” , con esas mimbres sus compañeras de la Eterna la recibieron, retiraron sus ropas y negando tomaron una escudilla con agua limpia para tratar las heridas y bajar la fiebre.

-Por todos los dioses Astrid- dijo Made atribulada- ¿qué has hecho? ¿qué son estas heridas? ¿Qué has hecho, marinera ?

La trovadora no podía contestarle, estaba luchando contra sus propios tormentos, limpiaron las heridas e hicieron ceder la fiebre y por fin, meterla en el lecho, una vela de sueño la obligó a dormir sin cargo en la conciencia.


Al alba del segundo día, la fiebre había pasado pero no el dolor. Se incorporó y tomó un desayuno casi por obligación y volvió a analizar cada detalle, con ahora sí, más perspectiva. Había pasado dos días de cuatro.




Recordó como antes de ir hacia los Humedales, furtivamente antes del amanecer, entregó en la Jarra Adamantina varios pergaminos lacrados con su sello personal, eran, antes de capitular...una declaración de intenciones.


Hay una cuestión que no atiende a razón
Y no es otra que cuanto puedo jugar yo.
Vos y yo, tenemos unos dados
Vos y yo, sabemos que quizá estén trucados
Vos y yo, intuimos que los hemos cambiado.
​

El primer pergamino hablaba de la marcha del reloj... el tiempo que duraría el juego, que ese tiempo residía en los movimientos que ambos hiciesen, de cada paso dado. Sabía que estaba haciendo trampas al semielfo y él se confesó tramposo si la razón lo justificaba. Igualdad de condiciones que detestaba.


El segundo de los pergaminos era una confesión a voces que el trovador no había sabido leer

Os dejé tirar primero
Empezasteis vos este juego
Quisisteis poner la marca
De claro vencedor
Pero… dejadme deciros…
Que juego mejor que vos

Llegó mi turno y lancé los dados
Buena tirada, os tenía en mis manos
Pensaba ya olvidaros​
​


Ella aceptó el precio de la burla a Anhol, una cita en la Jarra Adamantina seis meses atrás, cuando él le pidió un beso por un poema, acostumbrado a tenerlo y añadir otro nombre a una lista de conquistas. Astrid jugó y lo hizo como nadie . Onofer perdió la ventaja de la sorpresa pero no por ello pareció cerrar ese capítulo, la trovadora lo vio y sabiéndose borracha de éxito , volvió a su vida, para olvidarse del bardo.

Pero no la dejó olvidarlo, se coló en sus sueños una vez, y lo volvió a hacer obligándola a tenerlo muy presente.


Agité mis dados, arrojándolos
De nuevo, buena jugada
jugar con fuego avivando las brasas
Es turno vuestro, mi buen oponente
Habéis ganado mis atenciones
Casi de manera permanente
​

Lo que provocó ver de nuevo al bardo en sus sueños, estaba claro. Significaba que querría ver más, mucho más … la trastocó . Pero no acabó con la situación, quiso regodearse, mostrarse como la mujer que era, ardiente, directa y sabedora de lo que pasa cuando se apuesta fuerte. Y en Minsor entre coqueteos y miradas furtivas le planteó las normas que aceptó
Vuelven los dados a mis manos
Tiro, y de repente
me hallo proclamando que me gustáis…
​

Y sin embargo, todo continuó igual , la trovadora guardó el ultimo pergamino para asestarle la ultima estocada pero el destino tenía otra cosa reservada.

Se encontraron y como parte de conocerse se dirigieron al coliseo de Agujas de Oro, no podía haber más tensión, más deseo, más ganas ni más orgullo. Astrid le enseñó parte de lo que sabía, le dijo qué debía hacer, le recomendó jugar sucio ...ella lo hizo retirándose el corpiño de cuero, sacando la blusa de la cintura y desabrochando tantos botones como pudo para distraer a Onofer. Se dejó ganar para ver si el bardo sacaba la garra que la dejaría partida en dos, pero no lo hizo. Volvieron al combate y el paró antes de que ella se dejase ganar de nuevo, no quiso verla derrotada.

Astrid vio debilidad, vio que quizá no sabría darle lo que ella iba a pedirle pero siguió en juego acumulando heridas, golpes , quemaduras y laceraciones por la magia y las armas. El siguiente combate lo concluyó ella, le ayudó a levantar y rodeándolo de un hechizo de oscuridad le besó en la mejilla diciendo que lo había hecho bien; que había combatido bien.

Y fue , cuando se dirigieron a la Jarra Adamantina con las espectadoras de los combates, Acala y Gabriela...
 

Tuliosoyyo

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Derrota
II
​

Entraron los cuatro hacia los salones de la Jarra Adamantina donde tras un corto espacio de tiempo las acompañantes dejaron a un lado el papel de carabinas. No había ningún virgo que mantener intacto por otra parte.


Una vez se marcharon ambas, el semielfo se sentó junto a la barda, mirándose ambos sin más barreras que las que imaginasen.

Empezó Astrid a hablar. En un tono calmo, dulce y sin embargo firme mientras Onofer ya la miraba.

- Han decidido ir las dos a atender sus quehaceres ,de repente… vaya - Astrid ya había tomado posición subiendo las piernas colocadas como si necesitase que las barreras existiesen físicamente a la par que en la imaginación, estaba harta de contenerse pero no iba a conceder ni una cesión más al bardo
-Son dos mujeres ocupadas – añadió el bardo
- Tal parece, así es- respondió escueta buscando quizá poder sacar lo que estaba agolpándose en su cabeza, de repente su voz le parecía mucho más viril, el corazón empezó a galopar por su cuenta rompiendo en cada latido en la garganta

-Hoy no me habéis preguntado nada, solo que si soy diestro ¿Perdéis interés?

-Tampoco me has preguntado nada, Onofer
– La trovadora había decidido unilateralmente tutearle, él no lo hacía- ...y no, no lo pierdo pero dime...-Astrid retiró las barreras, dejándo caer las piernas a los lados del diván mientras las manos reposaban en el regazo- ¿Cuando voy a dejar de darte miedo?

El bardo rio y respondió, por supuesto, siempre lo hacía

-No me dáis miedo, solo respeto

La trovadora reiteró la pregunta para obtener la misma respuesta

-No obstante, no has seguido combatiendo y la finalidad era clara ... lograr que te protegieses a ti mismo- Astrid notó un extraño pinchazo en el costado aunque no le dio más importancia, continuó esperando cada una de las palabras de Onofer.

-Me pareció que el combate había acabado y no quería veros...- le interrumpió

-¿Verme como, Onofer? -Las pupilas se dilataban mientras que las aletas nasales palpitaban al respirar

- No quería veros tirada por los suelos, había público y el combate lo dejasteis ganar, no había ningún motivo para humillaros

- ¿Y qué de malo hay en verme en el suelo si puedo levantarme al instante? ¿Y por qué extraña razón crees que eso me importa?

-Me importaba a mi haciéndoos caer al suelo-
dijo él

-¿De veras? ¿Crees que con una derrota pública, una caída ...alguien podría humillarme? No, no tiene que importarte Onofer ¡Tienes que sacar la garra que se que contienes! - Era más que una petición una súplica, suplicaba a cada instante para otorgarse una razón para no irse.

- Posiblemente no, pero si está en mi mano evitarlo …¿sacarla con vos en la arena? Hay muy poco que ver de Onofer en la arena


-En la arena y fuera de ella… sabes Onofer… - Ahora su tono era entrecortado, cerca de la pesadumbre – Habría bastado que al tender mi mano para ayudar a levantarte hubieses tirado de ella hacia a ti, y que me hubieses impedido levantarme .


-El combate estaba ganado y no me interesaba continuar – dijo mientras la miraba a los ojos. Ella estaba tan cerca que creyó notar el aroma dulce de las almendras en su aliento mientras la sangre seguía rompiendo como las olas en las sienes

-Onofer, necesitas los anteojos más que yo… ¿Que combate ni que combate? - contestó manteniendo su mirada.

-Me besasteis en la arena, en la oscuridad… pero fue un beso de hermano

-Y ni con esas...
- Astrid se apoyó en los muslos para levantarse y desaparecer. Sin fuerza alguna ya de plantear batalla

-Astrid –
La nombró por primera vez, ella le miró esperando que añadiese cualquier coletilla de las que solía usar y que tanto empezaban a molestarle – aquí mismo me negasteis un beso y desde entonces os tengo en mente, indeleble, perenne..

Ella intervino repitiendo una vez más que no le interesaba lo que le ofrecía, él continuó ignorando lo que ella dijese.

-Jugáis conmigo, decís que hasta que yo quiera… puede que ya no quiera…que desee romper las reglas, puede que hayáis vencido. Puede que os robe ese beso que no me fue entregado

Astrid se había levantado ya, él también y mientras le hablaba se fue acercando más, mucho más… hasta que pudo sentir su aliento al respirar frente a ella , la tomó por el talle acercándola hasta él. Perdió la cuenta de las veces que le había maldecido ya desde la llegada a la Jarra ese día.

-Puede, puede… puede – repetía ella como una cantinela , mientras Onofer seguía cada vez más y mas cerca de ella y el aroma a almendras se había tornado aroma a mar y sus ojos no se apartaban ya de su boca y en definitiva, estaba a punto de morir allí mismo como tantas veces había interpretado sobre el escenario con la salvedad de que ahora no había guión ni había libreto.

-No quiero vuestros besos en la mejilla, si me habéis de besar que sean besos de mujer enamorada...

¿Quién quiere besos en la mejilla ? Le gritó en su cabeza aunque sin embargo Onofer escuchó otra cosa, escuchó que no iba a besarle en un tablero de juegos ... de su juego y el juego había acabado. Perdió de vista sus brazos , sus manos. No sabía donde estaban, si reposando en el estoque o deshaciendo la lazada que le recogía el cabello o simplemente rodeando su cuello

-Descuidad...- contestó sin soltarla ni separarse de ella- sea, acabemos

-Y ahora...empieza la realidad – Astrid se preguntaba como estaría sintiéndose él, si habría escuchado cada latido escandaloso en su pecho o si había visto la respiración cada vez más profunda y acelerada .

Onofer le quitó el sombrero y la besó, un beso largo, intenso y apasionado que ella no rechazó se lo devolvió tan largo, tan intenso y apasionado que cualquiera podría haber visto una sola boca, unos únicos labios , se deleitó en cada segundo hasta que escucho la voz del semielfo


-Se acabaron los juegos Astrid– ella asintió de acuerdo- os amo , os amo desde que salisteis por esa puerta en nuestra cita, ¡antes incluso! , os amo y lo sabéis porque son cosas que una mujer como vos sabe. Esas letras ardiendo en la chimenea prendieron mi alma, - Astrid le maldijo en su cabeza a gritos de nuevo por haber parado mas ella continuó hablando a su vez.

-Onofer, voy a hacerte una pregunta...- se interrumpió para añadir que esas letras clamaban venganza , después continuo. - ¿Qué Onofer es el que dice que me ama? ¿El sunita que se enamora cada día ?¿O quién?

-¿Os estáis vengando , Astrid? Solo hay un Onofer, este que os ama… ¿Y vos, que queréis
de mi?


-Yo lo quiero todo, sin artificio, sin florecillas ni mariposas que me rodeen- Esa afirmación estaba llena de preguntas, en realidad, todas ellas eran una sola pregunta.
-Y todo me tenéis, me sabéis en vuestras manos, sabéis que os amo y no solo porque os lo he confesado, lo sabéis como solo una mujer sabe esas cosas, os doy mi lealtad

Onofer sabía a qué se refería , asintió y preguntó qué quería saber de ella pero Astrid no tenía fuerza para enfrentarse a esas mimbres , le dolía el cuerpo, le dolía la mente y le dolía el orgullo. Notaba como mermaba su capacidad de razonar, necesitaba no romperse más el alma y no mostrarse tan débil como se sabía ahora, lo maldijo una vez más. La trovadora quiso regresar a Crimmor, a su refugio eterno, con los suyos y guardar duelo por ella misma ¿Y Onofer? ¿Sabría como había puesto una vida, su vida, patas arriba?

Astrid otorgó en un último arrebato de amor propio cuatro días al bardo, Cuatro para pensar cada respuesta a cada pregunta que ella le haría. El semielfo decidió asestarle una dosis de realidad. Estaba huyendo ya hacia Crimmor.


-Astrid, lo que no sabéis es porque no lo habéis querido preguntar ¿acaso os dan miedo las respuestas?

-No – mintió. Quizá de forma creíble o quizá no – ningún miedo, tan solo esperaba no tener que obligarte a hacer lo que acabas de hacer – suspiró

- Y esperad… tengo derecho a una pregunta, una simple… basta con un sí o un no
¿Me amáis? Es sencilla –
Preguntó tan directo como ella había sido en todo momento , la trovadora alzó una ceja sosteniendo la mirada, porque él, no dejaba de mirarla sin piedad y sin dejarla recuperar el resuello.

Y respondió , respondió sintiéndose ínfima, sin entender porque le estaba haciendo pasar por esta situación ¿ acaso ella lo había hecho sentir como ella ahora? ¿Qué clase de monstruo era? La cabeza iba a reventar, los oídos le dolían a rabiar, tenía frío, quería volver a casa, quería refugiarse entre sus secretos

¿Dudáis? Entonces , habéis ganado porque yo ya me he entregado


- No-
dijo rauda - dejame disfrutar del deseo, el amor es demasiado poco…

-De mi deseo vais colmada, y de mi amor también , cuanto queráis tomar… jamás podréis con todo lo que os puedo dar- Vio la tristeza en los ojos de él , era la primera vez que veía sus ojos tristes.

-¿Estáis apostando de nuevo? - Ni siquiera ella habría sido tan cruel, pero lo que estaba fraguándose en su cuerpo hacia rato que la había poseído.

-No, no hay apuesta, es realidad y el amar es ilimitado

-Cuatro días , Onofer – le recordó mientras avanzaba a la puerta, él la acompañaba y una vez más, la tomó acercándola para besarla como solo besa alguien que ama y fue besado como quien en verdad , también.

Emprendió travesía a Crimmor, con cada palabra golpeando su cabeza, mezclándose unas con otras. El barco atracó en puerto . Estaba en casa, necesitaba estar en casa.

Despertó dos días después, cuando la fiebre le dio una tregua aunque a sus tribulaciones ahora, se unía la preocupación por la situación política. Se asomó a la ventana para ver como las tropas con estandarte de la familia Esprimellantos tomaba posesiones.










 

abisail

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Esta vez entraba solo pero esperaba encontrarla a ella. Algunas veces ocurre que los lugares quedan unidos a una persona. En este caso el teatro lo estaba a Astrid. Si no la hubiera tenido presente en su memoria desde que embarcó a Crimmor, inevitablemente el lugar le hubiera evocado a ella.

Aprendices de bardo y novicios de Sune, Milil y Laira, de todo género, raza y edad se afanaban en diferentes tareas dispersos por el edificio. A todos saludó cortés Onofer a su paso y todos le devolvieron el saludo a la vez que le seguían con la mirada. Pensó que sería por que estrenaba atuendo. Un elegante traje a la medida cosido por el maestro Valak, el sastre recomendado por la excéntrica Talivia Ha’valen. Por si mismo era una obra de arte. Deseaba agradar a la mujer. Unas ropas no cambiarían la respuesta a la pregunta de si le amaba del no al sí, pero Lurue le había enseñado a no perder nunca la esperanza.

Se aferraba a una verdad: ella le había besado. Conocía lo suficiente a las mujeres para saber cuando una se entregaba sin reservas. Para notar cuando en un beso no había engaño. Sabía cuando una amante se abandonaba en sus brazos. Y pudo ver, aunque solo fuera unos segundos el corazón de Astrid. Entre nubarrones de altanería, de reproche, hasta de rabia... pudo ver que se entregaba, tan sedienta de sus labios, como él de abrazar su cuerpo magullado en la arena.

La encontró sentada tras la estatua Sune, casi oculta entre las rosas que adornaban a la diosa. Con su inseparable sombrero. blusón de organza blanca, pantalón negro y justillo de cuero repujado. A su ladó una sencilla cajita de madera y un tazón humeante que por el olor era alguna tisana. Estaba algo pálida, aunque a ojos del bardo su belleza no había menguado. Onofer refrenó el impulso de ir hacia ella. De besarla y estrecharla en sus brazos. Pero se contuvo. A fin de cuentas Astrid le había dicho que no le amaba...Y sin embargo allí estaba cuatro días después. En busca de los versos finales de un poema que ella había escrito para él. En busca de la conclusión de un poema inacabado.

- Buen día... Ven. Siéntate conmigo.

La mujer tosió aún convaleciente de las fiebres de los Humedales.

- Astrid...

Una voz desde alguna parte se escuchó, aumentada por la acústica del teatro.

- Mira este debe ser el de los «cuatro días». Seguro. Espera... Espera a ver que pasa...

Él arrugó el ceño y Astrid puso cara de fastidio.

- Antes que nada Onofer quiero reclamar lo que es mío. Quiero el poema que quemaste en La Jarra Adamantina pero que seguro guardas en la memoria.

- Es lo último que me queda... ¿Exigís rendición incondicional con entrega de armas y bagajes?

El bardo sonrió con amargura. Resignado y prisionero de ella. No había motivo para más resistencia...Ni fuerzas.

- Sea... Dos eran las estrofas que quemé y cinco las que os entrego, pues en este tiempo no han cesado de sangrar por versos de mi alma. Todos son vuestros.

Poema A Astrid:
Eres melodía hermosa.
Eres música admirable.
Eres pluma y eres sable.
Eres tú la eterna rosa.

Eres gracia que se posa
como artista formidable.
Eres marina adorable.
Eres verso y eres prosa.

Eres cierva montaraz
a la vez tierna y bravía.
Voz anhelada de día
de noche dulce solaz.

Eres causa de suspiro
por tu beso contenido,
el que pudiera haber sido
de estrofa y mujer que admiro.

Eres beso que será.
Serás gloria venidera.
Serás pasión verdadera
y tu piel será mi mar.

Astrid escuchó en silencio.

Las comadres por el foso del teatro se oyeron de nuevo.

- ¡Qué bonitos versos!

- ¿Dice algo ella?... No la veo... ¿La ves tú?

- ¡Astrid! ¡Tapaos con la manta! ¡No os enfriéis!


El semielfo se levantó, se quitó su gabán y lo colocó cubriendo las piernas de ella. Astrid le sonrió agradecida cogiendo el abrigo y subiéndolo hasta su cintura. Sin soltarlo. Quizás en un gesto inconsciente de aferrarse a algo de él.

- También vos me debéis unos versos. He venido a escucharlos. Quiero saber el final de vuestro poema. El final de vuestro juego.

Astrid cerró los ojos un momento. Era una petición no por esperada menos dolorosa. El semielfo había aparecido en su vida de la nada y sorteándolo todo había llegado hasta allí. Hasta ese momento. Y le reclamaba unos versos que no eran otra cosa que la puerta a su alma. Ya no quería negarlo y lo peor, aunque quisiera, tampoco podría hacerlo. Ella tampoco tenía fuerzas. Abrió la sencilla caja de madera llena de baratijas y abalorios, y sacó un pergamino. Inspiró tan profundo como le fue posible y recitó la última de las estrofas mientras le miraba, acompañando los versos con gestos de su mano, dibujando las imágenes en un lienzo invisible.

Onofer que tenía el poema memorizado escuchó los últimos versos con avidez mal disimulada.

Tiráis entonces vos,
no hay claro vencedor
y es cuando os digo
tras lanzar los dados por última vez
que me hagáis… desearos.
Vuestro turno llega.
Los dados no avanzan ganador,
pero miradme…
ya escribo poemas para vos.
​

Hubo unos largos segundos de silencio.

- Onofer me preguntaste si te amaba. No lo sé... pero en cada uno de esos pergaminos estaba reconociendo mi derrota. No he ganado. De hecho sabía que había perdido desde tu segunda visita a mi sueños. Maldito seas... - en su voz no había rabia, ni pesar. Solo la vulnerabilidad de quien se muestra como es-. No pude conciliar el sueño. Desde aquella noche no he vuelto a poder conciliarlo como antes, y tú eres el único culpable. ¿Por qué no rompiste las reglas? ¿Por qué no renunciaste a este juego? Bien es cierto que yo lo podría haber hecho pero...¿Cómo reconocer que me estaba enamorando de alguien igual a mí, y sin embargo tan distinto a los hombres que siempre he tomado? Enamorada de un sunita en definitiva. Y ha tenido que ser la fiebre, el dolor de verme derrotada, el deseo... quienes hayan vencido mi orgullo. ¿Es amor? Qué sé yo… Si no es amor... no sé qué puede ser...

Apartó la vista hacia las gradas del teatro. Suspiró aliviada como si se hubiera quitado una losa de encima, un peso que la lastraba desde meses. Él no le decía nada solo la miraba. Hasta que al final notó su mano leve en la barbilla girando su cara para encontrarse con la de él... con sus labios. Fue un beso dulce, suave, como el de una reconcialización tras un largo desencuentro.

Tras besarse apartaron sus rostros con una leve sonrisa.

- Sune me ha castigado.

- No, Astrid. Al contrario. Sune te ha bendecido con un amor correspondido. No puedes serle más grata a la diosa.

-¿Y quién me corresponde? ¿el sunita que ama a otras o solo Onofer

- No te lo niego, amo a otras. Pero el amor a ellas no supone ni un ápice de menos al que tengo por ti. Lo sé por que así lo siento, porque el amor de verdad es generoso. No posee ni encadena. No hay que ser sunita para saberlo, solo pararse a sentirlo.

- Onofer, yo no quiero atar ni ser atada.

- Ni yo tenerte como una posesión , ni serlo tuya.

- ¿La ha vuelto a besar?

- Calla, que no veo... Están detrás de las flores...

- Son muy apuestos ¿verdad? ¡Qué buena pareja hacen!


- ¿No hay un lugar un poco más discreto? No quiero que esto sea un escándalo.

- Creo que será lo mejor.

- ¡Oh! Qué dicen que se van.

- ¡No...! Que se queden.


Le ayudó a incorporarse. Ella ya no soltó su mano y le condujo decidida hacia la puerta de la Eterna Melodía. Apartando el cortinaje entraron por el camerino.

- Espera...

Onofer cerró tras él y la empujó contra la pared, besándose está vez con urgencia. Ahora sí, intentando recuperar el tiempo, esos meses pasados jugando.

- ¿Me mostrarás tus aposentos?

- Aquí no los hay, ¿pero acaso importa el sitio?

- Realmente no.

Ella empujó el biombo hacia la ventana de una patada. El sombrero voló y se desprendió rápida del peto de cordobán, a la vez que el bardo se descordaba el jubón y lo tiraba lejos. Allí estaban. Él como en los sueños que le envió a ella, con los cabellos rubios sueltos y el torso lampiño desnudo. Mestizo de sangre elfa y sin embargo haciéndole arder por dentro. El deseo de él era para un cuerpo de mujer vestido con una abierta blusa blanca. Un deseo cubierto de fina tela de organza pegada a unos pechos que sin el justillo de cuero ya dejaba poco a la imaginación. No había gacela asustada, ni pantera al acecho. Solo la mujer. Astrid. Onofer la besó de nuevo alzándola en vilo. El pudoroso biombo en la ventana impidió que las comadres vieran nada. Algunas cuentan que notaron un céfiro ardiente entrar en el sagrado teatro. Una corriente con aromas a naranja, jazmín y canela, a limón y hierba fresca. Una brisa caprichosa que se arremolinó besando el mármol de la estatua de Sune jugando entre las rosas, bailando entre pétalos y espinas, mientras adentro dos amantes por fin se encontraban.

//Fundido en negro.



¿FIN?​
 

Tuliosoyyo

Barril de Khaof
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La Eterna Rosa Tatuada​


A veces sucede que la ira se apodera del alma, y el miedo fluye porque es libre, siempre lo ha sido y en mi persona ira y miedo siempre hubo que procurar que guardasen distancia. Mas en el tiempo en que la cerrazón se convierte en impostada certeza, el sordo grita para hacerse escuchar por sobre todos y el que nunca calla, lo hace por no romperse desde las propias vísceras... conviene dejar miedo, ira y dolor escapar donde el daño no sea irreversible.

Nunca fui perfecta a mis propios ojos, eso lo supe desde que levanté tres pies por encima de la superficie y sin embargo logré ocultarme con un vestido de ironía, y una máscara de osadía. Toda afección debía volver a su ser. Aplacarse. Aplacarse y naturalizar cada paso que diese aunque eso supusiera perderme en el mismísimo abismo …

Corría el año 1494 CV . Amn había entrado una vez más en la infinita disputa con Thezyr y el caos se había terminado por apoderar de unas de las más prósperas ciudades del país, Crimmor. La ciudad por donde todas las caravanas del continente pasan al menos una vez permaneció en calma todo lo que fue posible, pero bien sabíamos los vecinos que estábamos luchando por que no se perdiese en sí misma y con nuestra gente que tarde o temprano, se acabaría yendo al traste y con ella, muchos de nosotros.

Aun cuando el sordo escuchaba al que nunca callaba sentí, por añadidura, que debía partir para que la ira y el miedo no se fundiesen en uno, para que mis manos, al menos en aquel momento no se manchasen de lo que ya era mi propia sangre, porque la única culpable era yo… , nunca fui perfecta y tenía suficientes sombras para que la luz no me cegase.

El día en que ver me hizo sentir que se mezclaban ambos sentimientos, el corazón galopaba ya fuera de mi pecho y en mi garganta se formó un grito silencioso. Giré sobre mis talones tras con una sonrisa amable entregar lo que no quería y cerré la puerta principal de la sede de La Eterna Melodía, vi suficiente para notar como me empezaba hervir la sangre y como desde la más siniestra de mis manos, la derecha, empezaba a tomar forma una canción maldita y de inmediato, a la ira y al miedo se sumó el dolor que acabaría por componer una endecha. Caminé sin volver la vista atrás por entre las rojas alfombras del magnífico recibidor y las vitrinas llenas de historias formaban un pasillo de sables a mi paso. Para mis adentros repetí constantemente que no mirase atrás, por mi bien. Cambié de atuendo y salí rauda por la puerta del Teatro, la que daba al escenario, la que me mostraba aquella estatua que siempre parecía querer reírse de mi, recordándome que la única responsable de mi situación era yo misma. Caminé por entre las calles de la ciudad hasta llegar al puerto y a pesar de no ser el mejor momento, embarque hacia la capital y desde su muelle, llegué hasta el comienzo de las cumbres nevadas. Si el frio no me aplacaba, lo haría la sangre de las criaturas que lo poblaban, necesitaba ser la zorra que cazaba cada presa, la mujer fría e impasible que buscaba venganza, la que lograba aplacar así la ira y eso no podía hacerlo donde residía y cada noche dormía, debía ser lejos y estaba claro que la sangre debía mojar mis manos y salpicar mi cara.


Inspiré el aire frío. Estaba cayendo una fina nevada que me supo a manjar, ocultándome entre los árboles comencé el ascenso acechando a unas criaturas que estaban a caballo entre un kobold vulgar y una cría de dragón, desde el aire caían en picado en grupos y cuando maté al primero toda yo sentí lo que hacia tiempo no sentía, lo que no sentí desde que en la Guerra contra los Thincalli mientras cara a cara luchaba con la muerte esquivándola. Era como era, y nunca el oro iba a poder quitarme la parte salvaje. La magia empezó a brotar como siempre hacía, desde mi propio corazón, en forma de melodías que me llevaron a la exaltación de mis sentidos. Seguí ascendiendo por el sendero hacia la cumbre y oleadas de seres alados iban sembrando el níveo camino de muerte .

El cansancio apenas podía notarlo aunque estaba presente cuando una fuerte ventisca me obligó a buscar refugio en el campamento bárbaro, desanduve el ascenso y antes de que arreciase, crucé la empalizada del poblado bárbaro, ese que tantas veces visité antes. Era de rigor hacer una parada en la choza del anciano chamán, necesitaba hablar con alguien que entendiese mi otro yo , alguien a quien contar lo que se ha de contar para no ser una alimaña.

Le conté sobre lo que comenzó hacía ya casi un año, la situación, mis cambios y lo que me había hecho salir de Crimmor

- Sois un hombre sabio. Un hombre sabio y conocedor de la magia ancestral de vuestro pueblo… decidme como puedo evitar el miedo, decidme como podría evitar la ira, decidme por sobre todo, como puedo esquivar tanto dolor como siento sabiendo lo que puedo llegar a hacer si todo se une

-Piensa qué te lleva al miedo, piensa que atrae tu ira y entiende, que el dolor a veces es inevitable… niña

-Borrad su recuerdo. Arrancad su recuerdo de mi memoria con vuestra magia porque si alguna vez le hiciera daño merecería la muerte viviendo eternamente mi pena ¿Acaso no es cierto que es posible? Os lo suplico...

-¡Niña tonta … lo verdadero a veces duele, pero más dolor causa el no sentirlo nunca!

Enfadado casi me echó de su choza a empujones aunque en un instante, tomo mi mano derecha y empezó a contarme una de sus viejas historias, una tan vieja que se perdía en el tiempo y mientras lo hacía... plañía protegida por las paredes hechas a base de troncos de las cumbres y mientras me deshacía del miedo, desaparecía la ira y mientras la ira marchaba mi dolor menguaba hasta hacerlo sostenible y saludable. Una rosa de pequeños pétalos emergió en la palma de mi mano salpicado su tallo de afiladas espinas para recordarme que lo hermoso a veces pincha con sus espinas pero no se entendería una sin las otras.

Dormí el resto de la noche junto al fuego, arropada por la piel de un oso que me transportaba a otros momentos más gratos y al alba emprendí camino de regreso. Hacia una deckana que había marchado sin despedirme, usé mi conocimiento de la magia para viajar hasta Purskull, sabía donde debía ir.

Abrí la puerta del Grano Maduro, eché un vistazo en derredor mientras retiraba mis guantes de fina piel negra. Allí estaba , levantándose y regalándome una de sus sonrisas.
 

abisail

Restos de un PJ de Aharadad
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EN PURSKULL​

Cuando marcharon los enanos se acercó a la orilla del Alandor. Miró sus aguas dirigirse mansas hacia Athkatla. Nunca antes sintió tan lejana la ciudad, y nunca antes se sintió tan en mitad de ninguna parte. Tuvo el impulso de tomar un barco y marchar río abajo. Allí encontraría consuelo, fuera el que fuera.

Astrid estaba dolida y deseaba sanar su herida, pero no lo hizo. En parte porque la causa de daño difícilmente puede curar lo que debe sanar el tiempo, en parte por cobardía.

Hacía una semana que se había ido sin despedirse.

Ahora la esperaba con incertidumbre en El Grano Maduro. Curiosamente aquella taberna ruidosa con olor a cocina y voces ásperas de granjeros semiorcos, era el lugar que habían hecho suyo. Se había convertido en su lugar discreto de encuentros lejos de Crimmor. Un lugar que antes no había sido de ninguno y que por eso habían hecho suyo de forma natural.

La puerta se abrió y se dibujó a contraluz una inconfundible silueta femenina con estoque al cinto y sombrero. Astrid se adentró dos pasos en la taberna sabiéndose el centro de todas las miradas. Se detuvo ojeando alrededor mientras se quitaba los guantes de fino cuero negro. Onofer se levantó sonriente y la invitó a sentarse. Ella le devolvió el gesto y se dirigió hacia la mesa donde la esperaba una botella del mejor ron. Cuando llegó a su lado le regaló su teatrera y burlona reverencia.

- Lord Onofer...

- Astrid...

- ¿Ron? Al fin bebes algo que merece la pena.

- Es para ti.

- ¿Entera?

- Bebe lo que gustes...Es de Brinnley ¿Tienes hambre?

- Pues sí, tengo hambre... Un plato de lo que sea estaría bien.

Onofer dio una voz hacia la barra.

- ¡Ingel! Podéis sacar el pescado.

Tras sentarse la bardo se sirvió con generosidad ron mientras traían las truchas horneadas para ambos. Cuando las sirvieron ella se puso a comer sin más miramientos. Onofer, dubitativo optó por ir directo al grano.

- Temí que su aparición hubiera removido algo en tus sentimientos.

- Me moría de hambre...¿sabes? El camino siempre me despierta el apetito...- tomó un trozo de trucha y se lo llevó a la boca saboreando, aparentemente más atenta al plato que a la conversación - ¿Mis sentimientos?... Siguen intactos.

- Como los míos.

- ¿Por qué has pensado que cambiarían?

- He visto a personas que amaban mutar su comprensión inicial en odio.

Astrid apartó la mirada del plato y la fijó en él durante unos largos segundos mientras jugueteaba con el tenedor haciendo equilibrios entre sus dedos.

- Eso es tan absurdo como suena y no me creo para nada una mujer absurda, más bien al contrario -Volvió su atención al pescado. - ¿No?

- Parece un sinsentido, pero lo cierto es que el amor es luz y a veces la luz ciega.

- Tengo suficientes sombras para que la luz no me ciegue.

Las palabras eran duras y algo se removió en el interior de Onofer al escucharlas. Su tono era tranquilo. Indiferente. Demasiado. Veía la misma mujer que antes de marchar, o eso necesitaba creer. Astrid dejó los cubiertos y ahora sí centró toda su atención en el bardo.

- Lo que yo sienta, lo que siento, es independiente de otras mujeres. Incluso independiente de lo que tú sientas por mí. Podría no ser correspondida, que seguiría amándote. Podría ser odiada, que seguiría queriéndote. Y no tengo ningún motivo para dirigir mi ¿odio? hacia ella. Cuando admití lo que me estaba pasando, y créeme que me costó, ya no había marcha atrás. No me arrepiento. Pero como te digo, lo que siento es independiente de tus sentimientos, porque es mío. Y todo lo que te confesé en su día sigue siendo válido hoy.

- En algo te equivocas.

- ¿En qué?

- No es «tu» amor. Es nuestro. Es compartido. y ahora no se entienden como son el uno sin el otro.

- Sí, pero hay una parte que es solo mía y seguiría existiendo eternamente. Onofer, te acepto como eres con todo lo que gira a tu alrededor. Te entiendo, por lo que yo misma sigo sintiendo por otro hombre, pero no pude evitar que el estómago me saltase como si fuese un caballo sin domar al verte junto a ella. Resulta que soy egoísta. Así que preferí cerrar la puerta y marchar.

- No eres egoísta. Al contrario, fuiste generosa.

- No... no lo fui

- Fuiste generosa conmigo. El amor verdadero lo es con el ser amado.

Astrid abrió lentamente la palma derecha, enseñándole una pequeña rosa tatuada con sus pequeñas pétalos y sus espinas. Él le tomó la mano con una sonrisa triste.

- Es bonita ¿verdad?

- Lo es. ¿Esta rosa con su belleza y sus espinas representa nuestro amor?

Ella asintió sin decir nada.

- ¿Tanto te duele, Astrid? ¿Tantas espinas?

- Empezó doliéndome... ¿A ti no?

- Sentí inquietud. Temor al rechazo... ¿pero dolor...? Solo cuando dijiste que no me amabas.

La mujer arrastró su taburete colocándose a su lado.

- ¿Has visto a alguien evitar un hechizo? Yo intenté evitarlo Onofer... Lo intenté con ahínco pero no pude.

El bardo le sonrió con ternura y tomando leve su barbilla la atrajo hacia si besándola. Un beso largo y sentido. Un beso de dos amantes que se hallan tras un desencuentro indeseado. Un beso para reafirmar un encantamiento mutuo.

- No quiero espinas entre nosotros, Astrid.

- Apliquemos el ojos que no ven, corazón que no se lamenta.

Él tomó su palma tatuada y la apoyó en su mejilla intentando absorber de su piel esa rosa, tomar para si el dolor de esas espinas que atormentaban a aquella mujer que amaba.

- ¿Qué ha pasado en mi ausencia?

- ¿De lo importante?

- Primero de lo importante, luego de lo demás.

- De lo importante todo sigue igual: te amo. Lo demás poco importa al lado de lo importante.

Una sonrisa afloró a los labios de ella al escuchar la confesión del semielfo. Hay verdades que aun sabidas gustan de ser recordadas de boca del otro.

- ¿No quieres saber que hice yo?

- Cuéntame.

- Fui a los Picos de las Nubes, a hablar con un chamán. Pasé una jornada completa con él. Hasta que finalmente me echó ¿Sabes por qué? Por preguntar si sería posible un hechizo para olvidar.

- ¿Qué quieres olvidar?

- No, ya no... Entendí que no.

Volvió a abrir la mano mostrando la rosa.

- Querías... - a Onofer se le quebró la voz- ¿Querías olvidarme?

La mujer asintió bajando la mirada vidriosa con una mezcla de tristeza y vergüenza.

- Pero no. No pude, porque te amo, y volvería a amarte una vez, y otra, y otra... Con dolor o sin él... Como fuese....

- ¿Tanto daño te hago? ¿Es acaso mi amor demasiado?

- No, nunca será demasiado... Y no es dolor, es amor lo que siento y el chamán me lo hizo ver. Para recordármelo tatuó mi mano.

- Es la bendición de Sune... La diosa nos ha bendecido a ambos. No hay mayor dicha que un amor correspondido y tú, mi mar, tienes el mío.

Sonrió y con la sonrisa llegaron las lágrimas que mojaron sus mejillas y que, con pudor de mujer orgullosa, intentó ocultar con rapidez con el dorso de su mano.

-
Que no te duela mi amor
que te llene de gozo
que cada instante sea
en tus ojos polvo de oro
que sean risas y cantos
alegría y dicha todo
que yo te quiero, mi mar
que más que quererte... te adoro.​

Al concluir Onofer le tomó la mano y le besó la palma. Besó la rosa que en su piel simbolizaba lo que unía a ambos. Astrid corrigió el poema del bardo.

- Más que adorarte... te quiero, pero prefiero la alegría y el gozo. Cantos y risas no me importan tanto.

- Gocemos entonces...

El semielfo se levantó ofreciéndole la mano mientras tomaba con la otra la botella de ron de la mesa y ambos sin más palabras, subieron a la habitación, para ratificar en la piel del otro todo lo hablado.
 

Tuliosoyyo

Barril de Khaof
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A Flor de piel , pensamientos al descubierto​



Cuando esa solana Onofer cruzó de su mano la puerta de entrada a la estancia que hacía las veces de camerinos de la sede de la Eterna Meodía, Astrid sentía que temblaba como una hoja a punto de caer de una rama.

Habían sido meses luchando contra ella misma y contra Onofer, sin más razón que la cabezonería y el orgullo arraigado muy dentro de ella. Habían sido meses de presión, de negación y de incertidumbre. A veces se parecía demasiado a lo que sintió antes de presentarse a Senescal de Amn o lo que sintió mientras estuvo a la espera de la sentencia del juicio por traición al Consejo. Pocos sucesos le habían dejado una cicatriz tan profunda. Volvía de nuevo a sentir lo que sintió cuando la Arcanum Scholla se les vino encima a todos . Habían sido meses de sentir miedo, pero un miedo inexplicable y que era muy diferente al que se pudo haber sentido en ninguna de las batallas en las que luchó. Miedo irracional a lo que bien sabía no iba a poder controlar y que se asemejaba demasiado a lo que dejó cicatrices tan profundas e invisibles.

Escuchó la madera encajándose en el dintel para inmediatamente después sentir la pared a su espalda y la boca del mestizo ardiendo sobre la propia. Probó por primera vez sus labios solo cuatro días atrás , después de mil fantasías que prendieron noches, tardes y días, ahora después de declararse enamorada del bardo eran suyos y solo suyos en ese instante. Primero entornó los párpados pero cuando sus labios se encontraron reconociéndose necesitó mirarle . Temblaba aún, supo que se había enamorado y que amaría a Onofer, un nudo se le formó en la garganta al saberse tan idiota por el tiempo perdido jugando y lidiando con el miedo. El Poeta tomó sus manos entrelazando sus dedos con los de él mientras alzaba sus brazos hacia arriba pegándose más aún a ella, haciendo notar la realidad del ardor por la bardo. Temblaba pero ahora no sólo porque supo que lo amaba sino porque confirmó que lo deseaba. Se habrían quedado una vida ahí , pero optaron por separarse retirándose un par de pasos. Tenían que mirarse el uno al otro para asegurarse tal vez, de que todo era real . Él preguntó por los aposentos, ella habló de la poca importancia del lugar. Ya no iban a parar. Era la hora de entregas, de romperse en dos, solo contaba con su imaginación fantasiosa de meses atrás y pudiera ser que no fuese como ella pensaba pero no quería pensar más ni sentir más miedo.

Él convino con Astrid en que el sitio poco importaba . No había marcha atrás. Aún sentía como temblaba su voz aunque quizá no lo hiciese, aún sentía como le temblaban las piernas pero quizá, tampoco lo hicieran. Respiraba agitada mientras le miraba, flexionó hacia atrás las rodillas desprendiéndose con cierta gracia de las botas que quedaron huérfanas la una de la otra en la distancia, hizo volar el sombrero dejando salvaje su melena oscura , sin dejar de mirarle. Onofer tenía sus ojos clavados en los de ella mientras hábilmente descordó el jubón dejándolo a su suerte en algún lugar de esos camerinos. Era tal y como lo había visto en esos asaltos al sueño que tanto la mortificaban y que fueron el inicio de su propia cobardía. Astrid recorrió su torso desnudo mientras mordía el labio que aun conservaba la herida de cuatro días atrás. Él respiraba agitado ardiendo y haciendo que ella ardiese mientras tanto . Lentamente, desabrochó las hebillas que cerraban a los costados el peto de cuero sin dejar de mirarlo. Lanzó hacía atrás la prenda .Quedaba insinuante bajo una tela de organza blanca el pecho generoso y firme que subía y bajaba entrecortado al ritmo de la respiración. Onofer la volvió a besar alzándola en vilo , ella necesitó hablar aunque él lo hizo antes a su oído, con su voz suave, con su voz de hombre , volviéndola loca
- Estás temblando – dijo mientras acariciaba su escote con los dedos
- Sí, estoy temblando como si nunca hubiese estado con un hombre ¿qué me has hecho Onofer?- preguntó dejando escapar una pequeña y susurrante protesta.
-Amarte desde que saliste por la puerta de La Jarra Adamantina, anhelarte desde que quemé esos versos por tu rechazo y desearte desde el día en que recogiste mi pelo en la sala contigua a esta-

No hizo falta nada más. Se entregaron sin cortapisas , completamente. Recuperando meses de esquiva y juegos. Estaba a punto de amanecer cuando el poeta salió tras besarla una vez más.

Esa noche lo primero que llegó fue el primer instante, el de la urgencia y la locura, después llegó el tiempo de aprenderse , más tarde el de explorarse y por último el momento tranquilo y lleno de cordura. Al amanecer y tras su marcha Astrid decidió quedarse entre los cojines , oliéndolos para sentirlo mientras la sonrisa se le escapaba. Abrazó cuantos pudo descubriendo en el reflejo del espejo del camerino algunas marcas dejadas como recuerdo del deseo desatado por tanto tiempo contenido. Ahora tras la entrega, con el olor de Onofer en su piel, con su esencia aun en su ser, sí que quiso parar y pensar. Astrid pasó los dedos por cada marca que vio en el espejo y cada una de ellas atrajo una reflexión acerca de un sentimiento que como ellas pudiera ser que desapareciera .Lo soportaría como soportó tantas otras cosas a lo largo de su vida, tuvo la certeza de que seguiría su marcha hacia delante porque así lo ordenaría su mente y su cabeza a las piernas pero ¿y si no? ¿Que sucedería si lo que se había despertado se quedaba? Sintió vértigo porque eso sí era algo nuevo, algo sin una fecha de caducidad ni la certeza de conocer cuando sería el final. Estaba segura de que no era como todos los anteriores, sabía lo que era enamorarse de alguien y estarlo era como desdibujarse a ella misma sustituyéndose en parte por el otro, solo una vez sucedió pero bastó para que la trovadora aprendiese y conociera el sendero que marcaba algo así. Reflexionó en voz alta , algo amortiguada por el cojín del que aspiraba un aroma limón y jazmín. -...Pero no conozco este camino, no reconozco sus piedras con las que seguro tropezaré, ni reconozco los árboles que lo salpican, ni siquiera el devorador de palabras que a buen seguro espera tras la primera curva… ¿como no voy a perderme si me adentro demasiado? Puedo no continuar recorríendolo , salir a la senda que conozco bien y así estaré segura ¿Y qué ganaré con eso? -volvió a interrogarse mirando la marca rojiza en el interior del muslo sobre la pantorrilla. -No necesito ganar nada, soy Astrid … lo tengo todo pero – cesó de hablar para volver a aspirar aquel cojín que le estaba arrancando mil sonrisas bobas- ¿acaso está mal querer más ?- Como si estuviese forjándose una dramática historia la trovadora se llenaba de pesar porque su razón todavía le decía que no podía ser más a menudo de lo que le gustaría, surgía así una lucha cruel entre lo que le gritaba el interior de su pecho y lo que replicaba su cabeza, mientras que un nuevo actor llamado pasión se metía en discusión acompañado de otro juglar más, el más grande , esquivo, firme , insolente y desobediente que pudiera existir, el amor. Decidió Astrid hacerse un ovillo recogida sobre sí y sobre ese cojín de colores llamativos que ya no soltaba. Replicó entonces en voz alta en la soledad del camerino. -Dejad de discutir, dejadlo ya como si yo no estuviese … no me ayudáis ¿acaso no os habéis dado cuenta de como huele su piel?¿Acaso no habéis visto como son sus cejas cuando se fruncen en el instante de la cumbre?¿No veis su boca? Me gusta tanto…- Astrid continuó reflexionando sobre la situación, nada sacaba en claro salvo que quería querer más, que su inquietud le mandaba a explorar cada curva del sendero que no le era tan familiar pero que además, estaba decidida a hacerlo mientras el perfume de limón y jazmín la embriagase tanto y que pondría nombre a cada piedra para poder tropezar en ella y saludarla por su nombre. Sentía tanto vértigo que todo empezó a girar a su alrededor, cerró los ojos concentrándose en no pensar más ...y fue entonces y solo entonces cuando de sus labios salió su nombre y así, atesorando los cojines de colores vivos el sol se colaba ya entre las rendijas que el biombo dejaba pasar, con ella sonriendo sin motivo, sabedora de que quería avanzar hacia lo desconocido y que por poco que durase, habría durado suficiente para dibujarla tras desdibujarse y que cada duda surgida desde el miedo y la razón de manera inexplicable sería resuelta sobre la marcha y que lejos de agotarla , quedaría inagotable, incansable y viva
****​

Llevaba meses recorriendo el camino que se le había presentado para andarlo, había dado ya mil nombres a cada piedra con la que tropezó pero de repente, el miedo resurgió tan fuerte que la Senescal de Amn, la trovadora famosa, la heroína de mil batallas , la que todos conocían se abrió paso a sangre y fuego cuando el pequeño universo de sonrisas y te quieros dejó un hueco por donde adentrarse.

Iban a caballo ambos, charlando acerca de la situación y de las preocupantes noticias que se cernían sobre Crimmor cuando de repente comenzaron ambos a hablar de la cantidad de Hin que había y como muchos de los bandidos de los caminos lo eran. No era algo relevante, ni siquiera debía ser cierto pero a raíz de ese momento, la compra como esclava de Renatha salió a colación.

Astrid junto con el resto de la Eterna , El mago real de su Majestad en Suldanessalar y algunos otros compraron años atrás a una pareja de primos, eran dos hin que habían cometido un delito grave aunque no de sangre.
Tras un tiempo pagando su pena al servicio de Amn, pasaron a ser vendidos en pública subasta como esclavos. Renatha era conocida , podía decirse que era una amiga y protegida a mayor o menor nivel de toda la Eterna Melodía. En la puja la extinta casa comercial de los Goderich y una maga encapuchada a la que la mediana tenía terror. Gracias al oro que poseía Lire Lilta la compañía de bardos pudo hacerse legalmente con los dos medianos, algo que por supuesto les cerró puertas y también abrió otras. Sin duda, salvaron la vida de ambos a la par que contribuían económicamente con el país. La bardo nunca vio mal del todo la esclavitud , quizá porque como Senescal y como héroe de Amn había visto la necesidad de un castigo para aquellos que habían alzado sus armas contra los amnianos o simplemente tenían delitos por los que pagar.
Ese día, dejadas ya las monturas, sentada sobre el puente que se alza a las puertas de Purskull dio sus razones a Onofer mientras que él le recordó lo que decía la carta de su madre a su padre de adopción en la que exigía que le diese muerte antes de que la comprasen en cualquier mercado. Onofer rechazaba de lleno la esclavitud pues pensaba que nadie puede decidir sobre la vida o lo que vale una vida como para venderla a otro y que la libertad era el estado natural de todos.

La habían herido muchas veces en su vida, sabía lo que era una herida de flecha pero sobre ese puente, aquel que conocía todo de ella y al que amaba por encima de cualquier lógica había disparado con su arco una flecha directa al corazón y el alma de Astrid. ¿cómo iba a esgrimir defensa alguna si para ello debía dar por inválidas las convicciones de su propia madre escritas poco antes de su muerte? ¿Cómo iba a hacer eso? Cualquier palabra quedaba vacía de argumento desde el instante en que Onofer le asestó aquella herida a ella, a quien conocía mejor que nadie. ¿Y si tenía razón? Astrid no disfrutó comprando a Renatha o Riam, pensó que eran un quebradero de cabeza y que los beneficios solo iban a ser para ellos porque a pesar de sus tareas como esclavos, su vida siempre sería respetada y cómoda , definitivamente, no se les trataría como tal.

Regresó la incertidumbre, regresó el miedo, regresó la diferencia… todo aquello de lo que se había deshecho al unirse a Onofer. Durante el tiempo sobre ese puente, él no la llamó una sola vez por su nombre real, le hablaba a la Senescal, a la heroína amniana, a la famosa y no a quien de verdad era.

Y pensó. Pensó de nuevo de regreso a su habitación, a solas y perdida la mirada en el horizonte, en el camino del comercio , sobre el puente. Pensó que era injusto ser distintos, supo que en algún momento la lucha empezaría entre Onofer y ella . Iba a estar preparada, o eso esperaba.
 

Tuliosoyyo

Barril de Khaof
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Demerito, 1ª parte​
Endecha​
¿Qué os hice yo, Ingrato amor?

Que irrumpís con llanto y causando dolor

¿Qué os hice yo, señora de Cabello de Fuego?

Os place mi llanto , mis manos ensangrentadas , mis ojos secos y vacíos

¿Qué os hice yo?

Decídmelo para que pueda encontrar razón

¿Que os hice yo?

Para que tras agradeceros con mi don,
Por tan inmensa alegría cada noche con su día , todo fuese horror

¿Qué os hice yo?

Que entregué mi fortaleza a cambio de la debilidad que me dabais vuestro siervo y vos

¿Qué os hice yo?

Para que todo sea guardar luto a mi orgullo

¿Qué os hice yo? ...

Aquí tenéis mi dolor y mi sangre dada en una promesa frente a vos

En mi Casa de Alegría mi cuerpo se hizo ofrenda, también a vos

En mi Casa queda mi alma, esperando la calma

¿Qué os hice yo ? Os lo cantaré

Nada para que tuvieseis de mi, recelo

Nada para que rompieseis mi razón .

Nada con lo que existir, no pueda

Aquí os dejo, contenido en un tintero, mi sangre y mi dolor


Guardadlo si gustáis

Por si acaso, reflexionáis

Y os dais cuenta de su valor .

Yo guardaré la esperanza como la dama Unicornio me mostró

Implorando repenséis porque me quitáis lo que se me otorgó.​

Dejó en el templo de Sune de la capital aquella partitura , a los pies de la estatua de la patrona del Sagrado Sitio, conteniendo aquel reproche armado en Endecha pues esa no era una canción alegre. Bajó las escaleras hasta la calle, pidiendo a Lara de Sune que él la recibiese. Astrid partiría unos días, quería soledad y quería encontrar a alguien a quien debía contar muchas cosas. Después regresaría .

Astrid no era sunita, ahora estaba convencida de que se hallaba en lo cierto cuando durante años convivió con tantos en el Teatro de la Alegría pensando lo efímeros , futiles y dispersos que eran, pero también tenía la certeza absoluta de que podían albergar un amor enorme bajo la bendición de la Cabellos de Fuego pero que al menos, en el que mejor conocía de todos, parecía empeñarse en las chispas que se apagan antes de llegar al suelo. Mas sin embargo, la lealtad era el estandarte que presidía su ejército.

Onofer la amaba por sobre todas las cosas, eso no lo dudaba, igual que ella a él. El poeta le prometió lealtad y quererla libre y jamás rompió esa promesa. Ella le prometió lo mismo aunque en aquel entonces, nada de lo que pasó a lo largo de casi dos años, había sucedido.

Durante ese tiempo había otorgado al trovador el mapa de quien era ella, la que nadie conocía, de la que nadie sabía y la que se mantuvo en letargo para que Astrid fuese la que todos conocían, la Señora, la Senescal de Amn, la Heroína de mil guerras y batallas, la Diva que con un solo movimiento de sus dedos tenía sobre sí la atención de todos, la Pantera que acechaba y cazaba…
Entregó el don de las palabras , porque las palabras eran importantes para un poeta que conocía el poder de cada una. Derribó piedra a piedra la muralla que la protegía porque él lo haría, Dejó salir a quien era de verdad, Isabela, para que Astrid descansase y porque no era Astrid la que Onofer podría guardar y velar.


Demasiado tarde se dio cuenta de su error, de haberse vuelto débil. Demasiado tarde para pasarlo por alto.

Estaban sentados frente a la chimenea, él tenía entre sus manos el meñique del pie de la bardo, ella mantenía las piernas de Onofer sobre sus muslos, charlaban sobre los encargos y sobre la situación del Norte , una copa de vino y otra de ron y sin cambiar el tono que usase para decir que había comprado dos pollos de granja a buen precio , puso en su conocimiento lo sucedido tras un viaje y con el caballero Ecthelion y varias escuderas.


-Luego de las jornadas una de las hermanas mantuvo unas confidencias conmigo y acabamos yaciendo en el Rastro de Tymora... fue una noche bonita. Me entregó su virtud. Con Elenia... la más... bueno... no sé, son iguales... pero Elenia tiene un lunar que no sé si su hermana tiene...
Quiso ella y Sune que fuera yo quien la desflorara.



Astrid la había visto un par de veces tan solo, pero algo cambió de repente, le quitó las piernas de sus muslos y retiró de sus manos los pies, comenzó a ponerse las botas.


-¿A donde vas? Aun es de noche mi Mar
- A Crimmor, o a algún lado donde no tenga que verte
– respondió mientras terminaba de asegurar el cordaje de las botas-
-¿Qué te ocurre?… Isabela – preguntó sorprendido
-No, no me llames Isabela
-¿Qué te ocurre? - volvió a preguntar desconcertado
-Esperaba que no lo hicieras, pero lo has hecho
-¿El qué? Oh...¿Amar a esa muchacha una noche?



-¿Que sientes habiéndote vengado de la Orden? ¿Amas a esa chica?- -Sentenció Astrid
-¡No fue venganza! ¡No soy así…!

-Y yo, soy una hermana de Ilmater - Astrid le conocía, le conocía mejor que él a sí mismo-
Onofer ¿entiendes que es difícil pensar que no te has regodeado pensando en que has arrebatado la virtud a una ordenada ? - Estaba más que segura que aunque fuese momentáneamente la sola idea de tener en sus manos la virtud de una futura ordenada le habría arrebatado un brindis a sí mismo. Se conocían demasiado bien .
-Me crees capaz de hacer pagar las faltas de la maestre a una joven que no tiene culpa de nada... Además no hubo humillación, ni nada malo en ello. No he arrebatado nada

-Y ¿ la hermana será la siguiente? O Entregado o lo que fuese que pasase- continuó ella tras lo que él respondió-

- Yo nunca he tomado de una mujer nada que no se me entregara libremente...
Es más... No la seduje... Vino ella a mí... ¡Y de su hermana nada sé!


-Pues me alegra saberlo, vino a ti y la recibiste porque Sune así lo pedía... - Astrid se levantó tras terminar de ponerse las botas.
- Porque así surgió... tras hablar y conversar por la mañana la muchacha me dio las gracias... Me dijo que la había ayudado mucho... y yo le pedí que no tomara el voto de castidad al ser ordenada


Astrid buscó sus guantes y sus armas apresuradamente, ni siquiera se percató de que los tenía justo al lado.
- Isabela... ¿A donde vas?
-Que no me llames Isabela, Onofer , no ahora, no ya
- ¿Piensas que me he acostado con la muchacha por odio y no por amor? Sabes que no soy capaz de eso


-¿Que amor!? Amor desde cuando, el amor rara vez surge de la nada , pero parece que en tu caso si, y desaparece igualmente
-El amor puede ser el fuego de un volcán como el nuestro o una chispa fugaz de una noche como el que fue con ella.

- Me preguntaste si tanto me dolía amarte, no te haces idea de cuanto


¿Por qué dices eso? ¿Porqué ahora?

-Ya no se que valor tiene lo que te he dado, podía entender lo que tenias con Ethain incluso que te enamorases de alguien pero... ¿una noche Onofer?, ¿qué eres? ¿El destructor de virgos? Creí que dándotelo todo me darías todo y que si en verdad era la bendición de Sune para ti, no habría lugar para más … y sí, no me repitas que me prometiste lealtad y que amabas a otras… pero ¿una Ordenada Onofer?

-Y todo lo tienes, ella no ha sido más que la chispa que se ha apagado antes de tocar el suelo...
y si yací con ella fue por hacerle un bien que me pidió. Nada es comparación contigo, mi Mar-
Le hablaba con suavidad tomándole las manos- Ha sido tan breve y ligera la chispa que ni tan siquiera tendrá versos de mi corazón, pues no ha dado tiempo a que surgieran de él

-Por hacerle un bien que te pidió... -
Le retiró las manos impidiendo que la rozase siquiera, conteniéndose y llenándose de ira por sentirse intercambiada por una absurda revancha

-Los versos son tuyos. El Poeta es tuyo, mi Mar.... y lo sabes. Lo sabes en tu corazón, es una verdad que no debo decirte porque la conoces de forma íntima y verdadera

-No hay nada que sea mio, no los quiero Onofer –
Astrid se mordió los labios intentando contener la explosión que iba a llegar - ¿¡Y porque me lo rompes!? - Temblaba, viendo lo débil que era mientras Onofer la miraba atónito alargando su mano hacia ella-
- Romper...¿ Romperte el corazón?¿ Por esto?

No mi Mar...no, mi Mar, no me digas eso-

La bardo buscó con afán y urgencia un pergamino en su estuche, temblaba tanto que quedaron esparcidos por el suelo, intentó conjurar para desaparecer sin ningún éxito, desesperada por irse de aquella habitación no lograba la concentración suficiente, el dolor y la rabia estaban bloqueándola. Onofer la abrazó mientras que ella se afanaba en irse

-Mi Mar no desaparezcas… te quiero a ti y aquí, eres a quien amo y necesito.

Astrid intentó volver a usar su magia sin conseguirlo. Estaba aterrada por no conseguir sacarla, por primera vez desde que tenía recuerdos se hallaba sola, sin magia, sin su música y el llanto se apoderó de ella hasta ahogarla. No tenía nada, estaba rota porque sin su voz y la magia que desde el corazón salía, no era nada más que un fardo de piel y huesos.



-No llores mi Mar, No me hagas esto… sabes que nadie es como tú...todas a tu lado son nada… no llores, no llores si no es de alegría, mi Mar – la besó con ternura mientras Astrid hablaba maldiciéndole y llorando, no lloraba porque yaciese con la escudera, lloraba por ella misma, por lo que era y por lo que no tenía ahora. Su poder. Volvió a intentarlo sin conseguirlo, desesperándose más, apretó los puños clavando sus uñas tan profundo que la sangre tiñó de gotas carmesí la alfombra, no tenía música .Él la abrazaba

- Estoy aquí... estamos aquí... Es lo que cuenta...Lo demás es nada, las demás son nada .

La ex-senescal comenzó entonces a usar el idioma que pocas veces usaba maldiciéndose a sí misma y a él con ella. Consiguió al fin hablar entre sollozos ahogados.

- Deja que me vaya a casa, quiero irme a mi casa

El poeta se separó lentamente con gesto triste pidiendo que se quedase

-Quedate conmigo... esta noche, bajo la piel que trajiste, solo juntos sin más. No te vayas , así no.

Ahora empezaba a ver el alcance de su obra, la tristeza le embargó mientras que Astrid cerraba los ojos apretándolos , al abrirlos pudo ver la puerta , se dirigió a ella camino a casa, a su refugio. Al abrir se vio más vencida aún, pues lo que ella creyó la salida no era más que las puertas de un armario. Rompió a llorar más aún dejándose caer de rodillas sobre la madera del suelo, miró hacia sus manos viéndolas ensangrentadas. Onofer se arrodillo a su lado tomándole las manos, besándolas y lamiendo sus heridas

- No te vayas . Por favor , así no, quédate esta noche- Astrid no recordaba por la mañana nada a partir de ahí, aunque se despertó acurrucada a él vestida y cubiertos ambos con la piel de oso blanco que llevó para abrigar al Poeta. No habría sido capaz de llegar a ninguna parte...
 

Tuliosoyyo

Barril de Khaof
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Las espinas de la Eterna Rosa, 2ª parte​

Bien parecía que le habían pasado por encima los ejércitos de las bestias. Había llorado hasta la extenuación seguramente durante la noche pues esa era la obviedad al notar quemadas las mejillas y los labios por el efecto salino de las lágrimas, los ojos delicados desde hacía tiempo habían padecido muy inconvenientemente. Envolvió a su alrededor la manta hecha a base de piel de oso que llevó como obsequio tomando asiento frente al fuego. El bardo no tardó en levantarse probablemente por el frio.

-Te has levantado pronto ¿has descansado Isabela?- Astrid Asintió- No lo parece ¿Aun estás disgustada?

-Disgustada, enfadada , contigo y conmigo más.
-No seré yo quien te diga como te has de sentir... pero además de disgustada y enfadada estás equivocada. Das demasiada importancia a algo que no la tiene... No a tu lado.

- Pudiera ser . Siéntate, no voy armada- Onofer se encontraba igual que ella vestido, con la camisa por fuera y descalzo desde que se quedaron a solas y disfrutaban del tacto de ambos. Astrid tan solo, al levantarse se había deshecho del espléndido justillo de cuero repujado en cordobán que la protegía, las manos eran incapaces esa mañana de deshacer los cordajes por lo que optó por apoyar su estoque y cortar las ataduras, estaba al otro lado de la habitación sobre sus armas.

-Primero, te diré porque estoy enfadada conmigo y después quizá no haga falta decirte porque lo estoy contigo – Hablaba despacio, en tono bajo, aún tenía el sonido del llanto en su voz-
Nunca me prometiste nada que no fuese lealtad, supe desde el primer momento que había mas, de una noche, de un momento o de más, como era el caso de Ethain
Y aun así, me dejé cegar por lo que pasó en el santuario de Lurue y lo que pasó en el templo de ella
Yo no soy una fiel de tu señora, no puedo creer ya ninguna de sus bondades, las que proclamas, porque no hay nada hermoso ni de luz en como me siento. Solo sombras y más sombras
- Mi amor... - Susurró Onofer , ella prosiguió.
Me dejé llevar y te di lo que soy, quien soy y dejé que tu voz reemplazase a la de mi madre , te di mis palabras porque la palabra era importante para ti , te he dejado apoderarte de cada recoveco donde guardé mis debilidades

Y la noche pasada fui mas débil que nunca, porque ni siquiera pude completar un conjuro
Y creí, me creí sin más, que era la bendición de ella para ti .Me creí que era única
-¡Y lo eres!
- Contestó raudo, casi ofendiéndose por dudarlo- La única que importa

Astrid paró un instante, para recomponerse, siguió después mientras él negaba desconforme- Bajé la guardia y dejé de llevar las armas , y ahora la realidad es la que es
-Ven... te mostrare algo... si me dejas....Ven, ponte delante de mi, dame la espalda, imagina:

Sune es el fuego que arde en el hogar... El fuego que nos calienta e ilumina a los dos...
el fuego que ilumina la estancia. Mira al suelo ¿Ves tu sombra?


No tenía ánimo de luchar con él, no tenía dudas ni de sus sentimientos ni de los del bardo, sabía que nunca le mintió, pero la había hecho debilitarse al punto de perderse de vista ella misma y las certezas, ahora lo sabía, sabía que la escudera era tan insignificante como una mota de polvo en medio de una playa y que yacer con ella simplemente era por la corriente sin duda peligrosa, de llamar amor a lo que no podía llamarse como tal, le conocía demasiado bien. La razón del dolor fue saberse perdida en ella misma. Continuó escuchando.
-Puedes decirme que esa sombra la produce el fuego... Sune... y será verdad... y si te quedas absorta mirándola no habrá otra cosa para ti que la sombra producida por Sune... Verás la luz y sentirás el calor en la cara...y me veras a mi sintiendo lo mismo... y sabrás..que aun por esa sombra que hay detrás tuyo... insignificante. La tragedia sería que el fuego... que Sune... no estuviera, pues la estancia estaría fría y en sombras y eso sí que sería horrible. Pero si te giras...

Astrid evitaba mirarle, mantuvo los ojos cerrados y húmedos mientras él la mira con tristeza. Ella le dijo hacía tiempo que tenía suficientes sombras como para no dejar que la luz la cegase, algo que lo asustó

-Isabela... no te pierdas en sombra .
-Isabela ha sido mi debilidad la que te dejé conocer y la razón de mi dolor, no quiero escuchar mi nombre así...
¿Cómo así? ¿De mis labios?
-suspiró.
- Enfadada conmigo . Fui yo la que te entregué esa llave. Onofer no soy sunita, ni siquiera devota de tu señora, ni siento la necesidad de amarlo todo. Te acepté como eras, sabía de los rumores y los confirmé cuando proclamaste el amor a otra delante de su marido, para poco después meterte en mi sueño para contarme lo que sentías por mí. He escuchado tus lisonjas sin prestarle atención. No seré yo la que vaya a cambiarte ni cambiar yo pero...

-Ni tienes por que si no es tu deseo... Ámame a mí, es lo único que necesito.

Astrid inspiró de nuevo, ahora mirándole por primera vez desde que despertó.

-Te libero de las promesas en el santuario y en la Casa de tu diosa...Usa la libertad que siempre has tenido , ya lo has hecho libremente. Te dije, que lo que yo sentía era independiente a lo que sintieses tu, y que nada podría cambiar eso
-No me quiero liberar de ellos. Nada ha cambiado por mi parte, pues tú eres la que importa, estoy si cabe más entregado a ti si cabe que entonces. Astrid, la libertad que quiero es la de volver siempre a tu lado

- Onofer no puedo cambiar mis sentimientos pero sí puedo protegerme dándote la libertad y te la entrego liberándote de las promesas de las que deseo liberarte

- ¿De la promesa de serte leal? ¿De la promesa de amarte? No puedes liberarme de lo que te entrego libremente y por mi voluntad. Solo quiero que me ames, lo demás poco me importa. No he dejado de amarte como tu no has dejado de hacerlo. No puedes elegir ser distinta a quien eres conmigo, es demasiado tarde para los dos



-Onofer lo que te entrego es la puerta a mi escudo, porque si no me protejo, la oscuridad quedará y no sé ser débil, no quiero serlo y tu guardas todo eso. Eres libre.

Ambos siguieron hablando largo rato, Realmente el bardo estaba convencido de que no había actuado mal y en verdad no era esa la culpa que ella le daba, Onofer la besó fugazmente. Astrid pensó en los días que habían transcurrido desde su último encuentro, jamás habían pasado tantos.

En ese instante, el poeta le entregó un arma digna de reinas, forjada para ella con la manufactura más preciosa que había visto, seguramente pasaría igual que Voz de Tormentas , para las herederas de la sangre Danzaudaz. Astrid reunió fuerzas para blandir lo felicitándole por forjar un objeto tan precioso , rompiéndose después, de nuevo mientras él intentaba consolarla diciéndole que ese estoque era la única verdad, lo mejor de él , de lo que era , de lo que era capaz de hacer que sabía hacer y que era para ella. Encantaría otras armas, pero ninguna con tanto esmero, dedicación y amor que la que le entregaba porque simplemente, esa era para ella y lo demás era la nada





-Onofer, acepta lo que te doy, acepta y deja que sea fuerte otra vez...
-Yo no te quiero ni débil, ni fuerte... te quiero a ti... a las dos... a Isabella y a Astrid...

-Guardaré el estoque con el mismo mimo que todo lo que me has dado pero no podré usarlo hasta que no sea yo, hasta que no sea Astrid
-¿Y qué quieres? ¿Que me aparte de ti? ¿Que no te bese? ¿Que no te hable?


-No, no puedo pedirte eso, pero quiero que aceptes , que me des mi escudo, que no traigas a Isabela
Porque es quien me impidió ver lo que iba a pasar, la realidad

-Yo amo a Isabella, no la apartes de mí - ahora casi suplicaba-
-Quiero apartarla de mi ¿Porque condenarme así?
-No puedes. Sabes que no puedes...No hay condena, deja de mirar las sombras y mira la luz. Te regodeas en una noche que no viviste cuando tienes todas las noches, todos los días, todo mi pensamiento y todo mi ser. Eliges torturarte ¿Te ha faltado algo de mí?


- Y te ruego, te imploro que aceptes hacerlo liberándote de las promesas. No, lo que quería no puedo tenerlo y no lo tendré. Te di todo y tu me diste todo lo que podías darme pero me hice trampas tras aquellas promesas, Si te libero de mi auto engaño podré recuperar la magia que ayer no tuve
-No me puedes dar la libertad que no deseo tener, ni está en tu mano que no te ame cuando sabes que no has dejado de amarme tampoco a mi


De nuevo, le pidió liberar su escudo sobre su cabeza y corazón porque era la única manera de no romperlos más. Discutían. Onofer le hablaba de las verdades que solo se conocían en el corazón, que no se conocen con la razón, y que el amor que sentía por ella era una de esas únicas verdades que ella bien conocía porque en sabía lo que sentía por él.

El bardo zanjó la discusión con una excusa tonta, ella soltó el estoque de su mano.


-Sea, Onofer, será a mi manera.-

Tras esas palabras descargó la ira, el dolor y la rabia yendo hacia él y besándolo , él se olvidó de la excusa absurda correspondiendo a sus labios


- Astrid no quiero levantar defensas... no pienso hacerlo... no sé hacerlo....
-No hace falta, serán mías, levantaré mi fortaleza a mi manera.


Hubo amor, pero también rabia. Hubo deseo y más rabia. Era suyo y solo suyo porque tenía su corazón y su mente.


Después salió de Nashkel tocándose con una varita antigua y olvidada de invisibilidad al comprobar que seguía sin su gracia, hasta llegar a su refugio donde a todo, se unió el terror. No tenía ni magia ni música...
 

Tuliosoyyo

Barril de Khaof
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El gran y variado Aquelarre, 3ª parte​

Que desesperación, ser un innato y no tener magia...que horror, ser como un guerrero al uso pero sin su fuerza , que horror, intentar que la música salga de ti y en su lugar rompas un cristal, agries la leche de las vacas o caigan pájaros muertos al suelo. Desafinar como una cabra sin duda era lo peor de todo, eso y que cuando la afinación era algo mejor, seguir sonando como un grajo que vuela bajo.

Por si fuese poco, Astrid había tardado días y días en regresar a Crimmor, porque sin su magia había que transitar como transita una hormiga, despacio y siendo muy cauta. Cuando por fin llegó a la Sede de la Compañía mandó mensaje con un mozo de mensajería, bajo pena de destierro si no llegaba su petición a las interesadas.


Roxanne llegó y Made lo hizo después, acompañada de Acala que pasaba por allí.

Todas se extrañaron de ver a Astrid así, sobre la mesa había pastelillos recién hechos, había varias docenas de pequeños Amandas y había Lilimels

Tras reunirse casi todo el variado Aquelarre, Astrid comenzó a hablar inspirando tan profundo que la boa de plumas que adornaba su cuello sufrió la ira de los vientos, sobre todo cuando le preguntaron que tal estaba, lo normal cuando una se reúne.


-No se si debería decir que iracunda, indignada, o cualquier otra barbaridad
-Yo venia de Misnor y volvía .. al sur- Acala iba bajando la voz sorprendida al escucharla, preguntándole lo inevitable posteriormente - ¿Qué te ocurre? ¿te puedo ayudar en algo?

-¿No tienes ron o qué, Marinera? Si te compré unas botellas el otro día – añadió Made
-Pues ¿ sabes como matar a un sunita y que parezca un accidente? - Made alzó una ceja mientras que la elfa, juraba y perjuraba que era algo que se le había pasado por la cabeza más de una vez aunque no había sido capaz, por su tono, bien parecía no tomarla en serio sino todo lo contrario mientras miraba a las anfitrionas y a los Lilimels . El ron estaba entero, algo muy preocupante en verdad.

Made bromeaba dado que conocía lo dramática que a veces era la marinera sin sospechar la que se avecinaba -No me digas que le ha dado ahora por mirarse más al espejo y te mira menos a ti...
-He intentado conjurar y no lo consigo , Made... ¡que se ha ido la magia, Made! -
respondió la bardo del sombrero ante una sorprendida Acala que aguantaba estoicamente la presión ejercida por los Lilimels diciendo lo mismo ambas al unísono:
-¿Cómo que se ha ido la magia?
-¡¿Como que se ha ido?!



Roxanne gritó desde la puerta de la Sede que estaba entornada por la parte del teatro-

¿¡¡Hola!!?¡¿Hay Amandas recién hechos por ahí?!- Pasó felizmente , olfateando los Amandas, tenía debilidad por esos pastelillos de contundencia certificada. Tomó asiento mostrando las borlas de sus zapatos doradamente relucientes. Tras intercambiar lo que podría considerarse como una entradilla a una obra de teatro , Astrid continuó.


-No soy capaz de concentrarme para lanzar un simple hechizo de luz que es el más sencillo de todos ... pero vamos, ni de luz, ni de nada y desafino como una cabra ...
...Y la culpa es de ese bardo...¡Del bardo! -


Hubo atragantamientos, toses, dudas sobre si seguía vivo, si seguía entero… lo normal podría decirse.

-No, no... más vale que no se atreva a morirse o le ensarto hasta que me aburra o se me rompa el estoque – comunicó Astrid sin dilación.
-¿Pero qué.. ha hecho? - Interrogaba Acala bajando el pastelillo
- Pero, pero... ¡Astrid! ¿qué te ha hecho? - Roxanne, no se tiene constancia de si por el efecto de los Amandas o por el efecto de la sorpresa no tuvo más remedio que soltar el trozo de Amanda en su pañuelo haciéndolo una bolita. Quedó tan impactada que se sentó en el borde del sillón desistiendo de seguir devorando su Amanda con grave riesgo de que en un movimiento acabase sentada sobre la alfombra.

-¿Que qué ha hecho? ...Que que ha hecho....
-A ver, Astrid... respira, tranquilízate y cuéntanos, anda.
- Pidió Made tragando saliva . Por alguna conjunción cósmica intuía como se estaba mascando la tragedia.
-Pues que él ...Pues el otro día, cuando nos reunimos en Nashkel con Terra y Talivia...cuando marchaste nos sentamos frente al fuego , me estaba dando un masaje en el meñique del pie y yo tenia sus piernas encima también y de repente, como si hubiese comprado dos coles en el mercado a precio de ganga... -

Astrid narró lo acontecido ante la indignación y sorpresa de todas ellas. Unas iban desde el reproche a la decepción pasando por la sed de sangre que lógicamente la parte más centrada de ese variado Aquelarre no aprobaba ni compartía, otorgándole a la trovadora el apoyo incondicional.

Así pues, se llegó al meollo de la cuestión, a lo verdaderamente terrible , temible, inesperado, trágico, funesto del universo. Quedarse sin magia. Todas consideraron, menos Astrid, que aquello era y debía ser momentáneo, temporal y que regresaría incluso la tacharon de exagerada, algo que realmente era Astrid. Entonces, intentó conjurar luz amarilla, un hechizo para principiantes imberbes , que se lanzaba hasta durmiendo, sin apenas requerir concentración y nada, no pasó nada. Entonó entonces mostrando les a todas ellas, que podría confundirse con una cabra cantando.

Todo era preocupante, todo. Evidentemente, los planes y maldiciones se escucharon sin medida en aquella sala una vez más, mezclándose con una serie de improperios mas propios de conductores de piaras de cochinos Purskulitas, incluso hubo propuestas de citas a ciegas con muchachos decentes , de buena familia y de la Orden. También las hubo de explorar en ciertas fiestas en honor a Sharess y también algo más certero como deslizar ciertos bebedizos . De nuevo, la parte del Aquelarre sensato y centrado no compartía ni aprobaba. El variado Aquelarre escuchó algo sobre la monta cual caballos. El Aquelarre era un Aquelarre con todas las letras e ingredientes.

Largo rato estuvieron en esa tesitura todas, Acala debía marchar y marchó con un siniestro“ Para lo que quieras , Astrid”

Entonces, al otro lado de la sala se escuchó una voz.

-Bien halladas …
 

abisail

Restos de un PJ de Aharadad
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La cólera de Astrid y la Espina de la Rosa​

- Bien halladas

En la sala azul de la Eterna Melodía no solo estaba Astrid, también Madeleine y Roxanne. Ambas se hallaban de pie a los lados del sofá junto al hogar en el que la Minstreltides estaba sentada son aspecto desmejorado. La clériga de Lathander miró a Onofer con gesto poco amigable cuando entró.

- ¿Bien halladas?

- No sabía que estuvieras acompañada Astrid...

- Estamos sanando unas heridas de difícil curación.

El tono de Madeleine era inusualmente severo.

- ¿Heridas? ¿Qué ha ocurrido?... ¿Astrid qué te ha pasado?

- Seguro que tú nos lo puedes contar mejor.

Roxanne no se molestó en mirarle. Le lanzó el reproche mientras revisaba las vendas que envolvían las manos de la bardo.

- He perdido la música y la magia, Onofer.

- ¿Qué?

- No te voy a decir lo que se me pasa por la cabeza, porque estoy muy enfadada contigo, Onofer. Por hacer daño a una persona a la que quiero -la clériga soltó la mano de Astrid y señaló al bardo acusadora-. Pero me compadezco de ti, porque tú también la quieres y esto te va a hacer sufrir.

Hizo ademán de acercarse a Astrid pero Madeleine se interpuso.

- Mejor no te acerques. No es el mejor momento para estar cerca de la marinera... De verdad, Onofer.

El semielfo no se atrevió a replicarle y permaneció sin acercarse mientras Roxanne revisaba los vendajes que acababa de poner en sus manos. Le daba indicaciones a Astrid sobre las curas posteriores con la misma dulzura y mimo con la que sanaría a su propia hija. Cuando acabó volvió al semielfo.

- Os dejo solos, ¿sí? aunque me gustaría hablar contigo sobre algo, quizás en otro momento Onofer. Descuida, no te voy a dar una charla.

- Cuando gustéis dama Roxanne.

- Espera Roxanne, te pongo estas amandas que quedan en un paquetito y te acompaño.

Madeleine le entregó las pastas que quedaban en una cajita y ambas salieron de la sala dedicando la misma sonrisa amable a Astrid y similar mirada de reproche al bardo. En cuanto quedaron solos el semielfo se acercó a ella.

- ¿Les has contado todo?

- Sí... a ellas y a Acala.

- ¿A Acala?

- Sí... pasó a saludar, pero marchó antes de que llegaras. ¿Acaso no puedo contarle nada?

- Oh... Claro... Claro...

- Yo no te digo a quien debes desflorar o no.

El bardo guardó silencio ante el tono hiriente de las palabras. Astrid subió las piernas sobré el sillón abrazando sus rodillas y apoyando la barbilla sobre ellas.

- Hace un día agradable. Si te apetece podemos pasear... charlar... o puedo irme... Lo que prefieras.

- No quiero pasear. Solo quiero que entiendas mi dolor.

- Te duele porque piensas que solo me movió mi lívido y un propósito de hacer daño con la escudera.

- Aun no has entendido que es lo que menos me duele ¿de veras Onofer? Lo que me hiere y me llena de rabia es haberte dado la llave a mis debilidades, y creer erróneamente algo que nunca fue. He sido consciente de mi error de golpe. Ahora intento lanzar un hechizo y la realidad abofetea mi orgullo.

- Permites que te haga daño algo que no es nada.

- Y claro que no es nada, esa muchacha es tan insignificante como una brizna de hierba para mí.

- Entonces tu orgullo debiera seguir intacto si depende de mi amor... ¿Te has quebrado por una brizna de hierba?

- Tendrías que ser yo para saber como me siento. He perdido la magia y mi música, y necesito que alguien pague por ello.

- Volverá... Haremos que vuelva... Sune, Madeleine y yo...

- No quiero que me hables de tu Señora porque no creo que yo sea de su agrado.

- ¿Acaso crees que a la Cabello de Fuego le gusta tu dolor?

- No sé lo que le agrada pero casi me dejo llevar por una ilusión. En las ofrendas de las cartas organizada por Ethain agradecí a Sune tenerte. Le agradecí quererte y que me quisieses. La felicidad absoluta pensé entonces, y ahora todo se ha tornado dolor e ira. Todo por bajar la guardia... Dejaré la pluma de tus poesías, la que me diste, en su templo en la capital para que tus versos sean libres.

- Nada ha cambiado. Te pierdes en pequeñas sombras. ¡Mira a la luz!... Mírame a mí... al amor que siento por ti.

- Siento dolor e ira. No tengo ni magia, ni música. Y al mirarte sé que te sigo amando y pierdo toda seguridad por calmar mi rabia -la mujer pareció hacerse pequeña en el sofá-. Y no sé que hacer. Onofer... Lo quiero todo, pero no puedo tenerlo porque no es tu voluntad entregármelo todo.

Él la miró fijamente.

- No lo quieres todo, pues todo ya me tienes... Tienes de mi todo el amor que puedes tomar y yo puedo dar. Lo que quieres es que no ame a otras, aunque eso no vaya a suponer ni un ápice más de amor para ti porque es imposible amarte más. ¿Qué ganarás?

- Nada. Realmente nada.

Astrid abrió su pequeña caja de cosas valiosas. El pequeño y humilde joyero donde aquella mujer rica guardaba las cosas que realmente le importaban, y que a la vista de cualquiera no serían más que baratijas sin valor. Tomó una pluma de escribir y se la alargó. El semielfo la guardó sin decir nada.

- Cuando recupere todo lo perdido te lo diré. Entonces decidirás si me la vuelves a entregar con tus versos y tu poesía. Mi amor sigue siendo para ti, y mi lealtad.

- Como los míos.

- Pero voy a meterme en tus zapatos, y voy a saber que se siente amando a otros. Es lo justo. Quizás así logre entenderte de una vez.

El bardo suspiró profundamente.

- Astrid... Pretendes hacerme daño y vas a hacerte daño a ti misma. Es lo que pasará, lo sé. Nunca te quise encadenada... Te quise libre, pero no te vas a entregar por amor, lo vas a hacer por dolor y rencor y eso te va a hacer daño. No puedo dejar que te hagas daño...

- Antes de que tu vinieras amé a otro. Amé a Theros.

- Lo sé.... pero ahora no hablas de amar. Hablas de hacerte daño en compañía de otros. No me puedes pedir que cierre los ojos mientras te haces daño.

- ¿Y que cambiaría si antes de entregarme a otros dejo salir la ira y el dolor? No habría ningún amor tampoco.

- No lo sé. Pero lo que es seguro es que la ira y el dolor dejan poco sitio para el amor...

- Quiero vengarme de mí misma, quiero cobrar cada estúpido día que me cegué porque si hubiese mantenido mi fortaleza esto no me habría pasado. Tan perdida estoy que no tengo nada, no tengo magia, no tengo música... ¿Qué puedo hacer? ¿Qué hago con mi ira?

- Yo la purgaría en tinta sobre pergamino, o con acero en la carne de mis enemigos... Me liberaría de ella. Sabes que es cierto. Tú me has visto desprenderme de mi ira con versos y sangre.

- Con versos y con sangre... -repitió despacio sin atisbo de lucha, aun había rastros de llanto en su rostro y en sus ojos enrojecidos y vidriosos. Repudiando su fragilidad era más frágil que nunca-. Yo estoy preparada para esa lucha , ¿lo estás tú?

- ¿Tu ira es contra mí?
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- Contra ti, contra mí. Contra mí por engañarme y contra ti por cederte el poder de mi autoengaño.

- Deseas golpearme? Hazlo si así recuperas tu magia... Golpéame con tus manos con tus uñas...

- ¿Con las manos?

Astrid le mostró sus manos vendadas.

- Con el estoque que te entregué si es lo que deseas ¿Es lo que quieres? Hazlo.

- No, no deseo golpearte.

- Hazlo.

El tono de Onofer pasó de suave a imperioso.

- No

- Si eso va a dejar salir tu ira para dejar sitio al amor, hazlo. Vuelca tu ira en mí si así sanas tus heridas...

- ¿Qué quieres de mi Onofer? -Se levantó del sofá colocándose tras él, más protegiendo al bardo que a ella misma.- ¡Que te calles! ¡Cállate Onofer!

- Quiero que vuelvas a estar como antes porque yo soy el mismo,
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porque nada ha cambiado, tan solo esa ira que te envenena hasta el punto de nublar tu magia. No son tus manos las que están heridas, es tu corazón el que está lleno de rabia. Explota.

- Tú guardabas mis secretos, te los dejé y por dejártelos... ¡Cállate Onofer!

- Soy el guardián de tus secretos que sientes que te ha traicionado...

Astrid retrocedió lentamente alejándose de él hacia el piano, pero el semielfo avanzaba lento a la par.

- Tu ira es justa... Deja que salga... Haz que pague para poder volverme a amar. Empuña el estoque, que la Espina de la Rosa me corte como yo te he cortado a ti.

- Solo te debo lealtad, lealtad...

La respiración de la mujer cada vez era más agitada, mientras seguía retrocediendo hasta dar con su espalda con el enorme piano. Sus músculos se tensaron como los de una pantera dispuesta a atacar.

- ¡Cállate! ¡Onofer cállate!

- No. No me callaré... No voy a permitir que te hagas daño... Vuelca tu ira en mí... Déjala salir...

Desenvainó el estoque y lo alzó entre los dos. La Espina de la Rosa, el que le había entregado en Nashkel. El metal vivo brilló sediento mientras las gemas rojas de la empuñadura envolvían la mano vendada de la mujer como salpicadas gotas de sangre. Onofer miró el arma que el mismo había encantado. Un filo virgen que aun no había probado la sangre. Virgen como Elenia cuando se entregó a él, y supo que de alguna forma también le tocaría a él cambiar esa condición del arma. Se acercó un paso más hacia ella.

- Bien... Tal es tu ira que impide tu magia... y solo yo tengo la culpa... La culpa de todo... De desarmarte como mujer, de tomar tu voz... Yo tengo la culpa de todo. El estoque sanará tus heridas con cada golpe, las de tus manos y las de tu corazón. ¿A qué esperas? ¡Astrid!

Avanzó un paso más hasta casi colocar su pecho tocando la punta del estoque alzado entro los dos. Astrid bajó la cabeza susurrando y como si tomara energía de la nada se rompió en un grito de guerra atroz que hizo retroceder un paso al bardo, para acto seguido invocar una nube de ventisca y frío que convirtió el salón en una cumbre de los Picos de las Nubes. Mesas, sofás y el mismo piano se quebraron ante la furia del hielo de la que Onofer se protegió como pudo.

- ¡HE DICHO QUE TE CALLES!

Los cortes y pinchazos del estoque fueron rápidos y precisos. Astrid era una excelente espadachina y el arma era letal. El metal bebió la sangre del semielfo. Tres golpes bastaron para que el bardo se derrumbara agonizante a sus pies. Cuando cayó ella se frenó al instante dejando caer el estoque al suelo.

- ¡Onofer! ¡Onofer!...No, no, no... ¡No me hagas esto Onofer...!

Astrid se arrodilló a su lado tomando la cabeza en su regazo y rompiendo a llorar. Él abrió los ojos y sonrió leve, casi como si le doliera. Con un hilo de voz entrecortada solo acertó a decir:

- Has recuperado la magia.... pero el piano está destrozado... Madeleine se va a enfadar.

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Offtopic :
Penúltimo episodio de "Pasión de bardos" el culebrón de Puerta de Baldur :D
 

Tuliosoyyo

Barril de Khaof
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Mar en calma​


-Has encontrado tu magia pero, Madeleine se va a enfadar…



Sí, había logrado desbloquearla pues de todos es sabido que la magia de un bardo, su música, parte de su alma... del corazón mismo sin embargo, esta vez no pudo contenerla como tiempo atrás y descargarla donde no se dañase más a ella misma. Cuando Astrid vio el estado del bardo, corrió hasta él olvidándose de todo lo demás, eso era lo que pretendía evitar cuando quiso marcharse de Nashkel, hacerle daño pues bien sabía que podía hacérselo. Se deshizo de su propio anillo mágico, el que hacia cerrar las heridas colocándoselo a él de inmediato, después buscó una varita que había quedado hacía mucho sobre la chimenea, estaba entre los muebles destrozados.

Una vez se aseguró de que Onofer viviría, tomó conciencia de nuevo de quien nunca dejó de ser.

Si le hubiese matado las sombras la hubiesen cubierto para siempre, ya no habría nada de luz, ni de gracia, ni de música alegre ,ni de risas y eso no volvería a ocurrir mientras viviese. Comenzó a reconstruir el muro protector a su alrededor empezando por poner distancia. Ya le había entregado la pluma de todos sus versos, aquella que le entregó en el templo de Sune otorgándole todos sus versos y poesías, todos serían para ella , aun escribiéndolos para otros, ella podía estar segura de que serían suyos. Era libre porque así lo decidió Astrid . Una primera piedra puesta en la muralla.



-Tu y yo acabaremos por encontrarnos Onofer , siempre lo haremos, pero debo recomponer las piezas. No acudiré a Nashkel por ahora, marcharé hasta que considere que ha llegado el momento de volver


-Lo comprendo. Solo quiero que no te hagas daño-
dijo Onofer

-No, no me lo haré. Mientras tanto tienes la libertad que quieras usar, eres libre y dueño de ti mismo.


Astrid partió al amanecer de la Sede de la Eterna Melodía en Crimmor sin despedirse de nadie no sin antes parar en el templo de Sune. Allí quedó su pena hecha Endecha y su dolor en un tintero con su sangre malherida. Después partió de nuevo a lomos de su mejor caballo.

Le aguardaban días de pesadillas, días en vela por no arriesgarse a que el poeta visitase su sueño mágicamente, y cuando el cansancio la vencía, las pesadillas regresaban. Alguien con antiguos conocimientos le dio significado a cada tortura hecha a base de malos sueños. Astrid supo entonces ciertamente que la solución no estaba en su mano, nunca lo estaría y al asumirlo, la tranquilidad empezó a volver poco a poco y Tymora decidiría su suerte , ya no iba a luchar más. Estaba verdaderamente aburrida de esa lucha. Astrid , la que nunca debió retirarse había vuelto a su guardia y ahora sí, era el momento de volver pues era el turno de enfrentar la debilidad de frente como lo que era, la mujer altiva, orgullosa y capaz de poner a sus pies a todo Amn.
Entró por las puertas de su alcoba abriendo las ventanas, estaba de regreso. Tomó un baño antes de meterse en la cama mas no consiguió conciliar el sueño. Decidida, y sabiéndolo desierto, se dirigió al aposento de Onofer. Se introdujo entre las mantas y abrazó su almohadón. Fue la primera noche desde hacía mucho que dormía plácidamente y al despertar partió de nuevo no sin antes dejar una nota para el Trovador.

Se encontraron una vez más y quiso Astrid concederse ser generosa con el poeta y dejar que hallase la manera de recomponer lo que se rompió aquella noche en Nashkel y solo el tiempo, diría lo que sucedería pues podría ser que todo tornase al principio años atrás o partir desde el mismo punto en que quedaron

-Tymora dirá-
afirmó .
 

abisail

Restos de un PJ de Aharadad
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Resquebrajado ​

Astrid y Onofer se encontraron en El Grano Maduro como tantas otras veces. Se sonrieron y se besaron al verse como tantas otras veces. Charlaron preguntando el uno al otro por los días pasados separados como tantas otras veces. Y como tantas otras noches acabaron compartiendo lecho en la posada. Pero pese a lo que intentarán aparentar algo se había resquebrajado. Todavía se amaban pero los errores de ambos habían hecho tambalear su amor y esa era una sensación nueva y dolorosa.

Tu cuerpo a mí lado
fácil, dulce, callado.
Tu cabeza en mi pecho arrepentido,
te miro con ojos cerrados
rozando tu piel
acariciando tu pelo,
enamorado.
Con mortal ternura te abrazo
con inmóviles brazos.
Siento tu blando seno
contra mí apretado
y el calor de tu vientre.
Te musito en silencio
bellas e indeseadas palabras
de gratitud a la diosa
que mi frente bendice
y en mi lecho descansa.
Y tú
pegada a mi cuerpo
ahogas desnuda tu llanto
sin lágrimas,
sin ira
sin canto.
​

Offtopic :
Basado en el poema "Tú cuerpo está a mi lado" de Jaime Sabines. Gracias a la que ella sabe. :wink:
 

Tuliosoyyo

Barril de Khaof
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Rendición​



Si alguien podía saber como se sentía era ella, Ethain. Después de Astrid era quizá quien mejor conocía al Poeta y ciertamente fue un acierto quedarse atrás en la Alcaldía de Nashkel. Onofer y Caladhron salieron antes del edificio.

La bardo estaba agotada por la situación, llevaba desde su regreso distraída, susceptible y cometiendo errores impropios de ella a cada paso y la razón no era otra que él, siempre él. Si estaba cerca no vivía , si estaba lejos moría , si no había un roce se sentía como una piedra y si lo había, tornaba en un huracán capaz de arrasar dejándose llevar por la fuerza del viento. No podía más, porque cada vez que sentía ser de nuevo dueña de sí misma, su figura aparecía en el horizonte y una daga se clavaba en ella ahogándola, pero sin embargo a la par el corazón se le abría en sonrisas de millones de colores .

Intentar aparentar que todo marchaba bien entre ambos se había vuelto una constante entre los dos añadiendo el cansancio a la terrible sensación de que algo se agrietó. Ahora estaban asimilando sensaciones nuevas y dolorosas que hacían tambalear el amor que se profesaban. Ni uno ni otra estaban bien.
Astrid estaba llegando al límite. Lo supo cuando un abrazo se hizo lamento, abrazó a la sacerdotisa por primera vez en su vida y se quedó ahí llorando para sus adentros, no había más lágrimas que poder derramar .Narró la verdad, su propia y dolorosa verdad a ella, pues ni siquiera a Made , la mejor y más entrañable hermana en afecto que tenía , pudo contarle como se sentía en verdad aunque muy probablemente lo sabría. Made la conocía tan bien como el Poeta, mejor incluso. Fue una charla inesperada a la salida del Consistorio.

Había acabado la reunión en la Alcaldía de Nashkel donde no solo confundió nombres, sino que hubo de pedir excusas por prácticamente ignorar la presencia de quien estaba presente aun estando sentada frente a ella misma y seguramente, errores imperdonables para alguien con un bagaje como el suyo. Todo sucedió como suceden las cosas improvisadas.


Mientras se ajustaba los guantes para salir del edificio coincidió con la sacerdotisa, una vez más le preguntó si estaba segura de lo que iba a hacer y una vez más ella asintió. Ojalá ella estuviese así de segura en ese instante de lo que tenía que hacer.

-Está bien, está bien – Dijo Astrid ante una convencida Ethain
-Mi esposo está dando todo por esta ciudad, está en mi mano corresponder...

-Es un buen hombre- asintió la trovadora mientras la sacerdotisa la despedía

-Lo es, cuidate Astrid ...- quedó en silencio unos segundos-...¿ estás bien , cariño? - Siempre la llamaba así, desde que hablaron por primera vez en la Sede de la Eterna Melodía cuando la sacerdotisa acudió a conocer a la mujer que había irrumpido en su entorno como un vendaval. Había entre ellas una especie de reconocimiento silencioso, una deuda perpetua de la una a la otra aunque no se debían nada, no podían llamarse amigas pues no lo eran sin embargo aquel día hubo una reconciliación sin pelea previa entre ellas porque sin duda iba a entenderla.

-Lo intento, eso si no armo un cisma con mis errores – sonrió resignada la bardo, continuó -
... lo estaré , seguro .

Ethain quitó rigidez al asunto afirmando que todos cometían errores y ella más que nadie pero Astrid insistía en que ella no, porque los que estaba cometiendo eran impropios de ella misma. La sacerdotisa sunita la llamó mujer orgullosa, siempre fue su perdición serlo pero así era .

La sunita pudo leerla como si se tratase de un texto escrito en el libro de salmos sunitas, y acabó una vez más por asegurarle cuánto se contenía para no abrazar a la trovadora...mas ese día Astrid abrió los brazos dando un paso hasta los suyos abrazándola entre pequeños pucheros que evitaba a como diese lugar. Astrid reposó su mejilla en el hombro de Ethain quedándose ahí cobijada y entre susurros comenzó a contar su historia de terror .

-Tu señora debería tenerme en mejor estima

-Mi señora te adora, Astrid, es loviatar quien no… Sune no es la diosa del dolor
-No creo que me adore tanto, pero no me da el animo para discutir más acerca de tu diosa, y por ello me obligo cada día a no estrangular a su siervo más leal, Ethain

-He hablado con Onofer ,no te diré lo que me dijo puesto que debo guardar ese secreto como su sacerdotisa – Astrid preguntó si estaba al tanto de lo sucedido, afirmó mientras la bardo se encogía de hombros- ¿cómo te sientes, cariño?



-Pues... podría decirte que ofendida , dolida, llena de rabia, de dolor, de pena pero lo peor sin duda es haber dudado de si lo que pasó fue por designios de tu señora o por sus rencillas hacia la maestre
Una escudera, precisamente una escudera, ya sabes cual es mi defensa ...

-El problema no es que sea una escudera... el problema es... que debe valorar lo que siente en realidad. Me explicaré. Es cierto que hay amores de una noche, yo misma los he vivido... he conectado con ellos una noche y después he descubierto que no eran lo que yo pensaba
pero debería pensar en lo que sientes tu, si después dice que ese amor no vale nada en comparación de lo que siente por ti. Si no vale nada después, tampoco lo vale antes porque la diosa nos dice que debemos cuidar nuestro amor

- No tengo intención de luchar más contra eso, tarde o temprano estaré bien, porque ya no tendré las debilidades que me han llevado a equívocos y dejará de dolerme el alma. Creí a tu señora ¿sabes?

-Astrid... él te ama y eras feliz con él. La creíste porque es verdad- La bardo prosiguió susurrando sobre su hombro.

-Dejé en el templo de tu Fe la promesa que me hizo en ese mismo lugar. Dijo que todos sus versos serían para mí, incluso los que no hablasen de mí serían míos porque yo era la gracia de tu señora para él. En ese mismo lugar le entregué lo que soy, no lo que todos ven, sino lo que soy de verdad y ese fue mi error porque me confundí haciéndome perder de vista lo que nunca me ocultó. Y me falté a mi propia palabra , a la que me otorgué cuando le acepté.

Sé que me ama y sé que lo le amo más que a mi vida , por eso no le he abandonado dejando el camino libre a su oscuridad y la mía pero fue mi error y por él estoy pagando, puesto que le afirmé que lo que yo sintiese era independiente a lo que él sintiese por mi. No, no estoy bien pero lo estaré


-No fue tu error, fue el suyo por no darse cuenta de tus sentimientos .Lo bueno de esto es que ambos aprendéis por el camino... imagina el amor como una melodía.
Cuando la melodía es armónica todo está bien, cuando no lo es... es volver a encontrar el tono...


-Él no creyó hacer algo malo, realmente no fue un acto de maldad, aunque a mi regreso afirmó haber errado en su percepción, mientras que yo me llené de rabia y dolor concentrándolo en mi magia, la perdí durante días . Onofer llegó como si no pasase nada y me desafió. La magia y mi música volvieron pero casi matándole, Ethain… y créeme que si le hubiese arrebatado la vida habría renegado de la mía.

Y lo peor es que no puedo dejarlo porque no quiero dejarle , ni puedo olvidarle porque tampoco quiero olvidarle, ni puedo hacer como si nada hubiese pasado y lo sabe con certeza absoluta. De veras Ethain que no sé en qué estaba pensando , esto no habría pasado si le hubiese rechazado desde el primer instante pero por entonces, apenas empezaba a enamorarme de ese maldito Poeta.-

Siempre había tenido por ley, el no hacer promesas que no fuese capaz de cumplir, de no mentir si no podía mantener la mentira y de no asegurar hechos cuando nunca pudo visionar el futuro y demasiado tarde se dio cuenta de que lo que fue una certeza aquel ocaso en las gradas del Teatro bajo la estatua de Sune tiempo después dejó de tener sentido.


-Astrid, soy sunita. Mi diosa me insta a amar a varios pero también a cuidar de lo que tengo... si él te ama cuidará de tus sentimientos, y si no cuida de ellos aun amándote, entonces, es que no es bueno que estéis juntos. Ambos necesitáis cosas diferentes, solo... plantéate si el dolor es soportable o si no lo es...- La sunita lo dijo con una seguridad pasmosa.
-Lo peor es el pensar que no esté , así que puedo afirmar ser tonta.. tonta, tonta, como una oveja- contestó la juglar
-No eres tonta... lo que pasa es que vuestras almas están entrelazadas, no es algo que puedas controlar. Pero creo que vosotros, sí podéis encontrar vuestro tono armónico, intentar un término medio


Había logrado soltar parte de sus sentimientos y pensamientos pero ahora llegaba la parte más complicada de todas. Saber si podía soportar el dolor o no y desde luego no iba a ser tarea fácil






Era terrible recorrer los caminos porque en cada uno de ellos había habido un beso, una caricia o una entrega cuando aún había plena seguridad en ellos, ahora recorrerlos era una mezcla de dolor y añoranza porque sin duda, quería a Onofer y a la par, los pensamientos negativos se asomaban como una mala interpretación.

¿Qué va a ser de mi?- era algo que se repetía a cada paso, cada día desde que supo que no era capaz de abandonarle para siempre, que no era capaz de dejar de amarle y que jamás lograría deshacerse del olor de sus caricias ni sus besos, porque además, se sabía endeble llenándose de rabia cada vez que desde aquella noche en Nashkel compartían lecho. Su parte indomable la hacía luchar contra la rabia de sentir.

¿Que va a ser de mi?- Volvía a repetirse recordando con anhelo cada instante que rememoraba un simple abrazo o un beso arrebatado en mitad del mercado de Crimmor preguntándose si de veras era tan débil.

Debía tomar una determinación, o dejarlo para siempre y morirse marchitándose en vida o asumir el dolor que volvería a aparecer tarde o temprano, o decir la verdad . Era el momento de la rendición, de firmar las capitulaciones por su propio bien más aún a las puertas de una certera contienda en la ciudad nevada de Nashkel donde tendría que llegar fuerte, lúcida como cada vez que había entrado en batalla. Optó por la verdad.


Astrid recorría en círculos su aposento, descalza, una túnica de finísimo lino cubría su cuerpo, el cabello libre , no portaba joyas ni más adornos que ella misma y aunque se detuvo varias veces antes de llegar a su destino declinando la idea, acabó viendo como tomaba el pomo de la puerta y abría mientras el tiempo se detenía al ir a avanzar el pie hacia la galería que conducía a los aposentos del Poeta. Lo había repetido como si fuese el ensayo de una obra, tenía que ser capaz, iba a ser muy capaz.



-Está bien Onofer, se acabó la lucha, traigo mi rendición hasta tus manos porque ya no puedo más, no quiero luchar más ni contra mi, ni contra ti, ni contra nadie porque soy tuya, mi alma es tuya, mi voz es tuya, mi corazón es tuyo , mi cuerpo es tuyo y mi piel es tuya, todo en mi es tuyo y mi amor es tuyo...- Astrid tomó aire continuando- me niego a creer que pueda ser de otra manera porque eso sería morirme en vida.

Astrid pensó que se sentaría a su lado en la cama, continuaría hablando en voz queda muy cerca de su rostro y se imaginó acariciando con sus dedos los lugares referidos

-...Y tu eres mio, eres mio aunque no lo quieras. Tus cejas son mías, tus labios son míos, tus orejas son solo mías, tu ombligo es mio, tus manos son mías , tu boca es mía, tu lengua es mía

Soy la dueña de tu alma y de tu corazón por derecho propio, porque sí, porque yo lo digo y no solo eso, tus besos son míos y tu amor me pertenece solo a mi. Hace un tiempo dije que quería muchas cosas pero puede que ya no quiera las mismas.

Aquí está mi rendición, tomala o rechazala para siempre...



Astrid miró a un lado y otro, ahora sí que no había marcha atrás pues de repente , en apenas un parpadeo, estaba delante del lecho donde descansaba el bardo. Pensó que estaría dormido pero estaba despierto. Leía uno de sus libros cuando la vio aparecer y recorrer como una exhalación la distancia desde la puerta, pudiera ser que en algún instante mirase si iba armada. Comenzó a hablar ante un sorprendido Poeta que cerraba el tomo interrumpiendo su lectura.
 
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