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Norah

Finnereg

Discípulo comegemas
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14/3/09
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683
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Quienes rezan para atraer a la suerte, para pedir porque necesitan, en realidad intentan utilizar el don que nos ofrece la Madre desinteresadamente. La suerte no existe, me sabe mal ser tan rotunda pero es la realidad, ésta solo es una palabra que designa la capacidad de controlar los acontecimientos. Los pocos que siguen a su intuición parecen tener suerte pues, sin que lo sepan, se benefician de las fuerzas de la creación. La intuición es la voz de la Madre que está dentro de ti. Tú formas parte del todo, ni atraes la suerte ni la pierdes, solo debes saber escuchar a la Madre y seguir su senda.​


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Norah llegó al mercado de Waukin asombrada de tanta gente allí reunida, la algarabía de los comerciantes, las voces de los niños, los olores que invadían de comida, humanidad y animales la plaza del mercado. Todo esto la abotargaban y a la vez asombraba por igual, colmándola de sensaciones enfrentadas. La crisis del grano había mermado la cantidad de productos y subido los precios de aquellos que se exponían, pero aun así, seguía siendo una maravilla contemplar la exposición de frutos que la Madre otorgó a quienes supieron seguir su senda, arando y cuidando el campo. Ella sabía valorar cada verdura, cada fruta, cada queso y vianda allí expuesta, pues sabía todo el trabajo, espera y dedicación que llevaba detrás cada uno.​

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Estuvo tiempo deambulando, dejándose envolver de aquel ambiente festivo que se daba a diario en la plaza del mercado, no temía a los ladronzuelos de los barrios, pues nada de valor portaba con ella y cuando llegó el momento de volver a los Páramos, se detuvo un instante. Justo antes de abandonar la plaza, esperó hasta que nadie mirara y entonces, abrió la jaula de los pájaros que en un puesto esperaban a ser vendidos a ricos y nobles como decoración de sus viviendas. Aquellos pequeños cantantes, atrapados habían sido victimas de un delito contra natura.​

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-Marchaos rápidamente -les susurró - Sois libres de nuevo.​

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A continuación se movió con soltura hacia un puesto comprando un trozo de queso y media hogaza, cuando se dieron cuenta de la fuga, Norah salía con sus compras bajo el brazo rumbo a la búsqueda de Zentakord, el cual como siempre, estaría sentado meditando a la espera de su llegada en el campamento junto al río.​

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Y allí, sonriente, se sentó junto a él, ocultando lo que había ocurrido. Satisfecha escuchando la algarabía de los pájaros sobre los árboles, pensando que quizás uno de esos, era del grupo que había liberado hace poco.​

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Y tal cual, cortó una rebanada de pan para cada uno, extendiendo un trozo de queso y acercándolas al fuego para que éste se fundiera. Y como otro día mas, comenzó la clase de Norah junto a su maestro. Solo que ésta vez, ella sentía que había hecho una fechoría, pero se sentía feliz y contenta, dando gracias a la Madre por sentirse tan viva.​


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Así es como dejo constancia de que la suerte en realidad no existe, tan solo hay que escuchar los impulsos de tu intuición, pues es la Madre quien te susurra, Chauntea para vosotros, la única para los de mi pueblo. ¿Ese día el comerciante no tuvo suerte? mentira. Ese comerciante no escuchó la voz de la Madre que le susurraba que no capturara seres libres, que comerciara con otro producto, no se caza seres libres para su comercio y exposición, no se ahoga sus corazones privándoles de la libertad con la que nacieron.​

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Finnereg

Discípulo comegemas
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En las verdes tierras de los Ffolk, en las Moonshaes lejanas, vivía una joven druida llamada Norah. Desde pequeña mostró una profunda conexión con la naturaleza, lo que llevó a sus padres a entregarla a los druidas de la aldea para que pudiera desarrollar su don. La niña creció feliz entre los suyos, aprendiendo los secretos de la Madre Tierra y ayudando en los quehaceres de Cuanhanv.

Norah es una mujer de belleza natural y sencilla, con su larga melena rubia ondulada que cae indómita sobre su espalda. Su esbelta figura y su altura la hacen destacar entre la multitud, mientras que su piel clara resalta aún más sus ojos azules de mirada compasiva.
Aunque no se considera especialmente guapa, Norah tiene cierto atractivo en la forma en que camina, se mueve con gracia y decisión. Sus manos denotan el reflejo de su trabajo duro en la tierra. A pesar de que su musculatura está bien definida, no es excesivamente marcada, lo que le da un aspecto equilibrado y armonioso.

Su sonrisa fácil y amable ilumina su rostro, haciendo que todos a su alrededor se sientan bienvenidos y queridos. Siempre viste ropas gastadas pero cómodas, y lleva consigo un colgante típico de su cultura Ffolk que le recuerda sus raíces y tradiciones.

En resumen, Norah es una mujer fuerte, trabajadora y amable, cuya belleza radica en su autenticidad y firmeza.

Así la joven creció en Cuanhanv con La brisa fresca en su rostro cada mañana mientras caminaba por los bosques frondosos en busca de plantas y remedios, atendiendo a los animales que la necesitaran, y dando consuelo y consejo a quien lo precisara. Su corazón latiendo en armonía con la naturaleza que la rodeaba y con sus gentes.

Sin embargo, la paz de su aldea se vio interrumpida por un ataque de los Northlanders, que la obligó a tomar una difícil decisión. El dolor y la angustia se reflejaban en sus ojos mientras se despedía de su hogar en llamas, atrás dejaba a sus padres calcinados, a sus amigos muertos, todo lo habían perdido esa noche, tan solo unos pocos supervivientes que se echaron a la mar en busca de otra tierra en la que poder comenzar de nuevo.

Así pues, Norah partió hacia Athkatla. A pesar de la tristeza por dejar atrás su hogar, sabía que era necesario para proteger a su pueblo y encontrar un nuevo lugar donde establecerse. Su determinación era palpable en cada gesto, en cada palabra que pronunciaba.

En su viaje hacia Athkatla, Norah demostró la fortaleza propia de los suyos, cómo con su espíritu quería mantener a su nueva familia unida y protegida. Ahora solo les tenía a ellos, solo podía confiar en ellos, eran su familia y lo único que le quedaba. Y finalmente, llegaron a la ciudad, juntos comenzaron a trabajar en lo que les salía, para conseguir algo de dinero y poder buscar con más calma un buen lugar donde asentarse y comenzar su nueva vida.
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