Malaventura
Perro de Dan
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Las centellas brillaban aquella noche en el manto nocturno, los búhos irrumpían la quietud de la foresta y algunos animales delataban sus diminutos pasos con el crujir de las ramas rotas. Nada había de extraño en aquella noche del mes de khes. Ni siquiera el paso estruendoso de un cuarteto sin cuerda que corría bosque adentro con el cabello y las barbas plagadas de flores.
—Yo me adelanto, por si hay peligro —comentó la figura del arco.
—Al bosque se entra despacio y con respeto. Se sabe —comentó con una voz de rata hiperactiva una menuda figura, la más menuda de todos.
—Pos yo entro como me sale de las bellotas —más animal que el animal más animal, irrumpía con toda la dignidad que una barba llena de flores le permitía en aquel momento otra figura enorme y peluda.
—¡Agárrate las bellotas! y que el jinete nos guíe.
Y así, la última de las figuras irrumpió en la calma del bosque profundo que por un momento, por un instante, detuvo su bullir de vida curioso y observante. Lo que ocurrió después pertenece única y exclusivamente a una suerte de pacto no pactado entre las cuatro figuras y al bosque, claro, testigo de lo que fuera que allí ocurriese.