Imperator Furiosa
Pasta dulce de Amanda
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Blas Tobalo era un cazador veterano. Le gustaba medir sus fuerzas contra la naturaleza, dando caza a presas cada vez más difíciles. Lo que para algunos no era más que una cuestión de necesidad, para él era un desafío con el que reafirmar su ego, permitiendo que le consumiera en una creciente obsesión.
Estando de reposo en una posada en algún lugar de la frontera entre Amn y Tethyr, Blas escuchó los rumores que hablaban de una bestia mítica, de pelaje blanco y ojos rojos, habitando en el milenario Bosque de Tethir.
Jactancioso, proclamó a los cuatro vientos que la cabeza de esa bestia decoraría una de las paredes de su casa.
Al principio no le dio más importancia de la necesaria a la niebla. Pero cuando se descubrió dando vueltas durante horas a la misma arboleda comenzó a inquietarse.
Tomara el camino que tomara siempre acababa en el mismo punto de partida, hundiendo los pies sobre las mismas grises raíces, esquivando las mismas grises ramas.
Siguió luchando por salir de allí durante cuatro días con sus cuatro noches, envueltas en niebla y en un silencio absoluto. Al quinto día se quedó sin provisiones y no había en ese bosque atisbo de vida con la que alimentarse.
Al sexto, un terrible aullido feral se apoderó de la negrura y del silencio.
Tenía tanta hambre, tanta sed y estaba tan cansado que pensó que había perdido la cordura, y aún así, no se rindió porque, para él, que se consideraba a sí mismo el mayor depredador de Faerûn, sólo las presas se abandonaban hasta la muerte.
Cuando se abrió un corredor entre la niebla, marcando un camino recto, creyó que los dioses habían recompensado su tesón.
Decidió seguir por este camino, durante un rato más, rodeado por la niebla, por un sepulcral silencio en el que no existían animales ni luz del sol, hasta que llegó a una solitaria cabaña en mitad de un claro.
Era una vieja cabaña, abandonada, pero disponía de provisiones e incluso de un lujo tan inútil en esos momentos como un catre.
Atrancó la puerta tras de sí y, tras dar cuenta a un tarro de conservas, casi a oscuras, se abalanzó sobre el jergón. Pensó que, a la mañana siguiente, con el buche lleno y la cabeza descansada, reuniría las fuerzas suficientes como para abandonar el bosque.
En el exterior, comenzó a llover.
Pero la lluvia no producía sonido alguno al golpear contra el techo de la cabaña, ni contra las ramas de los árboles, ni contra el suelo.
En un momento determinado un rayo al que nunca acompañó el bramido del trueno iluminó el interior de la cabaña y Blas pudo comprobar, no sin espanto, que varios macabros cuadros colgaban de las paredes.
Eran retratos de seres humanos, desfigurados.
A uno le faltaba la nariz. Al otro, la mandíbula. Uno tenía medio rostro arrancado por lo que parecían las fauces de un lobo. Otro, simplemente, era un cadáver putrefacto de cuyo rostro aún colgaban jirones de carne pardusca.
Todos parecían mirarlo fijamente.
Pero Blas Tobalo estaba tan, tan cansado, tan falto de fuerzas, que se cubrió el rostro con la áspera manta que reposaba a los pies del catre y se sumió en un profundo sueño.
A la mañana siguiente, el siniestro aullido feral que había escuchado la noche anterior volvió a quebrar el silencio. Sobresaltado, arrojó la manta a un lado y se dispuso a tomar su arco y sus flechas.
Y, entonces, se dio cuenta de que lo que creía cuadros eran en realidad ventanas y que, a través de sus frágiles cristales, un ejército de muertos vivientes había permanecido toda la noche acechándolo, sin moverse, en silencio, mientras descansaba.
Identificó en algunos de esos cuerpos ruinosos instrumentos de caza: un gorro, un arco, un cuchillo, un cuerno.
Un nuevo aullido se clavó en sus tímpanos hasta reventarlos y la puerta de la cabaña se abrió de par en par. Un cuerno de caza fantasmagórico resonó en el bosque. Pero Blas Tobalo ya sólo podía escuchar un insoportable pitido.
Y vio a la Bestia. Era de pelaje blanco y tenía los ojos rojos.
Y mientras sentía el crujido de la sangre en sus oídos y el calor de la orina entre sus piernas supo que entraría a formar parte del cortejo de la Bestia, abandonándose hasta la muerte, como una presa.
Offtopic :
Relato ganador del concurso Noches de Cuentos de Terror organizado por La Eterna Melodía el 30/10/2021