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Partida en Dos

Skotos

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I.

Este último año había sido más tumultuoso que nunca. Y era un pensamiento inquietante, teniendo en cuenta que con cada día que pasaba, dejaban atrás la memoria de una guerra que amenazó con devorar toda la existencia y la mismísima esencia de los dioses.

Pero Faerún era todo menos un continente seguro. Y aún en sus tiempos "mundanos", viejos rencores aflorecen, y la moneda de cambio más común en las Tierras de la Intriga es la traición.

Y se habían, quizás, confiado demasiado.

Todo empezó con un gesto inocente. En una taberna. Con un bollo de canela.

Sariel estaba de buen humor. Se le notaba en la forma en que llamaba “princesa” a un tipo sentado en la terraza, uno que aparentaba ser un bobalicón bonachón. Se hacía llamar 'el gran Eldric' y se quejaba por el sabor extraño de su cerveza. Sariel, sacando pecho de su herencia agreste del Espinazo del Mundo, se envalentonó y comenzó a retar al hombre con provocaciones infantiles. Esas interacciones arrancaron en Gwenaëlle una sonrisa genuina. Mientras tanto, ella hablaba con Vera, la brillante alumna ahora tornada Maestra de la Arcanum Schola. Gwenaëlle no pudo evitar sentir una chispa de orgullo, pues aún en ese contexto, la maga aún se empeñaba en llamarla "Maestra". Vera le ofreció el bollo en un intento de apaciguar una 'afrenta' que no era tal, pero que había quedado en una broma cómplice entre ambas. El bollo era redondo, casero, dulce. Un gesto pequeño, absurdo en su sencillez, pero que tras los sucesos posteriores, quedó profundamente grabado en la memoria de la teúrga.

Gwenaëlle lo aceptó con sumo gusto, sin pensar. Mientras tanto, lanzó una mirada al grupo que parecía prepararse con emoción ante la promesa de aventura. Masticó despacio, dejando que el paladar se impregnase con el dulzor, dándose un instante para creer... que quizás, el futuro sería más plácido a partir de ahora.

Pero por desgracia, nada en la vida de Gwenaëlle iba a ser tan sencillo. No habría paz para los justos.

La comitiva se puso en marcha y Gwenaëlle se sorprendió a sí misma, animando a los demás a que tomasen el riesgo de acompañarlos. “Gwen, aventurera”, se dijo a sí misma. Incluso fue al reclutador a buscar un contrato, como muchos otros, y ante la promesa de buscar indicios en la Infraoscuridad de la posible causa de la Fiebre del Oro, no tomó el encargo con temor, sino con... emoción.

Había cambiado, ciertamente. Atrás quedaba la muchacha acongojada, tímida, aterrorizada por abandonar la comodidad del burgo. Se sentía capaz, poderosa. Segura.

Y en gran parte, gracias a la compañía que jamás la abandonaba.

Se había enamorado con la idea de ser útil y necesaria. Durante un tiempo, bajo el velo del Oráculo, había sentido que se había erigido una pared entre ella y otros, una torre que se alzaba en un altar de moral que empezaba a desconectarla del mundo. Por eso en esos días había cambiado de ropas y prescindido del velo. Menos solemne, más amniana, más aventurera. Se compró un nuevo sombrero azul, uno con pluma incluida. Abandonó la liturgia para retomar la sencillez.

Sí, era la Oráculo. Pero también, era Gwen. No había cambiado tanto en el fondo. O eso quería pensar.

El camino más directo para buscar aquello que deseaban era a través del yermo que una vez fue Imnescar. Y entonces emplearon su magia para teleportarse al lugar. Era, supuestamente, lugar de paso, aunque hubiese sido reclamado por las fuerzas del Lord Brujo. Simplemente existía en el lugar un paso aduanero, uno que en muchas ocasiones circulaban sin pena ni gloria, ahogando su pesar en lo más profundo de su pensamiento mientras dejaban atrás la cicatriz de la pérdida de la abadía.

Quizás en un futuro podría hacerse algo, pero en el hoy, no era realista plantearlo.

Entonces, como en otras ocasiones, una vez aparecieron en el yermo, se dirigieron hacia la verja donde estaba el control aduanero. Custodiado por soldados monstruosos, aunque su naturaleza era incierta con aquellas armaduras y yelmos. Pidieron el diezmo, nombre y propósito.

Siempre decían ser aventureros. No era mentira, pero tampoco la verdad. Tampoco necesitaban saber más de lo necesario.

- En fila - ordenaron.

Y Sariel, que apenas minutos antes había adoptado una actitud guasona, ahora cambió la postura, a una de cuidada alerta. Se colocó entre el grupo y los oficiales y luego se acercó a Gwenaëlle y a Maeve. Susurró lo evidente, pero aún así, un recordatorio necesario.

- Ni se os ocurra mencionar… nada. Ni nuestro nombre ni la Dama.

Gwenaëlle asintió. Obediente. Indignada. Cobarde. Todo ello, a la vez.

Pagaron el tributo. Los identificaron. Los oficiales observaron a la comitiva con esa atención burocrática con la que un carnicero mira un trozo de carne para decidir dónde cortar. Algunos parecian claramente aburridos; era evidente que el paso no era demasiado transitado, a tenor del paisaje claramente hostil. Decenas de cuerpos putrefactos colgaban de postes viejos, advertencias para quienes creyesen poder venir con ínfulas.

Y de pronto, Gwenaëlle sintió un temblor leve bajo las botas.

Al principio pensó que era su propio pulso. Luego vió cómo la tierra, la piedra, respondía. Un temblor real. Movimientos de tierra, cada vez más frecuentes.

Ello le ayudó a recordar el motivo de su presencia en el lugar. La Fiebre del Oro.

Eventualmente, pasaron todos. Maeve, Vera, Seraphine, Vraask, Madeleine.. varios aventureros. Dieron sus nombres sin más, la mayoría. Gwenaëlle se presentó como "Gwen, aventurera". Pero ahora, lo hacía no con ilusión, sino con miedo.

Y finalmente le tocó el turno a Sariel.

- Sar, sanadora.

El oficial meramente asintió. Sariel pagó el tributo y se unió al resto. Quedaban un par por cruzar, un elfo llamado Durei y Eldric. El último de pronto abrió los ojos y cambió la sonrisa bobalicona por una expresión mucho más siniestra.

- Eso es mentira. No se llama así. Se llama Sariel, y es una forajida en busca y captura por el Gran Imperio del Murkul.

Todos se giraron, atónitos, contemplando al extraño con miradas que oscilaban entre la indignación y la confusión. ¿Pero cómo se le ocurría decir algo así? ¿Por qué en ese momento? Una declaración tan imprudente podría poner en riesgo las vidas de todos.

A no ser que...

Fuese precisamente lo buscado.

- Mi nombre es Sondakur, Gran Destructor Imperial. Y os ordeno que apreséis a esa mujer.

Eldric, que hasta entonces había sido un ruido más en el grupo, un exceso de voz, chasqueó la lengua. Se hinchó. Se transformó. Lo dijo como quien se quita una máscara en mitad de una plaza llena. Como quien escupe en la mano que le ofrece paso.

El mundo bajo los pies de Gwenaëlle empezó a temblar. Pero esta vez no era debido a un movimiento de tierra, sino por un súbito mareo. Ya había vivido esto una vez, en los Dientecillos. La traición vil del oni de Vaprak, cuya maldad espúrea sólo podía igualarse con el tamaño de su ego. Un ser tan odioso y pagado de si mismo que llegó a creerse digno de portar la Lanza Dragón.

Los ojos de los imperiales cambiaron. Se tensaron y apretaron filas.

- ¡Id a dar la alarma! Ya habéis oído al Destructor.

Y los cuernos empezaron.

Uno. Luego otro. Luego otro más allá, respondiendo a lo largo de murallas invisibles. El sonido mordía la piel, se metía en el estómago, te hacía recordar que estás demasiado lejos de casa.

Sondakur habló rápido, con esa seguridad de quien cree que su voz es un arma. Dijo que no era necesario llegar a las armas. Dijo que bastaba con que Sariel se quedase, que pagase su deuda ante el Imperio, que el resto marchase.

Gwenaëlle no dió credibilidad a las palabras del oni. Miró a Sariel. Buscó en sus ojos una chispa de rabia, de miedo. Pero no la encontró.

Lo que vió fue determinación.

Y ahí la semielfo comprendió que ella ya había tomado su decisión. Que regresaría sin ellos.

- Habéis pagado el tributo… el resto, marchad - ordenó el oficial montado, un hombre con el símbolo de la Espada de Ébano. Señaló los cadáveres colgados con el filo,un claro recordatorio de que no esperaba réplica alguna a su orden.

- No, esperad. Que se queden. No sabemos si la forajida huirá - replicó de pronto Sondakur, volviendo sobre sus palabras proferidas minutos antes. Como siempre, le daba absolutamente igual que la contradicción fuese evidente. Su intención no era otra que causar todo el daño posible a quienes consideraba sus enemigos.

- No. Iré yo sola. Tan sólo me buscáis a mi, ¿cierto?

Los oficiales se miraron entre sí y asintieron lentamente.

- Así es.

- Entonces, llevadme ante vuestro señor.

Gwenaëlle quiso gritar. Quiso protestar. Agarró su báculo. Sintió de pronto las manos de Vera y de Leynath aferrándose en torno a ella.

- Maestra. Quédese quieta, por favor.

Gwenaëlle se mordió el labio, sintiendo como sus dientes apretaron contra la argolla que adornaba el inferior. Su paladar se volvió metálico. Y Sariel no la miraba. Su vista restó fija en los oficiales. Arrojó sus armas a los pies de la semielfo y extendió sus muñecas.

- Aquí estoy.

Sondakur clavó su espadón en el suelo con rabia. Protestó. Pataleó. Como un niño grande, pese a medir casi tres metros. Sariel ni siquiera le concedió el placer de una mirada. Era evidente que ni el uno ni la otra se consideraban iguales, pero había un abismo mental entre ambos.

Dos jinetes de huargos avanzaron. Los animales olían a pelo mojado y carne. Traían grilletes pesados.

---

Llovía. Caía pesadamente, como un sudario metálico que calaba en sus huesos, llenando su corazón con un frío desolador. Sus cabellos se pegaban a su cara. Había perdido su sombrero por la apetencia de un soldado muranní, pero se sentía infinitamente más despojada y vaciada.

Partida en dos.

Caminaba junto al grupo, los cuales se iban alejando del puesto fronterizo. Sariel había sido arrastrada, engrilletada, hacia los portones de lo que antes fue la abadía de Hydcont; ahora, los dominios del Lord Brujo. Una cruel ironía del destino que jamás olvidaría. La noche empezaba a caer y la luz de Selûne se ocultaba entre las nubes, como si el mismo astro se avergonzase de lo que ocurría en ese lugar ahora maldito, desolado por la mácula nigromántica y el fracaso de un Amn que se negó a unirse en sus momentos de necesidad.

Gwenaëlle caminaba, pero no estaba allí. Su mente flotaba, divagaba en los laberintos de su pensamiento. El grupo no hablaba, o quizás sí, pero sus palabras llegaban a los oídos de la semielfo con un eco, abafados entre capas de bruma.

Recordó la sonrisa miserable del oni. Y la maldición que ella profirió ante su expresión ufana.

- Las llamas de Alas Plateadas no abrasaron tu vil alma lo suficiente, criatura miserable.

Pero esa bravuconería, fue todo cuanto pudo conjurar. Nada más. La realidad es que se sintió pequeña y frágil, inútil, incapaz de infundir el más mínimo atisbo de respeto ante criaturas que no conocían nada de la supuesta gloria y honor con la que se llenaban la boca.

Y con ese sentimiento de humillación, de profunda derrota, se habían llevado a rastras a su mundo a un lugar incierto, a un destino que podría ser incluso peor que la muerte.

No pudo hacer nada para evitarlo.

El grupo se detuvo en un lugar que estimaron más seguro. Vera informó que debía descansar para preparar el sortilegio de teleportación. Y en un momento de descuido, en el que todos discutían como proceder, Gwenaëlle sintió como los sentimientos que bullían en su corazón afloraron en un torrente de rabia irrefrenable.

- ¡AAAAAAGH! - bramó desquiciada.

Cogió su báculo, su preciado báculo, y golpeó con él un árbol con todas sus fuerzas. Miraculosamente, no se quebró, aunque todos pudieron sentir la reverbación del golpe sacudir el suelo.

Lo dejó caer al suelo y entonces continuó canalizando su rabia contra la corteza. Se imaginó, por un instante, que ese desdichado árbol era el rostro de Sondakur. Cerró los puños y comenzó a golpear. Una vez. Luego otra. Luego otra.

La corteza apenas había sufrido daños, pero sus nudillos empezaron a sangrar. El arranque se convirtió en un ejercicio de masoquismo. Cada golpe hacía que sus manos ardiesen, y aumentaba, a su vez, sus ansias de seguir entregándose a la ira.

Leynath la sujetó del hombro. Su mano fue suave, casi compasiva.

- Gwen, calma... Te estás haciendo daño.

Maeve la miró con esa mezcla de lástima y comprensión que resultaba humillante, porque era certera.

La dejaron. Le dieron unos pasos de espacio. Quizás con miedo a recibir, aunque cualquiera de los presentes podría superarla físicamente con facilidad.

Y tras unos minutos así; quizás diez, o puede que quince. Se detuvo. Inspiró. E hincó sus rodillas en el suelo, entregándose a un llanto desconsolado.

El aire olía a petricor y a derrota.

Eventualmente, el grupo volvió a Athkatla. En silencio. Ella con ellos. Obediente. Cobarde. Otra vez.

Porque seguir viva era lo único que podía hacer para no convertir el sacrificio de Sariel en un acto inútil. Pero eso no lo hacía más noble.

Sólo más doloroso y sucio.

Y el olor de esa suciedad la acompañó, paso a paso, como una sombra que no se aparta ni con la luz de la luna.
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II.

Pasaron los días y la sensación de impotencia, de suciedad, no desaparecía. Por más que se lavase. El fantasma de la vergüenza seguía a Gwenaëlle allá donde fuese, y si bien hizo lo posible para que los actos ocurridos en la frontera no trascendiesen, los cuchicheos comenzaron.

Durante dos días no abandonó los confines del templo. Las novicias, cuando se cruzaban con ella, la evitaban como si fuese un alma en pena. Sus ojeras se habían vuelto aún más pesadas, su porte aún más desgarbado. Caminaba arrastrando los pies, completamente abatida.

Estaba viva y a salvo, sí. Pero carente de propósito alguno.

El remordimiento, no obstante, era una penitencia inútil No bastaba con sentirlo para merecer algo. Se convertía en un pozo sin fondo, uno que consume el alma desde las entrañas hasta no dejar más que un cascarón vacío. Arrebataba cualquier atisbo de voluntad hasta el punto de que durante dos días, no rezó. No leyó, ni comió, ni bebió. Simplemente, existía en un estado inerte, una figura postrada en el lecho sumida en un tormento de autocompasión.

Durante dos días, su única compañía era el frío granito del techo.

Al tercer día, se obligó a salir del templo.

Volvió a lucir su manto de estrellas, sin sombrero. Lo había perdido en el paso. Caminó con el rostro cubierto por una caperuza y vagó sin rumo aparente por la ciudad, hasta que sus pasos dieron hasta los llanos exteriores de la ciudad. Allí, a lo lejos, se atisbaba la Luz del Alandor y sus terrazas. La de siempre.... vacía.

Por un momento, por un mísero instante, esperaba que la realidad fuese otra.

Se quedó entonces absorta, con la mirada fija en aquella mesa vacía, como si por el hecho de quedarse observándola fuese a cambiar la realidad en la que vivía. Pero no podía borrar aquel tintineo de su cabeza. De cadenas entrechocando, el crujir de la puerta de metal negro entreabrirse. Como la figura de su amada desapareció en las sombras de la Fortaleza del Fuego Infernal, para no volver a saber de ella.

Su mente fue arrancada de aquella pesadilla diurna cuando la voz calmada de una conocida la interpeló.

- Gwen, qué gusto verte.

Parpadeó. Miró hacia quien la nombraba. Una mujer de cabellos vaporosos y piel azulada. Cythera. Una antigua compañera del Claustro de la Schola. Gwenaëlle intentó sonreír pero fue incapaz de fingir.

- Bienhallada.

- Vaya, qué cara tienes. ¿Todo bien?


- Lo cierto es que no - dijo con un tono más seco que el que esperaba, carente de su usual dulzura.

- Oh, vaya. Bueno, ven, siéntate y cuéntamelo si quieres.

Aceptó la invitación. Cythera mantenía su disposición diáfana y liviana, como el viento de primavera que recibe a quien abre una ventana al amanecer. Pero Gwenaëlle era ahora todo lo contrario; frío y pesar, tristeza y pesadez. Inerte, estática, negativa. No quería admitirlo, pero poco a poco, la preocupación la iba consumiendo.

Intercambiaron pocas palabras antes de que un soldado caminando con un bastón se les acercase. Era un muchacho joven y con rostro serio, de pocas palabras y tono austero.

- Miladies. Disculpen por la intromisión. ¿Acaso saben dónde puedo encontrar una sanadora?

- Vaya, estáis de suerte - dijo Cythera con una sonrisa. Señaló entonces a Gwen - Aquí tenéis una.

- Uhm...
- Gwenaëlle parapadeó, miró a la genasí y luego al hombre - Sí, soy sacerdotisa de Selûne, y... dependiendo de la dolencia, puedo ayudaros.

- Bien, gracias. Pues verán, hay un hombre llamado Brag que dice buscar sanar a su amigo Rukhar. Que quiere que le arreglen la cara rota, o algo así me dijo. Si pueden acompañarme, les llevaré hasta él.

La semielfo parpadeó. ¿Rukhar? ¿El señor Rukhar?

Pero... ¿no estaba muerto? ¿Y no se había afiliado a Murann, tras haber desaparecido tras un año?

¿O era otra mentira que le había contado Sondakur, días antes, en el paso?

A no ser que fuese...

La mirada de Gwenaëlle brilló con un atisbo de perspicacia. Se levantó de la mesa como un resorte.

- Llevadme hasta él. Cythera, ¿podrías acompañarme?

- ¿Ah? Sí, claro...

-----

En el Distrito de la Tumba, bajo una lluvia plomiza que caía como un recuerdo incesante de la tristeza que evocaba el lugar, entre lápidas cuidadosamente selladas para que los sepultados no perturbasen el descanso de los vivos; ahí estaba el hombre verde. La máscara humana del monstruo. El mismo que había sonreído con aquellos dientes amarillentos, afilados como garras. El mismo que había fingido tregua pero no conocía otro idioma que la traición.

La fuente de todos su males. El ser al que genuinamente, Gwenaëlle podría afirmar que odiaba sin tapujos.

Sondakur.

No venía solo, dijo. No era tan idiota. Eso dijo con esa seguridad que otorga la creencia de saberse intocable. A su alrededor no había nada visible. Pero eso no implicaba necesariamente que sus palabras fuesen mera bravuconería. Existía la posibilidad de que fuese cierto, y que una patrulla muranní aguardase sus órdenes, ocultos entre las tumbas.

Pero Gwenaëlle no estaba sola. Iba acompañada de Cythera, la maestra artífice, y el joven soldado Alvaro Varocht. La elfina Calendil también les acompañó cuando se cruzaron de camino al distrito, pero se mantuvo en un discreto segundo plano, sin voluntad aparente de inmiscuirse en la situación.

Gwenaëlle se mantuvo tras Alvaro. Su pulso temblaba. Sus nervios afloraban, pues la presencia del oni le causaba puro espanto. Su báculo pesaba , como si estuviese sosteniendo con él el peso de toda la culpa que acarreaba la destrucción de Imnescar y la abadía.

- ¿Me traéis a esta? No vengo a luchar - dijo el oni, alzando las manos.

- Así que eres tú.... ¿tras todo lo que has hecho, tan capaz te crees como para volver a tierras amnianas, sin esperar consecuencias?

- Ah, ah. No vine a por ti, Gwen. Sólo necesito un sanador.. ¿Pero acaso no te preocupa el destino de tu amigo Rukhar? ¿No fue un Caballero de la Luna, hm? Queremos homenajearle como es debido, pero.... necesito que el cuerpo esté listo para el funeral.

- ¿Acaso te burlas de mi? - la semielfo rechinó los dientes - ¿Crees que te ayudaré, de ser cierto lo que dices? Si realmente os importa la memoria del señor Rukhar, traed su cuerpo a Amn y nosotras le administraremos los últimos sacramentos. Pero pretender que yo acuda a vuestras tierras, después de lo que habéis hecho... después de atrapar a Sariel. Jamás te lo perdonaré.

El resto miró entonces a Gwenaëlle con rostros desconcertados.

- ¿Que hicieron qué? ¿Capturaron a Sariel?

Sondakur sonrió. Pero dentro de la burla había cierto cálculo. Su mirada viperina saltaba entre los presentes. Buscaba ganar tiempo.

- Sariel recibió lo que se merecía. Y si os enfrentáis a mi ahora mismo, pagaréis también el precio. Haced lo que debéis hacer: ¿no es eso lo que vuestra fe pregona?

Había desdén en su tono. Mofa. Otra más.

¿Cuánto más podría soportar un alma cándida como la suya hasta que quebrase? ¿Cuántas humillaciones? ¿Cuántas veces permitiría que ese demonio se burlase de la memoria de su señora y se saliese con la suya, una y otra vez?

La provocación era demasiado burda. Demasiado evidente.

Quería gritar. Quería blandir su báculo y golpearlo. Recordó el dolor de sus nudillos, sus manos aún vendadas y reblandecidas por herirse con la corteza de aquel árbol. El oni se alzaba frente a ellos como un peligro invencible, una perdición de la que jamás se libraría por lo que le restase de vida.

Su mirada cayó al suelo. A sus pies. La lluvia caía pesada, haciendo que la tela de la capucha se pegase a su rostro. Las gotas recorrían sus facciones. El frío hacía que su aliento cristalizase con cada bocanada de aire.

Por un brevísimo instante, ponderó si dejaría que la cobardía le venciese. Si permitiría que el peso de su propia mediocridad aplastase su espíritu herido. No era el momento de tomar riesgos absurdos, puesto que las consecuencias de la derrota podrían implicar que la situación de Sariel, y la suya propia, se complicase irremediablemente.

Pero hubo algo en su pensamiento, una voz interior que la conminó a fijar todo su ser en una única palabra.
Lucha.
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Aún partida, aún devastada por la pérdida y por las incertezas, la semielfo alzó la mirada y la clavó con fijeza en el Gran Destructor. Aunque aún se sintiese debilitada por haber tocado el cáliz maldito. Aunque la esperanza de victoria fuese absurdamente remota, pues no contaba con la pericia y protección de su compañera veterana. Aunque fuese una trampa segura, una de la que no podría huir si se arrojase a las fauces del peligro.

No volverían a tener otra oportunidad como esta.

Y por un momento, por un brevísimo instante, la sonrisa de Sondakur se empequeñeció.

Gwenaëlle asió su báculo con fuerza y comenzó a caminar hacia él.

- Te daremos la misma cortesía que diste a Sariel. Por todo el daño que has hecho a las mías y a Amn, hoy tus actos tendrán consecuencias.

Ella no era Sariel. No era valiente como ella. No era hábil combatiendo. Ni era una mujer de acción.

Pero al igual que un animal herido, cuando la desesperanza cala en lo más hondo del ser, surge en ocasiones un instinto que de ser atendido, permite a los espíritus gentiles alzarse contra los monstruos más crueles.

No hubieron palabras que evitasen el conflicto posterior. Y bajo la lluvia de plomo se libró una contienda en el Distrito de la Tumba, una que se resarciría con venganza para uno de los dos bandos implicados.​
 
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III.

El cielo seguía cayendo como una sentencia en la Ciudad de la Moneda. Lo que pareció ser una mera tarde de lluvia se había convertido en un llanto. El mundo se tiñó de gris y los colores fueron apagándose a medida que la luz solar de la tarde menguaba.

Y sin embargo, entre tonos desteñidos, brillaba a lo lejos una luz que fue atisbándose desde el Hospicio. Primero tenue, luego más intensa y constante. Era una especie de esfera, o más bien, un círculo que flotaba un par de palmos sobre el suelo, más o menos a la altura de la frente de un Sacodemaíz.

En torno al mismo marchaban un grupo de personas. Una de ellas, ataviada con una capa azul oscura, teñida de estrellas. A su lado, un joven soldado de las Fuerzas Armadas y un ilmatari vistiendo túnicas sencillas.

Un par de amnianos se quedó mirando. ¿Qué llevaban ahí exactamente? ¿Qué era ese disco? Seguramente magia; debía ser algo importante si no lo habían puesto en un carromato. Uno de ellos achinó la mirada y trató de fijarse mejor. Era... una silueta de un hombre. No, era mucho más grande que un hombre. Era...

Piel verde. Cabellos rojos. Cuernos.

Era... ¿un diablo? No...

- Ese... ¿ese no es el terror de Imnescar? - dijo uno, con un hilo de voz.

- No, ¿pero qué dices? ¿Qué va a hacer aquí?

Leynath, mientras tanto, estaba atendiendo a su caballo en el establo de la Luz del Alandor. Cuando la comitiva pasó por su vera, con paso incesante, abrió los ojos de par en par. Por un momento, juró que se le habían escapado las bridas.

- No me lo creo...

Gwenaëlle entonces se detuvo un instante. Se giró, miró a Leynath. El ámbar de sus ojos reflejaba una profunda tristeza, un cansancio atroz. Como si fuese a caer al suelo en cualquier momento.

No era la expresión de alguien que había derrotado a su enemigo.

Era la expresión de un corazón roto.

Pues no había tormento que pudiese causar a sus enemigos que pudiese devolver lo que le habían arrebatado.

---

Pronto el rumor se extendió por la ciudad.

- ¡El oni! ¡El oni! ¡Lo han capturado!

- ¡Imposible! ¡Pero cómo lo han logrado?

- ¡La Oráculo, la Maestra Greyfax y un jovenzuelo de la guardia, el Varocht! Dicen que se batieron con él, en el cementerio.

- ¿Pero qué hacía ahí? ¿Pretendía a lo mejor alzar a los muertos para repetir lo que hizo en Imnescar?

- Mira, no lo sé, pero espero que arda en los Nueve Infiernos. Mi familia era de Imnescar... lo perdimos todo.

- ¿Y a dónde se lo llevan?

- Pues...


La especulación y el circo entre bambalinas no hizo más que acrecentarse en momentos posteriores. La lluvia golpeaba los tejados, pero no había viento. Era simplemente una cortina, un sudario metálico que envolvía Athkatla como una burbuja. Ello no impidió que mucha gente aquel día saliese y que de pronto, muchos viesen a Sondakur en todas partes.

- He oído que van a hacer experimentos con él. Los Magos Rojos...

- Pues a mi me han dicho que van a torturarlo en el cuartel de la guardia.

- ¿Crees que los selunitas lo van a apresar?

- Pues si acaba en sus manos, me da que el destino que le aguarda es aún peor...

----


Empapada, la capa aún goteaba, pese a que ya habían cruzado el umbral del Salón de la Luna hará varios minutos. Gwenaëlle sostenía las cadenas como quien agarra la correa de un león sedado; con suma cautela. En la entrada, aguardaba la Suma Sacerdotisa y Estrella de Plata de Amn, Selise, acompañada de varios Caballeros de la Luna.

Su expresión era seria, conteniendo una genuina mueca de asco cada vez que habló.

- Así que es cierto... ¿lo habéis apresado?

- Suma Sacerdotisa - Gwenaëlle se inclinó en una reverencia quizás demasiado larga, poco medida - Sí. Lo... logramos.

Explicó todo lo que sucedió. Sondakur, mientras tanto, recobró la conciencia. Se vió sorprendido, envuelto en cadenas, tumbado. Empezó a rugir, a bramar.

- Qué... ¿qué hago aquí? ¡Argh, maldita sea! ¡Soltadme! ¡Malditos!

El oni entonces trató de zafarse de las cadenas. Pero eran muy fuertes, incluso para el poderío de un ogro. Varios Caballeros de la Luna avanzaron en torno a él. Sus expresiones eran insondables bajo los yelmos, pero el brillo en los ojos no ocultaba el odio que sentían por el Destructor.

Quizás por ello, este recurrió a otra treta. Empezó a mutar su forma, adoptando de pronto un semblante.. pequeño. Adorable. El de un niño humano de unos cinco años de edad. Entonces, la criatura rompió a llorar, su rostro apenas atisbándose entre los pliegues de la armadura que de pronto le quedaba demasiado grande.

- ¡No me hagáis daño! ¡Waaagh! ¡Waaagh!

Pero lejos de inspirar compasión, el rostro de Selise se tiñó de furia. Hizo un gesto a los Caballeros para que avanzasen.No habría piedad con aquellos que jugasen con los nobles sentimientos que inspiraban los niños.

Los gritos de auxilio del oni retumbaron en el Salón de la Luna, pero aquel día, nadie vino a su auxilio.

Gwenaëlle lo explicó todo. Como se lo habían encontrado. Lo que pretendió hacer, y cómo habían logrado vencerlo. Selise asintió y puso sus manos sobre los hombros de la Oráculo y simplemente le dijo.

- Está bien. Ahora, descansa. Te dejaré a ti a cargo de esto.

- Sí, Suma Sacerdotisa.

Los Caballeros de la Luna despojaron al oni de todas sus pertenencias tras haberlo dejado inconsciente. La criatura revertió a su forma original tras la paliza recibida, lo cual pareció enfurecer aún más a los selunitas. Le colocaron sendos grilletes; en los brazos, en el cuello, repletos de encantamientos que hacían imposible conjurar o usar magia. Templados con aleaciones que difícilmente podrían ser superadas con fuerza bruta.

Se lo llevaron.

Gwenaëlle entonces se despidió de la comitiva que fue marchándose. Tan sólo quedó el Padre Dick, quien escoltó el preso y a los Caballeros a su celda. Ella se quedó atrás. Fue a cambiarse de ropas.

Cerró la puerta tras de si. Su habitación, repleta con talismanes, extraños amuletos que pendían en las paredes, alternados por cimitarras de todo tipo de formas, colores y aleaciones. Una extraña cacofonía donde los intentos de orden se veían perturbados con un exotismo castrense. Al fondo, una cama demasiado grande para una persona, que ahora parecía demasiado lejos para caminar hacia ella.

Se pegó contra la puerta cerrada y cerró los ojos. Quería llorar. Pero estaba demasiado cansada para hacerlo.

Y el olor a petricor, a suciedad, aún no se había ido.

La seguía a todas partes.​
 

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IV.

¿Qué precio tenía una vida?

En la Ciudad de los Genios, donde el simbolismo del valor adquiría un significado literal, todo podía ser transaccionable. Y no era casualidad, entonces, que Caravassar fuese muchas veces el punto elegido para negociaciones entre grupos irredentamente hostiles. Pocos se atrevían a alzar sus armas en el dominio de los Dao, y menos aquellos que escapan ilesos de su osadía.

En una habitación ostentosa, lujosa para los estándares amnianos, Gwenaëlle aguardaba junto a Mernalyyn. Se mantenía expectante, con un rictus aparentemente pétreo, con la mirada fija en la puerta que eventualmente se entreabrió. Su rostro cargaba una tristeza entremezclada con cansancio persistente y las ojeras empezaron a marcar surcos profundos en sus facciones, ahora aún más afiladas y que sacaban a relucir su ascendencia élfica. Como si poco a poco, fuese quedando menos de ella misma. Como si el episodio de la frontera se hubiese quedado incrustado bajo su piel, y ahora tirase de ella, hacia abajo, como un pedrusco que intentaba aplastarla con cada día que pasase.

El origen de su tormento no era sólo Sariel. Era la idea de Sariel: una silueta blanca hundiéndose en la sombra de una puerta de metal negro, y el tintineo de cadenas cerrándose a destiempo en su memoria.

Y, sin embargo, había algo nuevo. Algo de lo que aferrarse.

Sondakur estaba vivo. Y estaba preso. Por un milagro. Por su mano y la de otros. Y había convencido a sus cómplices para retener su custodia.

Aquel pensamiento, tan pragmático, tan descarnado, le provocaba un rechazo inmediato, pues pensar en un ser aprisionado como una mera ficha de cambio, aún siendo la fuente de tantos males para las suyas, iba contra sus propios principios. Y al mismo tiempo le devolvíó una forma de propósito. Una esperanza de que quizás, no tendría que pagar un precio tan alto.

Selûne apretaba, pero no ahogaba. Era el pensamiento que se repetía incesantemente. Debía ver luz donde otros sólo atisbaban sombra.

El sonido de pasos anunció la comitiva antes de que cruzase el umbral. Nabil En-Nesyr apareció primero, con la compostura de quien cree estar pisando terreno propio incluso cuando está invitado. Tras él, la embajadora.

Adrasteia.

Su figura no era amenazante por corpulencia, sino por cómo se movía. Por esa manera de medir el espacio con la mirada, de no desperdiciar gesto alguno. Llegó acompañada por Shaed Vashir, y Gwenaëlle alcanzó a escuchar, desde el pasillo, la mención de dos mercenarios aguardando fuera. Una precaución pequeña, casi decorativa, pero cargada de intención.

Como todo en Murann.

Gwenaëlle se irguió con torpeza, sacudiendo su manto de estrellas. Notó cómo Mernalyn ladeó la cabeza, con su mano firmemente asida a la empuñadura de su látigo, observando a los recién llegados. Midiéndolos.

Nabil habló primero, cortés y brevemente. Un mero saludo protocolario. Después, dejó que Adrasteia tomase la palabra, como si la propia conversación estuviese ya escrita y él sólo hiciese de margen.

- No es la mejor de las situaciones - dijo ella, inclinándose con una cortesía mínima - Pero agradezco vuestra disposición para conversar.

Gwenaëlle devolvió el saludo con un asentimiento y la formalidad justa.

- Ciertamente… son circunstancias extraordinarias.

Adrasteia desvió la mirada hacia Mernalyn, hacia la mano que asía el látigo.

- Las armas no serán necesarias - indicó, con calma - No busco conflicto.

Gwenaëlle sostuvo su mirada un segundo. Quiso decir que tampoco ella lo buscaba. Quiso decir muchas cosas. Al final, sólo escogió la frase más segura.

- Buscamos una solución diplomática. Que evite escaladas… y escarnio mutuo.

Era ridículo: hablar de “escarnio” con el estómago encogido por el miedo, con la vida de Sariel pendiendo de una voluntad ajena.

Adrasteia asintió, y entonces preguntó, directa:

- ¿Qué mensaje deseáis transmitir?

Gwenaëlle tragó saliva. Notó el sabor a hierro, a petricor. Recordó el yermo. Las tumbas del Distrito. La mirada llena de odio de Sondakur, clavándose en ella a medida que fue arrastrado a su celda.

- Quisiera conocer las condiciones de la convocatoria. Y… transmitir una novedad. Una que acaba de suceder, y que entiendo podría cambiar expectativas.

La embajadora no fingió sorpresa. No era mujer de sobresaltos.

- No estuve presente en el acto, pero la convocatoria era simple. Habéis sido llamada, en calidad de invitada, a la Fortaleza del Fuego Infernal, por orden del Lord Brujo. Su intención es que estuvierais presente ante la sentencia y castigo de Sariel Shade. De no hacerlo posiblemente la muerte. O un castigo peor.

Una amenaza. Pero tampoco podía mostrar demasiado sus dientes. Al fin y al cabo, esta vez, Murann no poseía todas las piezas bajo su poder.

- Comprendo - dijo al fin, tras una pausa larga - Aceptaré la convocatoria. Sin embargo, habréis de saber que Sondakur, en estos momentos, se halla apresado.

Mernalyn dejó escapar una sonrisa pequeña, de ladina satisfacción. No era una sonrisa feliz.

Adrasteia no pareció sorprendida. Pero tampoco satisfecha.

- Era cuestión de tiempo.

Se tomó una pausa. Miró a su compañero, a Nabil. Este se encogió de hombros. Y entonces, ella volvió a preguntar.

- ¿Quién disputa su custodia?

- Está bajo custodia de la Santa Iglesia de Selûne. Su destino depende de nosotras.

Nabil esbozó una mueca divertida, entonces.

- Ha de estar disfrutando de lo lindo.

- No morirá.


Lo dijo sin querer dar más contexto. Como si explicar las razones fuese conceder control sobre ellas. Como si aceptar siquiera la posibilidad fuese un pecado.

Adrasteia inclinó la cabeza, casi con curiosidad.

- El destino del oni no es tanto de mi interés como evitar que este evento trascienda.

- Para nosotras, la publicidad tampoco importa. Importa.. lo que está en juego.

- Comprendo. Con la novedad expuesta, Gwenaëlle de Argluna: ¿deseáis acudir al llamado del Lord Brujo, o enviar un mensaje al mismo?

- Acudiré. Respetaré su autoridad y su invitación. Pero confío en que no se hará de todo este incidente un circo público. No pocos querrían convertir la captura de Sondakur en un acto de humillación contra Murann.

- Bien.

- Sin embargo, os advierto que vuestro deseo puede no verse cumplido. Participaron muchos en su captura, y para transportarlo a su lugar de reclusión… no puedo obrar con la discreción oportuna. No obstante, nos abstendremos de hacer comunicados públicos si se hace propio con la situación de la Alta Sacerdotisa.

La embajadora esbozó una sonrisa leve. Daba impresión de que en realidad, poco le importaba el escarnio del oni, sino como usar la situación en beneficio propio Y Nabil añadió, con un tono ligero:

- Esto podría ser una gran pantomima. Me pregunto si todo cabrá bajo la alfombra.

- Todo podrá quedar en un intercambio. En un mal sueño, para ambos.

Nabil, como si saborease el momento, preguntó en voz baja, pero audible para todos:

- ¿Cuánto vale una vida?

¿Cuánto vale? La pregunta era muy relativa. En abstracto, ninguna vida tenía precio alguno que se pudiese pagar por él. La realidad mortal era distinta. Las vidas distantes pesaban menos que las cercanas.

Y la de Sariel...

Tan sólo pensar en ello hizo que su estómago pesase como una piedra, alzándose para aplastar sus pulmones.

- No nos bastará con un mero uno por uno. Sabemos que una reliquia del Salón de la Luna está bajo posesión de algún estamento de Murann. Creemos que una entrega discreta de la Alta Sacerdotisa, y la devolución de la reliquia, serían suficientes para solucionar amistosamente este conflicto. Nosotras honraremos dicha entrega con la del propio oni.

La propuesta, dicha en voz alta, le produjo un profundo asco.

Nabil soltó una risita.

Adrasteia no rió. Pronunció, despacio, como si cada palabra fuese un golpe controlado:

- ¿Estáis… negociando a cambio de la vida… de Sariel Shade? ¿Vuestra aliada, compañera, alta sacerdotisa, maestra… amada?

Las miradas de ambas mujeres se cruzaron. El brillo en los ojos de Adrasteia, sin embargo, estaban teñidos con un deje extraño, uno que Gwenaëlle asumió como sorna. Al fin y al cabo, si sacaba a colación tantos personalismos, no era por otro motivo que el de apelar a sus sentimientos para el propio beneficio de la Rundeen.

Y lo peor de todo, es que funcionó. El nudo en su estómago apretó con más fuerza. Quería vomitar.

- La Iglesia me ha autorizado a negociar los términos de entrega del oni como estime oportuno. Y estoy segura de que el Ejército de Murkul podrá llegar a un acuerdo razonable con quien la detente.

Adrasteia la observó un instante, y entonces asintió, sin ceder la tensión.

- Sabed, pues, que la vida de Sariel Shade está en vuestras manos. Intentad no olvidar que no os ciega ahora vuestro orgullo. Yo no estoy aquí para negociar. Transmito vuestras palabras.

Gwenaëlle exhaló.

- No me repetiré, Embajadora.

- Sea, pues: la vida de Sariel Shade, y una reliquia de Selûne, por el oni Sondakur. ¿Son estos los términos que proclamáis?

Gwenaëlle sostuvo la mirada. Ya no había lugar para matices.

- Así es. Un enemigo irredento de la Iglesia de Selûne, autor de la matanza de Imnescar y artífice de la caída de la abadía de Hydcont… a cambio de la Alta Sacerdotisa Sariel Shade y la reliquia sustraída.

Personalismos para poner contexto. Pues lo que pedían los muranníes no era menor: pedían que los selunitas, los derrotados en el asedio de Imnescar, entregasen al que era conocido como el Carnicero. No era un intercambio justo; ella sabía que las congregaciones no aceptarían de buen grado que fuese un uno por uno. Debía aportar algo de vuelta. Algo más.

Y Murann no iba a entregar esclavos a cambio de Sondakur.

La reunión concluyó con la cortesía de las cosas que no están resueltas. Adrasteia marchó con sus escoltas, partiendo de Caravassar hacia el yermo de la Fortaleza del Fuego Infernal; más allá, todo sería decisión del Lord Brujo. Cuando el sonido de sus pasos se perdió y la puerta volvió a ser sólo madera y metal, Gwenaëlle se quedó mirando el espacio vacío que habían dejado.

Mernalyn entonces se acercó a la Oráculo. Pero no como una Dama de la Luna. Puso una mano sobre su hombro y apretó con suavidad. Sonrió con desparpajo, aunque sus ojos se mostrasen vidriosos, conteniendo las lágrimas.

- Gwen. Todo saldrá bien. Sé fuerte.

Gwenaëlle asintió. ¿Pero acaso eso sería cierto? ¿Podrían pagar el precio que les pedían?

 
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V.

Atravesar el yermo que antaño se conoció como Imnescar era como caminar por el interior de una herida gangrenosa. La tierra se había vuelto negra y purulenta, e incluso el propio aire respirado dejaba un regusto a alquitrán en los pulmones. Donde antaño había hierba verde y fresca, allí ya no crecía nada.

En lo alto de una colina, en una posición aventajada, se alzaban entre los restos de la antigua Abadía de Hydcont una torre negra, rodeada de muros igualmente oscuros. Como si fuese un tumor que perturbaba la armonía de un paisaje cada vez más retorcido.

Era la Fortaleza del Fuego Infernal.

A medida que se acercaron, Gwenaëlle y la comitiva que la acompañaba pudo apreciar que la arquitectura seguía teniendo la misma silueta familiar, salvo la torre. La base había sido conservada, pero había sido profanada en su raíz. Se habían bloqueado los ventanales con barrotes de hierro negro. Las estatuas de Selûne habían sido descabezadas, dejando tan sólo sus bustos como una burla descarnada. En torno al lugar se formaba un bullicio de mercadeo sin moral en el que la prosperidad era, a simple vista, una máscara sobre la esclavitud. Gwenaëlle apretó el báculo contra su pecho, respirando con cuidado, conteniendo las lágrimas como se contiene un vómito: saboreando su propia bilis, tragando su vergüenza, reconociendo entre muchas caravanas los blasones de casas amnianas de reputado prestigio.

Incluso en el horror se había desarrollado una suerte de normalidad.

El interior de la fortaleza aún tenía reminiscencias al antiguo santuario en el que el Capítulo otrora se reunía. Sus recuerdos felices se vieron de pronto desgarrados por la presencia de runas infernales en las paredes, columnas rotas y la presencia de todo tipo de criaturas nefarias y diabólicas que circulaban con completa libertad. De vez en cuando se podían oír gritos que provenían de lugares inciertos, desde los pasillos retorcidos de la abadía.

La fortaleza estaba, además, fuertemente custodiada. Pero como todo en aquel lugar, teñido con blasfemia y escarnio. Pues muchos de los centinelas no estaban vivos: eran no-muertos. Esqueletos y otras formas de no-muerte, muchas portando armaduras con signos de la luna arañados o desfigurados. Intentó no reconocer algunas caras, aunque por su estado de descomposición, no era realmente algo factible.

Sus antiguos compañeros. Sus hermanos, ahora esclavos para la eternidad.

Gwenaëlle cerró los ojos.

Inspiró profundamente.

No era momento de dejar que el terror la gobernase. No allí. No cuando cada paso era una negociación con la indignidad, y cada gesto, una prueba para su fe.

Avanzó por el pasillo y pronto fue recibida por una criatura pequeña y miserable, que revoloteaba y se movía con profunda suficiencia y cobardía medida. Un diablillo. Sus ojos brillaban con malicia pura y su sonrisa era afilada, hambrienta.

- ¿Quiénes sois? ¿Por qué venís a pedir audiencia con mi señor? ¡El infame y glorioso Lord Brujo!

Gwenaëlle notó el impulso de apretar el puño, de conjurar, un destello fugaz de destrucción en su mente, tan absurdo como humano. Lo desechó con rapidez. Se obligó a hablar con compostura.

- Mi nombre es Gwenaëlle de la casa Mirvalen. Acudo en respuesta a la convocatoria del señor de este lugar.

Pronto, unos pasos retumbaron y precedieron al surgimiento de otra presencia. Una mujer de curvas y ropas atrevidas y melena de color imposible.

Adrasteia.

- Solo Gwenaëlle de Argluna fue convocada, como su invitada. Se dijo que viniese sola.

Gwenaëlle, sin mirar hacia atrás, hacia la comitiva que venía, insistió.

- Como comprenderán, por razón de mi cargo, se desaconseja que viaje sola por caminos peligrosos. Vienen como mi escolta.

Mernalyn añadió, con un leve cabeceo, sin teatralidad innecesaria:

- Mi labor hoy es garantizar su seguridad.

Aquello no le gustó al mayordomo. Chilló con una voz cortante, de pito.

- ¡Aquí no son como los amnianos! Si traéis escolta, será bajo mis reglas. Y, a menos que vos, Gwenaëlle, os hagáis responsable de sus actos… pagaréis las injurias y agravios que cometan.

- Así será.

- ¡Depositad las armas! ¡Nada de cosas raras!

Todos obedecieron. Nadie vino aquel día a luchar. Sería un suicidio.

También descubrieron sus rostros. Vraask. Gunna, Mernalyn, Maeve, Lufram, Baldrak y el Padre Dick. Gwenaëlle se fijó en sus rostros; a todos ellos, menos a Baldrak, les invadió una súbita congoja; un sentimiento de adentrarse en lo más profundo de una pesadilla infernal.

Pero por algún motivo, aquel día, ella logró resistir el impulso de abatirse.

El diablillo los guió serpenteando entre columnas, dejando tras de sí un olor ácido. Y, al fondo del salón, donde antes estaba un altar consagrado a Selûne, se había colocado un trono hecho con huesos y calaveras. Sentado en el mismo, una criatura imponente, mucho más de lo que era Sondakur, embutida en una armadura tan negra como su alma.

El Lord Brujo.

- ¡OH! ¡SU EXCELENCIA! ¡INFAME Y GLORIOSO, TODO PODEROSO LORD BRUJO! - gimoteó el mayordomo con una reverencia grotesca - Tenéis visita…

La figura colosal del Lord Brujo no necesitó levantarse para imponerse. Su armadura estaba cubierta con símbolos infernales; en su pecho colgaban signos de Asmodeus, runas y círculos trazados como promesas de dominio. A escasos metros, un perro de guerra del tamaño de un trono, con tres cabezas humanas, mordisqueaba distraídamente lo que Gwenaëlle reconoció ser un brazo humano.

- Paso al frente, extranjeros. Sangre y Gloria.

Adrasteia se inclinó y habló la primera.

- Vuestros invitados, Lord Brujo. Gwenaëlle de Argluna y su escolta personal.

Gwenaëlle avanzó y juntó las manos, inclinando la cabeza con deferencia cortés. Mernalyn hizo una reverencia costosa, medida, casi a regañadientes. El resto de integrantes permaneció cerca, pero no demasiado. El miedo llenaba sus cuerpos, nublaba sus pensamientos.

Gwenaëlle intentó no mirar a las tres cabezas del perro. Intentó no pensar en Sariel, en cadenas, en puertas negras. Intentó, sobre todo, que no se le notase que estaba tragándose la náusea.

- He recibido vuestra invitación.

La voz del Lord Brujo retumbó sobre la piedra. Y cuando hablaba, el resto callaba. Su presencia inspiraba silencio y terror.

- Pensé que a estas alturas ya tendrías algo que ofrecerme. Lo que poseo tiene precio, y mi señor debe cobrar sus deudas. Si vienes con las manos vacías… trae al menos palabras dignas de oír. Si no, tendrás más remedio que aceptar lo que yo os ofrezco.

Gwenaëlle ladeó la cabeza. Miró un instante a Adrasteia, como si temiese haber entendido mal, y corrigió su propio rictus.

Algo iba mal.

- Se me pidieron los términos y se los facilité a la embajadora. Puedo volver a transmitirlos, por supuesto.

- Hablad.

Y Gwenaëlle habló.

Del Gran Destructor apresado. De Sondakur intentando entrar en Amn. De su captura, inevitablemente pública. De la burla que podría volverse escarnio.

El Lord Brujo escuchó.

- Sondakur es responsable de innumerables transgresiones y burlas hacia los miembros de mi fe. Es por ello que… ofrecemos un intercambio. Su vida, por la de Sariel. Y vuestra mediación, además, para recuperar una reliquia que nos fue sustraída del templo de Athkatla.

El silencio que siguió no fue sorpresa, sino sopesar.

- Sondakur cae por el peso de su propio reflejo. No es la primera vez que veo a alguien querer ahogarse en su vanidad. Las cadenas son orgullo… y así lo dicta el Nuevo Orden. Pero… ¿y Sariel? ¿Es prescindible?

No, no lo era. Y el Lord Brujo echó sal a esa herida.

- Decir que Sariel Shade es prescindible para vos, señora Gwen… es como decir que el filo es prescindible para la daga.

Gwenaëlle sintió cómo se le tensaba el pecho. Intentó mantenerse firme, pero la angustia asomó a su facciones, ensombrciéndolas aún más. Este juego parecía consumirla.

- No lo es. Pero tampoco creo que Sondakur lo sea. Aunque vos lo penséis… en política importan las apariencias. El poder no es solo ser; es también parecer. Y Sondakur… ha mostrado debilidad. Y eso es impropio a su reputación. Y más lo será si lo castigan amnianos… y no vos.

Otra pausa. Más larga. El Lord Brujo repicó con un dedo en el reposabrazos mientras meditó sobre aquellas palabras. No tenía prisa. Al fin y al cabo, tenía todo el tiempo del mundo para responder.

Finalmente, se pronunció:

- No tengo la reliquia de vuestra ciudad que mencionáis, Gwenaëlle de Argluna, y no negocio con lo que no tengo en mi poder. ¿Por qué es tan importante para vos?

Gwenaëlle replicó casi como un resorte. Franca. Quizá demasiado.

- Las reliquias solo tienen el valor que la feligresía les quiere dar. Para mí, solo tienen valor las vidas. No me importa que sea esa, en lugar de otra. Mas… devolver la que ha sido reputada su desaparición, me ayudaría… a aplacar la sed de sangre entre los míos. Mi fe, quiere ver a Sondakur muerto.

El Lord Brujo recorrió con la mirada al resto.

- ¿Alguien más desea pronunciarse? ¿O tan solo sois espectadores?

Hablaron.

Vraask señaló el valor estratégico de Sondakur, su conocimiento de guarniciones, logística, mensajes cifrados. Baldrak, con voz grave y sorprendentemente persuasiva, expuso algo más simple y más cruel: que devolver al ogro era devolver una vergüenza, y que Murann aprecia la fuerza por encima de todo; perder a Sondakur como figura era perder un estandarte.

Y entonces habló Adrasteia.

- Sondakur, desde el momento en que ha permitido su captura en tierras amnianas… está muerto. Aunque le mantenga su título, no posee ya su gloria. Sin embargo… una vida por una vida debería ser trato suficiente. Especialmente, pues Sariel Shade tampoco es una novicia cualquiera. Es un símbolo.

- Un prisionero por otro. Me parece un cambio más razonable.

Gwenaëlle vió un resquicio de esperanza. Apretó los labios.

- Sariel Shade se encuentra en buenas condiciones. Eso es lo que os puedo decir. Pero a medida que más tardéis… su voluntad irá tomando una nueva forma, hasta que abra los ojos y acepte el Nuevo Orden.

Dick Cars alzó una ceja. Mernalyn se tensó. Maeve parpadeó con palabras guardadas en la garganta.

Y Gwenaëlle supo leer entre líneas. El tiempo apremiaba, más que nunca. Seguramente estarían torturando a Sariel.

- Aceptaremos, pero… el hecho de que lo entreguemos no sería un movimiento fácil. Otros estamentos de la sociedad amniana se opondrán. Necesito poder presentarles algo. El ejército ansía que lo entreguemos para ejecutarlo.

El Lord Brujo preguntó entonces, como quien hunde un dedo en una herida para ver si todavía sangra:

- ¿Quién es el comandante de vuestros ejércitos?

Gwenaëlle respondió con honestidad torpe: que existían varios, que no conocía al Comandante actual. Adrasteia, sin embargo, pronunció un nombre.

Ewan.

El Lord Brujo pareció recordar con una satisfacción mezquina su nombre.

- Tuve la oportunidad de decapitarlo cuando tomé esta ciudad… pero no lo hice. Le perdoné la vida al ver en él un líder en medio de su fracaso.

- De hecho, ¿no sería él quien debiese negociar estos términos Lord Brujo? - sugirió Adrasteia - ¿No son las Fuerzas Armadas quienes son competentes para este tipo de asuntos? Ah, me pregunto...

La semielfo parpadeó y miró a la Embajadora con extrañeza e indignación a partes iguales.

- Ewan no es más que un capitán entre varios. Y desde un inicio, me informó que nada haría por Sariel. No sé cómo pretenden además que negocie por algo que no posee. Como habéis dicho... no dispongamos sobre asuntos que se escapen de nuestra esfera de dominio.

- Así es. Un prisionero por otro. Esa es mi sentencia. Y si cumplís vuestra palabra… en tres ciclos.

Tres ciclos. Tres días. No había casi tiempo. Debía tomar la decisión lo antes posible.

- Sondakur mismo, como vergüenza y castigo, os hará entrega de la capa de la Suma Pontífice… lo que quede de ella. En honor a su recuerdo. Cortesía del Lord Brujo.

Gwenaëlle tragó saliva. Asintió.

- Muy bien. Llevaré vuestros términos al Cónclave.

Y, con una esperanza mínima, con la voz ya cansada de pedir sin creer, hizo su última petición:

- Deseo… visitar a Sariel.

El Lord Brujo no se molestó en fingir indulgencia.

- Deberéis confiar en mi palabra. Mi prisionera se encuentra en buen estado. Es todo lo que debéis saber por ahora.

Cuando el grupo se dispuso a marcharse y las despedidas fueron formuladas, algo insólito ocurrió. Dos ogros escoltaban a una figura menuda, morena, de ojos ambarinos. Caminaba con una expresión ligeramente complaciente, aunque con un atisbo de cálculo.

Era...

Ella.

Con una sonrisa que no era la suya, pero la imitaba lo suficiente como para hacer daño.

- No os preocupéis, Alta Sacerdotisa Gwenaëlle. Yo cuidaré por ti de Sariel Shade. Disfrutará mucho de mis... atenciones.

Era idéntica. Como si fuese su gemela. Gwenaëlle abrió los ojos, completamente atónita, fuera de si.

Tenían aún menos tiempo del que pensaba.
- Vil criatura…

El mayordomo chilló, satisfecho, como si acabasen de decorar el salón con una nueva humillación. Las cabezas del perro parecieron alzar el olfato. El Lord Brujo, desde su trono de calaveras, permaneció impasible. Su mirada era fría, calculadora.

Gwenaëlle sintió, sin decirlo, cómo aquel atisbo de esperanza se entremezclaba con una ansiedad claustrofóbica. Las redes de intriga que se entretejían en torno a ella poco a poco se aferraban a su espíritu y cualquier decisión tendría consecuencias atroces.

Esperaba que al menos, alguna de ellas terminase con el sufrimiento de Sariel.​
 
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VI.

Los días fueron sucediéndose en una cacofonía de eventos, tinta derramada y un nudo en el estómago que se apretaba cada vez más. Las ojeras se hundían en sus cuencas como dos pozos negros, y el agotamiento la atenazaba.

Tres ciclos.

Apenas tiempo para pensar. Apenas tiempo para decidir.

¿Qué precio tiene una vida?

La pregunta de Adrasteia la atormentaba. Las cartas que recibió a su regreso de la comparecencia ante el Lord Brujo la dejaron completamente estupefacta. Había subrayado varias veces algunos pasajes, pero seguía sin comprender qué era lo que estaba ocurriendo. O, más bien, se negaba a hacerlo.

Intentó hebrar un hilo conductor entre actos aparentemente aleatorios que se entretejían y enredaban en una madeja de intrigas en la que, poco a poco, se ahogaba.

Releyó. No había hecho otra cosa durante toda la noche. No podía descansar.​

Una misiva de urgencia recibí desde Caravassar por parte de integrantes de peso en Murann con la intención de parlamentar sobre el asunto que nos ocupa.

[…] he logrado una oferta que creo aceptarán tanto su consejo como el nuestro. […]

La sacerdotisa Sariel está incluida en el acuerdo; aunque eran reticentes a ello, lo mostré como un punto innegociable.

¿Qué era lo que estaba pasando? ¿Quién había mandado esa misiva? ¿Y por qué justo ahora?

Dicen que un elemento definitorio de la locura consiste en repetir acciones idénticas, esperando resultados distintos.

Releyó.
[…] Le hago saber nuevamente que la oferta que ya está dispuesta a los órganos competentes es la liberación de la sacerdotisa Sariel y, además, la liberación de ochocientos de los esclavos que se llevaron de Imnescar tras su caída; que, como comprenderá, son infinitamente más importantes que una capa para Amn. […]

Ochocientos esclavos.

¿De dónde había surgido aquella iniciativa? No se correspondía, en absoluto, con los términos que ella había recibido. Ni con las expectativas que le habían transmitido. La vida del oni, le insistieron, valía “poco”. Aunque quizá dependía de quién fuese el interlocutor, aparentemente.

Releyó. La cabeza le daba vueltas. Nada de aquello tenía sentido.

¿Qué precio tiene una vida? ¿Una capa? ¿Una reliquia? ¿Ochocientos presos de guerra?

La política se entremezclaba con la tragedia, y Gwenaëlle tuvo un presentimiento atroz; uno que se mezclaba con un pensamiento nacido de una única pulsión egoísta:

Quien tenía la custodia del oni era ella.

¿Qué hacían otros negociando sobre lo que no estaba bajo su posesión, manteniéndola a oscuras de esos tratos? ¿Qué hacían mediando, buscando posibles réditos?

¿Por qué existía esa oferta? ¿Y quién la había hecho?

Releyó.​

[…] Como segundo punto, yo no oculté nada; estaban enterados quienes debían estarlo. No debo darle a vos cuenta de los movimientos militares que realizo por el bien de la nación, a no ser que precise algo de vos. […]

Quienes debían estarlo.

Salvo ella.

Salvo que… precisasen algo de ella.

Lo más sorprendente de todo era que, aparentemente, todo el mundo lo sabía, salvo ella. Aventureros. Profesores de la Schola. Cuando regresó del yermo, varios le hicieron una pregunta que en su momento no tuvo ningún sentido.

- ¿De verdad vais a elegir una reliquia antes que salvar a los rehenes?

- ¿Es que los selunitas sólo pensáis en vuestra fe? ¿Qué hay de las víctimas?


¿Qué víctimas? ¿Qué rehenes?

El movimiento era evidente. La intención, también.

Los supuestos términos se habían hecho públicos con un único propósito: el escarnio. Y habían utilizado a las instituciones amnianas como cebo, como tentación deleznable: la posibilidad de recuperar a parte de su ciudadanía a cambio de Sondakur. Aparentemente, la elección era sencilla.

No había mucho que decidir, aparentemente.

Tomó entonces un último documento, este con un lacre oficial de la Magistratura Superior. Pasó el dedo por las letras impresas, carentes de cualquier alma y propósito más allá de ordenar lo que debía ejecutarse en nombre de la nación.

Había leído la orden varias veces. Y, una vez más, releyó.
Entiéndase por notificado, a la entrega de la presente, lo siguiente:

— La Justicia Superior declara que el reo Sondakur, con rango de Destructor, es militar de Murann y, a ojos de la ley, debe ser tratado como tal.
— Se aprueba el traslado de competencias a las FFAA, para que ejerzan la custodia efectiva del reo.
[…]​

Exhortaciones a la cooperación. Muestras de decepción.

Finalmente, el último párrafo había sido subrayado y resaltado varias veces, casi hasta el punto de hacerlo ilegible. Quizá, inconscientemente, Gwenaëlle intentó borrarlo de su mente.

Pero, al final, lo releyó, dejando que el peso de lo que implicaba se hundiese en ella.

El nudo de su estómago se apretó más aún, como si fuese una soga tirando de su cuello.
Como punto final y crítico, se comunica que el reo Sondakur será juzgado por sus crímenes ante las instancias de Justicia Superior, suspendiéndose así cualquier acto de intercambio, negociación o liberación que afecte al reo.

Y así, la justicia zanjaba el debate. No habría intercambio alguno. Ni de esclavos. Ni de Sariel. Todo sería dirimido por los tribunales amnianos.

El destino de Sondakur estaba sellado.

Y en tres ciclos, el de Sariel también.

Gwenaëlle recordó entonces los muros negros de la Fortaleza. El yermo sin vida que antes fue Imnescar. Los gritos. Los diablillos reptando, chupando los bustos partidos de las estatuas de Selûne. El perro monstruoso de tres cabezas. La sonrisa siniestra de la otra Gwenaëlle.

De pronto, el nudo en su estómago subió a su garganta.

No podía respirar.

Se llevó las manos al cuello y se levantó de la silla. Se acercó a la ventana y la abrió de par en par, dejando que la brisa nocturna irrumpiese en su cuarto. Los papeles del escritorio salieron volando y se desparramaron por el suelo.

A sus pies cayó la carta de la Magistratura. Y, frente a ella, destacado, el párrafo que se cernía sobre su vida como un grillete:​

[...] el reo Sondakur será juzgado por sus crímenes ante las instancias de Justicia Superior.

La decisión era sencilla. Debía obedecer.

Y Sariel moriría.​
 

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VII.

Días antes de aquella fatídica decisión, antes de que las cadenas del tiempo la estrangulasen, Gwenaëlle tuvo un último encuentro con Sondakur.

Fue en una celda subterránea del Salón de la Luna, en un lugar tenuemente iluminado por antorchas mágicas y repleto de custodias físicas y mágicas que impedían cualquier atisbo de escapatoria. La propia Oráculo se había encargado de levantar las protecciones y acudía con frecuencia a renovarlas, todo ello con el fin de evitar que el oni usase sus aptitudes para transformarse y superar su encarcelamiento.

Cuando Gwenaëlle llegó al lugar, Mernalyn estaba haciendo guardia. Discutía con el oni y los reproches se cruzaban. El oni rugía, furioso, aunque su rabia había sido templada por la humildad que impone un cautiverio.

- ¡Yo os maldigo…! ¡Te maldigo a ti y a todos los humanos, y te maldigo, Adrasteia!

Sus gritos rebotaban en la piedra. Los grilletes se tensaban con cada espasmo, y el sonido del metal era un tintineo hostil, hundiéndose en la carne de la musculosa criatura.

Mernalyn no se movió ni un ápice, cruzada de brazos. Se quedó allí, con la mirada plana, esperando a que la tormenta pasase como se espera a que pase el viento: con paciencia cansada. Agotada. Había poco del desparpajo y carácter desenfadado de la muchacha de Púrskul que vagaba por los caminos y dormía en pajares. El peso de la responsabilidad, de la fe, era cada vez más notorio sobre sus hombros.

- No se romperán, Sondakur. Retomaré mi labor cuando termines.

Momentos después, Gambino entró en la estancia, alarmado por los rugidos. El caballero cruzado de la luna armado con látigo se aproximó a la puerta con paso seguro, y la seguridad de su postura era, en sí misma, una amenaza.

- Aparten, Alta Sacerdotisa. Dama Mernalyn. Parece que ha abusado de vuestra compasión; dejad que amanse a la bestia.

Gwenaëlle parpadeó. Miró a Gambino. El caballero avanzó un paso más, y Gwenaëlle se colocó por instinto entre él y la reja, aun sabiendo que aquello era ridículo: ella, delgada, un junco, con el báculo como única certeza física, interponiéndose a la voluntad militar de un hombre entrenado en obedecer órdenes.

Sondakur golpeó la pared con los antebrazos encadenados, escupiendo maldiciones. Luego, en un gesto desesperado, intentó arrancar sus manos como si sus huesos fuesen palancas.

- ¡Os mataré! ¡Os mataré a todos!

El caballero alzó el látigo.

Gwenaëlle alzó su báculo.

- Acabo de elevar un muro de protección. Aunque lo desee, no podrá romperlo. Vendré cada día a restaurarlo.

Gambino titubeó. Se miró el látigo, luego a Mernalyn y a Gwenaëlle.

- Debo enseñarle el camino - insistió.

- ¡Entrad si os atrevéis, humano! ¡Serás el primero a quien asesinaré!

Gwenaëlle señaló el hueco en el suelo por el que se pasaban bandejas. Era el único hueco por el cual el muro obviaba el espacio. Calculado con precisión milimétrica.

- Aunque queráis ahora mismo, no podréis pasar. Salvo que seáis diminuto como una bandeja.

El caballero miró el hueco.

- Ya veo. Entonces esperaré a mañana. Cuando el muro se disipe, me encargaré de él.

Eso nunca llegaría a pasar. Cuando Gambino se retiró, Gwenaëlle dió una orden clara a todos los caballeros custodios: nada de latigazos. Nada de violencia innecesaria. El oni estaba desarmado, expuesto. No era una amenaza contra su magia.

Mientras tanto, Sondakur eventualmente desistió en su empeño. No logró quebrar las cadenas. Gwenaëlle pudo entonces reparar en su mirada; furiosa, pero a la vez dolida. Era un gigante, un espíritu indómito cuya cultura únicamente se regía por el principio rector del más fuerte. El que fuerza, manda. Y ahora, él carecía de fuerza alguna ante sus enemigos.

Era, seguramente para él, la peor de las humillaciones. Ni tan siquiera le otorgaban la piedad de medirse contra un enemigo digno.

- Si veis a Adrasteia… decidle que haré lo posible por salir para así verla y castigarla con mis propias manos.

Gwenaëlle miró al oni, y se dio cuenta de algo. Se dio cuenta de que, por primera vez desde el Distrito de la Tumba, estaba mirando a Sondakur sin aquel horror atenazante. Pues allí ante ella ya no se alzaba un enemigo, sino una criatura atrapada. Lo seguía temiendo, por supuesto. Pero el miedo ya no era el único idioma que regía sus interacciones.

- Lo podréis hacer vos mismo cuando salgáis.

- Sacadme ya, ¿para qué me queréis aquí? - gruñó - No quiero pasar ningún día más con ese guardia. Matadme o liberadme, pero no quiero un día más con ese sádico.

- Si todo va bien, saldréis en menos de tres días. Sed paciente.

Sondakur dejó escapar una risa apagada.

- Tres días… con ese sádico… humillado por un humano. Mi destino depende de unos humanos. Una humana vendiéndome a mi muerte.

- No creo que estéis en situación de criticarnos, Sondakur . Disteis muerte y condenasteis a la esclavitud a miles de los nuestros.

Sondakur abrió los ojos de par en par, de pronto. Con devoción febril. Con absoluto convencimiento. El adalid de Vaprak usaba la mentira como quien bebía agua, pero las próximas palabras que salieron de sus fauces sonaron a dogma, a certeza absoluta.

- ¡Y fue para salvar a este mundo…!

Gwenaëlle apretó los labios. Lo que quisiera decirle, fue incapaz de hacerlo. Miles de pensamientos fulguraron a la vez, un torbellino de emociones se agolpó en su ser. La bilis subió por su garganta. Tragó. Indignación, furia, vergüenza, impotencia…

No había debate posible con un fanático.

Pero aún así…

- Sí que hay una pregunta que deseo hacerte. Y, por favor, responde con honestidad. Pues no pierdes nada con hacerlo.

- ¿Y qué ganaré?

- Me aseguraré de que hoy comas bien.

Sondakur parpadeó. Era algo tan sencillo, tan… práctico. Pero al mismo tiempo, definitorio de quien ahora mismo regía su destino. Incluso en algo tan simple.

- Te escucho…

Y entonces Gwenaëlle formuló lo que llevaba días clavado en su mente como un alfiler: el misterio, el orgullo, la locura del gesto.

- Quiero saber… por qué te consideraste digno de portar la Lanza Dragón. ¿Por qué… pensaste que podrías engañar al dragón?

Hubo una pausa larga. Minutos. El oni bajó la mirada, cavilando, recorriendo los laberintos de su pensamiento. Y cuando habló al fin, su voz no retumbó. Era más humana. Menos criatura.

- Solo quería demostrar a todos que vuestras burdas profecías eran mentira. Que siempre intentasteis engañarnos con ser bondadosos de corazón para portarla y autoproclamarme más inteligente que todos los que lo intentaron. Pero la sucia dragona no me permitió la victoria.

- ¿Y cómo sobrevivísteis? Yo misma vi como sus llamas os incineraron.

- Subestimáis la resistencia de un oni… Somos gigantes. Nuestra eterna guerra contra los dragones trasciende mucho antes de que vuestras razas jóvenes nacieran. Son nuestros enemigos. A quienes vemos como iguales en intelecto y fuerza…

- ¿Y por qué nos odiáis? No… entiendo tu forma de pensar. ¿Por qué entonces odiáis a los humanos?

Sondakur soltó un bufido. La pregunta, a él, le parecía estúpida.

- No odio a Amn como tal. No odio a los humanos… bueno, antes de hoy, sí. Pero os vi como una manera de impulsarme en el Imperio. Una manera de lograr victorias sencillas y así ascender en la jerarquía militar.

Mernalyn hizo un gesto de hastío. Rezongó:

- Odio, odio, odio… Estoy cansada de esa palabra.

Se apartó, distanciándose de la conversación. Para ella, era suficiente. Se apoyó contra la pared y se quedó mirando al prisionero, contando mentalmente los minutos que pasaban hasta que finalizase su turno.

Sondakur la siguió con la mirada.

- ¿Y qué sentimiento esperas que porte cuando llevo días encerrado, siendo azotado sin parar por los vuestros? ¿Agradecimiento?

Gwenaëlle apretó la mandíbula. El argumento era infame. ¿Cómo había tratado él a los esclavos de Imnescar? ¿A sus hermanos? ¿Cómo estaría siendo tratada Sariel?

- ¿Postáis otro sentimiento acaso desde el día que nacisteis, Sondakur?

- Orgullo.

- ¿De qué estáis orgulloso? ¿De dónde os han llevado vuestros logros…?

Sondakur apretó los dientes.

- Puede que os odie ahora mismo, pero… todos mis colmillos fueron arrancados. Ya no tendré a mis gigantes ni a mis tropas. Tampoco a mis leales. La marca de la vergüenza… está conmigo.

- ¿Realmente te sientes agraviado por nosotras, Sondakur? ¿Crees acaso que has recibido una mínima parte del dolor que has traído a este mundo? La senda que recorres ahora mismo… sólo te llevará hasta tu propia ruina. No quiero ni imaginarme… el trato que le deben estar dando a Sariel. Ni tan siquiera me permitieron verla.

El oni se mantuvo silente. Por una vez, escuchó lo que Gwenaëlle tuvo que decir.

- Quizá hoy sea así, Sondakur, y ahora portes la marca del fracaso; de la vergüenza. Pero, aunque no lo creas, no dudo de tu valía. Sé que… soportarás el escarnio que debas ante los tuyos, y, tarde o temprano… volverás a alzarte.

Sondakur la miró ahora con un gesto dubitativo. Trataba de discenir, quizás, si sus palabras provenían de la burla o de un sentimiento infantil de compasión.

- Estoy orgulloso de haber nacido como algo superior a todo lo demás.

Gwenaëlle asintió, y por un segundo su voz se suavizó.

- Eso dices. Posees el temperamento y naturaleza de un líder. Eso… te lo concedo. Pero no vuelvas a dirigir tu furia contra mis hermanas, o tan solo encontrarás la muerte. Pues aunque te sientas superior, fuiste derrotado. Nunca lo olvides.

- Un esclavo de su propia ambición, incapaz de pensar en otra cosa que trofeos que nunca podrán satisfacerle su inacabable sed de gloria. Ha de ser una existencia agotadora.

Sondakur no las contradijo.

- Vosotras jamás lo entenderéis. El poder… es lo que puedes tomar con las manos. En este mundo, sólo importa la victoria. La victoria, compra obediencia. La bondad, la maldad… son ideas que se usan para moldear voluntades. ¿Qué es el bien? El bien lo determina el vencedor.

- El mundo que ansías es demasiado cruel, Sondakur. Es un mundo donde los débiles no tienen cabida. Pues la fuerza no es lo único que importa; un día, envejecerás, y temerás la muerte como otros que viven con pesadumbre ante la imposibilidad de defenderse. Es la obligación de los fuertes de defender a quienes no pueden hacerlo; no de imponerse sobre sus voluntades.

Sondakur entonces sonrió. Era una sonrisa afilada y dolosa.

- Los débiles también tienen cabida en Murann. Yo tengo respeto a los kóbolds. Son útiles. Todos tienen su papel. No consentimos ya sacrificios dentro de los muros; esas prácticas las ejercen las tribus de los Dientecillos, las más salvajes. Aunque sean leales al Murkul.

- ¿Y eso te parece bien? En Amn, no nos comemos a nadie.

- Es lo que dicta la sangre. Algunos nacieron para ser más bestias que otros. Los míos, nacimos para regir. La sangre de emperadores fluye en mis venas, y ese es mi papel. El fracaso, para mi es la muerte.

- Si todos piensan como tú, este círculo de muerte y violencia jamás cesará. Amn, con todas sus imperfecciones… intenta mejorar.

- También Murann.

- No es suficiente, Sondakur. Y más ahora… más ahora que nunca. Espero, con todo todo mi corazón, que esta experiencia infunda en ti humildad y comprensión sobre quienes has apreciado ser débiles. En otras manos, hubieses sido ajusticiado. Pero la luz de Selûne es misericordiosa, e incluso un ser como tú puede hallar un perdón bajo su estela. Tengo plena fe en ello.

Sondakur se rió. Pero fue una carcajada trágica.

- Veremos si aún hay un hogar para mí. Si no me das muerte tú, me la darán aquellos que aguardan mi regreso.

- Si no lo tienes allí… tienes mi palabra de que, si tu arrepentimiento es genuino, incluso aquí… podrías tener un nuevo comienzo. Piénsalo.

Se dio la vuelta.

Sondakur, con la amargura del que no se cree merecedor de un final distinto, murmuró algo sobre los amnianos enterrándose, sobre su pasado, sobre aldeanos asesinados.

Gwenaëlle no se detuvo a discutir cada herida. No era un tribunal. No era un púlpito. Era una celda. Y allí, lo que importaba no era ganar un debate. Era sostener una línea.

Cuando ya estaba por salir, cuando el sonido de las antorchas parecía más lejano, se giró una última vez.

Sondakur estaba en el rincón, esperando. Aguardando a que destino fuese decidido por otros.

- Dadle de comer lo que pida - dijo Gwenaëlle a los caballeros - Dentro de lo… razonable.

Y entonces se retiró. Abandonó la celda, recorriendo un largo pasillo y luego unas escaleras de caracol, empedradas. Gwenaëlle medió sobre el intercambio recién celebrado, por aquel conflicto de pareceres. Cada interacción era una prueba a su fe; dos mundos condenados a chocar, a verse sumidos en un eterno conflicto.

Era la frontera invisible entre justicia y la crueldad.

Y, sobre todo, era su capacidad, aunque fuese mínima, cansada, obstinada, de no convertirse en aquello que juró combatir.

Pues ella no era una cruzada. No era una política.

Era, simplemente, Gwenaëlle.​
 
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