Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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I.
Este último año había sido más tumultuoso que nunca. Y era un pensamiento inquietante, teniendo en cuenta que con cada día que pasaba, dejaban atrás la memoria de una guerra que amenazó con devorar toda la existencia y la mismísima esencia de los dioses.
Pero Faerún era todo menos un continente seguro. Y aún en sus tiempos "mundanos", viejos rencores aflorecen, y la moneda de cambio más común en las Tierras de la Intriga es la traición.
Y se habían, quizás, confiado demasiado.
Todo empezó con un gesto inocente. En una taberna. Con un bollo de canela.
Sariel estaba de buen humor. Se le notaba en la forma en que llamaba “princesa” a un tipo sentado en la terraza, uno que aparentaba ser un bobalicón bonachón. Se hacía llamar 'el gran Eldric' y se quejaba por el sabor extraño de su cerveza. Sariel, sacando pecho de su herencia agreste del Espinazo del Mundo, se envalentonó y comenzó a retar al hombre con provocaciones infantiles. Esas interacciones arrancaron en Gwenaëlle una sonrisa genuina. Mientras tanto, ella hablaba con Vera, la brillante alumna ahora tornada Maestra de la Arcanum Schola. Gwenaëlle no pudo evitar sentir una chispa de orgullo, pues aún en ese contexto, la maga aún se empeñaba en llamarla "Maestra". Vera le ofreció el bollo en un intento de apaciguar una 'afrenta' que no era tal, pero que había quedado en una broma cómplice entre ambas. El bollo era redondo, casero, dulce. Un gesto pequeño, absurdo en su sencillez, pero que tras los sucesos posteriores, quedó profundamente grabado en la memoria de la teúrga.
Gwenaëlle lo aceptó con sumo gusto, sin pensar. Mientras tanto, lanzó una mirada al grupo que parecía prepararse con emoción ante la promesa de aventura. Masticó despacio, dejando que el paladar se impregnase con el dulzor, dándose un instante para creer... que quizás, el futuro sería más plácido a partir de ahora.
Pero por desgracia, nada en la vida de Gwenaëlle iba a ser tan sencillo. No habría paz para los justos.
La comitiva se puso en marcha y Gwenaëlle se sorprendió a sí misma, animando a los demás a que tomasen el riesgo de acompañarlos. “Gwen, aventurera”, se dijo a sí misma. Incluso fue al reclutador a buscar un contrato, como muchos otros, y ante la promesa de buscar indicios en la Infraoscuridad de la posible causa de la Fiebre del Oro, no tomó el encargo con temor, sino con... emoción.
Había cambiado, ciertamente. Atrás quedaba la muchacha acongojada, tímida, aterrorizada por abandonar la comodidad del burgo. Se sentía capaz, poderosa. Segura.
Y en gran parte, gracias a la compañía que jamás la abandonaba.
Se había enamorado con la idea de ser útil y necesaria. Durante un tiempo, bajo el velo del Oráculo, había sentido que se había erigido una pared entre ella y otros, una torre que se alzaba en un altar de moral que empezaba a desconectarla del mundo. Por eso en esos días había cambiado de ropas y prescindido del velo. Menos solemne, más amniana, más aventurera. Se compró un nuevo sombrero azul, uno con pluma incluida. Abandonó la liturgia para retomar la sencillez.
Sí, era la Oráculo. Pero también, era Gwen. No había cambiado tanto en el fondo. O eso quería pensar.
El camino más directo para buscar aquello que deseaban era a través del yermo que una vez fue Imnescar. Y entonces emplearon su magia para teleportarse al lugar. Era, supuestamente, lugar de paso, aunque hubiese sido reclamado por las fuerzas del Lord Brujo. Simplemente existía en el lugar un paso aduanero, uno que en muchas ocasiones circulaban sin pena ni gloria, ahogando su pesar en lo más profundo de su pensamiento mientras dejaban atrás la cicatriz de la pérdida de la abadía.
Quizás en un futuro podría hacerse algo, pero en el hoy, no era realista plantearlo.
Entonces, como en otras ocasiones, una vez aparecieron en el yermo, se dirigieron hacia la verja donde estaba el control aduanero. Custodiado por soldados monstruosos, aunque su naturaleza era incierta con aquellas armaduras y yelmos. Pidieron el diezmo, nombre y propósito.
Siempre decían ser aventureros. No era mentira, pero tampoco la verdad. Tampoco necesitaban saber más de lo necesario.
- En fila - ordenaron.
Y Sariel, que apenas minutos antes había adoptado una actitud guasona, ahora cambió la postura, a una de cuidada alerta. Se colocó entre el grupo y los oficiales y luego se acercó a Gwenaëlle y a Maeve. Susurró lo evidente, pero aún así, un recordatorio necesario.
- Ni se os ocurra mencionar… nada. Ni nuestro nombre ni la Dama.
Gwenaëlle asintió. Obediente. Indignada. Cobarde. Todo ello, a la vez.
Pagaron el tributo. Los identificaron. Los oficiales observaron a la comitiva con esa atención burocrática con la que un carnicero mira un trozo de carne para decidir dónde cortar. Algunos parecian claramente aburridos; era evidente que el paso no era demasiado transitado, a tenor del paisaje claramente hostil. Decenas de cuerpos putrefactos colgaban de postes viejos, advertencias para quienes creyesen poder venir con ínfulas.
Y de pronto, Gwenaëlle sintió un temblor leve bajo las botas.
Al principio pensó que era su propio pulso. Luego vió cómo la tierra, la piedra, respondía. Un temblor real. Movimientos de tierra, cada vez más frecuentes.
Ello le ayudó a recordar el motivo de su presencia en el lugar. La Fiebre del Oro.
Eventualmente, pasaron todos. Maeve, Vera, Seraphine, Vraask, Madeleine.. varios aventureros. Dieron sus nombres sin más, la mayoría. Gwenaëlle se presentó como "Gwen, aventurera". Pero ahora, lo hacía no con ilusión, sino con miedo.
Y finalmente le tocó el turno a Sariel.
- Sar, sanadora.
El oficial meramente asintió. Sariel pagó el tributo y se unió al resto. Quedaban un par por cruzar, un elfo llamado Durei y Eldric. El último de pronto abrió los ojos y cambió la sonrisa bobalicona por una expresión mucho más siniestra.
- Eso es mentira. No se llama así. Se llama Sariel, y es una forajida en busca y captura por el Gran Imperio del Murkul.
Todos se giraron, atónitos, contemplando al extraño con miradas que oscilaban entre la indignación y la confusión. ¿Pero cómo se le ocurría decir algo así? ¿Por qué en ese momento? Una declaración tan imprudente podría poner en riesgo las vidas de todos.
A no ser que...
Fuese precisamente lo buscado.
- Mi nombre es Sondakur, Gran Destructor Imperial. Y os ordeno que apreséis a esa mujer.
Eldric, que hasta entonces había sido un ruido más en el grupo, un exceso de voz, chasqueó la lengua. Se hinchó. Se transformó. Lo dijo como quien se quita una máscara en mitad de una plaza llena. Como quien escupe en la mano que le ofrece paso.
El mundo bajo los pies de Gwenaëlle empezó a temblar. Pero esta vez no era debido a un movimiento de tierra, sino por un súbito mareo. Ya había vivido esto una vez, en los Dientecillos. La traición vil del oni de Vaprak, cuya maldad espúrea sólo podía igualarse con el tamaño de su ego. Un ser tan odioso y pagado de si mismo que llegó a creerse digno de portar la Lanza Dragón.
Los ojos de los imperiales cambiaron. Se tensaron y apretaron filas.
- ¡Id a dar la alarma! Ya habéis oído al Destructor.
Y los cuernos empezaron.
Uno. Luego otro. Luego otro más allá, respondiendo a lo largo de murallas invisibles. El sonido mordía la piel, se metía en el estómago, te hacía recordar que estás demasiado lejos de casa.
Sondakur habló rápido, con esa seguridad de quien cree que su voz es un arma. Dijo que no era necesario llegar a las armas. Dijo que bastaba con que Sariel se quedase, que pagase su deuda ante el Imperio, que el resto marchase.
Gwenaëlle no dió credibilidad a las palabras del oni. Miró a Sariel. Buscó en sus ojos una chispa de rabia, de miedo. Pero no la encontró.
Lo que vió fue determinación.
Y ahí la semielfo comprendió que ella ya había tomado su decisión. Que regresaría sin ellos.
- Habéis pagado el tributo… el resto, marchad - ordenó el oficial montado, un hombre con el símbolo de la Espada de Ébano. Señaló los cadáveres colgados con el filo,un claro recordatorio de que no esperaba réplica alguna a su orden.
- No, esperad. Que se queden. No sabemos si la forajida huirá - replicó de pronto Sondakur, volviendo sobre sus palabras proferidas minutos antes. Como siempre, le daba absolutamente igual que la contradicción fuese evidente. Su intención no era otra que causar todo el daño posible a quienes consideraba sus enemigos.
- No. Iré yo sola. Tan sólo me buscáis a mi, ¿cierto?
Los oficiales se miraron entre sí y asintieron lentamente.
- Así es.
- Entonces, llevadme ante vuestro señor.
Gwenaëlle quiso gritar. Quiso protestar. Agarró su báculo. Sintió de pronto las manos de Vera y de Leynath aferrándose en torno a ella.
- Maestra. Quédese quieta, por favor.
Gwenaëlle se mordió el labio, sintiendo como sus dientes apretaron contra la argolla que adornaba el inferior. Su paladar se volvió metálico. Y Sariel no la miraba. Su vista restó fija en los oficiales. Arrojó sus armas a los pies de la semielfo y extendió sus muñecas.
- Aquí estoy.
Sondakur clavó su espadón en el suelo con rabia. Protestó. Pataleó. Como un niño grande, pese a medir casi tres metros. Sariel ni siquiera le concedió el placer de una mirada. Era evidente que ni el uno ni la otra se consideraban iguales, pero había un abismo mental entre ambos.
Dos jinetes de huargos avanzaron. Los animales olían a pelo mojado y carne. Traían grilletes pesados.
Este último año había sido más tumultuoso que nunca. Y era un pensamiento inquietante, teniendo en cuenta que con cada día que pasaba, dejaban atrás la memoria de una guerra que amenazó con devorar toda la existencia y la mismísima esencia de los dioses.
Pero Faerún era todo menos un continente seguro. Y aún en sus tiempos "mundanos", viejos rencores aflorecen, y la moneda de cambio más común en las Tierras de la Intriga es la traición.
Y se habían, quizás, confiado demasiado.
Todo empezó con un gesto inocente. En una taberna. Con un bollo de canela.
Sariel estaba de buen humor. Se le notaba en la forma en que llamaba “princesa” a un tipo sentado en la terraza, uno que aparentaba ser un bobalicón bonachón. Se hacía llamar 'el gran Eldric' y se quejaba por el sabor extraño de su cerveza. Sariel, sacando pecho de su herencia agreste del Espinazo del Mundo, se envalentonó y comenzó a retar al hombre con provocaciones infantiles. Esas interacciones arrancaron en Gwenaëlle una sonrisa genuina. Mientras tanto, ella hablaba con Vera, la brillante alumna ahora tornada Maestra de la Arcanum Schola. Gwenaëlle no pudo evitar sentir una chispa de orgullo, pues aún en ese contexto, la maga aún se empeñaba en llamarla "Maestra". Vera le ofreció el bollo en un intento de apaciguar una 'afrenta' que no era tal, pero que había quedado en una broma cómplice entre ambas. El bollo era redondo, casero, dulce. Un gesto pequeño, absurdo en su sencillez, pero que tras los sucesos posteriores, quedó profundamente grabado en la memoria de la teúrga.
Gwenaëlle lo aceptó con sumo gusto, sin pensar. Mientras tanto, lanzó una mirada al grupo que parecía prepararse con emoción ante la promesa de aventura. Masticó despacio, dejando que el paladar se impregnase con el dulzor, dándose un instante para creer... que quizás, el futuro sería más plácido a partir de ahora.
Pero por desgracia, nada en la vida de Gwenaëlle iba a ser tan sencillo. No habría paz para los justos.
La comitiva se puso en marcha y Gwenaëlle se sorprendió a sí misma, animando a los demás a que tomasen el riesgo de acompañarlos. “Gwen, aventurera”, se dijo a sí misma. Incluso fue al reclutador a buscar un contrato, como muchos otros, y ante la promesa de buscar indicios en la Infraoscuridad de la posible causa de la Fiebre del Oro, no tomó el encargo con temor, sino con... emoción.
Había cambiado, ciertamente. Atrás quedaba la muchacha acongojada, tímida, aterrorizada por abandonar la comodidad del burgo. Se sentía capaz, poderosa. Segura.
Y en gran parte, gracias a la compañía que jamás la abandonaba.
Se había enamorado con la idea de ser útil y necesaria. Durante un tiempo, bajo el velo del Oráculo, había sentido que se había erigido una pared entre ella y otros, una torre que se alzaba en un altar de moral que empezaba a desconectarla del mundo. Por eso en esos días había cambiado de ropas y prescindido del velo. Menos solemne, más amniana, más aventurera. Se compró un nuevo sombrero azul, uno con pluma incluida. Abandonó la liturgia para retomar la sencillez.
Sí, era la Oráculo. Pero también, era Gwen. No había cambiado tanto en el fondo. O eso quería pensar.
El camino más directo para buscar aquello que deseaban era a través del yermo que una vez fue Imnescar. Y entonces emplearon su magia para teleportarse al lugar. Era, supuestamente, lugar de paso, aunque hubiese sido reclamado por las fuerzas del Lord Brujo. Simplemente existía en el lugar un paso aduanero, uno que en muchas ocasiones circulaban sin pena ni gloria, ahogando su pesar en lo más profundo de su pensamiento mientras dejaban atrás la cicatriz de la pérdida de la abadía.
Quizás en un futuro podría hacerse algo, pero en el hoy, no era realista plantearlo.
Entonces, como en otras ocasiones, una vez aparecieron en el yermo, se dirigieron hacia la verja donde estaba el control aduanero. Custodiado por soldados monstruosos, aunque su naturaleza era incierta con aquellas armaduras y yelmos. Pidieron el diezmo, nombre y propósito.
Siempre decían ser aventureros. No era mentira, pero tampoco la verdad. Tampoco necesitaban saber más de lo necesario.
- En fila - ordenaron.
Y Sariel, que apenas minutos antes había adoptado una actitud guasona, ahora cambió la postura, a una de cuidada alerta. Se colocó entre el grupo y los oficiales y luego se acercó a Gwenaëlle y a Maeve. Susurró lo evidente, pero aún así, un recordatorio necesario.
- Ni se os ocurra mencionar… nada. Ni nuestro nombre ni la Dama.
Gwenaëlle asintió. Obediente. Indignada. Cobarde. Todo ello, a la vez.
Pagaron el tributo. Los identificaron. Los oficiales observaron a la comitiva con esa atención burocrática con la que un carnicero mira un trozo de carne para decidir dónde cortar. Algunos parecian claramente aburridos; era evidente que el paso no era demasiado transitado, a tenor del paisaje claramente hostil. Decenas de cuerpos putrefactos colgaban de postes viejos, advertencias para quienes creyesen poder venir con ínfulas.
Y de pronto, Gwenaëlle sintió un temblor leve bajo las botas.
Al principio pensó que era su propio pulso. Luego vió cómo la tierra, la piedra, respondía. Un temblor real. Movimientos de tierra, cada vez más frecuentes.
Ello le ayudó a recordar el motivo de su presencia en el lugar. La Fiebre del Oro.
Eventualmente, pasaron todos. Maeve, Vera, Seraphine, Vraask, Madeleine.. varios aventureros. Dieron sus nombres sin más, la mayoría. Gwenaëlle se presentó como "Gwen, aventurera". Pero ahora, lo hacía no con ilusión, sino con miedo.
Y finalmente le tocó el turno a Sariel.
- Sar, sanadora.
El oficial meramente asintió. Sariel pagó el tributo y se unió al resto. Quedaban un par por cruzar, un elfo llamado Durei y Eldric. El último de pronto abrió los ojos y cambió la sonrisa bobalicona por una expresión mucho más siniestra.
- Eso es mentira. No se llama así. Se llama Sariel, y es una forajida en busca y captura por el Gran Imperio del Murkul.
Todos se giraron, atónitos, contemplando al extraño con miradas que oscilaban entre la indignación y la confusión. ¿Pero cómo se le ocurría decir algo así? ¿Por qué en ese momento? Una declaración tan imprudente podría poner en riesgo las vidas de todos.
A no ser que...
Fuese precisamente lo buscado.
- Mi nombre es Sondakur, Gran Destructor Imperial. Y os ordeno que apreséis a esa mujer.
Eldric, que hasta entonces había sido un ruido más en el grupo, un exceso de voz, chasqueó la lengua. Se hinchó. Se transformó. Lo dijo como quien se quita una máscara en mitad de una plaza llena. Como quien escupe en la mano que le ofrece paso.
El mundo bajo los pies de Gwenaëlle empezó a temblar. Pero esta vez no era debido a un movimiento de tierra, sino por un súbito mareo. Ya había vivido esto una vez, en los Dientecillos. La traición vil del oni de Vaprak, cuya maldad espúrea sólo podía igualarse con el tamaño de su ego. Un ser tan odioso y pagado de si mismo que llegó a creerse digno de portar la Lanza Dragón.
Los ojos de los imperiales cambiaron. Se tensaron y apretaron filas.
- ¡Id a dar la alarma! Ya habéis oído al Destructor.
Y los cuernos empezaron.
Uno. Luego otro. Luego otro más allá, respondiendo a lo largo de murallas invisibles. El sonido mordía la piel, se metía en el estómago, te hacía recordar que estás demasiado lejos de casa.
Sondakur habló rápido, con esa seguridad de quien cree que su voz es un arma. Dijo que no era necesario llegar a las armas. Dijo que bastaba con que Sariel se quedase, que pagase su deuda ante el Imperio, que el resto marchase.
Gwenaëlle no dió credibilidad a las palabras del oni. Miró a Sariel. Buscó en sus ojos una chispa de rabia, de miedo. Pero no la encontró.
Lo que vió fue determinación.
Y ahí la semielfo comprendió que ella ya había tomado su decisión. Que regresaría sin ellos.
- Habéis pagado el tributo… el resto, marchad - ordenó el oficial montado, un hombre con el símbolo de la Espada de Ébano. Señaló los cadáveres colgados con el filo,un claro recordatorio de que no esperaba réplica alguna a su orden.
- No, esperad. Que se queden. No sabemos si la forajida huirá - replicó de pronto Sondakur, volviendo sobre sus palabras proferidas minutos antes. Como siempre, le daba absolutamente igual que la contradicción fuese evidente. Su intención no era otra que causar todo el daño posible a quienes consideraba sus enemigos.
- No. Iré yo sola. Tan sólo me buscáis a mi, ¿cierto?
Los oficiales se miraron entre sí y asintieron lentamente.
- Así es.
- Entonces, llevadme ante vuestro señor.
Gwenaëlle quiso gritar. Quiso protestar. Agarró su báculo. Sintió de pronto las manos de Vera y de Leynath aferrándose en torno a ella.
- Maestra. Quédese quieta, por favor.
Gwenaëlle se mordió el labio, sintiendo como sus dientes apretaron contra la argolla que adornaba el inferior. Su paladar se volvió metálico. Y Sariel no la miraba. Su vista restó fija en los oficiales. Arrojó sus armas a los pies de la semielfo y extendió sus muñecas.
- Aquí estoy.
Sondakur clavó su espadón en el suelo con rabia. Protestó. Pataleó. Como un niño grande, pese a medir casi tres metros. Sariel ni siquiera le concedió el placer de una mirada. Era evidente que ni el uno ni la otra se consideraban iguales, pero había un abismo mental entre ambos.
Dos jinetes de huargos avanzaron. Los animales olían a pelo mojado y carne. Traían grilletes pesados.
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Llovía. Caía pesadamente, como un sudario metálico que calaba en sus huesos, llenando su corazón con un frío desolador. Sus cabellos se pegaban a su cara. Había perdido su sombrero por la apetencia de un soldado muranní, pero se sentía infinitamente más despojada y vaciada.
Partida en dos.
Caminaba junto al grupo, los cuales se iban alejando del puesto fronterizo. Sariel había sido arrastrada, engrilletada, hacia los portones de lo que antes fue la abadía de Hydcont; ahora, los dominios del Lord Brujo. Una cruel ironía del destino que jamás olvidaría. La noche empezaba a caer y la luz de Selûne se ocultaba entre las nubes, como si el mismo astro se avergonzase de lo que ocurría en ese lugar ahora maldito, desolado por la mácula nigromántica y el fracaso de un Amn que se negó a unirse en sus momentos de necesidad.
Gwenaëlle caminaba, pero no estaba allí. Su mente flotaba, divagaba en los laberintos de su pensamiento. El grupo no hablaba, o quizás sí, pero sus palabras llegaban a los oídos de la semielfo con un eco, abafados entre capas de bruma.
Recordó la sonrisa miserable del oni. Y la maldición que ella profirió ante su expresión ufana.
- Las llamas de Alas Plateadas no abrasaron tu vil alma lo suficiente, criatura miserable.
Pero esa bravuconería, fue todo cuanto pudo conjurar. Nada más. La realidad es que se sintió pequeña y frágil, inútil, incapaz de infundir el más mínimo atisbo de respeto ante criaturas que no conocían nada de la supuesta gloria y honor con la que se llenaban la boca.
Y con ese sentimiento de humillación, de profunda derrota, se habían llevado a rastras a su mundo a un lugar incierto, a un destino que podría ser incluso peor que la muerte.
No pudo hacer nada para evitarlo.
El grupo se detuvo en un lugar que estimaron más seguro. Vera informó que debía descansar para preparar el sortilegio de teleportación. Y en un momento de descuido, en el que todos discutían como proceder, Gwenaëlle sintió como los sentimientos que bullían en su corazón afloraron en un torrente de rabia irrefrenable.
- ¡AAAAAAGH! - bramó desquiciada.
Cogió su báculo, su preciado báculo, y golpeó con él un árbol con todas sus fuerzas. Miraculosamente, no se quebró, aunque todos pudieron sentir la reverbación del golpe sacudir el suelo.
Lo dejó caer al suelo y entonces continuó canalizando su rabia contra la corteza. Se imaginó, por un instante, que ese desdichado árbol era el rostro de Sondakur. Cerró los puños y comenzó a golpear. Una vez. Luego otra. Luego otra.
La corteza apenas había sufrido daños, pero sus nudillos empezaron a sangrar. El arranque se convirtió en un ejercicio de masoquismo. Cada golpe hacía que sus manos ardiesen, y aumentaba, a su vez, sus ansias de seguir entregándose a la ira.
Leynath la sujetó del hombro. Su mano fue suave, casi compasiva.
- Gwen, calma... Te estás haciendo daño.
Maeve la miró con esa mezcla de lástima y comprensión que resultaba humillante, porque era certera.
La dejaron. Le dieron unos pasos de espacio. Quizás con miedo a recibir, aunque cualquiera de los presentes podría superarla físicamente con facilidad.
Y tras unos minutos así; quizás diez, o puede que quince. Se detuvo. Inspiró. E hincó sus rodillas en el suelo, entregándose a un llanto desconsolado.
El aire olía a petricor y a derrota.
Eventualmente, el grupo volvió a Athkatla. En silencio. Ella con ellos. Obediente. Cobarde. Otra vez.
Porque seguir viva era lo único que podía hacer para no convertir el sacrificio de Sariel en un acto inútil. Pero eso no lo hacía más noble.
Sólo más doloroso y sucio.
Y el olor de esa suciedad la acompañó, paso a paso, como una sombra que no se aparta ni con la luz de la luna.
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