Akisha
El que aplaude en los discursos Zhent
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La fuerza de la joven es grande al igual que sus ansias por aprender a mejorar a canalizar su energía, aquello a lo que el monje llamado Titano llama Ki.
Días y días de entrenamiento tanto en solitario como en su compañía, no conseguía terminar de dominarlo y su frustración se notaba cuando el se lo pedía y no era capaz de hacerlo.
*Una mañana después de una salida llena de accidentes el monje negó y dijo que le acompañase, probarían otra táctica para intentar que Kaia despertase*
Sus pasos les llevaron a la zona de entrenamiento situada en Agujas de Oro, el monje la miro y sonrió.
-Saca tu guadaña e intenta golpearme, recuerda todos los meses de enseñanza y concentraté.
*Kaia asintió no muy segura de si misma y tras dudar unos segundo sacó su arma dispuesta a golpear*
Los dos eran buenos amigos, habían atravesado innumerables contratiempos en su viaje de Riatavin hasta la ciudad de la moneda y eso había creado un vinculo casi irrompible o al menos eso era lo que creía la joven.
Estuvieron horas y horas entrenando en la arena, sus cuerpos golpeados y llenos de heridas.
Kaia cuando se concentraba y dejaba atrás sus miedos era capaz de acertar, parecía que llegaba a tener esa unión con el arma de la que el monje le hablaba.
Y cuando no solo era un trozo de carne a la que atizar.

Días y días de entrenamiento tanto en solitario como en su compañía, no conseguía terminar de dominarlo y su frustración se notaba cuando el se lo pedía y no era capaz de hacerlo.
*Una mañana después de una salida llena de accidentes el monje negó y dijo que le acompañase, probarían otra táctica para intentar que Kaia despertase*
Sus pasos les llevaron a la zona de entrenamiento situada en Agujas de Oro, el monje la miro y sonrió.
-Saca tu guadaña e intenta golpearme, recuerda todos los meses de enseñanza y concentraté.
*Kaia asintió no muy segura de si misma y tras dudar unos segundo sacó su arma dispuesta a golpear*
Los dos eran buenos amigos, habían atravesado innumerables contratiempos en su viaje de Riatavin hasta la ciudad de la moneda y eso había creado un vinculo casi irrompible o al menos eso era lo que creía la joven.
Estuvieron horas y horas entrenando en la arena, sus cuerpos golpeados y llenos de heridas.
Kaia cuando se concentraba y dejaba atrás sus miedos era capaz de acertar, parecía que llegaba a tener esa unión con el arma de la que el monje le hablaba.
Y cuando no solo era un trozo de carne a la que atizar.














