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Skotos

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I. Las ratas.

Un tufo húmedo, agrio, viejo; como lana mojada que nunca termina de secarse. Como un cubo olvidado en un sótano. Como un pan mohoso que se quedó en una alacena durante meses, macerando. Gwenaëlle se había sentado con la espalda contra la pared, con las rodillas recogidas, su mentón bajo la capucha que ya no tenía. Allí, donde la luz llegaba cansada y el aire parecía siempre de madrugada, intentó hacer lo único que aún sabía hacer cuando todo lo demás fallaba.

Rezar.

Encomendó sus palabras a Selûne, pidiéndole fuerza para resistir los días venideros. Y durante un instante, un mísero instante, logró sentirlo: un hilo tenue de templanza. Una chispa de lo divino. Los ojos de las estrellas, observándola. El consuelo que trascendía las limitaciones de la carne. El..

Algo le mordió la túnica.

Un tirón brusco. Pequeño, rápido, sucio.

Se quedó sin voz.

Un chillido agudo respondió por ella. Un bulto gris se movió contra su costado, cobarde.

- ¡Ugh…! ¡Waah!

La apartó con una patada torpe, desesperada. La rata se escabulló chillando, como si se burlase. Como si la celda la hubiese aceptado a ella como dueña y a Gwenaëlle como intrusa.

Gwenaëlle se miró el agujero en el vestido. Un simple desgarro. Un hilo roto.

Era seda élfica. Uno de sus favoritos.

De pronto, la realidad de las circunstancias la atingieron. Miró a su alrededor. El gris impregnado de humedad. La falta de luz. El olor. Dioses, el olor asqueroso que rezumaba de los rincones.

Empezó a sollozar.

- D-diosa luna… ¿qué hago aquí? ¿Me… de verdad me han…?

Quiso mirar a su alrededor, buscar el movimiento, anticipar el siguiente mordisco, el siguiente salto. Pero el temor la había vuelto torpe, y la celda estaba llena de oscuridad. Ideal para ocultarse.

Intentó aguzar la vista. En vano.

El rabillo del ojo la traicionó: algo más grande, más negro, más pesado se movió. Se puso pálida.
​
​

No era una rata cualquiera. Era una sombra de más de un metro de largo, recortada por la penumbra, con garras que parecían cuchillos cuando rascaban el suelo. Los chillidos ya no eran de animal pequeño, sino de criatura insolente, acostumbrada a no encontrar resistencia.

Gwenaëlle retrocedió como pudo, chocando contra la pared.

- ¡Atrás! ¡Waaah!

La rata cargó. Decidida. Dispuesta a morder, a hacer daño.

Ella gritó. Chilló. Bramó pidiendo socorro, pidiendo a Selûne, pidiendo a cualquiera. Lanzó patadas a ciegas: a diestro y siniestro, sin precisión, sin cálculo, sin nada que se pareciese a la dignidad. Ella, que se había enfrentado a todo tipo de males, confiada, usando su magia y sus dones.

Pero ahora, despojada de cualquier poder místico, debido a los grilletes que portaba, era simplemente una mujer encarcelada.

La rata recibió golpes. Retrocedió, herida, y huyó. Gwenaëlle se quedó jadeando, con el corazón desbocado y las manos temblorosas.

Miró sus pies. Los bordes del vestido manchados. El agujero había aumentado de tamaño. Ahora evidente.

- Po... podría arreglarlo. Cuando salga. Calma, Gwenaëlle, esto es... un mero percance.

La sábana era otro insulto. Estaba húmeda, como todo en la celda, pero a la vez era áspera al tacto, con agujeros que recordaban a trozos de tela quemada.

Ugh.

Un pensamiento pueril vino a su mente.

¿Esto es lo que se siente al ser pobre?

La pregunta se le clavó con una crudeza que no tenía nada de teórica. No era una reflexión elegante para un tratado sobre la compasión. Era el contacto de la tela áspera contra la piel. Era el frío subiendo por la nuca. Era el pensamiento de que mañana también habría ratas.

Era su realidad actual.

Se obligó a respirar. Miró a su alrededor, inspeccionando los contenidos de la celda.

Había un lavadero. Un cuenco de agua que no inspiraba confianza. Se acercó con cautela, como si el agua fuese también un enemigo. La escrutó detenidamente: ¿serviría para limpiarse la cara, al menos?

Le dio un vuelco el estómago. Aun así, se lavó.

Lo hizo de tripas corazón, sintiendo como el agua poseía una viscosidad que no debería tener. Se la pasó por las mejillas. Luego tomó asiento, deprimida por momentos.

Juntó de nuevo las manos. Intentó concentrarse. Intentó abstraerse.

Esto no es nada.
Estuviste en una cárcel en Calimshan.
Viviste la guerra.


Lo repitió como un mantra, aunque la mentira no le impedía ignorar la hostilidad que le transmitía el lugar..

Cuando la luz del día se fue apagando, Gwenaëlle, como había empezado a hacer cada noche desde que llegó, se arrodilló frente a la trayectoria de los haces que entraban por el tragaluz. Alzó la mirada más allá del hierro. Más allá del techo. Buscó el cielo aunque sólo encontrase piedra.

Entregó sus pensamientos a una oración silenciosa, rogando por entereza y templanza.
​
- Selûne,
Nuestra Señora de Plata
que moras en el cielo estrellado,
santificado sea tu nombre.


Te lo ruego… que venga a mí tu luz;
hágase tu voluntad en el mar de la noche
como en las tierras donde tu radianza alcanza.

Dame hoy tu guía en este sendero incierto;
perdona mis faltas;
así como he de perdonar a quienes
nos ofenden bajo tu mirada misericordiosa.

No me dejes caer en la desesperación,
ni en la sombra que devora;
líbrame de la oscuridad sin estrellas.

Porque tuyo es el velo que ampara,
la marea que mece los navíos,
y el fulgor que consuela.

Ahora y por siempre,
por todos los ciclos de la luna...


Loada seas.​

Terminó y, durante un segundo, se permitió una última mirada al poco cielo que podía vislumbrar tras el tragaluz.

Suspiró.

---

Pasaron unas horas. No tardaron en traer comida. Un guardia entró en la celda y con un gesto nada ceremonioso, dejó un plato de sopa en el suelo, sobre una bandeja.

- Coma antes de que lo hagan ellos, o se podría morir de hambre.

Gwenaëlle asintió, agradecida y avergonzada a la vez. Se quedó mirando el plato, intentando identificar de qué se trataba. Era un líquido transparente, verdoso; quizás un caldo. Luego, cuando el metal se enfrió un poco, acercó el cuenco a los labios y bebió.

Un sonido grave, roedor, surgió de la oscuridad.

Una figura se removió.
​
​

Otra vez.

La rata, desafiante pese a las heridas, chilló con fuerza y avanzó hacia el plato.

Gwenaëlle la miró, y algo dentro de ella se quebró de una forma distinta. Era... una sensación miserable.
​
Se sentía miserable. Egoísta, incluso.

Amagó un bufido, dejó el plato en el suelo y susurró, sin fuerzas:

- Qué más da.

La rata se desvió hacia la sopa y empezó a comer las sobras como si fuese su derecho natural.

Que me dejes en paz.
Que me dejes en paz.


Un rato después, una voz conocida la llamó desde el umbral.

- ¿Gwen? Soy… Kath - carraspeó la mujer.

Gwenaëlle parpadeó. Había estado mirando un punto fijo; pronto aprendería que era un hábito común en el presidio, cuando no se quiere pensar. Se asomó desde el fondo de la celda, y su rostro se suavizó con una sonrisa genuina que no alcanzaba a ocultar su vergüenza.

- Bienhallada… Ah… s-sí… no os preocupéis… He estado en peores situaciones, aunque no os lo creáis…

Kath asintió. Le habían dicho que ya le habían dado de comer.

- ¿Necesitas algo?

Gwenaëlle bajó la vista a la falda del vestido desgarrado, como si acabara de descubrirlo otra vez.

- Podría cambiar de ropa… Es… un poco incómodo estar así. Y… me preguntaba si podría pediros un poco de papel y… pluma. Escribir me ayuda a… distraerme.

- Veré qué puedo hacer.


Kath se quedó un instante más. Luego, con un tono cuidadoso:

- Si veo a Sariel… ¿quieres que le diga algo de tu parte?

Gwenaëlle bajó las cejas. No lloró. Sólo asintió, triste.

- Decidle… que estoy bien… que… la echo de menos. Que… se cuide. Y… volveré a verla lo antes posible.

Kath sonrió con suavidad.

- Iré a por lo que me pides, ¿sí?

- G-gracias.

- Pasaré regularmente… por si necesitas algo.

Kath se fue. Gwenaëlle apoyó el hombro contra la pared, observando su silueta alejarse hasta desaparecer. Y entonces se dio cuenta de la tontería que había dicho: “volveré a verla”.

Como si la promesa dependiese de ella.

- Seré idiota... - susurró, y se pasó las manos por la cara.

Suspiró, abatida.

Y, en el rincón, la rata siguió comiendo.

Offtopic :
Para agradecer a los PJs que fueron dando rol estos días, intentaré en este hilo hacer un recopilatorio de minirelatos sobre las visitas que ha tenido Gwen en prisión.
 
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II. Gambino.

Tras la primera noche, Gwenaëlle aprendió rápidamente lo que significaba la humildad, cuando el estándar era dictado por una institución que asumía a las personas como si fuesen una carga incómoda que debían mantener alejada de los ojos de la sociedad.

La sábana de su litera seguía estando húmeda. El plato de sopa sabía a agua. El fondo del barreño que supuestamente debía usar para asearse estaba teñido por un manto de pelillos negruzcos, como si fuese un tapiz aterciopelado negro. Estaba muerta de sed, pues no se había atrevido a probar el agua.

Y los grilletes apretaban demasiado. El encantamiento impedía que cualquier chispa mágica llegase a materializarse, por lo que ni tan siquiera había intentado conjurar.

Todo lo que era, se lo habían arrebatado.

Se pasó el día mirando por el tragaluz. Viendo como las nubes pasaban. Ignorando los gemidos, los murmullos y el ir y venir de guardias.

Eventualmente la monotonía trajo el sueño y cerró los ojos.

Y durmió.

Pasado un tiempo, unos gritos y golpes contra el muro la sacaron de su ensueño negro. Parpadeó, aturdida. Se había quedado dormida sobre el banco de la celda, agazapada.

Un golpe, un rugido. Y otro golpe. Después, una sucesión de impactos, como si alguien estuviese aporreando la pared con los puños desnudos. Gwenaëlle se incorporó de golpe y se asomó, o lo intentó, por los barrotes de su celda.

Se trataba de una conmoción que estaba produciéndose en la contigua.

- ¿Ah?… ¿Q-qué ocurre?

No obtuvo respuesta; sólo ruido. Gritos. Bramidos. Rugidos guturales. Y golpes, golpes sin parar. Una pelea, pero de proporciones brutales.

Una voz eventualmente se alzó entre el tumulto, grave pero confiada. Familiar.

- Tranquila, Alta Sacerdotisa. Estoy cerca.

- ¿S-señor Gambino?


El alivio fue inmediato y absurdo, al igual que la pregunta. ¿Qué hacía Gambino en una celda? ¿Y por qué estaba luchando como si la vida le fuera en ello? Tal duda fue inmediatamente respondida con un rugido y una amenaza. Un rugido grave, hambriento, indecente.

- ¡POR FIN! ¡POR FIN ME DAN COMIDA! ¡QUÉDATE QUIETO! ¡BAJAJAJA!

Supo quien era. Cuando fue conducida a su celda, por algún motivo que desconocía, había visto a un ogro enorme y corpulento. Uno que le sacaba una cabeza a Sondakur. Recordó también su mirada hambrienta cuando las suyas se cruzaron. Y como babeaba. Un monstruo, una bestia completamente esclavizada por su gula.

Recordó entonces las palabras del oni. Algunas bestias lo eran más que otras. Algunas habían nacido para regir. Otras, para devorar.

Y váyase a saber Selûne por qué, Gambino y esa criatura habían sido encerrados en la misma celda.

Y se estaban matando.

- No se preocupe, Alta Sacerdotisa. ¡Lo tengo controlado! ¡Yo la protegeré! ¡Atrás, escoria! No la dejaré sola en la prisión, y menos entre monstruos como este.

Había en las palabras del caballero una evidente terquedad, una que sólo la devoción y entrega a una causa que consideraba justa otorgaba. Era un juramento que no pedía permiso a la lógica.

Gwenaëlle, en medio de aquella cacofonía absurda y evidente humillación, al verse encerrada entre bestias nefarias, no pudo evitar sonreír.

No estaba sola. Aún no del todo.
​
​

Eventualmente, llegaron varios guardias. Se asomaron hacia la celda, pero por sus gestos de tensión contenida, ninguno quiso tomar el riesgo de entrar y poner orden.

- ¡ME VOY A COMER TU BRAZO! ¡DÁMELO!

- ¡Que lo mata! ¡Hay que hacer algo!

- Qué dices, yo no me meto...


Mientras tanto, Gunna, que había bajado a las celdas para traer un cesto con fruta para Gwenaëlle, se detuvo en el pasillo. Miró hacia el origen de la conmoción, sus ojos rojizos encendiéndose como brasas al ver lo que estaba ocurriendo.

- ¡Oigan! ¡ Ya basta!

Los guardias entonces la interpelaron.

- N-no hacen caso, sargento. ¿Cuáles son sus órdenes? ¿Qué nos metamos ahí en medio?

- Si abrimos la puerta se puede escapar… está furioso, ya sabe, ha probado la sangre.


Gwenaëlle tragó saliva. ¿Que había hecho qué? ¿Lo habían encarcelado.. por comerse a gente? Conocía los rumores sobre las apetencias de los ogros, pero una cosa era oírlo, y otra.. estar cerca de uno, separada por unos meros barrotes e indefensa.

- ¡No abran la puerta! - ordenó Gambino desde el otro lado, mientras esquivaba y devolvía golpes con una pericia envidiable.

Gwenaëlle sufrió un ataque de ansiedad que se acrecentó por momentos. Se sintió completamente inútil, impotente. Oyó el muro. Oyó los gruñidos. Oyó el choque de algo pesado contra piedra. La situación, en su totalidad, le resultaba profundamente humillante.

- ¡Señor Gambino! Por favor! ¡No podemos continuar con la espiral de violencia!

Llegaron Kath y Álvaro. Intentaron mediar. Kath probó con un encantamiento, usando una vela para emplear una sugestión sobre la criatura. Pero el ogro estaba completamente fuera de si, con un hilo de espuma cayendo de sus fauces.

- Este se comió una familia de medianos. Lo pillaron in fraganti -comentó uno de los guardias, asustado.

Gunna eventualmente dió la orden. Había que abatirlo. Y entre Kath, Alvaro y la experimentada arquera, lograron reducir a la bestia.

El rugido del ogro, uno atenazado por el dolor, retumbó en los tímpanos de la semielfo. Luego, un golpe pesado contra el suelo, uno que hizo temblar las paredes.
​
​

Gwenaëlle soltó un gemido ahogado. Se llevó las manos a la cara y se hizo un ovillo en la celda.

El pasillo se llenó de respiraciones agitadas, de órdenes cruzadas. Un vano intento de imponer la ley en medio del caos.

- ¿Quién ordenó que los encerrasen juntos? - escupió Gunna, con una rabia que no encontraba dueño.

Gwenaëlle intentó interesarse. ¿Pero qué podía hacer desde allí? Estaba encerrada, engrilletada. Se sentía impotente y asustada.

- ¿Se encuentran bien?… Ah… l-les podría sanar… p-pero tengo estos grilletes…

Kath notó su voz quebrada. Alzó la suya e intentó reconfortarla.

- ¡Todo bien, Gwen…!

- ¡Lo siento mucho!
- su voz salió hecha jirones - Lo siento de verdad… Señor Gambino, por favor… no se ponga en peligro por mí.

Y Gambino, agotado pero entero, respondió con esa calma obstinada que sólo poseen los verdaderos devotos. Los que creen estar luchando por una causa justa. Del que cree luchar por lo que vale la pena.

Por ella.

- No se preocupe, Alta Sacerdotisa.

La movieron. Cambiaron celdas. Alejaron al caballero. Retiraron al ogro... supuestamente inconsciente. Y cuando el pasillo por fin dejó de temblar, se asentó una calma extraña, interrumpida a intervalos dispares por la risa enloquecida de una mujer.

- ¡Wajajajaajaja! ¡Qué pena que se haya muerto! ¡Dioooses, cuánta sangre! ¡Ay, wajajajaaja..!

En el pasillo de la prisión, Gwenaëlle supo entonces, por boca de Gunna y Alvaro, en susurros cruzados, que Sariel estaba declarando. Que Sariel estaba poniendo su nombre, su rango, su dignidad, al servicio de lo que ella había hecho.

- Aún no puede verte. No se admiten visitas aún. Lo siento, Gwen - dijo Gunna con una expresión triste, con decepción contenida.

Gwenaëlle entendió su mirada. Quería saber por qué todo había llegado a esto. Por qué la situación la había obligado a ser su carcelera.

Ella devolvió una sonrisa cálida tras los barrotes, o lo intentó.

- N-no te preocupes, Gunna... lo entiendo. Seré paciente.

- Mucha gente de tu Capítulo se ha quedado haciendo guardia. Este quería acompañarte como sea. Lo arrestaron por alboroto.


Gwenaëlle de pronto sintió una mezcla de satisfacción y vergüenza, partes iguales. No quería admitirlo, pero que su propia congregación estuviese velando por su custodia, era.. un pensamiento reconfortante.

El suficiente para no hundirse allí mismo, entre ratas, sopa aguada, agua viscosa y ogros caníbales.

Sería, por el momento, suficiente para aguantar un día más.​
 
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III. El patio.

Los días fueron pasando, uno tras otro. El presidio era una rutina gris, sucia, cargada del peso del tiempo y de los arrepentimientos. Gwenaëlle estuvo mucho tiempo a solas con sus pensamientos, dejando que estos enhebrasen e hilasen una y otra vez, conjeturas, posibilidades, rutas alternativas que quizás podrían haberla llevado a un lugar distinto a este. No podía ser hipócrita: se sentía ahora despojada, indigna, completamente humillada por la sociedad a la que se afanó en pertenecer, en la cual, creyó, ser un miembro destacado.

Esta ilusión de casta se desvaneció con una decisión.

Ahora era, simplemente, una criminal.

Y como así era tratada.

Esto incluía el tener que seguir las rutinas de los demás presos. Una de ellas era la hora del patio. Una vez al día, durante una hora, Gwenaëlle se veía arrastrada por los guardias a abandonar el relativo refugio mohoso de su celda oscura para exponerse a la sociedad paralela del mundo carcelario. Una a la que ella, si bien no pertenecía, no era capaz de ignorar.

No le dejarían hacerlo.

Su primera experiencia en el patio la llevó a reunirse con una pluralidad de prisioneros.
​
​

Borrachos. Rateros. Asesinos.

La lista no era una figura retórica, sino un catálogo vivo que respiraba, tosía y se reía a pocos pasos de ella. El patio no tenía nada de “patio”: era un rectángulo de piedra húmeda y barro ralo, cercado por barrotes y miradas; una intemperie domesticada donde el aire mismo se sentía un prisionero más.


Gwenaëlle avanzó con timidez, con la compostura de un cervatillo. Notó como sus orejas se encogieron, y como su percha, un junco alto y delgado, se convertía en un poste clavado en medio del campo. Había pasado años aprendiendo a no estorbar. Luego, a tratar de imponerse entre sus hermanas, sin alzar la voz demasiado.

Pero allí, estorbaba por existir.

- D-disculpen…

Su voz salió quebrada, infantil. Como cuando era novicia.

La respuesta fue una risa borracha y un chasquido de lengua. Un tiefling, con la quietud tensa de quien no descansa ni cuando finge hacerlo, la observó con un recelo afilado. Más allá, un carterista mascullaba excusas a nadie; y un hombre con aliento de taberna, que olía a derrota fermentada, le lanzó una pregunta que no era pregunta, sino provocación.

- Ah, mira, la nueva. ¿Tú por qué estás aquí? ¿A quién has matado?

Gwenaëlle tragó saliva.

- ¿Y-yo? A nadie, señor…

No era del todo cierto. Había contribuido a matar a muchas personas durante la guerra. Quizás por una causa justa. Quizás no.

Pero ella quería pensar que era mejor persona.

No lo eres, susurró una voz en su mente. Un pensamiento intrusivo.

El tiefling la acorraló con lo más simple.

- Entonces, ¿por qué estás aquí?

Gwenaëlle esquivó la pregunta. Miró hacia un lado, tratando de centrarse en otras cosas. Miró hacia el borracho, que iba dando tumbos. La compasión le surgió como un reflejo aprendido; una compulsión, más bien, que en esas circunstancias se presentaba como una escapatoria de sus propias contradicciones.

- ¿Se encuentra bien?

La compasión, allí, era un lenguaje extranjero.

El borracho parpadeó y la miró con extrañeza. Luego lanzó un azote al aire, un gesto desdeñoso.

- Ejejeje, sí, claro... tranquila, muchachita. Y ni caso a este, que le gusta la bronca.

El tiefling soltó una carcajada seca. Retomaron su charla. El carterista afirmaba que era inocente; el tiefling también. El borracho era más honesto; estaba allí por no haber pagado sus deudas, y en la cárcel al menos comía caliente.

Gwenaëlle escuchó, asintió a destiempo, y en algún punto se sorprendió pensando que aquella conversación tenía algo de mercado: una compraventa de miserias, cada cual exhibiendo la suya para obtener respeto o espacio.

El tiefling contó su historia como quien enumera propiedades: le quitaron sus casas, su comida, sus postres… sus cosas.

- Pero se me entrometieron... y claro, tuve que hacerlo. Y me pillaron....

Gwenaëlle supo leer entre líneas. Del que habla del mal como si fuese costumbre. Como si fuese una mancha que limpiarse de las botas.

Sintió una náusea incipiente, anudándose en su tráquea.

Cuando quiso responder, una puerta chirrió.

Se oyeron pasos. No eran los pasos pesados del guardia, sino el ritmo desigual de alguien que venía golpeado.

Gambino apareció en el patio amoratado, sin armadura. El enorme, y diría la semielfo, apuesto semiorco, se alzó como una torre luminosa en aquel lugar angosto, obligando a los parroquianos a echarse a un lado para no sentirse ensombrecidos por su presencia.

- S-señor Gambino…. ¿Pero qué hace aquí?

- Vengo a estar con vos, Alta Sacerdotisa. A protegeros de todos estos maleantes. No estaréis sola, os lo juro por Selûne.


Gwenaëlle lo miró, perpleja y horrorizada.

- ¿Y en paños? ¿N-no le han dado ropa…?

- El ogro me destrozó la armadura, señora. Pero no se preocupe, conservo otra de repuesto.

Gambino había forzado su encarcelamiento, aparentemente. Pero era un cautiverio temporal, puesto que no habían interpuesto cargos contra él y sólo podría permanecer en el calabozo unos días. Era un gesto de devoción extrema, quizás, pero uno que infundió seguridad y certidumbre en Gwenaëlle. El saber que habían personas que la defenderían a toda costa, hacía que el peso del cautiverio fuese más soportable.

- S-si pudiese, le sanaría. Pero no puedo ni tan siquiera…

- No se preocupe. He salido de una pieza.


El tiefling, que hasta entonces había observado con hambre de conflicto, torció el gesto.

- ¿El ogro ha muerto?

Gambino negó. Aunque ella no estaba tan segura de que fuese así. Ella no pudo evitar pensar en Sariel; en el Capítulo; en todo lo que aún creía poder arreglar si encontraba el modo correcto de hablar con la persona correcta. La esperanza, en ella, no era ya ni tan siquiera optimismo: era un mecanismo de supervivencia.

Al ver el interés de los reos en el destino de la criatura, el semiorco lanzó a todos una mirada asesina; una advertencia silenciosa para que no diesen un paso en falso.

El tiefling respondió a la amenaza con una naturalidad escalofriante, propia de quienes viven en un mundo cruel y despiadado. Sacó entonces un pincho improvisado, afilado. Parecía haber sido 'fabricado' con un tenedor. Lo mostró con una sonrisa de reptil.

Gwenaëlle retrocedió un paso, instintivamente.

- ¡P-pero… se supone que están prohibidas las armas…!

El tiefling pasó la lengua por el filo como si lamiera un tenedor. El gesto fue deliberadamente vulgar, deliberadamente intimidante.

Gambino se colocó entre ambos. No alzó la voz. No hizo un gran movimiento. Simplemente se puso ahí, como una pared humana.

- Te voy a enseñar el Dogma de Selûne palabra por palabra.

El tiefling escupió una amenaza corta.

- Inténtalo, saco de carne.

Por fortuna o por desgracia, el altercado jamás llegó a producirse. Un guardia que vigilaba, al ver a Gambino acercarse con gesto amenzante hacia el tiefling, irrumpió con paso rápido. El tielfing, al verlo, escondió el pincho con un gesto rápido y habilidoso.

Todos se tensaron de golpe.

- ¿Qué pasa aquí con tanto ruido?

Gwenaëlle seguía bloqueada, en un momento anterior del incidente.

- Por favor… no hace falta recurrir a la violencia. Seamos civilizados…

Gambino y el tiefling se separaron. El guardia miró entonces a Gwenaëlle, esperando quizás más contexto de su parte.

- Ha sacado un… bueno, creo que es un tenedor, pero no parece muy seguro…

La advertencia hizo que el guardia no dudase. Alzó la lanza y de pronto, arreó un golpe seco, un golpe romo, en la cabeza del tiefling. Este cayó al suelo y el arma salió despedida, deslizándose por el suelo.

- ¿Qué es esto?

No esperó respuesta. La parte roma de la lanza golpeó al tiefling una y otra vez con la mecánica de un castigo rutinario. El hombre cayó, pidió piedad, gritó.

No hubo piedad alguna.

Excepto en el corazón de Gwenaëlle. Se sintió sumamente culpable por el destino del tiefling. Aquellas no eran formas de tratar a nadie, aunque la hubiese amenazado momentos antes.

En ese instante comprendió cuál era su única magia allí: la palabra. No el conjuro, no el símbolo. La palabra exacta, dicha con el tono exacto, en el momento exacto. Su oficio reducido a lo más desnudo: persuadir a un hombre armado de que pare.

Y habló.

- Mi señor... por favor, no... no es necesario emplear tanta violencia. Ya ha visto que la cosa no llegó a más... tenga piedad, por la diosa luna.

El guardia entonces dudó por un instante. El tiefling, agazapado, se mantuvo quieto, expectante por más golpes. Pero no llegaron. El centinela suspiró y chasqueó la lengua.

- Agradece a la nueva, escoria. Hoy te libras. Se acabó el patio.

Gambino extendió el brazo, cubriéndola de la escena, de los ojos, del espectáculo. La acompañó hasta donde pudo, mientras la semielfo se ocultó tras el semiorco, empleándolo como una barrera viviente entre ella y los demás presos. Especialmente del tiefling, quien la siguió con la mirada.

Una mirada asesina.

De regreso a los pasillos, Gwenaëlle caminó con la cabeza baja. No por sumisión; por fatiga. La puerta de su celda la recibió con su música de hierro. Al entrar, la oscuridad pareció abrazarla con familiaridad.

- No se preocupe, Alta Sacerdotisa. Sea usted fuerte. Estamos todos con usted - le aseguró Gambino, poco antes de que sus pasos se separasen cuando los llevaron a sus respectivas celdas.

- A descansar. Antorchas fuera - dijeron los guardias.

Las luces se apagaron.

Gwenaëlle se quedó de pie un segundo, viendo cómo la noche caía dentro del cuarto, envolviéndola en una negrura espesa. Y no fue hasta entonces cuando notó que sus manos temblaban sin parar. Llevaban haciéndolo durante horas.

No fue por el tiefling. No por el guardia. Ni siquiera por el patio.

Fue por la inevitabilidad de todo. Por sentirse completamente inútil, desposeída.

Gambino se acabaría yendo.

Y ella tendría que seguir sobreviviendo allí.

Gwenaëlle se sentó en el banco. Miró hacia la litera inferior, al desconocido karaturense que horas antes habían metido en su celda, y sintió miedo. Un miedo real, animal, de dormir con un extraño a unos pasos, bajo cerrojos ajenos.

En la oscuridad, sin antorchas, sin símbolos, sin privilegios, lo único que le quedaba era eso: resistir lo suficiente para que llegase un milagro.

Porque aunque saliese libre, el peso de la culpa le impediría obtener absolución alguna.

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IV. La primera visita.

Gwenaëlle se había sentido sola muchas veces en su vida. En muchas ocasiones era una sensación buscada, fruto de una compulsión inherente por recluirse y refugiarse en sus pensamientos y apetencias cuando el peso del mundo la agotaba. Desde niña, siempre había preferido la compañía de libros y de cartas estelares a la de otros niños. Su madre bien que lo intentó; insistió en que debía "socializar, abrirse al mundo".

Eventualmente, lo hizo a su manera. Hizo muchos amigos en Amn. Muchas amistades plenas y duraderas, que aún en la distancia, las sentía en su corazón y le evocaban recuerdos cálidos.

Pero ahora experimenaba una soledad forzosa, no buscada. Una soledad fruto de un confinamiento, encerrada en un habitáculo sin apenas luz y a merced del moho y del polvo.

Con cada día que pasaba, a medida que esta rutina se iba asentando, ella sentía que poco a poco, la calidez de su corazón se iba apagando.

Y para sobrevivir, pasó a un estado que se asemejaba a una suerte de apatía melancólica. Un estar, sin estar. Dejando que pasase el tiempo, tratando de que las circunstancias no hiciesen mella en ella.

En uno de estos días en el que todo era constante, y el contar de las horas sólo era posible mediante los cambios de tonalidad del haz que emanaba del tragaluz, hubo un momento en el que oyó un girar de llaves y el crujir de barrotes.

La puerta se abrió.

- Tienes visita.

-¿Mh…?

-Gwen.


-Oh, Gunna…

- Viene alguien a verte.

Gwenaëlle sonrió de inmediato. Su rostro oscurecido por la pena se iluminó como un foco.

- Ah, ¿sí…?

- Justicia Superior accedió a un régimen de visitas de una hora diaria.


Visitas de una hora diaria. Eso significaba que... ¿habían recurrido su detención? No era mucho, ciertamente, pero era un cambio que mejoraba sustancialmente su experiencia, hasta el momento, miserable. Al menos, ahora podía permitirse un lujo que se le había negado: tener esperanza, expectativas por algo.

- Y te traje algo para comer. Dejé el cesto en tu litera.

- Eso es… excelente, Gunna. Muchísimas gracias.

- Pase.

Hubo un sonido de bastón, un roce leve contra la piedra, y luego una voz que se pronunció con cuidado, dubitativa.

Había miedo en su tono. Pero podía reconocer esa voz en cualquier parte.

- Con permiso…

- ¿Sariel…?

Sariel Shade apareció en la celda como una sombra de sí misma: más delgada, consumida, aún repleta de llagas vendadas y cicatrices. Con un solo brazo, se asistía de un bastón para caminar y era evidente que lo hacía con cierta dificultad. Cuando creía que nadie la estaba mirando, se encorvaba ligeramente.

Y sin embargo, pese a todos esos padecimientos, en su rostro había una sonrisa franca, de alivio. De quien ha encontrado algo que había creído perdido para siempre.

Gwenaëlle se quedó muda por unos instantes. Sintió suma graittud, por supuesto, pero pronto otro pensamiento, más vanidoso y vergonzoso, la atingió. Bajó la mirada para contemplarse a sí misma y recordó su apariencia actual. Vestía una túnica sucia y raída, demasiado grande para su constitución delgada. Su pelo, otrora lustroso y cuidado, se apelmazaba en pegotes, formando mechones grasientos. No se lo había lavado; no se había atrevido a hacerlo. Y llegó a punto en el que creía que ni tan siquiera fuese necesario.

Le entró un breve ataque de pánico.

- ¡Ah! ¡I-¡pero…! ¡No me puedes ver así! Ay, diosa… n-no…

- Ven.

A Sariel no le pareció importar en absoluto. Dejó el bastón contra la pared, extendió el brazo hacia ella, buscando rodearla, atraerla hacia sí.

Y la besó.​

​

No supo cuanto tiempo pasó, ni cómo había podido vivir sin él. De pronto, la celda había desaparecido. Su corazón volvió a llenarse, como si le hubiesen insuflado aire.

- Estoy moviendo todo tan rápido como puedo.

- Camarada. Cuenta una hora y luego escolta a la visita.

Sólo tendrían una hora. Una hora en la que podía intentar arrebatar de aquel lugar una mínima semblanza de normalidad. Una hora para permitirse recordar ser humana, para estar con quien más quería.

Se aferró a Sariel con una fuerza torpe, desesperada.

- S-Sariel…

- Te has metido en un lío complejo. Has aprendido bien de mí... - bromeó.

- G-gracias… por venir… te… te echo tanto de menos. N-no sabes cuánto…

Sariel simplemente la besó de nuevo y la abrazó con toda la fuerza que pudo, intentando reconfortarla. Pero en su gesto, aunque tratase de disimularlo, había también una emoción compartida.

Miedo. Miedo por lo que pudiese pasar. Miedo por verse arrastradas por intrigas que no estaban ya bajo su control y agencia.

Miedo a perder todo lo que verdaderamente les importaba.

- Lo sé… probablemente… esto acabe mal. Pero… pero no habían más opciones. ¿Qué se supone que iba a hacer? ¿Entregar al oni y dejar que tú….?

- Se supone que de las dos, soy yo quien debe protegerte.

Sariel entonces acarició su mejilla y la miró a los ojos. Le habló de las gestiones que estaba haciendo, de cómo estaba recopilando pruebas. Gwenaëlle escuchó en silencio, con devoción, perdiéndose en los grises metálicos de la iluskana.

¿Era tan egoísta pensar en sí misma ahora? ¿En querer salir con vida?

Mirar a sus ojos, a esos ojos tristes y que habían sufrido horrores a manos de diablos, en ese momento lo fue todo.

Si el mundo debía arder para que pudiese mirarlos de nuevo, que así fuese.

Era un pensamiento horrible, deleznable, pero uno que no podía negar que la había acompañado desde el inicio de su cautiverio.

- Sariel… no quiero que tu situación también se complique. Las denuncias cruzadas, el ojo por ojo... todos acabaremos ciegos. Tú no tienes culpa alguna de lo que ha sucedido. Sí, sé quién… normalmente eres tú quien se encarga de protegernos. Pero… no podía quedarme parada. Mira cómo estás. Casi… casi te matan.

Sariel clavó la mirada en la túnica raída, en los ojos hundidos de la semielfa. Gwenaëlle vió como sus labios se apretaron, incapaz de disimular una creciente sensación de rabia e indignación. Y su voz se volvió, de pronto, dura y afilada.

- Y mira como te están tratando. ¿Es que no te das cuenta de que quieren matarte, Gwenaëlle? ¿Quieres que me quede de bajos cruzados mientras te consumes aquí?

La respuesta salió de sus labios como un resorte. Su cobardía la traicionó.

Quería vivir. Quería volver a su lado.

-N-no....

- Entonces, confía en mi.

Hablaron después de minucias. Sariel se interesó por si comía, qué había hecho. Gwenaëlle le relató la ayuda de Gambino, como la reconfortó por un par de días hasta que lo liberaron sin cargos. Le habló también de las ratas, y de lo mucho que le picaba la cabeza.

- Me han tenido que dar estas ropas porque mi vestido fue mordisqueado por ratas…

Sariel le acarició el pelo con calma, como si la suciedad no existiera.

- Vaya… ¿Te enfrentaste a ellas? Qué valiente. Hm, me han dicho que algunas son tan grande como lobos.

- Hubo una que… me atacó; pero… pero hemos llegado a una especie de acuerdo de convivencia.

El decirlo así en voz alta le hizo darse cuenta de que algunos de sus pensamientos últimamente eran delirantes. Carraspeó e intentó justificarse.

- No tengo ni un libro, me… me estoy volviendo loca.

- Te he traído algo de comida.

Sariel rebuscó en su bolso y le ofreció lo que tomó. Dos manzanas, un par de naranjas.

Y un trozo de chocolate.

Gwenaëlle sonrió. Era un gesto sumamente sencillo, pero uno que delataba que la conocía bien.

Había pasado semanas desde que había probado un dulce.

- Te traeré cosas cada día, si me dejan; mañana te traeré algunos libros para distraerte.

La hora pasó con demasiada rapidez. Siguieron hablando, y en un momento, compartieron un rezo entre ambas. Sariel trató de que, aunque fuese brevemente, ella pudiese abstraerse de la situación, quitándole importancia a las circunstancias y recordándole que ahora tendría algo por lo que esperar cada amanecer.

- Vendré a verte cada día - le insistió.

Era una promesa sencilla. Y en ese momento, Gwenaëlle no sabía si estaba en mano de ella que se cumpliese.

Pero era una promesa que ahora, la llenaba de esperanza por el futuro inmediato. Aunque fuese una expectativa miserable y humilde.

Por ahora, bastaba.​
 
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V. Los amigos.

Los días siguientes del cautiverio se convirtieron en un examen para Gwenaëlle.

No esperaba mucho. Contaba las horas que pasaban por el color del cielo, expectante del movimiento de las nubes que se atisbaban entre los barrotes del tragaluz. En esos momentos, la semielfo trató de llegar a términos con una cierta pulsión que se agitaba en lo más profundo de su ser; un ansia que clamaba por ser liberada.

Era lo que la había llevado, quizás, a abandonar la comodidad de Argluna y desobedecer las expectativas de su linaje. Ella, que siempre fue una niña de bien, una mujer destinada a una vida cómoda y lujosa, pero simple, alejada de las asperezas e inclemencias de la calle. Y sin embargo, pese a todo lo que había pasado, un pensamiento recurrente la conminaba a concentrar todo su ser en una sola frase.

Quiero ser libre.

La libertad es una condición, pero también un ideal. Todos los seres vivos, salvo que su espíritu se haya quebrado por las cadenas de la tiranía, ansían serlo. Gwenaëlle comprendió las palabras que una vez ciertas personas compartieron con ella: comprendía, ahora más que nunca, la pulsión de la sangre que fluía por sus venas.

Sí, ella quería ser libre. Cómo no iba a quererlo.

Pero también lo necesitaba.

Cada día que pasaba encerrada en la penumbra, sentía como su propia piel se iba agrietando y deshilachando. Sus ojos, resistentes ante la oscuridad y sensibles ante cualquier foco de luz, eran incapaces de cerrarse, obligándose a pasar muchas noches insomne. Pues su espíritu buscaba un resquicio, una esperanza por vana que fuese, de poder escapar del cautiverio.

Y cuando soñaba, soñaba con los bosques.

Soñó con el Umbral. Soñó con los verdes claros del Bosque Floreciente. Soñó con los pinos nevados del Norte, y con la frondosa espesura del Weldath.

Su espíritu ansiaba abandonar aquellos muros. A vagar, a caminar, a perderse por un camino desconocido. Sentía esa influencia como una cadena más, pero esta resultaba gentil, como si la guiase de vuelta al cauce de un río del que nunca hubo de desviarse.

Pero no podía abandonar el lugar. Sabía que su destino no dependía de su propia mano. Y debía reconciliarse con esa realidad cruel, despiadada: saberse completamente falta de agencia, en manos de otros. Una pieza en un tablero político.

Suspiró.

--

La visita no empezó con ella, sino con Gunna.

Le dejó comida, preguntó por su estado, y aun así se disculpó por lo que le había ocurrido.

- Eres mi responsabilidad. Por mi estás aquí.

¿Pero era realmente así? ¿Acaso había dado Gunna la orden?

Mernalyn entró como entra el aire cuando se abre una ventana en una habitación cerrada. No limpia, pero obliga a respirar. Se burló, dramatizó, intentó hacer del horror una anécdota; pero la mirada se le endureció al escuchar lo esencial.

- Me temo que le piden pena de muerte. Y están preparando una denuncia para que, si eso no sucede, la exilien.

A Gwenaëlle no le sorprendió la crueldad descarnada de la situación, pero ni tan siquiera eso era lo más doloroso. Había otra condena que ya se había producido, sin juicio alguno: el relato.

Querían que el juicio fuese una ceremonia pública donde ella apareciese no como alguien que desobedeció para salvar una vida, sino como el símbolo de la traición.​

​

Mernalyn no le pidió que se arrepintiese. Le pidió algo más difícil: que no se dejara consumir por el trabajo y la culpa, que no se quedase quieta esperando una absolución que nunca llegaría por pura justicia.

- ¿Vas a quedarte aquí esperando que todo se arregle por caridad? Dame algo. Un plan. Algún interés. Porque si sigues pensando solo en la fe y en la reputación de la Iglesia, se te acabará quemando el cerebro.

Gwenaëlle no le devolvió la mirada. Esta, se perdía entre los barrotes del tragaluz. Tragó saliva antes de articular de nuevo. Luego se levantó, fue a un rincón donde había un cesto con comida y una pequeña figura de madera femenina, reconocible para ambas y tomó un papel doblado con cuidado.

- Necesito que lleves esto a la imprenta de La Voz de Amn. Es… breve, pero seguramente lo publicarían.

Mernalyn apretó los labios.

- Eres consciente de que, cuando la guardia lo lea, posiblemente vuelvan a restringir las visitas… si saben que ha salido de aquí, ¿verdad?

- Oh, pero no es nada malo.

- ¿Qué es?

Se forzó a sonreír.

- Una disculpa. Y una carta de amor.

- Tienes suerte de que esté perdidamente enamorada - Mernalyn resopló, mitad burla, mitad ternura - Dalo por hecho.

---



Dick Cars era un hombre santo y también excéntrico. Por eso, cuando llegó, lo hizo sin acompañante alguno, envuelto en una luz tenue.

- Hermana...

Su voz era triste, arrastrada por una profunda melancolía cuando se dió su encuentro. Gwenaëlle se giró y sonrió por inercia, aunque la sonrisa no alcanzó a tapar lo evidente: su túnica sucia, su pelo grasiento, y sus ojeras por el sueño debido a sus tormentos.

Aún así, lo recibió como se recibe un hogar que se creía perdido.

Él no vino a preguntarle qué hizo. Vino a preguntarle cómo estaba. La diferencia quizás para algunos era sutil, pero era una muestra de piedad que no parecía abundar en estos tiempos.

- Estoy bien, Padre. Evidentemente, me gustaría estar en mi casa y poder bañarme... pero me temo que eso tendrá que esperar.

- Por Ilmater, hermana... Esto parece un pozo. ¿Acaso no os pueden cambiar de lugar? No os merecéis esto.

- Me temo que no me han podido brindar alternativa alguna, Padre.

No es que no pudiesen. Es que nunca se lo habían ofrecido.

El sacerdote no le ofreció prudencia política.

- No voy a aceptar que te castiguen por estos actos.

Gwenaëlle, que llevaba días aprendiendo a vivir sin esperanza porque la esperanza duele, notó cómo esa firmeza le devolvía algo que no se atrevía a nombrar. Y al mismo tiempo lo frenó: no quería circos, no quería que su dolor se convirtiera en espectáculo público, no quería que la gente la usase para proyectar promesas imposibles. Le dolía, sobre todo, esa parte: no el barro, sino el uso.

- Haré frente a lo que deba, Padre. Debéis confiar en mi.

- Pero la gente debe saber lo que está sucediendo, hija mía. Debes ser fuerte. Muchos escucharán lo que tengas que decir.

- Eso.... no depende de mi, Padre. Pues poco puedo decir fuera de estas paredes. Me... me preocupa otra cosa.

Cuando Gwenaëlle habló de Sariel, su voz mutó del cansancio melancólico a la preocupación. Describió el estado en que había llegado, sus mutilaciones, sus pesadillas y sus delirios. Aquel calvario que había atravesado, hasta el punto de que sin quererlo, a veces murmuraba salmos a Asmodeo.

Los ojos de Dick Cars se encendió con una rabia extraña en un hombre tan piadoso.

- ¿Y cómo pueden decir que no debías haber hecho esto? ¿Qué esperaba el capitán, que muriese?

- Vos y yo sabéis lo que estaba en juego.

Hablaron de aquella oferta que todos conocían. De los esclavos. De cómo ella, supuestamente, se había negado a transigir. Y todo supuestamente, por una capa ajada que una vez perteneció a la Primera Iniciada.

Kath carraspeó desde la puerta, entrando sin prisa, quedándose.

- ¿Quién os ha dejado entrar, Padre?

- Oh, saludos hija. La Orden. No tenemos horarios de visita, solo informe al guardia de la entrada.

- Las visitas son bajo vigilancia. Y no más de dos horas.

- No quiero crear problemas. Además, como sacerdote del hospicio, vengo mucho a ver los presos.

Kath negó una sola vez, conciliadora.

- No pasa nada. Me quedaré aquí vigilando.

El sacerdote rebuscó en una bolsa, negando mientras esbozó una sonrisa gentil.

- Sé que está prohibido dar comida… pero puedo… - sacó unos buñuelos - De las hermanas de San Anur. Puedo repartir.

- ¿Qué es? - Kath los revisó, asintió despacio - Adelante.

Gwenaëlle tomó uno con gratitud casi temblorosa, le dio un mordisco y suspiró al sabor dulce. Era un sabor cálido, amable...

Por un momento, recordó aquel día ante la Luz de Alandor. Aquel sabor dulce con el que se permitió transigir, antes de que ocurriese aquel fatídico incidente.

Un pasado reciente, uno al que probablemente, jamás podría volver.

Cuando el dulce abandonó su paladar, el frío y la oscuridad de la celda volvieron a hacerse presentes.

- Gracias, Padre. Sois un ángel de Ilmater.

- Simplemente un siervo más, hija mía. No te preocupes: los que estamos afuera no nos olvidamos de ti.

- Lo comprendo. Vuestra visita me ha llenado de esperanza. Sois… realmente lo que Amn necesita en estos momentos. Me alegra haberos conocido. Por favor, mande a su Orden y a su congregación mis… disculpas.

- Como te dije, mientras haya vida hay esperanza. No lo olvides.

- Así lo haré.

Dick Cars apretó su mano un instante con ambas y al soltarla, la celda pareció un poco menos angosta, como si las paredes se hubiesen apartado un palmo para permitirle respirar.

- Que Ilmater acabe con este sufrimiento rápido.

Y al marcharse, el cerrojo sonó otra vez. Gwenaëlle se quedó allí, en la oscuridad, sumida en sus pensamientos.​
 
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VI. Instituciones.

Las visitas de amigos eran dolorosamente espaciadas. No porque fuese difícil localizarla; precisamente, su paradero era desgraciadamente más conocido que nunca.

Lo eran, porque sencillamente no se producían con frecuencias. Salvo Sariel y Mernalyn, poca gente se atrevió a dar el paso. Quizás por el qué dirán. O quizás porque sencillamente, no les interesaba verse relacionados con la situación.

Gwenaëlle supuso que quizás, con la carta que había escrito para la Voz de Amn, incluso terceros podrían interesarse por conocer su perspectiva de los sucesos. No estaba segura hasta qué punto podría exponer la resolución judicial. Tampoco, en estos momentos, la poseía; los libros que llegaban a sus manos eran escasos y de contenido lúdico. Después de la nota, además, el acceso al papel se hizo difícil para evitar nuevas excentricidades. O eso le dijeron los guardias.

- Lo que tengas que decir, dilo en el juicio - le espetaron.

¿Pero acaso podría hacerlo? Hubo algunos que incluso dijeron que era posible que el escaso contenido de su carta convalidase como una declaración oficial. El proceso seguía, pero en ningún momento contaron con la testifical de la propia encausada.

Y por el avance de los sucesos, era bien posible que nunca lo hiciesen. Quizás, cuando llegase el momento del acto judicial, la sentencia ya estaría escrita.

Todo parecía resolverse entre despachos.

Por eso las siguientes visitas fueron importantes. Eran institucionales. Eran de personas vinculadas no quizás por fuertes vínculos de amistad hacia ella, pero sí que estaban unidas a su persona mediante lazos políticos que en momentos de dificultad, no era sino cortesía honrar.

Y por eso las presencias importaban tanto como los silencios.

La primera visita de tal tipo fue de la Orden del Guantelete.

---

- Dama Gwenaëlle… - la voz se asomó por los barrotes, firme, medida.

- ¿Uhm…? - Gwenaëlle se acercó, y al reconocerlo el rostro se le iluminó pese a la penumbra- Oh, don Valerio…

- Vaya… por todo lo noble… - negó, respirando hondo, como si se obligase a no reaccionar ante la visión de la semielfa despeinada, con el pelo grasiento y desaliñada en una celda mohosa. - Es impactante, no lo negaré. ¿Estáis bien?

- No os preocupéis. Estoy esperando que la situación se resuelva. No tengo nada que ocultar a la justicia.

- Ya veo…


Valerio asintió, inmaculado como siempre, perfume discreto, cabello perfecto incluso en la oscuridad. El contraste entre ambos era doloroso. Había incomodidad en su mirada, un juicio silencioso pero a la vez piadoso, que se muestra ante iguales a los que se presencia viviendo experiencias humillantes para alguien de su posición.

- Debo deciros que me sorprendisteis enormemente. No es el actuar que esperaba… pero lo puedo comprender. He venido para veros personalmente, pero también como aliado ordenado. Quiero entregaros un mensaje.

- Vuestra mera presencia es un bálsamo para mi alma, don Valerio. Os escucho.


- La Orden del Guantelete intentará ayudaros. No escudamos vuestro actuar… pero habéis sido conocimiento y luz para el pueblo en numerosas ocasiones. Y la ley debe usarse para el bien, para proteger al pueblo y llevarlo a la gloria… y nada de eso se hará realidad si privamos al mismo pueblo de seres como vos.

- Vuestras palabras me halagan. Lamento que todo haya sucedido de esta forma. Soy consciente del daño que se… ha hecho. Estaré en una eterna deuda con vos y vuestra Orden. Independientemente de lo que ocurra, no olvidaré a quienes han acudido en mi momento de necesidad. Ni lo harán mis hermanas. Tenga usted eso por seguro.

Valerio sonrió. Pero era una mueca tensa. Tenía más que decir.​

​

- Sin embargo, dama Gwenaëlle. ¿Por qué lo hicisteis así…? Justo cuando se negociaban las vidas de numerosos esclavos. No podíamos saber con certeza si sería posible el intercambio… y tampoco podíamos saber si las palabras del Lord Brujo eran honestas.

Otra vez... el relato. La semielfa apretó los labios. Ellos también. ¿Acaso podría ser cierto? ¿Realmente existía ese acuerdo? ¿Fue presa ella acaso, de un arranque de locura, un delirio amoroso, al verse arrastrada a tomar una decisión cegada por su propio orgullo?

¿Tendría Adrasteia razón, acaso?

Parpadeó y tomó aire. Se obligó a calmarse, a serenarse, antes de responder con mesura.

- Don Valerio… tengo la sospecha de que esa proposición se envió justamente para intentar desacreditarnos. No estuvisteis presente, pero… el Lord Brujo, en su retórica lógica, me ofreció una garantía. Además… tanto él, como la Embajadora de los Rundeen que antes me habló, me insistieron con claridad que el “valor” de la vida… de Sondakur… no me permitiría exigir grandes contrapartidas. ¿De haberse supuesto posible, realmente usted da crédito a que hubiese preferido una reliquia de mí fe, a la liberación de ochocientos esclavos?


Dejó que el silencio asentase el peso de sus palabras. Valerio se mantuvo silente, escuchando.

- Es absurdo. Y cuando se me transmitieron términos, el plazo ya era tardío. Presupongo que la supuesta embajadora de Murann, hacia la cual le reconozco un historial de previo antagonismo, ofreció un acuerdo falso al capitán… uno que asumió como cierto, pero que sería imposible de cumplir antes de que Sariel perdiese la vida.

- Comprendo. No dudo de vuestras buenas intenciones. Pero nunca sabremos qué habría ocurrido.

Por su mirada, Gwenaëlle intuyó que él no la creía. Ella desvió la mirada, avergonzada. Siguió intentando justificarse, y cuanto más lo hacía, más miserable se sentía.

Lo que había pasado, era todo culpa suya.

- Lo que estaba claro es que… los futuribles desaparecieron cuando recibí la orden de Justicia Superior. No renegaré de mi responsabilidad, don Valerio. Por eso acepté la detención, aunque suponga escarnio.

- Y eso os honra - sentenció Valerio - He ofrecido a los guardias algunos alimentos de gran calidad para que os sean entregados en el almuerzo. Desconozco si lo harán, pero espero que sí. Es un placer veros en buen estado; ojalá os veamos en otras circunstancias mejores, dama Gwenaëlle. Confiad.

- Eso haré, don Valerio. Agradezco una vez más las molestias que os habéis tomado en verme. Soy consciente de que… no soy la persona favorita de muchos en estos momentos.


- Lo habéis sido para muchos durante mucho tiempo; un periodo aciago no ocultará un pasado honorable
- su sonrisa volvió, breve. Quizás eso fuese cierto. Quizás, no - A más ver, dama. Que vuestros actos sean guiados por la nobleza de un puro corazón.

- Que Selûne bendiga vuestro camino.

Cuando Valerio se marchó, Gwenaëlle pasó aquel día sintiendo un profundo desasosiego.

--

La segunda visita fue del Enclave de Tethir, del Pueblo Élfico.

Concretamente, de la Dendravoz.

Era una visita que Gwenaëlle en el fondo de su corazón ansiaba y temía a partes iguales. Sus relaciones con el Pueblo, o más bien, con algunos miembros, se habían degradado hasta extremos ruborizantes tras la guerra. Algunas faltas, ciertamente, habían sido de su mano, pero otros agravios los había tratado de digerir en silencio, y lo único que obtuvo con ello fue un dolor de estómago.

Entre unos y otros, poco a poco, se fue formando un abismo que envenenó perspectivas y trazó surcos en la arena. Fronteras que nadie estaba dispuesto a cruzar.

Todo aquello ahora le parecía una santa tontería. Se sentía estúpida e infantil.

Fue por eso que aunque la visita fue importante. Aunque humillante.

Cuando Aelindar llegó, sintió como ese abismo acrecentó: la presencia inmaculada y casi etérea de la menuda elfa solar contrastaba con la suciedad y penumbra que envolvía tanto el lugar como los pensamientos de la semielfo. Ella, ataviada con un precioso vestido de seda élfica y una capa que cubría sus hombros con elegancia; Gwenaëlle, ataviada con una túnica ancha y raída, con su pelo grasiento, con su mirada consumida y ojerosa.

Le costó mirarla. Le daba vergüenza que la viese así.
​
​

Aelindar la observó con un gesto cortés, curioso, pero abstraído de las inclemencias y miserias de la celda. Le sonrió con una cortesía impecable; esos modales dignos de los nobles de Evermeet; el ideal al que, se suponía, la semielfo debía aspirar en su infancia.

Se mantuvo en silencio. Quizás midiendo lo que pudiese decirle. Gwenaëlle entendió que en esas circunstancias, su presencia no era un gesto de piedad, sino quizás una cortesía que obligaba la sangre; una que forzaba a un padre decepcionado a atender a sus hijos descarriados.

Gwenaëlle bajó entonces su mirada, incapaz de contener su gesto de vergüenza.

- B-bienhallada, etrielle… No… no contaba con vuestra visita.


La voz de la semielfo le salió suave, quizás demasiado educada para las circunstancias. Y rota por dentro, aunque se esforzase en que no se notase. Su pelo negro azabache se había apelmazado en mechones vergonzantes, y alguno de ellos se había desteñido fruto de la ansiedad.

Aelindar no fingió no verlo.

- Dulce agua, Gwenaëlle. Quiero saber cómo se encuentra - dijo, y cada palabra sonó nítida, cuidadosamente colocada - Mucho ha ocurrido en poco paso de tiempo.

- Me… me encuentro bien. No os debéis preocupar al respecto. No es… una situación deseable para mí, pero… b-bueno, las cosas discurrieron de cierta forma.


Intentó sonreír. La sonrisa apareció y se quedó a medias, tensada, como si le doliese esbozarla. Se obligó a lo único que aún podía controlar: la educación.

- ¿Y vos… cómo estáis?

- Me encuentro bien, aunque atareada con asuntos que competen a mi cargo. Labores tediosas y aburridas, ciertamente, pero no puedo quejarme…

- Ah, os entiendo…. Hasta hace unas lunas, la burocracia también me tenía… muy ocupada. Me temo que en ese aspecto no hay tanta diferencia entre el hacer del Pueblo con el de los Hombres.


Intentó reírse. Pero quedó en eso: un intento que murió enseguida.

Aelindar desvió la mirada. Una rata apareció cerca, tranquila, propietaria de aquel mundo. La elfa la siguió con los ojos un instante, como si fuese una nota desagradable en una partitura perfecta. Luego volvió a Gwenaëlle. El contraste regresó: oro frente a miseria e infamia.

- Guardando salvedades, sí. La burocracia diplomática es aburrida en todos sitios, me temo. A pesar de las dificultades, os encontráis con vida. Y eso es un logro.


La mujer esbozó una sonrisa tenue.

- Sí, confío… en que mi vida continúe, pese… a lo que deba afrontar en el futuro próximo.


Aelindar mantuvo la calma. No se permitió una expresión de lástima. Y, aun así, sus palabras fueron un intento honesto de poner un manto sobre la piedra.

- Os deseo de corazón que todo esto se resuelva con prontitud. Era evidente que una estancia así no es agradable. Espero veros fuera de la piedra y barrotes.

- Agradezco vuestros buenos deseos.
Si… teníais alguna pregunta que queráis hacerme… sería el momento. Sé que no pudimos… conversar debidamente tras… aquel incidente.

La palabra “incidente” sonó ridícula en su boca. Una palabra pequeña para algo que todavía le pesaba en el pecho. Tragó saliva. El pasado reciente envolvió la estancia como un espectro al que no cesaba de atormentarla.

- Debéis saber que lo lamento profundamente. No era mi deseo transmitir imposición alguna. Simplemente… me preocupó una situación. Pero es evidente que no la manejé de la forma oportuna.

- No guardéis preocupación por ello. Lo prioritario es vuestra actualidad y que todo esto tenga una resolución. Hablaremos desde la calma, a orillas del Lago del Cisne.


La cuestión quedaba zanjada por el momento. Gwenaëlle asintió con un gesto derrotado.

- Sí… es algo… que me gustaría. No quiero que guardéis una impresión equivocada de mí. Y con… respecto a mi situación… Por lo que se me ha informado, estoy… a la espera de que acaben de recopilar… testimonios de quienes deseen hacerlo, sobre… lo sucedido.

Aelindar asintió.

- Es un proceso institucional incómodo, por el tiempo de espera. Cuando una autoridad hace tal labor es que están investigando el asunto con mesura y cuidado para no precipitarse.


Una respuesta perfectamente institucional. Comedida. Neutra. Carente de calidez alguna.

Y estimó que era el momento de dejar la conversación ahí.

- Bueno, Gwenaëlle: no deseo acaparar más tiempo del debido. Solo quería saber cómo os encontráis.

- Lo… lo comprendo. Os estoy muy agradecida, no obstante. Transmitid mis recuerdos al Pueblo cuando volváis al Enclave
.

- Así dispondré, transmitiendo vuestro sentimiento.

- Que Selûne os acompañe.

- Que la Doncella de Plata no desvíe su mirada y os cobije en su luz argéntea. Cuídese.


El sonido del cerrojo dejó a la elfa solar fuera, intacta, y a Gwenaëlle dentro, con su única demasiado ancha, su pelo sucio, y su vergüenza todavía húmeda en la boca. Y el lugar, como siempre, no cambió. Solo volvió a impregnar sus sentidos con olor a moho y derrota.​
 
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VII. Las deudas pendientes e Isolda.

Otro día. Más visitas. Gwenaëlle se había distraído con una conversación con el Padre Dick, el cual siempre traía luz a aquel entorno lúgubre. Si bien la semielfo profesaba ya anteriormente respeto por el ilmatari, este se tornó en una profunda admiración ante sus constantes idas y venidas. No sólo encarnaba a la perfección la palabra del Dios Quebrado, sino que cada uno de sus actos iban encaminados a librar al prójimo de todo el sufrimiento posible.

Y una cosa era atestiguarlo como mero espectador, y otra ser el propio herido.

La piedad entonces se vuelve sustento. El alivio alimenta el espíritu y da fuerzas para soportar el peso de las circunstancias.

Quizás por eso, la conversación con Dick se centró en asuntos banales: en amoríos. Él le comentó sobre un proyecto que tenía en manos con la dama Eileen, y tras ciertos silencios y gestos tímidos, Gwenaëlle leyó entre líneas.

Y entonces, con una leve sonrisa, algo pícaro, le guió hacia un rumbo determinado.

- Habláis mucho de la dama, Padre. Vuestro rostro se ilumina ante su mera mención.

- Ahahah.. - El ilmatari dejó escapar una sonrisa nerviosa - Sin duda, es una muchacha entregada y generosa con los niños. Es digna de mi más profunda admiración.

- ¿Y sólo de eso, Padre? Por cuanto he hablado con ella, creo que sus sentimientos trascienden la mera amistad.

Dick Cars entonces abrió los ojos de par en par. Se llevó la mano a la nuca y desvió la mirada hacia un punto indeterminado, uno con el que no coincidiese con los ojos ámbar de Gwenaëlle.

- ¿Eso crees, hija mía...?

Mientras tanto, se oyeron unos pasos. Sariel se asomó por los barrotes y estiró el brazo para llamar la atención de ambos. El guardia apostado gruñó y le lanzó una mirada terca y severa.

- Quieta, señora. Sigue la visita.

- ¡Pero si llevo cuatro horas esperando!

Gwenaëlle miró hacia la puerta de la celda y se echó a reír. Ese día era más animado que otros. Dick aprovechó la interrupción para zanjar el asunto de Eileen y poner pies en polvorosa.

- Bueno, hija mía... veo que te he retenido demasiado. Pensaré en lo que has dicho...

- No dude, Padre. Yo no me arrepentí.

Dick asintió y emprendió la marcha tras una despedida amable, como era todo en él. Sariel inspiró profundamente, saludó a Dick afectuosasmente, y se dispuso entonces a reencontrarse con Gwenaëlle.

Pero justamente en ese momento, un par de guardias irrumpieron en el pasillo y golpearon los barrotes de la celda.

- La hora del patio.

Sariel abrió los ojos y torció el gesto, indignada.

- ¿Ahora? ¡Pero si llevo todo el día aquí! ¿No puede ir más tarde?

- No se hacen excepciones.


Sariel y Gwenaëlle se miraron; fue la única interacción que pudieron tener ese día. La semielfo salió de la celda y acompañó a los guardias, mientras que la sacerdotisa iluskana se quedó mirando como su amada desapareció tras torcer el pasillo.

- ¡Te veré luego! - le prometió desde la lejanía.

--

La hora del patio consistía, como siempre, en amontonarla con un grupo de reos que no deseaban interactuar entre sí, en un rectángulo que no daba mucho pie a la intimidad o a las confidencias. Era una especie de ejercicio o de ritual con el cual las autoridades se aseguraban de que la población carcelaria dirimiese sus cuentas sin tener que intervenir demasiado.

Y siempre, siempre habían cuentas que pagar. Gwenaëlle no era ninguna excepción a esa regla.

Ese día, no estaban los parroquianos habituales. Gwenaëlle, cuando llegó al patio, vió a un grupo de tres tieflings, muy similares en aspecto a aquél con el que tuvo gresca hará una decana. Ellos parecieron reconocerla de inmediato, esbozando sonrisas maliciosas que no dejaron lugar a dudas respecto a sus intenciones.
​
​

- Mirad a quien tenemos aquí. ¡HAHA!

Gwenaëlle juntó las manos y las entrelazó a la altura del regazo. Y sin pretenderlo, se pegó contra la pared, encogiendo los hombros en un vano intento de desaparecer. De hacerse más pequeña.

- Dis… disculpen… ¿les conozco de algo...?

- Por tu culpa nuestro amigo está con el clérigo de la prisión. Eso.


El "amigo". El tiefling. Gwenaëlle rápidamente se dió cuenta de lo que pasaba.

- El… su amigo sacó un cuchillo y amenazó a otros reclusos. Eso… ¿saben que no está permitido?

Los tieflings se miraron entre sí, por un instante. Incrédulos. Sus rostros lo decían todo: ¿acaso ella se estaba burlando de ellos? ¿O era así de inocente?

- Chica, creo que no sabes donde estás metida. ¿Es que te crees que mandas aquí?

El tiefling se pegó a la pared frente a ella, inclinándose con descaro. Su lengua bífida relamió sus labios mientras la miraba con fijeza y hambre, como si Gwenaëlle fuese una presa.

- Va a tener que pagar por el clérigo.

- No es mi intención ordenarles… Yo sólo soy una servidora de Selûne, una humilde sacerdotisa… es por mostrar mesura y temple ante la adversidad, ante las dificultades… Mis hermanas, estoy segura de que… podrán ayudar a su amigo si de ser necesario.

- ¿Te crees que somos idiotas? ¿Cómo vamos a confiar en lo que nos digas? Por tu culpa le dejaron para Kelemvor joder.


Entonces, el tiefling golpeó la pared con el puño. El sonido sacudió a Gwenaëlle por dentro. Hizo ademán de taparse los oídos, pero no lo hizo. El miedo la paralizaba.

- Te… tenéis mi palabra de que así será. Pero si… me ponen una mano encima, me temo que no podré hacerme… responsable de agravios posteriores.

Intentó persuadirles. Quizás ellos sabían quién era, o al menos comprenderían que su condición no era la de una mera cualquiera. Gwenaëlle, sin embargo, en esa lógica cometió un fallo de cálculo elemental, fruto de su ignorancia de las leyes de la calle. En los bajos fondos, existía una sociedad paralela, una que ignoraba los estamentos y la ley cuando nadie miraba. Simplemente, porque podían hacerlo. Las consecuencias eran el futuro.

El ahora, eran tres contra una.

- Vamos a necesitar algo más que eso para estar “contentos”. ¿Por qué quieres vernos contentos, verdad?

Los tieflings siguieron rodeándola. Más cerca. Sin apenas dejarle espacio para respirar. Ella asintió con docilidad, aterrada..

- Necesitamos algo de oro, sabes… La vida en la cárcel es cara y El Conseguidor pide mucho.

- ¿El Conseguidor…? Ah, p-pero no tengo dinero, ten… tendría que pedirlo.

- ¿Te crees nos importa de dónde salga? Solo tienes que hacer nos lo dejen en nuestra celda dentro de un libro. ¿Entendido?

Gwenaëlle asintió, completamente acongojada.

- ¿ C-cuánto…?

- Buscamos cien monedas.

- D-de acuerdo…

- Bien bien… No queremos os pase nada… Si colaboráis hasta podríais ser de nuestra banda. Es mejor tengas apoyos aquí dentro. Tendrás que decidirte a qué bando unirte.


Lo que le faltaba. Unirse a una banda carcelaria. Si esas eran sus opciones, prefería que Selûne le tirase una viga encima. ¿Realmente su vida iba a acabar así?

- Lo… lo tendré en cuenta.

- Se puede ir por hoy.


Cuando los guardias los llevaron fuera del patio, Gwenaëlle se quedó un instante inmóvil, el miedo tardando en abandonar su cuerpo. Su pecho subía y bajaba incesantemente, fruto de la ansiedad que hacía que su pulso latiese a toda velocidad.

Había entrado al patio con miedo; salía con una deuda.

Y entonces, ella entró.

Era una mujer menuda, más pequeña que ella, e iba ataviada con una sencilla túnica. Sus ademanes, su mirada, eran amables. Su sonrisa rebozaba calidez. Más que una presa, parecía ser una visita, alguien ajeno a este submundo.

- Vaya… ¿Qué os ha pasado? Parecéis pasar un mal momento.

Gwenaëlle la miró, dubitativa. Apretó los labios, y algo en esa amabilidad le arrancó la respuesta sin que pasase por el filtro de la prudencia. La piedad era ahora sustento para su espíritu.

- Creo que… me he metido en un problema. Hay un grupo que… ah, me… me piden dinero. Y… me da miedo que me hagan algo.

La mujer asintió despacio. Parecía entender el dilema, como si ya lo hubiese visto antes.

- En este lugar, la unión otorga respeto. Lo normal es asociarse con ciertos grupos. O se está con alguien, o los problemas llegan incesantamente, pues no tendréis respaldo alguno.

Gwenaëlle asintió. La mujer se acercó un poco más. Sus ojos eran grises, bonitos. Le recordaban a los de Sariel.

- Por lo que he oído, pinchásteis a uno de los cabecillas de la banda. ¿Es cierto eso?

- N-no, ¡si no hice nada! Él sacó un cuchillo y… y nos amenazó. Lo… lo reporté a un guardia, y…

Isolda inclinó la cabeza con una compasión casi maternal. Gwenaëlle se llevó las manos a la cara, incapaz de contener su angustia.

- Oh, pobrecita… Podéis llorar si lo necesitais. Aquí nadie os ve… y aunque lo hiciesen ¿Que más podrían quitaros estando entre rejas, que no os hayan quitado ya?

Gwenaëlle tragó saliva. La frase no sonó cruel, aunque la realidad lo fuese. Era la pura verdad. Y precisamente por eso dolió más. Se le humedecieron los ojos antes de poder impedirlo. La mujer juntó ambas manos en el regazo, observándola hasta que extendió la diestra y tocó su hombro con una calidez deliberada.

- Esos señores no podrán tocaros si pedís ayuda… Selûne promete luz incluso en la noche ¿Verdad? Eso debieron enseñaros.

Gwenaëlle asintió de forma casi automática. El nombre de Selûne, en boca ajena, la tranquilizaba.

- No tengo el placer de conoceros…

- Isolda, ese es mi nombre.


Gwenaëlle asintió. Un nombre, una identidad. Podía poner ahora rostro a esa extraña samaritana. No era la primera vez que una desconocida la llamaba por su nombre con respeto y suavidad, pero sí era la primera vez en la cárcel. Sintió que el aire volvía a entrarle un poco mejor.

Isolda respiró, y su voz bajó un poco. Se volvió algo más aterciopelada.

- Pensamos que meditar en la celda y mirar por el tragaluz es suficiente para soportar la injusticia… Pero yo comprendí algo que pronto comprenderéis.

Gwenaëlle se inclinó sin darse cuenta, capturada por el tono. Le chocó la precisión con la que hablaba, la empatía mostrada.

La piedad era sustento para un espíritu herido.

- La luz no consuela a quien ha sido abandonada, solo ilumina la herida para que la veáis mejor.
​
​

Gwenaëlle volvió a asentir. Eso era cierto. Lo sentía cierto. La luz, hasta el momento, le otorgaba una vana esperanza, pero al mismo tiempo soslayaba la crudeza de su cautiverio. La semielfo sintió que el tragaluz, de pronto, era menos cielo y más espejo. Sus hombros bajaron, su rictus volviéndose menos tenso que antes.

Isolda continuó hablando, con un tono sereno y maternal.

- Pero teneis salvación incluso aquí, mi querida Gwenaëlle. No tenéis que ser fuerte. No se exige que sonriáis. Podéis ser vos misma.

- ¿Y-yo misma...?

Gwenaëlle asintió una vez más. Quería llorar. Quería derrumbarse. Quería, con todas sus fuerzas, dejar de fingir una fortaleza que sencillamente no tenía. Ella sólo quería ser libre y que todo acabase.

- Selûne querría que resistáis. Pero eso os está haciendo daño. Yo os pido que os dejéis caer; que dejéis paso al sentimiento y al dolor. Pues negarlo no hará que desaparezca. La luz ofrece falso consuelo, una vana esperanza. Dejaos caer, y yo os consolaré en la oscuridad.

La palabra caer se asentó en su pensamiento.. Gwenaëlle notó como su melancolía se abrió paso entre su coraza, fluyendo a través de una grieta. Su respuesta fue un hilo de voz, un quejido lastimero.

- ¿Me… estáis pidiendo que me rinda?

- Luchar os esta haciendo daño. ¿Donde esta esa luz tan misericordiosa cuando sufrís aqui dentro? ¿No os lo habéis planteado?


Gwenaëlle asintió, con su ánimo derrotado. Sí se lo había planteado. Pero nunca había dejado que nadie se lo formulase así, con esa lógica simple, piadosa.

La piedad era el sustento del espíritu moribundo.

- No pido que os rindáis. Pero sí que dejéis de fingir que no estáis cansada. Habéis elegido aparentar fortaleza por demasiado tiempo. Tenéis derecho a ser humana, querida. No necesitáis ser una mártir. El dolor también es consuelo con la perspectiva adecuada.

Gwenaëlle bajó la mirada. Sus labios temblaban.

- Os estais forzando a mirar hacia arriba cuando el suelo bajo vuestros pies se resquebraja…

- P-pero si hago eso... ¿qué será de mi? Yo.. esta situación es una minucia, al lado de lo que sufrió Sariel. Ella ha sufrido torturas, mutilaciones... ¿Qué clase de persona sería si me dejase arrastrar por la pena?

- Vos no sois Sariel. Y ella ahora mismo no se enfrenta a una pena de muerte. Tan sólo pido que admitáis vuestra mortalidad, pues incluso la luna necesita la noche para existir.


Esa última frase, por algún motivo, generó en Gwenaëlle una extraña inquietud. Miró a Isolda, de pronto. Abrió sus ojos ambarinos, temblorosos, a punto de llegar a la lágrima, e hizo acopio de toda su compostura para brindar una respuesta serena.

- ¿Os… puedo hacer una pregunta? ¿Profesáis alguna fe en particular?

Isolda la observó unos momentos, antes de sonreír. Y en esa sonrisa hubo un deje... peligroso. La máscara cayó.

- Soy servidora de la Dama Oscura, la Señora de la Pérdida.

Gwenaëlle se quedó helada. Abrió los ojos de par en par y retrocedió un par de pasos, como si de pronto el aire fuese distinto. Ya no era cálido. Esa calidez era en realidad un frío que había entumecido su pensamiento.

- …¡!

Isolda se levantó, sin brusquedad, y avanzó un poco, manos abiertas. Y extrañamente, le engendró una congoja a la semielfo, una muy superior a la de cualquier tiefling, cualquier ogro. Cualquier oni.

La piedad era veneno para un espíritu atormentado por la duda.

- Vamos… Aquí abajo las sombras os abrazarán, Gwenaëlle. No tenéis que resistiros a ellas.

- ¿Tratáis de hacer que pierda la fe… en mis momentos de flaqueza?

- Trato de ofreceros un apoyo real, donde otros os han dado la espalda. Yo estoy aquí. ¿Dónde están vuestros amigos..?


La frase era cruel, pero la realidad no era incierta. Algunos venían, sí. Sólo algunos. Y no podían hacer mucho más que venir a verla.

- Me ofrecéis consuelo con contraparte. No. No necesito algo así.

Isolda sonrió con levedad, sin cambiar un ápice de dulzura en su expresión.

- Hace unos momentos parecías agradecida con ello...

- Vuestro mensaje, más que consolarme, empezó a angustiarme. Por un momento…

- Esos tieflings van a enseñarte algo como no les hagas caso. Los mios podrian ayudarte Gwenaëlle. Solo queria que compartiérais vuestro dolor en este lugar y poder apoyaros. Seguid aferrándoos a vuestra luna si eso os sostiene. No os juzgaré por ello. Cada una sobrevive como puede, pero recordad donde estáis...

- Las sombras son mas oscuras aquí abajo. Si os perdéis, estaré aquí para guiaros.


- El consuelo que ofrece la Pérdida es dejar de sentir. La ausencia de dolor no es consuelo, es muerte. Agradezco vuestra oferta… pero la rechazaré.

Isolda sonrió. La dulzura, la miel.. El trance se había roto.

- Muy bien…

El guardia alzó la voz.

- La hora ha terminado. De vuelta a la celda. Isolda se queda.

Gwenaëlle se movió con rapidez, sin mirar atrás. Isolda siguió sus pasos en silencio, quieta en el mismo sitio.

- Id con cuidado… Estaré atenta a lo que os pueda pasar.

- G-gracias…


Cuando la puerta volvió a cerrarse y el pasillo la tragó, Gwenaëlle sintió como varios pensamientos oscuros empezaron a asentarse en su mente. La luz de pronto se volvió lánguida, y los rincones llenos de sombra más negros. Cuando llegó finalmente a su celda, se echó sobre su cama húmeda, asquerosa, sin pensarlo dos veces.

No podía más. No podía más.

La luz de la luna esa noche asomó muy tímidamente por el tragaluz, casi inexistente. Era luna nueva, y con ello, la noche era la reina absoluta del firmamento.

No tienes que ser fuerte. No se exige que sonrías.

Era cierto.

Y precisamente por eso era una tentación difícil de resistir.​
 

Skotos

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VIII. Rubíes, oro y esmeraldas (I).

Después del encuentro con Isolda, el mundo de Gwenaëlle se oscureció. Fue algo paulatino, pero evidente. Todo color se disipó un par de tonos, entremezclándose en una especie de pardo grisáceo, entumeciendo sus sentidos. El dolor se volvió constante, y de la constancia surgió rutina. Las lágrimas fluyeron, noche tras noche, hasta que no le quedaban fuerzas para llorar. Perdió las ganas de comer, y en su estómago eventualmente sólo quedó bilis.

Vacío.

Los días y las noches fueron pasando. Durante un par, no hubo visitas. Al segundo, Gwenaëlle empezó a suponer sencillamente que la noticia, al dejar de ser novedad, empezaba a recibirse con hastío y desinterés. Pero ella seguía allí, agazapada en la oscuridad, esperando quizás un futuro que no iba a llegar.

Durante esas noches, la luz apenas se asomó por el tragaluz. Eran noches oscuras, frías, espesas.
A la tercera noche tras su en encuentro con Isolda, no rezó. Simplemente estaba demasiado cansada. Un pensamiento, cruel aunque en ese momento lo sentía cierto, le ofreció una vergonzante coartada con la que se excusó su indolencia.

- ¿Para qué? ¿Es que acaso alguien me ha escuchado hasta ahora?

--

En la mañana del cuarto día, la rutina miserable de la presa se vió brevemente interrumpida. La voz de Kath se oyó entre los barrotes.

- Dama Gwen... tenéis visita.

Gwenaëlle no contestó. No tenía ni fuerzas ni ganas de hacerlo. Simplemente se levantó, abandonando el refugio del rincón mohoso en el que había elegido esconderse. Avanzó hacia la puerta de la celda. Seguramente era Sariel.

Pero no era ella.

Era una mujer joven, menuda, de cabellos rojos como el fuego y ojos intensos. Sus labios carnosos se curvaban en una sonrisa honesta, aunque tímida, y se movía con una inusitada y entrenada elegancia. En cierto modo, su presencia le recordaba a la de Aelindar, pero era a su vez distinta, más... terrenal.

Gwenaëlle, cuyos últimos días se habían desteñido, entrecerró los ojos ante la súbita manifestación de color.

- ¿Quién es…?

- Eileen - Kath pasó la llave por la cerradura, abrió con un gesto breve, y se apartó para dejar cruzar a la visitante - Cierra tras cruzar.

La puerta se cerró con una firmeza que no era violencia, sino procedimiento.

- Oh… —Gwenaëlle sintió cómo su gesto mutaba a un pudor avergonzado - B-bienhallada. No esperaba vuestra… visita.

Eileen se mostró a través de los barrotes, dejando que su figura quedase alumbrada por la escasa luz que paría en los calabozos. Sonrió con cuidado y mesura. Sus ojos brillaban con un deje compasivo.

- Gracias por recibirme, Dama. Sé que no soy tan cercana a vos, como lo soy a otras miembros de su Capítulo; aún así… por la gracia que me concede mi amistad con varias de vuestras hermanas, y en especial a Sariel… quise venir a ofreceros mi apoyo y consuelo. Si así se me concede.

Gwenaëlle no supo que decir. Eileen siguió pronunciándose.

- Son tiempos difíciles… Eso es una obviedad que no hace falta mentar; pero lo importante es mantener la entereza y la fe.

Entonces, ella deslizó la mirada hacia aquella estancia terrible, discretamente, como quien no quiere agravar una herida nombrándola. Gwenaëlle juntó las manos a la altura del regazo. Intentó sonreír. Lo intentó de verdad.

Pero no pudo. Hoy no.

- Estoy… profundamente agradecida por el gesto, dama Eileen. Pues… dice mucho de vos y de vuestros valores. Quizás no seamos tan cercanas, pero todo camino comienza con un paso.

¿Por qué había venido?, se preguntó Gwenaëlle en su mente. ¿Para comprobar su miseria? ¿Realmente quería ser amiga suya?

- Así es. Es… importante guardar la compostura en momentos de dificultad. Quiero que sepas que haré cuanto esté en mi mano para apoyar vuestra causa. Quizás no como miembro de institución alguna, más si como individuo que cree firmemente en que sois inocente. Y… si me permitís la franqueza, habría obrado del mismo modo que vos en pos de ser amado.

Habló con suavidad, posó una mano sobre el corazón, buscando el ancla de lo que decía para darle peso. En la penumbra, aquella confesión sonó casi indecorosa, precisamente por honesta.​

​

Gwenaëlle respiró hondo. ¿Había dicho "inocente"? Miró entonces a Eileen fijamente, sin saber qué decir.

La mujer seguía sonriendo. No había juicio alguno en su gesto, sino dulzura.

En aquel lugar, su presencia desentonaba en aquel mar de grises y pardos, como un candil que se enciende para iluminar una estancia olvidada.

- Pequeños gestos como este ya… son más que suficientes, dama. No negaré que si… pudierais implicaros en esta situación sería ciertamente… problemático, quizás, para vos. Pero si compartís vuestro parecer con otros dispuestos a escuchar, eso será más que suficiente para mí.

Eileen midió un instante. Sus dedos perfilaron el contorno de su mentón, reflexiva.

- La dama Sariel, que entiendo será la que lleve vuestra defensa, querrá contar con mi voz… ¿o consejo?

- Eso quizás debáis preguntárselo directamente a ella. Sé que… han habido denuncias cruzadas, pero no conozco los detalles.

- Os lo pregunto a vos porque, como bien decís, es un tema delicado… y muchas opiniones quizás solo aporten ruido. Pero yo tengo experiencia. La casa Aurelia me ha enseñado acerca de cómo proceder en casos complejos. Ante todo, si hago algo, y dado que es vuestra vida la que está enjuiciándose… deseo contar con vuestro beneplácito.

Gwenaëlle sostuvo la mirada de la otra mujer. En aquella celda, la prudencia era una virtud afilada.

- Por cuanto he visto y observado, sois una muchacha prudente y actuáis con mesura. Así que… cuanto decidáis, me parece bien.

Por un instante, la luz recordó que existía. Eileen asintió con una parquedad que dejó asomar una sonrisa, y luego su mirada volvió a recorrer la celda, deteniéndose en lo que faltaba.

- ¿Cómo os encontráis? ¿Os tratan bien?

Gwenaëlle apretó ligeramente los labios. Quiso mencionar a los tieflings. A Isolda. Pero un pensamiento pronto ahogó esa pretensión: ¿quién la creería?

Y sobre todo, ¿por qué ella se consideraba ajena a la vida carcelaria? ¿No era todo esto culpa suya?

Entonces, mintió.

- …No puedo quejarme. Evidentemente, preferiría estar… en otra parte. Pero hay situaciones que no tienen remedio.

- ¿La comandancia permite que se te ofrezcan viandas o enseres básicos del exterior?

Kath, desde el pasillo, eligió pronunciarse.

- Depende de lo que sea. Está encarcelada, no en un hotel.

- Solo… ya sabéis… útiles de aseo básicos - sus palabras mostraron un apuro evidente.

Gwenaëlle apartó la mirada, visiblemente incómoda. Ya era suficientemente vergonzante reconocer su miseria, como para ahondar en las carencias básicas. Al fin y al cabo, sí, no era una huésped, sino una prisionera. El mundo se encargaba de recordárselo cada día. Cada noche.

- No… os preocupéis, dama. De necesitar algo así, lo pediré. Confío en que esta situación no se alargue por más días.

Siguieron hablando durante esa hora. La conversación tomó otrros derroteros más animados. Gwenaëlle le pidió hablar de banalidades y trivialidades; las cuales alejaban la cotidianidad carcelaria hacia una más apetecible; la de la vida de la ciudad. Hablaron de proyectos picantones, de hombres y de amoríos. Del Padre Dick.

- Yo creo que hará cuanto le pidáis. Cuando habla de vos, su rostro se ilumina. Él posee una extraordinaria capacidad para apreciar la luz que reside en las personas. Y puedo entender por qué os tiene especial aprecio.

Eileen reaccionó ante tal afirmación con timidez, apreciando quizás que sus sentimientos fuesen validados en boca ajena. Pero quedaba poco tiempo para hablar, así que zanjaron el encuentro con una promesa.

Recuerdos a sus amigos.

- Les daré vuestros recuerdos y buenos deseos. Y trataré de asistir a la dama Sariel en esta situación tan complicada, si me lo permite. Es cuanto puedo hacer, me temo.

- Os lo agradezco.

Eileen buscó la mirada de Gwenaëlle un último instante, ofreciéndole un consuelo de tacto breve, y luego retrocedió.

- Os deseo lo mejor, dama Gwenaëlle.

Las llaves giraron. La puerta se abrió y se cerró. El pasillo tragó a Eileen, y con ella ese pequeño fragmento, ese rubí incadescente que era su presencia, desapareció de su mundo. Retornó el gris y el pardo. Cuando el último sonido se apagó, la celda volvió a ser lo que era: piedra, sombra, moho y un presente que nunca avanzaba.​
 

Skotos

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IX. Rubíes, oro y esmeraldas (II).

No sabía cuanto tiempo había pasado. Su mente se había quedado en blanco; su mirada, fija en un punto indeterminado en la penumbra de la celda, cuando oyó el golpear de lanza contra barrotes.

- Visita.

Gwenaëlle no se movió esa vez. Aguardó desde el rincón y dejó que la puerta se abriese. Quien quiera que fuese, cruzó con lentitud y se detuvo en el umbral, antes de que la sombra tragase la luz. Su rostro, adusto y sereno, no ocultaba sin embargo un reflejo de pena.

Arianne.

La semielfo parpadeó y de pronto, un latigazo de vergüenza recorrió su ser, lamentándose por su indolencia. Se incorporó como pudo para recobrar la compostura. El movimiento, apresado como torpe, no pasó desapercibido a los ojos de la Syndar. Y sin embargo, no había un ápice de juicio. Hizo un gesto de tender la mano, para ayudarla.

Gwenaëlle lo rechazó.

- Doña Brillalba… no esperaba veros. Quiero decir… me alegro de veros – se corrigió enseguida.

- Ni yo esperaba que esto acabase así, dama Gwen.

- Lo siento mucho.


Arianne negó. Su presencia no había sido tampoco casual para el personal, pues era escoltada por una pareja de guardias que se mantuvieron silentes en todo momento.

- Y sin embargo… tras revisar la Carta de la Moneda, no entiendo exactamente de qué se os acusa. La mayor parte de delitos, o no están en la ley, o no se aplican al caso.

Las palabras de la magistrada no parecieron ofrecer consuelo alguno a la semielfo, pues no cambió su expresión. Arianne continuó.

- Pero ese no es el problema, Gwen. Lo es quien os juzga. El magistrado que os ha tocado… tiene fama de duro. Lo siento mucho.

- Comprendo.

- Le gusta especialmente hacer… sangre de causas políticas. Es hijo de banita, y… bueno, tiene fama de no ser indulgente con quienes considera que retuercen la ley a su conveniencia.

- Entiendo.

Arianne fue pronto consciente de que sus palabras parecían estar sumiendo a Gwenaëlle en una profunda desazón. Suspiró y se encogió de hombros.

- Buscaos un buen abogado. Estoy segura de que habrán muchos dispuestos a defenderos. Vuestro caso… no es fácil, pero no lo veo imposible.

Gwenaëlle asintió, cabizabaja.

Arianne, con su expresión aparentemente indolente, se giró para contemplar el pasillo. Su rostro se atisbaba vagamente iluminado por la luz de las antorchas.

- Yo si fuera él, atacaría el cargo de traición… los demás no deberían conllevar más que multa. Y si bien pagar duele, es…. mejor que la alternativa.

Gwenaëlle alzó la mirada. Era, quizás, el consejo más práctico que le habían dado desde su encarcelamiento. La expresión de Arianne no mutó apenas, aunque sus labios se curvaron muy ligeramente.

- Preguntaré por alguno.

- Haríais bien. Cuidaos. Me alegro de veros de una pieza. Waukeen provea.

Arianne sostuvo la mirada un instante más, como si quisiese añadir algo y no encontrase el modo de hacerlo sin romper la dignidad que ambas aún se esforzaban por conservar. Al final, solo asintió, una inclinación mínima, casi una formalidad, y dio un paso atrás.

Los guardias se movieron. El hierro volvió a sonar. La puerta se cerró con ese chirrido de metal oxidado insoportable, que perforaba sus tímpanos y le conminaba a rechinar sus dientes.

Gwenaëlle permaneció de pie, apoyando la espalda en el rincón húmedo, escuchando cómo los pasos de la Syndar se alejaron por el pasillo y se perdían entre goteos y murmullos. Durante un momento, trató de retener en su memoria su semblante áureo, meditando sobre lo que le había acabado de plantear.

¿Pero es que siquiera iban a escuchar lo que tuviese que decir? Ni tan siquiera le habían tomado declaración.

No se podía permitir tener esperanza. No aún.

Su pena se tornó en enfado por momentos. ¿Para qué le había dicho todo aquello? ¿Cómo podía buscar un abogado en esa situación? ¿Cómo podría pedírselo a Sariel, en su estado? Se pasó una mano por la cara; trató de calmarse, de concentrarse.

Estaba.... muy nerviosa. Muy triste.

Muy...

No, Gwenaëlle.

Una amiga vino a darte un consejo. Considera su posición. Desde su estamento, no puede hacer mucho más para asistirte, sin llamar la atención.


La razón pronto se impuso sobre su corazón herido, hambriento de un objetivo al que culpar, alguien con quien ventilar su frustración. No... ella no era así. No le daría el gusto a Isolda. No le daría el gusto a quienes querían verla caer.

La luz de la luna bajaba tenue, escupida por el tragaluz. Dió una tregua a la penumbra de la celda, por primera vez en varios días. Pronto, no estaba sumida en la completa oscuridad.

Gwenaëlle entonces hizo lo único que podía hacer en esas circunstancias. Calmarse. Se acercó a la pared, justo bajo el tragaluz, y se arrodilló. Juntó las manos.

No dejaría que la pena la consumiese. Arianne tenía razón. Mernalyn tenía razón.

Tardaría en lograrlo. Debería reunir fuerzas. Pero pensaría en algo. Siempre era capaz de hacerlo.

Ahora, debía remendar su espíritu herido. Debía recobrar su conexión con Selûne.

No se dejaría consumir por la desazón.​
 
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