Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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I. Las ratas.
Terminó y, durante un segundo, se permitió una última mirada al poco cielo que podía vislumbrar tras el tragaluz.
Suspiró.
---
Pasaron unas horas. No tardaron en traer comida. Un guardia entró en la celda y con un gesto nada ceremonioso, dejó un plato de sopa en el suelo, sobre una bandeja.
- Coma antes de que lo hagan ellos, o se podría morir de hambre.
Gwenaëlle asintió, agradecida y avergonzada a la vez. Se quedó mirando el plato, intentando identificar de qué se trataba. Era un líquido transparente, verdoso; quizás un caldo. Luego, cuando el metal se enfrió un poco, acercó el cuenco a los labios y bebió.
Un sonido grave, roedor, surgió de la oscuridad.
Una figura se removió.
Otra vez.
La rata, desafiante pese a las heridas, chilló con fuerza y avanzó hacia el plato.
Gwenaëlle la miró, y algo dentro de ella se quebró de una forma distinta. Era... una sensación miserable.
Se sentía miserable. Egoísta, incluso.
Amagó un bufido, dejó el plato en el suelo y susurró, sin fuerzas:
- Qué más da.
La rata se desvió hacia la sopa y empezó a comer las sobras como si fuese su derecho natural.
Que me dejes en paz.
Que me dejes en paz.
Un rato después, una voz conocida la llamó desde el umbral.
- ¿Gwen? Soy… Kath - carraspeó la mujer.
Gwenaëlle parpadeó. Había estado mirando un punto fijo; pronto aprendería que era un hábito común en el presidio, cuando no se quiere pensar. Se asomó desde el fondo de la celda, y su rostro se suavizó con una sonrisa genuina que no alcanzaba a ocultar su vergüenza.
- Bienhallada… Ah… s-sí… no os preocupéis… He estado en peores situaciones, aunque no os lo creáis…
Kath asintió. Le habían dicho que ya le habían dado de comer.
- ¿Necesitas algo?
Gwenaëlle bajó la vista a la falda del vestido desgarrado, como si acabara de descubrirlo otra vez.
- Podría cambiar de ropa… Es… un poco incómodo estar así. Y… me preguntaba si podría pediros un poco de papel y… pluma. Escribir me ayuda a… distraerme.
- Veré qué puedo hacer.
Kath se quedó un instante más. Luego, con un tono cuidadoso:
- Si veo a Sariel… ¿quieres que le diga algo de tu parte?
Gwenaëlle bajó las cejas. No lloró. Sólo asintió, triste.
- Decidle… que estoy bien… que… la echo de menos. Que… se cuide. Y… volveré a verla lo antes posible.
Kath sonrió con suavidad.
- Iré a por lo que me pides, ¿sí?
- G-gracias.
- Pasaré regularmente… por si necesitas algo.
Kath se fue. Gwenaëlle apoyó el hombro contra la pared, observando su silueta alejarse hasta desaparecer. Y entonces se dio cuenta de la tontería que había dicho: “volveré a verla”.
Como si la promesa dependiese de ella.
- Seré idiota... - susurró, y se pasó las manos por la cara.
Suspiró, abatida.
Y, en el rincón, la rata siguió comiendo.
Un tufo húmedo, agrio, viejo; como lana mojada que nunca termina de secarse. Como un cubo olvidado en un sótano. Como un pan mohoso que se quedó en una alacena durante meses, macerando. Gwenaëlle se había sentado con la espalda contra la pared, con las rodillas recogidas, su mentón bajo la capucha que ya no tenía. Allí, donde la luz llegaba cansada y el aire parecía siempre de madrugada, intentó hacer lo único que aún sabía hacer cuando todo lo demás fallaba.
Rezar.
Encomendó sus palabras a Selûne, pidiéndole fuerza para resistir los días venideros. Y durante un instante, un mísero instante, logró sentirlo: un hilo tenue de templanza. Una chispa de lo divino. Los ojos de las estrellas, observándola. El consuelo que trascendía las limitaciones de la carne. El..
Algo le mordió la túnica.
Un tirón brusco. Pequeño, rápido, sucio.
Se quedó sin voz.
Un chillido agudo respondió por ella. Un bulto gris se movió contra su costado, cobarde.
- ¡Ugh…! ¡Waah!
La apartó con una patada torpe, desesperada. La rata se escabulló chillando, como si se burlase. Como si la celda la hubiese aceptado a ella como dueña y a Gwenaëlle como intrusa.
Gwenaëlle se miró el agujero en el vestido. Un simple desgarro. Un hilo roto.
Era seda élfica. Uno de sus favoritos.
De pronto, la realidad de las circunstancias la atingieron. Miró a su alrededor. El gris impregnado de humedad. La falta de luz. El olor. Dioses, el olor asqueroso que rezumaba de los rincones.
Empezó a sollozar.
- D-diosa luna… ¿qué hago aquí? ¿Me… de verdad me han…?
Quiso mirar a su alrededor, buscar el movimiento, anticipar el siguiente mordisco, el siguiente salto. Pero el temor la había vuelto torpe, y la celda estaba llena de oscuridad. Ideal para ocultarse.
Intentó aguzar la vista. En vano.
El rabillo del ojo la traicionó: algo más grande, más negro, más pesado se movió. Se puso pálida.
Rezar.
Encomendó sus palabras a Selûne, pidiéndole fuerza para resistir los días venideros. Y durante un instante, un mísero instante, logró sentirlo: un hilo tenue de templanza. Una chispa de lo divino. Los ojos de las estrellas, observándola. El consuelo que trascendía las limitaciones de la carne. El..
Algo le mordió la túnica.
Un tirón brusco. Pequeño, rápido, sucio.
Se quedó sin voz.
Un chillido agudo respondió por ella. Un bulto gris se movió contra su costado, cobarde.
- ¡Ugh…! ¡Waah!
La apartó con una patada torpe, desesperada. La rata se escabulló chillando, como si se burlase. Como si la celda la hubiese aceptado a ella como dueña y a Gwenaëlle como intrusa.
Gwenaëlle se miró el agujero en el vestido. Un simple desgarro. Un hilo roto.
Era seda élfica. Uno de sus favoritos.
De pronto, la realidad de las circunstancias la atingieron. Miró a su alrededor. El gris impregnado de humedad. La falta de luz. El olor. Dioses, el olor asqueroso que rezumaba de los rincones.
Empezó a sollozar.
- D-diosa luna… ¿qué hago aquí? ¿Me… de verdad me han…?
Quiso mirar a su alrededor, buscar el movimiento, anticipar el siguiente mordisco, el siguiente salto. Pero el temor la había vuelto torpe, y la celda estaba llena de oscuridad. Ideal para ocultarse.
Intentó aguzar la vista. En vano.
El rabillo del ojo la traicionó: algo más grande, más negro, más pesado se movió. Se puso pálida.
No era una rata cualquiera. Era una sombra de más de un metro de largo, recortada por la penumbra, con garras que parecían cuchillos cuando rascaban el suelo. Los chillidos ya no eran de animal pequeño, sino de criatura insolente, acostumbrada a no encontrar resistencia.
Gwenaëlle retrocedió como pudo, chocando contra la pared.
- ¡Atrás! ¡Waaah!
La rata cargó. Decidida. Dispuesta a morder, a hacer daño.
Ella gritó. Chilló. Bramó pidiendo socorro, pidiendo a Selûne, pidiendo a cualquiera. Lanzó patadas a ciegas: a diestro y siniestro, sin precisión, sin cálculo, sin nada que se pareciese a la dignidad. Ella, que se había enfrentado a todo tipo de males, confiada, usando su magia y sus dones.
Pero ahora, despojada de cualquier poder místico, debido a los grilletes que portaba, era simplemente una mujer encarcelada.
La rata recibió golpes. Retrocedió, herida, y huyó. Gwenaëlle se quedó jadeando, con el corazón desbocado y las manos temblorosas.
Miró sus pies. Los bordes del vestido manchados. El agujero había aumentado de tamaño. Ahora evidente.
- Po... podría arreglarlo. Cuando salga. Calma, Gwenaëlle, esto es... un mero percance.
La sábana era otro insulto. Estaba húmeda, como todo en la celda, pero a la vez era áspera al tacto, con agujeros que recordaban a trozos de tela quemada.
Ugh.
Un pensamiento pueril vino a su mente.
¿Esto es lo que se siente al ser pobre?
La pregunta se le clavó con una crudeza que no tenía nada de teórica. No era una reflexión elegante para un tratado sobre la compasión. Era el contacto de la tela áspera contra la piel. Era el frío subiendo por la nuca. Era el pensamiento de que mañana también habría ratas.
Era su realidad actual.
Se obligó a respirar. Miró a su alrededor, inspeccionando los contenidos de la celda.
Había un lavadero. Un cuenco de agua que no inspiraba confianza. Se acercó con cautela, como si el agua fuese también un enemigo. La escrutó detenidamente: ¿serviría para limpiarse la cara, al menos?
Le dio un vuelco el estómago. Aun así, se lavó.
Lo hizo de tripas corazón, sintiendo como el agua poseía una viscosidad que no debería tener. Se la pasó por las mejillas. Luego tomó asiento, deprimida por momentos.
Juntó de nuevo las manos. Intentó concentrarse. Intentó abstraerse.
Esto no es nada.
Estuviste en una cárcel en Calimshan.
Viviste la guerra.
Lo repitió como un mantra, aunque la mentira no le impedía ignorar la hostilidad que le transmitía el lugar..
Cuando la luz del día se fue apagando, Gwenaëlle, como había empezado a hacer cada noche desde que llegó, se arrodilló frente a la trayectoria de los haces que entraban por el tragaluz. Alzó la mirada más allá del hierro. Más allá del techo. Buscó el cielo aunque sólo encontrase piedra.
Entregó sus pensamientos a una oración silenciosa, rogando por entereza y templanza.
Gwenaëlle retrocedió como pudo, chocando contra la pared.
- ¡Atrás! ¡Waaah!
La rata cargó. Decidida. Dispuesta a morder, a hacer daño.
Ella gritó. Chilló. Bramó pidiendo socorro, pidiendo a Selûne, pidiendo a cualquiera. Lanzó patadas a ciegas: a diestro y siniestro, sin precisión, sin cálculo, sin nada que se pareciese a la dignidad. Ella, que se había enfrentado a todo tipo de males, confiada, usando su magia y sus dones.
Pero ahora, despojada de cualquier poder místico, debido a los grilletes que portaba, era simplemente una mujer encarcelada.
La rata recibió golpes. Retrocedió, herida, y huyó. Gwenaëlle se quedó jadeando, con el corazón desbocado y las manos temblorosas.
Miró sus pies. Los bordes del vestido manchados. El agujero había aumentado de tamaño. Ahora evidente.
- Po... podría arreglarlo. Cuando salga. Calma, Gwenaëlle, esto es... un mero percance.
La sábana era otro insulto. Estaba húmeda, como todo en la celda, pero a la vez era áspera al tacto, con agujeros que recordaban a trozos de tela quemada.
Ugh.
Un pensamiento pueril vino a su mente.
¿Esto es lo que se siente al ser pobre?
La pregunta se le clavó con una crudeza que no tenía nada de teórica. No era una reflexión elegante para un tratado sobre la compasión. Era el contacto de la tela áspera contra la piel. Era el frío subiendo por la nuca. Era el pensamiento de que mañana también habría ratas.Era su realidad actual.
Se obligó a respirar. Miró a su alrededor, inspeccionando los contenidos de la celda.
Había un lavadero. Un cuenco de agua que no inspiraba confianza. Se acercó con cautela, como si el agua fuese también un enemigo. La escrutó detenidamente: ¿serviría para limpiarse la cara, al menos?
Le dio un vuelco el estómago. Aun así, se lavó.
Lo hizo de tripas corazón, sintiendo como el agua poseía una viscosidad que no debería tener. Se la pasó por las mejillas. Luego tomó asiento, deprimida por momentos.
Juntó de nuevo las manos. Intentó concentrarse. Intentó abstraerse.
Esto no es nada.
Estuviste en una cárcel en Calimshan.
Viviste la guerra.
Lo repitió como un mantra, aunque la mentira no le impedía ignorar la hostilidad que le transmitía el lugar..
Cuando la luz del día se fue apagando, Gwenaëlle, como había empezado a hacer cada noche desde que llegó, se arrodilló frente a la trayectoria de los haces que entraban por el tragaluz. Alzó la mirada más allá del hierro. Más allá del techo. Buscó el cielo aunque sólo encontrase piedra.
Entregó sus pensamientos a una oración silenciosa, rogando por entereza y templanza.
- Selûne,
Nuestra Señora de Plata
que moras en el cielo estrellado,
santificado sea tu nombre.
Te lo ruego… que venga a mí tu luz;
hágase tu voluntad en el mar de la noche
como en las tierras donde tu radianza alcanza.
Dame hoy tu guía en este sendero incierto;
perdona mis faltas;
así como he de perdonar a quienes
nos ofenden bajo tu mirada misericordiosa.
No me dejes caer en la desesperación,
ni en la sombra que devora;
líbrame de la oscuridad sin estrellas.
Porque tuyo es el velo que ampara,
la marea que mece los navíos,
y el fulgor que consuela.
Ahora y por siempre,
por todos los ciclos de la luna...
Loada seas.
Nuestra Señora de Plata
que moras en el cielo estrellado,
santificado sea tu nombre.
Te lo ruego… que venga a mí tu luz;
hágase tu voluntad en el mar de la noche
como en las tierras donde tu radianza alcanza.
Dame hoy tu guía en este sendero incierto;
perdona mis faltas;
así como he de perdonar a quienes
nos ofenden bajo tu mirada misericordiosa.
No me dejes caer en la desesperación,
ni en la sombra que devora;
líbrame de la oscuridad sin estrellas.
Porque tuyo es el velo que ampara,
la marea que mece los navíos,
y el fulgor que consuela.
Ahora y por siempre,
por todos los ciclos de la luna...
Loada seas.
Terminó y, durante un segundo, se permitió una última mirada al poco cielo que podía vislumbrar tras el tragaluz.
Suspiró.
---
Pasaron unas horas. No tardaron en traer comida. Un guardia entró en la celda y con un gesto nada ceremonioso, dejó un plato de sopa en el suelo, sobre una bandeja.
- Coma antes de que lo hagan ellos, o se podría morir de hambre.
Gwenaëlle asintió, agradecida y avergonzada a la vez. Se quedó mirando el plato, intentando identificar de qué se trataba. Era un líquido transparente, verdoso; quizás un caldo. Luego, cuando el metal se enfrió un poco, acercó el cuenco a los labios y bebió.
Un sonido grave, roedor, surgió de la oscuridad.
Una figura se removió.
Otra vez.
La rata, desafiante pese a las heridas, chilló con fuerza y avanzó hacia el plato.
Gwenaëlle la miró, y algo dentro de ella se quebró de una forma distinta. Era... una sensación miserable.
Amagó un bufido, dejó el plato en el suelo y susurró, sin fuerzas:
- Qué más da.
La rata se desvió hacia la sopa y empezó a comer las sobras como si fuese su derecho natural.
Que me dejes en paz.
Que me dejes en paz.
Un rato después, una voz conocida la llamó desde el umbral.
- ¿Gwen? Soy… Kath - carraspeó la mujer.
Gwenaëlle parpadeó. Había estado mirando un punto fijo; pronto aprendería que era un hábito común en el presidio, cuando no se quiere pensar. Se asomó desde el fondo de la celda, y su rostro se suavizó con una sonrisa genuina que no alcanzaba a ocultar su vergüenza.
- Bienhallada… Ah… s-sí… no os preocupéis… He estado en peores situaciones, aunque no os lo creáis…
Kath asintió. Le habían dicho que ya le habían dado de comer.
- ¿Necesitas algo?
Gwenaëlle bajó la vista a la falda del vestido desgarrado, como si acabara de descubrirlo otra vez.
- Podría cambiar de ropa… Es… un poco incómodo estar así. Y… me preguntaba si podría pediros un poco de papel y… pluma. Escribir me ayuda a… distraerme.
- Veré qué puedo hacer.
Kath se quedó un instante más. Luego, con un tono cuidadoso:
- Si veo a Sariel… ¿quieres que le diga algo de tu parte?
Gwenaëlle bajó las cejas. No lloró. Sólo asintió, triste.
- Decidle… que estoy bien… que… la echo de menos. Que… se cuide. Y… volveré a verla lo antes posible.
Kath sonrió con suavidad.
- Iré a por lo que me pides, ¿sí?
- G-gracias.
- Pasaré regularmente… por si necesitas algo.
Kath se fue. Gwenaëlle apoyó el hombro contra la pared, observando su silueta alejarse hasta desaparecer. Y entonces se dio cuenta de la tontería que había dicho: “volveré a verla”.
Como si la promesa dependiese de ella.
- Seré idiota... - susurró, y se pasó las manos por la cara.
Suspiró, abatida.
Y, en el rincón, la rata siguió comiendo.
Offtopic :
Para agradecer a los PJs que fueron dando rol estos días, intentaré en este hilo hacer un recopilatorio de minirelatos sobre las visitas que ha tenido Gwen en prisión.
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