Novedades

Recuerdos a la lumbre de una vela

Zai

Karonte está escribiendo...
Registrado
16/12/22
Mensajes
288
Edad
35
Vela.jpg

"Hoy respiraré una noche encendida entre copas de vino y risas inocentes, una noche de miradas cómplices, una noche donde hablar para decir algo con sentido está terminantemente prohibido, una noche donde los problemas tienen vetada la entrada y donde los errores dan paso a sonrisas cariñosas, a juegos divertidos, a susurros cómplices entre..."



-¿Se puede saber qué le estáis contando a la niña, Padre Mortimer? -Una voz grave resonó como un trueno en la estancia y de pronto, todo quedó envuelto en un silencio sepulcral. El anciano sacerdote abrió los ojos de par en par, dibujando en su rostro la mueca de un niño al que han pillado haciendo una travesura mientras miraba a la niña que tenía frente por encima de una vela titilante. La niña trataba de aguantar una sonora risa, llevándose ambas manos a la boca.

Tras un pronunciado silencio, la silueta de un hombre de avanzada edad, vestido con una larga túnica negra que tenía bordada en el pecho una mano esquelética sujetando una balanza, entró en el haz de luz. Caminaba con los brazos cruzados por detrás de la espalda, con un porte serio y señorial. Alternó la mirada entre ambos negando con desaprobación. - Dejad de llenar su cabeza con historias de amoríos y aventuras, en unas noches empezará a caminar bajo la luz de "El que Sujeta la Balanza" y no puede permitirse ni un pequeño error. Debe estar centrada, debe ser fuerte, debe...

- No todo en esta vida es el credo, viejo amigo - Mortimer sonrió, cansado. Desvió un instante la mirada a su compañero y luego volvió a clavar sus ojos en la niña de ojos brillantes. - Debe saber por qué hacemos lo que hacemos, debe saber que hay más cosas a parte de vestir sin gusto alguno, rezar y hablar de muertos hasta altas horas de la noche. Tiene derecho a tener sueños ella también, no solo pesadillas... - El anciano sonrió, revolviendo levemente el pelo de la niña que se dejó hacer con una sonrisilla pícara, sin mediar palabra.

- Si no está centrada, llegará un día en que dudará y eso le llevará la muerte o algo peor. Llenarle la cabeza de tonterías como esas no le hará bien alguno. ¿Amor? Hm... Es bonito para quien no tenga nada mejor en lo que pensar. - El otro sacerdote miró a la niña y suspiró levemente, perdiendo por completo toda la dureza que le caracterizaba. -No podemos dejar que flaquee el día que lo encuentre a él.

-¡Vaya! Mi hora debe estar cercana porque empiezo a ver visiones... ¿Estáis llorando, viejo amigo? ¿De verdad estáis llorando?- Mortimer dejó ir leve carcajada y la niña le acompañó.

-¡Yo no estoy llorando! -Exclamó el otro con un visible enfado, desviando la mirada a un lado y secándose los ojos con una de las mangas de la túnica. Mortimer, ensombreciendo su sonrisa y desdibujándola del todo, miró hacia la vela que agonizaba y sentenció con un tono triste -Para todo lo que el Señor de los Muertos tenga pensado para ella está más que preparada, Sepelio, pero si durante ese viaje no se rodea de la gente adecuada y aprende de ellos, es posible que el día que se enfrente a él, en vez de celebrarlo, ocupe su lugar. Cuanto más cerca estás de la luz, más oscuras son las tinieblas que te rodean. -Tras ello, con un sorprendente juego de manos digno de los más talentosos rufianes, sacó una larga pipa de algún lugar de entre las telas de su túnica y se la llevó a los labios, usando la vela para encenderla. -De todas formas, eso será si conseguimos que hable. No podemos enseñarle a conjurar si no media palabra.

-Empiezo a creer que Kélemvor le niega la palabra para compensar todas las que tú pronuncias sin parar. Menos mal que no hicimos voto de silencio o estarías durmiendo en la calle. -Sepelio refunfuñó y negó con la cabeza, cogiendo la mano de la niña y tirando levemente de ella. -Vamos Jul, mañana tienes un día largo y te vendrá bien intentar descansar para variar.

La niña y el clérigo se alejaron, perdiéndose en la oscuridad mientras el otro sacerdote dejaba ir leves volutas de humo algo entristecido y preocupado por lo que se avecinaba. Tras un largo momento abrigado por el silencio, inspiró profundamente y apagó la vela con dos dedos, haciendo ademán de levantarse. Se oyó un sonoro crujido acompañado de un gimoteo -¡Aah! ¡Por todos los dioses! ¡Mi espalda...!



 
Última edición:

Zai

Karonte está escribiendo...
Registrado
16/12/22
Mensajes
288
Edad
35
vista-nocturna-callejones-historico-puerto-viejo-jaffa-israel_645882-4444.jpg


“Así Baulín me han llamado,
y mi nombre ha “resurtido”,
de un momento sucedido,
que es un suceso extremado.
De mi madre, Alana de la Huerta,
el barbero, enamorado,
en mi casa estaba acostado:
llamó mi padre a la puerta;
temióle mi madre en fin,
y en un baúl le metió;
nací a nueve meses yo,
y así llamado fuí Baulín”

Cuando el bardo finalizó, observó a su público con los ojos muy abiertos. Una carcajada aterciopelada brotó de lo que parecía ser una maraña de cabellos oscuros. La niña se secó los ojos, se incorporó un poco y sorbió los mocos mientras se rascaba la nariz.

-¡Ah! ¡Por fin sales de tu escondrijo rata callejera! -Continuó el bardo, divertido. -¡Tuve que ser yo, Baulín el Tres Veces encantado, quien se embarcase en la aventura de la prosa y la estrofa, laúd en mano, para recuperar la sonrisa de una niña hermosa de las garras del fiero dragón Terón El Tristón! - Baulín se acercó a la niña y le revolvió el pelo, divertido.- ¿Cómo te llamas, diminuta comadreja? -Se acercó y la miró de cerca.

La niña agachó la mirada y suspiró levemente. Hizo ademán de ir a decir algo, pero un pensamiento fugaz que la sobrecogió desdibujó su sonrisa por completo y consumió sus palabras. Se quedó completamente quieta, mirando a Baulín con los ojos de quien ha visto a la muerte de cerca y trata de huir de ella.

Baulín, que era entre otras cosas un tipo astuto, leyó su expresión y como disparado por un resorte zarandeó los brazos de pronto, enérgicamente. -¡Ahí vuelve! ¡Terón el Tristón! ¡Fus, fus! ¡Largo! ¡No permitas que ese canalla te amargue el día! Ya que tu nombre lo atrae, nos ocultaremos de él poniéndote otro, ¿si? Te llamaré… ¡Comadreja! Sí, sí, serás mi amiga Comadreja, una escurridiza y hábil niña que me ayudará a conse..

-¡Baulín! ¿Dónde demonios te has metido? Ya hemos terminado, podemos irnos.-Exclamó la voz de un hombre grande que resonó por el callejón oscuro.

-¡Estoy aquí, Korver! -respondió el bardo, mientras la silueta de un hombre barbudo y grande, lleno de cicatrices, entraba en escena.

-¿Cuántas veces te he dicho que en mitad de un robo no desapar…? ¿Hm? Por los Nueve Infiernos de Baator, ¿qué diantres está pasando aquí? - Korver arqueó ambas cejas, mirando a la niña y le dedicó una leve sonrisa antes de asesinar con la mirada a su compañero. -¡Has secuestrado a una niña! ¿Estás tonto? ¡Si coges algo que no sea oro van a buscarte hasta en el último rincón de…¡


-Eh, eh, ¡yo no he secuestrado a nadie! Tan solo la he encontrado aquí, llorando entre esas cajas rotas. Llorando Korver, ¡llorando! ¿Qué querías que hiciese? - protestó Baulín, levantando el índice de su siniestra. -Hm.. Y si te fijas en las heridas de sus manos y piernas, en la ropa de noble rota y desvencijada y en su escuálido porte, es evidente que lleva días sin comer y ha pasado más de una mala noche.

-No es nuestro problema -replicó el tipo grande, sacando de entre sus pertrechos una pipa de fumar y llevándola a los labios. Un leve brillo iluminó la estancia y aquella pipa se encendió de pronto.

-Vamos Korver, no podemos dejarla aquí. ¿Qué hay de tus votos de caballero? -Murmuró el bardo, dibujando una sonrisa triunfal en su rostro joven. -Tymora no sonríe a quienes dan la espalda al necesitado.

-Mis votos de caballero quedaron atrás hace mucho, maldito canalla, deja de repetirlo para hacerme sentir mal. Además, cada vez que mencionas a Tymora te inventas una frase nueva. La última vez, “Tymora no sonríe a quienes no dan de comer a un bardo”, “Tymora no sonríe a quienes no comparten su vino.” ¡Y ahora esto! Empiezo a pensar que no tienes ni idea de religión. -gruñó el hombre grande. Cuando se dispuso a continuar, su rostro se vió envuelto por una seriedad abrumadora. Se giró, desenvainando lentamente una vieja espada muy decorada que, tiempo atrás, portaba símbolos de alguna radiante orden de caballería. -Baulín, coje a la niña y vete. Nos veremos en casa.

Baulín alzó ambas cejas y ante el gesto de su amigo tomó rápidamente a la cría en brazos. -Otra vez esos malditos “Zorros” de la Red Negra…Vamos Comadreja, te voy a llevar a un lugar lleno de tipos feos, pan duro y vino barato. Allí te lavamos, te buscamos unas ropas mejores y… -Empezó a correr con la niña en brazos.

A sus espaldas, el hombre se colocaba en una guardia baja, afianzando los pies sobre el suelo y sentenciaba con una voz grave. - Vais a necesitar armas más grandes que esos ridículos cuchillos de cocina para abatirme. -Una larga calada de su pipa, que aún permanecía en los labios, acompañada de un destello arcano agravó su voz mientras el guerrero empezaba a aumentar en tamaño -Bien, sacos de pulgas, ¿cuál de vosotros va a ser el primero en perder los dientes…?

 
Última edición:

Zai

Karonte está escribiendo...
Registrado
16/12/22
Mensajes
288
Edad
35
A la lumbre de una vela, una mujer suspiraba triste, escribiendo con trazo firme palabras sobre un papel emborronado por alguna lágrima y manchado con unas descuidadas gotas de vino.

"Hoy debo confesar que tengo miedo. Miedo de equivocarme, de que no haya elegido el camino correcto, miedo de no estar a la altura y dudar cuando todo parezca escrito, miedo de que me tiemble el pulso cuando ante mí se plante el mismísimo destino y me señale con el dedo. Miedo a que el Juez me lleve quizá demasiado pronto, dejando atrás un millar de palabras por decir, un sinfín de miradas desdibujadas en lo que pudo haber sido y no fue, un cálido abrazo bajo la atenta mirada de una chismosa luna, miedo a sentirme desvalida e impotente, miedo a fallar donde otros brillaron, miedo a enfrentarme a ese desafío imposible y que no sea más que una despedida. Miedo a no ser más que eso, una niña que sueña, en vez de ser la protagonista del sueño de una niña.

Decidí recorrer este camino por casualidad. Como decía Baulín, inequívoco preludio de cualquier historia que merezca la pena ser contada y lo cierto es que intento hacer memoria y ya no sé si fueron sus palabras o sus gestos, o todos aquellos que me sonreían hambrientos mientras me daban su mendrugo de pan y se reían, y nada más. Todos esos rostros que se diluyen en los recuerdos de quién quiere recordar, que se despertaban cuando me oían gritar asustada y con una carcajada convertían en sueños las pesadillas que me perseguían sin descanso en la noche insomne.

Echo de menos no tener nada que decir, no tener gente que me observe y espere grandes cosas de mí. Echo de menos tener tiempo para abandonarme en el fondo de una copa del peor vino que encuentre, envuelta en un abrigo de tinta y velas que agonizan, echo de menos poder quedarme acurrucada en la esquina de una habitación oscura y sentir como mi respiración se acelera, como mi nariz moquea y llorar hasta quedarme dormida sin que nadie me juzgue, sin que nadie cuestione el por qué.

Supongo que en algún lugar hay una tumba con mi nombre escrito en ella. En algún lugar hay un funeral donde se me llora cuyos asistentes esperan pacientes a que haga acto de presencia. Un lugar dónde…"


Una puerta se abrió lentamente arrojando un repentino destello de luz en la estancia. La voz firme de un conocido quebró el silencio y lo hizo añicos. -Dama Julieth, tengo novedades. Debemos partir.

Julieth se incorporó, doblando la carta con cuidado y, valiéndose de la llama de la vela, le prendió fuego. Y con ella, a sus dudas. Alargó la diestra para recoger su espada y se giró, inspirando hondo.
-Bien hecho, Steinn. Vamos a poner fin a esto de una vez. -Cada palabra parecía dictada en una sentencia.
El campeón divino observó el papel consumiéndose por el fuego y, cuando la mujer pasó por su lado, le apoyó la mano en el hombro. Deteniéndola. -¿Estáis bien?

Jul desvió la mirada a su compañero un instante y siguió caminando hacia el exterior sumida en un sepulcral silencio.




 
Última edición:

Zai

Karonte está escribiendo...
Registrado
16/12/22
Mensajes
288
Edad
35
- ¿Otra vez durmiendo encima de mi capa? ¡Maldito perro del diablo! ¡Aparta de ahí! -Exclamó la sacerdotisa alzando ambas manos.

El dálmata ladró un par de veces con la voz aguda de un cachorro con pocos inviernos. La miraba con las patas delanteras extendidas en el suelo y el culo levantado, moviendo enérgicamente el rabo.

- ¡Me la has llenado de pelos de nuevo! ¿Pero cómo puedes soltar tanto pelo? ¡Si eres un perro canijo! - exasperada, la sacerdotisa del Juez trataba de limpiar los pelos con la diestra - ¿Y encima has mordisqueado la punta? Te voy a matar, Pongo. Es la tercera vez esta semana que la llevo a arreglar. ¿Es que no puedes comportarte como un perro civilizado y normal? - dejó ir un largo suspiro mientras dejaba caer el culo en la cama. - Te odio.

El perro ladró de nuevo y corrió en círculo con la inagotable energía de la juventud, tratando de morderse la cola sin mucho éxito. Finalmente, por un mareo terminó cayendo al suelo de lado. Julieth sonrió levemente al ver aquello, arqueando ambas cejas y frotándose la nariz.

- ¿Eso es todo lo que tienes que decir en tu defensa? - la sacerdotisa chasqueó la lengua y ladeó la cabeza. El perro, aún tumbado, la ladeó también, imitándola - Si todos mis enemigos fuesen igual de listos que tú, no quedarían exánimes en Amn. Bastaría con poner un hueso cerca y… -se quedó en silencio de pronto.

El dálmata se incorporó, quedándose de nuevo tumbado sobre sus patas y la miró, atento. Seguía moviendo enérgicamente el rabo, expectante de que Julieth hiciera cualquier cosa.

- Por Kélemvor, ya lo tengo… - Murmuró, con la mirada algo ausente. - ¡Maldito chucho, eres un genio! -Exclamó la sacerdotisa de pronto. Hizo ademán de levantarse de la cama, pero el dálmata con algo de carrerilla corrió hacia ella, saltando encima y desestabilizándola lo suficiente para que volviese a la cama. Empezó a lamerle la cara con la bondad de un perro que no ha conocido otra cosa.

- ¡Ya vale! ¡Eh, eh! ¡Ya vale he dicho! ¡Venga ya, que tengo que hacer una misa en solana! ¡Qué no me muerdas el pelo cabroncete…! ¡Te vas a enterar! - Y con una carcajada aterciopelada que llevaba tiempo necesitando, la sacerdotisa empezó a incordiar al perro, haciéndolo rabiar y jugando con él durante un buen rato.


Horas más tarde, la sacerdotisa entraba en la Espiral de Almas con paso firme y mirada seria, ajustándose los brazaletes. No quedaba ni rastro de la mujer que hacía un rato jugaba alegre con su perro, tan solo la determinación de alguien con una sagrada tarea y la férrea voluntad para cumplirla.






 
Última edición:

Zai

Karonte está escribiendo...
Registrado
16/12/22
Mensajes
288
Edad
35
Alumbrada tan solo por una vela que poco a poco se veía vencida por el tiempo, la sacerdotisa fúnebre yacía sentada en aquel sillón mientras el joven dálmata que le hacía compañía se movía inquieto por doquier. Julieth se masajeaba la frente lentamente, pensativa con una mueca de dolor y molestia dibujada en el rostro.

- Basta ya, Pongo -sentenció en un tono acerado.

El perro, tocado aún por la infancia de quién no ha conocido mal alguno, hizo caso omiso de las palabras de la sacerdotisa y cubierto por el manto del valor inconsciente, apoyó ambas patas delanteras en el suelo y alzó el culo, moviendo enérgico el rabo mientras mordisqueaba la punta de la capa de Julieth. Un par de ladrillos, desplazarse un poco y la misma postura, mordisqueando de nuevo.

-¡He dicho que basta! -El grito de Julieth resonó como un trueno mientras tiraba todo lo que había encima de la mesa en un movimiento violento. Miró con afilada impaciencia al perro que ahora huía aterrorizado, gimoteando. El silencio volvió a tomar protagonismo quizá más de lo esperado, tras ello, un sonoro suspiro.

-Disculpa Pongo, este maldito susurro constante me está sacando de quicio y no ayudas, canalla. Tenemos que solucionarlo pronto o al final acabaré cediendo, o algo peor...


Pongo.png
 

Conectados

Arriba