Zai
Karonte está escribiendo...
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"Hoy respiraré una noche encendida entre copas de vino y risas inocentes, una noche de miradas cómplices, una noche donde hablar para decir algo con sentido está terminantemente prohibido, una noche donde los problemas tienen vetada la entrada y donde los errores dan paso a sonrisas cariñosas, a juegos divertidos, a susurros cómplices entre..."
-¿Se puede saber qué le estáis contando a la niña, Padre Mortimer? -Una voz grave resonó como un trueno en la estancia y de pronto, todo quedó envuelto en un silencio sepulcral. El anciano sacerdote abrió los ojos de par en par, dibujando en su rostro la mueca de un niño al que han pillado haciendo una travesura mientras miraba a la niña que tenía frente por encima de una vela titilante. La niña trataba de aguantar una sonora risa, llevándose ambas manos a la boca.
Tras un pronunciado silencio, la silueta de un hombre de avanzada edad, vestido con una larga túnica negra que tenía bordada en el pecho una mano esquelética sujetando una balanza, entró en el haz de luz. Caminaba con los brazos cruzados por detrás de la espalda, con un porte serio y señorial. Alternó la mirada entre ambos negando con desaprobación. - Dejad de llenar su cabeza con historias de amoríos y aventuras, en unas noches empezará a caminar bajo la luz de "El que Sujeta la Balanza" y no puede permitirse ni un pequeño error. Debe estar centrada, debe ser fuerte, debe...
- No todo en esta vida es el credo, viejo amigo - Mortimer sonrió, cansado. Desvió un instante la mirada a su compañero y luego volvió a clavar sus ojos en la niña de ojos brillantes. - Debe saber por qué hacemos lo que hacemos, debe saber que hay más cosas a parte de vestir sin gusto alguno, rezar y hablar de muertos hasta altas horas de la noche. Tiene derecho a tener sueños ella también, no solo pesadillas... - El anciano sonrió, revolviendo levemente el pelo de la niña que se dejó hacer con una sonrisilla pícara, sin mediar palabra.
- Si no está centrada, llegará un día en que dudará y eso le llevará la muerte o algo peor. Llenarle la cabeza de tonterías como esas no le hará bien alguno. ¿Amor? Hm... Es bonito para quien no tenga nada mejor en lo que pensar. - El otro sacerdote miró a la niña y suspiró levemente, perdiendo por completo toda la dureza que le caracterizaba. -No podemos dejar que flaquee el día que lo encuentre a él.
-¡Vaya! Mi hora debe estar cercana porque empiezo a ver visiones... ¿Estáis llorando, viejo amigo? ¿De verdad estáis llorando?- Mortimer dejó ir leve carcajada y la niña le acompañó.
-¡Yo no estoy llorando! -Exclamó el otro con un visible enfado, desviando la mirada a un lado y secándose los ojos con una de las mangas de la túnica. Mortimer, ensombreciendo su sonrisa y desdibujándola del todo, miró hacia la vela que agonizaba y sentenció con un tono triste -Para todo lo que el Señor de los Muertos tenga pensado para ella está más que preparada, Sepelio, pero si durante ese viaje no se rodea de la gente adecuada y aprende de ellos, es posible que el día que se enfrente a él, en vez de celebrarlo, ocupe su lugar. Cuanto más cerca estás de la luz, más oscuras son las tinieblas que te rodean. -Tras ello, con un sorprendente juego de manos digno de los más talentosos rufianes, sacó una larga pipa de algún lugar de entre las telas de su túnica y se la llevó a los labios, usando la vela para encenderla. -De todas formas, eso será si conseguimos que hable. No podemos enseñarle a conjurar si no media palabra.
-Empiezo a creer que Kélemvor le niega la palabra para compensar todas las que tú pronuncias sin parar. Menos mal que no hicimos voto de silencio o estarías durmiendo en la calle. -Sepelio refunfuñó y negó con la cabeza, cogiendo la mano de la niña y tirando levemente de ella. -Vamos Jul, mañana tienes un día largo y te vendrá bien intentar descansar para variar.
La niña y el clérigo se alejaron, perdiéndose en la oscuridad mientras el otro sacerdote dejaba ir leves volutas de humo algo entristecido y preocupado por lo que se avecinaba. Tras un largo momento abrigado por el silencio, inspiró profundamente y apagó la vela con dos dedos, haciendo ademán de levantarse. Se oyó un sonoro crujido acompañado de un gimoteo -¡Aah! ¡Por todos los dioses! ¡Mi espalda...!
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