Necio
Copia sin mente de un convocado
- Registrado
- 4/6/22
- Mensajes
- 63
- Edad
- 41
CAPITULO 1: El Ultimo Adios
El ocaso comenzaba a ocultarse entre las copas de los árboles, con sus rayos dorados descendiendo lentamente sobre el desolado claro de los Páramos. Allí, una figura encorvada, envuelta en una antigua capa de piel, se acurrucaba frente a una pequeña fogata que se extinguía, como si compartiera con él su trágico destino.
Era, sin duda, un día frío. Todos lo habían sido últimamente, desde el último enfrentamiento del anciano contra uno de esos colosales lagartos. Las noches se volvían solitarias, incluso rodeado de personas a quienes apreciaba, y los días, largos y desesperantes, como contemplar un rompecabezas al que cada vez le faltaban más piezas. Los enigmas siempre lo habían entretenido, lo hacían meditar durante días hasta encontrar una respuesta, un plan... empujar ciertos hilos, tirar de otros y dejar que algunos se mecieran por sí solos. Siempre había actuado así: en las sombras, como un anciano extraño, loco, y en quien pocos confiaban.
Pero desde la batalla en el norte, todo cambió. Enfrentarse a un problema que superaba sus capacidades no era nuevo... lo insólito fue no poder influir en absoluto. Una lucha en la que su presencia no movió un ápice las balanzas de la fortuna. Sus dones ya no eran lo que fueron, sus habilidades se habían vuelto torpes e ineficaces. Siempre fue un anciano, sí, pero solo en ese momento lo aceptó plenamente. ¿Cuánto tiempo llevaba engañándose? Había llegado el momento de ver la verdad con ojos abiertos.
Se movió bajo su abrigo, observando a su alrededor. El claro estaba vacío. La roca del muchacho lobo seguía desocupada; la esquina del tronco que solía ocupar, a regañadientes, la duendecilla Nubecilla también. Ni siquiera en la parte frontal del claro, donde se agrupaban los recién llegados o los más reacios a escuchar al enano, había señales de vida. El silencio era inusual, y el anciano no estaba dispuesto a dejar escapar esa oportunidad.
Se levantó con dificultad, sus huesos crujieron al moverse. Silbó suavemente, y pocos segundos después, una osa apareció en el claro, dando torpes saltitos, con la lengua afuera y babeando profusamente.
—¿Has terminado con tus tareas, Dolores? —preguntó el enano, mientras con esfuerzo movía un tronco.
La osa asintió, hundiendo su hocico en la hierba junto al tronco, ayudándolo a cargarlo sobre su lomo.
—Está bien. No hay más que hacer entonces... regresemos a casa —dijo, atando el tronco al lomo de la osa con correas de cuero, antes de arrastrar otro de tamaño similar desde los arbustos cercanos.
Se sacudió las manos un par de veces antes de tomar una antorcha de la hoguera y colocarla sobre el nuevo asiento. El fuego lo envolvió rápidamente, mientras el enano se aseguraba de mantener las llamas bajo control. Cuando el tronco estuvo reducido a cenizas, sacó una máscara de madera con el rostro de un demonio tallado, la dejó cuidadosamente en el suelo... y la pisoteó con fuerza hasta hacerla añicos.
—Esto será suficiente —comentó, mirando a Dolores—. Créeme, será más que adecuado.
Revisó el resto de su ahora escaso equipo: algunas provisiones adquiridas en el mercado, cantimploras llenas con agua del río y unas cuantas pociones aún útiles. Suficientes, tal vez, para convertir un viejo plan improbable en una posibilidad.
Y así, cuando la oscuridad cayó y ningún par de ojos curiosos los observaba, comenzaron su viaje hacia el norte. Tras caminar algunos metros, el anciano activó una pequeña rama que sacó de su bolsillo. Al instante, las huellas en la hierba y el barro desaparecieron, borradas por el hechizo que la varita desató. Alguna vez dominó ese conjuro con soltura; era uno de los más comunes y útiles en su saber... pero hacía mucho que había dejado atrás los dones del bosque, como también había abandonado su vitalidad. El antiguo druida Kharmin de los Musgoverde era ahora solo un despojo de enano, viejo y frágil, desgastado por las pruebas de la vida y carente de su acostumbrada determinación.
El camino de la montaña era duro incluso para grupos jóvenes y bien entrenados. Pero el enano era un experto. Conocía las rutas secretas, sabía esquivar a los kobolds alados y usar los senderos ocultos que las cabras empleaban para trepar. Las montañas estaban en silencio desde la gran batalla. Curiosamente, fue quien no participó quien se llevó la victoria... y el ánimo de todos los que sí lo hicieron.
Era un rodeo, sí, pero necesitaba volver al poblado. Necesitaba presentar sus respetos. Pedir perdón, aunque supiera que el perdón no vendría. Si su tormenta hubiera sido más fuerte, el dragón no habría logrado atacar. Si sus insectos hubieran sido más voraces, los enemigos no habrían contraatacado. Si su piedra hubiera sido más firme, no habrían atravesado la muralla. Si sus dones curativos hubieran sido más intensos... tal vez habría menos nombres escondidos bajo tierra y repetidos entre lágrimas.
Había llorado muchos nombres en su vida, lo sabía. Nunca pudo salvar a todos. Pero en esa batalla... su presencia fue solo un estorbo, y sus actos, equivalentes a gritarle a un incendio que no consuma un bosque seco. No fue falta de preparación, ni de aliados, ni de valor. Fue su propia traición: la traición de su cuerpo, de su espíritu, de sus límites.
Muchos intentaron animarlo. Le recordaron hazañas pasadas: cuando escaparon del infierno, del bosque corrupto de la bruja, del engaño de las hadas, de la oscuridad y la enfermedad. Pero los jóvenes tienen la fuerza para alzarse. Sus troncos son flexibles, se doblan ante la adversidad y siguen creciendo. Los árboles viejos ya no pueden hacerlo. Deben ceder su lugar a los nuevos brotes. Ya se dijeron sus palabras, ya se eligió el camino. Ahora, los viejos troncos solo estorban.
A lo lejos, apareció el destruido poblado bárbaro. Apenas humeante, con algunos supervivientes buscando entre los escombros. El enano se arropó aún más, como si el viento de esas montañas —que antes no le afectaba— ahora se hubiera convertido en una hoja helada que le cortaba la garganta.
Temblando, tomó una profunda bocanada de aire y miró a su fiel compañera.
—Dame un momento, Dolores querida... necesito despedirme.
El enano avanzó hacia la puerta del poblado con paso vacilante, tropezando varias veces. La osa lo miraba con preocupación, viendo cómo su antes firme compañero dejaba profundas huellas en la nieve blanca... huellas que nunca había visto antes.
El ocaso comenzaba a ocultarse entre las copas de los árboles, con sus rayos dorados descendiendo lentamente sobre el desolado claro de los Páramos. Allí, una figura encorvada, envuelta en una antigua capa de piel, se acurrucaba frente a una pequeña fogata que se extinguía, como si compartiera con él su trágico destino.
Era, sin duda, un día frío. Todos lo habían sido últimamente, desde el último enfrentamiento del anciano contra uno de esos colosales lagartos. Las noches se volvían solitarias, incluso rodeado de personas a quienes apreciaba, y los días, largos y desesperantes, como contemplar un rompecabezas al que cada vez le faltaban más piezas. Los enigmas siempre lo habían entretenido, lo hacían meditar durante días hasta encontrar una respuesta, un plan... empujar ciertos hilos, tirar de otros y dejar que algunos se mecieran por sí solos. Siempre había actuado así: en las sombras, como un anciano extraño, loco, y en quien pocos confiaban.
Pero desde la batalla en el norte, todo cambió. Enfrentarse a un problema que superaba sus capacidades no era nuevo... lo insólito fue no poder influir en absoluto. Una lucha en la que su presencia no movió un ápice las balanzas de la fortuna. Sus dones ya no eran lo que fueron, sus habilidades se habían vuelto torpes e ineficaces. Siempre fue un anciano, sí, pero solo en ese momento lo aceptó plenamente. ¿Cuánto tiempo llevaba engañándose? Había llegado el momento de ver la verdad con ojos abiertos.
Se movió bajo su abrigo, observando a su alrededor. El claro estaba vacío. La roca del muchacho lobo seguía desocupada; la esquina del tronco que solía ocupar, a regañadientes, la duendecilla Nubecilla también. Ni siquiera en la parte frontal del claro, donde se agrupaban los recién llegados o los más reacios a escuchar al enano, había señales de vida. El silencio era inusual, y el anciano no estaba dispuesto a dejar escapar esa oportunidad.
Se levantó con dificultad, sus huesos crujieron al moverse. Silbó suavemente, y pocos segundos después, una osa apareció en el claro, dando torpes saltitos, con la lengua afuera y babeando profusamente.
—¿Has terminado con tus tareas, Dolores? —preguntó el enano, mientras con esfuerzo movía un tronco.
La osa asintió, hundiendo su hocico en la hierba junto al tronco, ayudándolo a cargarlo sobre su lomo.
—Está bien. No hay más que hacer entonces... regresemos a casa —dijo, atando el tronco al lomo de la osa con correas de cuero, antes de arrastrar otro de tamaño similar desde los arbustos cercanos.
Se sacudió las manos un par de veces antes de tomar una antorcha de la hoguera y colocarla sobre el nuevo asiento. El fuego lo envolvió rápidamente, mientras el enano se aseguraba de mantener las llamas bajo control. Cuando el tronco estuvo reducido a cenizas, sacó una máscara de madera con el rostro de un demonio tallado, la dejó cuidadosamente en el suelo... y la pisoteó con fuerza hasta hacerla añicos.
—Esto será suficiente —comentó, mirando a Dolores—. Créeme, será más que adecuado.
Revisó el resto de su ahora escaso equipo: algunas provisiones adquiridas en el mercado, cantimploras llenas con agua del río y unas cuantas pociones aún útiles. Suficientes, tal vez, para convertir un viejo plan improbable en una posibilidad.
Y así, cuando la oscuridad cayó y ningún par de ojos curiosos los observaba, comenzaron su viaje hacia el norte. Tras caminar algunos metros, el anciano activó una pequeña rama que sacó de su bolsillo. Al instante, las huellas en la hierba y el barro desaparecieron, borradas por el hechizo que la varita desató. Alguna vez dominó ese conjuro con soltura; era uno de los más comunes y útiles en su saber... pero hacía mucho que había dejado atrás los dones del bosque, como también había abandonado su vitalidad. El antiguo druida Kharmin de los Musgoverde era ahora solo un despojo de enano, viejo y frágil, desgastado por las pruebas de la vida y carente de su acostumbrada determinación.
El camino de la montaña era duro incluso para grupos jóvenes y bien entrenados. Pero el enano era un experto. Conocía las rutas secretas, sabía esquivar a los kobolds alados y usar los senderos ocultos que las cabras empleaban para trepar. Las montañas estaban en silencio desde la gran batalla. Curiosamente, fue quien no participó quien se llevó la victoria... y el ánimo de todos los que sí lo hicieron.
Era un rodeo, sí, pero necesitaba volver al poblado. Necesitaba presentar sus respetos. Pedir perdón, aunque supiera que el perdón no vendría. Si su tormenta hubiera sido más fuerte, el dragón no habría logrado atacar. Si sus insectos hubieran sido más voraces, los enemigos no habrían contraatacado. Si su piedra hubiera sido más firme, no habrían atravesado la muralla. Si sus dones curativos hubieran sido más intensos... tal vez habría menos nombres escondidos bajo tierra y repetidos entre lágrimas.
Había llorado muchos nombres en su vida, lo sabía. Nunca pudo salvar a todos. Pero en esa batalla... su presencia fue solo un estorbo, y sus actos, equivalentes a gritarle a un incendio que no consuma un bosque seco. No fue falta de preparación, ni de aliados, ni de valor. Fue su propia traición: la traición de su cuerpo, de su espíritu, de sus límites.
Muchos intentaron animarlo. Le recordaron hazañas pasadas: cuando escaparon del infierno, del bosque corrupto de la bruja, del engaño de las hadas, de la oscuridad y la enfermedad. Pero los jóvenes tienen la fuerza para alzarse. Sus troncos son flexibles, se doblan ante la adversidad y siguen creciendo. Los árboles viejos ya no pueden hacerlo. Deben ceder su lugar a los nuevos brotes. Ya se dijeron sus palabras, ya se eligió el camino. Ahora, los viejos troncos solo estorban.
A lo lejos, apareció el destruido poblado bárbaro. Apenas humeante, con algunos supervivientes buscando entre los escombros. El enano se arropó aún más, como si el viento de esas montañas —que antes no le afectaba— ahora se hubiera convertido en una hoja helada que le cortaba la garganta.
Temblando, tomó una profunda bocanada de aire y miró a su fiel compañera.
—Dame un momento, Dolores querida... necesito despedirme.
El enano avanzó hacia la puerta del poblado con paso vacilante, tropezando varias veces. La osa lo miraba con preocupación, viendo cómo su antes firme compañero dejaba profundas huellas en la nieve blanca... huellas que nunca había visto antes.












