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Necio

Copia sin mente de un convocado
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CAPITULO 1: El Ultimo Adios

El ocaso comenzaba a ocultarse entre las copas de los árboles, con sus rayos dorados descendiendo lentamente sobre el desolado claro de los Páramos. Allí, una figura encorvada, envuelta en una antigua capa de piel, se acurrucaba frente a una pequeña fogata que se extinguía, como si compartiera con él su trágico destino.

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Era, sin duda, un día frío. Todos lo habían sido últimamente, desde el último enfrentamiento del anciano contra uno de esos colosales lagartos. Las noches se volvían solitarias, incluso rodeado de personas a quienes apreciaba, y los días, largos y desesperantes, como contemplar un rompecabezas al que cada vez le faltaban más piezas. Los enigmas siempre lo habían entretenido, lo hacían meditar durante días hasta encontrar una respuesta, un plan... empujar ciertos hilos, tirar de otros y dejar que algunos se mecieran por sí solos. Siempre había actuado así: en las sombras, como un anciano extraño, loco, y en quien pocos confiaban.


Pero desde la batalla en el norte, todo cambió. Enfrentarse a un problema que superaba sus capacidades no era nuevo... lo insólito fue no poder influir en absoluto. Una lucha en la que su presencia no movió un ápice las balanzas de la fortuna. Sus dones ya no eran lo que fueron, sus habilidades se habían vuelto torpes e ineficaces. Siempre fue un anciano, sí, pero solo en ese momento lo aceptó plenamente. ¿Cuánto tiempo llevaba engañándose? Había llegado el momento de ver la verdad con ojos abiertos.


Se movió bajo su abrigo, observando a su alrededor. El claro estaba vacío. La roca del muchacho lobo seguía desocupada; la esquina del tronco que solía ocupar, a regañadientes, la duendecilla Nubecilla también. Ni siquiera en la parte frontal del claro, donde se agrupaban los recién llegados o los más reacios a escuchar al enano, había señales de vida. El silencio era inusual, y el anciano no estaba dispuesto a dejar escapar esa oportunidad.


Se levantó con dificultad, sus huesos crujieron al moverse. Silbó suavemente, y pocos segundos después, una osa apareció en el claro, dando torpes saltitos, con la lengua afuera y babeando profusamente.

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—¿Has terminado con tus tareas, Dolores? —preguntó el enano, mientras con esfuerzo movía un tronco.


La osa asintió, hundiendo su hocico en la hierba junto al tronco, ayudándolo a cargarlo sobre su lomo.


—Está bien. No hay más que hacer entonces... regresemos a casa —dijo, atando el tronco al lomo de la osa con correas de cuero, antes de arrastrar otro de tamaño similar desde los arbustos cercanos.


Se sacudió las manos un par de veces antes de tomar una antorcha de la hoguera y colocarla sobre el nuevo asiento. El fuego lo envolvió rápidamente, mientras el enano se aseguraba de mantener las llamas bajo control. Cuando el tronco estuvo reducido a cenizas, sacó una máscara de madera con el rostro de un demonio tallado, la dejó cuidadosamente en el suelo... y la pisoteó con fuerza hasta hacerla añicos.


—Esto será suficiente —comentó, mirando a Dolores—. Créeme, será más que adecuado.

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Revisó el resto de su ahora escaso equipo: algunas provisiones adquiridas en el mercado, cantimploras llenas con agua del río y unas cuantas pociones aún útiles. Suficientes, tal vez, para convertir un viejo plan improbable en una posibilidad.


Y así, cuando la oscuridad cayó y ningún par de ojos curiosos los observaba, comenzaron su viaje hacia el norte. Tras caminar algunos metros, el anciano activó una pequeña rama que sacó de su bolsillo. Al instante, las huellas en la hierba y el barro desaparecieron, borradas por el hechizo que la varita desató. Alguna vez dominó ese conjuro con soltura; era uno de los más comunes y útiles en su saber... pero hacía mucho que había dejado atrás los dones del bosque, como también había abandonado su vitalidad. El antiguo druida Kharmin de los Musgoverde era ahora solo un despojo de enano, viejo y frágil, desgastado por las pruebas de la vida y carente de su acostumbrada determinación.


El camino de la montaña era duro incluso para grupos jóvenes y bien entrenados. Pero el enano era un experto. Conocía las rutas secretas, sabía esquivar a los kobolds alados y usar los senderos ocultos que las cabras empleaban para trepar. Las montañas estaban en silencio desde la gran batalla. Curiosamente, fue quien no participó quien se llevó la victoria... y el ánimo de todos los que sí lo hicieron.


Era un rodeo, sí, pero necesitaba volver al poblado. Necesitaba presentar sus respetos. Pedir perdón, aunque supiera que el perdón no vendría. Si su tormenta hubiera sido más fuerte, el dragón no habría logrado atacar. Si sus insectos hubieran sido más voraces, los enemigos no habrían contraatacado. Si su piedra hubiera sido más firme, no habrían atravesado la muralla. Si sus dones curativos hubieran sido más intensos... tal vez habría menos nombres escondidos bajo tierra y repetidos entre lágrimas.

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Había llorado muchos nombres en su vida, lo sabía. Nunca pudo salvar a todos. Pero en esa batalla... su presencia fue solo un estorbo, y sus actos, equivalentes a gritarle a un incendio que no consuma un bosque seco. No fue falta de preparación, ni de aliados, ni de valor. Fue su propia traición: la traición de su cuerpo, de su espíritu, de sus límites.


Muchos intentaron animarlo. Le recordaron hazañas pasadas: cuando escaparon del infierno, del bosque corrupto de la bruja, del engaño de las hadas, de la oscuridad y la enfermedad. Pero los jóvenes tienen la fuerza para alzarse. Sus troncos son flexibles, se doblan ante la adversidad y siguen creciendo. Los árboles viejos ya no pueden hacerlo. Deben ceder su lugar a los nuevos brotes. Ya se dijeron sus palabras, ya se eligió el camino. Ahora, los viejos troncos solo estorban.


A lo lejos, apareció el destruido poblado bárbaro. Apenas humeante, con algunos supervivientes buscando entre los escombros. El enano se arropó aún más, como si el viento de esas montañas —que antes no le afectaba— ahora se hubiera convertido en una hoja helada que le cortaba la garganta.


Temblando, tomó una profunda bocanada de aire y miró a su fiel compañera.


—Dame un momento, Dolores querida... necesito despedirme.


El enano avanzó hacia la puerta del poblado con paso vacilante, tropezando varias veces. La osa lo miraba con preocupación, viendo cómo su antes firme compañero dejaba profundas huellas en la nieve blanca... huellas que nunca había visto antes.

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Necio

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CAPÍTULO 2: Reviviendo las Pesadillas​


El olor de la madera calcinada y el tufo de los cadáveres aún alcanzaban la nariz del viajero que se acercaba al antiguo poblado bárbaro de la Cumbre de la Lanza. Aquella batalla tardaría en ser olvidada por alguno de los sentidos. Y aún permanecería en la memoria, durante mucho, mucho tiempo. Más tarde sería vivencia, historia, cuento... y leyenda, como ocurre con todas las historias. Bueno, con “casi” todas.

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Kharmin había aceptado su destino desde joven. Su actitud rebelde y su comportamiento errático ante los otros guardianes eran una prueba clara de ello. Conocía su labor mejor que la mayoría y, con los años, había adquirido herramientas poderosas para llevarla a cabo. Cosas de la edad, o eso decían. Al fin y al cabo, la edad es el mejor maestro, y el enano había sabido aprender.

El anciano cruzó los enormes surcos que él mismo había cavado frente a las puertas, horas de trabajo en la tierra congelada. La intención era clara: frenar el avance enemigo y ganar tiempo para un contraataque. Pero con un suspiro apesadumbrado, Kharmin admitía la inutilidad de su esfuerzo. Los enemigos eran legión, imparables, y su avance por el paso entre las rocas apenas se había visto ralentizado. Fue él, el propio enano, quien encontró más difícil el movimiento en el terreno que había preparado; cayó rodando por las pendientes, maldiciendo nombres que tal vez no merecían tal trato, pero que servían de alivio al alma gruñona del druida.

La puerta seguía abierta, rota. Hubiera sido ideal mantenerla cerrada durante el asalto, pero cuando aquellos brujos bárbaros comenzaron sus conjuraciones, fue imposible. El hielo golpeaba a los defensores como una lluvia de flechas; algunos morían congelados, y los más afortunados lo hacían aplastados o atravesados por lanzas gélidas. Podrían haber lidiado con aquello, pero ya tenían un enemigo dentro de los muros.

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Kharmin se adentró en el poblado, ahora reducido a ruinas. Observó a unos pocos supervivientes, almas que habían regresado tras la batalla para buscar entre los restos algún objeto valioso, algo importante para sus familias… o, con suerte, algún ser querido que se hubiera ocultado. Pero la fortuna se había esfumado en el mismo instante en que aquellas lagartijas aladas despertaron. La esperanza se quemó. Y los buenos sentimientos se envenenaron, como el bosque de Alandor, que agonizaba sin remedio.


El enano la había visto. A ella. A la dragona negra. La Reina del Pantano, como él la llamaba. No parecía ni hostil ni estúpida, lo cual era una combinación peligrosa. Era más fácil lidiar con los violentos o con los tontos que con criaturas astutas y calculadoras. El bosque de los Páramos le pertenecía ahora, el veneno se extendía sin freno por la floresta. Y justo cuando el enano pensó que quizás ese mismo veneno podía provocar que la Lagartalarga de la ciudad acabara con el problema... la diplomacia entre escamosos triunfó. La mala suerte es contagiosa. Y difícil de curar.


El anciano druida paseó entre los escombros, entre casas derruidas marcadas por garras y coletazos. En los tejados, las huellas de dragones eran cicatrices abiertas en la arquitectura. La fuerza abrumadora de esas criaturas, su resistencia, su casi total inmunidad a la magia, su percepción sensorial, sus milenios de experiencia… eran frentes que él ya no podía combatir.

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Muerte Helada era un idiota profundo. No era difícil provocarlo o engañarlo, y había caído, más o menos, en la trampa que le tendieron. Pero aún conservaba las virtudes de su especie: fuerza descomunal, y una resistencia casi absoluta. Aun así, estuvieron a punto de lograrlo.

Espadas y hachas golpeaban una y otra vez sus escamas; los conjuros más afortunados lo alcanzaban apenas, mientras escudos y armaduras se alzaban para contener su furia. Luces, sangre, gritos de guerra, lamentos de agonía, llanto... Todo volvía a la mente del enano como un torbellino. Una sinfonía de dolor repetida mil veces en su memoria, acompañada de un único pensamiento: “Este lagarto debe morir aquí.”

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Sus manos conjuraban sin pausa, abrían pergaminos que se volvían cenizas en segundos, activaban varitas que estallaban por el uso excesivo de poder. No recordaba cuántos conjuros lanzó contra la bestia, pero sí recordaba que la mayoría rebotaron contra sus escamas blancas. Y los que sí lograron afectarla… no marcaron la diferencia.

Sus pasos lo llevaron al gran cráter donde la Negra y el Blanco se enfrentaron. La dragona del pantano aprovechó la debilidad de Muerte Helada para lanzarse contra él y golpearlo, bajo la atónita mirada de los combatientes. Nadie la vio venir. Nadie se la esperaba. ¿Cómo lo supo? ¿Cómo se enteró de la situación? Kharmin no tenía respuestas. Y eso le dolía incluso más que su impotencia en la batalla. Debería haberlo previsto. Debería haber tenido un plan de escape preparado para cuando el Blanco apareció.

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¿Cómo salió todo tan mal? La defensa no debía haber sido un desastre. Un grupo se infiltraría en la guarida del dragón. Otro lo enfrentaría en combate. Todo estaba planeado. Entonces…¿Qué falló? O mejor dicho… ¿qué no se hizo? Quizá no fue una jugada maestra de las criaturas aladas. Quizá fue una traición desde dentro.

Kharmin había visto antes esta tendencia enfermiza al heroísmo. En estas tierras, el deseo de destacar era una llama difícil de contener. Y cuando se alimenta el ego en vez de la causa, cuando uno brilla más que el fuego que lo rodea… el desastre es inevitable. Él lo había visto antes. En otros. En sí mismo. ¿Quién no había querido de joven ser un nombre afamado, repetido en canciones, entre halagos y alabanzas? Todos. Por supuesto que sí. Pero ese tipo de gloria no servía en la realidad que ahora vivían.

Podías hacerte el héroe ante un esqueleto desdentado con una espada oxidada que tardaría tres años en alcanzarte. Podías rezar, prometer, ensalzar tu fuerza, si querías.
Pero contra estos lagartos… no.

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Ante ellos, se jugaba un juego sin piezas. No había forma. No había camino. Solo podías adaptarte y esperar. Pero un héroe… un héroe no espera ni se adapta, se lanza a la batalla sacrificando su vida y su existencia por sus convicciones. Se montan en sus caballos blancos, alzan sus espadas mágicas, gritan sus nombres a sus dioses y... adelante, adelante! No se detienen a ver la destrucción de sus acciones, el sufrimiento de quienes los siguen a la batalla, ni se percatan del olor a sangre o los gritos de desesperación de los que mueren por su héroe. Mas tarde limpiara la sangre de su armadura creyendo que toda pertenece a su enemigo... maldito idiota.

El viejo enano se acercó, casi arrastrándose, a un grupo de troncos dispuestos en torno a una hoguera. Allí, algunos habitantes de la tribu se acercaban de vez en cuando para tomar un trago de agua o descansar, abrumados por el peso del fracaso en sus búsquedas. Ese era el lugar al que la batalla lo obligó a retirarse. El sitio donde abandonó a quienes había prometido proteger. Donde el sueño se hizo trizas, donde el viejo roble alto se volvió astillas, demasiado tarde... Demasiado. Tan tarde, que en su caída aplastó a los brotes jóvenes que aún se alzaban.

¿Por qué las fantasías de un anciano debían prevalecer sobre los sueños de los jóvenes? ¿Qué estupidez era esa? Ese pensamiento estaba clavado en su mente como una esquirla de acero al rojo vivo. Dolorosa. Imposible de ignorar.

¿Cómo vivir con el peso de todas esas vidas perdidas por no haber visto lo evidente? Por no haber hecho su trabajo. Por no haber hecho su maldito trabajo. El viejo debía enseñar al joven, el viejo debía proteger al joven, el joven debía prevalecer. Entonces, ¿de qué sirve un anciano inútil ahora? ¿De qué sirve un enano idiota? ¿¡De que sirves tu Enano Idiota!?

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La fuerza de la montaña recorrió su cuerpo. La energía salvaje de la naturaleza, antigua y viva, volvió a llenar cada partícula de su ser. Apretó los puños como garras, aferró los pies al suelo, y bramó. Un alarido al cielo. Un grito desesperado cargado con la furia de todos los pecados cometidos.

No eran palabras. Era un aullido sobrenatural de odio, de ira dirigida hacia sí mismo. Lágrimas en forma de sonido. Heridas que no sangran, pero que duelen más que los huesos rotos. Era un desesperado intento de arrancarse esa esquirla de la mente.

Y, tal como había venido, la fuerza natural lo abandonó.

El bosque seguía ofreciéndole sus dones, pero era él mismo quien ya no se creía digno de recibirlos. Había rechazado esa fuerza días atrás, cuando comprendió, o creyó comprender, que no merecía más ese poder.

Tras el bramido, sus piernas no pudieron sostenerlo. Cayó de rodillas sobre la nieve, ante la mirada desconcertada de los pocos presentes. Nadie dijo nada. Todos tenían algo por lo que gritarle al cielo. Furia, dolor y desesperación.

—Ni siquiera sirves para esto ya… anciano idiota —murmuró el enano con voz débil, temblando por el frío— Ni siquiera sirves… para disculparte.

De pronto, un humeante plato de madera aparecio ante los ojos del enano con un aromatico guiso en su interior. El extrañado anciano arquero una ceja mirando lo que tenia ante el para luego simplemente escuchar una voz anciana como la suya:

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- Comemos primero?
 

Necio

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CAPÍTULO 3: La Tejedora y el Guardián​


El anciano enano alzó la vista mientras sus manos se apoyaban en la nieve. La voz había brotado de una figura que ahora se acercaba: una anciana norteña que le sonreía, ofreciéndole un humeante cuenco de un guiso aromático. Iba abrigada con pieles de oso, y los pocos dientes que aún conservaba brillaban al reflejo de las llamas. Ante el silencio del druida, su voz cascada volvió a sonar.

—Los enanos sí que coméis, ¿verdad? —dijo, algo desconcertada por la inmovilidad del visitante.

—Algunos comemos demasiado —respondió el enano con una sonrisa triste, incorporándose con esfuerzo.

Aceptó el cuenco con un gesto de agradecimiento y siguió a la mujer, que caminaba lentamente, arrastrando sus ropajes por la nieve hasta sentarse en uno de los troncos que rodeaban la hoguera. El druida la imitó, dejándose caer con un quejido de viejo, cerrando los ojos un instante para disfrutar de la sólida sensación de la corteza bajo sus nalgas.

—¿Un mal día, señor enano? —preguntó la mujer, divertida por su expresión.

—Un puñado de ellos, más bien... Pero ¿Qué te voy a contar a ti? —replicó Kharmin, mirando alrededor.

La anciana contempló el entorno: los restos de una aldea arrasada, las huellas del desastre aún frescas en la nieve. Se encogió de hombros con resignación.

—No han sido días tranquilos... pero ahora, solo puede mejorar —respondió, llevándose una cucharada de estofado a la boca.

El enano la observó con sorpresa. La mujer parecía conocer bien lo ocurrido, pero su actitud serena y casi despreocupada contrastaba con la devastación. Era como si sus gestos envolvieran la tragedia con una capa de normalidad, como si la vida siguiera a pesar del dolor.

Kharmin volvió la mirada a su alrededor. Sus ojos, aunque incapaces de ver a lo lejos como los de los duendecillos, captaban lo que solo los años enseñan a percibir: la persistencia de la vida. Cazadores salían y regresaban con presas; niños recolectaban hierbas bajo la supervisión de los ancianos; la madera seguía almacenándose junto a los hogares medio derruidos, y los guerreros ayudaban a mover escombros mientras vigilaban el horizonte.

Y entonces los vio. Un par de niños jugaban, peleando con dos viejos palos de madera, persiguiéndose entre risas y gritos.

El enano los reconoció al instante.

Eran sus bastones. Abandonados entre la nieve tras la lucha contra El Blanco. El Brazo del Pastor de Árboles… y la Rama de la Vida Feérica. Había recorrido muchos caminos buscando herederos dignos de aquellos objetos ancestrales, pero ninguno lo había sido. Con el tiempo, ni siquiera él se consideró merecedor de portar su poder. Y ahora… allí estaban, en manos de dos chiquillos que los usaban como porras para darse de garrotazos.

Kharmin soltó una carcajada, repentina y franca. La anciana le miró con curiosidad.

—¿Y eso? ¿Cuál es el chiste, señor enano?

El druida señaló con la barbilla a los niños.

—No son buenas armas —murmuró, negando con la cabeza mientras sonreía.

—Los jóvenes no necesitan armas para jugar —replicó la mujer, encogiéndose de hombros.

—Ni siquiera son buenos juguetes, créeme... Conozco esos bastones.

—¿Mmm? ¿Has venido a recuperarlos?

Kharmin observó cómo la niña usaba la Rama de la Vida para hacerle una zancadilla al otro. El muchacho cayó y se cubrió con el Brazo del Pastor mientras la niña lo castigaba con entusiasmo.

—No —dijo con firmeza—. Esos bastones buscaban guardianes dignos… y no creo que yo haya encontrado dos mejores para...

—¡Un momento! —interrumpió la anciana—. ¡Dahela! ¿Cuántas veces te he dicho que apuntes a las pelotas?

La niña miró a la mujer, asintió con la seriedad de una discípula... y, con un ágil giro de muñeca, hundió el bastón en la entrepierna del muchacho. El alarido ahogado que soltó le heló la sangre incluso al viejo druida.

—Buena chica… buena chica —asintió la anciana, satisfecha—. ¿Qué decías, señor enano?

—Kha... Kharmin... Kharmin de los Musgoverde —respondió, aún encogido de dolor ajeno—. ¿No te parece que ha sido un poco... excesivo?

La mujer negó, sacudiendo su melena plateada al retirarse la capucha.

—Para nada. Ella aprende a derrotar a un rival. Y él... acabará con unos cojones duros como la roca.

—No creo que funcione así exactamente —objetó el druida, mirando al muchacho, que se retorcía en la nieve.

—¿Y cómo si no echan músculo?

—¿Practicando?

—¡Es demasiado joven para "practicar"!

—Ya tendrá tiempo... aún es joven —rio Kharmin.

Tras unos segundos de pausa, sus voces se unieron en un suspiro:

—Bendita juventud.

Y ambos rieron.

Pasaron largos minutos en silencio, acompañados solo por el crujir de las llamas y el lamento del muchacho que intentaba arrastrarse por la nieve para calmar su sufrimiento.

—¿Y qué os trae por estas frías tierras, señor enano? —preguntó la mujer de pronto.

—Vine a pedir disculpas... antes de regresar a casa —respondió el druida. Las sombras volvieron a su mente, tiñendo de gris la paz del momento.

—¿Disculparte? ¿Por qué?

Kharmin frunció el ceño y alzó la mirada al cielo. Las palabras se agolpaban en su mente como un torrente de culpas. Pero eligió las más certeras, tejidas con hilo de años y arrepentimiento.

—Por ser demasiado viejo, me temo —respondió finalmente, adornando la confesión con una triste sonrisa.

La anciana soltó una carcajada que acabó en un acceso de tos. Cuando logró calmarse, negó con la cabeza.

—Solo los muertos son demasiado viejos.

—Son los muertos los que me han enseñado lo viejo que soy —dijo el enano, frunciendo el ceño y apretando los puños—. Son las vidas jóvenes que se han perdido en batallas que debí evitarles... lo que me demuestra que mi tiempo ha llegado a su fin.

La anciana lo evaluó de arriba a abajo con gesto ceñudo. No estaba muy acostumbrada a tratar con enanos, mucho menos con uno que parecía multiplicar su edad varias veces. Y los dilemas internos de su raza le resultaban, cuando menos, intrigantes.

—¿Y cuál es tu plan, viejo enano? —inclinó la cabeza, interesada en aquella figura tan fuera de lugar—. Aparte de lamentarte, claro.

—Volver a casa y terminar allí mis días. Si es que consigo llegar antes, claro...

El enano bajó la mirada hacia sus propias manos. Sin aceptar ya los dones del bosque, aquellas extremidades eran débiles y temblorosas. Arrugadas, secas, desprovistas de la fuerza salvaje que otrora le otorgaba la tierra. La vitalidad que antes manaba como savia a cambio de su dedicación, ya no encontraba camino hacia él. Y ahora sufría las consecuencias de su terquedad. Su longevidad antinatural, su lozanía druídica, pronto llegarían a su fin.

—¿Alguien te espera en casa, viejo señor enano? —preguntó la anciana, arqueando una ceja. El gesto era claro, y Kharmin lo reconoció al instante.

—No. Me temo que hace mucho tiempo que mi familia dejó este mundo. No creo que quede nadie que me recuerde en mi pequeña villa.

—¿Y entonces por qué quieres volver?

Esta vez fue otra voz la que preguntó. Aguda, chillona, cargada de esa curiosidad infantil que no se conforma con medias respuestas. Kharmin giró el rostro. Allí estaba la niña, aún sujetando con firmeza uno de sus antiguos bastones. Sus ojos lo observaban con intensidad, como si hubiese pronunciado una adivinanza y ella quisiera resolverla.

—¿Y se puede saber quién osa preguntar tal cosa, mmm? —respondió el enano con voz grave, esbozando una sonrisa divertida. Fingía querer asustarla.

Lejos de asustarse, la niña apretó el bastón con más fuerza y alzó orgullosa la barbilla.

—¡Dahela! ¡Soy Dahela Rompehuevos! Y él es mi hermano Hans... Hans Huevoshundidos —anunció, primero con duda, pero luego con total convicción, señalando al muchacho que aún se recuperaba a su lado.

—¡Un buen nombre para una guerrera tan temible! Y uno muy desafortunado para un hermano varón... de momento —añadió Kharmin con sorna—. Espero que no pierda muchas peleas contra ti, o más que hermano acabarás teniendo... hermanita.

Y soltó una sonora carcajada.

—¡Es la primera vez que me gana! ¡La abuela me distrajo! —protestó el muchacho entre toses.

—¡Cállate, Huevoshundidos! ¡Ahora soy la reina de la montaña! —rio Dahela, alzando el bastón en señal de victoria.

Los gritos de los pequeños comenzaron a atraer la atención de los demás. Uno a uno, los habitantes de la aldea fueron acercándose a la hoguera. La noche ya había caído, y las tareas que no fueran de guardia dejaban de tener sentido. Las gentes del norte se acercaban hambrientas, con las caras marcadas por la fatiga y el dolor, pero encontraban calor en el guiso... y luz en las risas de los niños.

Kharmin observaba en silencio. Las miradas tristes comenzaban a florecer con tímidas sonrisas. Se escuchaban risas, vítores, suspiros de un agotamiento casi cómico. Las conversaciones se animaban, brotaban los temas de siempre: el clima, la caza, las reparaciones del día siguiente. El terror del Blanco y el eco de la batalla se desdibujaban entre comentarios y bromas. Y en medio de todo ello... esa extraña anciana.

El druida la miró con atención.

La mujer hablaba con todos. Sabía sus nombres, sus historias, incluso sus apodos. Tenía el don de saber cuándo golpear con la palabra a quien sobresalía demasiado... y cómo levantar con elogios a quien se apagaba entre los demás.

Era una tejedora de destinos.

¿Acaso había caído en sus redes? ¿Acaso su destino estaba siendo manipulado por la criatura?

No. No era tan sencillo.

Él era un Guardián del Destino.

Los suyos no luchaban contra las Tejedoras: caminaban a su lado, con sendas distintas, pero entrelazadas. Era raro ver una Tejedora entre enanos, más habitual en los pueblos élficos, pero él conocía su labor. Y la reconocía en aquella anciana.

Los Guardianes del Destino mantienen un clan unido a través de los hilos invisibles del tiempo, las tradiciones y la memoria. No requieren don alguno, sólo paciencia… y siglos.

A un Guardián se le revela el mundo en susurros: el crujir de la piedra, la risa del río, el rugido del viento y el fuego seductor. Un Guardián no impone. Protege. Su fuerza está en escuchar, en dar paso, en saberse puente. Su poder no está en el acierto, sino en la enmienda. No en la gloria, sino en la humildad.

Las Tejedoras, por su parte, hilan el destino. Son el empuje sutil, la corriente que levanta el ala de un ave o endereza la caída de un guerrero. No buscan el mérito, sino la armonía.
La anciana era perfecta en su papel: sostenía la tribu con manos invisibles. Usaba palabras como cuchillos y caricias. Daba sombra al brillante y luz al apagado. Sabía el precio de la influencia… y lo pagaba con su propia vida sin pedirlo a nadie.

Kharmin comprendió, en ese instante, que ambos habían renunciado a todo. Sin pareja. Sin cría. Sin casa. Sin más patria que el bosque, ni más familia que los latidos de la tierra. Eran hijos del equilibrio. Y él, lo había olvidado.

Cuando el mundo se volvió oscuro, cuando los cielos se cubrieron de fuego y escamas, su escudo descendió. No por quebrarse… sino por miedo. Pero esa noche, entre el murmullo del campamento, Kharmin apretó el puño. Y el temblor de la vejez fue reemplazado por un temblor de ira, de fuerza de verdad.

Los que habían caído… ¿murieron por su debilidad? No. Murieron por su silencio. Por su miedo.

El bosque sintió su llamado. Y respondió. Lo salvaje aulló en su mente. La tormenta se detuvo. El muro se quebró. Y el Guardián regresó.

No existe escama que resista el morder de la montaña.
Ni alas que vuelen más alto que el trueno.
Ni garra que atraviese la convicción de quien vive para proteger.
Nunca ha nacido el dragón capaz de quebrar la voluntad de un Guardián.


Y entre el bullicio del campamento…Una anciana lo vio.

Vio los ojos de esmeralda brillar como una aurora. Sintió el fluir del glaciar convertirse en torrente. Y escuchó las palabras que sellarían una promesa:

—No dejaré que caigan.

La mujer cerró los ojos y sonrió, aliviada. Retiró sus hilos ,ya no hacían falta, un alud no necesita empujón. Él es quien arrastra y cambia el mundo.

—¿Es hora de volver, entonces, señor enano? —preguntó, mientras risas infantiles llenaban el aire.

—Así es —asintió el druida, contemplando la nada, donde sólo él podía ver un sendero.

—Me alegra oírlo.

—Te doy las gracias.

—Este poblado te debía mucho… y no íbamos a darte a nuestra princesa, maldito viejo.

Kharmin lanzó una carcajada.

—No me culpes por intentarlo. Además… —se alzó de un salto— no era matrimonio lo que buscaba. ¿No lo crees?

—Eso decís todos los hombres.

—Pero no todos los enanos —sonrió, guiñándole un ojo.

—¿Se va usted ya, Abuelito Bajito? —chilló la niña, cuando el campamento lo vio erguirse como un roble.

Kharmin observó a los dos cachorros que sostenían sus viejos bastones, y asintió con una ternura inconmensurable. Los niños le ofrecieron sus armas como si fueran cetros.
Y él las recibió como si fueran juramentos.

Apenas tocó el Báculo de la Vida Feérica, cuando brotes verdes explotaron en flores radiantes. Hadas revolotearon entre los pétalos, portando néctar curativo y reproches. Una le dio una patada en el ojo. Otra le peinó la barba. Todas lloraban… y reían.

Luego, tomó el segundo bastón. Y el fulgor estalló.

Un cristal verde ardió desde su núcleo, iluminando la noche. Aves, serpientes, búhos y escarabajos llegaron. Y por último, los ratones: su ejército peludo, chillando de alegría, trepando por su cuerpo, anidando de nuevo en su barba. Habían vuelto a casa.

Lentamente, el druida sacó su vieja máscara de madera, tallada con un rostro demoniaco y se la colocó con solemnidad. Al pronunciar las palabras antiguas, la madera cubrió su cuerpo en una armadura viva: corteza, musgo, savia y fuerza primigenia.

Los murmullos comenzaron cuando los presentes reconocieron quien era en realidad el Anciano.

—¿Es el enano que llamó a la tormenta?

—¡El que hizo temblar la montaña bajo los dragones!

—¡El que invocó el rayo, la roca y el sol!

—¡Sus insectos devoraban ejércitos!

—Y dicen que le cuelga más allá de la rodilla…

Todos se giraron de golpe. El enano había dicho la última frase.

—¿Qué? —gruñó Kharmin— ¡Tampoco es tan raro eso en un enano!

Las risas estallaron. Y el terror se volvió ternura. Él también sabía tirar de los hilos.

—¿Y qué harás ahora, señor enano? —preguntó la anciana, entre risas calmadas.

Kharmin se giró, los bastones cruzados sobre los hombros. Ni temblor, ni tropiezo, ni duda mientras se alejaba hacia la oscuridad del bosque, solo dejó una respuesta colgada en el aire:

—Voy a matar dragones.
 
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