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Relatos de un anciano

Barabas

Enano con acento ruso
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(I) CAMINO

Barabas estaba sentado bajo el alero de la posada de Los Llanos, observando el ir y venir del pueblo. Los habitantes de Athkatla pasaban de un lado a otro ocupados en sus quehaceres mientras él apuraba una cerveza que hacía ya un buen rato que había dejado de estar fría.

La capitana del cabello verde cruzó la plaza con el rostro serio, absorta en sus pensamientos. En el campamento, el hombre de pelo blanco, líder de los Thalvarne, conversaba animadamente con el arquero al que todos llamaban "Tres Piernas". Por el camino del norte apareció la mujer de piel púrpura y cuernos, acompañada de aquel monje que parecía cambiar de ropa cada pocos días; ambos cargaban pesadas bolsas, sin duda fruto de alguna expedición. La segunda de las Shade, hermana de la sacerdotisa, paseaba con expresión meditabunda. Los dos pequeños hin, el herrero y la carpintera, recorrían la plaza buscando con evidente desesperación al caravanero, mientras el Hombre Oso, capaz de adoptar casi cualquier forma, discutía con la dracónida roja por el precio de unos brazales. La Dama Caballero del Guantelete lo observaba todo con la espalda apoyada en una columna.

Barabas esbozó una leve sonrisa. Había llegado a Los Llanos como un desconocido y, sin darse cuenta, aquellas caras, y muchas otras, se habían convertido en parte de su día a día. Le caía bien aquella gente.

No le temía a la muerte. Había visto morir a familia, amigos, compañeros y enemigos. Se había librado de ella más veces de las que parecía posible, y siempre había aceptado que alguien como él está obligado a convivir con ella. Últimamente, no obstante, pensaba no en la muerte, sino en lo que viene después.

A medida que notaba su agrio aliento en la nuca le venía más a la cabeza un nombre: Shaundakul, el que era conocido como el Jinete del Viento.

Nunca había sido muy devoto, pero había oído ese nombre muchas veces. En la boca de exploradores, druidas, caravaneros, viajantes y ermitaños ocultos en cerros perdidos. Y, de alguna manera, sentía que llevaba una vida honrando al dios sin ser demasiado consciente de ello.

Por eso había decidido emprender el viaje. Caminaría hacia el sur, sin más compañía que la de su escueto petate, su viejo arco y su fiel amigo Zula.

No pretendía obtener una revelación, ni descubrir un templo oculto, ni presenciar milagros ni señales místicas en el vuelo del halcón o la huella del corzo. Lo único que quería era caminar, dormir al raso, ayudar donde pudiera y pensar en su vida. En su pasado, en su presente y en su futuro, y sobre todo reflexionar sobre el Jinete. Volvería a Los Llanos, pero el viento diría cuándo.

Terminó la cerveza, apoyó la jarra en la mesa y se levantó con un crujido de las rodillas y un brillo animado en sus ojos marrón claro.

Se llevó dos dedos a la boca y silbó. Zula abrió los ojos, se desperezó y salió de la sombra de un arbusto para dirigirse a donde estaba su amigo.

Barabas se echó el petate a la espalda; pesaba poco. Se colocó el arco en el hombro con gesto natural. Miró al cielo, sonrió y echó a andar, con Zula siguiéndolo de cerca.

Sin destino, solo camino.

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Barabas

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(II) EL PICO DE LAS NUBES​


La idea había parecido sencilla cuando Barabas clavó el anuncio en la posada de Los Llanos.


Subir al Pico de las Nubes, contemplar Amn desde el techo del mundo y, a ser posible, regresar para contarlo.


Cinco fueron los que hicieron cumbre.


Aldric avanzó cubierto por su brillante armadura, en principio poco apropiada para escalar una montaña, pero bastante útil cuando las cosas se torcieron. Mithtyl caminó con el semblante cubierto y su habitual carácter reservado, desapareciendo y apareciendo cuando era necesario. Kastan demostró un tremendo ardor en la batalla, especialmente cuando atacaron los gigantes, y se enfrentó a ellos con una sonrisa en la boca. Y Liam... Liam tenía esa envidiable costumbre de hincar sus dagas donde más daño hacían, manchando de rojo la blanca nieve virgen.
Nyx emprendió la marcha con el grupo, pero tuvo que descolgarse requerida por asuntos mucho más importantes que acompañar a cinco necios a la cima de una montaña.
Barabas caminaba con ellos.

¿Y Zula?
Zula decidió que aquello era mucha cuesta y que no había ninguna necesidad, y se quedó abajo esperando al grupo, tumbado a la sombra de un abeto.


La subida resultó bastante más difícil de lo que Barabas había imaginado. El Pico de las Nubes parecía empeñado en recordarles que alcanzar su cima no consistía simplemente en caminar hacia arriba.


Primero fueron los kobolds alados. Después llegaron los ogros y los ettins. Y cuando el frío comenzó a colarse bajo las capas y cada paso costaba un poco más que el anterior, aparecieron los gigantes de hielo.


Hubo momentos en los que Barabas pensó que quizá había sido una mala idea, pero siguieron subiendo.


Cuando finalmente alcanzaron la cima, la noche todavía cubría buena parte de Amn. Estaban cansados, doloridos y ateridos de frío. Durante unos instantes ninguno dijo demasiado, ni falta que hizo.


Poco a poco, el horizonte comenzó a teñirse de naranja. Desde allí arriba las montañas parecían pequeñas, los bosques interminables y los caminos apenas finas líneas perdiéndose en la lejanía.


Barabas contempló en silencio cómo salía el sol. Miró a sus compañeros y esbozó una sonrisa. Después rebuscó en su petate y sacó lo que quedaba de su bocadillo.


Al monte se iba con bocata. Y a la cima del mundo, también.

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Barabas

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(III) LA MARCA DE MALAR

Barabas encontró la nota entre sus pertenencias al caer la tarde. No sabía quién la había dejado allí ni cuándo, aunque el pedazo de piel sobre el que estaba escrita daba algunas pistas sobre su autor. Las letras, irregulares y oscuras, habían sido trazadas con sangre.

“La Bestia observa, anciano... Reúnete en aquel lugar donde fuiste cazado en luna llena, a medianoche, tú solo.
Solo los fuertes son merecedores de la atención de El que Acecha.”


Barabas supo quién lo esperaba.

La primera vez que lo había visto fue en una cueva de la costa. De la oscuridad había surgido una criatura que todavía aparecía de vez en cuando en sus pesadillas: un hombre lobo blanco como la nieve y grande como una montaña, con intensos ojos ambarinos. Contra todo pronóstico, Barabas había conseguido salir de aquella cueva con vida.

Pensó entonces que no volvería a verlo, pero se equivocaba.

Tiempo después, mientras cazaba en lo profundo del bosque, volvió a encontrarse aquellos ojos de color ámbar. La criatura había regresado y Barabas había vuelto a convertirse en su presa. También aquella vez consiguió sobrevivir.

El tercer encuentro tuvo lugar en la espesura del bosque de Alandor, mientras restreaba a un grupo de trasgos. Aquella vez apareció con otra forma, pero Barabas reconoció sus ojos. De entre los árboles surgió un lobo blanco de un tamaño descomunal, y por tercera vez el viejo consiguió escapar.

No comprendía por qué aquella criatura lo perseguía, y tampoco tenía demasiadas ganas de descubrirlo, pero tres encuentros eran demasiados para ser casuales, y aquella nota dejaba claro que habría un cuarto.

Esta vez no pensaba esperar a que el lobo lo encontrase, y a medianoche llegó al lugar indicado en la nota, con Zula caminando junto a él.

Una figura aguardaba junto al agua, acompañada por un enorme lobo. Parecía un hombre, aunque había algo en él que hacía difícil considerarlo como tal. Era pálido, ancho y musculoso. Cicatrices y tatuajes trazados con sangre seca recorrían su torso desnudo y de su cuello colgaban huesos y trofeos de antiguas cacerías. Bajo la capucha brillaron aquellos ojos ambarinos.

—¿Cuál es tu nombre, lobo blanco? —dijo Barabas—. Siempre supe que no eras un ser corriente, pero no esperaba que pudieras hablar, mucho menos escribir. ¿Por qué me das caza?

La respuesta llegó con una voz grave, áspera, en la que todavía se intuía la presencia de la bestia.

—Caminas por tierra salvaje sin miedo, humano, y por ello fuiste seleccionado como una presa fuerte. Las emociones fuertes oprimen a la razón, pero tú supiste sobreponerte. Por tres veces, sobreviviste.

El hombre-animal le habló de la Gran Cacería y de la Bestia que Acecha. De cómo algunos eran elegidos como presas y perseguidos para demostrar su fuerza frente al acechador.

—Sirvo a la Bestia que Acecha, a Malar —continuó el desconocido—. Soy uno de sus bendecidos y cazadores supremos.

Barabas había oído hablar de Malar muchas veces, alrededor de hogueras y en boca de hombres del bosque. También conocía suficientes historias sobre sus seguidores como para saber que recibir su atención rara vez terminaba bien.

El cazador supremo habló de la fuerza y de la lucha eterna entre perseguidor y presa. Barabas había sido cazado y seguía allí.

Entonces el servidor de Malar le pidió que se acercara, y el explorador avanzó. El ser levantó una garra y la apuntó al rostro del viejo.

Barabas vio acercarse aquella uña gruesa y afilada y sintió cómo recorría su mejilla, abriendo la carne y dejando salir la sangre, que descendió por su rostro. El viejo no se movió.

—Ahora llevas la marca de la Bestia —dijo el licántropo—. Has sobrevivido a la Gran Cacería y esta reconoce tu valor. Eres fuerte, anciano, y esta marca es prueba de ello.

Barabas se llevó una mano a la mejilla y observó la sangre en sus dedos. A continuación, el lobo-hombre le entregó un colgante con un enorme colmillo y, envuelto en cuero, un arco largo, antiguo, decorado con runas tribales y pequeños huesos.

—¿Significa esto que dejarás de perseguirme?

—Eres libre de la Gran Cacería. Pero recuerda, anciano: si interfieres con ella, volverás a ser presa.

Barabas asintió lentamente y observó a la figura desaparecer en las sombras.

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Barabas

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(IV) VOLVER A APRENDER

Y aconteció que, aunque Barabas había alcanzado ya una edad en la que muchos hombres abandonan los caminos inciertos y buscan descanso junto al fuego, su corazón aún conservaba el deseo de aprender. Pues había comprendido que en los senderos de la naturaleza ningún caminante llega jamás al final de su conocimiento.

Y fue entonces que Loreliel la Plateada, guardiana tricentenaria de Álandor y maestra de incontables sendas, lo tomó como aprendiz en el camino del Explorador.

No lo hizo por considerar que Barabas mostrase poca preparación, pues sabía bien que aquel anciano había sobrevivido a muchos inviernos y que sus ojos habían visto más de lo que sus palabras contaban. Lo hizo porque reconocía en él aquello que pocas veces encontraba incluso entre los jóvenes: la humildad de quien todavía desea aprender.

Así comenzaron sus jornadas.

Loreliel le enseñó primero a caminar.

No a caminar como lo hace un hombre que atraviesa un bosque, pues aquello Barabas lo había hecho durante buena parte de su vida, sino como quien pertenece a él. Le ayudó a recuperar viejos hábitos que los años de retiro habían adormecido y a contemplarlos desde una perspectiva diferente. Volvió a cuidar dónde posaba el pie para no quebrar una rama, a aprovechar la sombra de un tronco, a moverse cuando las hojas estaban secas y a avanzar cuando la lluvia había borrado los sonidos del suelo.

—No luches contra el bosque —le decía—. Aprende a moverte con él.

Después le enseñó a observar de nuevo.

Ante una huella, Loreliel podía permanecer largos minutos en silencio. No miraba solamente la marca dejada sobre el barro, sino aquello que la rodeaba: una hoja desplazada, una rama quebrada, la dirección de una hierba doblada, la humedad de la tierra, incluso el comportamiento de los insectos.

—Un rastro nunca está solo —le enseñaba—. Quien sabe mirar encuentra la historia que dejó tras de sí.

Y Barabas volvió a seguir aquellas historias, descubriendo en ellas detalles que incluso durante sus años como batidor habrían podido pasarle inadvertidos.

Recuperó la familiaridad con el paso de las criaturas y volvió a reconocer cuándo una huella era reciente y cuándo había sido alterada por el viento o la lluvia. Pero bajo la mirada de Loreliel aprendió también a encontrar diferencias donde antes habría visto rastros semejantes y a seguir durante largas horas señales que en otros tiempos habría considerado perdidas, pues ella le repetía que la paciencia era una de las armas más poderosas del explorador.

También le enseñó a observar antes de actuar.

En ocasiones ambos permanecían ocultos durante horas, contemplando desde lejos un campamento, una criatura o un sendero. Loreliel no permitía que Barabas se precipitara.

—Antes de decidir qué hacer, debes saber qué estás viendo. Y antes de saber qué estás viendo, debes aprender a esperar.

Aquello no era completamente nuevo para el anciano. Muchos años atrás esperar y observar habían formado parte de su oficio. Pero Loreliel le enseñó a recuperar aquella paciencia y a comprenderla de otra manera: no sólo como una herramienta para sobrevivir o anticiparse a un enemigo, sino como una forma de comprender cuanto sucedía a su alrededor.

El anciano comprendió entonces que explorar no consistía únicamente en encontrar caminos.

Consistía en comprenderlos.

Mas las enseñanzas de Loreliel no terminaban en los sentidos. También le mostró cómo la naturaleza podía convertirse en aliada de quien supiera respetarla.

Una mañana, junto a un viejo roble, Loreliel tomó un pequeño fragmento de corteza que había caído naturalmente al suelo. Lo sostuvo entre sus dedos y cerró los ojos.

Pronunció entonces una antigua invocación a Silvanus, y por un instante pareció que el espíritu del bosque respiraba a través de ella. La corteza se iluminó con un tenue resplandor verde y las fuerzas de la naturaleza envolvieron su cuerpo.

—Piel Robliza —dijo.

Y la piel de Loreliel adquirió por un momento la dureza y resistencia de la madera antigua.


Luego tomó tierra y elevó una oración al Bosque, la regó sobre sus pies, acudiendo al sortilegio de la zancada para moverse rápida y ligera en terreno Natural.

Barabas contempló aquello.

—La naturaleza no es una herramienta —le explicó ella—. Es una compañera. Si tomas algo de ella, hazlo con respeto. Y recuerda siempre para qué lo haces.

Después vinieron las pruebas del cuerpo.

Loreliel hizo caminar a Barabas durante largas jornadas, subir pendientes, cruzar ríos, avanzar bajo la lluvia, trepar árboles a mano limpia, meditar en el frío de los Picos de las Nubes y recorrer senderos escarpados. El cuerpo del anciano recordó poco a poco esfuerzos que había conocido bien durante gran parte de su vida. Recuperó resistencia y agilidad perdidas durante sus años de retiro y, bajo la guía de Loreliel, perfeccionó la forma de conservar fuerzas, respirar correctamente y continuar avanzando cuando el cuerpo pedía descanso.

Pero jamás confundió resistencia con violencia.

—El explorador no vence al bosque —decía—. Permanece en él más tiempo que quien pretende dominarlo.

Y cuando el cuerpo estaba cansado, comenzaba otra enseñanza.

Loreliel hacía sentarse a Barabas bajo los árboles y le ordenaba cerrar los ojos.

Durante largos minutos no debía hacer nada.

Escuchar.
Respirar.
Sentir el viento.
Reconocer los sonidos.
Dejar pasar los pensamientos.

Barabas conocía desde hacía muchos años la importancia de mantener la cabeza fría. La vida como batidor se había encargado de enseñárselo de formas mucho menos amables. Loreliel, sin embargo, convirtió aquel viejo instinto en disciplina y le mostró otra forma de entenderlo, pues un explorador podía tener buenos ojos y piernas fuertes, pero si su mente se precipitaba, todos sus dones podían llevarlo a la muerte.

—Cuando llegue el peligro —le dijo una tarde—, no preguntes primero qué puedes hacer. Pregunta qué debe hacerse y mantén la compostura, pues una mente en estado de ira o desespero toma malas decisiones.

Barabas guardó aquellas palabras en lo más profundo de su memoria.

Y así pasaron las lunas.

El anciano seguía siendo un hombre de edad muy madura, y Loreliel sabía que nunca tendría la juventud de aquellos que comenzaban a recorrer los senderos del Enclave. Pero también sabía que algunas virtudes solamente nacen después de muchos inviernos.

Porque mientras otros aprendían a correr, Barabas aprendía de nuevo a esperar.

Mientras otros buscaban demostrar su fuerza, él recordaba cómo conservarla.

De este modo, bajo la guía de la Loba Plateada, el viejo explorador recuperó caminos que creía dejados atrás y descubrió que aún quedaban muchos otros por recorrer.

Y Loreliel, que había visto pasar casi tres siglos bajo las ramas de Álandor, encontró también una enseñanza en aquel vínculo:

Que ningún guardián es demasiado viejo para aprender, ni ningún maestro ha caminado tanto como para dejar de descubrir nuevos senderos.

Mas hubo una enseñanza que Loreliel guardó para los días en que Barabas hubiese recuperado la soltura con la que antaño caminaba entre los árboles, pues sabía que ser explorador del Enclave Esmeralda era algo más que conocer senderos, seguir huellas o sobrevivir en tierras salvajes.

Era aprender a pertenecer a ellas.

Una mañana, mientras el sol apenas doraba las cumbres de Álandor, Loreliel llevó a Barabas hasta un antiguo manantial. Allí permaneció en silencio y dejó que el agua corriera entre sus manos.

—Escucha —dijo—. No todo cuanto vive habla con palabras.

Y le enseñó que, para los Lythari, la montaña, el río, el viento y los bosques no eran simples lugares por los que se transitaba, sino presencias antiguas que merecían respeto. Cada uno poseía su propio espíritu, su propio carácter y su lugar dentro del gran equilibrio de la vida.

Barabas aprendió entonces a detenerse ante una montaña antes de cruzarla; a agradecer al río antes de beber de sus aguas; a guardar silencio cuando el viento atravesaba las copas de los árboles y a reconocer en el bosque algo más profundo que madera, hojas y sombra.

También aprendió de Loreliel el significado de la caza.

Cuando un animal caía bajo su arco, ella no lo recibía como un simple trofeo. Se inclinaba ante él y pronunciaba unas palabras de gratitud, reconociendo el sacrificio de aquella criatura cuya vida alimentaría otra vida.

—No desperdicies aquello que el bosque te entrega —le enseñó—. Si una vida ha sido tomada para sostener la nuestra, debemos honrarla utilizando todo cuanto pueda servir.

La carne sería alimento; la piel, abrigo; los huesos, herramientas; y nada sería tomado por vanidad.

Después, Loreliel llevaba semillas consigo en sus viajes. Allí donde encontraba tierra fértil y un lugar donde una nueva vida pudiera arraigar, hundía algunas en el suelo.

—No basta con tomar de la tierra —decía—. Quien camina en armonía con ella también debe devolverle algo.

Y Barabas comenzó a comprender.

Aprendió que el verdadero espíritu Lythari no consistía en dominar la naturaleza, ni siquiera en protegerla desde lejos.

Consistía en vivir dentro de su ciclo.

Caminar sin destruir.
Cazar sin despreciar.
Tomar sin agotar.
Beber sin ensuciar.
Sembrar donde pudiera crecer la vida.

Y dejar siempre tras de sí un bosque capaz de recibir el amanecer.

Así, poco a poco, Barabas dejó de mirar Álandor como un territorio que debía recorrer.

Comenzó a contemplarlo como un hogar vivo, antiguo y sagrado, del cual él mismo formaba parte.
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