DM Cachopo
Pitillo desechado de Talivia
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En las últimas dekhanas, un silencio enfermo se ha posado sobre los caminos que rodean la Ciudad de la Moneda. Los aldeanos de fincas cercanas se desvanecen sin aviso, tragados por la oscuridad como si nunca hubiesen existido. Primero fue el molinero, luego una familia entera que marchaba al mercado, y anoche, dicen, la hija del herrero fue vista por última vez junto al río, justo antes de que la niebla la tragara.
Lo único que queda tras cada desaparición es un rastro imposible: un olor a especias, denso y dulce, que se cuela entre las rendijas de las puertas. Canela, clavo, y algo más, algo que nadie reconoce, pero que revuelve el estómago y hiela la sangre. Algunos juran que el aroma se adhiere a la piel, como si la propia muerte tuviera fragancia.

Hoy, la plebe se ha congregado frente al cuartel de la guardia. Llovizna una ceniza fina, y las antorchas chispean entre los gritos. Los campesinos golpean los portones con sus herramientas, exigiendo respuestas. Un guardia, con el rostro pálido y la mirada perdida, intenta hablar, pero su voz se ahoga en la marea de furia y miedo.
-¡Haced algo, maldita sea! Ruge un anciano, señalando el aire.
- ¡Nos están llevando uno a uno!
Cuando cae la noche, el tumulto se apaga. La plaza queda vacía, las antorchas se consumen en su propio humo… y en la calma posterior, el viento trae de nuevo ese perfume maldito. Un susurro invisible que se arrastra por las calles y promete que alguien más desaparecerá antes del amanecer.
Lo único que queda tras cada desaparición es un rastro imposible: un olor a especias, denso y dulce, que se cuela entre las rendijas de las puertas. Canela, clavo, y algo más, algo que nadie reconoce, pero que revuelve el estómago y hiela la sangre. Algunos juran que el aroma se adhiere a la piel, como si la propia muerte tuviera fragancia.

Hoy, la plebe se ha congregado frente al cuartel de la guardia. Llovizna una ceniza fina, y las antorchas chispean entre los gritos. Los campesinos golpean los portones con sus herramientas, exigiendo respuestas. Un guardia, con el rostro pálido y la mirada perdida, intenta hablar, pero su voz se ahoga en la marea de furia y miedo.
-¡Haced algo, maldita sea! Ruge un anciano, señalando el aire.
- ¡Nos están llevando uno a uno!
Cuando cae la noche, el tumulto se apaga. La plaza queda vacía, las antorchas se consumen en su propio humo… y en la calma posterior, el viento trae de nuevo ese perfume maldito. Un susurro invisible que se arrastra por las calles y promete que alguien más desaparecerá antes del amanecer.
Offtopic :
Rumor abierto para todo aquel que quiera participar, durante estos dias ire haciendo ambientaciones relacionadas para ir cocinando la tramilla poco a poco. Me teneis tanto en Discord como por MD para lo necesiteis







