farraces
Bug de oscuridad
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CONOCIENDO A VESPER RIORDAN
El sol de la mañana apenas comenzaba a calentar las calles adoquinadas de Athkatla cuando el clérigo de Ilmater, el Padre Dick Cars, salió del Hospicio de San Annur. Su porte era humilde, su túnica gris remendada y sus manos callosas por el trabajo, pero sus ojos azules brillaban con la fe inquebrantable en el Dios del Aguante. Se dirigía a los llanos, donde le esperaba un ruidoso carruaje con destino a Purskul.
Dirk pagó su tarifa con unas pocas monedas y se apretujó entre una campesina dormitana y un mercader de especias algo malhumorado. El traqueteo del carruaje se convirtió en un monótono arrullo a medida que dejaban atrás los altos muros de Athkatla y se adentraban en el polvoriento camino de la campiña.
El viaje transcurría sin incidentes hasta que, al cruzar un paso estrecho flanqueado por densos matorrales, un grito áspero y el chirrido de las ruedas al frenar rompieron la paz.
—¡Alto ahí! ¡Las bolsas o la vida! —gritó una figura encapuchada, bloqueando el camino con una ballesta tosca. Tres más emergieron rápidamente de la maleza, con armas oxidadas y rostros cubiertos por pañuelos. Eran bandidos, la amenaza era muy real.
El pánico se apoderó de los pasajeros. El mercader empezó a balbucear y la campesina se encogió. El conductor del carruaje, un hombre corpulento, levantó las manos.
Pero el Padre Dick no tembló. Ilmater, el Dios del Aguante, enseñaba a soportar el dolor y a proteger a los inocentes. Murmurando una rápida oración de auxilio divino, Dick extendió sus manos y sintió el torrente de energía sagrada. La magia de la fe se manifestó no como un destello de luz, sino como un rugido sordo.
Una densa neblina mágica se condensó junto al carruaje, y de ella se materializó una silueta inconfundible: un gran oso pardo. Era una manifestación espiritual, pura fuerza de la naturaleza imbuida de la protección de Ilmater.
El oso, con un gruñido profundo que hizo temblar el suelo, cargó contra el grupo de bandidos. El primer atracador soltó un alarido de terror y dejó caer su ballesta. Los otros tres, al ver a la criatura de pelaje oscuro y ojos llameantes, no se quedaron a luchar por unas pocas monedas. Dispersándose como conejos asustados, se zambulleron en los arbustos y desaparecieron.
Dick, agotado pero tranquilo, hizo un gesto con la cabeza. La forma del oso se desdibujó y se disipó como humo. El silencio que quedó fue aún más espeso que la neblina anterior.
El conductor y los pasajeros miraron al clérigo con una mezcla de asombro y profundo respeto.
—Gracias, Padre —dijo el mercader, secándose el sudor de la frente—. Ha... ha sido la bendición de su dios, ¿verdad?
—Ha sido el poder de la fe y la necesidad de proteger —respondió Dick, recogiendo su pequeño hatillo—. Sigamos, si no os importa.
El resto del viaje a Purskul transcurrió en un silencio solemne. Al llegar, Dick se despidió de sus agradecidos compañeros. No se dirigió a un templo ni a una posada, sino a los campos más allá de los muros. Su misión de socorro le exigía recaudar provisiones.
Con un suspiro de satisfacción, el clérigo se arrodilló junto a un seto cubierto de espinas. Bajo el sol de la tarde, comenzó a recoger pacientemente las bayas maduras, el fruto humilde de la tierra que alimentaría a los necesitados en San Annur. La paz de la tarea era un pequeño y merecido descanso después de su encuentro con la violencia en el camino.
Mientras el Padre Dick se afanaba entre los arbustos de bayas a las afueras de Purskul, de vuelta en Athkatla, un joven de aspecto vivaz llamado Vésper Riordan se acercó al tablón de anuncios de los llanos.
Dick, había dejado una nota detallada antes de partir: "Clérigo Dick, Se buscan guías con conocimiento del territorio y flora local para la recolección de ingredientes de pociones"
Vésper, con sus ojos rápidos y sus ropas de viajero curtido, leyó el aviso y sonrió. No era un erudito, pero conocía los caminos y las hierbas de la región de la Costa de la Espada como la palma de su mano.
Se presentó ante las Hermanas de San Annur, que le dieron la ubicación exacta donde Dick estaría recolectando bayas y lo enviaron con instrucciones precisas.
Vésper llegó a Purskul a la mañana siguiente. Localizó fácilmente a Dick, a quien reconoció por su túnica gris y por estar arrodillado diligentemente junto a un seto espinoso.
—¿Padre Dick Cars, clérigo de Ilmater? —preguntó Vésper, acercándose con respeto.
Dick se irguió, limpiándose la tierra de las manos. —¿Si?
Me llamo Vésper Riordan. Entiendo que buscáis ayuda con las plantas. Los arbustos frutales son un buen inicio, pero sé dónde crecen muchas variedades de plantas, para hacer pociones mucho más potentes y rentables.
Dick sonrió, una expresión de alivio genuino. —Ilmater es bondadoso. Necesitamos medicinas eficaces para los enfermos y heridos del hospicio. Mis habilidades con la fe pueden crear las pociones, pero mi conocimiento de la flora se limita a lo básico.
Vésper se acercó un poco más, hablando en voz baja y con pragmatismo. —El trato que propongo : yo os guiaré a las mejores zonas, os ayudaré a recolectar y me encargaré de la seguridad en los caminos más remotos. A cambio, me llevaré un pequeño porcentaje de las ganancias netas de cada poción que vendáis o uséis en la ciudad, una vez descontados los costes. No busco caridad, Padre, busco un negocio.
Dick le tendió la mano con firmeza. —Es un trato justo. El Aguante trae consigo la perseverancia. Vuestra ayuda nos permitirá aumentar la producción y aliviar más sufrimiento. ¿Cuándo podemos empezar a buscar las plantas más… interesantes?
Vésper aceptó el apretón. —Tan pronto como hayáis terminado con esas bayas.
Así, el clérigo y el astuto guía de caminos sellaron su alianza bajo el cielo de Purskul, listos para adentrarse en la peligrosa búsqueda de los ingredientes que curarían a los desfavorecidos de Athkatla.
Continuará......
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