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El diario de un Alma Sufriente

farraces

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CONOCIENDO A VESPER RIORDAN

El sol de la mañana apenas comenzaba a calentar las calles adoquinadas de Athkatla cuando el clérigo de Ilmater, el Padre Dick Cars, salió del Hospicio de San Annur. Su porte era humilde, su túnica gris remendada y sus manos callosas por el trabajo, pero sus ojos azules brillaban con la fe inquebrantable en el Dios del Aguante. Se dirigía a los llanos, donde le esperaba un ruidoso carruaje con destino a Purskul.
Dirk pagó su tarifa con unas pocas monedas y se apretujó entre una campesina dormitana y un mercader de especias algo malhumorado. El traqueteo del carruaje se convirtió en un monótono arrullo a medida que dejaban atrás los altos muros de Athkatla y se adentraban en el polvoriento camino de la campiña.
El viaje transcurría sin incidentes hasta que, al cruzar un paso estrecho flanqueado por densos matorrales, un grito áspero y el chirrido de las ruedas al frenar rompieron la paz.

¡Alto ahí! ¡Las bolsas o la vida! —gritó una figura encapuchada, bloqueando el camino con una ballesta tosca. Tres más emergieron rápidamente de la maleza, con armas oxidadas y rostros cubiertos por pañuelos. Eran bandidos, la amenaza era muy real.
El pánico se apoderó de los pasajeros. El mercader empezó a balbucear y la campesina se encogió. El conductor del carruaje, un hombre corpulento, levantó las manos.
Pero el Padre Dick no tembló. Ilmater, el Dios del Aguante, enseñaba a soportar el dolor y a proteger a los inocentes. Murmurando una rápida oración de auxilio divino, Dick extendió sus manos y sintió el torrente de energía sagrada. La magia de la fe se manifestó no como un destello de luz, sino como un rugido sordo.
Una densa neblina mágica se condensó junto al carruaje, y de ella se materializó una silueta inconfundible: un gran oso pardo. Era una manifestación espiritual, pura fuerza de la naturaleza imbuida de la protección de Ilmater.
El oso, con un gruñido profundo que hizo temblar el suelo, cargó contra el grupo de bandidos. El primer atracador soltó un alarido de terror y dejó caer su ballesta. Los otros tres, al ver a la criatura de pelaje oscuro y ojos llameantes, no se quedaron a luchar por unas pocas monedas. Dispersándose como conejos asustados, se zambulleron en los arbustos y desaparecieron.
Dick, agotado pero tranquilo, hizo un gesto con la cabeza. La forma del oso se desdibujó y se disipó como humo. El silencio que quedó fue aún más espeso que la neblina anterior.

El conductor y los pasajeros miraron al clérigo con una mezcla de asombro y profundo respeto.
—Gracias, Padre —dijo el mercader, secándose el sudor de la frente—. Ha... ha sido la bendición de su dios, ¿verdad?

—Ha sido el poder de la fe y la necesidad de proteger —
respondió Dick, recogiendo su pequeño hatillo—. Sigamos, si no os importa.
El resto del viaje a Purskul transcurrió en un silencio solemne. Al llegar, Dick se despidió de sus agradecidos compañeros. No se dirigió a un templo ni a una posada, sino a los campos más allá de los muros. Su misión de socorro le exigía recaudar provisiones.
Con un suspiro de satisfacción, el clérigo se arrodilló junto a un seto cubierto de espinas. Bajo el sol de la tarde, comenzó a recoger pacientemente las bayas maduras, el fruto humilde de la tierra que alimentaría a los necesitados en San Annur. La paz de la tarea era un pequeño y merecido descanso después de su encuentro con la violencia en el camino.

Mientras el Padre Dick se afanaba entre los arbustos de bayas a las afueras de Purskul, de vuelta en Athkatla, un joven de aspecto vivaz llamado Vésper Riordan se acercó al tablón de anuncios de los llanos.
Dick, había dejado una nota detallada antes de partir: "Clérigo Dick, Se buscan guías con conocimiento del territorio y flora local para la recolección de ingredientes de pociones"
Vésper, con sus ojos rápidos y sus ropas de viajero curtido, leyó el aviso y sonrió. No era un erudito, pero conocía los caminos y las hierbas de la región de la Costa de la Espada como la palma de su mano.
Se presentó ante las Hermanas de San Annur, que le dieron la ubicación exacta donde Dick estaría recolectando bayas y lo enviaron con instrucciones precisas.

Vésper llegó a Purskul a la mañana siguiente. Localizó fácilmente a Dick, a quien reconoció por su túnica gris y por estar arrodillado diligentemente junto a un seto espinoso.
—¿Padre Dick Cars, clérigo de Ilmater? —preguntó Vésper, acercándose con respeto.
Dick se irguió, limpiándose la tierra de las manos. —¿Si?
Me llamo Vésper Riordan. Entiendo que buscáis ayuda con las plantas. Los arbustos frutales son un buen inicio, pero sé dónde crecen muchas variedades de plantas, para hacer pociones mucho más potentes y rentables.
Dick sonrió, una expresión de alivio genuino. —Ilmater es bondadoso. Necesitamos medicinas eficaces para los enfermos y heridos del hospicio. Mis habilidades con la fe pueden crear las pociones, pero mi conocimiento de la flora se limita a lo básico.
Vésper se acercó un poco más, hablando en voz baja y con pragmatismo. —El trato que propongo : yo os guiaré a las mejores zonas, os ayudaré a recolectar y me encargaré de la seguridad en los caminos más remotos. A cambio, me llevaré un pequeño porcentaje de las ganancias netas de cada poción que vendáis o uséis en la ciudad, una vez descontados los costes. No busco caridad, Padre, busco un negocio.
Dick le tendió la mano con firmeza. —Es un trato justo. El Aguante trae consigo la perseverancia. Vuestra ayuda nos permitirá aumentar la producción y aliviar más sufrimiento. ¿Cuándo podemos empezar a buscar las plantas más… interesantes?
Vésper aceptó el apretón. —Tan pronto como hayáis terminado con esas bayas.

Así, el clérigo y el astuto guía de caminos sellaron su alianza bajo el cielo de Purskul, listos para adentrarse en la peligrosa búsqueda de los ingredientes que curarían a los desfavorecidos de Athkatla.
Continuará......

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PLEGARIA COMUNITARIA DE LA TRIADA ( MISA )

Una Quietud que Precede al Bálsamo
Una quietud profunda, casi reverente, se había adueñado de nuestra pequeña capilla en el Hospicio de San Annur. No era el silencio de la ausencia, sino el de una espera tensa, la que siempre precede a un bálsamo para el espíritu.

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Miré a los habituales: los heridos, los afligidos, algunos vecinos con la carga visible de sus vidas. Llenaban los bancos, y sus susurros cesaron en el instante exacto en que yo, Dick Cars, clérigo de Ilmater, me coloqué frente al altar.
Fue un comienzo despojado de toda pompa. Solo el silencio como lienzo.
Sobre el altar de madera desgastada, dispuse los tres emblemas que nos sostienen: el guantelete azul y blanco de Torm, El Leal; las balanzas de Tyr, El Justo; y, por supuesto, la icónica imagen de las manos atadas de nuestro Dios Roto, Ilmater.
Encendí la única vela. Su llama proyectó sombras largas que parecían bailar con la seriedad del momento.
Los Pilares que Nos Sostienen
Mi homilía no se anduvo con rodeos. Hablé de la Tríada Bendita como los tres pilares que nos sostienen.

Abrí con Torm. Fue un puñetazo en la mesa, una llamada directa al deber. "El deber no es una carga, sino el ancla que nos mantiene firmes en la tormenta de la vida", sentencié, y los hice repetir el juramento.
El coro de voces, en su mayoría roncas por la enfermedad o el cansancio, resonó con una fuerza sorprendente: "Juro lealtad al Bien y al Servicio desinteresado. Que así sea."

Levanté el puño, un gesto firme, no de amenaza, sino de compromiso inquebrantable con el servicio que profesamos.
Luego vino la transición a Tyr. Les recordé que la lealtad sin verdad es ciega. El ambiente se tornó reflexivo; los insté a mirar la injusticia que tenían más cerca, la herida personal o el mal presenciado. No buscamos venganza, sino Rectificación. Hubo un murmullo de cabezas inclinadas y manos unidas, un momento de oración silenciosa donde cada uno enfrentó el peso de sus propias batallas.

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La Compasión de Ilmater
El punto culminante fue, por supuesto, la invocación a nuestro Señor, Ilmater, El Que Perdura.
Tomé un cordón rojo, pasándolo entre mis manos, el color del sufrimiento aceptado. Mi voz, que había sido firme con Torm y grave con Tyr, se volvió ahora compasiva, casi un susurro.

"Ayuden a todos los que sufren, no importa quiénes sean" cité. Les expliqué nuestra enseñanza central, compartir el dolor, no para que duela más, sino para que duela menos para la víctima.
Fue un llamado a los oprimidos, a los enfermos, a los que cargan con el dolor del mundo. Al levantar mis manos en una súplica amplia, sentí mi bendición hacerse tangible. Pude ver la esperanza filtrándose en los rostros abatidos, especialmente en los ancianos y los niños.
"Tu dolor es visto. Tu carga es compartida. Persevera, el fin de tu tormento está cerca"

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La despedida fue la bendición tripartita, un recordatorio conciso y esencial:
* Que el Deber de Torm los guíe.
* Que la Justicia de Tyr los proteja.
* Y que la Compasión de Ilmater les dé la fuerza para perseverar.

Al salir, la mayoría dejó la capilla con la cabeza un poco más alta. Escuché un par de monedas caer con un tintineo en el pequeño cofre de donaciones junto a la puerta. Más importante que el oro, mi pequeña misa había dejado algo mucho más valioso en el ambiente del hospicio, la certeza de que, incluso en el rincón más humilde, hay un ancla firme que nos ayuda a soportar las tormentas de la vida.

CONTINUARA......
 

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CONOCIENDO A ARENEL CARAX

Los dioses tienen formas sutiles de recordarte las pequeñas alegrías de la vida, incluso cuando el camino está lleno del sufrimiento que Ilmater nos pide aliviar. Y así fue como, en una tarde ya metida la noche y sorprendentemente apacible en los llanos de Athkatla, me encontré con una de esas bendiciones.

Estaba yo,
Dick Cars, volviendo de dentro de las murallas de la ciudad , cuando vi a una dama hablando con mi amigo Vesper . Su nombre es Arenel Carax, y desde el primer instante me resultó excepcionalmente simpática, educada y amable.

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La conversación fluyó con una naturalidad que rara vez encuentro. No sé qué nos hizo conectar de esa forma, pero la ligereza de su espíritu me envolvió. Me sentí profundamente cómodo en su presencia, una sensación de paz y bienestar que se agradece enormemente. Fue un diálogo fácil y agradable, libre de las cargas que a menudo pesan sobre mi corazón de clérigo.

Pero la prueba definitiva de su dulzura llegó con mi compañero más fiel,
Manitas, mi viejo y sabio gato. Arenel no solo lo toleró, sino que jugó con él y le ofreció caricias que mi peludo amigo aceptó con su característica y selectiva efusividad. Ver la interacción de esa dama tan gentil con mi gato, ver cómo la encantó a él también, me reafirmó lo especial del encuentro.

Fue, en una palabra, una dulzura. La amabilidad con la que trata a una criatura pequeña y silenciosa dice más de una persona que mil palabras. Me retiré de ese encuentro con un espíritu ligero, agradecido por haber conocido a una persona tan agradable como Arenel Carax. Sin duda, un día digno de ser recordado y un alivio en la senda de Ilmater.


CONTINUARA...

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La Limpieza Sagrada de Athkatla: Un Diario de Dolor y Deber

El sol se había rendido ante la noche cuando nos acercamos al Cementerio del Corazón en Athkatla.

La niebla, fría y espesa, era como el aliento helado de los dioses olvidados. Siempre siento una punzada especial al entrar en un lugar así; aquí el sufrimiento es doble, el de las almas que no encuentran descanso y el de los vivos que lloran su pérdida.

Me acompañaban dos almas fieles, el hermano Velarion, nuestro caballero de Ilmater, y el intrépido Talkir Holl, un Caballero que sirve con fervor al Guantelete Justo, Torm.

Miré a mis hermanos. Talkir Holl, vuestra espada es el mandato de la ley.
Velarion, vuestro cuerpo es un faro de compasión. Recordad mis palabras, no destruimos, sino que liberamos.

Estos no-muertos son almas encadenadas. Nuestra hoja es la llave, y nuestro rezo el bálsamo.

El Caballero de Torm Talkir Holl, con su armadura brillando bajo la luz del farol, asintió con esa firmeza que solo da el servicio al deber.

Dick Cars -mi lealtad es inquebrantable contra esta corrupción. El mal debe ser extirpado sin vacilación. Empecemos-

La Entrada y la Primera Cosecha de Almas

Apenas habíamos cruzado la verja cuando el gemido de los zombis rompió el silencio. Carne podrida que se arrastraba, un espectáculo que siempre me recuerda el cruel ingenio de los nigromantes.

El Caballero de Torm Talkir Holl cargó primero, como era de esperar. Su gran espada era un torbellino de justicia imparcial. Un golpe a la cabeza, un mandato divino, y la criatura caía hecha jirones. Su lucha es limpia, rápida, y con el único objetivo de eliminar la amenaza.

Pero yo y el hermano Velarion tenemos un camino diferente. Un zombi se abalanzó sobre el Caballero de Ilmater Velarion. En lugar de cortarlo en dos, Velarion lo inmovilizó con un golpe controlado y luego, con su escudo como parapeto, lo perforó con su estoque. Vi el gesto de mi hermano, no era un asesinato, sino un acto de redención forzada.
Al caer el zombi, Velarion se arrodilló, y un pequeño destello de mi propia fe bendijo sus restos. Sentir el dolor de la criatura moribunda, y luego la paz al final, es la esencia de nuestra fe.

-Persevera, Señor del Lamento, para que su dolor termine- murmuró Velarion.

Mientras ellos luchaban, me centré en mi tarea principal, purificar. Recité un breve encantamiento y tracé un Círculo de Protección en el suelo de tierra -Que este lugar se resista al mal-

El Lamento y la Gracia

Más adentro, el aire se puso pesado. Vimos los esqueletos (cascarones sin mente) custodiando un mausoleo.

Y entonces, la oímos, una Alma en Pena, flotando con un aura de desesperación. Su grito, cuando lo lanzó, no fue solo sonido, sino un cuchillo de pena pura que atravesó mi espíritu.

El Caballero de Torm Talkir Holl arremetió contra los esqueletos. Su arma, ahora con una llamarada que la recorría entera, desintegraba los huesos al contacto. Él es el Deber hecho carne, para él, estos entes son una afrenta al orden natural, y su aniquilación es la única respuesta leal.

Yo no podía permitir que ese espíritu incorpóreo sufriera más. El Caballero de Ilmater Velarion se puso frente a mí, consciente de que un espíritu de esa naturaleza se alimenta del miedo y la agonía. Sentí su dolor físico por el toque de frío, pero él se mantuvo firme.

El sufrimiento aceptado es un escudo.
Con Velarion protegiéndome, alcé mis manos atadas, símbolo de mi voto de sufrimiento vicario. La luz que emanó de mi icono no era la furia de Torm, sino un brillo cálido, como una lágrima. Apunté al espíritu.

¡Has sufrido bastante, criatura! ¡Deja tu dolor y encuentra el perdón!" rogué. La Espectro se retorció, no por ser quemada, sino por ser consolada.
Su lamento se ahogó, se hizo un suspiro, y entonces se disolvió en paz, no en cenizas ni en rabia. Se había ido al fin.

El Momento del Reposo y la Última Carga

Nos detuvimos. Era imperativo reponer nuestras fuerzas y bendecir el camino andado. Me arrodillé en una losa rota.
"Un momento, hermanos. Oremos."
Mientras recitaba la Bendición Mayor, El Caballero de Torm Talkir Holl se mantuvo de pie. Él es el vigía, la Alerta Constante. No rezó conmigo, pero su deber de protegerme era su oración. Sus ojos escrutaban la oscuridad, no permitía ni una sola sombra. Es el equilibrio perfecto, yo traigo el consuelo, él mantiene el orden para que ese consuelo sea posible.

Talkir Holl no tardó en verlo. Una sombra más grande se movía tras una cripta, un Horror Sanguinario. Talkir Holl no esperó a que terminara mi rezo. Se abalanzó, su ataque rápido y contundente sorprendió a la bestia, que perdió una extremidad putrefacta.
Pero esto fue la señal. De las tumbas surgieron una docena de Espectros, con sus fríos toques listos para robar la vida.

-¡A mí, hermanos!- grité, sintiendo la oleada de poder. Invoqué la Luz del Amanecer. Un resplandor dorado nos envolvió, y los espectros retrocedieron, incapaces de soportar tanta pureza.

El Caballero de Ilmater Velarion aprovechó el momento. Se lanzó hacia los espectros, dejando deliberadamente que su armadura absorbiera un par de toques helados.
-¡Mi dolor a cambio de vuestra paz!- jadeó. Él es el pararrayos de la miseria.

Con la atención del enemigo desviada, Talkir Holl se lanzó sobre los espectros, su espada danzando. Para Torm, el no-muerto es el traidor a la vida.
Cada golpe era un juicio que dispersaba las energías sombrías.

Yo me acerqué al Horror Sanguinario, que se retorcía. Le puse la mano en la cabeza deforme.
-"Que el dolor termine, y el juicio sea leve. Ve en paz"-
La criatura se derritió, no en ceniza, sino como si el cuerpo, al fin, aceptara su muerte.

Al final, sólo quedó el silencio. El Caballero de Ilmater Velarion respiraba hondo, aceptando las nuevas cicatrices frías. El Caballero de Torm Talkir Holl envainó su arma con un gesto de deber cumplido.

Alcé mi icono por última vez, realizando la "Expulsión", la bendición para que el lugar se mantenga tranquilo.

-"Hemos sembrado la semilla del perdón y plantado la raíz del orden"- dije, sintiendo el cansancio pero también la satisfacción de haber honrado al Señor Paciente.

Talkir Holl me miró con respeto. -El deber ha sido honrado, Dick Cars. Athkatla duerme más segura esta noche- dijo el caballero.
Y así, nos retiramos, dejando tras de nosotros un campo santo que, por primera vez en mucho tiempo, era verdaderamente un lugar de descanso. A veces, la mayor misericordia es un final rápido y una bendición sincera.

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Continuará.....
 
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Donde el Bálsamo Termina, la Pluma Comienza

El día en el Hospicio de San Annur es a menudo un torbellino de ungüentos y vendajes, de sollozos silenciosos y, ocasionalmente, de la alegría de una sanación completada.
Nuestras manos están siempre ocupadas, nuestras rodillas dobladas en oración de curación o de consuelo.
Es la labor de Ilmater, y es sagrada.
Pero incluso el torrente más fuerte encuentra sus remansos.
Cuando el sol ha caído y las lámparas de aceite proyectan sombras largas en los pasillos, cuando el último paciente ha sido atendido y el murmullo de la noche es el único sonido que queda, es cuando me retiro. No al descanso, sino a un servicio diferente.

La pequeña biblioteca del hospicio no es grandiosa, está atestada de pergaminos viejos, con ese olor a papel y polvo que habla de siglos de sabiduría. Es aquí, en dicha biblioteca, improvisado en la esquina más tranquila, donde el trabajo del alma y la mente continúa.
Me siento a la mesa, enciendo una vela nueva, y el mundo exterior se reduce al suave rasgueo de mi pluma.

Mi tarea aquí no es la curación física, sino la preservación y la enseñanza de la Fe.
Transcribo de viejos textos o compongo nuevas oraciones, aquellas que encontramos más efectivas para aliviar el dolor del alma. Cada palabra es un nudo en un rosario de consuelo.

Documento las formas correctas de realizar los rituales de curación y los procedimientos de cuidado. Cómo tratar una herida purulenta sin magia? Cuál es el consuelo apropiado para un afligido? La fe es práctica, debe ser metódica.

A veces, son solo mis propias meditaciones sobre el Sufrimiento Voluntario y la Redención a través de la Compasión. Escribo sobre la belleza que encuentro en la resistencia de un paciente, el verdadero significado de llevar la carga de otro.

Este es el silencio que me da fuerza. No es el silencio de la soledad, sino el de la preparación. Estoy afilando la herramienta de la Fe para el próximo día, para el próximo acólito, y para cualquiera que busque alivio en las palabras de Ilmater.
Si me necesitan, el llamado se escuchará incluso a través de estos muros de libros. Pero mientras tanto, mi pluma no se detiene.
Offtopic :
Preludio a un futuro hilo sobre los libros escritos por Dick Cars


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La Prueba Silenciosa del Corazón

Mis manos, acostumbradas a vendar heridas abiertas y a sostener las manos de los moribundos, ahora tiemblan. No por el frío, ni por el recuerdo de algún tormento pasado, sino por una inquietud que se ha anidado en mi pecho, justo donde la fe en el Señor que Llora debería ser la única moradora.

Soy siervo de Ilmater. He dedicado mi vida a la enseñanza de que a través del sufrimiento se alcanza la redención, que aliviando el dolor de otros se honra el martirio de nuestro dios.
He soportado el látigo con la frente en alto, he ayunado hasta sentir el cuerpo como un cascarón vacío y he encontrado paz en cada sacrificio, en cada punzada que me recuerda mi compromiso.
El sufrimiento ha sido mi compañero más fiel, mi guía hacia la luz.

Pero entonces, apareció ella.

La vi por primera vez en los llanos de Athkatla. Estaba allí, hablando con más ciudadanos.
Lo que me golpeó no fue su rostro, que era hermoso, una belleza que iluminaba esa tarde oscura, sino el atrevido y vibrante vestido rojo que llevaba. Un color de vida, de pasión, de todo lo que he evitado y negado en mi servicio.
Era como una llama encendida en medio de la penumbra de mi existencia monacal.
Desde ese momento, todo ha sido un tormento sutil, una nueva forma de dolor que no había anticipado. Cuando estoy curando a un campesino, una imagen de su sonrisa cruza mi mente. Cuando medito sobre las Estaciones del Martirio, escucho el eco de su risa en lugar del susurro de los rezos. Es una sensación extraña, cálida, que se opone a la fría paz de la abnegación.

Me pregunto si esto es una prueba impuesta por Ilmater. Es acaso una tentación que debo rechazar con más fervor, un espejo que me muestra lo débil que es mi voluntad?
Si el sufrimiento purifica, qué significado tiene este deseo, este anhelo de algo que es puramente mundano, puramente de la carne y del corazón?

Recuerdo las palabras sagradas "El sufrimiento es la experiencia más honesta”
Pues bien, este sentir es honesto hasta el tuétano. Cuando la he visto de nuevo, mi corazón ha dado un vuelco tan violento que ha dolido. Es una dulce agonía. Me siento como un hipócrita. He predicado que debemos abrazar el dolor por el bien de la santidad, y ahora, por primera vez, he encontrado un sufrimiento que deseo evitar, un sufrimiento que es el precio de no tenerla cerca.

Debo buscarla? Debo hablarle, arriesgarme a conocer la alegría que tan fácilmente podría corromper mis votos y desviar mi camino?
La alegría es efímera, el sufrimiento es eterno y en su eternidad, encuentra su significado. Si la busco me alejaré de Ilmater? Si me alejo, podría siquiera merecer las bendiciones que me permiten aliviar el dolor de otros?

Permanezco en la capilla, arrodillado ante el altar, sintiendo la punzada de mis rodillas en el suelo frío. Sostengo el Manual de Dolor Curativo y las letras se confunden. El rojo brillante del vestido de ella baila ante mis ojos cerrados. Pido a Ilmater que me muestre el camino, que me dé la fuerza para soportar esta nueva carga emocional.

Si este es mi nuevo castigo, si este amor incipiente es la púa que debe clavarse en mi alma para mantenerme humilde, entonces lo aceptaré. Pero y si es una llamada a algo más? Y si Ilmater, el Señor que Llora, me está pidiendo que encuentre el valor de sentir, de verdad sentir, una emoción que me haga más humano, más capaz de comprender el espectro completo del dolor y la alegría que sufren sus hijos?

Por ahora, solo puedo esperar, meditar y sentir. Soy el que alivia el dolor, es ahora el que lo padece en silencio, en la más tierna y peligrosa de sus formas. El látigo en la espalda es simple, esta batalla en el corazón es la verdadera prueba de fe y apretarme más el Cilicio en el muslo.

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ENTRADA A LA ORDEN DEL GUATELETE

Una mañana, mientras Dick preparaba cataplasmas en la enfermería, una de las hermanas de San Annur le entrega un pergamino. Estaba sellado con una cera roja de calidad y ostentaba la impronta inconfundible de una mano enguantada.

El mensaje era breve, escrito con una caligrafía firme y marcial:



A la atención de Dick Cars,

Vuestros servicios e intenciones son agradecidos y bien recibidos en Amn en estos tiempos aciagos.

Os propongo vernos cara a cara, pues requiero de vuestras aptitudes y estoy convencido de que os alegraréis de encontraros a más como vos.


Con mi más distinguida consideración y desde el castillo de la Orden del Guantelete,

Valerio Velandros




El nombre de la Orden del Guantelete resonó en la mente de Dick. Conocidos por su cruzada implacable contra el mal organizado y su dedicación a la justicia, eran los campeones de Tyr, Torm y Helm.

Al caer la noche, la biblioteca era un lugar de penumbra y quietud. Dick encendió una lámpara de aceite. A su alrededor, la luz danzó sobre estantes repletos de volúmenes polvorientos. Los emisarios llegaron puntuales.

Eran impresionantes. Valerio Velandros, un hombre maduro con la severidad de un juez en sus ojos , vestía una cota de malla inmaculada y un tabardo blanco y dorado. A su lado, Keldreon Sagaster, de expresión vigilante, portaba un mandoble envainado y la mirada penetrante de un centinela. Ambos exudaban una autoridad tranquila y una fe inquebrantable.

Valerio tomó la palabra con una voz profunda y resonante.

—Hermano Dick Cars. Vuestra devoción a Ilmater, el alivio del dolor y vuestra firmeza contra la crueldad no han pasado inadvertidas. La Orden sabe distinguir a un verdadero campeón.

Keldreon asintió, su mano descansando sobre la empuñadura de su espada.

—La lucha contra la oscuridad es constante. No se detiene en las fronteras ni en los calabozos. Y ahora, más que nunca, la Orden necesita hombres y mujeres que entiendan la disciplina y la compasión.

Valerio se inclinó sobre la mesa, sus ojos fijos en Dick.

—Nuestra misión se asienta en tres pilares. Primero, combatir el mal activo en todas sus formas, con acero, con fe, y sin flaquear. Segundo, mediar conflictos y proteger a los inocentes. Nuestro valor y honestidad son el escudo del desvalido. Y tercero, castigar las malas acciones, no los malos pensamientos. Perseguimos la evidencia y la crueldad, no las meras intenciones. En esencia, somos la mano ejecutora de la justicia de Faerûn. Os ofrecemos un lugar en esa mano.

Dick sintió una intensa emoción. Servir a Ilmater era aliviar el sufrimiento; unirse al Guantelete era evitar que ese sufrimiento ocurriera. Era la acción que complementaba la paciencia.

—Me siento honrado —dijo Dick—. Si mi fe y mi fuerza pueden servir a vuestro propósito, estoy dispuesto.

Valerio esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que calentó el ambiente.

—Sabíamos que lo estaríais. Mañana, antes del amanecer, tendremos vuestro nombramiento. Seguidnos.


Salieron del hospicio bajo un manto de estrellas gélidas. Los tres se dirigieron hacia el sur, dejando atrás la luz del hospicio hasta que solo les acompañó la luz de las estrellas.

Llegaron a un acantilado escarpado, un lugar donde la tierra se rompía abruptamente para encontrarse con el agua. El aire era fresco, limpio, y el vasto firmamento se extendía sobre ellos, un espejo de la gloria de los dioses. Esperaron.

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Keldreon encendió un pequeño farol, su rostro iluminado por una luz ámbar.

A medida que el Este comenzó a teñirse de un púrpura profundo y las primeras hebras doradas anunciaban el sol, Valerio se adelantó. Se desabrochó el tabardo, revelando una capa de protección de cuero debajo, y desenvainó su espada. No en señal de amenaza, sino de compromiso.

—Dick Cars —declaró Valerio, su voz clara sobre el sonido de las olas—. Ante los cielos de Faerûn y la presencia de vuestro dios, Ilmater, os ofrezco el rango de Escudero de la Orden del Guantelete. No sois solo nuestro aliado, sois nuestro hermano.

Valerio envainó la espada, se volteó hacia el naciente sol, y luego extendió su guantelete de acero hacia Dick.

—Ahora, repetid el juramento. Los Tres Pilares que sostienen la luz en la oscuridad.

Dick se arrodilló sobre la hierba húmeda, sintiendo la solemnidad del momento. El aire olía a sal y a tierra recién despertada.

Valerio comenzó:

Primer Pilar: El Combate. Juráis combatir el mal con el temple del acero y la convicción de vuestra fe, aprovechando cada oportunidad para asestar un golpe a la oscuridad, sin importar lo pequeña que sea la victoria.

Dick, con el corazón en un puño, respondió con firmeza:

—Juro combatir el mal, sin vacilar. Que mi fe sea mi escudo y mi espada.

Valerio continuó:

Segundo Pilar: La Mediación. Juráis mostrar valor y honestidad en la resolución de conflictos. Seréis un árbitro justo, protegiendo a los inocentes y defendiendo la verdad, incluso cuando el dolor de la verdad sea grande.

—Juro ser honesto y valiente. Seré el pacificador, salvo que la justicia exija la fuerza.


Finalmente, Valerio elevó la voz, mientras el primer rayo de sol se posaba en la cresta del acantilado, iluminando sus rostros.

Tercer Pilar: La Justicia. Juráis castigar las malas acciones y los actos de crueldad, no los malos pensamientos ni las meras palabras. Vuestra justicia será guiada por la ley y la evidencia.

Dick Cars se puso de pie, su rostro bañado por el glorioso amanecer. El Guantelete de Valerio ya no era un mero símbolo, sino una promesa de acción.

—Juro castigar las acciones, no el corazón. Que mi juicio sea tan claro como este amanecer.

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Valerio sonrió. Una sonrisa genuina, de camaradería.

—Levantaos, Escudero. Bienvenido a la Orden. Ahora, Faerûn tiene un campeón más. La luz ha ganado un centinela.

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El Guantelete de Valerio golpeó suavemente el hombro de Dick, un gesto de reconocimiento. Keldreon, por primera vez, sonrió ampliamente. Los tres se quedaron de pie, viendo el sol elevarse por el mar, una nueva promesa de luz en un mundo plagado de sombras. La vida de Dick Cars acababa de dar un giro definitivo. La sanación continuaría, pero ahora, también lo haría la caza.


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RITO DE LA ÚLTIMA VIGILANCIA
(MISA A LOS CAIDOS)

Hoy he oficiado el Rito de la Última Vigilancia. No había cuerpos. Solo objetos dispuestos en el altar, un escudo destrozado, una empuñadura rota, cartas dobladas...
Ilmater sabe que eso es, a veces, peor que un cuerpo. Un cadáver es el final, un objeto es la permanencia de la ausencia.

Mirar esa bufanda de lana manchada y saber que la llevó un joven que ya no volverá... el dolor se hace tangible.

Antes de empezar, respiré hondo. No debo parecer roto. Debo ser el yunque sobre el que se forja la resolución. Mi postura tenía que ser firme, pero mi rostro, por necesidad, no podía ocultar la pena. Mi deber no es fingir que no duele, sino mostrarles cómo cargar ese dolor.

Cuando hablé, la voz me salió fuerte, resonando en la piedra de la capilla, pero sentí cómo vibraba en mi propio pecho al nombrar a los caídos.

Katia Naxxremis

Elaine

Ibrak

Nicodemus Buenpán


Entre otros nombres


"Deteneos y mirad el precio de la paz." Era crucial que entendieran que lo que veíamos no era fracaso, sino un sacrificio consumado.

Al extender mis manos, las posé sobre el altar, sintiendo la rugosidad de la madera y la frialdad del metal del escudo. Me aferré a ese contacto mientras decía que no llorábamos su debilidad, sino su voluntad inquebrantable.
Mi propio dolor era una carga pesada en mi espalda, pero al decirlo en voz alta, me sentí fortalecido. Es el peso de mi fe.

La Oración del Estandarte Roto fue una conversación directa con Ilmater. Le rogué que mirara sus heridas, aunque solo fueran visibles en el metal abollado. La madre del joven de la bufanda sollozó, y por un momento, me costó mantener la compostura. Cerré los ojos, recordando la visión de las manos atadas y le pedí a mi dios que transformara ese luto en armadura de perseverancia.
Lo sentí, un cambio en la atmósfera, la desesperación cediendo espacio a una determinación sombría.

La parte más personal fue la Liberación de la Carga Colectiva. Caminé hasta el borde del altar y señalé los objetos.

Yo, siervo del Llorón, tomo sobre mí el dolor de ver a nuestros caídos. No es un dolor vano, es un juramento.

Ese no era un mero ritual. Era la verdad. Por un instante, sentí el peso de la pérdida de cada persona en esa sala como si fuera mía. La pena es mi vocación. Es mi martirio diario. Al hacer ese juramento, sentí que mi propia fe se reafirmaba.
Mis lágrimas se contuvieron, pero la emoción era intensa, casi eléctrica. Quería que mi tristeza les diera permiso para sentir la suya, pero también que la convirtieran en un voto de lucha.

El final fue un rugido de la congregación, más que una oración. Cuando lideré el grito "La Carga ha sido liberada! La Causa continúa!", sentí una oleada de poder y resolución que me dejó temblando. Había transformado su pena en propósito.

Al hacer la última bendición sobre los objetos, un sudor frío recorría mi frente. Estaba exhausto. Me giré a orar.
Mi trabajo estaba hecho, los muertos han encontrado la paz, y los vivos han encontrado la fuerza para seguir luchando.
Ahora, la capilla está casi vacía. Solo quedan los objetos, testigos silenciosos. Mañana toca atender a los heridos. La causa continúa.

La Causa continúa.

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LA PRUEBA SILENCIOSA DEL CORAZON II

El sol de la Costa Sur de Athkatla se derramaba en tonos naranja, púrpura y carmesí sobre las olas, pintando un cuadro de majestuosa melancolía.
El aire salino acariciaba los rostros de Dick Cars y Arenel Carax, que se encontraban al borde del acantilado, sintiendo bajo sus pies la inmensidad del Mar de las Estrellas Fugaces.

Dick Cars, clérigo de Ilmater, el Dios que Llora, miró de reojo a la dama Sunita a su lado. La luz moribunda resaltaba el brillo rojizo de su cabello y la intensidad de sus ojos.
En su corazón, el amor que sentía por Arenel era un himno silencioso y una carga dulce.
Había planeado este paseo meticulosamente, esperando este momento para confesar la tempestad de afecto que bullía bajo sus ropajes humildes.

-Arenel- comenzó Dick
su voz más grave de lo habitual. -Quería decirte algo... -

*como clérigo de Ilmater, se enseña la compasión y a aliviar el sufrimiento. La vida de un clérigo no prohíbe el matrimonio o las relaciones, aunque a menudo se aconseja la abstinencia para dedicar plenamente a la fe*

Antes de que pudiera pronunciar lo que sentía por ella, Arenel lo interrumpió con una chispa de emoción en sus ojos.

-Dick, esto es glorioso! Pero mira, tengo una idea mejor, ¡Hay una cueva a lo largo de la costa! hay una criatura fascinante dentro ¡Tenemos que verla! Es algo que quiero que veas- Salto de repente con ímpetu Arenel

Dick sonrió. Su amor era paciente; podía esperar.
La aventura llamaba con más fuerza en los labios de Arenel.

-Muy bien, mi dama. Una cueva sea- le respondió Dick

Emprendieron el camino hacia el sendero que serpenteaba hacia abajo. Apenas habían avanzado unos metros cuando una sombra grotesca emergió de entre las rocas, un par de zombis con la piel grisácea y harapos putrefactos.

-¡Por Ilmater!- exclamó Dick.

Levantó su símbolo sagrado, un par de manos atadas con cuerda, e invocó el poder de su deidad con una fervorosa oración.
-¡Oíd la pena, sentid la luz, los no-muertos, volved a vuestro reposo forzado!-

Una explosión de luz blanca y cegadora emanó de su símbolo. Fue tan intensa que Arenel tuvo que cubrirse los ojos. La luz golpeó a los zombis, y estos se desintegraron en montones de ceniza pestilente, expulsados por la pura santidad.

Minutos después, se encontraron con un orco que ya conocían de verle en otras ocasiones dando vueltas por la ciudad y alrededores, cerca de la entrada de la cueva. El orco, de aspecto rudo pero amistoso, saludó con un gruñido.

- Es grande, la cosa. Vamos a cazarla- dijo el Orco.

Los tres entraron en la cueva.
El ambiente era claustrofóbico, con el eco de sus pasos. Caza, oración y amor, pensó Dick, qué mezcla tan extraña.

Finalmente, encontraron a la criatura, una criatura terrestre con caparazón que se movía a gran velocidad. Después de una breve pero intensa lucha, donde Arenel y el orco mostraron una coordinación excelente y Dick sanó una mordedura superficial de Arenel, la criatura fue sometida.

Al salir, el atardecer había cedido al crepúsculo. El orco se despidió con un cabeceo y se dirigió hacia el interior. Dick y Arenel regresaron al borde del acantilado.

La conversación no consumada seguía pendiendo en el aire, pero antes de que Dick pudiera retomarla, oyeron un croar detrás de ellos. Se giraron para ver a tres criaturas repulsivas, seres con la piel verrugosa y verdosa de un sapo, pero que caminaban erguidos como humanos.

Dick no dudó. El peligro despertó una furia divina en él. Invocó a un ser de los planos superiores -¡Por el Lamento Silencioso, necesito protección! ¡acude ser divino! -

Con un estallido de energía celestial, una criatura menor de servicio celestial, aunque intimidante para los sapos, apareció con una espada. El ser se abalanzó sobre las criaturas, noto algo en ellas que le hizo atacar, cuya sorpresa se convirtió en pánico. Fue una matanza rápida y brutal, las criaturas sapo-humanas despedazadas antes de que pudieran ofrecer resistencia.

-Vámonos- dijo Dick, jadeando un poco por el esfuerzo -Tomaremos el atajo por el cementerio. Es más rápido para llegar a la ciudad-

La noche había caído completamente, y el cementerio de Athkatla era un lugar sombrío bajo la luz de la luna menguante. Apenas entraron, la tierra tembló, y la noche se llenó de gemidos y el cloqueo de huesos. Zombis, esqueletos y almas en pena emergieron de sus tumbas.

-¡Están por todas partes!- exclamó Arenel.

-¡Ilmater nos asista!- gritó Dick.
Corrió hacia Arenel, tocando su arma con su mano libre. "¡Bendición de la Resistencia y el Fuego Justo!" Un aura de luz rodeó el arma de Arenel y el fuego en su hoja ardió con más intensidad.

Mientras luchaban espalda con espalda, Dick avanzaba con su símbolo sagrado en alto. -¡Hijos de la Muerte, regresad al Polvo!- Sus oraciones eran constantes, empujando a los no-muertos con ráfagas de poder divino mientras Arenel los cortaba y quemaba.

De repente, un lamento helado cortó el aire. Una figura espectral de una mujer apareció, flotando. "¡Ayúdenme, ayúdenme!"

-¿Escuchas eso, Dick?- preguntó Arenel.

Siguiendo al fantasma, llegaron a una plaza pequeña donde se alzaba una estatua de un antiguo paladín. El espectro se detuvo a los pies de la efigie y rompió a llorar.
"¡Vienen a por él, nooo!" gritó la mujer fantasma, señalando la estatua.

Su grito fue la señal. Una marea mucho más grande de no-muertos se abalanzó sobre ellos, zombis, esqueletos y más almas en pena.

La pareja luchó con una sinergia impresionante. Arenel era una danza de fuego y acero, Dick era su ancla, curando sus heridas, reforzando sus defensas y sobre todo, abriendo grietas en las filas enemigas con sus oraciones de expulsión.

Los no-muertos caían, rechazados por la fe y el filo.

El fantasma de la mujer no dejaba de llorar. "¡Viene! ¡Es demasiado tarde!"

En ese momento, una figura alta, negra y corpulenta se materializó en el aire, un ser de oscuridad pura, más alto que dos hombres y con ojos de fuego carmesí.

-¡Corre, Arenel!- gritó Dick, sabiendo que este ser no era un no-muerto común.

Arenel cargó con valentía, su espada llameante. El golpe fue fútil, el ser ni siquiera pareció notarlo. Con un revés aterrador, el ser hirió a Arenel de muerte, la magia de su armadura falló. Ella cayó, sangrando profusamente.

Dick sintió que su corazón se desgarraba. "¡Por Ilmater!" La desesperación y el amor se fusionaron en un grito de poder.
Lanzó oraciones de expulsión, invocó a protectores celestiales, pero el ser oscuro era una pared impenetrable.

Para su suerte, la criatura se centró en el fantasma de la mujer llorona, cuya desesperación parecía atraerlo.

-¡Ahora o nunca!- Dick dejó de lado el pánico. El enfoque de la criatura le dio un segundo precioso.
Recitó una andanada de oraciones de debilitamiento, la luz divina bombardeando al ser, agotando su resistencia, sin matarlo, pero ralentizándolo.

Tomó a la inconsciente Arenel en sus brazos y corrió, abandonando la lucha para salvar la vida, sobre todo de ella.

Ya fuera del cementerio, en un área más segura, Dick se arrodilló. Su corazón latía con la promesa que hizo a su dios, aliviar el sufrimiento.
Puso su mano sobre la herida de Arenel, y su oración se convirtió en un ruego desesperado, un lamento puro.

-¡Ilmater, Dios que Llora! ¡He soportado el dolor en tu nombre, he luchado contra la oscuridad! ¡Devuélveme esta vida! ¡Te lo ruego, te lo imploro!-

Una luz suave, cálida y de color ámbar, envolvió a Arenel. No era la luz cegadora de la expulsión, sino el calor sanador del consuelo divino. Su piel perdió la palidez de la muerte y sus ojos se abrieron con un gemido.

-Dick... ¿qué ha pasado?- Dijo Arenel aturdida.
Una lágrima de alivio corrió por la mejilla de Dick. -Has vuelto a mí, mi sol. Has vuelto-

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No era el momento para confesiones de amor. La urgencia era la supervivencia y el descanso. Juntos, se dirigieron cojeando hacia los llanos de la ciudad, buscando la posada más cercana, con la promesa de una nueva mañana y quizás, una nueva conversación.

Tras dejar a Arenel con su amigo Vesper en los llanos en la puerta de la posada Dick se volvió al Hospicio directo a su habitación, se sentó en el borde de la cama.
Sus manos, que momentos antes habían blandido el poder divino contra la oscuridad, temblaban ligeramente.

Pensó en la tarde, el acantilado, las palabras de amor preparadas y la interrupción. La cueva, el orco, los zombis iniciales. Luego, el regreso, los hombres-sapo, el cementerio... y la figura sombría que casi le arrebata a Arenel.
Cada evento, una interrupción, un desvío.
Se llevó las manos al rostro, sintiendo la áspera tela de su túnica gris.

-Quizá... quizá este es tu designio, Ilmater- susurró Dick, con un dolor sordo en el pecho. -¿Me estás pidiendo que renuncie a este amor? Cada vez que intenté confesar mi corazón, el caos estalló. Una cueva, un ejército de muertos, un monstruo que solo se detuvo por el llanto de un espectro-

Dick recordó la pureza de la luz que invocó, el poder que casi agotó para traerla de vuelta. Su corazón era fuerte, su fe inquebrantable, pero su anhelo era un pecado de distracción.

-Sé que el amor no está prohibido, Padre que Llora. Pero tal vez... tal vez mi amor es una debilidad que me aleja de la senda del sufrimiento ajeno. Me centré en ella, descuidé mi deber y mira lo que ocurrió. Casi la pierdo. Si ella fuera mi esposa, mi vida entera, ¿cuánto de tu trabajo abandonaría?-

Miró la cicatriz divina en su alma, la marca de su compromiso. La interrupción no había sido casualidad.

No, era el diseño de un cosmos que exigía su dedicación total. El clérigo debía consolar a los sufrientes, no crear un refugio personal de felicidad.

-Lo entiendo- suspiró, cerrando los ojos. -Toda esta noche de horrores... era tu forma de decirme que aún no es mi momento de paz, o quizás, que nunca lo será. Mi amor será la compasión universal. Y Arenel... Arenel será mi hermana en la luz, y solo eso. El precio de mi vocación es este silencio-

Se levantó, su postura ahora más rígida, más de clérigo y menos de amante. El sol de la mañana comenzaría pronto a filtrarse por la ventana y él estaría despierto, orando, cumpliendo con el destino que la noche le había revelado.

El amor de Dick Cars por Arenel se guardó en el relicario del deber, sellado por el caos y el poder de su dios.

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Offtopic :
Agradecimiento a los Dm's @DM Tepes y @DM Schnoz , se conoce que estaban de acuerdo con Ilmater , jajja, estuvo genial


 

farraces

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LA PRUEBA SILENCIOSA DEL CORAZON III

Athkatla se alzaba bajo el sol de la mañana, un refugio de paz y dolor en igual medida. Dick Cars, con su túnica recién lavada y su semblante tranquilo, cumplía con su rutina.
Al acabar decidió salir a tomar el aire un poco y fue hacia los llanos y se encontró con su amigo Vésper.
Se sentó junto a él en los bancos y empezaron a charlar.

—Dick, ¿tienes un momento? —preguntó Vesper, su tono inusualmente suave.

El clérigo asintió. —Claro, Vesper. ¿Qué sucede?
Vesper se acercó, la mano izquierda jugando con una pequeña moneda que siempre llevaba. Se mordió el labio inferior antes de hablar, algo que Dick notó de inmediato.

- hay algo que tengo que contarte-

Dick sintió un escalofrío helado. Mantuvo su rostro en la habitual máscara de calma compasiva.
—Cuéntame.

Vesper suspiró, clavando sus ojos en el suelo por un instante. —Dick, Arenel y yo... hemos empezado una relación. Una relación real—

El silencio en los llanos se hizo tan denso que casi se podía cortar con el aire. Dick sintió que la punzada sorda en su pecho se convertía en un puñetazo seco. Por un segundo, el mundo se detuvo y la luz del sol pareció volverse gris.

—El otro dia, después de que la dejaste en la posada, me di cuenta... de lo mucho que me importa. Y ella... ella se sintió vulnerable, ya sabes, después de lo del cementerio que os paso. Hablamos. Mucho. Y... y las cosas simplemente encajaron.

Vesper levantó la mirada, esperando una reacción. Dick era su amigo y aunque sabía del afecto que el clérigo sentía por Arenel, también conocía la devoción monástica de Dick.

El clérigo de Ilmater cerró los ojos por un latido, un parpadeo de agonía privada. Recordó el rostro de Arenel bajo la luz ámbar de la curación, la urgencia con la que la había tomado en sus brazos para huir la noche del cementerio. Recordó la voz de Ilmater, el caos como señal de su deber.

Abrió los ojos. Su voz, cuando finalmente habló, era mesurada, calmada, la voz de un consejero y no de un hombre herido.
—Me alegro por ti, Vesper. Y por Arenel —dijo Dick, y la frase, aunque pronunciada con verdad, le quemó la lengua
—Sé que la harás feliz. Eres un buen hombre—

La honestidad y la fuerza en el tono de Dick sorprendieron a Vesper.
—Gracias, Dick. De verdad. No quería...—

—No te disculpes. La felicidad es una bendición que debe acogerse —lo interrumpió Dick, con un gesto de la mano.

En el fondo de su corazón, Dick sintió un torrente de dolor, celos y sí, una extraña sensación de alivio.

Es lo mejor, pensó y la idea era un frío consuelo. Este es el final que la noche de horrores me prometió. Mi camino es el del Lamento Silencioso, no el de la alegría personal.

Su amor por Arenel era una fuerza poderosa, lo sabía. Pero un amor tan intenso había demostrado ser una debilidad, una distracción que casi la había costado la vida de la propia Arenel. El caos de la noche del cementerio había sido una señal divina, su dedicación total a Ilmater era incompatible con la construcción de un refugio personal de felicidad.

Arenel era demasiado valiosa, su vida demasiado preciosa, para ser puesta en peligro por la distracción de un clérigo con el corazón dividido. Con Vesper, la felicidad de Arenel estaba asegurada, sin la constante sombra del peligro que seguía a los siervos de los dioses.

Ella está a salvo. Está feliz. Eso es lo único que importa.
El clérigo sintió un nudo en el estómago, una prueba de que su corazón humano, a pesar de su fe, todavía sangraba.
Pero lo ocultó, lo cubrió con el deber. El amor de Dick por Arenel no se acabaría aquí, lo sabía, pero ahora tomaría una nueva forma. Sería la oración silenciosa por su felicidad, la mano amiga en la distancia, el guardián de su paz.

—Cuídala bien, Vesper —concluyó Dick, dándole una palmada en el hombro—. Ahora, si me disculpas, tengo un sermón que preparar.

Vesper asintió, aliviado y conmovido.

A continuación se fue hacia el hospicio, Dick se apoyó contra la pared. Se llevó la mano al pecho, sintiendo bajo la tela el símbolo sagrado de las manos atadas. El amor se había transformado en una nueva forma de sufrimiento, un dolor silencioso y voluntario.

El precio de mi vocación es este silencio, se recordó. Pero incluso en la sombra del Lamento, el amor verdadero solo cambia de forma. No desaparece.

La historia de amor de Dick Cars había terminado un capítulo, sí, pero el libro aún no estaba cerrado. La senda de la compasión universal lo llevaría lejos, pero sabía que, tarde o temprano, su camino volvería a cruzarse con el sol radiante que era Arenel Carax. Y su amor, aunque silencioso, estaría esperando.

CONTINUARÁ.....
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La Doble Vía del Clérigo Ilmarita

El aire en el hospicio de San Annur siempre era espeso, una mezcla de ungüentos herbales, el sudor de la fiebre y el inevitable hedor de la lepra y la miseria.
Dick Cars, clérigo del Dios Sufriente, se movía entre las camas, sus manos ungidas con bálsamo, tan gentiles como la brisa de los Campos de los Muertos.

Su jornada era un ciclo interminable de piedad. Empezaba al amanecer, rezando por la fuerza para soportar el dolor que veía y no el que sentía. Luego, las rondas, las curaciones divinas de las heridas más graves, el cambio metódico de las vendas empapadas de los leprosos del campamento de leprosos de los barrios bajos, el consuelo en palabras sencillas para aquellos que se aferraban a sus últimas horas.
Después venían los huérfanos, pequeños a los que alimentaba, les enseñaba el símbolo de Ilmater y les contaba historias del Martirio para imbuirles paciencia y bondad.

Dick era la encarnación del credo de Ilmater, la resistencia a través del sufrimiento, el consuelo desinteresado. Pero Dick era más que un simple sanador de almas rotas, era un iniciado en la Orden del Guantelete, la mano armada del bien y la justicia.

Por ello, cuando caía la noche y el hospicio se sumía en un silencio roto solo por toses y quejidos, Dick se dirigía a un pequeño patio trasero. Allí, bajo la tenue luz de la luna o de un farol, lo esperaba un Hermano instructor , un curtido Caballero de la Orden, para su instrucción marcial.

—Tus plegarias curan, Dick, pero las garras del Mal no esperan turno en la camilla —gruñó el instructor, su voz ronca, mientras le entregaba una espada de práctica—
Ilmater enseña el sacrificio, la Orden, asegurarnos de que el sacrificio sirva a un propósito mayor que tu propia muerte.

Dick, más acostumbrado a sostener una ampolla de ungüento o el paño de un enfermo, levantaba la pesada hoja. Su mente de clérigo se resistía a la agresividad, pero su espíritu de Guantelete entendía la necesidad.
En el manejo de la espada no buscaba la gloria, sino la eficiencia. Cada estocada era un escudo para los débiles, cada parada una interrupción al sufrimiento.

Aprendió a girar y golpear, no con la furia de Tempus, sino con la firmeza de Tyr, uno de los dioses patronos de la Orden.
Las mañanas después de las sesiones de entrenamiento, sus brazos estaban doloridos, un dolor bienvenido que lo hacía conectar más profundamente con su deidad. Se movía más rápido, sus reflejos eran más agudos al atrapar a un niño que tropezaba, o al esquivar una patada violenta de un paciente delirante.

El dualismo de Dick Cars no era solo físico, entre la caridad diurna y el acero nocturno, era también una lucha interna. El Corazón Sufriente (su lado clérigo) ansiaba la paz, el consuelo y la rendición al dolor como prueba de fe. El Guantelete (su lado de la Orden) demandaba acción, intervención y la anulación activa del mal.

Una noche, mientras su instructor, lo empujaba a un ejercicio de desarme particularmente brutal, la tensión entre sus dos vidas se hizo palpable.

—¡Más rápido, Dick! ¡No estás repartiendo sopa, estás salvando tu vida! —gritó el instructor, bloqueando un golpe débil de Dick que debería haber sido decisivo.

Dick intentó una estocada, pero le faltaba convicción. Su mente se había ido a la cara de una niña huérfana, Loria, a quien había suturado una herida en la mano esa tarde, cantándole una suave oración a Ilmater para distraerla. La suavidad de esa imagen ablandó su músculo.
El instructor aprovechó la vacilación. Con un giro rápido, la espada de práctica de Dick voló por el aire y aterrizó con un "clank" sordo en la tierra. El instructor le acercó la punta de su propia espada de madera al cuello.

—Muerto —siseó el instructor— El Mal no se detiene a preguntar si estás teniendo un buen día. ¿Ves este dolor en tus brazos, Dick? Es el precio de la habilidad. El precio de la vida de esa niña. La caridad de Ilmater es un bálsamo, pero el mundo real exige un puño.

Dick jadeó, no por el esfuerzo, sino por la verdad ineludible en las palabras del instructor.
—Lo entiendo, Hermano. Pero a veces... siento que el acero mancha el bálsamo—

El instructor retiró la espada y le dio un golpe amistoso en la espalda que casi lo tira al suelo.

—El bálsamo limpia las heridas que ya existen. El acero previene que se abran nuevas heridas, Dick. No lo veas como mancha, sino como el músculo de tu fe. Ilmater te permite sentir el dolor, la Orden te da las herramientas para que ese dolor no sea en vano—

El entrenamiento continuó hasta que Dick, exhausto, cayó de rodillas, la espada humedeciendo la tierra con el rocío.

El doble camino se había fusionado.
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NOMBRAMIENTO A CABALLERO
Hoy ha sido un día que quedará grabado a fuego en mi corazón, un día que marca el inicio de una nueva etapa en mi servicio a Ilmater y a la Orden del Guantelete.

Todavía resuena en mí el eco de las espadas chocando y las promesas pronunciadas bajo el techo del imponente Castillo del Guantelete.

La mañana comenzó con la brisa fresca de los llanos de Athkatla, un soplo de aire que traía consigo una mezcla de nerviosismo y expectación. Me reuní con Arenel y Vraaks, dos personas que, a su manera, son muy importantes para mí.

Sus risas y su compañía en la charla previa al evento me recordaron la importancia de los lazos que forjamos en este mundo. Al invitarlos a acompañarme en este momento crucial, sentí una calidez especial, una conexión que iba más allá de las palabras.

Cuando les pedí que me ayudaran a vestirme, a enfundarme la armadura que pronto sería un símbolo de mi juramento, el peso de la tradición y la responsabilidad se hizo aún más palpable.
El camino hacia el castillo fue un torbellino de emociones, pero una vez dentro, la magnificencia de sus muros y el eco de tantos juramentos pasados me envolvió.

En la sala donde me vestí, cada pieza de la armadura parecía tener un propósito, no solo proteger mi cuerpo, sino también mi espíritu. Vraaks, me ayudaba con los cierres y las correas, mientras Arenel... Ah, Arenel. Cada vez que sus manos se acercaban para ajustar una hebilla o acomodar un guantelete, mi corazón daba un vuelco. Una extraña mezcla de gratitud, timidez y ese sentimiento que guardo tan celosamente por ella, me invadía.
Era un recordatorio de lo que realmente luchamos, no solo por la justicia y los débiles, sino también por aquellos a quienes valoramos.

Con la armadura ya puesta, brillante y pesada, salimos a la gran sala del trono. La vista era sobrecogedora. Los miembros de la Orden, los ciudadanos de Athkatla, todos se iban acomodando, susurrando y expectantes. El ambiente era solemne, cargado de honor y propósito. Allí, el Caballero Valerio, con su voz resonante y su mirada firme, estaba listo para oficiar la ceremonia.

Me coloqué junto a mi hermano Velarion, quien también sería elevado a Caballero. Compartir este momento con él hizo que todo se sintiera aún más significativo. Valerio comenzó con las palabras sagradas de nuestra Orden y el eco de las promesas de justicia y protección llenó la sala.

"Honraré a los débiles y vigilaré al corrupto"

La seriedad en las voces, la convicción en cada palabra, resonaba en mi alma.

"No alzaré mi alma sin justicia"

Cada frase era un recordatorio del camino que hemos elegido, de los principios inquebrantables que nos guían.

"Compartiré mi fuerza con mis hermanos y serviré a la verdad"

Al escuchar estas palabras, sentí una oleada de camaradería, una certeza de que no estoy solo en esta lucha. Mi fuerza no es solo mía, sino de todos mis hermanos y hermanas de la Orden.
Y finalmente, el juramento que selló nuestro destino:

"Por la luz del Guantelete, así lo juro"

En ese instante, el peso de la responsabilidad se transformó en una luz interna, un propósito claro y definido.

Dick Cars, el escudero, había quedado atrás. Ahora soy Dick Cars, Caballero de la Orden del Guantelete.

Después de la ceremonia, el ambiente en el comedor era de celebración y alegría. Comida, bebida y risas llenaban el aire. Pude hablar con muchos hermanos, con Arenel y Vraaks, compartiendo la alegría de este día. Cada brindis, cada felicitación, reafirmaba mi compromiso con la justicia y el servicio.

Este es solo el comienzo de mi camino. Sé que habrá desafíos, pero con la luz del Guantelete como guía y la fuerza de mis hermanos a mi lado, estoy listo para enfrentarlos. Que Ilmater me dé la fuerza y la sabiduría para honrar mi juramento cada día.

Por la luz del Guantelete, siempre.
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EL EXORCISMO
(Inicio del caso de la posesión de Sasha)

La urgencia me ha traído aquí a la biblioteca del hospicio. El Maestre habló de "actuar", de la responsabilidad de la Orden.

Pero a diferencia de una escaramuza de bandidos o la purga de una guarida de muertos vivientes, un demonio… un demonio exige más que acero bendito. Exige conocimiento.

Apenas me he quitado el guantelete derecho, el frío metal de mi armadura aún irradia el frescor del castillo.

Me siento como un anacronismo aquí, entre las hermanas de San Annur que cuidan llagas y ancianos que buscan alivio. Pero este pequeño rincón que es la biblioteca del hospicio, con su olor a cera, polvo y olvido, es el único lugar en Athkatla que sé que guarda las crónicas de los verdaderos dolores.

He encendido una vela pequeña. Su luz apenas llega a las estanterías superiores, donde las sombras se retuercen como serpientes negras. Es un lugar silencioso, un silencio que me resulta más pesado que el clamor de la batalla. En el fragor, te concentras en el golpe,aquí, debo concentrarme en la palabra.

He pasado la última hora descartando textos. Los volúmenes sobre "Ligaduras" y "Compromisos Planarios" los he apartado. Eso es hechicería, no fe. Un demonio se expulsa, no se negocia con él.
Mi deber como siervo de Ilmater, no es jugar con el mal, sino liberar a quien lo padece.

Estoy buscando los textos de los antiguos clérigos de Torm y, especialmente, los viejos Códices de la Redención de Ilmater. Estos últimos, escritos con la caligrafía temblorosa de quienes vieron demasiado dolor, son mi única esperanza.

Me concentro en tres pilares:

Uno, las Fórmulas exactas. No oraciones genéricas, sino la secuencia de palabras que rompe la conexión. Una sola sílaba errónea podría darle una ventaja al demonio.

Dos, Cómo infligir el dolor que es ajeno a la criatura. Para un demonio, el dolor físico no es más que una molestia. Pero el dolor moral, la compasión forzada, el amor puro... eso es lo que los consume.

Estoy buscando el ritual que obliga a la entidad a sentir la pena de la inocente que ha poseído.

Y tres, Cómo sé que el demonio no me miente? ¿Qué señales buscar cuando simule estar vencido? Los viejos clérigos lo llamaban "La Última Piedad Falsa".

El libro dice que se retuerce antes de irse, y que a menudo intenta seducir al exorcista con promesas o culpas.

¡Ilmater, dame la fortaleza para soportar la prueba de mi propia duda!

El tiempo no existe aquí. La vela ha bajado ya a la mitad. Afuera, la luna de Athkatla debe estar alta. Siento la fatiga en mis ojos y el frío del suelo de piedra que se filtra a través de mis botas, pero no puedo ceder.

Cada línea que leo es un escalofrío. Hay historias de clérigos que murieron en el intento, de almas que se perdieron en el intercambio, y de demonios que, al ser expulsados, dejaron a su víctima como una cáscara vacía.

Sasha. Solo tengo su nombre. No es una ficha en un tablero, es una hija de Faerûn que sufre. Por ella, por la Luz de mi Señor, continuaré leyendo. La ignorancia es el mayor regalo que podemos darle al mal. Y como Caballero del Guantelete, no me lo puedo permitir.

CONTINUARÁ.......
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farraces

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La Cicatriz del Guantelete

Primero vino el olor.

No el hedor habitual de un campamento improvisado, sino una mezcla imposible: canela, clavo, algo dulce, quizás miel.

Debajo, ese fondo agrio de podredumbre, la bilis que anticipa la matanza. Dick Cars, con su guantelete plateado agarrando el pomo de la espada, frunció el ceño.

Llevaba la armadura de la Orden y sentía el peso tranquilizador del escudo, forjado con la fe en Ilmater, el Dios Que Aguanta.

El aire del desfiladero se había vuelto pesado, espeso, como si el mundo contuviera el aliento. Los guardias se miraron entre sí, nerviosos, las manos temblando en las lanzas.

¡Quietud, por Ilmater! Gritó Dick, su voz ronca por la tensión. ¡El sufrimiento solo fortalece el alma, pero la disciplina nos salva el cuerpo!

Entonces se oyó el primer aullido. Largo, quebrado, con un eco que helaba la sangre, no de lobo, sino de huargo, una bestia más grande, más maligna.

Los huargos descendieron como sombras vivas, dientes como cuchillas, ojos ardiendo con fiebre animal. Sobre ellos, los trasgos chillaban, lanzando garfios y cuchillos, una marea de inmundicia y maldad. Dick no pensó; actuó. “¡Por el Guantelete! ¡Por Ilmater!” gritó, alzando el escudo. Una luz blanquecina, el poder divino de su patrono, se extendió desde él, una bendición que fortaleció a los pocos defensores cercanos.

El primer guardia cayó con el pecho abierto. Otro trató de huir, pero un huargo lo alcanzó y los despedazó en apenas unos segundos. La sangre corría por el suelo, bañando las rocas de un rojo intenso. Los aldeanos intentaron correr, pero tropezaban entre los cadáveres, entre las ruedas rotas de los carros.

El Clérigo de Ilmater era un torbellino de acero y fe. Su espada mágica, imbuida con la luz de la compasión y la resistencia, cortaba la carne y el hueso como si fueran pergamino.

Dick era la manifestación del sufrimiento que se niega a ceder. Rechazaba un asalto, levantaba su escudo para parar un garfio oxidado, y simultáneamente ofrecía una plegaria rápida: “Ayuda a estos, mi Señor, si yo no puedo hacerlo.”

El olor a especias seguía ahí, más intenso, pegajoso, mezclado ahora con el hierro caliente de la sangre.

Un trasgo en particular, más grande que los demás, con el rostro cubierto de cicatrices, bajó de su montura, arrastrando un hacha mellada. Se detuvo frente a una mujer que temblaba junto a un carro volcado.

“Huele bien,” gruñó el trasgo, su voz un graznido seco, y el hacha se alzó.

Dick, a pesar de que dos huargos le desgarraban la capa, vio el acto. El instinto del Caballero del Guantelete, el juramento de proteger al inocente, lo impulsó. Dejó ir un huargo y cargó con un grito de guerra y fe.

Logró desviar la trayectoria del golpe, pero en el mismo instante, sintió un impacto brutal en el lado ciego, justo donde el escudo no cubría. Era un golpe de mazo, o quizás un huargo especialmente grande.

El aire le fue arrebatado de los pulmones.
El mundo se volvió un remolino de especias, sangre y gritos distorsionados. La luz de Ilmater parpadeó y se apagó. Cayó.
El silencio.
Cuando Dick Cars abrió los ojos, lo primero que notó fue la ausencia de sonido. Se levantó con una punzada terrible en las costillas y la cabeza palpitante. Se aferró al mango de su espada, aún agarrada en su mano.

La masacre había terminado. Pero lo que vio lo heló más que el propio combate.
Quedaba poca gente en pie, un puñado de guardias heridos que se movían aturdidos, El Escudero Talkir que estuvo todo el tiempo a su lado, agarrando sus heridas y mirando alrededor con terror.

Los carros estaban destrozados. La sangre manchaba cada roca.

Pero los cuerpos... la mayoría de los cuerpos que habían caído muertos o heridos no estaban.

Los cadáveres de los huargos y trasgos muertos en la lucha permanecían donde cayeron, inertes. Sin embargo, los civiles y los guardias caídos, las víctimas... habían desaparecido. Solo quedaban rastros. Largos y espesos regueros de sangre que se arrastraban por las rocas y se metían en la oscuridad del desfiladero, como si se los hubieran llevado. No habían sido devorados, al menos no allí. Habían sido arrastrados, recolectados.

El aire todavía apestaba a especias, podredumbre y ahora, a un miedo frío y nuevo.

Dick, el Caballero que había abrazado el sufrimiento, sintió un terror gélido que nada en el campo de batalla le había provocado. Esto no era solo una incursión de trasgos para saquear. Era una cosecha.

Junto a él, el el Escudero Talkir, murmuró: “Se-se los han llevado. ¡Los han tomado!”

Dick miró su mano. El guantelete plateado brillaba débilmente a pesar de la suciedad. No había sufrido por nada, había cumplido su juramento en la batalla, pero había fallado en el instante final. Una oleada de culpa ardiente, una de las mayores torturas para un seguidor de Ilmater, lo golpeó.

“¡Tenemos que seguirlos!” gritó, pero su voz sonó débil.

Talkir, negó con la cabeza, sus ojos fijos en los rastros de sangre: “Son demasiados, señor. Vienen de las cuevas, y han tenido éxito. Han desaparecido. Debemos reagruparnos y pedir refuerzos. No podemos... no podemos luchar contra lo que se lleva a los muertos.”

El clérigo apretó los dientes, sintiendo el dolor físico y la punzada moral. El sufrimiento de los desaparecidos, la agonía que aún no habían terminado.

Dick Cars, con su espada y escudo aún magros por el poder divino que volvía a fluir débilmente, se puso en pie y miró la oscuridad de la garganta, la cual se había tragado a los caídos. El olor a canela se hizo insoportable, una burla dulce.

“Ilmater dame la fuerza,” susurró el Caballero del Guantelete, golpeando su pecho con el puño. “No hemos acabado. Esto es solo la primera herida. Y por la Tríada, yo seré el castigo.”

Salió tambaleándose del desfiladero, siguiendo a los pocos supervivientes. Llevaba el peso de los que no estaban. Se había enfrentado a la matanza y la había aceptado, pero el misterio de la recolección, esa terrible verdad de que la batalla era solo el comienzo de un horror mayor, era una cicatriz que llevaría su alma para siempre. Su camino hacia la justicia se había vuelto más oscuro, y el sufrimiento, más profundo.

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La Elevación de Dick Cars

La Gran Maestre le hacía llamar al Salón del trono.

El eco de sus pasos resonaba en el vasto y solemne Salón del Trono del Castillo del Guantelete, un lugar donde el mármol pulido reflejaba la luz de velas y candelabros.

Se detuvo ante el estrado, con la armadura limpia y el corazón latiendo con una mezcla de anticipación y reverencia. En el trono, la Gran Maestre Harrianne Hawkwinter de Tyr le observaba con ojos penetrantes y una expresión que denotaba sabiduría y firmeza, la misma que ha guiado a la orden por años.

—Caballero Dick Cars, de la Sagrada Lanza de Ilmater —su voz, aunque calmada, llenaba el espacio—
te he convocado ante mí por una razón que va más allá de tu servicio como Caballero.

Harrianne se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos sobre los brazos del trono.

—Desde que tomaste el juramento de la Orden del Guantelete, has jurado lealtad a la justicia , a proteger al débil y a combatir la tiranía. Has cargado con el peso de la armadura, pero también con la carga aún mayor de la Compasión y la Resiliencia de Ilmater, el Dios Que Aguanta.

Hizo una pausa, permitiendo que el peso de sus palabras se asentara.

—Ahora, tu camino se bifurca. Pronto, el peso de un nuevo título recaerá sobre tus hombros, uno que te elevará por encima de tus pares. Pero escúchame bien, este ascenso, ya sea en la jerarquía de la Orden o en la esfera eclesiástica, no debe alterar los pilares sobre los que te has construido.

"La verdadera nobleza, Dick Cars"
sentenció la Gran Maestre, "no reside en la altura del púlpito o en el brillo de una charretera. Reside en la sencillez con la que atiendes al suplicante, en la humildad con la que curas la herida, y en la constancia con la que sigues los mandamientos de Ilmater incluso cuando nadie te ve."

—No permitas que la vanidad, la soberbia o la complacencia se conviertan en tu yugo. El servicio es siempre el mismo, manos fuertes en defensa y corazón compasivo en el auxilio. Mantente noble, mantente fiel a tu espíritu de servicio, y jamás olvides la humildad del Caballero de Ilmater que un día fuiste. El poder es una herramienta, no una corona.

Una sonrisa, apenas perceptible, asomó a los labios de la Gran Maestre. Ella tomó de una pequeña bandeja de terciopelo que tenía a su lado un objeto sencillo pero de una belleza conmovedora.

—Por tu devoción inquebrantable a El Que Aguanta, por tu servicio al Guantelete y por la probada pureza de tu fe, el clero de Ilmater, con el aval de esta Orden, ha tomado una decisión.

Se puso en pie, su figura imponente.
—Caballero Dick Cars, es mi gran honor comunicarte que has sido nombrado y elevado al rango de Sacerdote de Ilmater.

Extendió la mano, ofreciéndole el objeto que yacía en la bandeja, un rosario de madera de olivo pulida, con sus cuentas separadas por pequeños y radiantes diamantes que captaban la luz de la sala, un humilde y precioso recordatorio del dolor (la madera) y la esperanza eterna (los diamantes) que Ilmater representa.

—Que este símbolo, Dick Cars, te recuerde siempre la compasión que debes llevar y la luz de la fe que debes proyectar. Ve y sirve a El Que Aguanta con la misma nobleza y humildad que te han traído hasta aquí.

Ahora eres el Sacerdote Dick Cars.

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Gracias por el ascenso y sobre todo por la escena de nombramiento @DM Arioch
 

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CUANDO LLEGÓ MANITAS A LA VIDA DE DICK CARS
La lluvia sobre Athkatla tenía la calidad opresiva de la desesperanza, un velo gris que cubría la capital de Amn. Dick Cars, joven Clérigo de Ilmater, el Dios Sufriente, ya había conocido la miseria en las calles, pero el hedor de la codicia que emanaba de la ciudad era un tormento espiritual nuevo.

Había sido enviado por los altos cargos eclesiásticos para servir y aprender en el humilde hospicio de la ciudad de Athkatla , un lugar donde el dolor y la caridad se encontraban diariamente.

Dick, con una bondad innata que suavizaba su rostro serio, se encontraba agotado al final de un día particularmente duro. La fiebre del pantano había traído una oleada de nuevos pacientes y las reservas de ungüentos y vendas estaban peligrosamente bajas.

Se había retirado a su pequeña biblioteca para rezar por los milagros del dia.

El único sonido era el constante tamborileo de la lluvia contra la ventana, hasta que una nota discordante irrumpió, un débil, casi inaudible maullido proveniente de la puerta de roble.

El joven Clérigo se levantó, su corazón se aceleró con la conocida punzada de la compasión. Abrió la puerta solo un resquicio, y el aire frío y húmedo se coló. Abajo, acurrucado contra el umbral para buscar el menor refugio, había una criatura.

Era un gato completamente blanco, empapado hasta los huesos. Su pelo, mojado, le revelaba la estructura ósea y la delgadez de alguien que lleva días sin comer. Sus ojos, grandes y dorados, mostraban una mezcla de terror y una rendición muda a su destino.

"¡Por el sufrimiento de Ilmater!" exclamó Dick, su voz baja y llena de pena. Para un siervo del Dios que Carga con el Dolor del Mundo, la visión de ese pequeño ser al borde de la muerte era una orden directa de intervención.

Sin dudar, Dick se arrodilló, ignorando el frío y la humedad que se filtraban en su túnica. Con la mayor ternura que pudo reunir, tomó al minúsculo animal y lo alzó, sintiendo el temblor de la hipotermia.
El gato no ofreció resistencia, solo un último y desesperado maullido de alivio.

Dick corrió a la cocina. Lo envolvió en un paño de lana seco que usaba como manta personal y frotó suavemente, dedicando todo su foco a transmitir calor. Luego, calentó un poco de la leche agria que racionaban para los más débiles y se la dio en una escudilla.

El gato bebió con una prisa salvaje, como si temiera que la oportunidad se desvaneciera.
Cuando terminó, se acurrucó y, por primera vez, dejó de temblar. El blanco de su pelaje, ahora esponjoso, resaltaba su aspecto de pequeña y frágil joya.

Dick se sentó a su lado, observándolo. Era un milagro pequeño, insignificante para el mundo de Amn, pero de inmensa importancia para él. El gato había sido un recordatorio tangible de la misión de su fe: la piedad.

Mientras el gato se desperezaba y usaba su pata delantera para limpiarse el hocico con un movimiento delicado y coordinado, Dick sintió la familiar inspiración de Ilmater. Pensó en el símbolo de su dios, el de las manos abiertas y atadas, que representaba el acto de ayudar a otros sin esperar nada a cambio. Y pensó también en el acto de usar sus propias manos para rescatar y curar.

"Pequeño amigo," susurró Dick, su voz resonando con una renovada devoción, "Has sido un recordatorio de lo que son mis manos, una herramienta para el alivio. Y mírate, usando tus propias patitas para la limpieza."

Una sonrisa suave iluminó su rostro. El pequeño gato blanco le había mostrado el valor de la acción directa y compasiva.

"Te llamaré Manitas," declaró Dick. "En honor a la obra que todos hacemos con nuestras manos, y como recuerdo de la ayuda que Ilmater nos inspira a dar."

Cuando Dick Cars, semanas después, se sintió llamado al deber marcial, buscando la acción directa y el servicio valiente de la Orden del Guantelete, la imagen de la diminuta "Manitas" en aquella noche de lluvia fue una de las razones que lo impulsó. Manitas, el gato, ya era su primer compañero, el recuerdo vivo de que la compasión no solo se rezaba, sino que se demostraba con las manos.
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LA PRUEBA SILENCIOSA DEL CORAZÓN IV
La Marcha del Caballero y el Peso del Silencio
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La plaza bullía con una marea de vítores y colores. El sol de la tarde se reflejaba en las armaduras pulidas, pero el brillo que Dick Cars, Caballero del Guantelete y devoto de Ilmater, portaba, se sentía más como una pesada capa que como una luz de gloria.

Formado junto a sus hermanos de la Orden, Dick marchó. El ritmo marcial de sus pasos resonaba con el propósito inquebrantable que la Orden siempre proyectaba, la defensa de los débiles, la redención a través del sufrimiento.

Al frente, la imponente silueta del Guantelete se alzaba, un símbolo de justicia férrea.

El desfile fue un torbellino de aclamación. Él, sin embargo, solo percibía un eco amortiguado. Sus ojos, disciplinados para escanear peligros y buscar a los necesitados, tropezaban involuntariamente con un único punto en las gradas, Arenel.

Una vez que la formación del Guantelete hubo pasado y se detuvo en su lugar de honor, Dick se permitió mirarla mientras el resto de las facciones desfilaban. La Guardia de Athkatla, con su aire de rígida eficiencia, recibió aplausos estruendosos, pero los ojos del Caballero estaban fijos en el gesto que Arenel hacía, una sonrisa radiante, un toque furtivo en el brazo de Vesper, la suave inclinación de cabezas que solo aquellos que comparten una intimidad profunda entienden.

Cuando fue el turno de la facción de Vesper para marchar, la transformación en el rostro de Arenel fue innegable. Había una intensidad, una entrega total en su mirada que Dick nunca se había atrevido a pedir, ni a soñar.

Ella lo buscaba entre la multitud, no a él, sino al hombre que ahora caminaba con la confianza de ser amado. Sus manos se agitaban con entusiasmo desenfrenado, y los ojos de Vesper, al cruzar las gradas, respondían con la misma promesa.
Era la imagen de la alegría compartida, la culminación de un amor que había florecido sin obstáculos.

Un dolor sordo se instaló en el pecho de Dick, más profundo que cualquier herida de batalla. Era la punzada del arrepentimiento.

"Oh, Ilmater, Redentor, mi castigo es merecido," susurró su corazón, una oración sin palabras.

Se dio cuenta, en el fragor de la victoria ajena y bajo el sol que se ponía, de una verdad ineludible. Este amor, la silenciosa devoción que él había guardado celosamente, no era una flor a la espera de ser recogida. Era una planta que había muerto por falta de luz y voz.

Arenel y Vesper no estaban empezando una relación; estaban viviendo una.
El Caballero del Guantelete enderezó su postura. La máscara de estoica calma, entrenada por años de servicio, cayó sobre su rostro. Miró una última vez a Arenel, observando cómo le dedicaba a Vesper una mirada cargada de afecto.
Se acabó.

Ese amor platónico, la esperanza secreta, se hundió hasta el rincón más oscuro de su ser. No se desvaneció por completo, una pequeña brasa ardería allí, un recordatorio melancólico de lo que pudo haber sido si tan solo el valor que mostraba en combate se hubiera extendido a la confesión de sus sentimientos.

Dick desvió la mirada. Sus ojos se fijaron en la bandera de Ilmater que ondeaba al viento. A partir de ahora, su foco sería el camino de la Dama que Llora, aliviar el sufrimiento ajeno, no el propio. Vesper era un buen hombre, y Arenel merecía esta felicidad.

El desfile continuó, pero para Dick Cars, el verdadero acto había terminado. El caballero guardó su amor en el rincón más profundo de su corazón, un precioso y doloroso secreto.
El silencio que lo había condenado ahora era su penitencia, y a partir de ese momento, marcharía hacia adelante, con el Guantelete de su Orden como única guía y el recuerdo de Arenel como la cicatriz silenciosa de su única derrota personal.
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Un nuevo compañero
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Los Llanos de Athkatla, con su constante ir y venir de mercaderes, guardias y, por desgracia, mendigos, nunca duermen.

Como Sacerdote de Ilmater, procuro ver más allá de la capa de oro y mugre de esta ciudad. Mi fiel compañero, Manitas, un gato que me sigue como una sombra bendecida, se acicalaba tranquilamente junto a mis pies mientras yo meditaba cerca de la entrada de la posada.

Fue entonces cuando la sombra se alargó.
No era la silueta de un ladrón, sino una figura patética y espantosa, un perro esquelético, con el pelaje pegado a unos huesos prominentes y una mirada turbia de pura desesperación.

La criatura se movía con una urgencia dictada por el hambre, y su objetivo, lo vi de inmediato, era mi pequeño Manitas.

“¡Eh, quieto ahí! No hagas daño al pequeño, criatura de los Nueve Infiernos,” musité, interponiéndome con mi la Vara.

Mis primeras acciones fueron instintivas, busqué en mi zurrón un pedazo de pan seco y se lo ofrecí. El perro, sin embargo, solo gruñó, un sonido ronco y doloroso, y siguió fijando sus ojos amarillentos en mi gato.
El hambre en él era tan profunda que había superado la educación o el instinto de aceptar la caridad.

Recordé entonces un pequeño capricho, una ofrenda de un granjero agradecido por una curación, que había guardado.

Saqué con lentitud un pedazo de morcilla oscura, rica en sangre y sabor. La arrojé al suelo.

El cambio fue inmediato. El perro se abalanzó sobre la morcilla con una ferocidad que me heló la sangre, devorándola en dos tragos. El sabor de la verdadera comida, el sustento, había superado su desesperación predatoria.

Al verlo, el dolor de su aflicción se hizo tangible. No era un monstruo, sino una criatura de la Ribera de la Espada, abandonada y sufriendo. Mi corazón de Ilmater no podía ignorar tal dolor.

Entré apresuradamente a la posada, ignorando las miradas extrañadas del posadero, y volví con un par de suculentos filetes de ternera. Se los puse delante. Esta vez, comió con menos desesperación y, por primera vez, su turbia mirada se posó en mí con un atisbo de algo que no era amenaza, gratitud.

Manitas, lejos de huir, se había acercado con esa curiosidad felina que desafía todo peligro. Al terminar de comer, el perro lamió su hocico y, en un gesto que me hizo sonreír, le dio un suave empujón con la nariz a Manitas.

Y así, en medio de los Llanos, con el gentío ignorando este pequeño milagro, mis dos compañeros empezaron a jugar.

Mi gato, rápido y esquivo, el perro, torpe y aún débil, pero feliz.

“Te has ganado un nombre, pequeño,” le dije, acariciando su cabeza nudosa. “Por tus pasos lentos y torpes después de ese festín, y por la amistad que has forjado con Manitas. Serás Piececitos.”

Ahora, al igual que Manitas, el perro, Piececitos, se ha negado a separarse de mí. Es una sombra ruidosa, con hambre constante, pero también una prueba visible de que la compasión y el alivio de la aflicción son las fuerzas más poderosas en Amn.

Ilmater me ha bendecido con un nuevo compañero en el camino.

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Pequeña escena creada por @DM Apofis muchas gracias por darme otro nuevo compañero de aventuras 😅🤪 sobre todo gracias por el rato divertido
 

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REFLEXIÓN DESPUÉS DE LA BATALLA
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El aire pesado y húmedo de Athkatla se adhirió al cuero desgastado y la cota de malla magullada de Dick Cars. Cada paso hacia el Hospicio de San Annur era una punzada renovada de dolor, cada músculo protestaba, cada herida —desde el corte limpio de una hoja de hierro frío hasta la quemadura residual de una energía vil— ardía bajo la tela empapada.

Había dejado atrás el estruendo y la sangre, la desesperación compartida con los guardias de la ciudad, las Hermanas de la Luna y sus propios hermanos del Guantelete. La imagen del gran demonio y los seres malditos que asediaban la vida de la pequeña Sasha se desvanecía lentamente, dejando solo un eco sordo de cansancio.

Dick se deslizó en silencio hasta la pequeña biblioteca del hospicio, un refugio conocido. Era un espacio humilde, la luz de la luna apenas se filtraba a través de las ventanillas, dejando la estancia en una penumbra sombría y con un perpetuo olor a pergamino viejo y humedad. Detrás de la mesa de roble, un viejo sillón de cuero esperaba. Se dejó caer en él con un suspiro áspero, el peso de su cuerpo pareciendo colapsar sobre el tapizado.

Cerró los ojos, no por el descanso, sino para revivir la escena que no podía sacudirse de encima. Valerio. Su hermano, su amigo, cayendo con un grito sofocado, rodeado por la sombra.
El terror gélido que le había helado la sangre ante la visión de que el Mal había reclamado a uno de los suyos.

La milagrosa, y casi imposible, recuperación que vino después.

La sensación de haber estado a un solo golpe de distancia de unirse a la Muerte varias veces.

“Soy un Caballero del Guantelete,” pensó, la frase vacía resonando en su mente exhausta. “Sirvo a Ilmater, el Dios Que Aguanta. Mi propósito es aliviar el sufrimiento.”

Y sin embargo, se había lanzado a la vanguardia, con la esperanza de blandir la justicia divina y la furia de un paladín.

Había intentado ser el escudo, el juicio en vida. Había fallado.

La verdad, tan simple como devastadora, se posó en él con la calma de la fe verdadera. Él no era un Paladín. Nunca lo había sido. Valerio era el guerrero, el puño de la orden. Dick era el sostén, el corazón palpitante detrás del avance.

Su alma había sido templada no en el fuego de la ira justiciera, sino en el bálsamo de la compasión y la quietud del estudio de las hierbas y los conjuros de curación.

Había sanado, había bendecido, había reforzado. Esos habían sido los momentos en que su magia había sido más potente, su fe más firme. Cuando algunos compañeros se levantaron de nuevo, no fue por la espada de Dick, sino por su oración y el toque sanador de Ilmater a través de su mano en alguna de las ocasiones.

Una paz, diferente a la resignación, pero profunda, se instaló en el dolor de su pecho. El camino hacia adelante era claro, libre de la carga de ser algo que no era.

"Mi lugar no es en la punta de la lanza, sino junto al mango," se prometió en el silencio de la biblioteca.

A partir de ahora, Dick Cars dejaría la primera línea a aquellos mejor equipados. Él volvería a la retaguardia. Sería el faro de curación, el canal de las bendiciones de Ilmater, la roca donde sus compañeros podían recuperar el aliento y la fuerza.

Ese era su don, su verdadera vocación, el servicio para el que se había preparado toda su vida. Y lo haría mejor que nadie.

Con la nueva convicción ardiendo débilmente en su corazón, finalmente permitió que el cansancio lo reclamara, cayendo en un profundo y merecido sueño en la quietud de San Annur.

Se centrará en su verdadera naturaleza, su misión en éste mundo, ser SANADOR.

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Reflexión después de lo ocurrido en la guiada del @DM Schnoz sobre la maldición de Sasha, que por cierto, FUE LA LECHE, mi enhorabuena al DM y al resto de los participantes de la escena, da gusto jugar con gente como vosotros ❤️ , pero hay que saber cuál es el puesto de cada uno y he averiguado el mío y en ello me centraré
 

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La Luz del Precio Pagado
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He notado que el resplandor constante que emana de mi antebrazo izquierdo ha despertado curiosidad y, en ocasiones, temor.

No es un Trofeo, es una Cicatriz de Fe
Este resplandor no es un conjuro que convoco a voluntad, ni una bendición ganada por hazañas de guerra. Es la Marca del Sacrificio Aceptado.
Es la huella constante de un día en que mi juramento a Ilmater fue probado hasta sus cimientos.

Hace dias, me enfrenté a un sufrimiento que estaba a punto de romper a un alma inocente. Era una carga que no debía llevar, un dolor inmerecido que la habría consumido.

En ese momento, hice lo único que un siervo de Ilmater puede hacer, me ofrecí para llevar esa carga. Recibí en mi carne y en mi espíritu la cercanía a la muerte por salvar otra vida.

El Señor del Sufrimiento, que valora la perseverancia y el martirio voluntario, no me permitió morir en mi locura. En su misericordia, él me sostuvo.

La luz que mana de mi antebrazo es el remanente visible y permanente de esa transferencia de dolor. Es un pacto con el Dios que llora.

Es el recuerdo vivo del sacrificio ya hecho. La marca es constante; no la conjuro, simplemente es.

Su brillo se vuelve más intenso en los momentos de mayor necesidad, cuando un golpe, una aflicción o una agonía están a punto de romper la voluntad de un inocente o de mi propio espíritu por la desesperación.

Significa que, en ese instante, el dolor que me golpea es filtrado y atenuado por el recuerdo de mi gran sacrificio anterior. Es mi Señor recordándome que ya he pagado un precio por otros, y que puedo soportar un poco más, por amor.

No es un poder. Es una obligación. La luz es constante, y cada vez que su brillo aumenta, siento el eco de aquel dolor pasado, recordándome que la fe verdadera exige una constante entrega.

Mientras yo siga respirando, seguiré interponiéndome entre el sufrimiento y el inocente.

Que el Señor del Sufrimiento me dé la perseverancia para soportar la carga del mañana.

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