DreamCatcher
Vampiro buceador de lagos
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CASA DE CUENTAS DE LOS RUNDEEN
Pasillos del Laberinto
La Casa de Cuentas de los Rundeen se alzaba imponente en el Distrito de Jotunheim de Muranndin, un edificio de elegante arquitectura, donde cada piedra parecía haber sido colocada con la misma precisión que sus libros de cuentas. A la entrada, la estatua de una figura infernal recibía por igual a ciudadanos y extranjeros en busca de resguardo.
A diferencia del caos exterior, dentro reinaba un orden absoluto. Guardias, entre ellos minotauros de porte imponente, se mezclaban con secretarios vestidos con finas telas que se movían con la eficiencia de una maquinaria perfectamente calibrada. Los primeros vestíbulos conducían a las Cámaras de Depósito, donde se custodiaban bienes privados. Oro, documentos, joyas y cargamentos que los clientes preferían poner bajo la custodia de los Rundeen.
Más allá, tras puertas reforzadas y un entramado de pasillos que los propios empleados llamaban el Laberinto, se encontraban las Cámaras de Exposición. Aún más protegidas que el resto, estas salas estaban construidas en mármol oscuro, con paredes engalanadas con filigranas de oro. Allí, se erguían los expositores sellados, vitrinas de cristal que albergaban objetos demasiado valiosos —o demasiado peligrosos— como para perderlos en colecciones privadas. Algunos eran trofeos, otros, pagos de viejas deudas, así como reliquias cuyo origen el propio Consorcio prefería no detallar, pero cuyo valor no siempre era monetario.
Los rumores decían que varias cámaras tenían guardianes invisibles, ojos que nunca cerraban, y trampas suficientes para convencer incluso al ladrón más ambicioso de que, en la Casa de Cuentas, nada se toma sin pagar el precio.
A diferencia del caos exterior, dentro reinaba un orden absoluto. Guardias, entre ellos minotauros de porte imponente, se mezclaban con secretarios vestidos con finas telas que se movían con la eficiencia de una maquinaria perfectamente calibrada. Los primeros vestíbulos conducían a las Cámaras de Depósito, donde se custodiaban bienes privados. Oro, documentos, joyas y cargamentos que los clientes preferían poner bajo la custodia de los Rundeen.
Más allá, tras puertas reforzadas y un entramado de pasillos que los propios empleados llamaban el Laberinto, se encontraban las Cámaras de Exposición. Aún más protegidas que el resto, estas salas estaban construidas en mármol oscuro, con paredes engalanadas con filigranas de oro. Allí, se erguían los expositores sellados, vitrinas de cristal que albergaban objetos demasiado valiosos —o demasiado peligrosos— como para perderlos en colecciones privadas. Algunos eran trofeos, otros, pagos de viejas deudas, así como reliquias cuyo origen el propio Consorcio prefería no detallar, pero cuyo valor no siempre era monetario.
Los rumores decían que varias cámaras tenían guardianes invisibles, ojos que nunca cerraban, y trampas suficientes para convencer incluso al ladrón más ambicioso de que, en la Casa de Cuentas, nada se toma sin pagar el precio.
La siguiente información es conocida únicamente por personajes de Muranndin,
con validación del DM de la región.
con validación del DM de la región.
Validado por DM Kapillo.
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