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Servicio y deber

Silver

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Anochecía. Ante la llegada del ocaso las sombras se tornaban siniestras dueñas de las calles. Entre pasadizos y esquinas, era dominio común para aquel que quisiera conservar la vida y el oro, que ni las ratas más avezadas deberían deambular por estas calles al caer la noche. Una joven mujer morena, cuya altura y porte le hacia parecer más mayor de lo que realmente era, caminaba a pasos rápidos para salir de las callejuelas antes de que los últimos rayos del sol se extinguieran. Llevaba ropas ajadas de segunda mano y mochila en el hombro con sus pocas pertenencias encima.

Rodeando el sonido de sus pasos se daba una calma inmensa. En las calles hace un instante bulliciosas, ahora reinaba el silencio y la calma de todo un barrio queriendo pasar desapercibido. La joven de piel morena iba con la cabeza gacha, ocultando parcialmente su rostro aún aniñado, los ojos grisáceos atentos a las sombras que no podía discernir.

-¿Donde vas a estas horas sola?.

De la nada apareció una figura, con ropajes tan oscuros como las sombrías esquinas que hasta entonces le habían guarecido. Figura tapiada de la cabeza a los pies, siendo indistinguible su tez y su propia raza. La joven desvió la mirada hacia las calles, había estado lenta. Su gesto de resignación la acompañaba.

-Venia de comprar y vender pequeños objetos. No deseo problemas.

-Sino deseas problemas, deberías haber entrado a estas calles a otras horas. O no entrar en ellas. En esta época del año, anochece antes.

-Lo sé, ha sido un fallo.- La joven alzo las manos en clara señal de rendición.- Poco tengo, pero suficiente para que este atraco no pase de las palabras, si os parece bien.

-Lo suficiente ingenua para que yo te pille de noche, lo suficiente avispada para saber que tienes que hacer, extraña combinación.

-No será la primera vez, no cuando se ha vivido en estas calles.

Una risa genuina sobrevino a aquel que por cara tenia sombras, una capucha mágica que no solo creaba un tono de voz impropio sino fundía en negro antinatural allí donde debía haber un rostro. El atraco iba a ser al menos limpio, tan limpio como podía ser en una calle que desprendía olor a orín y a moho. La joven desvió la mirada, contestando a sus preguntas y buscando sus monedas, pero perdida ya en sus pensamientos. La vista siempre dirigida al sur, allí donde las casas tapaban distintos callejones y pasadizos que ocultaban calles aún peores.

Entre callejones donde todo se esconde, también se ocultaba una casa que no tenia derecho a ese nombre. Un cuarto sucio y pequeño conformaba todo el espacio. La puerta estaba rota parcialmente y por sus grietas pasaba el frio. Las paredes no albergaban ventanas sino dos pequeñas rendijas tapiadas que daban a un patio interior. No era poco común este tipo de lugares en esa zona de la ciudad, mientras en el otro extremo existían mansiones con grandes rosetones por ventanales y tantas estancias como un niño pudiera imaginar. Se decía con sorna y acierto, cuanto más cerca de Agujas del Oro estuvieras más lejos quedaba el cementerio. La riqueza no soportaba la muerte.

En ese estrecho cuarto vivían una pareja y su hija. Y las ratas. La joven pareja alternaban sus jornadas de trabajo en las calles, de noche él buscando oro en bolsillo ajeno o joyas en tumba recién abierta, de tarde ella escuchando palabras de interés para cualquier sombra que supiera pagar por susurros. La niña crecía en un mundo con lecciones que la mayoría alcanzaría de adultos. Y con dos templos de fondo, el que salvaguardaba su estomago y en mayor medida su inocencia, y el que concedía al astuto y sigiloso el oro que alejaba la pobreza.

La casa veía pasar las suaves primaveras con el olor de las flores del camposanto, los cálidos veranos entre los insectos que subían del rio, los lluviosos otoños donde la puerta rota cedía ante el agua de la lluvia y los nefastos inviernos que traían enfermedad y muerte. Enfermedad por frio y falta de comida. Del invierno quedaban diezmados bebes que no sobrepasaban la cuna, infantes que no sobrevivían para ver la edad adulta o adultos supervivientes al filo de la espada que acababan sucumbiendo a la perfidia de Talona. El hambre mata más que las espadas. El frio es peor que la cárcel. ¿Quién no haría lo que fuera necesario para evitar esos destinos?

Carla paso sus primeros inviernos sin enfermar un solo día de su vida, creciendo alta y robusta a pesar de la escasez. Pero los trabajos que evitaban el hambre y el frio, tenían el infortunio de encontrar la muerte en el acero. Ninguna acción debería quedar sin consecuencia. No era común ver ladrón anciano. Su padre murió en el séptimo invierno de la niña, no por enfermedad pero si por filo. No eran pocos los aventureros y hombres de honor que usaban la espada ante los asaltantes de tumbas. Tampoco era impropio que alguna criatura deambulara en busca de victimas al caer la noche.

Su madre tras esto, doblo los turnos para llevar un plato a la mesa. No había descanso para el pobre. De tarde seguía escuchando susurros, de noche hacia favores más íntimos a cualquiera que pudiera pagar. Y con eso sobrevivieron cinco inviernos más y al quinto Carla quedo huérfana. A nadie le extrañaba que una mujer de moral relajada muriera por un amante enardecido.


Chasqueo los dedos la figura encapuchada y con ello la mirada de la joven pareció centrarse. En medio de la charla y amenazas, sin hacer el más mínimo ruido al llegar, ahora eran dos los hombres encapuchados. Ambas siluetas parecían idénticas entre si y a la vez únicas. Tan intimidantes que resultaría imposible desviar la mirada ante su encuentro y tan uniformes que seria imposible describirlas ante la guardia con precisión.

-Entonces Carla, ¿no le vas a hacer el favor a las sombras? Seria mejor para ti, chiquilla, y evitaríamos esta charla.

-No puedo hacer lo que me pedís, ya os lo he dicho. - la joven comento con voz sincera.- Mis ethos no me lo permiten y estos son inquebrantables.

-Esto acabará bastante peor para ti, paladín.- de un suave movimiento en ambas manos apareció el brillo del acero. - Ya te veremos cuando acabes de nuevo en estas calles. Nadie se aleja realmente de las mismas. Cuestión de tiempo.

Un golpe de acero y el rasgar de la tela. Sonidos cortos y bruscos, quejidos de dolor contenidos. En la oscuridad de la noche ya avanzada acabaron separando los pasos las tres figuras. El atraco había acabado sin ser tan limpio como parecía en un primer momento. La joven de tez morena taponaba su sangre con las manos, alejándose a paso rápido del callejón. Las sombras, sombras eran y tan pronto acabo el atraco se fusionaron con las mismas esquinas que antes les habían guarecido. Y tras la charla primero, los golpes después volvió a reinar el silencio persistente en las calles. Un silencio que no traía calma sino la promesa de violencia, dolor y muerte.
 

Silver

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En el camino entre Athatla y Crimmor marchaban una joven pareja, Carla ya recuperada mediante la magia divina de sus heridas de la noche anterior y Emrys un joven de edad similar que portaba una armadura de acero completa.

Durante las primeras horas del viaje, la charla había sido extraña y cohibida. A medida que avanzaba el día, la inexperiencia común de ambos había creado una rápida comprensión y empatía. Se habían conocido en medio de la noche, Carla sangrando y cubriendo una herida de la que estaba avergonzada, Emrys acostumbrado a las heridas pero sin conocer la palabra vergüenza. No era vocabulario digno de un sacerdote de Tempus, aunque este fuera novicio.

Carla jamás había salido de Amn, por lo que la primera vez podría disimular más su nerviosismo estando acompañada. Tomaron juntos el barco rio arriba. El trasiego de la cubierta acompañaba el vaivén que el agua provocaba sobre esta. Ambos parecían perdidos en su conversación, de dudas y futuros inciertos.

-Quizás una cerveza te vendría bien para los nervios.

-Ya te he dicho que no bebo. - no podía esconder su nerviosismo. - No sé si voy a encajar con ellos.

-Seguro que sí, además lo tienes más claro que yo con el ejercito. Aunque imagino que acabaré alistándome. Cuando conozcas el lugar será más sencillo aún.

Entumecidos los músculos por el exceso de horas con armadura puesta, llegaron a Minsorran al alba. Las horas habían pasado sin descanso ante ellos, algo que pasaría factura y obligaría al sueño en cuanto terminaran la visita prometida. Desembarcaron y marcharon hacia la plaza principal. Ya desde el rio se podía observar la magnitud de los templos y sus edificios, sobresalían las atalayas de la fortificación que ejercían de vigía. A su paso contemplaban blanca caliza en sus muros, ricos tallados en mármol decorativos, portones de madera maciza, vidrieras en las ventanas, grava y adoquín pulido en el suelo.

-Torm bendito- Carla evito blasfemia mayor, tan conmocionada como impresionada ante la visión del castillo. - No esperaba algo de este tamaño, ni por asomo.

Carla empujo la puerta hasta crear una apertura, pero fue su acompañante quien más determinado termino de abrirla por completo. Paralizada observo el vestíbulo del castillo. En su interior podrían caber tanto la primera casa que compartió con sus padres como la pequeña granja de Purskul que en los últimos tres años había llamado hogar. El suave susurro de decenas de voces, mitigadas por el respeto a los dioses, llenaba la sala.

Siguiendo el suelo de piedra blanca se acercaron hacia una apertura del mismo vestíbulo. Al menos cinco veces mayor de lo que ya habían visto, las columnas, estatuas y altares presidian la estancia. No escapaba a ojo incauto o atento, que en los laterales y salvaguardados por vallas de acero se encontraban las sepulturas de quienes habían dado su vida por la Orden. Mártires en tumbas de impoluto blanco. Todo en aquella sala inspiraba grandeza y no por primera ni última vez Carla miro con nerviosismo a su alrededor.

-Este lugar me queda grande, Emrys. - susurro en voz queda.

-Carla, date una vuelta por la sala y respira calma, quizás así te sientas más tranquila.

Asintió una vez la paladín y sus ojos se movieron hasta encontrar una esquina solitaria. Desde allí se podía ver el altar supremo de la Triada, y el tercio que correspondía a Torm. Mármol pulido conformaba la pieza, bancos de caliza, adornos en oro y plata. Tan solo en la esquina de su señor, la Furia Leal, había más riqueza y brillo del que había contemplado en toda su vida. Todo quedaba hoy tan lejos de sus primeros rezos a su señor.

Con trece años, para el templo del Quebrado ya existía la duda sobre si la niña tenia un don entregado por los dioses. No era ningún secreto que Carla sentía dentro de sí un cierto fondo de rigidez, de respeto a las reglas y de probidad, algo impropio a su crianza y estatus. Tampoco que jamás enfermaba y tenia una salud casi divina. Sin querer que una niña tan recta buscará fortuna en el negocio de padre o madre, tras el oficio y entierro por su progenitora, acabo en el Hospicio de San Annur al cuidado del clero.

Hasta ese día Carla conocía poco sobre los dioses. Ilmater por supuesto, el Quebrado había sido parte indispensable de su vida, misericordia y bondad que irradiaba pero que de alguna forma jamás completaba su alma. Y Mask cuando la noche reinaba, el señor de los Ladrones había sido una constante en su pequeño hogar, al que se rezaba entre susurros pidiendo fortuna y esquivando la muerte. Nunca había sido dogma para ella, pero no podía negar que respetaba en cierta manera a quien custodiaba el alma de sus padres.

Las hermanas de San Annur tomaron la tarea de enseñarla más dogmas. De la triada por su puesto. Estudiando las palabras que formaban la base misma de la triada, Ilmater, Torm y Tyr, aprendía de paso a escribir y a leer, algo para lo que iba retrasada con respecto al resto de infantes. No le costó más que dos dekhanas de rezos, pero enseguida fue claro que Carla tenia una predisposición por la Furia Leal. No fue una revelación causada tras un gran instante y que creará un golpe a los cimientos de su persona. Fue la constancia y la naturalidad, tan propio era el dogma de Torm para su espíritu y mente como le era respirar.

Mientras en el Hospicio la enseñaban a leer y escribir, termino de quedar patente la salud prodigiosa de la niña. Sin juegos infantiles y asolada por la pena, Carla empezó a ayudar a tratar a los enfermos. Habían pasado dos meses y las hermanas parecían no tener miedo alguno a que la niña cayera ante la perfidia de Talona. Ya no era un rumor sino una constatación que la joven había sido beneficiada con un don quizás desde su cuna.

Tras unos meses más, en San Annur apareció uno de sus muchos viajeros, que a fuerza de fatiga y bolsillo humilde, pernoctaba en el mismo. Un anciano al que la vista le fallaba a fuerza de edad, encorvado y marchito, era usuario común de los cuidados de las hermanas. En otro tiempo había sido un gran guerrero, un paladín de Torm nada menos, pero la vejez no es misericordiosa para nadie. Provenía de Purskul y solía hacer el viaje tres veces al año para traer desde la ciudad granero, especias y plantas adecuadas para las pociones de curación. No hubo demasiada discusión y a su marcha el anciano paladín se hizo cargo de la casi adolescente.


-¿Te quedas, Carla? .- el joven novicio de Tempus mostraba signos de sueño, ojeras marcadas y una mueca en el rostro. Llevaba unos minutos observando a la joven.

-Perdona. Si, si... claro que me quedo. Buscaré a la Maestre Sheela, me han dicho que es su nombre. O a algún caballero y les preguntaré.

-Serás una buena Ordenada. - animo Emrys con suavidad a la dudosa paladín. - Y después deberíamos celebrar tu decisión con cerveza. - sonrió con sorna.

-Solo puedo otorgar mi servicio a la causa. Espero que con eso sea suficiente. - negó con gesto divertido ante el nuevo ofrecimiento del joven.

Se separaron ante los portones del castillo. Puertas de madera tallada y barniz brillante. Goznes de acero bruñido. Firmeza y belleza era la constante del castillo en cada rincón y detalle. Se separaron con palabras de ánimo mutuo y la sospecha de que no volverian a verse, que había sido un encuentro fortuito que ambos necesitaban para obtener el empujón definitivo e iniciar viaje.

Emrys giro sus pasos hacia el puerto. A él le aguardaba futuro incierto, de caos y de guerra. Misteriosos caminos serpenteantes y luchas sin cuartel. La batalla digna de Tempus en una nación con tendencia a la guerra. Quizás no volvieron a verse por una muerte temprana, quizás la gloria lejos de casa. Destino incierto.

A la espalda de Carla, sobresalía el castillo que era reflejo de la propia Orden. Firmeza y belleza albergaban sus rincones, materiales duros como el acero, irrompibles pero brillantes, bruñidos por el mejor de los artesanos. Quizás fuera lo que hicieran con sus mismos hombres, pulir el carbón y presionarlo con fiereza, hasta que este tornara en diamante.
 

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Habían pasado dos dekhanas, pero el tiempo parecía haberse ralentizado. Tan poco tiempo y tantos cambios que Carla no había podido asimilar. En la tranquilidad del atardecer, cuando vio la que debía ser su alcoba en el Castillo la joven Carla palideció al contemplarla. Era una habitación, una habitación propia.

-Es austera, tiene tan solo cama y una cómoda, algo de luz y una mesa para que hagáis vuestros informes, un hogar para el frio.

-Es más que suficiente, Maestre. - Era el mayor lujo que había obtenido en su vida. ¿Cómo le explicaba eso a su Maestre? Como siquiera pronunciarlo en voz alta.

Rodeada de escuderos, caballeros y hasta una Maestre de Lathander, Carla había aprendido a sentirse incomoda. Eran buenas personas, jamás lo dudaría, compartían el mismo sino pues todos habían tomado la decisión de ayudar a los demás mediante el servicio, pero su presencia le era extraña y le hacia sentir insegura en su propia piel. De oro lucían las armaduras, las joyas pendían en sus símbolos sagrados. Pétalos a su paso, flores en sus alcobas, ramilletes en sus vestidos cuando dejaban de portar el tabardo.

Carla jamás portaba algo que no fuera el tabardo o su armadura. Cuando había tomado la decisión de unir sus pasos a la Orden del Radiante Corazón, con un suave empujón del joven de Tempus con quien compartió camino, había donado sus ropas ajadas al templo de Ilmater de los barrios. Eran viejas y estaban tan cosidas y parcheadas que ya no se discernía cual era el color original de las mismas, pero tenia claro que seria más de lo que tendrían aquellos a los que Mask no sonreía.

Además que ya no las necesitaba, no necesitaba nada que no fuera un uniforme. Ahora tenia el tabardo y la capa que le había regalado Atheret, no necesitaba nada más. Cuanto más sencillo fueran las ropas más simple seria dejar de ser Carla, aquella infante que había nacido en la miseria y había florecido entre privaciones, y ser tan solo un paladín.

Un viejo paladín de la Furia Leal, tan anciano que la vista le fallaba a fuerza de necesidad, encorvado y marchito se hizo cargo de la adolescente. Atheret albergaba ya solo dos sentimientos sencillos, el respeto a la autoridad que le había sido inculcado a base de una fe ciega y profunda y el odio a la traición y cualquier atisbo de mal. Si el hombre había conocido la misericordia a cualquiera que no fuera un niño, había perdido tal sentimiento con el paso de los años y los sinsabores que traían la edad. Ningún paladín debía vivir tanto, ninguno debería ver tanto.

Tantras producía devotos de Torm rigurosos, rectos y penitentes. Eran los huérfanos de los huérfanos. Cuando en todo el continente tu ciudad es celebre por el sacrificio de toda una generación de adultos en favor de un dios, la carga de los que llegan después no es pequeña.

Carla aprendió la Penitencia del Deber y las tres Deudas de Torm. En Purskul y con la enseñanza más básica de fe, sus años hasta la mayoría de edad fueron bajo una enseñanza de absolutos y sin excepciones. La joven que florecía cada día, aprendía a base de dureza y quizás a la fuerza a ser estoico y austera. La humildad quizás excesiva venia de un gran complejo de inferioridad, cosa que a Atheret le agradaba. La fe se había convertido en causa y meta para toda su vida carente de nada más. Servicio. Velar y vigilar, al ajeno y al amigo. A uno mismo. ¿Quién vigila a los vigilantes? Uno mismo también debe hacerlo sino pierde la capacidad de introspección.

La vida de Purskul que debía ser una de privaciones, abnegación y aislamiento para no tener ni la más mísera distracción hacia su futuro como paladín, resultaba un contraste con sus primeros años. Teniendo a su disposición más monedas de las que había visto jamás, no tenia comida más variada que en su niñez. Habiendo salido del encierro de las calles estrechas, las ratas y el frio, se aislaba en una casa rodeada de campo y belleza del trigo y los viñedos.

Así pasaron los años, de servicio a Atheret. De aprendizaje a su dogma. Con fiereza y determinación, se había inculcado en Carla la necesidad de salvación para su alma y esta a través del servicio. La joven había dejado claro que no deseaba acabar sus días bajo el amparo de Mask, eso era una realidad. Era natural que cada fallo tuviera un castigo y cada éxito le acercará más a su propia salvación. ¿Y como saber qué era un fallo y qué un acierto? Ella no sabia nada de leyes, lo justo de dogmas y fes, muy poco de comportamiento de caballeros o nobles. Era justo y necesario que sus mayores dictarán su camino y Carla se limitará a obedecer.

-Ven aquí, Carla. -la joven había sobrepasado los diecisiete inviernos hacia unos meses, su complexión ya destacaba entre todo aquel con quien cruzara camino - sabes que las personas como nosotros tenemos una responsabilidad. Y creo que ha llegado tu momento. Estos años juntos han sido un regalo que no esperaba obtener, no a mi edad.

-Yo también creo que es el momento, -inclino la cabeza, con gesto sumiso, había aprendido a base de los años a que reafirmar las ordenes de Atheret era la mejor forma de calmar al anciano- de irme a vivir más allá de Purskul. A servir.

-A servir tu deuda para con el resto, quieran ellos o no, es tu trabajo y debe ser la razón de tu vida. Como fue de la mía. Yo estoy atrapado en este cuerpo ya inútil, pero no tu, tienes tanto camino por recorrer. -los ojos del anciano se humedecieron observando a la joven - No me abandonas, recuérdalo siempre, pues no abandonas el camino que te ha sido concedido. Haz lo que juzgues mejor pero no temas errar en tus pasos, que cada acierto honre a Torm y cada fallo te muestre como no repetirlo.


Carla recordaba las últimas palabras de Atheret, las últimas por un tiempo al menos. La Maestre había salido de su alcoba para darle intimidad. Sin espejo donde mirar su reflejo, paso la mano por la tela decorada de azul. Un corazón tejido blanco cubriendo su pecho, las alas de un ángel de Celestia lo rodeaban. El símbolo que representaba mucho más que a si misma.

El suelo de caliza era cálido en la cercanía del hogar, encendido por los últimos estertores del frio. Rondaba ya la primavera que no tardaría en traer la siembra en Purskul, las crías de los animales, las bodas de los amantes y los festivales al tenue calor. El añorado aroma de de las flores del camposanto tan cercano a su primer hogar. La placas de acero descansaban apoyadas en el suelo frente al pequeño escritorio.

¿Qué se suponía que se hacia en un habitación propia? No tenia nada con lo que cambiarse, más allá de más tabardos limpios y ropa interior. Quizás las mantas de su cama y el calor del hogar serian suficiente. Sus pertenencias más allá de lo que le había proporcionado la Orden eran escasas. Sus espadas, exóticas y extraordinarias, que tanta pasión despertaban en la joven paladín. La capa descolorida con simbología de la Furia Leal, que había pertenecido a Atheret desde sus primeros días de servicio. Una pequeña caja, donde guardaba las alianzas de plata que habían usado sus padres. No quedaba más de ellos, tan solo memoria.

Ni pertenencias, ni deudas, ni dudas. Así había de ser. Nada que pudiera nublar su propósito, ni enturbiar su camino. La Espada de Torm no conoce el miedo y aun siendo falible tiene siempre el mejor de los deseos, el más grande de los esfuerzos por hacer lo correcto. La Espada de Torm no es una mujer, una madre o una amante, es otra cosa. Son unos ethos, un camino escogido y un sentimiento de moralidad tan fuerte que un cuerpo más pequeño no podría albergarlo. Eso le había enseñado Atheret al menos, quizás por eso había crecido de forma tan desmedida. Carla seria una vigilia constante, de otros y de si misma, enemigos o aliados, eternamente vigilante ante la traición y la corrupción.

Tomo asiento en su cama y observó el crepitar del fuego mientras acariciaba de forma distraída la tela del tabardo. ¿Qué se hace con una habitación propia cuando se debe más de lo qué se tiene? Sin deudas con los hombres, pero si con un dios que entre todas las posibilidades había decidido conceder su don a aquella que había nacido para no tener nada. O para morir buscando la riqueza en bolsillo ajeno.
 

Silver

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Carla observaba al hombre que yacía a su lado. Gesto turbado y entristecido, cuerpo que reflejaba toda una vida de malnutrición que solo había empezado a esquivar en la edad adulta y cicatrices. Tantas cicatrices que cualquier clérigo de Tempus lo tomaría como propio.

Algunas de estas se marcaban como restos de espadas, un soldado es un soldado. Muchas eran marcas de objetos contundentes, piedras o marcas de patadas dadas con tanto ahínco que más de tres lustros después aún se observaba donde había desgarrado la carne. Eran marcas que surgían de la supervivencia.

Carla no era una mujer estúpida, por mucho que no pudiera entrar en la categoría de intelectual según los preceptos de los arcanos. Conocía sobradamente qué tipo de vida marcaba un cuerpo así, una que denotaba suplicio, hambre y soledad. Y muchísimo miedo por no ver un nuevo día. Eso era algo que la entristecía profundamente.

Habían hablado mucho, habían tenido citas. Cierto es que no llevaban mucho tiempo, pero para un paladín que sabe que la muerte es un hecho cercano, las medidas de tiempo no podían coincidir con las de un elfo de vida extraordinariamente larga.

Había bajado a la Infraoscuridad y vuelto, con los recuerdos de la promesa de la muerte presente. Había visto sucumbir en la tristeza a amantes, amigos y familia de aquellos que ya no estaban. Había vuelto herida y cabizbaja, había sido cuidada.

Se giró para recuperar sueño, otra vez despierta al notar el lecho compartido moverse bajo el peso de Alain a su vuelta. Algunas noches solía despertarse sin saber si volvía a acostarse o bien se giraba de forma brusca.

Como había llegado a ese punto, esa noche había dejado de ser un misterio. Algo pasaba en su mente, eso estaba claro pero ¿el qué? No tenía ni idea. Demasiados traumas habían sido contados y por una vez la mayoría no eran de ella. Confiaba en él ciegamente, quizás sería un error pero no podía quebrar su fe. Sabía de primera mano que jamás, él, había tenido quien le apoyará de forma desinteresada, que le cediera un ápice de cariño sin nada a cambio. Solo eso ya turbaria a cualquiera.

Crecer sin familia, no poseer amigos y aquellos que tuviera ser arrebatados mediante la violencia. Cruel destino. Dormía mal por las noches, soñaba despierto de día. Callaba más de lo que otorgaba y pensaba sus palabras más de la cuenta. Pero también bajaba su guardia cada vez más a menudo, él, que se mostraba casi como un infante cuando eso pasaba. Turbado e inquieto, emocionado y sin su don para las palabras. Quedaba a merced de caricias y en el peor de los casos quebrantos, dudando ya no de todo sino de si mismo y de nuevo con un temor tan grande que turbaba a Carla en lo más profundo de su mente.

Parecía que estaban destinados a entenderse, como poco. A quererse ya era una obviedad para cualquiera que mirara. Esa noche era ella a quien se le escaparia el sueño. Carla seguía pensando que algo sucedía, pero no podía entender el qué. No entendía como cuando Alain bajaba su guardia permanente, sus palabras controladas llenas de cariño y certeras se tornaban en escasas frases entrecortadas temblorosas. Sabía que las segundas siempre eran más sinceras, aunque las primeras tuvieran un poso de verdad, pues no maquillaban la realidad.

Carla suspiro profundamente y girándose tapó con la sábana a quien yacía a su lado. Esperaba que por cada cicatriz que marcaba su cuerpo y quebranto que amenazaba su pecho, pudiera otorgarle días de vida pacífica y noches de sueño tranquilo. En el breve tiempo que los dioses decidieran que le tocará vivir.
 

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Querido Erik,

Querido se queda corto. Hermano mayor se que es tu preferencia por decoro y una edad no tan dispar, pero ambos sabemos que quedó en algo tan cercano a padre o esa es mi certeza. No pude hablar con sinceridad aquel día porque he dado mi palabra a algo que solo me hace daño, pero jure nunca mentirte así que esto tendrá que bastar. Aunque solo lo sepa yo.

Todo ha sido paulatino, al principio no me daba cuenta pero ahora lo veo, tejido a mi alrededor como un velo que oscurece todo a mi paso. No sé si Torm será misericordioso conmigo, el dogma de nuestro señor no parece dar pie a ello. Vienen a mi cabeza todas nuestras charlas de fe, y no han sido pocas. Recuerdo en esta noche sin dormir una de las últimas.

¿Alguien que ha perdido el camino se da cuenta de ello? Te diré que si y que no. Yo sé que con mi mentira, y que falta a la verdad tan grande es, estoy faltando a mi Dios y a mí misma. Pero también creo que aún no me he alejado del camino, que hasta el lodo negro que cubre mi mente forma parte de este. Que lo hago por una buena razón. Aunque solo yo así la vea.

Tengo que serte sincera aunque nunca has sido tonto e imagino que ya lo sospechas. Alain es un mal hombre, Erik, no he conocido a un hombre peor. Pero a la vez y aquí radica mi problema nunca he conocido a un hombre mejor, no conmigo. Me eleva cada día y me libera, pero he comprendido tarde que también me ha encadenado a su lado. Es mi castigo y mi recompensa.

Él me quiere de eso estoy segura y peor aún le sigo queriendo, no puedo dejarle ni sabría cómo. Mi alma me pide que no escuché sus palabras ponzoñosas que dejan veneno a su paso pero te juro que no soy capaz de levantarme y evitarle a él, a sus susurros cargados con malicia para manipularme, a sus besos y sus abrazos que calman mi llanto hasta cuándo es él quien lo provoca. No soy capaz de abandonarle, de dejarle y dar el paso. Eso me está volviendo loca y ha perturbado mi alma.

Pero hay algo peor que sus falacias, su verdad absoluta. Cuando ha sido sincero conmigo y ha dejado de usar mentiras para otorgarme la única verdad que importa ha roto todo lo que aún me quedaba en mi. Mi mente y mi corazón. Pide que no le juzgue como lo haría mi Dios, pero que soy sino la Espada del mismo. Pide que le juzgue como persona al margen de fes y oficios.

Y le juzgo. Juzgo a un hombre que se ha alejado tanto de todo atisbo de paz y felicidad que no creo que sea capaz de entender del todo ambos conceptos. Pero lo intento. A un muchacho desesperado que entre dolor y miedo se encomendó a una condena para salvar su vida, perdiendo su mente en el proceso y enterrando su alma en el peor de los abismos. Juzgo la pobreza y el hambre que le pasaron por encima, las cicatrices de su cuerpo que se marcan desde su infancia, el dolor en cada rincón que puedo observar. ¿Eso no debería cambiar nada? Nadie nace siendo un monstruo.

Pero también le juzgo con mi dogma por delante. Si no tuviera mi mente turbada debería matarle de forma rápida. O quizás no lo debiera hacerlo jamás, ya no sé si distinguir que separa a un paladín de un clérigo. ¿No debemos misericordia? Cómo podría matar a un hombre desarmado que jamás me ha atacado físicamente, aunque sus palabras me hayan herido de forma profunda sin poder verlo.

Estoy segura que debería obligarle a marchar al Valle, para que se entregará por los crímenes que hubiera cometido. No lo haría solo, aceptaria con gusto estar a su lado y aceptar el mismo castigo que a él se le impusiera. Sin importar cual fuera este. ¿Pero por qué crímenes sería? Se que mancillo mi voto al Valor, pero no me he atrevido a preguntar nada después de su terrible confesión. Actuó como una cobarde pues sé y a la vez deseo no saber. 

Y pese a todo me ha pedido que no le abandone, que no falte a su secreto. Un secreto que ni en esta carta que quemaré en cuanto acabe puedo dejar por escrito. Maldita sea la hora pero he accedido a ello, a guarecer ese secreto hasta mi tumba. Aunque le juzgue toda la vida, que seamos honestos ya descarto sea larga ni mucho menos feliz. 

Torm debe odiarme ahora mismo. Pero ni una ínfima parte de lo que yo misma me odio. Vi tu sorpresa, Erik, en el rostro cuando hablamos. Vi tu duda. Conte amargamente en mi cabeza cada vez que me dijiste que no me reconoces. Yo tampoco me reconozco. Escuche con más dolor del que puedas imaginar cada vez que hablabas de mentiras. Espero que tu hoy no me odies todavía, pero no podré tenertelo en cuenta si llega el día que cambias de opinión.

Mientras tanto quedo en tierra de nadie, incapaz de caminar bajo el techo de la Orden, la que ha sido mi casa y he forjado mi familia, sin poder asumir mi mentira. Y si, te lo concedo una y mil veces Erik, omitir es mentir. Y no hay mentira más grande que la que guardan ahora mis labios. 

Y aquí estoy sin dormir, una noche más. Creo que sus palabras cargadas de veneno ya han obrado mella en mi, porque empatizo con alguien que nunca debí. El verdadero problema no es negociar con demonios sino aceptar sus palabras y escucharlas con la mente abierta. Los argumentos nunca pueden ser desoidos y los peores que siempre vierte Alain en mi cabeza son los que proceden de la verdad, que ahora veo son la mayoría. O quizás no lo sean y he perdido el juicio.

Si volviera a verte hoy mismo, te diría que no te preocupes, Erik, que todo saldrá como debe. Tengo fe en ello. O quizás me mienta a mi misma. Pero pese a todo, se qué te preocuparas igual o más aún por haberte negado palabra. Yo que solo deseaba alejaros de la negrura que me aguarda para no enfangaros con mis debilidades, pero se que bajarías hasta el pozo más infectó del abismo para ayudarme a salir de él. Porque es lo que haría yo. Porque es lo que estoy haciendo yo aunque no sea por ti. Porque somos iguales, nacimos iguales y hasta un Dios, el nuestro, se dio cuenta.

Torm te guarde tantos años como te corresponda. Tu escudera,

Carla.​
 

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