Silver
Discípulo comegemas
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Anochecía. Ante la llegada del ocaso las sombras se tornaban siniestras dueñas de las calles. Entre pasadizos y esquinas, era dominio común para aquel que quisiera conservar la vida y el oro, que ni las ratas más avezadas deberían deambular por estas calles al caer la noche. Una joven mujer morena, cuya altura y porte le hacia parecer más mayor de lo que realmente era, caminaba a pasos rápidos para salir de las callejuelas antes de que los últimos rayos del sol se extinguieran. Llevaba ropas ajadas de segunda mano y mochila en el hombro con sus pocas pertenencias encima.
Rodeando el sonido de sus pasos se daba una calma inmensa. En las calles hace un instante bulliciosas, ahora reinaba el silencio y la calma de todo un barrio queriendo pasar desapercibido. La joven de piel morena iba con la cabeza gacha, ocultando parcialmente su rostro aún aniñado, los ojos grisáceos atentos a las sombras que no podía discernir.
-¿Donde vas a estas horas sola?.
De la nada apareció una figura, con ropajes tan oscuros como las sombrías esquinas que hasta entonces le habían guarecido. Figura tapiada de la cabeza a los pies, siendo indistinguible su tez y su propia raza. La joven desvió la mirada hacia las calles, había estado lenta. Su gesto de resignación la acompañaba.
-Venia de comprar y vender pequeños objetos. No deseo problemas.
-Sino deseas problemas, deberías haber entrado a estas calles a otras horas. O no entrar en ellas. En esta época del año, anochece antes.
-Lo sé, ha sido un fallo.- La joven alzo las manos en clara señal de rendición.- Poco tengo, pero suficiente para que este atraco no pase de las palabras, si os parece bien.
-Lo suficiente ingenua para que yo te pille de noche, lo suficiente avispada para saber que tienes que hacer, extraña combinación.
-No será la primera vez, no cuando se ha vivido en estas calles.
Una risa genuina sobrevino a aquel que por cara tenia sombras, una capucha mágica que no solo creaba un tono de voz impropio sino fundía en negro antinatural allí donde debía haber un rostro. El atraco iba a ser al menos limpio, tan limpio como podía ser en una calle que desprendía olor a orín y a moho. La joven desvió la mirada, contestando a sus preguntas y buscando sus monedas, pero perdida ya en sus pensamientos. La vista siempre dirigida al sur, allí donde las casas tapaban distintos callejones y pasadizos que ocultaban calles aún peores.
Entre callejones donde todo se esconde, también se ocultaba una casa que no tenia derecho a ese nombre. Un cuarto sucio y pequeño conformaba todo el espacio. La puerta estaba rota parcialmente y por sus grietas pasaba el frio. Las paredes no albergaban ventanas sino dos pequeñas rendijas tapiadas que daban a un patio interior. No era poco común este tipo de lugares en esa zona de la ciudad, mientras en el otro extremo existían mansiones con grandes rosetones por ventanales y tantas estancias como un niño pudiera imaginar. Se decía con sorna y acierto, cuanto más cerca de Agujas del Oro estuvieras más lejos quedaba el cementerio. La riqueza no soportaba la muerte.
En ese estrecho cuarto vivían una pareja y su hija. Y las ratas. La joven pareja alternaban sus jornadas de trabajo en las calles, de noche él buscando oro en bolsillo ajeno o joyas en tumba recién abierta, de tarde ella escuchando palabras de interés para cualquier sombra que supiera pagar por susurros. La niña crecía en un mundo con lecciones que la mayoría alcanzaría de adultos. Y con dos templos de fondo, el que salvaguardaba su estomago y en mayor medida su inocencia, y el que concedía al astuto y sigiloso el oro que alejaba la pobreza.
La casa veía pasar las suaves primaveras con el olor de las flores del camposanto, los cálidos veranos entre los insectos que subían del rio, los lluviosos otoños donde la puerta rota cedía ante el agua de la lluvia y los nefastos inviernos que traían enfermedad y muerte. Enfermedad por frio y falta de comida. Del invierno quedaban diezmados bebes que no sobrepasaban la cuna, infantes que no sobrevivían para ver la edad adulta o adultos supervivientes al filo de la espada que acababan sucumbiendo a la perfidia de Talona. El hambre mata más que las espadas. El frio es peor que la cárcel. ¿Quién no haría lo que fuera necesario para evitar esos destinos?
Carla paso sus primeros inviernos sin enfermar un solo día de su vida, creciendo alta y robusta a pesar de la escasez. Pero los trabajos que evitaban el hambre y el frio, tenían el infortunio de encontrar la muerte en el acero. Ninguna acción debería quedar sin consecuencia. No era común ver ladrón anciano. Su padre murió en el séptimo invierno de la niña, no por enfermedad pero si por filo. No eran pocos los aventureros y hombres de honor que usaban la espada ante los asaltantes de tumbas. Tampoco era impropio que alguna criatura deambulara en busca de victimas al caer la noche.
Su madre tras esto, doblo los turnos para llevar un plato a la mesa. No había descanso para el pobre. De tarde seguía escuchando susurros, de noche hacia favores más íntimos a cualquiera que pudiera pagar. Y con eso sobrevivieron cinco inviernos más y al quinto Carla quedo huérfana. A nadie le extrañaba que una mujer de moral relajada muriera por un amante enardecido.
Chasqueo los dedos la figura encapuchada y con ello la mirada de la joven pareció centrarse. En medio de la charla y amenazas, sin hacer el más mínimo ruido al llegar, ahora eran dos los hombres encapuchados. Ambas siluetas parecían idénticas entre si y a la vez únicas. Tan intimidantes que resultaría imposible desviar la mirada ante su encuentro y tan uniformes que seria imposible describirlas ante la guardia con precisión.
-Entonces Carla, ¿no le vas a hacer el favor a las sombras? Seria mejor para ti, chiquilla, y evitaríamos esta charla.
-No puedo hacer lo que me pedís, ya os lo he dicho. - la joven comento con voz sincera.- Mis ethos no me lo permiten y estos son inquebrantables.
-Esto acabará bastante peor para ti, paladín.- de un suave movimiento en ambas manos apareció el brillo del acero. - Ya te veremos cuando acabes de nuevo en estas calles. Nadie se aleja realmente de las mismas. Cuestión de tiempo.
Un golpe de acero y el rasgar de la tela. Sonidos cortos y bruscos, quejidos de dolor contenidos. En la oscuridad de la noche ya avanzada acabaron separando los pasos las tres figuras. El atraco había acabado sin ser tan limpio como parecía en un primer momento. La joven de tez morena taponaba su sangre con las manos, alejándose a paso rápido del callejón. Las sombras, sombras eran y tan pronto acabo el atraco se fusionaron con las mismas esquinas que antes les habían guarecido. Y tras la charla primero, los golpes después volvió a reinar el silencio persistente en las calles. Un silencio que no traía calma sino la promesa de violencia, dolor y muerte.
Rodeando el sonido de sus pasos se daba una calma inmensa. En las calles hace un instante bulliciosas, ahora reinaba el silencio y la calma de todo un barrio queriendo pasar desapercibido. La joven de piel morena iba con la cabeza gacha, ocultando parcialmente su rostro aún aniñado, los ojos grisáceos atentos a las sombras que no podía discernir.
-¿Donde vas a estas horas sola?.
De la nada apareció una figura, con ropajes tan oscuros como las sombrías esquinas que hasta entonces le habían guarecido. Figura tapiada de la cabeza a los pies, siendo indistinguible su tez y su propia raza. La joven desvió la mirada hacia las calles, había estado lenta. Su gesto de resignación la acompañaba.
-Venia de comprar y vender pequeños objetos. No deseo problemas.
-Sino deseas problemas, deberías haber entrado a estas calles a otras horas. O no entrar en ellas. En esta época del año, anochece antes.
-Lo sé, ha sido un fallo.- La joven alzo las manos en clara señal de rendición.- Poco tengo, pero suficiente para que este atraco no pase de las palabras, si os parece bien.
-Lo suficiente ingenua para que yo te pille de noche, lo suficiente avispada para saber que tienes que hacer, extraña combinación.
-No será la primera vez, no cuando se ha vivido en estas calles.
Una risa genuina sobrevino a aquel que por cara tenia sombras, una capucha mágica que no solo creaba un tono de voz impropio sino fundía en negro antinatural allí donde debía haber un rostro. El atraco iba a ser al menos limpio, tan limpio como podía ser en una calle que desprendía olor a orín y a moho. La joven desvió la mirada, contestando a sus preguntas y buscando sus monedas, pero perdida ya en sus pensamientos. La vista siempre dirigida al sur, allí donde las casas tapaban distintos callejones y pasadizos que ocultaban calles aún peores.
Entre callejones donde todo se esconde, también se ocultaba una casa que no tenia derecho a ese nombre. Un cuarto sucio y pequeño conformaba todo el espacio. La puerta estaba rota parcialmente y por sus grietas pasaba el frio. Las paredes no albergaban ventanas sino dos pequeñas rendijas tapiadas que daban a un patio interior. No era poco común este tipo de lugares en esa zona de la ciudad, mientras en el otro extremo existían mansiones con grandes rosetones por ventanales y tantas estancias como un niño pudiera imaginar. Se decía con sorna y acierto, cuanto más cerca de Agujas del Oro estuvieras más lejos quedaba el cementerio. La riqueza no soportaba la muerte.
En ese estrecho cuarto vivían una pareja y su hija. Y las ratas. La joven pareja alternaban sus jornadas de trabajo en las calles, de noche él buscando oro en bolsillo ajeno o joyas en tumba recién abierta, de tarde ella escuchando palabras de interés para cualquier sombra que supiera pagar por susurros. La niña crecía en un mundo con lecciones que la mayoría alcanzaría de adultos. Y con dos templos de fondo, el que salvaguardaba su estomago y en mayor medida su inocencia, y el que concedía al astuto y sigiloso el oro que alejaba la pobreza.
La casa veía pasar las suaves primaveras con el olor de las flores del camposanto, los cálidos veranos entre los insectos que subían del rio, los lluviosos otoños donde la puerta rota cedía ante el agua de la lluvia y los nefastos inviernos que traían enfermedad y muerte. Enfermedad por frio y falta de comida. Del invierno quedaban diezmados bebes que no sobrepasaban la cuna, infantes que no sobrevivían para ver la edad adulta o adultos supervivientes al filo de la espada que acababan sucumbiendo a la perfidia de Talona. El hambre mata más que las espadas. El frio es peor que la cárcel. ¿Quién no haría lo que fuera necesario para evitar esos destinos?
Carla paso sus primeros inviernos sin enfermar un solo día de su vida, creciendo alta y robusta a pesar de la escasez. Pero los trabajos que evitaban el hambre y el frio, tenían el infortunio de encontrar la muerte en el acero. Ninguna acción debería quedar sin consecuencia. No era común ver ladrón anciano. Su padre murió en el séptimo invierno de la niña, no por enfermedad pero si por filo. No eran pocos los aventureros y hombres de honor que usaban la espada ante los asaltantes de tumbas. Tampoco era impropio que alguna criatura deambulara en busca de victimas al caer la noche.
Su madre tras esto, doblo los turnos para llevar un plato a la mesa. No había descanso para el pobre. De tarde seguía escuchando susurros, de noche hacia favores más íntimos a cualquiera que pudiera pagar. Y con eso sobrevivieron cinco inviernos más y al quinto Carla quedo huérfana. A nadie le extrañaba que una mujer de moral relajada muriera por un amante enardecido.
Chasqueo los dedos la figura encapuchada y con ello la mirada de la joven pareció centrarse. En medio de la charla y amenazas, sin hacer el más mínimo ruido al llegar, ahora eran dos los hombres encapuchados. Ambas siluetas parecían idénticas entre si y a la vez únicas. Tan intimidantes que resultaría imposible desviar la mirada ante su encuentro y tan uniformes que seria imposible describirlas ante la guardia con precisión.
-Entonces Carla, ¿no le vas a hacer el favor a las sombras? Seria mejor para ti, chiquilla, y evitaríamos esta charla.
-No puedo hacer lo que me pedís, ya os lo he dicho. - la joven comento con voz sincera.- Mis ethos no me lo permiten y estos son inquebrantables.
-Esto acabará bastante peor para ti, paladín.- de un suave movimiento en ambas manos apareció el brillo del acero. - Ya te veremos cuando acabes de nuevo en estas calles. Nadie se aleja realmente de las mismas. Cuestión de tiempo.
Un golpe de acero y el rasgar de la tela. Sonidos cortos y bruscos, quejidos de dolor contenidos. En la oscuridad de la noche ya avanzada acabaron separando los pasos las tres figuras. El atraco había acabado sin ser tan limpio como parecía en un primer momento. La joven de tez morena taponaba su sangre con las manos, alejándose a paso rápido del callejón. Las sombras, sombras eran y tan pronto acabo el atraco se fusionaron con las mismas esquinas que antes les habían guarecido. Y tras la charla primero, los golpes después volvió a reinar el silencio persistente en las calles. Un silencio que no traía calma sino la promesa de violencia, dolor y muerte.