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Un susurro en el viento (Sindë Sercë)

Silverhand

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CAPÍTULO 1.1

UN SUSURRO EN EL VIENTO

Un viento gélido movió súbitamente las hojas de los árboles, haciendo que el trasgo levantara la cabeza al tiempo que movía las orejas intentando percibir algo, cuando una flecha voló apenas rozándolo y perdiéndose en la espesura. Lo que provocó que se incorporara rápidamente y huyera en dirección contraria. Ninguna otra flecha se lo impidió.

El escalofrío que recorrió el cuerpo del arquero le había paralizado, y restaba absorto en sus pensamientos, como si le hubieran transportado a otro plano de la existencia.

Algo ha ocurrido...–. Murmuró preocupado para sí mismo, mientras su mirada parecía fija en la nada, perdida en el todo.

Todavía no lo sabía, pero desde que partió en busca de su hermano, Sindë Sercë había perdido a su padre, a su hermana, y todo cuanto podía amar y haber reconocido como su hogar en la Casa Roimë.

La mano de la traición se cernía sobre la Casa de la Caza, y que él lo desconociera no iba a evitar que la terrible, fría, y vil oscuridad que se cernía sobre él, le acabara alcanzando.

Hiiiii–. El agudo gañido de Suh mientras agitaba las alas delante suyo, le hizo volver en sí mismo.

Sí, tienes razón–. Respondió Sindë Sercë mientras intercambiaban miradas. –Lo sé, pero ahora no podemos volver, llevamos demasiadas lunas siguiéndole, y estamos tan cerca que el viento me musita sus lamentos cada noche–. Añadió cerrando los ojos con un gesto de profundo dolor, mientras las yemas de sus dedos seguían temblorosas el horrible contorno que la profunda cicatriz había dibujado en la parte siniestra de su rostro, ascendiendo desde la mandíbula inferior hasta la sién, y que se ocultaba parcialmente tras su cabello y sus tatuajes.

No era un corte limpio, ni recto, ni superficial. Había sido un desgarro atroz, brutal y tosco, y cualquiera que entendiese algo de armas podría apreciar que semejante cicatriz no era propia de ningún arma marcial.

En el cielo sobre su cabeza, las nubes parecían jugar a tomar formas, y en una ellas el rostro de su hermana parecía observarle desde lo alto. El viento se añadía al juego de las nubes, y resoplando en el silencio a ras de suelo, moviéndose entre piedra y follaje, parecía que se escuchara hablar a alguien.

Descuida hermana, le encontraré–. La nube pareció dibujar una sonrisa antes de perder completamente la forma, y difuminarse en el éter. –Le encontraré, aunque tenga que seguirle hasta donde la tierra y mar se pierdan–. Repitió para sí mismo, fijando su vista en el horizonte.

Un nuevo amanecer asomaba al este desde una colina, y posando su mirada en dirección al bosque que circundaba la ciudad humana, pensó en voz alta. –Quizás esta vez sí. Quizás esta vez, aquí, logre alcanzarle–.​
 

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CAPÍTULO 1.2

El TÚNEL DONDE SE PERDÍA LA LUZ

PARTE 1

El sudor le recorría la frente mientras el sol golpeaba con fuerza la espalda del gran cambiante, y la piel de lobo no ayudaba en la espera (Boti). A su lado unas notas sueltas sonaban al viento, dispersas, solitarias, cuando una hermosa y agraciada figura practicaba algunos ajustes de su mágico instrumento, y miraba despreocupado a los dos druidas. Había conseguido su nueva adquisición con algunos favores aquí y allá, en los bajos fondos de una ciudad humana, y lo acariciaba con más delicadeza que a las damas a las que había cortejado en la fiesta de la noche anterior (Orisong). Por su parte, la druida con piel de oso se agitaba pensativa, moviéndose a diestra y siniestra, reflexionando sobre lo que les podía esperar, sobre las vidas de quienes resistían en Náshkel y las de quienes habían caído… Sobre lo urgente de la situación (Lux).

El gran cambiante pareció olfatear el aire como si no estuviera en su forma humanoide. –Sniff, snifff. Están cerca. El viento en su espalda–. Dijo con los brazos cruzados, sin inmutarse. La druida y el bardo miraron en dirección contraria al viento, sin ver nada todavía.

No tardó mucho en aparecer caminando con paso tranquilo y sosegado una figura encapuchada, portando un gran cayado en cuyo extremo parecían bailar alegres multitud de pequeños fuegos fatuos de los colores de la primavera, y que se acompasaba a cada paso de su caminar (Arthal). Saludó con una leve voz a los presentes y se detuvo en silencio apoyándose en su cayado.

Al poco tiempo, las hojas parecieron moverse, y la hierba haberse aplanado ligeramente en dirección al grupo. Mientras el bardo, la druida, y el encapuchado del cayado miraban hacia el camino saliente del bosque, los ojos del cambiante seguían a una sombra que se acercaba entre la vegetación, como si de un susurro del viento se tratara, hasta ponerse a su lado. Y saliendo de entre las sombras con una sonrisa, un elfo menudo de cabellos plateados con un arco cruzado a la espalda casi tan grande como él, saludó alegre al grupo que le esperaba (Sindë). Antes, se había asegurado de que no hubiera nadie en los alrededores, ajeno a los que estaba esperando.

En ese mismo momento, dos figuras encapuchadas más salieron del bosque, y se dirigieron, con presteza y clara elegancia, hacia donde esperaban todos los demás. Ambas de alto porte, una con una vestimenta cómoda y algo suelta propia de explorador y de tonos bermellón (Kiyethalas), la otra con ropajes más ajustados, insinuantes, y de más elegancia y delicadeza, sobre cuyos hombros se dejaba ver una hermosa melena color fuego escarlata (Felaern).

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Mis piernas largas y sensuales le distrajeron–. Dijo con voz melódica la figura de melena color fuego escarlata, al tiempo que las movía con una sonrisa, excusando la tardanza, y guiñaba un ojo al otro bardo; quién le devolvió el guiño y la sonrisa pícara.

Ejem–. El encapuchado de ropajes bermellón se aclaró la garganta interrumpiendo el hermoso momento. –Podéis preguntar a Sindë lo que queráis–.

Sí, bien, al final somos los presentes. No hace falta que esperemos más– Dijo Sindë. –Como sabéis, una infinidad de nomuertos están asaltando Náshkel desde hace un tiempo–. Continuó mientras todos escuchaban prestando toda su atención. –Y el foco principal del que parecen provenir todos los asaltos a la ciudad humana es el viejo túnel que comunica con Crimmor–. Añadió mientras miraba de reojo la entrada de la cueva cercana.

Desconocía el estado de los acontecimientos actuales–. Dijo Kiyethalas, mientras pensaba que últimamente quizás había pasado mucho tiempo en Suldanessar y sus bosques.

Sindë continuaba –Nos han pedido que averigüemos, en la medida que podamos, cuál es el estado del túnel. Así que vamos a adentrarnos con precaución y cautela. Prestad atención a cualquier detalle, necesitamos la máxima información posible: Cuántos de esos seres hay, si parecen concentrarse en algún punto del túnel, como modificaciones al túnel original, si se hay abierta alguna nueva gruta, si ha cambiado fauna y flora, como flora marchita o fauna no muerta, y hacía dónde empeora, si veis alguna criatura que destaque, si alguna parece liderar, qué las diferencia, si parece haber algún foco o concentración de esas criaturas, qué portan, si tienen algún símbolo visible, si a alguna se la escucha decir algo, número, equipamiento, etc.–.

Mientras Sindë señalaba todo lo que podía ser importante, Boti parecía algo distraído; quizás percibía demasiadas cosas a su alrededor como para centrarse completamente en la conversación.

Felaern giró levemente su cabeza a su costado izquierdo donde estaba el archimago y, sin dejar de mirar a Sindë, le susurró al encapuchado con sorna –¿Sois sigiloso Arthal?–. A lo que el archimago, sin prestar mucha atención, le respondió con igual sorna –No estudié en ninguna escuela de sigilo, ¿tú sí?–. Y el bardo, con una sonrisa de divertimento, negó con la cabeza en silencio.

Kiyethalas interrumpió antes de que continuaran –Toda información, por pequeña que sea, será útil y de gran valor–.

Sindë hizo una pausa dejando que el silencio hablara, y después de mirar a todos a los ojos, procedió a explicar cómo se iban a organizar. –Lo haremos de la siguiente manera: Nos dividiremos en dos grupos según nuestras habilidades y capacidades. Aquéllos que, sobretodo, sepan moverse sigilosamente sin ser vistos y, secundariamente, tengan sus oídos y vista aguda se internarán, mientras el resto resguarda la entrada–.

Sería bueno que aguardarais invisible–. Lux le sugirió al archimago.

No soy excesivamente sigiloso, pero puedo vigilar fuera mientras toco algo para animar a Arthal–. Dijo Felaern sonriendo a Arthal.

Aguardad atento fuera, pero os ruego que no llaméis la atención–. Le contestó Sindë. A lo que el Felaern asintió serio, guardando discretamente el instrumento que ya había sacado de la mochila.

Sindë continuó –Boti, Kiyethalas, Orisong, y Lux, irán conmigo en el grupo que se internará. Mientras tanto Arthal y Felaern, permaneced atentos, no queremos que nadie, ni nada entre detrás de nosotros. Esperemos que hoy no necesitéis la espada del buen Boris, que no ha podido acompañarnos–.

Boti, que iba a tomar otra forma más sigilosa, se detuvo y fijó su mirada en la lejanía.

Por el camino aparecieron unos caballeros que se identificaron como seguidores de la Tríada (Delmar Menessar y Azhar). Y dijeron a los presentes que ellos iban camino de Náshkel, preguntando así mismo al grupo si iban a ir hacia allí.

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Y antes de que nadie respondiera nada, Sindë se adelantó –Sí, en un rato iremos en esa dirección–. Lo cual era cierto, aunque a lo que se refería Sindë no era lo que los caballeros iban a entender, por supuesto.

El grupo siguió con la mirada al dúo mientras éstos se alejaban. Y una vez fuera de la vista, se dirigieron a la cueva. El gran cambiante tomó la forma de pantera, la druida tomó forma de araña, Kiyethalas se fue recogiendo la capa para que no le estorbara, Orisong se cerraba bien los empaques.

Mientras el grupo se preparaba, Sindë parecía pensativo, incluso algo abstraído en algún momento. Miraba la entrada del túnel apretando la mandíbula y entrecerrando los ojos, como si un pensamiento le hubiera traído un mal recuerdo a la memoria, y estuviera mirando a fantasmas que nadie más veía. Apretando el puño susurró en voz muy baja algo ininteligible, y acto seguido, sin dejar de mirar cómo la luz se perdía en la oscuridad de la entrada, dijo al grupo –Vamos–. Y se adentró.

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CAPÍTULO 1.2

El TÚNEL DONDE SE PERDÍA LA LUZ

PARTE 2

En la sala previa a la puerta, la lámpara del techo se balanceaba solitaria mientras el metal de las argollas chillaba, y la luz, que bailaba frenéticamente con el aire que había entrado, parecía que se iba a apagar por momentos. Como si de una advertencia se tratase, con el balanceo de la lámpara, en las paredes se proyectaban sombras cambiantes, como si estuvieran vivas, del grupo que acababa de entrar. Nadie había para poder cobrar el tributo que exigían en la entrada, todos los papeles estaban revueltos en el suelo y la mesa desierta.

Orisong comprobó con rapidez los cajones, antes incluso de que nadie dijera nada. Sí, habían dejado las bolsitas con las monedas de oro antes de irse. Los ojos de Kiyethalas y Sindë se cruzaron sin decir nada; sabían lo que eso significaba. Antes de que volvieran a mirar a Orisong, éste, con una rapidez fuera de lo común, ya había vaciado los cajones, y devolviendo la mirada a ambos dijo con despreocupada naturalidad –Son posibles pruebas que guardaré–.

La puerta de entrada se encontraba cerraba con llave, y mientras miraba a Orisong, Sindë extendió la palma de la mano hacia la puerta, y el bardo asintió al mismo tiempo que sacaba de uno de sus bolsillos otras de sus herramientas de trabajo. Tras unos instantes de concentración, la puerta cedió sin que inutilizara la cerradura, para así permitir volver a cerrarla si fuera necesario. Y con orgullosa sonrisa susurró –Mis manos son mágicas para la música, las mujeres y las cerraduras–. Lux centró todos sus ojos de conciencia juzgadora en el bardo, y, al percatarse, éste miró hacia otro lado rápidamente.

Sin perder más tiempo, Orisong abrió la pesada puerta extremadamente despacio y el chirrido pareció resonar con rabia hasta perderse en la lejanía, mientras el grupo escuchaba si se oía algo a medida que iba dejando ver las entrañas de la tierra horadada. Unas gotas golpeaban el suelo rompiendo el silencio, sólo unas gotas... Era una calma perturbadora. El guardia que custodiaba la puerta no estaba ni había rastro de él; no había sangre ni signos de lucha en suelo, paredes ni techo.

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Mientras todos se iban internando, Sindë se detuvo en el primer cruce de galerías con la rodilla izquierda en el suelo y su mano inhábil palpando la tierra, al tiempo que agudizaba los ojos cuanto pudo mirando hacia el fondo del túnel; todavía tenía los oídos muy doloridos de la trampa sónica que le había estallado hacía unos días. Miró hacia atrás, a la araña, a ver si la druida percibía algo desde el techo, pero todo parecía en calma de momento.

Kiyethalas se movía a la derecha de Sindë pegado a la pared, agachado y con exquisita gracia felina. Orisong se situaba en las sombras de la pared izquierda mientras miraba a sus compañeros para ver si percibían algo. La araña se movía por el techo, rezagada unos metros, mientras observaba a todos lados desde la parte superior. El gran felino, agazapado como si estuviera cazando, se acercó olfateando el aire por detrás hasta donde se hallaba detenido Sindë, y le tocó con la cabeza el brazo que palpaba el suelo –Olor podrido, olor muerto, delante–. Sindë asintió levemente, sin dejar de mirar hasta donde su vista le permitía; aunque no percibía nada de momento.

Sindë se dirigió susurrando a Orisong antes de continuar –Comprueba que se puede volver a abrir la puerta desde dentro, no querríamos descubrir lo contrario si hemos de salir rápidamente–. El bardo volvió al poco tiempo y asintió a Sindë, y éste hizo una señal con los dedos de ir hacia adelante.

El grupo fue avanzando galería tras galería, en formación, con suma cautela. Algunas galerías laterales se habían quedado sin iluminación; su aceite consumido, no había sido repuesto por nadie. Unas cuantas de las lámparas que iluminaban el túnel principal también se había apagado, y daba la apariencia de que el lugar se hubiera abandonado no hacía mucho. Había algunos carros cargados de piedra volcados, sin una rueda, en medio del pasillo, y piedras tiradas por doquier.

Boti se detuvo bruscamente olfateando un rastro, y lo siguió unos metros hasta un resto en el suelo, junto a una mancha negra. Lux descendió con una tela desde el techo para examinarla más de cerca. Una mano negruzca. Retorcida como si todavía sintiera dolor. Parecía chamuscada, pero la carne no tenía marcas de fuego. Sindë miró a Lux y susurrando dijo –¿Reconoces algo?–. La druida negó. Al ir a cogerla, la mano se deshizo como polvo, acumulándose a la otra mancha del suelo. El grupo intercambió miradas antes de continuar, pero lo que pensara cada uno se lo guardó para sí mismo.

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Caminando cautelosamente, examinando galería tras galería, continuaron adentrándose en las entrañas de la tierra. El frío y la humedad se hacía peor a cada paso que daban, y la luz no mejoró en las lámparas que quedaban. Apenas se detenían en alguna pequeña gruta para comer algo frío mientras intercambiaban miradas. Caminando cautelosamente pasó el grupo un tiempo, que estimaban en varios días, en un escenario que parecía repetirse de forma nada tranquilizadora.

En cada desviación y apertura lateral Sindë detenía al grupo, y en completo silencio, sin dejar de enfocar su atención al frente, hacía señas con las manos para que inspeccionaran su estado antes de continuar. Picos y palas tiradas en el suelo junto a carritos medio llenos de minerales, provisiones abandonadas, una cantimplora abierta que había derramado casi todo su contenido, un caldero con comida que se había empezado a podrir, y alguna mochila sin nada de valor, según comentaba el bardo después de inspeccionarla con rapidez.

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Apenas pararon para descansar, más que para dormir, siempre en galerías que tuvieran dos salidas, y mientras se turnaban para hacer guardias en ambas salidas, otros tres se apoyaban en sus pertenencias y se cubrían con sus capas. Las conversaciones eran casi inexistentes, cada uno se hundía en sus propios pensamientos. Pensamientos que quizás alguno podía intercambiar con la mirada a otro compañero.

El gran cambiante pensaba en su manada de lobos, en cómo estarían Inu, Loona, y Feral; tenía ganas de salir a correr con ellos entre los árboles del bosque, en vez de estar encerrado en una gruta que apestaba cada vez más a muerte.

La preocupada druida tenía en mente todas las tareas que había dejado a medio hacer cuando se internaron en el túnel. Quizás alguna de las hierbas que estaba intentando preparar sirviera para tratar esas heridas oscuras que vio en algunos de los heridos de las batallas en Náshkel. Quizás mezclando la hierba de la ampolla roja, con el destilado que había preparado días atrás, quizás…

El meticuloso explorador repasaba sus armas. Comprobaba la tensión de la cuerda y las fibras del arco, los puntos de unión, cada flecha del carcaj, punta, cuerpo y plumas, filo y empuñadura las dos dagas, y el filo suelto que escondía en su bota derecha. Se encontraran lo que se encontraran, iba a estar preparado.

El apuesto bardo jugaba con unas hermosas piedras de color rojo sangre entre sus dedos. Se preguntaba cómo había podido venir con esa preciosidad a un agujero como en el que estaban. Quizás los besos de la condesa le distrajeron demasiado la noche anterior, pensó para sí mismo mientras se acariciaba con suavidad la cara.

Una figura sombría de cabello plateado se detenía asomando parcialmente la cabeza por la galería principal, aparentemente abstraído mirando hasta donde se perdía su vista. Había contado cuántos pasos había entre lámpara y lámpara, y contaba las lámparas que alcazaba su vista, pensando hasta dónde podría llegar una flecha de su arco con el escaso ángulo que podría coger en el túnel, y cómo dispararía si tuviese compañeros que le obstruyesen la visión directa de un disparo.​
 
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El TÚNEL DONDE SE PERDÍA LA LUZ

PARTE 3

Ecos de lejanos gritos que se desvanecían por su distancia, empezaban a llegar hasta el grupo a medida que se acercaban a la taberna que regentaban desde hacía tiempo el enano Toigan y su mujer Bertha. Kiyethalas, Orisong, y Sindë echaron mano de sus arcos y varias flechas para tenerlas preparadas, y el grupo aceleró su paso. Los ruidos se fueron multiplicando hasta finalmente llegar a la enorme cavidad que albergaba la taberna. Pero se mantuvieron observaron desde la entrada al lugar, sin revelar todavía su presencia.

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La actividad de los presentes era frenética, arriba y abajo, del túnel a la taberna y de la taberna al túnel, llevando de todo hacia el interior del túnel. Y allí en medio estaba el robusto que la regentaba. En su espalda parecía reposar cansada un enorme hacha a dos manos. Llevaba una cota de maya, que no era vieja pero lo parecía, pues tenía algunos agujeros entre anillas reventadas, recubiertas de sangre seca, y los ropajes bajo ésta estaban polvorientos y manchados. Cuanto menos su barba parecía verse en mejor estado que su ropa.

Daba órdenes gritando exasperado ¡Gilgrim!, lleva esos bancos también, esa barricada no puede ceder–. Mirando a otro ¡Eh, Dharmin¡, ¿cuánta munición nos queda?. Señalando a otro ¡Thoddur! Ve a conseguir más carros muchacho, tráelos cargados de piedras y ponlos contra la parte derecha de las barricadas, en el anterior ataque parecía que podía ceder. ¡¿Pero dónde diablos está Kadric?!, Hace días que partió a buscar ayuda y todavía no ha vuelto. Más le vale volver con el todo un ejército para contener esto, o le colgarle de los huevos–.

Las barricadas de contención de los ataques, de lo que sea que les estuviese atacando, parecían estar más adelante. Susurrando al grupo Sindë les advirtió: –Si os aviso para acercaros, será sólo para Kiyethalas y Orisong. Lux y Boti manteneos en las sombras en todo momento. Si podéis nos seguís, si no aguardad atentos–. Acto seguido Sindë hizo una señal al grupo para que esperara en las sombras. Mientras, él se acercó, solo y descubierto, hacia el encargado como si acabara de llegar por el túnel. Pero ni el encargado ni nadie pareció percatarse de su presencia hasta que estuvo a su lado, mirando hacia el túnel al que también miraba el encargado.

¡Por las barbas de Moradin!– Dijo el barbudo enano dando unos pasos trastabillados para el lado contrario al que se encontraba Sindë ¡¿Pero quién diablos eres tú?! ¡¿De dónde has salido?!– Continuó el enano, señalando a Sindë con expresión seria mientras miraba hacia todos lados, como si buscara una explicación, y echaba la otra mano al hacha de su espalda. Otros robustos se detuvieron y giraron al escuchar al Toigan, cargando inmediatamente las ballestas en dirección al gentil.

Sindë le miró sin hacer ningún movimiento brusco, esperando a que le pasara esa primera reacción; que por otro lado tampoco había sido tan mala, pensó. Al creer reconocerlo como uno de esos elfos de los bosques, el recio enano se recompuso rápidamente de la sorpresiva aparición. Aunque desconfiado, estaba apremiado por la difícil situación, y le requirió con una batería de preguntas sin soltar el enorme hacha de sus manos ¿Has venido solo? ¿Te has cruzado con alguien mientras venías? ¿Saben en el exterior lo que ocurre aquí abajo? ¿Crees que…–. Sindë levantó levemente la palma de su mano derecha para que parase de formular preguntas y le dejase contestar alguna. –Me llaman Sindë Sercë. Vine por el túnel que tienes detrás. No me he cruzado con nadie hasta llegar aquí. En el exterior no saben el estado real que tenéis aquí abajo, pero lo sabrán, descuida, me encargaré de que así sea–.

Sin moverse, tras dejar que el enano tomara aire y volviera a dejar muy despacio el gran hacha en su espalda sin apartar la mirada del elfo, Sindë le preguntó sin ambages ¿Podéis contarnos qué ha ocurrido, cuándo fue, y por dónde comenzó?–.

Pues...–. El enano iba a comenzar a decir algo cuando espetó súbitamente. –Espera, ¿has dicho contarnos?–. Dio un paso para atrás al tiempo que miró otra vez alrededor sin ver nada, y volvía a poner su mano derecha sobre el hacha de su espalda. ¿No has dicho que venías solo?–. Le inquirió con desconfianza renovada, fijando sus ojos apretados sobre la figura del gentíl de cabellos plateados que permanecía inmóvil.

Dije que vine por ese túnel–. Añadió Sindë volviendo a señalar con un dedo el túnel que llevaba a Crimmor. –No dije en ningún momento que viniera solo–.

Sindë hizo entonces una leve señal con la cabeza al grupo para que se acercaran, y habiendo guardado las armas, el perspicaz explorador y el agraciado bardo salieron del mismo túnel que había indicado antes Sindë, siendo apuntados también por unas cuantas de las ballestas en su caminar. Cuando estuvieron a la altura de Toigan y Sindë, el robusto les observó delante suyo, evaluándoles con detenimiento de arriba a abajo, juzgando si parecían ser de mínima confianza. Levantó una de sus pobladas cejas mientras miraba al explorador con distante desconfianza, y luego levantó la ceja contraria mientras farfullaba algo en clara desaprobación al mirar la muy ajustada e insinuante vestimenta del bardo. Aprovechando el momento, la araña se dirigió por el techo a una esquina oscura sobre la taberna, y el gran felino se escabulló por detrás de la misma, entre unas barricas de buena cerveza enana que había almacenadas fuera.

Tras observar al dúo, y mirar nuevamente detrás de ellos para ver si salía alguien más, el barbudo enano caviló un poco, naturalmente desconfiado, ahora agotado, magullado y de peor humor que lo normal. Pero la gravedad de la situación con esas criaturas que llevaba combatiendo ya dekhanas no le permitía tener muchos reparos con unos gentiles. El tiempo podía ser escaso hasta el siguiente intento de asalto, así que con la esperanza y el buen pensamiento de que quizás pudieran ser de alguna ayuda el enano comenzó a contarles cómo hacía semanas habían surgido súbitamente de la parte final del túnel, donde se conectaba con Náshkel, y cómo habían matado a todos los buenos hombres que tenía en aquella salida. –Por suerte había con nosotros un nutrido contingente de mineros que habían sido guerreros y clérigos, y la voz de alarma permitió que les pudiéramos contener con barricadas improvisadas, que hemos ido mejorando como hemos podido, pero no sé cuánto aguantaremos–. Dijo con voz pesada, dejando entrever preocupación en sus palabras.

¿Podemos acercarnos a ver las barricadas del fondo del túnel?–. Le preguntaron con cautela al enano. –Seguidme–. Contestó éste de forma seca.

Los tres gentiles fueron caminando en silencio por el túnel central siguiendo al robusto mientras se fijaban en todos los detalles que podían. Había restos por el suelo de las piedras que habían estado extrayendo antes de que irrumpieran esos seres, virotes partidos, armas diversas rotas y manchas de sangre por doquier, pero no había ningún tipo de resto de cuerpos. Las galerías laterales se estaban utilizando como zonas de descanso, almacén de materiales, una herrería improvisada con herramientas de los mineros, y una sala de enfermería y reposo. De tanto en cuanto los gritos apagados de dolor de los heridos rompían el murmullo de todos los ojos que les seguían al pasar. El martillo de la herrería, que había dejado de oírse, volvió a golpear el metal después de que pasaran.

Después de mucho caminar, finalmente se detuvieron delante de una de las barricadas que habían construido con todo tipo de elementos que tenían a mano; carros de metal cargados con piedras a los que había quitado las ruedas era la base, y sobre ellos, piedras y más piedras, sacos y más sacos, perfectamente dispuestos para garantizar la mayor estabilidad y solidez. Entre todos los elementos habían colocado hileras de enormes barras de metal que se hundían en el suelo y otras tantas hileras que, perpendiculares a éstas, se incrustaban en las paredes, como si de una red de metal se tratara, para dar mayor fortaleza al conjunto. Desde luego nadie iba a discutir que los seguidores de El Mordinsamman sabían cómo hacer una defensa fortificada de la nada.

Mientras los gentiles, en silencio, no perdían detalle de todo cuanto veían, uno de los enanos, con una mirada que desprendía ira, y que estaba vigilando por encima de la improvisada fortificación bajó, pasando por delante del grupo y profiriendo una serie bruscas palabras para irse después sin mirarlos, y aunque los gentiles no entendieron ninguna, por su tono y su expresión corporal comprendieron perfectamente que no eran de aprobación.

Los tres gentiles le siguieron con la mirada por si intentaba hacer alguna otra acción posterior. –Vonmir tiene una dura historia personal con vuestra gente. Si fuera por él, os tiraría al otro lado del muro–. Comentó el robusto sin querer darle más importancia, y subiendo a lo alto del muro dijo mirando hacia el otro lado de las barricadas –A veces atacan durante horas o días, otras veces parece la calma de un cementerio. Ahora parecen estar reuniéndose en otro lugar. Pero volverán–. Y acto seguido se bajó.

¿Podemos?– Dijo Sindë señalando la parte más elevada de la barricada. El robusto hizo un leve gesto de aprobación, y los tres se encaramaron a otear. Al otro lado había restos de esqueletos y partes de cuerpos podridas por todas partes, cenizas, líquidos que parecían viscosos por cómo se deslizaban pared abajo, infinidad de restos de virotes, y no pocas armas quebradas, algunos rastros de arrastre de algo pesado que se perdían. Pero no había ningún cuerpo que pareciese de alguno de los defensores.

Mientras Orisong y Sindë intentaban afinar sus sentidos cuanto podían, Kiyethalas bajó, y con expresión de incomprensión le preguntó al enano Habéis tenido bajas en la barricada ¿cierto? A lo que el enano contestó con evidente dolor y frustración. Demasiadas.

–¿Y ninguna cayó al otro lado? Porque no hay nada que pueda verse. Continuó el explorador intentando comprender algo más. El robusto bajó la mirada, frunció el ceño y apretó los puños antes de contestar. –Esas criaturas se los llevan antes de retirarse; estén muertos o moribundos. Llegan con la maldita niebla y se retiran con ella–.

En ese momento la araña se movió por el techo hasta situarse tan discretamente encima de los Tel’Quessir en la barricada, que éstos apenas se percataron de su presencia. Sindë miró de reojo a la druida, y con los ojos y un leve movimiento de cabeza, le indicó que echara un vistazo al otro lado. Acto seguido Orisong y Sindë bajaron de la barricada, y Toigan les indicó que le siguieran hacia atrás.

La araña se movía con extrema cautela por la unión entre la pared y el techo. A medida que iba adentrándose en la profundidad del pasillo que llevaba a Náshkel, la druida comenzó a sentir una sensación de frío. Demasiado frío, incluso para una galería subterránea como ésta. Pensó mientas avanzaba. Al seguir avanzando comenzó a adentrarse en una extraña niebla que le recordaba a lo que había visto en los combates de Náshkel. Una multitud de criaturas nomuertas se situaban bajo ella, pero ninguna parecía destacar, como sí había visto en los asaltos a la ciudad humana.

Según avanzaba algo en su interior la hizo detenerse, y comenzar a retroceder dubitativa, cuando una terrible sensación peligro, miedo, y ansiedad empezó a apoderarse de ella. Tengo que salir... Tengo que salir de aquí… Tengo que salir de aquí ya. Se repetía como un obsesivo mantra en su cabeza al alejarse rápidamente de vuelta a la, ahora aparentemente, tan lejana barricada. Y no paró hasta llegar a la gran apertura de la taberna de Toigan, parándose en la esquina más oscura que vió. Por suerte, nadie se percató de su presencia.

Tras haberse despedido, Toigan se había puesto de inmediato a volver a organizar las defensas. Los gentiles miraron a su alrededor buscando a sus compañeros. La druida, que ya se había recuperado, y el cambiante, que había permanecido oculto y atento en todo momento, les miraban desde sus distintas ubicaciones comprendiendo que había que irse rápidamente.

Los tres gentiles se dirigieron a paso tranquilo hacia la boca del túnel por el que había venido, dando tiempo a la araña y al gran felino para que se escabulleran sigilosamente antes que ellos.

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-Ay- Suspiró Arthal levemente mientras levantaba las piernas para apoyarlas en el reposa pies, y se acomodaba en un confortable sillón hasta que parecía que éste le abrazaba.

El tiempo fuera empeoró muy rápido con la lluvia, la verdad es que es una suerte que tengáis disponible esta humilde cabaña como lugar de reposo–. Le dijo Felaern con ironía, mientras miraba atento la cueva desde el linde de la puerta de la magnífica Mansión conjurada, que habían dejado sin cerrar.

Mientras parecía que buscara algo, el archimago le contestó sin mirarle. –Hemos dejado abjuraciones de alarma, invocaciones con protecciones, y los vamos renovando. Simplemente estad atento Felaern, y dejad de pensar en el baile de la noche pasada. Ya tuve suficiente con Orisong–.

Y como si su mente estuviera en varios sitios al mismo tiempo, en voz baja se preguntaba –Dónde había dejado mi escrito sobre el noveno Infierno… Ah sí, aquí está… El Nessus. No creo que tarde mucho en acabarlo–. La satisfacción por el trabajo bien hecho se dejaba ver en su semblante. Será una buena obra. Se dijo a sí mismo dejando escapar suavemente sus pensamientos al aire como si el bardo no estuviese.

Por cierto…–. Interrumpió el bardo con armónica voz, y una mirada de reojo que acompañaba una sonrisa maliciosa, sabiendo que el archimago quería concentrarse en su libro. –En estos días de sol apagado y profusa lluvia, me vienen a la mente las letras de canciones de antiguos héroes y terribles desventuras, como si se empapara de inspiración mi alma artística. Y aquí, ahora, sería un lugar perfecto para tocar esas letras–. Su mirada esperada la reacción de Arthal, al tiempo que sus manos parecía que fueran a empezar a tocar el instrumento de cuerda que ya se había acomodado entre sus piernas.

Sin levantar los ojos de sus papeles, el paciente archimago le contestó con voz sosegada. –Puede que tengáis razón en algo–. Felaern le miró algo desconcertado.

Es una cabaña pequeña, quizás demasiado pequeña para dos personas. Y entendería que tuvierais que salir fuera para empaparos más…– La incesante lluvia golpeaba fuerte la vegetación y las piedras resonando continuamente. –…de inspiración, sí, de mucha inspiración. Y así practicar mejor vuestro… Arte–. Le contestó con tranquila ironía Arhtal. A lo cual, el bardo sonrió, y continuó observando la entrada de la cueva desde la entrada de la Mansión.

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CAPÍTULO 1.2

El TÚNEL DONDE SE PERDÍA LA LUZ

PARTE 4

El grupo volvía sobre el camino que había recorrido días atrás. Su pasó era más rápido que cuando entraron. No se detuvieron para volver a comprobar nuevamente las galerías secundarias que conectaban con el túnel principal, pues el tiempo era un factor demasiado relevante en esos momentos. No se detuvieron para comer ni beber, pues lo hacían mientras sus pasos avanzaban a marchas forzadas.

Apenas hubo algún pequeño descanso para cerrar los ojos. De nuevo envueltos por un oscuro silencio, por un frío sobrecogedor, compartiendo entre ellos miradas que hablaban, antes de que el cansancio les venciera momentáneamente.

Algunas gotas golpeando estalagmitas en formación, parecían ser el único eco que acallaba el atronador silencio. El grupo fue alejándose mientras Sindë, que se había retrasado intencionadamente de todos, aguardó, a cuclillas, oculto en las sombras de una galería lateral. Y allí, dejó pasar un tiempo prudencial, observando y escuchando. Afinando los sentidos cuanto podía, con la mano inhábil palpando el suelo.

09.- Incursión en el túnel 06. Vuelta al punto inicial 03.2.jpg

Nada parece que nos haya seguido, pensó aliviado mientras se incorporaba. Y mientras volvía a ritmo acelerado para alcanzar a los demás, no podía alejar de su mente los pensamientos de intranquilidad que le embargaban.

Al llegar prácticamente al punto de salida cercano a la ciudad de Crimmor, el grupo había hecho lo propio mientras le esperaban, y se habían ocultado repartiéndose en diferentes galerías, con las armas preparadas, por si hubiera habido alguna situación inesperada.

Al aproximarse Sindë y percibirlos, les hizo una señal de espera con extendiendo su palma delante de su pecho, mientras caminaba despacio hacia la pesada puerta metálica que sellaba el túnel.

Todos permanecieron atentos y preparados, prestando atención tanto a la puerta como al fondo de la galería. La puerta seguía pudiendo abrirse, tal y como la había dejado Orisong cuando entraron, pero protestó resonando por la galería al moverla despacio. Cuando hubo suficiente apertura, Sindë se asomó con cautela.

La lámpara del techo de la sala comenzó a balancearse empujada por la corriente de aire que provenía de la gruta, chillaron las argollas y la luz comenzó a bailar furiosamente. Todo seguía igual a cómo estaba cuando entraron; abandonado y vacío.

Sindë se giró hacia Boti, y mirándole a los ojos le hizo una señal con la cabeza inclinándola ligeramente en dirección a la salida; el gran felino se movió rápidamente. Luego miró a Lux, que estaba cerca de Boti, indicándole de igual manera; la araña no tardó en pasar la puerta por su parte superior. El siguiente fue Kiyethalas, que sin dejar descansar su arco y mirando para atrás, se introdujo en la sala. Finalmente, miró a Orisong para que le siguiera.

Como si algo le llamara, el gentil de plateados cabellos se giró una última vez antes de salir. Creía que sus sentidos le estaban traicionando, debía ser el cansancio pensó; era como si escuchara algo que no sonaba. Se agitó la cabeza, en un vano intento por centrarse realmente en sus sentidos, mas esa incómoda sensación permanecía ahí.

Ignorándola salió de la galería, y al ir a cerrar la puerta la corriente de aire invirtió súbitamente su sentido, como si algo en algún punto del túnel hubiera ocurrido. Una fuerte corriente de aire absorbente hacia el interior movió la puerta antes de que Sindë la acabara de cerrar, como si una difusa mano lo hiciera desde dentro. Y todo pareció volver a una intranquila quietud. Los demás ya había salido y aguardaban en el exterior, así que el elfo se guardó para sí sus pensamientos y se dirigió con sus compañeros.

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Noo, no lo abráis… Los gusanos, saldrán los gusanos… Las manzanas están podridas–. Decía Felaern de manera poco intelegible, todavía dormido.

Mientras el bardo seguía mascullando totalmente estirado encima de los mejores cojines que había encontrado en la Mansión conjurada, y que le hacían las veces de cama, la abjuración de Arthal, que había saltado, sonaba abiertamente.

Arthal le miraba de pie, junto a él. –Ya están fuera–. Dijo mientras daba un golpe con el gran cayado a una botella de vino vacía que había apoyada en uno de los cojines. –Evermeet 1263–. Leyó con una entonación que parecía dejar la frase inacabada; como si la misma frase portara una sentencia, por haberse bebido toda la botella del más fino de los caldos que producen los elfos de Siempreunidos.

Todavía abriendo los ojos, Felaern se encogió de hombros mientras le contestaba –Os ofrecí, pero estabais demasiado concentrado en vuestros escritos. Así que destapé a otra de mis musas sólo para mí… Tenía mucho que escribir...– Y volviendo por un momento a sus ensoñaciones, o quizás no habiendo sido abandonadas del todo todavía, dejó escapar en un suspiro mientras negaba. –¿Por qué lo tuvisteis que abrir?¿Por qué?–. La mirada de Arthal sobre el bardo permanecía impasible.

Volviendo hacia Arthal, Felaern dijo –Por vuestra actitud veo que todo está tranquilo ahí fuera–. Y acto seguido comenzó a incorporporarse despacio.

De no haber sido así el cayado te habría golpeado a ti, en vez de a la botella–. Le contestó el archimago sin prestarle mucha atención, pues tenía su mirada puesta en la salida del túnel.

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El grupo vio cómo se acercaban caminando Felaern y Arthal, hasta la entrada del túnel, de donde, en ese momento, salió Sindë. Éste se paró frente a todos y, con sencillas palabras, les agradeció, uno a uno, el esfuerzo realizado, añadiendo –Las noticias son preocupantes y deben llegar rápidamente a la ciudad humana de Náshkel; me dirigiré hacia allí sin dilación. Descansad porque se necesitará de vuestra ayuda en breve–.

Los miembros del grupo que se habían internado, sabían a qué se estaba refiriendo, pero Arthal y Felaern, no; aunque podían intuirlo. Mirándoles, Sindë les dijo –Más tarde os lo contaré con detalle, pero ahora debemos partir–.

Después de intercambiar miradas y gestos de aprobación a modo de despedida, el explorador y los dos bardos, comenzaron a hacer camino hacia Crimmor, mientras empezaron a contarse lo que había ocurrido. El cambiante retomó su forma lupina, aulló con fuerza, y corrió hasta los primeros árboles del bosque, donde se detuvo para mirarles una última vez antes de perderse en su interior.

La druida retomaba su forma humana, mientras el gentil de plateados cabellos se dirigía al archimago. –Arthal, ¿podéis acercarnos a Náshkel?–. El archimago asintió sin hacer preguntas.​

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CAPÍTULO 1.3

RETORNO AL TÚNEL DONDE SE PERDÍA LA LUZ

Parte 1

¡Noooo!–. gritó Sindë escupiendo sangre mientras la espada le atravesaba el estómago. Dejó caer el arco, apoyó sus manos en los avambrazos de la negra armadura de aquél ser, mientras todavía tenía ensartada su espada, y se derrumbó de rodillas cuando el paladín oscuro la retiró, abriéndole en canal. Una risa corta, profunda y tenebrosa se escuchó justo antes de levantar la espada nuevamente, para tener el placer de rematarlo antes de que falleciera por las heridas.

El opaco filo, al que la luz parecía evitar, bajó dibujando un arco letal, con rapidez y precisión… Y un ulular intenso precedió a un momento de silencio y a un chillido terrible justo a su lado, cuando la lechuza atrapó a la enorme rata con sus garras.

Su corazón palpitaba con fuerza, mientras sus puños se cerraban con más fuerza sobre la vegetación en la que intentaba reposar. Su respiración acelerada se debía escuchar en media legua a la redonda, y sus ojos, abiertos cuanto podían, miraban sin ver un éter nevado de estrellas, estando todavía perdidos en sus pesadillas.

Esa criatura le visitaba cada noche… Sin falta; y ya eran demasiadas noches maldurmiendo. Desde los combates en Náshkel, ya no sabía si veía más muerte fuera o dentro de su cabeza.

Llegó a Náshkel con Arthal y Lux hacía un tiempo, para informar a Etrielle Anith respecto al estado del túnel de Crimmor a Náshkel.​

1.- Incursión en el túnel 08. Vuelta a Náshkel 2.jpg

Había permanecido en la ciudad humana ayudando en los combates durante días. Un tiempo excesivo para su gusto, sentía mientras recordaba con añoranza la viveza del bosque. Un tiempo insuficiente para su odio, sentía mientras recordaba con tristeza la sonrisa de su madre.

Había algo que le estaba matando por dentro, y no era ninguna de las heridas de la batalla. –He de volver. He de ir más allá…–. Se dijo a sí mismo como si se le escaparan los pensamientos, e intentara convencerse de algo que ya había decidido. –Pero no puedo pedírselo al resto. No sé si habrá un regreso…–. Recapacitaba como si hablara consigo mismo. –Espero que Solonor me guíe hasta el final. Y si no lo consigo, que Kelemvor sea clemente cuando me presente ante él–. Suspiró como si esa decisión trajera paz a su espíritu.

Antes de que los primeros rayos empezaron a colorear las nubes, buscó cerca de los campamentos que se extendían fuera de las murallas de la ciudad, a un oso pardo enorme, bien alimentado y muy peludo. Guiarse por el olor allí no le serviría de mucho, pues no tenía tan buen olfato, y el olor de los combatientes que dormían con las cotas de mallas, cueros endurecidos, o algunos incluso con las armaduras o parte de ellas, se mezclaba con olores de comidas todavía en cazuelas y restos de brasas, los de las tiendas donde atendían a los heridos y moribundos, y los de pilas ardientes en las que se quemaba… algo.​

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Cerca de los árboles dormía, a resguardo del úrsido que estaba buscando, una druida que se acomodaba entre sus pieles. Se acercó cautelosamente hasta estar a su lado y se sentó. Inti, el compañero de Lux, resopló al olerle, abriendo medio ojo, y despertando también a la druida.

La druida le miró esperando a que le dijera qué ocurría. Sin ambages el silvano le dijo –Sólo vengo a despedirme. Quería decírtelo en persona, por el trato que siempre me has procurado. La cara de extrañeza de la druida plasmaba su incomprensión por las palabras que escuchaba. –Parto para Crimmor, voy a volver internarme en aquel túnel. Pero está vez quiero ir más allá de las barricadas que contenían a esos seres. No quiero arriesgar la vida de nadie más, así que voy a ir sólo–. El gentil hablaba con calma, después de haber tomado la decisión, pero la cara de confusión de la druida reflejaba de todo, menos calma. –Espero que lo comprendas–. Continuó. Y sin esperar a que se recompusiera del estupor generado por sus palabras, añadió antes de irse –Te deseo lo mejor–. Lux quiso decirle algo, mientras la figura se alejaba, pero no le salieron las palabras.

Cuando el alba asomó, ya no había rastro del silvano que había estado reposando en un pequeño claro entre los árboles cercanos a la ciudad humana de Náshkel. A una marcha forzada recorrió el camino; aunque nunca por éste, siempre acompañándolo entre el boscaje. Quizás alguien se hubiera cruzado con él, quizás nadie le hubiera visto, quizás él tampoco le prestara atención a nada, pues en su mente ya estaba aquel túnel.​

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Después de días de marcha, meditabundo, maldurmiendo, y acompañado cada noche por el paladín oscuro, el gentil de plateados cabellos llegó a las colinas cercanas de la ciudad humana de Crimmor.

Miró hacia abajo y dijo –Aquí está…–. Suspiró, como si el destino fuera a someterle a un juicio, que había aceptado, pero para el que todavía no se encontraba preparado. Intentaré reponer fuerzas antes de adentrarme, pensó. Y acto seguido se dirigió hacia un recoveco cercano a la entrada del túnel.

Cuando bajaba la pequeña colina saliente del bosque, vio a una figura familiar, que se movía inquieta a lado y lado, mientras aspeaba con las manos y parecía que le hablaba a un oso. –Está tardando mucho... Quizás hemos llegado tarde Inti…¿Y si ya ha entrado?...–. Y, cuando en una de sus vueltas le vio acercarse bajando la colina, exclamó aliviada –¡Gracias a la Madre Tierra que no has entrado todavía! Me iba a dar algo. Antes de que entres, creo que podré hacer algo sin tener que meterme–. El Sy-Tel’Quessir levantó las cejas ante tanta efusividad, sin saber bien cómo responder –Bien… Bien… No pensaba encontrarte aquí… Si dejas que descanse un poco y luego me lo cuentas. Lo necesito–. Lux asintió con rapidez, como si el silvano fuera a descansar más rápido por su reacción. Y tapándose con unas pieles en el recoveco, aquél cerró los ojos bajo la mirada de la druida y el úrsido.​

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Cuando volvió a abrir los ojos, la druida seguía ahí, ahora sentada, junto a su inseparable oso. –Por fin, te despiertass. Has estado gritando, pero cuando te he tocado, me has cogido la mano diciéndome, nooo. Como si intentaras gritar. ¿A qué te referías?– Le preguntó la druida.

A lo que Sindë respondió –En otro momento Lux, por favor. Ahora prefiero no hablar de eso–. La druida asintió seria, y acto seguido le dio un pequeño paquete con provisiones para el camino, diciéndole –Sé muy bien que ahí abajo no encontrarás qué llevarte a la boca, si no lo llevas ya encima–. El gentil agradeció el gesto con la mirada, y guardó el paquete.

Bien, supongo que no has venido sólo para darme unas pequeñas provisiones. Cuéntame porqué has venido tan rápido–. Le pidió Sindë. A lo que la druida le respondió de manera directa –Vengo a pedirte que me dejes ver por tus ojos–. Se miraron en silencio el uno al otro.

Deja que te lance un conjuro para poder ver por tus ojos por dónde vas, y con qué te encuentras. Si te ocurre algo, la Madre Tierra no lo quiera, podré saber qué ha sucedido y dónde…–. Lux dejó la frase inacabada al darse cuenta de lo que iba a decir. –Claro, ¿por qué no?–. Le contestó el Sy-Tel’Quessir. Y la druida comenzó a preparar el conjuro.

Una vez listo, cerró los ojos, y se resguardo en una esquina de la entrada de la cueva. Le pidió a Inti que vigilase por ella, y convocó un Bralani por si fuera necesario, mientras perdía su propia vista.

El silvano se acercó despacio a la druida y, poniéndole con ligera firmeza su mano derecha sobre el hombro derecho, le dijo –Lux, gracias por todo lo que has hecho desde que nuestros caminos se cruzaron. Espero que esto no sea el final del mío, y que algún día pueda devolverte algún favor–.

Sin abrir los ojos, la druida puso su mano derecha sobre el brazo del silvano –Seguro que habrá ocasiones. Yo te esperaré–. A lo cual el gentil asintió inclinando levemente la cabeza, se giró, y se adentró donde la luz se perdía.​
 
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CAPÍTULO 1.3

RETORNO AL TÚNEL DONDE SE PERDÍA LA LUZ

Parte 2

La sala previa permanecía igual que la última vez que había estado ahí. La lámpara del techo permanecía inmóvil está vez. Nada se movía, nada se oía. Se acercó hasta poner su mano sobre la metálica puerta de la entrada del túnel, y con toda la cautela que la pesada puerta le permitió, la fue abriendo.

Una corriente de aire saliendo huyendo, como si los demonios la persiguieran, y la lámpara del techo comenzó su ritual de advertencia, chirriando ante quien hubiera llegado. El gentil hecho mano del arco, se internó, y la cerró tras de sí.​

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Se apartó a un lado, poniendo su espalda contra la pared. Se agachó, palpando el suelo con su mano diestra y agudizó sus sentidos cuanto pudo. La intranquila quietud nuevamente lo envolvía todo, acompañada de un manto de frialdad y humedad. Tras un tiempo prudencial sin percibir nada, comenzó a caminar.

Al principio se movió con cautelosa lentitud, pero con el pasar de las galerías laterales, a las que apenas les dedicaba una escasa atención auditiva por precaución, aceleró su ritmo por la galería principal. Y cuando ya se había perdido la puerta de salida, tras giros y recodos del túnel, volvió a sentir lo mismo que cuando salió de aquél lugar la última vez… Esa sensación de que algo parecía estará llamándole desde lo profundo del túnel, más allá de donde su oído debería poder escuchar. (¿Me están volviendo a traicionar mis sentidos?) Se preguntó, mientras miraba a su alrededor, caminando bajo la escasa iluminación de unas poquísimas lámparas que todavía quemaban.

Mientras caminaba solo, iba pensando en las palabras de Lux (…podré saber qué ha sucedido y dónde… Está mi cuerpo. Eso querías decir ¿verdad?). Se le dibujó media sonrisa ante, lo que le parecía, una positiva inocencia de la druida. (Si caigo, eso ya no importará; no lo encontrarán).

Recordaba las palabras de Toigan sobre los caídos en combate (Esas criaturas se los llevan antes de retirarse; estén muertos o moribundos. Llegan con la maldita niebla y se retiran con ella). Dibujó entonces una mueca de circunstancias y pensando en Lux se dijo (Al menos ella sabría qué fue lo último que vi, si…). Siguió caminando, acompañado por las sombras o las sombras acompañadas por él, mientras se movían cuando pasaban por alguna de las lámparas que se mantenía encendida, con una llama ya apenas moribunda.

Tras algo más de un día de camino, escuchó lo que creyó que era ruidos de metal, y conversaciones todavía ininteligibles. Aceleró su paso, y al aproximarse hacia los sonidos, vio como una figura que parecía una minera enana salía de una galería lateral; cota de cuero rasgada, sangre seca, casco abollado, escudo y pico al hombro. Esperad por favor-. Llamó a la minera después salir de las sombras pero antes de acercarse, quien se giró a ver qué ocurría.​

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Sin esperar a ninguna presentación le preguntó directamente –¿Cómo está la situación? ¿Qué hacéis aquí? ¿Sigue Toigan organizando la defensa? Antes de que contestará nada, Sindë se fijó que detrás de la minera, por la galería que había salido, se habían dispuesto diversas herramientas, armas, partes de armaduras, y diversos pertrechos. Dos robustos, herramientas en mano, las examinaban para ver cómo repararlas con rapidez.

La enana miró de arriba abajo al gentil, y le preguntó con aspereza ¿Qué asuntos has de tratar con Toigan?–. A lo que el silvano respondió con suave tono Estuve aquí hace más de una dekhana, hablé con él y le prometí que informaría de la situación del túnel. Ahora he hablar nuevamente con él. ¿Todavía está al frente?–.

La enana, pareció tardar un poco en decidirse, pero le acabó señalado hacia adelante en el túnel, dirección a su taberna.Hace unos días todavía estaba allí. Tuvimos que retroceder bastante las líneas de defensa, casi hasta la apertura frente a la taberna. La niebla regresó, y no paraban de venir más y más de esas criaturas… Miró para otro lado, con el dolor reflejado en el rostro.

Entonces he de continuar sin demora–. Dijo Sindë a la minera. Y acto seguido se dispuso a continuar, cuando la minera le despidió diciéndole –Hay muchos alzados, pero sobre todo, cuidaos de esa maldita canción…
. El gentil se detuvo al escuchar eso, y le cuestionó ¿Canción? ¿Qué canción? No escuchamos ninguna canción la última vez, ni he escuchado ninguna canción hasta ahora.​

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La minera continuó, pero está vez su voz fue destilando temor a medida que hablabaHay una de esas mujeres fantasmas con ellos. He visto con mis propios ojos como guerreros, duros como la roca de la montaña y más cicatrices que vetas tienen estas galerías, se desplomaban sólo con el lamento de su voz, mientas otros caían presas de la locura.–. Un escalofrío recorrió el cuerpo de la mujer al acabar, recordando a las terribles muertes de sus hermanos, seguido de un gesto de impotente rabia.

La mirada del elfo se había detenido en la mujer, preocupada mientras la escuchaba atentamente. Y cuando ella acabó, se hizo un silencio entre ambos, una recordando y el otro imaginando.

Recomponiéndose, la minera rompió el silencio para decirle Os veo ágil. Si vais a ritmo ligero estáis a medio día para llegar a las nuevas barricadas. Yo iré en cuanto pueda, portando cuanto hayan podido reparar aquí. El silvano asintió todavía pensativo, y, casi como un acto reflejo, reanudó la marcha.

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Por el camino que venía del embarcadero de Crimmor, se movía a paso ligero un gentil de agraciado porte y hermosa figura, en dirección a Náshkel, cuando al pasar cerca de la cueva que llevaba al túnel subterráneo, se fijó en un oso pardo que le resultaba muy familiar. Detuvo su marcha y fue directamente hacia allí con rapidez.

Al llegar reconoció sin duda que era Inti, el compañero de Lux, que le había olfateado antes de llegar, reconociendo a Orisong antes de que se hubiera desviado del camino. Allí, un Bralani se erguía cual estatua impasible observando, y detrás suyo, en un recoveco de la entrada, apoyada contra la piedra y sentada en el suelo, estaba Lux con los ojos cerrados.

¿Maestra os ocurre algo? ¿Qué hacéis aquí? ¿Os estáis escondiendo de algo? ¿O de alguien? ¿…–. Preguntaba alarmado el bardo, cuando Lux le interrumpió levantando las manos con las palmas extendidas, indicándole que se tranquilizara. No me ocurre nada. Sindë se internó en el túnel sólo, y estoy viendo lo que él ve. Estoy viendo por sus ojos. Sorprendido y algo confuso, el bardo le preguntó si podía hacer algo para ayudar.

La druida asintió Os agradecería que os quedarais aquí acompañándome. Como os habréis percatado no puedo ver, y me seríais de gran ayuda si ocurriera algo–. El bardo contestó inmediatamente Por supuesto, lo que necesitéis–. Y, arco en mano, se dirigió más allá de la entrada de la cueva para vigilar los alrededores.​

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Parte 3

Tras unas horas más de marcha, comenzó a oír en la lejanía, proveniente de donde todavía no alcanzaba su vista, débiles ecos de sonidos metálicos chocando y gritos de conflagración que parecían ser de los mineros enanos.​

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Estaba acercándose, y ya se encontraba a distancia de flecha, cuando una fría niebla comenzó a cubrirle los pies. Contó a ojo varias decenas de mineros que rechazaban una avalancha de alzados que chocaban una y otra vez contra una improvisada, y desde luego no tan robusta, barricada, como la que tenían la última vez que estuvo aquí.

Pero todavía no había pasado la taberna de Toigan pensó (La minera me dijo que estaban resistiendo con la barricada pasada la taberna, no antes. ¿Qué ha pasado?). Ya lo averiguaría más adelante, concluyó.

Echó mano al arco y varias flechas en cada dedo, mientras corría hacia la barricada, y entonces la escuchó… Como si se la cantaran al oído. Era la voz de la desesperación invocando un grito de locura. Un lamento de melancolía que convocaba una tristeza demencial. El Sy-Tel’Quessir tuvo que parar, apoyó la mano que portaba las flechas en la pared dejándolas caer, mientras intentaba no caer él mismo. Cerró los ojos y apretó la mandíbula con fuerza, como si intentara sacarse la fantasmal voz de lo más profundo de su cabeza; pero a duras penas conseguía siquiera mantenerse en pie.

Al poco la canción dejó de escucharse, y se fue apagando como si se alejara. Y volviendo en sí, corrió sin pensar, de nuevo hacia la barricada, cogiendo más flechas del carcaj. Dos mineros yacían en el suelo en posición supina, tras caer de la barricada del lado de los robustos, totalmente inertes, con las manos empuñando todavía sus martillos.

Corrió hasta ellos, y de un ágil salto se encaramó en el espacio que habían dejado los caídos, disparando cuantas flechas pudo. En ese momento le faltó muy poco para llevarse un martillazo del minero que tenía a su lado, que ante la súbita aparición levanto rápido el martillo para atizarle, y se detuvo al reconocer a un gentil justo antes de hundirle el pecho con su herramienta de trabajo.

Algo pareció cambiar en las huestes que chocaban contra la barricada, cuando se dirigieron hacia la taberna, acumulándose a los que ya había ahí, y dejando de prestar atención a la barricada donde estaba encaramado junto con el resto de mineros. Cuando los robustos iban a preguntarle algo al recién llegado, éste se adelantó ¿Quién dirige la defensa? Hijos de Moradin. Preguntó el silvano en voz alta mirando a su alrededor, mientras pensaba que esa no era la situación que creía que iba a encontrar.​

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Uno de los mineros le respondió No tenemos a nadie ahora; aguantamos como podemos con lo que tenemos. Toigan se había encargado hasta ayer de eso.

El gentil preguntó confuso –Y ¿dónde está Toigan?–. Los mineros le contestaron que él y Bertha, su mujer, se habían negado a abandonar su taberna. Habían tapiado y fortificado de alguna manera todo cuanto pudieron, y resistían allí dentro.

Dirigiendo la mirada donde señalaban los mineros, el gentil vio que, aunque la puerta de entrada de la taberna tenía la parte superior algo desencajada, se debía mantener por todo lo que, desde dentro, debían haber puesto contra ella. El resto de ventanas del piso inferior parecían muy bien fortificadas. Y los nomuertos se acumulaban esencialmente en la parte frontal cercana esa puerta.

Charcos de sangre cubrían todo el lugar, en el espacio entre ambos túneles donde se encontraba la taberna, y estaba claro de quién era.

Viendo la gravedad de la situación, añadió –¿Cuánto hace que perdisteis la taberna?

Apenas un día. Pero nosotros ya somos demasiado pocos para tantos alzados. No tenemos posibilidades de llegar hasta allí y sacarles–. Dijeron los robustos con tristeza y rabia contenida en sus palabras.

El gentil recapacitaba mientras escuchaba, y les preguntó seguidamente –Y, ¿cuál era el plan una vez hubierais conseguido llegar?–.

A lo que los mineros contestaron con sencillez –Sacarles, y traerles–.

Sindë levantó una ceja al escuchar el plan –Mmm, creo que lo entiendo–. Dijo mientras seguía cavilando algo y añadió –Quizás pueda ayudaros–.

El minero de su diestra, que casi le hunde el pecho cuando apareció, fijó sus inquisitivos ojos en los del silvano y le dijo –Toda ayuda es bienvenida, pero sé consciente del riesgo. Si caes al otro lado de la barricada, no podremos hacer nada por ti, y seguramente te alzarás como uno de ellos–.

Bien…–. Asintió el elfo cerrando los ojos con seriedad. –Entonces permitidme unos instantes para que rece una pequeña plegaria, antes de acompañar a mis ancestros–.

El Sy-Tel’Quessir se apartó unos segundos para rezar a Solonor, rogándole guía y ayuda. Apoyó sus rodillas en la fría tierra cubierta por dos palmos de niebla. Cogió una de sus flechas del carcaj, y la apoyó contra su frente con la punta dirigida a las alturas. Cerró los ojos, y recordando las palabras que decía su padre, las repitió en su mente como si él estuviese allí diciéndolas a su lado –(Oh Solonor, pon tus ojos en esta pequeña flecha. Guíala a través de los árboles y las ramas sin que nada la desvíe. Llévala con mano firme hasta donde has puesto tu vista. Dame tu bendición en estos momentos de dificultad, para ser resuelto en mis pensamientos y certero en mis acciones. Te lo implora tu servidor más humilde. La causa es justa y el momento crítico. Te lo implora tu servidor más humilde…)–.​

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Y tras unos momentos de silencio interior, como si hubiera estado esperando una respuesta, todavía con los ojos cerrados, sonrió a su madre y le dijo –(No ha pasado tanto tiempo, y quizás nos vemos pronto madre. Aguarda a que llegue)–. Y volviendo otra vez su mente al túnel, guardó la flecha, se incorporó y regresó junto a los mineros, haciéndoles un gesto con la cabeza en señal de que ya estaba preparado.

El constante sonido de las armas al impactar contra la ya maltrecha puerta de entrada de la taberna no cesaba un momento. Uno de los robustos se acercó y le extendió la mano con una de esas esfera grisácea que se deshace en humo –Si te ves perdido, rómpela contra el suelo, te dará unos momentos para poder huir. Es la última que nos queda, aprovéchala bien–. El silvano agradeció el gesto con la mirada, y le contestó con una sonrisa de circunstancias –Espero poder devolvérosla–. Dicho esto, se lanzó diversos conjuros de protección y potenciación, saltó la barricada y se perdió en las sombras cercanas a la pared.

Los robustos comenzaron a llamar la atención desde donde estaban, tirándoles cualquier cosa sin valor que tuviesen a mano, profiriéndoles todo tipo de insultos, amenazas y maldiciones; aunque esto era más bien como si se infundieran ánimos a sí mismos. Unos cuantos alzados se giraron, por el ruido y los golpes de piedras y pedazos de metal que les llovían.

Aprovechando esos preciados momentos, el gentil se dirigió rápidamente hasta el lateral cerca de la parte trasera de la taberna, difuminado en las sombras que se proyectaban en toda la pared. Allí donde había permanecido oculto el gran cambiante en forma de pantera la vez anterior, se detuvo esta vez el silvano.

Detrás de numerosas barricas y cajas, con una rodilla en el suelo, observaba discretamente la situación, inspirando lentamente para controlar su respiración. Delante suyo había tantos alzados que no podía siquiera contarlos; debían ser cientos. Se pegó a la pared de la taberna escuchando detenidamente; no entendía las palabras, pero estaba claro que había una conversación en su interior –(Están vivos todavía)–. Pensó, dibujando una sonrisa.​

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Viendo que nada ni nadie se había percatado de su presencia, echó mano de la cuerda con gancho que siempre llevaba encima. La lanzó con suma cautela hacia la repisa de la ventana del segundo piso y, agachado, miró nuevamente para comprobar si todo seguía igual; los enanos estaban haciendo un magnífico trabajo llamando la atención.

Comenzó a subir por la cuerda cuando, apoyando el pie en algo resbaladizo que habían vertido por la pared, perdió el equilibrio y, aunque se malcogió de la cuerda como pudo, cayó contra el suelo golpeándose el costado. Rodó por el suelo y volvió a mirar a su alrededor entre las cajas y barricas. –(¿Pero qué demonios le han puesto a la pared?)–. Pensó para sí mismo mientras se frotaba el costado sobre el que había caído. –(Tendré que ir con más cuidado)–.

Volvió a subir por la cuerda, alcanzando la ventana del segundo piso; apenas parecía fortificada ésta, más bien atrancada. La forzó con sencillez, y entró sigilosamente; no parecía que hubiera nadie en el piso superior. Recogió la cuerda, dejándola preparada dentro para volverla a tirar.

Bajó por las escaleras con precaución hacia el piso inferior, mientras el constante golpeteo de las armas de los alzados al otro lado de las paredes resonaba con preocupante fuerza. Allí estaban Toigan y Bertha, frente a la maciza puerta de entrada, que estaba comenzando a resquebrajarse por los golpes, más que a ceder por el empuje.​

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En medio de la sala, donde no hacía tanto tiempo se servían buenas jarras de cerveza y se compartían risas y penas entre historias y fanfarronerías, el silvano se mostró a la luz ante a la pareja de robustos, diciendo rápidamente mientras alzaba las palmas de las manos a media altura –Me envían los mineros de la barricada para ayudaros, no ataquéis–. Justo cuando Toigan había visto de reojo una figura a unos metros detrás suyo, y se iba a girar hacha en mano.

El robusto frunció el ceño mirando al gentil mientras parecía pensativo –Tu cara me suena… ¿No eras uno de los que vino por aquí hace unas dekhanas?–. A lo que el silvano asintió levemente, en silencio, dejando que continuara.

Je, ¿ayudarnos dices? ¿Y cómo piensas ayudarnos?–. Dijo con hosca ironía el tabernero, y continuó encendiéndosele los ánimos –¡Porque no pienso moverme de aquí! Llevo regentando esta taberna más años de los que tú puedas contar, muchacho. Por este salón en el que estás ahora, han pasado más robustos y aventureros de todo tipo y pelaje, que por los mayores salones de esas nobles ciudades del exterior. ¿Acaso crees que voy a irme sólo porque vengan un puñado de esas criaturas? Aquí me retiré de mis días de guerra, y aquí pienso quedarme hasta que muera, sea hoy o de aquí muchos años. Así que si vienes a decirme otra cosa, ya puedes irte por donde hayas venido–.

El gentil se acercó unos pasos al robusto –Habéis servido cervezas en esta taberna más tiempo que primaveras he visto, no lo dudo. Habéis atendido a más robustos y aventureros de los que puedan haber pasado por los grandes salones de esas ciudades que se alzan orgullosas en el exterior, no lo dudo. Y que no os vayáis a ir porque un puñado, o una multitud, de esas aberraciones vengan, tampoco lo dudo…–.

Casi como si ahora le recriminara seguía –Pero debéis tener bien presente algo. No sois vuestra taberna, sois una esperanza para esos enanos, si ven como seguís vivo sus fuerzas se repondrán; y creedme si os digo que os necesitan. No estáis abandonando esta taberna, estáis acudiendo en ayuda de otros hijos de Moradin en sus horas más aciagas–.​

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Señalando con una mano al suelo del salón en el que se hallaban, y luego con la otra en la dirección donde estaban resistiendo el resto de robustos, mientras ahora se le encendían los ánimos al silvano, éste continuó –La taberna se podrá volver a levantar y las jarras volverse a servir. El salón se volverá a llenar y las historias volverán contarse con alegrías y tristezas. Pero no permitáis que se resquebraje el espíritu de Moradin en esos mineros de ahí fuera duros como un yunque…–.

No sigas muchacho–. Le interrumpió Toigan, con un tono entre abatido y molesto, como si sopesando las palabras que acababa de escuchar de Sindë, le hubieran hecho recapacitar, y estuviera dolido.

Y un abrumador silencio se escuchó entre ambos, ahogando el estrépito provocado por los golpes desde fuera, que estaban empezando a hacer saltar en pedazos partes de la puerta. Buscó a Bertha con la mirada. Ésta se cambió la maza de diestra a siniestra, y le apoyó la mano en el hombro, como si le dijera estaré contigo hasta el final, sea el que sea. El robusto suspiró –Vamos, te seguimos–.​
 
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CAPÍTULO 1.3

RETORNO AL TÚNEL DONDE SE PERDÍA LA LUZ

Parte 4

Sindë les dirigió rápidamente a la parte superior de la taberna, donde había dejado la cuerda preparada y les dio varias pócimas de piel pétrea, de invisibilidad y de velocidad, pensando en que era una lástima que no tuviera alguna más. Y les dijo –Ahora os lanzaré algo para que tengáis mayor soltura cuando empleéis la cuerda para descender fuera–. Ambos asintieron, y cuando estuvieron preparados se tomaron las pócimas de piel de piedra y de invisibilidad, y descendieron mientas el silvano les ayudaba manteniendo firme la cuerda desde arriba.

Una vez abajo, se movieron hacia el final de las cajas y barricas, esperando a que el gentil bajara. Pero algunas de las barricas no estaban bien apoyadas, y al pasar las golpearon lo justo para que cayeran entre todas las demás, haciendo un ruido considerable y llamando la atención.​

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Parte de la multitud de nomuertos que allí había se dirigieron donde estaban Toigan y Bertha, y, al verlos venir, éstos se prepararon armas en mano a recibirlos. El Sy-Tel’Quessir no estaba seguro de si les habían descubierto, o sólo se movían hacia donde se había producido el ruido, pero no pensaba arriesgarse. Sacó la esfera grisácea que le habían dado los mineros y desde la ventana, cuando estaban cerca de chocarse ambas partes, la lanzó donde estaban ambos robustos, creando una espesa nube al tiempo que les gritaba –Las pócimas, bebeos las pócimas y corred–. Aunque algo confusos inicialmente, ambos se tomaron las pócimas, y con una velocidad endiablada se dirigieron hacia la barricada.

El silvano apoyó su pie izquierdo en la repisa de la ventana, y arco en mano fue disparando cuantas flechas pudo a toda criatura que pareciera ir a interponerse en el trayecto, desde donde había estallado la esfera hasta la barricada. Mientras los mineros de la barricada, que habían redoblado sus esfuerzos cuando el silvano se fue, destrozando a todos los alzados a su alcance, en la esperanza de que, si lo conseguía, la vuelta fuera, quizás, menos complicada, miraban expectantes buscando a Toigan y Bertha.

Aunque no sabían dónde exactamente, al ver la elfo disparar flechas desde la ventana lateral del segundo piso en su dirección, sabían que Toigan y Bertha estaban en algún lugar. Cuando de pronto, escucharon debajo suyo mismo –Gilgrim, diablos. Gilgrim, ayuda a Bertha a subir, estamos abajo y está subida encima mío–. Toigan golpeó con el costado del hacha el lugar de la barricada donde estaban; debajo de Gilgrim, quien miraba sin ver nada. Pero, al oir la voz de Toigan y el golpeteo en la barricada, extendió la mano cuanto pudo y notó como otra mano que no veía se la cogía, y tiró hacia él. Hizo lo mismo nuevamente, sin verle, y subió a Toigan como pudo, quien había cogido un gran escudo y lo había apoyado contra la barricada para subir a él y poder alcanzar la mano de Gilgrim.

Una sonrisa de franca alegría se dibujada en la cara de Gilgrim y los demás mineros. –¿Por que no te ha seguido el elfo?–. Cuando se giraron para mirar a la ventana de la taberna, ésta estaba ahora cerrada. –Pero… ¿Qué está haciendo?–. Los robustos de la barricada miraban ahora hacia la taberna, con las armas apoyadas en el saliente de la defensa. Parecía que la atención del lugar se había centrado para todos los presentes, tanto de uno como de otro lado, en la taberna.

Algo había sentido el Sy-Tel’Quessir cuando fue a saltar, que le hizo retirar rápidamente la cuerda hacia arriba y atrancar la ventana; como si abajo, después de lo ocurrido, hubiera algo que no era capaz de percibir pero que creía sentir. Y desde hace tiempo, cuando cazaba en los bosques con su padre, había aprendió a hacer caso a esas sensaciones que no sabía explicar.

Se movía inquieto buscando a su alrededor algo que pudiera ayudarle, mientras pensaba qué podía hacer. En el piso inferior de la taberna se escuchó un estrépito de maderas quebrándose, y un sonido de armas cuyos golpes parecían haberse intensificado contra la puerta, y que se escuchaban de manera mucho más nítida. Estaba claro que, cuanto menos, habían hecho una apertura; grande o pequeña, eso no lo sabía.

Desatrancó y abrió la ventana contraria a aquélla por la que había entrado, y se fijó en la situación. No había apenas alzados en ese lateral, parecía que casi toda la atención estaba puesta en el parte frontal; en la puerta.

Levantó la mirada hacia el túnel que iba hasta Náshkel, y divisó dónde alcanzaba su vista una figura diferente, que destacaba del resto. Cubierta en oscuros ropajes, se acercaba caminando despacio, con manifiesta tranquilidad, como aquél que cree tener la victoria asegurada. Sus movimientos eran distintos, pareciendo tener algún poder o control sobre el resto de nomuertos.

Aquél ser se detuvo un momento pareciendo que se fijaba en aquella ventana desde la que observaba, y un escalofrío recorrió el cuerpo del silvano mientras deseaba que sus sentidos le estuvieran traicionando –(Espero que aquella mujer espectral no aparezca ahora también)–. Se giró con mayor desesperación diciendo en voz alta –¿No he sido digno de tu fe y de tu favor? ¿Acaso has abandonado a esta pequeña flecha Solonor?– Como si estuviera hablándole directamente, y luego suspiró más sosegado –No abandonéis a vuestro servidor ahora, cuando más os necesita, os lo suplico–.

Y allí vio unos pequeños barriles de madera muy oscura, de algo que, al romper el sellado, olía como un destilado alcohólico muy fuerte. –(Esperemos que funcione)– Pensó. Comenzó a tirarlos por la ventana abierta que daba al túnel hacia Náshkel. Algunos estallaban contra el suelo esparciendo su líquido por el suelo, otros lo hacían sobre algunos alzados a los que les caía encima. Cuando hubo tirado unos cuantos y vio que se habían empezado a juntar más y más alzados, abrió la ventana contraria y preparó la cuerda para deslizarse lo más rápido posible. Suspiraba controlando su respiración mientras pensaba –(Lo que sea que pudiera haber, espero que ya no esté ahí)–.

Un estruendo sonó en el piso inferior cuando la puerta, y todo lo que la aguantaba y atrancaba, debieron caer, partirse, romperse. Ya tenía un puñado de flechas incendiarias y eléctricas dispuestas entre sus dedos para disparar a esas aberraciones empapadas y al suelo circundante, cuando creyó ver que tenía a aquél ser de ropajes oscuros a distancia de flecha…

Sindë dudó unos segundos, que a Lux le parecieron una eternidad mientras apretaba sus párpados.

El Sy-Tel’Quessir exhaló el aire de sus pulmones, calmó sus latidos, y centró su disparo. Afiló la vista, controló la tensión del arco, y dejó ir con suavidad los dedos de su mano derecha con los que aguantaba la cuerda, acariciando las flechas antes de que salieran propulsadas. Las cuales volaron con una trayectoria certera.


---------

La druida, que no había parado de removerse, siendo una espectadora de todo lo que sucedía, se exasperaba por momentos, bufando aire constantemente con el corazón palpitando, y se revolvía sentada encima de una piel, mientras gritaba en voz alta –¡No, Sindë no! ¡Al suelo, dispara al suelo!. Otro Bralani que había invocado, se erguía impasible en frente suyo, donde habían estado los anteriores.



Inti parecía intranquilo, no porque hubiera olido nada extraño en los alrededores, sino por percibir el nerviosismo de Lux, que no podía evitar manifestarlo ante lo que estaba viendo con sus ojos cerrados.

Orisong se acercó desde fuera, alarmado por el grito, para ver qué ocurría –¿Estáis bien?–. A lo que la druida asintió sin abrir los ojos, mientras tomaba aire, intentando tranquilizarse.

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Y las saetas alcanzaron el objetivo donde había puesto la vista el gentil, haciendo que estallaran en llamas un buen número de alzados y se cubriera de fuego la zona durante unos momentos, mientras sonidos de numerosos pasos que venían de abajo parecían acercarse rápidamente a las escaleras que tenía a su lado.

En esos instantes el silvano se giró con la mayor celeridad que pudo, cruzándose el arco a la espalda, y asiendo la cuerda que había dejado preparada para saltar por la ventana contraria al espectáculo creado, y que daba al túnel hacia Crimmor –(Espero que haya llamado suficiente la atención en ese lado)–. Pensó mientras corría antes de impulsarse.

Saltó, cuerda en mano, proyectando un arco corto hasta el piso inferior que detuvo con los pies en la pared. Soltó rápidamente la cuerda, y se ocultó agazapado entre cajas y barricas caídas. Observó a su alrededor, y al ver que su presencia no parecía haber sido percibida y no sentía nada, continuó moviéndose entre las sombras de la pared por la que había venido inicialmente, hasta alcanzar la barricada defensiva de los mineros.

Toigan, estoy aquí…– Dijo mientras salía de las sombras que le ocultaban en la pared, mostrándose a los mineros. El más cercanos de los mineros le tendió la mano y, con un rápido movimiento, se encaramó a la barricada nuevamente.

Una vez arriba, miró buscando la oscura figura que había visto en la boca de la otra parte del túnel que llevaba a Náshkel, pero no parecía haber rastro alguno. –¿Os habéis fijado en ese ser oscuro que estaba en el otro lado del túnel?–. Preguntó intranquilo a los mineros, quienes se miraron entre ellos, pero ninguno sabía de qué estaba hablando el gentil.

Bien muchacho, lo has hecho bien. Ahora sólo resta recuperar la posada y el túnel–. Dijo Toigan dándole un buen, y amistoso, golpe en la espalda a palma abierta, que hizo moverse al gentil, mientras seguía pensativo, con cara de incredulidad, ante lo que no entendía.​

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Los alzados que entraron en la taberna parecían salir despacio. La niebla parecía retirarse por momentos, como si se dirigiera con ellos a otra parte junto con una multitud de alzados, por alguna extraña razón, al túnel que continuaba hasta Náshkel. Y una intranquila quietud se hizo en el lugar, donde quedaron un número considerable pero bastante inferior de esas criaturas.

¿Pensáis atacar ahora que parecen ser menos que antes?–. Dijo el silvano con curiosidad.

No–. Respondió Toigan. –Ya han hecho eso en otras ocasiones, y alguna vez nos hemos encontrado en una muy mala situación, de la que apenas pudimos salir. Esperaremos–.

Entonces, partiré sin demora. Una clérigo me espera, y debe saber todo esto cuanto antes– Le contestó Sindë. –Cuidaos de esas criaturas. Espero veros nuevamente cuando regrese–. El robusto asintió.

Y cuando el silvano se había alejado algo, le dijo mientras comenzaba a caminar –Por cierto, he de confesaros algo, Toigan–. El robusto se giró entrecerrando los ojos con una mirada un tanto inquisitiva. –No bebo nada de alcohol… Nada–. Dijo el silvano, mientras le robusto levantaba una de sus pobladas cejas, algo sorprendido y algo decepcionado. –Pero con vuestra cerveza haré una excepción, y espero que sea en vuestra taberna–. Continuó el silvano, mientras seguía caminando.

A lo que Toigan le respondió con agrado y orgullo –Que así sea. Y probarás una bebida especial que preparé yo mismo y reposa en la mejor madera de roble oscuro–.

El silvano se despidió con la mano girando la cabeza lo justo para verle de reojo, mientras pensaba –(Espero que no sea la que se fue por la ventana)–.​
 
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CAPÍTULO 1.3

RETORNO AL TÚNEL DONDE SE PERDÍA LA LUZ

Parte 5

Se cruzó con la minera que iba cargada con un buen puñado de armas, y cotas de malla reparadas, y pasó el puesto posterior de los robustos, donde hacían las reparaciones de armas y armaduras y guardaban provisiones, a los que informó brevemente del estado en la barricada.

Pasaron las horas mientras marchaba, y el cansancio le seguía más de cerca que su sombra. El túnel se le hacía largo, muy largo… Y las galerías empezaban a parecerle todas iguales. No se fijaba en ninguna apertura, no se guardaba entre las sombras, tan sólo quería salir.

Cuando alcanzó el tramo final del túnel, el cansancio le embargaba, la cabeza le pesaba más que las piernas, y hacía horas que no comprobaba nada a su alrededor.

Movió la puerta de entrada al túnel con mucho esfuerzo, dejando caer su cuerpo contra ésta más que empujándola, y al salir dejó que el sol le calentara la cara como si hiciera una eternidad que no lo viera.

La druida se abalanzó sobre el silvano, mientras éste parecía en estasis mirando al sol, y lo abrazó como si lo hubiera creído perdido. Orisong se hubiera alegrado de verte también, cuando ví que volvías, le agradecí la ayuda, y me dijo que tenía unos asuntos que atender. El silvano no entendía de qué le hablaba, pero no dijo nada.

Tenemos que ir a Náshkel Lux… Irla debe saber lo que está ocurriendo, cuánto antes. Pero no tendré fuerzas para hacer todo el camino de vuelta–. Dijo Sindë.

Tranquilo, monta en Inti, los árboles nos ayudarán–. Le contestó la druida.

Lux guio el camino hasta un gran árbol al que acarició con la mano, y mientras apoyaba su cabeza en él pareció susurrarle algo que el silvano no entendió. La druida se giró y le dijo –Vamos, este árbol nos llevará a Náshkel–. Y se adentraron despacio, fundiéndose con el gran árbol.​

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En Náshkel, el Sy-Tel’Quessir se movió despacio, extremadamente cansado, acompañando al viento o casi dejándose llevar por él, mientras buscaba a Irla. Y cuando la encontró, le susurró que se encontraran en un lugar apartado, al que ésta acudió con presteza.

Tras informarle parcialmente de lo sucedido, esencialmente respecto al estado crítico actual del túnel, la presencia de una doncella espectral allí abajo, y de atribuir, sin contar detalles que creía irrelevantes, que gracias a Solonor o Moradin, Toigan y Bertha se salvaron, Sindë hizo una última advertencia a Irla –Si vais a hacer algo, y sé que lo haréis, recordad que aquéllos de brazo fuerte y espada ágil pueden tener la mente débil ante el lamento de esas doncellas espectrales–.

La robusta se lo agradeció diciéndole –Mi pueblo está en deuda contigo hijo del bosque–. A lo que el silvano negó con la cabeza contestando –No hay deuda alguna. Con vuestra amistad es mucho más que suficiente–.

Os ruego entonces que aceptéis este presente. Es una runa singular, y puede que algún día os salve la vida–. Le dijo Irla mientras extendía la mano hacia Sindë con una runa enana. El gentil asintió levemente mientras cerraba los ojos, y cogió la runa con delicadeza.

Ahora he de hacer muchos preparativos. Que Moradin nos guarde–. Se despidió Irla.



Tras ello, Sindë volvió a desaparecer en el boscaje cercano y buscó un lugar apartado en el bosque, donde poder descansar sin que nadie le viera ni le pudiera molestar. Allí avistó un gran roble alejado del camino, con una gran apertura cicatrizada, de una herida que casi lo debió partir. Se acomodó dentro tapándose con la capa y una piel ligera que llevaba y, dejando escapar sus pensamientos, murmuró –Sólo un rato…– Apoyó la cabeza en el interior del tronco. –Sólo necesito un rato…– Se repitió cerrando los ojos. Y finalmente el cansancio le venció.​



Offtopic :

Muchas gracias a DM Suerte por al escena.
 
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CAPÍTULO 1.4

UN ENCARGO SINGULAR

El silvano había recorrido prados y montañas, caminos y ciudades buscando a quien le había traído hasta aquí; sin fortuna de momento en todo el tiempo transcurrido entre Amn y Suldanessellar. No obstante, en el camino había conocido a numeras personas de múltiples orígenes e inquietudes; algunas totalmente ajenas a las del silvano.

Una de esas personas que resultaban curiosas a sus ojos era el conocido Teurgo de Mystra, Alastor. Sus senderos se cruzaron hacía un tiempo mientras el gentil volvía de cazar cerca de Caravassar, y se dirigía a curtir las pieles. El arcano humano se acercó al gentil y le preguntó si era buen curtidor y peletero, a lo que el silvano asintió intrigado, mostrándole una serie de trabajos anteriores. Agradado por lo que vio, el humano le ofreció un encargo muy especial…

Habían pasado dekhanas desde aquel afortunado encuentro. Habían descendido a peligrosos lugares que es mejor evitar. Habían conseguido una piel muy singular para el encargo formulado.

El silvano suspiró pensativo en la mansión conjurada, tras aclarar los detalles del encargo que Alastor le estaba solicitando. Le agradeció la confianza y partió hacia Suldanessellar, a fin de trabajar con la mayor tranquilidad posible.


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Un tiempo después, ya en la oculta ciudad élfica, se le vio trabajando de manera casi obsesiva en la Casa de los Oficios, juntos a los maestros que allí enseñan y transmiten sus conocimientos sobre diversas profesiones. Pidió a varios maestros que le prestaran sus herramientas para un encargo tan especial como éste, mientras también supervisaban su trabajo.

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Dispuso todas las herramientas necesarias sobre las mesas de trabajo, y las colocó en el orden en que posiblemente las necesitaría. Viendo que el espacio de una única mesa era insuficiente, trajo varias más y las juntó como si fueran una sola, haciendo una gran superficie de trabajo donde apoyar el rarísimo material que iba a trabajar.

Finalmente, extrajo el enorme paquete, perfecta y cuidadosamente doblado y lo fue extendiendo con sumo cuidados sobre las mesas, dejando ver una preciosa piel de dragón rojo. Aún y así, la inmensa piel quedó doblada en los extremos para no caer al suelo.

Inspiró aire profundamente con los ojos cerrados, y sin abrirlos lo exhaló lentamente mientras pasó suavemente las manos sobre la hermosa piel. Concentrado en sentir el poder del ser al que una vez perteneció, acarició con respeto las escamas con las yemas, hasta que se paró, las apoyó, y dijo: Va a ser un hermoso trabajo. Mientras sonreía para sí mismo.

Primero buscó con los ojos el espacio, proyectando lo que iba a hacer. Una vez lo ubicó, lo comprobó palpando posibles irregularidades que hubieran pasado desapercibidas al ojo. Sólo entonces comenzó a demarcar los límites de cada corte, dejando siempre un amplio margen de error en cada delimitación.

Procedió con calma, dejando cada herramienta en su lugar antes de coger la siguiente, y volviendo a comprobar que la que acaba de coger estaba en perfecto estado antes de continuar. Imaginó el corte, el golpe, el tirón, el aplanamiento de cada movimiento, antes de hacerlo, y lo hizo con decisión y mano firme.

Mientras fue cogiendo forma, empleó un molde idéntico al libro final sobre el que dispondría la piel cuando estuviera terminada, para cerciorarse de que todo el procedimiento se mantenía acorde a lo proyectado. Y, tras una dura lucha, nada sutil pero sí efectiva, empleando el poderoso martillo del maestro herrero y unas puntas de lanza imbuidas de letal magia por el maestro de urdímbrica, consiguió sacar algunas escamas de mayor tamaño para emplearlas de refuerzo en las esquinas.

El cierre lo enlazó interiormente con una punta de una de las garras del dragón. Para lo cual repitió el "delicado" proceso como el de las escamas. Finalmente, dejó dos hendiduras para que se pudieran engarzar dos rubíes estrellados a modo de ojos en la parte frontal.

Grimorio 01.jpg
Grimorio 02.jpg
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Después de varias dekhanas trabajando sin descanso, y varias aproximaciones e intentos que no se finalizaron con la calidad y perfección que buscaba, finalmente el joven silvano se dio por satisfecho con el resultado logrado. Era un trabajo que esperaba que estuviera a la altura de las expectativas que el arcano había puesto en él.

Sonrió para sí mismo inmensamente satisfecho, mientras observaba la obra una última vez antes de guardarla con sumo cuidado. Los ojos del silvano brillaban mientras salía cargado de la Casa de los Oficios. (Creo que iré a avisar a Alastor de que ya puedo entregarle lo que me pidió)–.

Grimorio 04.jpg



GRIMORIO DE ALASTOR ENCUADERNADO CON PIEL DE DRAGÓN ROJO

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Offtopic :
Validado por DM Auva, a la que le agradezco las explicaciones
 
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Guty

Reidor de gracias de los Admins
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¡Hombre, como escribes bien :O Me ha encantado la forma que relataste todo! ¡Enhorabuena por el relato, tío!

PD: Perdón ensuciar el hilo <3
 

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Qué vas a ensuciar, tonterías ;). Se agradece la confianza y la paciencia por la espera
 
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