Ecos de lejanos gritos que se desvanecían por su distancia, empezaban a llegar hasta el grupo a medida que se acercaban a la taberna que regentaban desde hacía tiempo el enano Toigan y su mujer Bertha. Kiyethalas, Orisong, y Sindë echaron mano de sus arcos y varias flechas para tenerlas preparadas, y el grupo aceleró su paso. Los ruidos se fueron multiplicando hasta finalmente llegar a la enorme cavidad que albergaba la taberna. Pero se mantuvieron observaron desde la entrada al lugar, sin revelar todavía su presencia.
La actividad de los presentes era frenética, arriba y abajo, del túnel a la taberna y de la taberna al túnel, llevando de todo hacia el interior del túnel. Y allí en medio estaba el robusto que la regentaba. En su espalda parecía reposar cansada un enorme hacha a dos manos. Llevaba una cota de maya, que no era vieja pero lo parecía, pues tenía algunos agujeros entre anillas reventadas, recubiertas de sangre seca, y los ropajes bajo ésta estaban polvorientos y manchados. Cuanto menos su barba parecía verse en mejor estado que su ropa.
Daba órdenes gritando exasperado
–¡Gilgrim!, lleva esos bancos también, esa barricada no puede ceder–. Mirando a otro
–¡Eh, Dharmin¡, ¿cuánta munición nos queda?–
. Señalando a otro
–¡Thoddur! Ve a conseguir más carros muchacho, tráelos cargados de piedras y ponlos contra la parte derecha de las barricadas, en el anterior ataque parecía que podía ceder. ¡¿Pero dónde diablos está Kadric?!, Hace días que partió a buscar ayuda y todavía no ha vuelto. Más le vale volver con el todo un ejército para contener esto, o le colgarle de los huevos–.
Las barricadas de contención de los ataques, de lo que sea que les estuviese atacando, parecían estar más adelante. Susurrando al grupo Sindë les advirtió: –
Si os aviso para acercaros, será sólo para Kiyethalas y Orisong. Lux y Boti manteneos en las sombras en todo momento. Si podéis nos seguís, si no aguardad atentos–. Acto seguido Sindë hizo una señal al grupo para que esperara en las sombras. Mientras, él se acercó, solo y descubierto, hacia el encargado como si acabara de llegar por el túnel. Pero ni el encargado ni nadie pareció percatarse de su presencia hasta que estuvo a su lado, mirando hacia el túnel al que también miraba el encargado.
–
¡Por las barbas de Moradin!– Dijo el barbudo enano dando unos pasos trastabillados para el lado contrario al que se encontraba Sindë
–¡¿Pero quién diablos eres tú?! ¡¿De dónde has salido?!– Continuó el enano, señalando a Sindë con expresión seria mientras miraba hacia todos lados, como si buscara una explicación, y echaba la otra mano al hacha de su espalda. Otros robustos se detuvieron y giraron al escuchar al Toigan, cargando inmediatamente las ballestas en dirección al gentil.
Sindë le miró sin hacer ningún movimiento brusco, esperando a que le pasara esa primera reacción; que por otro lado tampoco había sido tan mala, pensó. Al creer reconocerlo como uno de esos elfos de los bosques, el recio enano se recompuso rápidamente de la sorpresiva aparición. Aunque desconfiado, estaba apremiado por la difícil situación, y le requirió con una batería de preguntas sin soltar el enorme hacha de sus manos
–¿Has venido solo? ¿Te has cruzado con alguien mientras venías? ¿Saben en el exterior lo que ocurre aquí abajo? ¿Crees que…–. Sindë levantó levemente la palma de su mano derecha para que parase de formular preguntas y le dejase contestar alguna. –
Me llaman Sindë Sercë. Vine por el túnel que tienes detrás. No me he cruzado con nadie hasta llegar aquí. En el exterior no saben el estado real que tenéis aquí abajo, pero lo sabrán, descuida, me encargaré de que así sea–.
Sin moverse, tras dejar que el enano tomara aire y volviera a dejar muy despacio el gran hacha en su espalda sin apartar la mirada del elfo, Sindë le preguntó sin ambages
–¿Podéis contarnos qué ha ocurrido, cuándo fue, y por dónde comenzó?–.
–
Pues...–. El enano iba a comenzar a decir algo cuando espetó súbitamente. –
Espera, ¿has dicho contarnos?–. Dio un paso para atrás al tiempo que miró otra vez alrededor sin ver nada, y volvía a poner su mano derecha sobre el hacha de su espalda.
–¿No has dicho que venías solo?–. Le inquirió con desconfianza renovada, fijando sus ojos apretados sobre la figura del gentíl de cabellos plateados que permanecía inmóvil.
–
Dije que vine por ese túnel–. Añadió Sindë volviendo a señalar con un dedo el túnel que llevaba a Crimmor. –
No dije en ningún momento que viniera solo–.
Sindë hizo entonces una leve señal con la cabeza al grupo para que se acercaran, y habiendo guardado las armas, el perspicaz explorador y el agraciado bardo salieron del mismo túnel que había indicado antes Sindë, siendo apuntados también por unas cuantas de las ballestas en su caminar. Cuando estuvieron a la altura de Toigan y Sindë, el robusto les observó delante suyo, evaluándoles con detenimiento de arriba a abajo, juzgando si parecían ser de mínima confianza. Levantó una de sus pobladas cejas mientras miraba al explorador con distante desconfianza, y luego levantó la ceja contraria mientras farfullaba algo en clara desaprobación al mirar la muy ajustada e insinuante vestimenta del bardo. Aprovechando el momento, la araña se dirigió por el techo a una esquina oscura sobre la taberna, y el gran felino se escabulló por detrás de la misma, entre unas barricas de buena cerveza enana que había almacenadas fuera.
Tras observar al dúo, y mirar nuevamente detrás de ellos para ver si salía alguien más, el barbudo enano caviló un poco, naturalmente desconfiado, ahora agotado, magullado y de peor humor que lo normal. Pero la gravedad de la situación con esas criaturas que llevaba combatiendo ya dekhanas no le permitía tener muchos reparos con unos gentiles. El tiempo podía ser escaso hasta el siguiente intento de asalto, así que con la esperanza y el buen pensamiento de que quizás pudieran ser de alguna ayuda el enano comenzó a contarles cómo hacía semanas habían surgido súbitamente de la parte final del túnel, donde se conectaba con Náshkel, y cómo habían matado a todos los buenos hombres que tenía en aquella salida. –
Por suerte había con nosotros un nutrido contingente de mineros que habían sido guerreros y clérigos, y la voz de alarma permitió que les pudiéramos contener con barricadas improvisadas, que hemos ido mejorando como hemos podido, pero no sé cuánto aguantaremos–. Dijo con voz pesada, dejando entrever preocupación en sus palabras.
–
¿Podemos acercarnos a ver las barricadas del fondo del túnel?–. Le preguntaron con cautela al enano. –
Seguidme–. Contestó éste de forma seca.
Los tres gentiles fueron caminando en silencio por el túnel central siguiendo al robusto mientras se fijaban en todos los detalles que podían. Había restos por el suelo de las piedras que habían estado extrayendo antes de que irrumpieran esos seres, virotes partidos, armas diversas rotas y manchas de sangre por doquier, pero no había ningún tipo de resto de cuerpos. Las galerías laterales se estaban utilizando como zonas de descanso, almacén de materiales, una herrería improvisada con herramientas de los mineros, y una sala de enfermería y reposo. De tanto en cuanto los gritos apagados de dolor de los heridos rompían el murmullo de todos los ojos que les seguían al pasar. El martillo de la herrería, que había dejado de oírse, volvió a golpear el metal después de que pasaran.
Después de mucho caminar, finalmente se detuvieron delante de una de las barricadas que habían construido con todo tipo de elementos que tenían a mano; carros de metal cargados con piedras a los que había quitado las ruedas era la base, y sobre ellos, piedras y más piedras, sacos y más sacos, perfectamente dispuestos para garantizar la mayor estabilidad y solidez. Entre todos los elementos habían colocado hileras de enormes barras de metal que se hundían en el suelo y otras tantas hileras que, perpendiculares a éstas, se incrustaban en las paredes, como si de una red de metal se tratara, para dar mayor fortaleza al conjunto. Desde luego nadie iba a discutir que los seguidores de El Mordinsamman sabían cómo hacer una defensa fortificada de la nada.
Mientras los gentiles, en silencio, no perdían detalle de todo cuanto veían, uno de los enanos, con una mirada que desprendía ira, y que estaba vigilando por encima de la improvisada fortificación bajó, pasando por delante del grupo y profiriendo una serie bruscas palabras para irse después sin mirarlos, y aunque los gentiles no entendieron ninguna, por su tono y su expresión corporal comprendieron perfectamente que no eran de aprobación.
Los tres gentiles le siguieron con la mirada por si intentaba hacer alguna otra acción posterior. –
Vonmir tiene una dura historia personal con vuestra gente. Si fuera por él, os tiraría al otro lado del muro–. Comentó el robusto sin querer darle más importancia, y subiendo a lo alto del muro dijo mirando hacia el otro lado de las barricadas –
A veces atacan durante horas o días, otras veces parece la calma de un cementerio. Ahora parecen estar reuniéndose en otro lugar. Pero volverán–. Y acto seguido se bajó.
–
¿Podemos…?– Dijo Sindë señalando la parte más elevada de la barricada. El robusto hizo un leve gesto de aprobación, y los tres se encaramaron a otear. Al otro lado había restos de esqueletos y partes de cuerpos podridas por todas partes, cenizas, líquidos que parecían viscosos por cómo se deslizaban pared abajo, infinidad de restos de virotes, y no pocas armas quebradas, algunos rastros de arrastre de algo pesado que se perdían. Pero no había ningún cuerpo que pareciese de alguno de los defensores.
Mientras Orisong y Sindë intentaban afinar sus sentidos cuanto podían, Kiyethalas bajó, y con expresión de incomprensión le preguntó al enano
–Habéis tenido bajas en la barricada ¿cierto?– A lo que el enano contestó con evidente dolor y frustración.
–Demasiadas–.
–¿Y ninguna cayó al otro lado? Porque no hay nada que pueda verse–. Continuó el explorador intentando comprender algo más. El robusto bajó la mirada, frunció el ceño y apretó los puños antes de contestar. –
Esas criaturas se los llevan antes de retirarse; estén muertos o moribundos. Llegan con la maldita niebla y se retiran con ella–.
En ese momento la araña se movió por el techo hasta situarse tan discretamente encima de los Tel’Quessir en la barricada, que éstos apenas se percataron de su presencia. Sindë miró de reojo a la druida, y con los ojos y un leve movimiento de cabeza, le indicó que echara un vistazo al otro lado. Acto seguido Orisong y Sindë bajaron de la barricada, y Toigan les indicó que le siguieran hacia atrás.
La araña se movía con extrema cautela por la unión entre la pared y el techo. A medida que iba adentrándose en la profundidad del pasillo que llevaba a Náshkel, la druida comenzó a sentir una sensación de frío.
–Demasiado frío, incluso para una galería subterránea como ésta–. Pensó mientas avanzaba. Al seguir avanzando comenzó a adentrarse en una extraña niebla que le recordaba a lo que había visto en los combates de Náshkel. Una multitud de criaturas nomuertas se situaban bajo ella, pero ninguna parecía destacar, como sí había visto en los asaltos a la ciudad humana.
Según avanzaba algo en su interior la hizo detenerse, y comenzar a retroceder dubitativa, cuando una terrible sensación peligro, miedo, y ansiedad empezó a apoderarse de ella.
–Tengo que salir... Tengo que salir de aquí… Tengo que salir de aquí ya–. Se repetía como un obsesivo mantra en su cabeza al alejarse rápidamente de vuelta a la, ahora aparentemente, tan lejana barricada. Y no paró hasta llegar a la gran apertura de la taberna de Toigan, parándose en la esquina más oscura que vió. Por suerte, nadie se percató de su presencia.
Tras haberse despedido, Toigan se había puesto de inmediato a volver a organizar las defensas. Los gentiles miraron a su alrededor buscando a sus compañeros. La druida, que ya se había recuperado, y el cambiante, que había permanecido oculto y atento en todo momento, les miraban desde sus distintas ubicaciones comprendiendo que había que irse rápidamente.
Los tres gentiles se dirigieron a paso tranquilo hacia la boca del túnel por el que había venido, dando tiempo a la araña y al gran felino para que se escabulleran sigilosamente antes que ellos.
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Ay- Suspiró Arthal levemente mientras levantaba las piernas para apoyarlas en el reposa pies, y se acomodaba en un confortable sillón hasta que parecía que éste le abrazaba.
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El tiempo fuera empeoró muy rápido con la lluvia, la verdad es que es una suerte que tengáis disponible esta humilde cabaña como lugar de reposo–. Le dijo Felaern con ironía, mientras miraba atento la cueva desde el linde de la puerta de la magnífica Mansión conjurada, que habían dejado sin cerrar.
Mientras parecía que buscara algo, el archimago le contestó sin mirarle. –
Hemos dejado abjuraciones de alarma, invocaciones con protecciones, y los vamos renovando. Simplemente estad atento Felaern, y dejad de pensar en el baile de la noche pasada. Ya tuve suficiente con Orisong–.
Y como si su mente estuviera en varios sitios al mismo tiempo, en voz baja se preguntaba –
Dónde había dejado mi escrito sobre el noveno Infierno… Ah sí, aquí está… El Nessus. No creo que tarde mucho en acabarlo–. La satisfacción por el trabajo bien hecho se dejaba ver en su semblante.
–Será una buena obra–. Se dijo a sí mismo dejando escapar suavemente sus pensamientos al aire como si el bardo no estuviese.
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Por cierto…–. Interrumpió el bardo con armónica voz, y una mirada de reojo que acompañaba una sonrisa maliciosa, sabiendo que el archimago quería concentrarse en su libro. –
En estos días de sol apagado y profusa lluvia, me vienen a la mente las letras de canciones de antiguos héroes y terribles desventuras, como si se empapara de inspiración mi alma artística. Y aquí, ahora, sería un lugar perfecto para tocar esas letras–. Su mirada esperada la reacción de Arthal, al tiempo que sus manos parecía que fueran a empezar a tocar el instrumento de cuerda que ya se había acomodado entre sus piernas.
Sin levantar los ojos de sus papeles, el paciente archimago le contestó con voz sosegada. –
Puede que tengáis razón en algo–. Felaern le miró algo desconcertado.
–
Es una cabaña pequeña, quizás demasiado pequeña para dos personas. Y entendería que tuvierais que salir fuera para empaparos más…– La incesante lluvia golpeaba fuerte la vegetación y las piedras resonando continuamente. –
…de inspiración, sí, de mucha inspiración. Y así practicar mejor vuestro… Arte–. Le contestó con tranquila ironía Arhtal. A lo cual, el bardo sonrió, y continuó observando la entrada de la cueva desde la entrada de la Mansión.
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