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Una imponente Torre Oscura...

DM Kapillo

Sombrero perdido de Astrid
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Tras la conquista de Imnescar, el mago de la túnica negra se retiró en silencio...​


Lohezet volvió a agasajar al Murkul con cuantiosos tributos, agradecido por la "hospitalidad" y por haberle permitido hospedarse en su palacio.

No tardó en manifestarse la señal de su presencia: una torre oscura e imponente, antaño conocida como la torre del Eterno Eclipse, ahora de su propiedad en lo alto de los Dientecillos, al borde de los húmedos y traicioneros pantanos de Zehorast.

El Mago de la Túnica Negra ha hecho de sus alrededores un infierno vivo: ríos de lava, trampas arcanas, criaturas extraplanares y muertos reanimados bajo su voluntad. Pero nada iguala el orgullo de su creación: los dracónidos, sus fieles y marciales guardianes, que patrullan incansablemente por tierra y aire, imponiendo su ley.

Se cuenta que arrastraron hasta la torre a un dragón de cobre y lo ejecutaron sin juicio. Su crimen: haber volado demasiado cerca.

Los sirvientes de Lohezet rastrean sin descanso huevos de dragón, criaturas vivas y cualquier materia digna de ser transformada. En las entrañas de la torre, aberraciones toman forma: horrores moldeados por la voluntad inclemente del nigromante. Todo lo creado es enviado al mundo con un único propósito:

Buscar algo. Algo que lo obsesiona. Algo que lo consume.​

Aventureros, cazarrecompensas, curiosos... incluso animales extraviados: todos los que se han aproximado demasiado han desaparecido. Algunos han sido transformados. Otros, más afortunados, simplemente han dejado de existir.


Mientras tanto, el mago sigue confabulando en las sombras, acumulando poder.


Su ambición crece. Su ejército también.

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DM Kapillo

Sombrero perdido de Astrid
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El grito retumbó como un trueno profano entre las piedras negras de la torre.
Un alarido de furia pura que desgarró el silencio de la tarde, arrancando a cientos de cuervos de sus cornisas y tejados, haciendo que el cielo se agitara con sus alas negras. El sonido de aquel clamor se extendió por los riscos, descendió por los valles y se arrastró por los pantanos. Era el rugido de Lohezet, el Mago de la Túnica Negra.

Los centinelas que patrullaban las lindes del territorio figuras encapuchadas que no necesitaban dormir ni hablar habían regresado con un cuerpo. No uno cualquiera. Era su creación, su orgullo... un caballero de la muerte, otrora paladín de Solamnia, corrompido lenta y meticulosamente con palabras seductoras, hechizos oscuros y un poder que solo Lohezet podía ofrecer. Había caído. Había servido. Y ahora, había sido destruido.

Su nombre era Morvanta el Marchito, su más leal esbirro, encomendado a la búsqueda del Orbe.

Dicen que el nigromante descendió de su torre por primera vez desde la conquista de Imnescar. Por duelo, quizá por amistad… o lo más cercano a eso que su alma podrida podía sentir. Recolectó personalmente los restos, aún envueltos en humo azulado de su magia, y tocó el yelmo resquebrajado con toda la ternura que su alma negra podía tener.

Pero la tragedia no acababa ahí.​

El senescal James Kerloch, junto a los magistrados Gelvam Williams y Arianne Brillalba, y el teniente Ewan junto la rastreadora Gunna, apenas escaparon de las garras del ejército, tras internarse peligrosamente en las fronteras de la creciente influencia de Lohezet. No todos tuvieron la misma suerte.

Los sargentos Khalagan Krai y Rakbar, que pelearon con un valor desesperado, casi fueron tomados prisioneros por los centinelas. En el fragor del combate, Rakbar perdió su mano. Se creyó devorada por alguna aberración… pero la realidad fue aún más siniestra.

Los centinelas la recuperaron.

Y Lohezet, en uno de sus macabros gestos de humo r,
le devolvió vida propia, moldeando la carne desprendida con sortilegios prohibidos. Ahora, la mano cercenada se aferra como un parásito al hombro huesudo del nigromante, agitando los dedos nerviosamente.

Es un trofeo, una burla… y una promesa. Una amenaza personal. Con esa mano, jura que... estrangulará a quienes le arrebataron a Morvanta.


El territorio de Lohezet se expande.
Sus muertos marchan en eterna vigilia.
Sus draconianos aumentan en fuerza y número.
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Y aquel valeroso destacamento de las fuerzas armadas de Amn regresó con el rabo entre las piernas, con secuelas graves y siendo testigos del horror que comienza a crecer. Estuvieron a un suspiro de convertirse en prisioneros del capricho del Nigromante.
 
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Juan

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El que ríe el último


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Nuevamente las Fuerzas Armadas de Amn fueron vistas, junto a la magistratura y el propio senescal, pasar junto a las murallas de la Ciudad de la Moneda hacia la Costa Sur, para después internarse en los Humedales.

Casi un día y medio pasó hasta su vuelta, siendo por medios mágicos que aparecieron en los llanos de la capital amniana, contando nefastas noticias sobre como el dragón llamado "El que ríe el último" había sido aniquilado y su cadáver secuestrado, así como la pequeña legión de sauriones que le veneraban asesinados sin piedad, adornando las almenas del pequeño fortín que regentaban con sus cabezas clavadas en picas. Habían descubierto también una torre negra, que rodeada por lava, muertos vivientes y cientos de draconianos, se alzaba desafiante en los Dientecillos sobre una tierra negra, quemada y maldecida, bajo un cielo tenebrosamente rojizo. Además, como si fuera poco, se vio a la dragona verde que se creía abatida en la batalla de Imnescar volar hacia esa dirección.

No pintaba bien, nada bien, menos aún con la guerra en ciernes que se aproximaba, pero narraron los héroes que, a pesar de las heridas y haber tenido que escapar apresuradamente, lograron acabar con el gran destacamento de muertos vivientes que tomó el fuerte saurión y, más importante aún, con tres poderosos caballeros de la muerte, entre ellos Morvanta el Marchito, uno de los lugartenientes de aquel mago de túnica oscura que desesperado buscaba algo en la zona.

De este modo, bajo las órdenes del Teniente Ewan, ese pequeño fortín sería ligeramente reformado, limpiado y tomado para el uso de las Fuerzas Armadas en pos de defender y explorar los humedales, pues una prioridad era obtener lo que ese maldito arcano buscaba antes que él.



Offtopic :
Gracias a los compañeros James, Khalagan, Rakgbar, Arianne, Gelvalm y Gunna por acudir a la llamada, así como a DM Kapillo por la escenita, que estuvo muy guapa y entretenida.
 

DM Kapillo

Sombrero perdido de Astrid
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Dicen que la Torre del Eterno Eclipse, encaramada sobre los riscos afilados y solitarios de los Dientecillos ahora perteneciente al infame Nigromante ya no domina un páramo desolado

Ahora, un bosque oscuro y retorcido ha brotado a su alrededor un laberinto viviente que parece moverse y poner trabas a quienes osan adentrarse, como si respondiera a una voluntad arcana e impidiendo a curiosos acercarse a la imponente torre.

Un bosque enfermo, deformado, como un reflejo quebrado en agua turbia.

Sea como fuere, Lohezet apenas abandona su torre solo en contadas ocasiones, y que sus ojeras son tan profundas y negras como su alma

Su mente se deshace lentamente, y la magia a su alrededor se retuerce con él. Los árboles, las enredaderas y las raíces que custodian su morada se deforman al compás de su locura.
 

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