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Vel'thorne | Hilo de relatos

Dovahkiin

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La pluma se deslizaba sobre el pergamino con precisión medida, dejando tras de sí líneas de tinta negra que se secaban lentamente bajo la tenue luz de la lámpara de aceite. Nyxaria apoyó el codo en el escritorio de madera oscura y presionó su sien con dos dedos, masajeando el inicio de una jaqueca que se iba gestando tras sus ojos. Enfrente, el cuaderno de notas de Eothain yacía abierto, desafiándola con su caligrafía caótica y desastrosa.

—Por todos los dioses, ¿cómo puede alguien escribir tan mal? —murmuró para sí, volviendo a examinar la palabra ilegible que serpenteaba en la página.

Había releído la frase al menos tres veces y seguía sin encontrarle sentido. El caballero le había pagado bien por la tarea de transcribir sus notas alquímicas, y si bien el dinero era siempre una motivación atractiva, Nyxaria no podía evitar preguntarse si realmente había aceptado solo por eso. Había muchos otros trabajos en la Ciudad de la Moneda, muchos otros que requerían menos paciencia y menos... contacto.

Dejó la pluma a un lado y se frotó los ojos. Sus pensamientos la traicionaban, desviándose de la escritura a la figura del hombre que se la había encargado. La imagen de Eothain regresó a su mente sin permiso, como una melodía que se repite cuando crees haberla olvidado. Lo vio de nuevo, como lo había visto aquella primera vez: la luna brillando sobre él, reflejándose en su armadura plateada. La sangre oscura empapando su mejilla, resbalando por la cicatriz que le atravesaba el rostro. Los ojos verdes fijos en el horizonte, llenos de algo que Nyxaria conocía demasiado bien.

Pérdida.

​


Había llegado a Athkatla con la determinación de fortalecer sus habilidades, de comprender lo que realmente era y de encontrar la manera de honrar su legado. Su madre y el culto la observaban desde la distancia, esperando que demostrara su valía. No podía fallarles. No debía fallarles. Pero en los primeros días, su camino se había cruzado con él.

Era extraño recordar aquel momento. Apenas habían pasado unos días, pero la escena estaba grabada en su mente con una nitidez que la inquietaba. Lo había encontrado al borde del acantilado, con la luna alta y blanca sobre el mar oscuro. La brisa nocturna agitaba su cabello dorado, pero él no se movía, salvo por la tenue ascensión y el descenso de su pecho. Estaba herido. Su tabardo azul y gris estaba desgarrado, y su armadura tenía cortes y abolladuras que hablaban de una batalla reciente.

Había pensado en dejarlo allí. Un adalid de Selûne. Un enemigo. Eso era lo que siempre le habían dicho, lo que debía creer. Pero había algo en su postura, en la manera en que apretaba los puños, que le recordó demasiado a sí misma.

Se acercó con cautela.

—¿Eres un necio o simplemente quieres morirte aquí? —sus palabras fueron más frías de lo que realmente sentía.

El caballero apenas giró la cabeza para mirarla. Su expresión era fatigada, pero la chispa en sus ojos verdes era inconfundible.

—¿Y tú? —replicó con voz ronca—. No pareces del tipo que deambula de noche sin razón.

Nyxaria bufó, cruzándose de brazos.

—No lo hago. Pero los cadáveres en armadura plateada tienden a llamar la atención, y no me apetece que me culpen si aparece el tuyo río abajo.

El paladín sonrió apenas, pero no respondió. En su lugar, regresó su mirada al océano. El silencio se alargó entre ellos, pero no era incómodo. Era... algo más. Algo parecido a la comprensión mutua, como si cada uno entendiera lo que el otro no decía en voz alta.

Finalmente, habló.

—Perdí a un amigo hoy. Uno bueno.

Nyxaria sintió que su pecho se tensaba. No quería sentir lástima. No quería simpatizar con él. Pero las palabras resonaban demasiado en su interior. «Yo también he perdido demasiados».

​


De vuelta en su habitación, Nyxaria cerró los ojos y exhaló lentamente. Aún no entendía por qué esa noche la afectaba tanto. No debería importar. No podía importar. Los seguidores de Selûne eran rivales, ratas rastreras y traicioneras en las que no se podía confiar. Enemigos de su gente, de su madre. Y, sin embargo, allí estaba ella, sentada en un escritorio con el cuaderno de ese mismo chiste de paladín abierto frente a ella.

El cuaderno que había accedido a transcribir.

La pluma tembló ligeramente entre sus dedos antes de continuar su trazo. La tinta negra cubría el pergamino con líneas ordenadas y letras redondas, mucho más legibles que las originales. Pero su mente ya no estaba en las palabras.

¿Por qué había aceptado? Sí, la paga era buena. Pero algo en su interior le susurraba que esa no era la verdadera razón.

Tal vez, por un instante, había querido aferrarse a la humanidad en aquel hombre.

Tal vez, por un instante, no había querido sentirse tan sola en su propio dolor.

Pero eso era peligroso.

Golpeó el escritorio con la pluma y dejó escapar un suspiro exasperado. No tenía sentido seguir dándole vueltas. Eothain no era diferente. No podía serlo. No debía serlo. Pero aún podía verlo en su mente, con la luna tras él, con la sangre en su rostro, con la fatiga en sus ojos.

Y eso era lo que realmente la enfurecía.

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Dovahkiin

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Nyxaria se quitó los guantes ennegrecidos por la ceniza y los guardó en su cinturón, dejando escapar un leve suspiro mientras observaba el cementerio detrás de ella. El aire aún olía a tierra removida y carne chamuscada, pero al menos el peligro estaba contenido. Los insepultos que habían intentado cruzar la puerta de los barrios bajos ya no se alzaban. La brecha en el muro había sido reparada, y los pocos civiles que se habían visto amenazados estaban ahora a salvo.

Una anciana con ojos cansados tomó sus manos, presionándolas con gratitud.

—Que los dioses velen por ti, niña —susurró la mujer con reverencia.

Nyxaria se limitó a asentir, apartando la mirada. No tenía paciencia para la devoción ciega, mucho menos para esa sensación agradable que notó dentro, pero no era su deber corregir a los fieles. Se despidió con una inclinación de cabeza y se giró para alejarse, dispuesta a salir de la zona y regresar a la Arcanum Schola. Sin embargo, antes de dar dos pasos, una voz familiar la detuvo.

—Heroína de los barrios bajos, ¿quién lo habría dicho?

Nyxaria se giró de inmediato, su ceño fruncido transformándose en una expresión de sorpresa. En la penumbra de la callejuela, bajo la luz vacilante de los faroles, unos ojos azules brillaban con una chispa de humor y sabiduría. Aldric Vaessan la observaba con la misma mirada perspicaz de siempre, la barba entrecana enmarcando su sonrisa de lado. Se apoyaba levemente en su bastón, pero su porte seguía siendo tan imponente como lo recordaba.

—Maestro —susurró Nyxaria, acercándose a él con pasos rápidos.

—Sigues sin llamarme Aldric —murmuró el anciano con una leve sonrisa—. Pero me conformaré con el título si eso mantiene tu respeto por mi vejez.

Ella soltó un leve bufido, pero no pudo evitar la calidez que se filtró en su pecho al verle allí. Hacía mucho que no lo veía, demasiado tiempo desde la última conversación en la que su maestro había intentado, sin éxito, hacerle cuestionar el camino que había elegido. Aunque le inquietaba su presencia, no dejó que la desconfianza empañara su aprecio.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, cruzándose de brazos.

—Ver cómo te va en la Arcanum Schola —respondió Aldric con sencillez—. Y ya que estoy, hacerme una idea de qué tanto han cambiado las cosas en esta parte del mundo. Aunque admito que esperaba encontrarte en la biblioteca, no en un cementerio rodeada de cadáveres ardientes.

Nyxaria bajó la mirada un momento y luego hizo un gesto con la cabeza hacia la gran ciudad.

—Ven, te enseñaré la universidad —dijo, evitando responder directamente.

Aldric sonrió con complicidad y caminó a su lado mientras se adentraban en el distrito del templo, donde la Arcanum Schola dominaba el paisaje con sus torres de piedra y vidrieras encantadas que reflejaban el cielo nocturno. Mientras caminaban, Nyxaria le puso al tanto de su vida en la academia, de las clases, los estudios y los desafíos que enfrentaba. No mencionó las miradas de recelo que sentía sobre su espalda a diario, pero no hizo falta. Su maestro era un observador nato.

—Veo que sigues siendo motivo de admiración y envidia —comentó Aldric en voz baja, tras notar cómo algunos estudiantes desviaban la mirada al verlos pasar.

Nyxaria suspiró.

—No es nada nuevo —dijo con indiferencia.

Lo condujo por los pasillos principales, le mostró la biblioteca, el aula de prácticas y, finalmente, la habitación que compartía con otras dos estudiantes. Sus compañeras, aunque inicialmente sorprendidas por la presencia del anciano, lo saludaron con cortesía. Aldric intercambió unas palabras amables con ellas antes de que Nyxaria lo guiara de vuelta a los pasillos principales.

Fue entonces cuando, a lo lejos, vieron una figura alejarse hacia los niveles superiores del edificio. La túnica negra se mecía tras ella, y las sombras parecían alargarse en su presencia.

—Ah —murmuró Aldric, deteniéndose con una ceja arqueada—. Las sombras te siguen incluso aquí, Nyxaria.

Nyxaria frunció el ceño y apretó los dientes, su voz un susurro cargado de desdén.

—No debería haber sombras aquí —espetó—. Odger no tiene derecho a ser lo que es. No tiene la sangre. No tiene el legado.

Aldric la observó con atención. Había una chispa de decepción en los ojos de su alumna, algo que no se debía a la presencia de la profesora Jadzia Odger, sino a lo que su existencia representaba.

—Una Umbra sin la sangre netherina —murmuró el anciano—. Vaya, eso sí que es una anomalía.

Nyxaria asintió con rigidez.

—Es una impostora. La ascensión es un honor para la vieja sangre, un derecho reservado para quienes lo merecen por su linaje. No alguien como ella. No una simple amniana.

Aldric permaneció en silencio por un momento. Luego, con una leve sonrisa, inclinó la cabeza.

—Curioso, Nyxaria —dijo con calma—. Creía que la grandeza no venía de la sangre, sino de los actos y del corazón que uno pone en ellos.

Nyxaria abrió la boca para responder, pero se detuvo. Su mente chocó contra sus propias creencias con el peso de la realidad. Su maestro la observó con esa misma mirada que había visto tantas veces en sus años de aprendizaje: la mirada de alguien que sabía que no necesitaba decir más, porque la semilla de la duda ya había sido plantada.

Tras la visita guiada, la joven acompañó al anciano fuera de la universidad, caminando con él hasta la entrada del templo de Oghma. Durante el trayecto, le habló sobre su evolución en el control de la magia, sobre el dragón que había visto en Gambiton y sobre su reciente viaje a Halruaa. Aldric escuchaba con genuino interés, haciendo preguntas precisas y comentarios oportunos que revelaban cuánto le agradaba ver el progreso de su alumna.

Finalmente, se detuvieron ante la gran puerta del templo, donde su maestro debía reunirse con un viejo colega historiador. Nyxaria lo observó en silencio por un momento antes de hablar.

—Maestro… —llamó, y cuando él se giró, su mirada se afiló—. ¿Cómo supiste dónde encontrarme? Lo lógico habría sido esperarme en la universidad, pero en cambio estabas en los barrios bajos.

Aldric la miró con una sonrisa de orgullo. No respondió de inmediato, como si saboreara el momento antes de ofrecer sus palabras finales.

—Porque, mi querida niña —dijo en tono sereno—, incluso la grandeza de un rey, o una reina, no está en la sangre, sino en sus actos y en el corazón que ponga en ellos.

Nyxaria no respondió. No porque no tuviera nada que decir, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de querer contradecirle.
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Dovahkiin

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El sueño comenzaba siempre de la misma manera.

Silencio.

Un silencio tan espeso que parecía ocupar cada rincón de su mente, como un velo húmedo que se adhería a la piel. No había suelo, ni cielo, ni aire. Solo una vasta negrura que no era vacío, sino presencia. Una oscuridad que respiraba con ella, que sabía su nombre.

Nyxaria.

Allí estaba, sola en ese lugar sin tiempo, sin dirección, sin límites. De pie sobre una superficie invisible que se ondulaba bajo sus pies como si flotara en el estómago de una criatura colosal. No podía moverse al principio. No quería moverse.

Pero entonces aparecían las sombras. Emergían poco a poco de la nada, sin sonido, sin forma definida, como si fueran el humo de una vela que nunca se apagaba. La rodeaban. La observaban. La juzgaban. Sin rostros, sin ojos, sin boca, y sin embargo, Nyxaria podía sentir su escrutinio como cuchillas contra su alma. Era un juicio silencioso, cruel, de condena eterna. Un dolor que no nacía del cuerpo, sino del recuerdo.

Los gritos empezaban después. Lejanos al principio, como si llegaran desde detrás de una pared demasiado gruesa para romper. Pero ella los reconocía. Sabía lo que eran. Voces desgarradas por el pánico, por la pérdida. Voces que había oído en la guerra. Voces de aquellos que no pudo salvar. Voces de aquellos que ella misma pudo haber matado.

Y entonces, el tic-tac.

Tic.

Tac.


Un sonido suave, rítmico, impasible, que resonaba en alguna parte muy, muy lejos. Como el péndulo de un reloj suspendido fuera del tiempo. Pero cada segundo que pasaba lo sentía más cerca, golpeando dentro de su pecho. Como si no fuera solo un reloj. Como si fuera un llamado. Debía llegar hasta él. Sabía que debía hacerlo. Pero las sombras no se lo permitieron. Se interpusieron en su camino cada vez que trató de avanzar. Fluidas y densas al mismo tiempo, se alzaban como columnas negras desde el suelo inexistente. Algunas surgían de sus propios pies. Otras reptaban como serpientes silenciosas y se enroscaban en sus tobillos, en sus muñecas, tirando de ella con fuerza hacia abajo, hacia un abismo que no podía ver pero que sentía, latente, hambriento.

Y era ahí cuando llegaba la agonía.

No física, sino existencial. Como si cada sombra arrancara pedazos de su voluntad mientras se aferraban a ella. Podía sentirlas deslizarse por debajo de su piel, como manos invisibles que acariciaban su miedo, que se alimentaban de él. Le susurraban mentiras envueltas en verdades: que nunca sería libre, que era una aberración, que todo lo que amaba estaba condenado por su culpa. Y aunque las odiaba, una parte de ella las reconocía. Eran familiares. Como si siempre hubieran estado ahí, creciendo dentro de ella.

Intentó gritar, pero su voz se disolvió en el aire, como si jamás hubiese existido. El tic-tac seguía sonando, más fuerte ahora. Más rápido. Las sombras se apretaban contra ella, cada vez más cerca, cada vez más pesadas. La envolvieron como una segunda piel hecha de desesperación. Se arrastraron sobre su rostro, le cubrieron la boca, la nariz, los ojos. El aire no llegaba. Sus pulmones imploraban oxígeno, y todo su cuerpo ardió en un pánico sofocante. Se asfixiaba.

El juicio sin voz se convertía en una sentencia muda.

Tic. Tac. Tic. Tac.

Los gritos también aumentaron. Voces infantiles, ancianas, soldados y civiles, todos mezclados en una sola sinfonía de horror. Las sombras tiraban, y ella resistía, pataleando en un suelo que no existía. Una fuerza la desgarraba por dentro. Como si su alma quisiera correr, pero su cuerpo fuese barro atrapado en la niebla de los muertos.

Y entonces...

Cayó.

Sin aviso. Sin transición.

La oscuridad se desplomaba a su alrededor y ella se precipitó al abismo. Pero no era un abismo oscuro. No. Era un cielo roto.

Caía por el cielo.

Las nubes se desgarraban como si fueran carne herida. Ráfagas de viento ardían contra su rostro mientras un mar de luces y truenos rugía a su alrededor. Colores imposibles estallaban como relámpagos de odio. Columnas de fuego atravesaban el aire, y entre ellas veía cuerpos. Cuerpos cayendo con ella. Algunos desmembrados. Otros con la mirada fija en ella, congelados en un grito eterno. Nyxaria quería volar. Quería conjurar algo que la salvara. Pero cuando intentaba alzar las manos, no podía. Su magia no respondía. La energía Urdimbre estaba dormida o muerta, o tal vez la había rechazado por sus pecados. El reloj ya no sonaba. Había sido reemplazado por el latido de su propio corazón, golpeando con un ritmo descompasado.

Y entre el estruendo, algo la atravesó. La fuerza descomunal de una magia ancestral que acababa de ser despedazada junto con una ciudad que no era más que escombros. Cada célula de su cuerpo se estremeció por aquel impacto. Entonces lo supo: iba a morir.

Y abrazó a la muerte como a una vieja amiga.

Pero, cuando iba a cerrar los ojos, una pluma negra, danzando lentamente en el aire, cruzó su campo de visión como un presagio. Tenía el brillo aceitoso de una criatura de otro plano. Nyxaria intentó apartar la mirada, pero no pudo.

Y entonces vio los ojos.

Rojos.

Diabólicos.

Sedientos.

No había rostro, solo esos ojos ardiendo entre la niebla y la lluvia de fuego. La observaban como un cazador mira a una presa herida. Nunca los había visto antes. Eran nuevos. Su mente supo reconocer que no formaban parte del sueño habitual. No pertenecían a la secuencia conocida. Era como si algo hubiese irrumpido en su pesadilla, como si una conciencia ajena se hubiera colado en su mente dormida para dejarle un mensaje. Los gritos cesaron. Solo quedaba el sonido sordo del viento rasgando la realidad.

Tic.

Tac.


Un susurro llegaba a su oído. No en una lengua que pudiera nombrar, pero sí una que entendía. Una palabra sin idioma, una emoción sin forma:

“Sentencia.”

El cielo se rasgó. Una grieta en el tejido del sueño. Y de ella emergió un hacha. Negra como la oscuridad más profunda, su hoja dentada parecía hecha de huesos de criaturas olvidadas. No había brazo que la sostuviera, sólo una sombra con forma de odio.

Nyxaria gritó. O creyó que lo hacía. Sus labios estaban sellados por la pesadilla, pero su mente rugía con terror. Alzaba los brazos, intentaba defenderse, invocar un muro de fuego, de hielo, de lo que fuera. Pero sus hechizos no llegaban. La magia no respondía. El fuego azul había muerto.

La pluma caía sobre su pecho, ligera como el olvido.

El hacha descendía.

Y todo se volvió negro.
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Nyxaria se despertó de golpe, jadeando con violencia, como si hubiese salido de debajo de una ola que se negaba a soltarla. Su cuerpo temblaba, la frente empapada en sudor frío. El corazón le latía desbocado, golpeando su pecho como si intentara escapar. Durante un momento, no supo dónde estaba. La negrura del sueño aún se aferraba a sus pupilas, y por un instante, esperó ver de nuevo los ojos rojos ardiendo entre la niebla.

Pero solo vio arena.

El cielo estaba despejado, sin una sola nube que ocultara el sol abrasador del desierto. El calor ya comenzaba a filtrarse por las lonas de la tienda improvisada que compartía con otros estudiantes. El aire olía a polvo, sudor, y magia latente. Magia frustrada. Alrededor, el campamento despertaba con lentitud, rodeado por dunas infinitas y un horizonte que parecía querer devorarlo todo.

Entonces recordó el ataque.

El barco volador, orgullosa maravilla de la ingeniería halruana, no había fallado por accidente. Fue emboscado en pleno vuelo por un grupo de sectarios cuya magia salvaje y brutal rompió las defensas arcanas, hizo arder el casco y destruyó el cristal que lo mantenía en el aire. Los guardias fueron asesinados antes de que pudieran reaccionar, y el descenso terminó en una catástrofe entre fuego, gritos y chatarra mágica. El impacto los había dejado varados, con víveres escasos y la certeza de que estaban perdidos en una tierra sin nombre. Cada día que pasaban allí, algo dentro de Nyxaria se erosionaba. La familiaridad del desierto con el vacío de sus pesadillas la envolvía como una segunda piel. No hablaba. Comía por inercia, sólo porque algunos compañeros insistían en acercarle la ración. Dormía cuando el agotamiento la rendía, pero el descanso no traía consuelo: solo más sueños, más sombras, más juicio. Los demás no sabían qué le ocurría.

O fingían no saberlo.

Solo Numina y Odger, sus profesoras, parecían guardar silencio ante su malestar. Y ese silencio hablaba más que cualquier palabra.

Nyxaria se levantó con torpeza y salió de la tienda. El viento le acarició el rostro con dedos secos y calientes. Caminó un poco, alejándose del campamento, hasta encontrar un promontorio de roca desde el cual podía ver los restos del barco volador. Aún quedaban fragmentos del casco dispersos en la arena, como huesos de un gigante muerto. Y en medio de ellos, enterrado hasta la mitad, el cristal del núcleo mágico: roto, herido, pero aún palpitante.

Recordaba claramente el momento en que lo había tocado.

Había querido ayudar en las investigaciones. Sintonizar con la magia, aportar algo útil. Pero cuando sus dedos rozaron el cristal, una oleada de imágenes la invadió. Auras descompuestas, ecos de pensamientos que no eran suyos. Un temblor ancestral que se extendía más allá de lo arcano. Y entre todo aquello... la visión de un templo. Antiguo, escondido en el desierto, como si hubiese estado esperando a que alguien lo encontrase. Desde entonces, su magia había cambiado. Era más intensa. Sus conjuros ofensivos ardían con una furia que no comprendía del todo. Pero, al mismo tiempo, había límites que no podían cruzar. La quinta esfera y más allá... simplemente no respondían. Como si algo en el aire lo impidiese, como si el desierto contuviese un velo que ahogaba los conjuros más complejos.

Sus ojos volvieron al cristal semienterrado. Aquel núcleo roto había despertado algo. No solo en la tierra. También en ella.

Y ese templo...

No sabía qué era, ni por qué lo sentía tan claramente en su mente. Pero algo le decía que debían ir. Que había respuestas allí. No solo para el ataque. También para su propia historia.

O para su condena.
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Dovahkiin

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La noche caía sobre el desierto con un silencio que pesaba. El aire había dejado de arder, pero la arena seguía reteniendo el calor del día como una promesa de delirio. El refugio se alzaba como una mancha oscura sobre la vastedad inabarcable, y en una de sus esquinas, acurrucada contra una de las lonas, Nyxaria dormitaba en un sueño inquieto, la frente perlada de sudor, los labios resecos.

Antes de entregarse al sueño, había tenido uno de esos momentos que rompían la frontera entre lo tangible y lo imaginario. Había cerrado los ojos con la intención de descansar unos segundos, pero su mente, agotada, febril, se abrió como una puerta sin cerradura. Entonces lo sintió.

A él.

Su voz, su presencia, su esencia. No como un recuerdo. Como algo real. Palabras suaves, cargadas de una familiaridad que le dolía más de lo que podía explicar. Era como si sus pensamientos se hubiesen alargado más allá de su cuerpo, como si la magia, o algo más antiguo y salvaje, le hubiera permitido alcanzarlo. Como si su alma hubiera gritado su nombre tan fuerte que el universo se lo hubiera devuelto. Y él… él le había respondido. ¿No? Recordaba las palabras, o lo creía. Un intercambio breve, apenas susurros. No sabría decir qué había dicho él, pero recordaba cómo le temblaron los dedos. Cómo su pecho se apretó como si el aire fuera veneno, y su garganta un túnel cerrado por el peso de lo que sentía.

No lo comprendía.

No sabía cómo funcionaba aquello. No era un hechizo de comunicación. No era un ritual. Solo una grieta abierta por la necesidad. Por el anhelo. Y eso, precisamente, era lo que más la atormentaba.

Anhelo.

Era un sentimiento que no reconocía. Había vivido entre libros, entrenamiento, normas, ojos vigilantes. Había aprendido a contener, a enfocar, a resistir. Nunca había tenido espacio para sentir algo tan desarmante como… esto. Y sin embargo, el pensamiento de esa persona, el recuerdo de su voz, de sus ojos, de la manera en que su rostro se endurecía cuando hablaba de justicia o de pérdida, le atravesaba como un suspiro que no podía dejar salir.

Él era la antítesis de todo cuanto ella había aprendido. Ella, hija de sombras, envuelta en los restos de una fe, incluso aunque nunca la hubiera sentido propia. Crecer bajo su culto era como crecer dentro de una jaula cuyas barras no eran de hierro, sino de silencio, exigencia y propósito. Él, en cambio, era todo lo que ella no era. Llama frente a ceniza. Lluvia frente a polvo. ¿Cómo podía sentir esto? ¿Cómo podía echarlo de menos con tanta fuerza, cuando apenas había compartido unos pocos momentos sinceros con él? ¿Cómo podía doler tanto la distancia? ¿Cómo podía imaginar su voz y su tacto con tal precisión que le costaba creer que no estuviera a su lado? ¿Y cómo podía su mente, cruel y astuta, sugerirle que todo había sido un espejismo del calor, del agotamiento, del deseo de que él estuviera bien?

¿Y si todo lo había imaginado?

Con esa duda aún ardiendo en su pecho, e incapaz siquiera de volver a pronunciar su nombre en voz alta por temor a que se desvaneciera, cerró los ojos y cayó en la profundidad del sueño. O lo que fuera ese lugar al que siempre iba.

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Esta vez, no fue la pesadilla habitual.

La oscuridad la recibió, sí, pero era una oscuridad distinta. No vacía. No indiferente. Había una textura en ella, un susurro tejido en su forma. Un murmullo que no se escuchaba con los oídos, sino con la sangre. El cielo estaba presente, pero roto. Fragmentado como un espejo inmenso suspendido sobre su cabeza, cada pedazo reflejando algo diferente: recuerdos, posibilidades, rostros que no había visto y otros que prefería olvidar.

Nyxaria estaba de pie sobre un lago inmóvil y negro como la tinta que nunca seca. El reflejo no mostraba su imagen. Mostraba otras. Variaciones. Caminos que no tomó. Versiones de sí misma deformadas, triunfantes, muertas, solas. Las sombras, como siempre, se alzaron a su alrededor. Pero esta vez no la juzgaban. Se inclinaban. Como si supieran que no eran el centro de aquella escena. Como si ellas también esperaran algo.

Entonces sintió la presencia.

No llegó de ninguna dirección. No caminó, no voló, no se materializó. Simplemente fue. Estaba allí, y siempre lo había estado. Una figura envuelta en plumas negras, cuya silueta cambiaba con cada parpadeo. A veces parecía humana, otras veces inmensamente alta, sin rostro, sin límites. Cada pluma parecía tener su propio murmullo, su propio recuerdo. Y entre esos pliegues danzaban nombres que nadie recordaba, y fechas que jamás ocurrieron.

Nyxaria cayó de rodillas sin querer. Una voz se desgarró dentro de ella, no por el oído, sino por el alma. Era más que sonido. Era un corte. Una cicatriz en su existencia.

—El dolor no es debilidad. Es eco. Memoria. Cicatriz útil.

Nyxaria tembló. El lago se onduló por primera vez bajo sus pies.

—Te he permitido recordar. Te he permitido soñar. Pero te estás ahogando en el reflejo.

El cielo crujió. En los fragmentos más altos, un par de ojos rojos aparecieron. Los mismos que la acechaban. Rojos. Intensos. Diabólicos. Ardían con un hambre ancestral. La presencia no los señaló. No hacía falta. Eran la respuesta a una pregunta aún no formulada.

—Ese que porta la muerte como bandera... no pertenece. Es hueco. Es reflejo de un deseo no concedido. Es la fisura que sangra.

Las sombras se agitaron. Algunas lloraban sin rostro. Otras se aferraban a sí mismas. El lago comenzó a calentarse, pero no ardía. Era un calor que recordaba el primer aliento de un recién nacido. O el último de un moribundo.

—Tú. Ancla. No redención. No castigo. Presencia. Recordatorio.

Una pluma cayó. Solo una. Blanca al principio. Se ennegreció antes de tocar el agua, y el lago tembló. Nyxaria alzó la vista. La figura se acercó. Las plumas que la rodeaban susurraban fragmentos de ella misma, nombres que había olvidado, palabras que nunca había dicho. Su niñez. Su madre. Su maestro. La sangre. La magia. Las ruinas.

Y entonces, en la cima del cielo roto, vio su rostro. No el de la figura. El suyo. Pero distinto. Más fuerte. Más sabio. Más etéreo. Con alas de sombra brotando de su espalda y fuego azul en los ojos. Nyxaria apretó los dientes. Sintió que su voz temblaba, pero no se rompía. Y en ese temblor, se alzó.

—¡Basta!

Las sombras se estremecieron. El lago se agitó como si su voz hubiera quebrado su superficie. La figura de plumas no se movió, pero pareció observarla más de cerca.

—¿Qué quieres de mí? —susurró Nyxaria, no como quien suplica, sino como quien exige entender. Su pecho ardía, no de miedo, sino de verdad emergente.

El silencio que siguió fue tan espeso que dolía. Pero entonces la figura levantó una mano, y el aire se desgarró. No con violencia, sino como una herida que se abre para mostrar lo que hay debajo. Y debajo... había una escena.

Una campiña devastada. Un cielo sin sol. Cadáveres marchitos, sin alma. En el centro, él. El Caballero de la Muerte. Portaba su hacha sacrílega, cuya hoja manaba oscuridad como si respirara. Su rostro seguía oculto, pero los ojos... los ojos seguían rojos. Ardientes. Famélicos.

—El equilibrio no se rompe con el estruendo, sino con la persistencia del eco equivocado.

Las plumas comenzaron a girar en torno a Nyxaria, como un vórtice suave pero inevitable. Dentro de cada una podía ver visiones: sus pasos, sus decisiones, sus errores, sus resistencias.

—Tu caza no es venganza. Es restauración. Su final no es muerte. Es memoria.

Nyxaria cerró los puños. Su voz salió más firme:

—Y si fallo...

La figura no respondió. Pero el lago, en lugar de romperse, se alzó. Columnas de agua negra se elevaron a su alrededor. En cada una, un rostro: ella misma, perdiéndose. Desvaneciéndose. Disolviéndose en el olvido.

—Entonces nadie recordará. Y el eco erróneo será lo único que quede.

La visión se deshizo. El espejo cayó. Pero Nyxaria, esta vez, no cayó en silencio. Gritó. No de miedo. De certeza. De rabia. De resolución.

Y cuando abrió los ojos en el campamento, jadeante y con la respiración agitada, el eco de esa voz —grave, implacable, poética y cruel— aún danzaba en su mente como una pluma suspendida en el aire.

"Hazle recordar. Hazle caer."
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Dovahkiin

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El silencio en el templo de Selûne era distinto. Aquí, las sombras se alejaban suavemente ante el fulgor tenue de los cirios; la piedra estaba tibia, las cortinas danzaban con la brisa sagrada y las lunas dibujadas en los vitrales parecían observarlo todo con benevolencia. Pero Nyxaria sentía otra clase de silencio en su pecho: uno más hondo, más grave, más verdadero. El tipo de silencio que anunciaba una presencia antigua, una mirada sin ojos.

Había cruzado el umbral del templo con paso firme, pese al escalofrío que recorrió su espalda. Cada rincón irradiaba la esencia de Selûne, la diosa a quien se le había enseñado a despreciar durante años. Entrar allí hubiera sido impensable en otro tiempo. Pero Liliana estaba allí.

La primera vez que la vio, Nyxaria no supo explicarlo. No era compasión lo que sintió. Tampoco fue tristeza. Fue algo distinto. Algo más puro. Un tirón, como si el alma de la joven hubiera gritado, no por ayuda, sino por reconocimiento. La encontró en un banco de la capilla, junto a Eothain, con los ojos perdidos en la nada mientras conversaban, envuelta en una capa y angustia. Su cabello caía como una cortina plateada, y su brazo izquierdo terminaba en un vacío cuidadosamente vendado.

Fue entonces cuando Nyxaria lo sintió por primera vez con claridad. Esa punzada tras el esternón. El aliento frío de algo intangible envolviendo sus sentidos. Una certeza que se deslizó por su columna como un juramento susurrado: esa chica había estado demasiado cerca del final. Había rozado el umbral, y había vuelto.

No sabía cómo lo sabía. Solo lo sabía. Como si una parte invisible del mundo se hubiese tensado a su alrededor, vibrando con una nota que solo ella podía oír.

Desde entonces, Nyxaria volvía siempre que podía. No con flores. No con palabras dulces. No con plegarias. Con presencia. Se sentaba en la habitación de Liliana sin hablar, simplemente escuchando. Observando los gestos, los silencios, los espasmos del sueño. Estudiando la fragilidad y la fuerza de alguien que había sido rasgada por dentro y por fuera. Liliana hablaba poco. Cuando lo hacía, sus palabras eran medidas, como si cada sílaba costara un mundo. Nyxaria no presionaba. Solo observaba. Como una testigo del dolor que persiste. Como una guardiana de lo que aún arde tras la herida. El templo murmuraba alabanzas a la diosa de la luna. Las sacerdotisas hablaban de esperanza, de sanación, de renacimiento. Pero Nyxaria sabía que bajo esa luz también había sombras. Que cada alma que volvía de la frontera lo hacía incompleta. Y que el verdadero renacimiento no era regresar al mundo con un cuerpo intacto, sino con la cicatriz ardiendo como prueba de haber estado cerca de perderlo todo. A veces, cuando Liliana dormía, Nyxaria se acercaba y tocaba brevemente la cama. No para sanar. No para interferir. Para sentir el pulso invisible de lo que casi se fue. Era tenue, pero real. Como un susurro lejano. Como un eco de algo que había sido interrumpido. No sabía a quién pertenecía ese eco. Ni por qué podía oírlo. Pero sentía que, de algún modo, no estaba sola al sentirlo.

cubral.pngEn una de aquellas visitas, Nyxaria se quedó más tiempo de lo habitual. La noche cayó, y la capilla del ala interior quedó vacía. Solo Liliana dormía, y ella, sentada a su lado, sentía el vaivén del aliento ajeno como un reloj marcando cada instante con un tictac invisible.

Fue entonces cuando ocurrió.

Un cuervo se posó en la barandilla de la ventana. Nadie lo oyó. Nadie lo vio. Solo Nyxaria. Y los ojos del ave eran profundos como abismos sin fondo.

No habló. No graznó. Pero su presencia fue un puñal.

Nyxaria bajó la mirada hacia Liliana y susurró, apenas un aliento:

—Tienes un propósito.

El cuervo batió sus alas una vez. Y desapareció.

Nyxaria se levantó sin hacer ruido. Y por primera vez, al cruzar la nave silenciosa del templo de Selûne, no sintió que profanaba un lugar sagrado. Sintió que lo atravesaba como una sombra que respeta la luz, pero no la teme. No entendía lo que ocurría. Solo sabía que algo la estaba guiando, desde un lugar que no podía nombrar. Que había ojos donde no debía haberlos. Y que su alma, sin saberlo, empezaba a recordar algo que todavía no había aprendido.
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