
El sueño comenzaba siempre de la misma manera.
Silencio.
Un silencio tan espeso que parecía ocupar cada rincón de su mente, como un velo húmedo que se adhería a la piel. No había suelo, ni cielo, ni aire. Solo una vasta negrura que no era vacío, sino presencia. Una oscuridad que respiraba con ella, que sabía su nombre.
Nyxaria.
Allí estaba, sola en ese lugar sin tiempo, sin dirección, sin límites. De pie sobre una superficie invisible que se ondulaba bajo sus pies como si flotara en el estómago de una criatura colosal. No podía moverse al principio. No quería moverse.
Pero entonces aparecían las sombras. Emergían poco a poco de la nada, sin sonido, sin forma definida, como si fueran el humo de una vela que nunca se apagaba. La rodeaban. La observaban. La juzgaban. Sin rostros, sin ojos, sin boca, y sin embargo, Nyxaria podía sentir su escrutinio como cuchillas contra su alma. Era un juicio silencioso, cruel, de condena eterna. Un dolor que no nacía del cuerpo, sino del recuerdo.
Los gritos empezaban después. Lejanos al principio, como si llegaran desde detrás de una pared demasiado gruesa para romper. Pero ella los reconocía. Sabía lo que eran. Voces desgarradas por el pánico, por la pérdida. Voces que había oído en la guerra. Voces de aquellos que no pudo salvar. Voces de aquellos que ella misma pudo haber matado.
Y entonces, el tic-tac.
Tic.
Tac.
Un sonido suave, rítmico, impasible, que resonaba en alguna parte muy, muy lejos. Como el péndulo de un reloj suspendido fuera del tiempo. Pero cada segundo que pasaba lo sentía más cerca, golpeando dentro de su pecho. Como si no fuera solo un reloj. Como si fuera un llamado. Debía llegar hasta él. Sabía que debía hacerlo. Pero las sombras no se lo permitieron. Se interpusieron en su camino cada vez que trató de avanzar. Fluidas y densas al mismo tiempo, se alzaban como columnas negras desde el suelo inexistente. Algunas surgían de sus propios pies. Otras reptaban como serpientes silenciosas y se enroscaban en sus tobillos, en sus muñecas, tirando de ella con fuerza hacia abajo, hacia un abismo que no podía ver pero que sentía, latente, hambriento.
Y era ahí cuando llegaba la agonía.
No física, sino existencial. Como si cada sombra arrancara pedazos de su voluntad mientras se aferraban a ella. Podía sentirlas deslizarse por debajo de su piel, como manos invisibles que acariciaban su miedo, que se alimentaban de él. Le susurraban mentiras envueltas en verdades: que nunca sería libre, que era una aberración, que todo lo que amaba estaba condenado por su culpa. Y aunque las odiaba, una parte de ella las reconocía. Eran familiares. Como si siempre hubieran estado ahí, creciendo dentro de ella.
Intentó gritar, pero su voz se disolvió en el aire, como si jamás hubiese existido. El tic-tac seguía sonando, más fuerte ahora. Más rápido. Las sombras se apretaban contra ella, cada vez más cerca, cada vez más pesadas. La envolvieron como una segunda piel hecha de desesperación. Se arrastraron sobre su rostro, le cubrieron la boca, la nariz, los ojos. El aire no llegaba. Sus pulmones imploraban oxígeno, y todo su cuerpo ardió en un pánico sofocante. Se asfixiaba.
El juicio sin voz se convertía en una sentencia muda.
Tic. Tac. Tic. Tac.
Los gritos también aumentaron. Voces infantiles, ancianas, soldados y civiles, todos mezclados en una sola sinfonía de horror. Las sombras tiraban, y ella resistía, pataleando en un suelo que no existía. Una fuerza la desgarraba por dentro. Como si su alma quisiera correr, pero su cuerpo fuese barro atrapado en la niebla de los muertos.
Y entonces...
Cayó.
Sin aviso. Sin transición.
La oscuridad se desplomaba a su alrededor y ella se precipitó al abismo. Pero no era un abismo oscuro. No. Era un cielo roto.
Caía por el cielo.
Las nubes se desgarraban como si fueran carne herida. Ráfagas de viento ardían contra su rostro mientras un mar de luces y truenos rugía a su alrededor. Colores imposibles estallaban como relámpagos de odio. Columnas de fuego atravesaban el aire, y entre ellas veía cuerpos. Cuerpos cayendo con ella. Algunos desmembrados. Otros con la mirada fija en ella, congelados en un grito eterno. Nyxaria quería volar. Quería conjurar algo que la salvara. Pero cuando intentaba alzar las manos, no podía. Su magia no respondía. La energía Urdimbre estaba dormida o muerta, o tal vez la había rechazado por sus pecados. El reloj ya no sonaba. Había sido reemplazado por el latido de su propio corazón, golpeando con un ritmo descompasado.
Y entre el estruendo, algo la atravesó. La fuerza descomunal de una magia ancestral que acababa de ser despedazada junto con una ciudad que no era más que escombros. Cada célula de su cuerpo se estremeció por aquel impacto. Entonces lo supo: iba a morir.
Y abrazó a la muerte como a una vieja amiga.
Pero, cuando iba a cerrar los ojos, una pluma negra, danzando lentamente en el aire, cruzó su campo de visión como un presagio. Tenía el brillo aceitoso de una criatura de otro plano. Nyxaria intentó apartar la mirada, pero no pudo.
Y entonces vio los ojos.
Rojos.
Diabólicos.
Sedientos.
No había rostro, solo esos ojos ardiendo entre la niebla y la lluvia de fuego. La observaban como un cazador mira a una presa herida. Nunca los había visto antes. Eran nuevos. Su mente supo reconocer que no formaban parte del sueño habitual. No pertenecían a la secuencia conocida. Era como si algo hubiese irrumpido en su pesadilla, como si una conciencia ajena se hubiera colado en su mente dormida para dejarle un mensaje. Los gritos cesaron. Solo quedaba el sonido sordo del viento rasgando la realidad.
Tic.
Tac.
Un susurro llegaba a su oído. No en una lengua que pudiera nombrar, pero sí una que entendía. Una palabra sin idioma, una emoción sin forma:
“Sentencia.”
El cielo se rasgó. Una grieta en el tejido del sueño. Y de ella emergió un hacha. Negra como la oscuridad más profunda, su hoja dentada parecía hecha de huesos de criaturas olvidadas. No había brazo que la sostuviera, sólo una sombra con forma de odio.
Nyxaria gritó. O creyó que lo hacía. Sus labios estaban sellados por la pesadilla, pero su mente rugía con terror. Alzaba los brazos, intentaba defenderse, invocar un muro de fuego, de hielo, de lo que fuera. Pero sus hechizos no llegaban. La magia no respondía. El fuego azul había muerto.
La pluma caía sobre su pecho, ligera como el olvido.
El hacha descendía.
Y todo se volvió negro.

Nyxaria se despertó de golpe, jadeando con violencia, como si hubiese salido de debajo de una ola que se negaba a soltarla. Su cuerpo temblaba, la frente empapada en sudor frío. El corazón le latía desbocado, golpeando su pecho como si intentara escapar. Durante un momento, no supo dónde estaba. La negrura del sueño aún se aferraba a sus pupilas, y por un instante, esperó ver de nuevo los ojos rojos ardiendo entre la niebla.
Pero solo vio arena.
El cielo estaba despejado, sin una sola nube que ocultara el sol abrasador del desierto. El calor ya comenzaba a filtrarse por las lonas de la tienda improvisada que compartía con otros estudiantes. El aire olía a polvo, sudor, y magia latente. Magia frustrada. Alrededor, el campamento despertaba con lentitud, rodeado por dunas infinitas y un horizonte que parecía querer devorarlo todo.
Entonces recordó el ataque.
El barco volador, orgullosa maravilla de la ingeniería halruana, no había fallado por accidente. Fue emboscado en pleno vuelo por un grupo de sectarios cuya magia salvaje y brutal rompió las defensas arcanas, hizo arder el casco y destruyó el cristal que lo mantenía en el aire. Los guardias fueron asesinados antes de que pudieran reaccionar, y el descenso terminó en una catástrofe entre fuego, gritos y chatarra mágica. El impacto los había dejado varados, con víveres escasos y la certeza de que estaban perdidos en una tierra sin nombre. Cada día que pasaban allí, algo dentro de Nyxaria se erosionaba. La familiaridad del desierto con el vacío de sus pesadillas la envolvía como una segunda piel. No hablaba. Comía por inercia, sólo porque algunos compañeros insistían en acercarle la ración. Dormía cuando el agotamiento la rendía, pero el descanso no traía consuelo: solo más sueños, más sombras, más juicio. Los demás no sabían qué le ocurría.
O fingían no saberlo.
Solo Numina y Odger, sus profesoras, parecían guardar silencio ante su malestar. Y ese silencio hablaba más que cualquier palabra.
Nyxaria se levantó con torpeza y salió de la tienda. El viento le acarició el rostro con dedos secos y calientes. Caminó un poco, alejándose del campamento, hasta encontrar un promontorio de roca desde el cual podía ver los restos del barco volador. Aún quedaban fragmentos del casco dispersos en la arena, como huesos de un gigante muerto. Y en medio de ellos, enterrado hasta la mitad, el cristal del núcleo mágico: roto, herido, pero aún palpitante.
Recordaba claramente el momento en que lo había tocado.
Había querido ayudar en las investigaciones. Sintonizar con la magia, aportar algo útil. Pero cuando sus dedos rozaron el cristal, una oleada de imágenes la invadió. Auras descompuestas, ecos de pensamientos que no eran suyos. Un temblor ancestral que se extendía más allá de lo arcano. Y entre todo aquello... la visión de un templo. Antiguo, escondido en el desierto, como si hubiese estado esperando a que alguien lo encontrase. Desde entonces, su magia había cambiado. Era más intensa. Sus conjuros ofensivos ardían con una furia que no comprendía del todo. Pero, al mismo tiempo, había límites que no podían cruzar. La quinta esfera y más allá... simplemente no respondían. Como si algo en el aire lo impidiese, como si el desierto contuviese un velo que ahogaba los conjuros más complejos.
Sus ojos volvieron al cristal semienterrado. Aquel núcleo roto había despertado algo. No solo en la tierra. También en ella.
Y ese templo...
No sabía qué era, ni por qué lo sentía tan claramente en su mente. Pero algo le decía que debían ir. Que había respuestas allí. No solo para el ataque. También para su propia historia.
O para su condena.