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El diario de un Alma Sufriente

farraces

Admirador del brazo de Sune
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BAJO LOS SUELOS DE ATHKATLA
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Hay días en los que el peso del deber no se mide en el metal de la armadura ni en las leguas recorridas, sino en la fragilidad de quienes caminan a tu lado.

Regresamos de nuevo a la penumbra de los subterráneos. Me acompañaban el hermano Freolaff y la Dama Annia. Nuestro propósito era claro y metódico, inspeccionar la Gruta del Alandor y resolver la incógnita de aquella trampilla que habíamos dejado pendiente en las galerías mineras. Tal como sospechábamos, el paso conduce directamente a las alcantarillas que serpentean bajo las calles de Athkatla. Un auténtico laberinto acuoso y sombrío donde un paso en falso o un despiste puede hacer que cualquiera pierda el rumbo.

Avanzamos con paso firme, manteniendo esa patrulla y nuestra presencia. Que nos vean. Que sepan que la luz no teme a sus rincones oscuros. Tuvimos que reducir a un grupo de hombres rata que habían levantado un pequeño campamento en los canales, sabandijas que se multiplican con rapidez, pero que no podemos permitir que ganen terreno. Fue la Dama Annia quien advirtió una segunda trampilla disimulada. Al cruzarla, la ironía de este entramado volvió a hacerse evidente, emergimos de vuelta en las grutas de las engendros vampíricas.

Allí nos volvieron a salir al paso. Las redujimos como en ocasiones anteriores, comprobando que aunque no vimos a los colmillos afilados mayores en ese instante, los nidos de tumularios y necrófagos siguen activos. Toda esta red bajo la ciudad es una serpiente que se muerde la cola, alcantarillas, criptas, el cementerio y el mercado del Paseo de Waukeen están interconectados.

Sin embargo, el verdadero golpe de la jornada no vino de una emboscada masiva, sino del silencio.

Al emprender la retirada, notamos que el hermano Freolaff se rezagaba. Su paso, habitualmente firme, se volvió pesado y errático. Al mirarle a los ojos vi la sombra de la debilidad ahogando su mirada, a punto del colapso. Fue la Dama Annia quien descubrió la causa, un zarpazo profundo y envenenado en el costado, fruto del rasguño ponzoñoso de uno de esos tumularios.

Ver caer a un hermano de armas inflige una grieta en la templanza. Asumí la cabeza de la marcha abriendo paso a golpe de espada contra las criaturas que intentaron cerrarnos la salida, mientras Annia sostenía como podía al hermano. Hubo un momento en que las fuerzas de Freolaff cedieron por completo y tuvimos que cargarlo entre los dos para sacarlo a la superficie.

Emerger a la luz y ver el cielo fue un alivio amargo. Llevamos al hermano junto al pequeño río que corre frente a la gruta de los páramos. Allí, con el agua fresca del cauce y la serena ayuda de Annia, me arrodillé a su lado para invocar las artes de sanación. Pedí a Ilmater que absorbiera la ponzoña de su sangre, que la purificación divina detuviera esa plaga necrótica que amenazaba con consumirlo. Sentir cómo la fiebre cedía y el pulso se estabilizaba bajo mis manos fue una bendición que me dejó exhausto, pero profundamente agradecido.

Ahora reposa en una cama caliente en la posada, bajo la atenta vigilancia de la Dama Annia.

Esta noche no hay regocijo por las criaturas abatidas. Solo queda la constatación de que el enemigo ataca con veneno y desesperación, y que la línea entre la vida y la caída es muy delgada. Mañana buscaremos nuevas entradas desde el interior de la ciudad. Debemos sellar este círculo de sombras. Seguimos siendo el muro entre la oscuridad y la luz, pero hoy ese muro ha sangrado.

Que el Señor de la Resistencia vele por la pronta recuperación del hermano Freolaff.

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farraces

Admirador del brazo de Sune
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La Rosa de Fuego y el Señor que Sufre
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Hay noches en las que el deber de un siervo de Ilmater se siente como una armadura pesada y familiar, y hay otras en las que esa misma armadura parece encogerse hasta asfixiar el pecho. Hoy ha sido una de estas últimas.

Vengo de la gran celebración de la Iglesia de Sune. Yo, un humilde Obispo del Señor que sufre, acostumbrado a las llagas, al polvo de los barrios bajos y al frío consuelo de las vigilias en la Casa de los Dolores, me vi sumergido en un mar de seda rutilante, perfumes embriagadores y protocolos cortesanos que apenas alcancé a esquivar gracias a la paciente diplomacia del Magistrado Tane. Pero no fue la etiqueta lo que alteró el ritmo de mi corazón, ni la opulencia del templo sunita lo que me descolocó la razón.

Fue ella. Dama Fery Krill.
Imposible ignorar la providencia, o la ironía, de que la ganadora de la Rosa Rubí luciera una melena de fuego reverberante. Bien es sabido por quienes me conocen que las pelirrojas siempre han tenido un extraño y poderoso influjo sobre mi espíritu, pero lo de Fery esta noche trascendió la simple contemplación. Vestida con una seda encarnada que se ajustaba a su talle y un escote tan sugerente como atrevido, parecía la encarnación viva de la propia Gran Señora del Amor. Durante toda la velada, mi mirada volvía a ella impulsada por un torbellino de admiración y un nerviosismo impropio de mi rango.

Al anunciarse su victoria, sentí una extraña mezcla de alivio y vértigo. Pensé que el deber estaba cumplido y pretendí deslizarme hacia la salida en cuanto la multitud comenzó a dispersarse, no por desdén, sino por la imperiosa necesidad de recuperar el aliento y la compostura. Sin embargo, Fery me interceptó antes de que pudiera cruzar el umbral. Con esa determinación seductora y elegante propia de su fe, deslizó su brazo junto al mío y nos encaminamos hacia uno de los balcones exteriores.

Allí, bajo la calma de la noche de Athkatla, ocurrió algo que aún me hace hervir la sangre.

Tras recibir mis torpes congratulaciones, Fery se acercó a mí y se ofreció a recitarme un poema especial, una pieza que según ella entrelazaba la historia de nuestros dos Dioses. Acepté con el aliento contenido. Y mientras su voz de miel rompía el silencio, el mundo a nuestro alrededor pareció desvanecerse.

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Mientras recitaba cada verso, los gestos de Fery encendieron en mí un trance casi hipnótico. Sus dedos acariciaban sus propios labios insinuantes, sus manos dibujaban las curvas de su figura y el ritmo de sus inspiraciones hinchaba un pecho generoso que escapaba por el escote, imposible de no contemplar para un hombre de carne y hueso. Había una atracción tangible en el aire, una tensión eléctrica y tibia.

Sus palabras calaron profundo cuando me susurró que los servidores de Ilmater, siempre acostumbrados a cargar con el dolor ajeno, también necesitamos consuelo... y que en el templo de Sune son especialistas en brindarlo. Me invitó a probarlo. Desorientado, con la mente nublada por el calor de su cercanía y la verdad amarga de sus palabras, tuve que admitir ante ella que así es, los ilmateristas a menudo rechazamos la mano que busca reconfortarnos, paralizados por el temor a defraudar a nuestro Señor o a caer en la debilidad. Pero le confesé que sí... que me gustaría probar ese consuelo.

Nos despedimos tras ese instante de íntima comunión que me dejó el cuerpo temblando y el alma descolocada.

Ahora me encuentro sentado en este banco de piedra, en una plaza tranquila bañado por la luz de la luna. A mi lado, mi fiel gato Manitas se acurruca buscando mi calor y me mira con sus ojos sabios, como si comprendiera el torbellino que llevo por dentro.

¿Es acaso pecado que quien abraza el sufrimiento anhele, aunque sea por un instante, el bálsamo de la belleza y el deseo? ¿No halló el propio Señor del Lamento un refugio en Aguaclara junto a la Diosa de la Belleza? No lo sé. Solo sé que esta noche, las llagas de mi fe escocieron un poco menos, y el recuerdo de Fery Krill seguirá ardiendo en mi mente durante muchas noches por venir.

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Bajo los cielos de oro de Aguaclara,
donde el amor de Sune es un fuego radiante,
llegó el Dios del Lamento con su mano sangrante,
buscando el descanso que el mundo le negara.
Allí se cruzaron la risa y el quebranto,
la seda del templo, la llaga y la espina;
ella envolvió con sus besos el llanto,
él dio con un refugio de paz divina.
Casi un siglo duró aquel milagro extraño:
el dolor durmiendo en los brazos del deseo,
hasta que el cosmos, con fuego y con daño,
rompió los pilares del tierno apogeo.
Mas no fue el final del abrazo sagrado,
pues del viejo plano nació una promesa:
ningún sufrimiento se queda olvidado,
siempre hay alivio en la eterna belleza.
 
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