farraces
Admirador del brazo de Sune
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- 19/9/06
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Hay días en los que el peso del deber no se mide en el metal de la armadura ni en las leguas recorridas, sino en la fragilidad de quienes caminan a tu lado.
Regresamos de nuevo a la penumbra de los subterráneos. Me acompañaban el hermano Freolaff y la Dama Annia. Nuestro propósito era claro y metódico, inspeccionar la Gruta del Alandor y resolver la incógnita de aquella trampilla que habíamos dejado pendiente en las galerías mineras. Tal como sospechábamos, el paso conduce directamente a las alcantarillas que serpentean bajo las calles de Athkatla. Un auténtico laberinto acuoso y sombrío donde un paso en falso o un despiste puede hacer que cualquiera pierda el rumbo.
Avanzamos con paso firme, manteniendo esa patrulla y nuestra presencia. Que nos vean. Que sepan que la luz no teme a sus rincones oscuros. Tuvimos que reducir a un grupo de hombres rata que habían levantado un pequeño campamento en los canales, sabandijas que se multiplican con rapidez, pero que no podemos permitir que ganen terreno. Fue la Dama Annia quien advirtió una segunda trampilla disimulada. Al cruzarla, la ironía de este entramado volvió a hacerse evidente, emergimos de vuelta en las grutas de las engendros vampíricas.
Allí nos volvieron a salir al paso. Las redujimos como en ocasiones anteriores, comprobando que aunque no vimos a los colmillos afilados mayores en ese instante, los nidos de tumularios y necrófagos siguen activos. Toda esta red bajo la ciudad es una serpiente que se muerde la cola, alcantarillas, criptas, el cementerio y el mercado del Paseo de Waukeen están interconectados.
Sin embargo, el verdadero golpe de la jornada no vino de una emboscada masiva, sino del silencio.
Al emprender la retirada, notamos que el hermano Freolaff se rezagaba. Su paso, habitualmente firme, se volvió pesado y errático. Al mirarle a los ojos vi la sombra de la debilidad ahogando su mirada, a punto del colapso. Fue la Dama Annia quien descubrió la causa, un zarpazo profundo y envenenado en el costado, fruto del rasguño ponzoñoso de uno de esos tumularios.
Ver caer a un hermano de armas inflige una grieta en la templanza. Asumí la cabeza de la marcha abriendo paso a golpe de espada contra las criaturas que intentaron cerrarnos la salida, mientras Annia sostenía como podía al hermano. Hubo un momento en que las fuerzas de Freolaff cedieron por completo y tuvimos que cargarlo entre los dos para sacarlo a la superficie.
Emerger a la luz y ver el cielo fue un alivio amargo. Llevamos al hermano junto al pequeño río que corre frente a la gruta de los páramos. Allí, con el agua fresca del cauce y la serena ayuda de Annia, me arrodillé a su lado para invocar las artes de sanación. Pedí a Ilmater que absorbiera la ponzoña de su sangre, que la purificación divina detuviera esa plaga necrótica que amenazaba con consumirlo. Sentir cómo la fiebre cedía y el pulso se estabilizaba bajo mis manos fue una bendición que me dejó exhausto, pero profundamente agradecido.
Ahora reposa en una cama caliente en la posada, bajo la atenta vigilancia de la Dama Annia.
Esta noche no hay regocijo por las criaturas abatidas. Solo queda la constatación de que el enemigo ataca con veneno y desesperación, y que la línea entre la vida y la caída es muy delgada. Mañana buscaremos nuevas entradas desde el interior de la ciudad. Debemos sellar este círculo de sombras. Seguimos siendo el muro entre la oscuridad y la luz, pero hoy ese muro ha sangrado.
Que el Señor de la Resistencia vele por la pronta recuperación del hermano Freolaff.

Regresamos de nuevo a la penumbra de los subterráneos. Me acompañaban el hermano Freolaff y la Dama Annia. Nuestro propósito era claro y metódico, inspeccionar la Gruta del Alandor y resolver la incógnita de aquella trampilla que habíamos dejado pendiente en las galerías mineras. Tal como sospechábamos, el paso conduce directamente a las alcantarillas que serpentean bajo las calles de Athkatla. Un auténtico laberinto acuoso y sombrío donde un paso en falso o un despiste puede hacer que cualquiera pierda el rumbo.
Avanzamos con paso firme, manteniendo esa patrulla y nuestra presencia. Que nos vean. Que sepan que la luz no teme a sus rincones oscuros. Tuvimos que reducir a un grupo de hombres rata que habían levantado un pequeño campamento en los canales, sabandijas que se multiplican con rapidez, pero que no podemos permitir que ganen terreno. Fue la Dama Annia quien advirtió una segunda trampilla disimulada. Al cruzarla, la ironía de este entramado volvió a hacerse evidente, emergimos de vuelta en las grutas de las engendros vampíricas.
Allí nos volvieron a salir al paso. Las redujimos como en ocasiones anteriores, comprobando que aunque no vimos a los colmillos afilados mayores en ese instante, los nidos de tumularios y necrófagos siguen activos. Toda esta red bajo la ciudad es una serpiente que se muerde la cola, alcantarillas, criptas, el cementerio y el mercado del Paseo de Waukeen están interconectados.
Sin embargo, el verdadero golpe de la jornada no vino de una emboscada masiva, sino del silencio.
Al emprender la retirada, notamos que el hermano Freolaff se rezagaba. Su paso, habitualmente firme, se volvió pesado y errático. Al mirarle a los ojos vi la sombra de la debilidad ahogando su mirada, a punto del colapso. Fue la Dama Annia quien descubrió la causa, un zarpazo profundo y envenenado en el costado, fruto del rasguño ponzoñoso de uno de esos tumularios.
Ver caer a un hermano de armas inflige una grieta en la templanza. Asumí la cabeza de la marcha abriendo paso a golpe de espada contra las criaturas que intentaron cerrarnos la salida, mientras Annia sostenía como podía al hermano. Hubo un momento en que las fuerzas de Freolaff cedieron por completo y tuvimos que cargarlo entre los dos para sacarlo a la superficie.
Emerger a la luz y ver el cielo fue un alivio amargo. Llevamos al hermano junto al pequeño río que corre frente a la gruta de los páramos. Allí, con el agua fresca del cauce y la serena ayuda de Annia, me arrodillé a su lado para invocar las artes de sanación. Pedí a Ilmater que absorbiera la ponzoña de su sangre, que la purificación divina detuviera esa plaga necrótica que amenazaba con consumirlo. Sentir cómo la fiebre cedía y el pulso se estabilizaba bajo mis manos fue una bendición que me dejó exhausto, pero profundamente agradecido.
Ahora reposa en una cama caliente en la posada, bajo la atenta vigilancia de la Dama Annia.
Esta noche no hay regocijo por las criaturas abatidas. Solo queda la constatación de que el enemigo ataca con veneno y desesperación, y que la línea entre la vida y la caída es muy delgada. Mañana buscaremos nuevas entradas desde el interior de la ciudad. Debemos sellar este círculo de sombras. Seguimos siendo el muro entre la oscuridad y la luz, pero hoy ese muro ha sangrado.
Que el Señor de la Resistencia vele por la pronta recuperación del hermano Freolaff.

