Tomo de Estudios - Página 37: El linaje
El viento soplaba con suavidad por los grandes ventanales de la mansión, abiertos en su gran mayoría. Tumbado en el diván, Raylock daba vueltas a la información en su cabeza, tratando de resolver el rompecabezas. El teúrgo abrió uno de sus ojos tras salir del pequeño trance que había acabado consumiéndole, y pudo ver, desde su posición, como la noche ya había llegado.
Primero llevó uno de sus pies al suelo, seguido después del otro, no sin antes tomar el libro que le había quedado abierto encima del pecho. Una vez erguido, paseó su mirada por la gran estancia y analizó todos los libros y tomos que había tomado prestados para poder averiguar lo que estaba buscando, repartidos en varias zonas y lugares, quizá algo desordenado y alejado de su gusto. El hombre negó con la cabeza y sus pasos lo llevaron hasta la mesa más grande, donde, con cuidado cerró el libro que tenía entre sus manos y lo posó con cariño sobre los demás que ya había leído.
—Padre siempre decía que el diablo está en los detalles, Raylock —se dijo para sí mismo—, aunque actualmente no sé si es una expresión que me agrada demasiado —terminó por sonreír de manera fugaz.
La mirada del hombre fue desviada hasta la otra punta de la mesa al escuchar un sonido bastante amortiguado, pues Velzar, su familiar, había decidido hacer acto de presencia tras haber saltado desde el suelo hasta arriba. El pequeño felino de pelaje negro avanzó de manera rauda hasta quedar frente a Raylock, para luego lamerse una de las patas delanteras y darse con esta detrás de una de las orejas.
—Mira quién se ha dignado a aparecer, el rey de la casa —echó aire por la nariz, sonriendo de un lado.
El gato se quedó parado con la pata alzada mientras observaba al hombre con curiosidad, ladeando la cabeza incluso. Por su parte, Raylock, llevó su mano izquierda hasta el morro del animal para estirarle un poco de los bigotes, antes de regalarle un par de caricias bajo la barbilla.
El teúrgo masajeó su cuello y tomó la pipa de fumar que había dejado sobre la superficie de madera tantas horas atrás que ya ni recordaba, con la idea de aplacar su hambre y quizá agudizar un poco su ingenio. Sin más preámbulos, volvió a caminar con sus pies descalzos, pero esta vez hacia los ventanales más cercanos donde y tras prender el tabaco con una ramita yesquera, pudo dar una profunda calada y observar el horizonte nocturno, ese que parecía un oasis a la luz de la luna. Sus pensamientos volaron entonces a las palabras que había tenido con Anja.
—Yo estoy aprendiendo a teleportarme entre hogueras, suena raro, sí, pero lo he conseguido —la norteña hizo una pequeña pausa—. ¿Sabes de qué hablo, Ray? Usar el fuego como portales.
—¿Tiene algo que ver con tu linaje? —preguntó él, posando su analítica y viva mirada en ella.
—No conozco aún mi linaje, y yo quiero saber si tendré alas de dragón. Es curioso porque si toco el fuego, me quemo, pero con ese conjuro ya no lo hago…
El hombre se dio un par de toques en la cabeza con uno de sus índices al volver al presente, para después girar sobre sus talones. Volvió con calma al centro de la estancia, todavía pipa en boca y sostenida con una de sus manos, dando otra calada después y permitir que el humo viajara libremente por su rostro.
—Dragones… Demonios… Diablos… Gigantes… Ifrits… —musitó y se masajeó los ojos con gesto cansado tras innumerables horas de lectura y apenas reposo.
Raylock volteó su cuerpo para situar de nuevo su vista hacia la mesa, momento en el que Velzar decidió saltar hacia el suelo tras haber acabado su limpieza, caminando algo vacilante hacia el humano. Una vez juntos, el familiar frotó su cuerpo contra los pies del teúrgo, y este último optó por dejar caer su cuerpo y quedar sentado, pudiendo regalar varios gestos de afecto al felino.
—Sí, ya… —suspiró— Yo también la echo de menos, ¿sabes? Probablemente más que tú —se dibujó una sonrisa en su rostro— Pero necesito… encontrar todas las piezas y resolver esto —volvió a ponerse serio.
El gato abrió su boca todo lo posible para bostezar de manera silenciosa, sacudiéndose después, con el objetivo final de tumbarse al lado de Raylock.
—No sé cuánto tiempo llevo aquí… cuántas… horas… —frunció el ceño entonces, como si hubiera reparado en algo antes de repetir la palabra— Horas…
Dio una profunda calada a la pipa y su vista se perdió hasta la abstracción, recordando de nuevo otro fragmento de conversación con Anja.
—Veamos… —tomó aire el teúrgo, preparándose para enumerar— Una hora para la tesis, una hora para conjuros nuevos, una hora para revisar informes, una hora para leer algo que no tenga nada que ver con la magia… y ahora, será una hora para investigar tu linaje.
—¿Cuentas el tiempo? —Preguntó ella— Qué triste —rio un poco al final.
—Ordeno mi tiempo, más bien —asintió—. No tiene nada de triste, se trata de buscar ser efectivo.
—Ah… Pues a mí me parece triste pensar en que el día terminará.
—Yo no pienso, pero el día pasa, y creo que lo importante es hacer algo útil con el tiempo.
—A veces duermo como quince horas, aunque no a diario. Me pasa cuando ya no puedo andar, mi mente dice sí, pero mi cuerpo dice basta, y entonces me quedo en estado de sueño profundo…
Raylock volvió a la realidad, abandonando el recuerdo. Arrugó su frente, reflexivo, y dejó la pipa en el suelo de manera repentina, ahí mismo, junto a Velzar. Por su parte, el felino, alzó la cabeza por un instante pero se recolocó rápidamente después para continuar con su descanso, ignorando al humano.
El teúrgo se apresuró para llegar a la mesa y allí empezó a hacer una criba de libros. Apartó uno a un lado, otro, al contrario, y así hasta dar con el que buscaba. Lo abrió aproximadamente por el medio y pasó páginas conforme su mirada leía las líneas de manera vertiginosa, repasando datos que ya había visto horas antes.
—Ella quería poder transformarse en un hada pequeña, por eso me pidió la varita de polimorfar…
Detuvo su dedo en un punto del libro, pero lo colocó en un hueco vacío de la mesa en lugar de seguir con la lectura.
Rápidamente, enlazó grandes pasos hasta llegar a la mesita junto al diván, para seleccionar de nuevo los tomos, tomando uno en concreto. Del mismo modo que el anterior, pasó la vista por las palabras con rapidez hasta llegar donde quería.
—Brillo de color verde ámbar…
Como un rayo, el teúrgo volvió a la mesa poniendo ambos libros abiertos uno al lado del otro. Esta vez, movió hojas y desvió alternativamente la mirada entre ellos.
—Personalidad huraña y despreocupada…
Sus dedos se detuvieron en seco, miró unas páginas, después las otras, su mente revolucionada juntaba toda la información. Al final, tomó aire y apartó sus manos hasta llevarlas a su propia cara, frotándose esta.
—Por los dioses... —susurró de manera casi imperceptible— No tenía nada que ver con el fuego…
Raylock perfiló una gran sonrisa de satisfacción.