El monje me llamó hace unos días.
No al santuario nocturno donde entrenamos el camino de las sombras. A un pequeño claro fuera de Athkatla, de día, con el sol todavía alto.
Me extrañó. Pero fui.
Cuando llegué estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados. No hizo ademán...