Novedades

A la luz de la Luna

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
El viento nocturno soplaba frío mientras Zarah cruzaba el umbral del templo de Selûne, una figura sigilosa y encorvada que parecía llevar consigo todo el peso de las estrellas. Sus ojos reflejaban el plateado brillo de la luna llena. Zarah, una selunita, estaba cubierta por un manto desgastado que apenas ocultaba su figura esbelta y las marcas de una vida en la intemperie.

El templo estaba bañado por una luz suave y serena, sus ventanales llenos de lunas crecientes y cielos estrellados. Un acólito, Eothian, se acercó con cautela al percibir la presencia de Zarah. Su rostro reflejaba un conflicto entre curiosidad y compasión.

—Bienvenida al templo de Selûne, señorita —dijo Eothian con voz baja, inclinándose respetuosamente—. ¿Qué te trae aquí esta noche?

Zarah levantó la cabeza, y sus ojos de pupilas rasgadas encontraron los de él. Su voz era un murmullo tímido, como si viniera de algún rincón olvidado del mundo.

—Busco… - dijo con voz entrecortada

Eothian ladeó la cabeza, intentando desentrañar las intenciones de la chiquilla, pero Zarah evadió sus preguntas con palabras cortas y ambiguas. A pesar de su silencio, sus manos temblaban, y su cuerpo, aunque erguido, delataba agotamiento. Finalmente, tras un momento de incómoda quietud, Zarah pronunció un nombre.

—Sariel. Necesito hablar con Sariel.

El caballero asintió, dando de comer a la muchacha y de beber tratando de sonsacarle para que necesitaba a la Dama, reconociendo que la sacerdotisa de la Dama de Plata sería quien pudiera desentrañar aquel misterio.

Sariel apareció al cabo de un rato, irradiando la calma que solo una devota de Selûne podía poseer. Con un movimiento de su manto plateado, condujo a Zarah a una habitación privada, donde la luz de la luna caía como un halo sobre un sencillo altar.

—Ahora estás a salvo, hija de la luna —dijo Sadriel, sentándose frente a Zarah—. ¿Qué inquieta tu corazón?

Zarah dudó, revolviendo sus pensamientos como un gato atrapado entre sombras y luz. Finalmente, habló, su voz teñida de metáforas y enigmas.

—Es como si el viento me hubiese llevado lejos de mi lugar, como una hoja seca entre adoquines. He vivido en las calles, entre los desperdicios del mundo, persiguiendo sombras y escondiéndome de las luces más brillantes. Pero ya no quiero seguir así. Siento… como si mi alma fuera un cazador nocturno que anhela algo más que la caza.

Sariel asintió lentamente, invitándola a continuar.

—Veo mi reflejo en los charcos bajo la luna y no sé si soy el gato o la luna misma. Quiero dejar las sombras, pero temo lo que soy sin ellas. Selûne me guía, pero… ¿puede darme un lugar donde pertenezca? ¿O soy condenada a vagar eternamente?

La sacerdotisa escuchó con paciencia infinita, dejando que las palabras de Zarah se asentaran en el aire.

—Selûne abraza a todos los que buscan su luz, Zarah —respondió finalmente—. Ella no te pide que niegues tus sombras, porque son parte de ti, como lo es la noche de la luna. Pero sí te ofrece un camino para encontrar equilibrio y propósito. Aquí, bajo su guía, puedes comenzar de nuevo.

Zarah asintió lentamente, sus ojos brillando con una mezcla de esperanza y duda. Había dado el primer paso hacia algo desconocido, y aunque no sabía aún a dónde la llevaría, en ese momento, bajo la mirada de la sacerdotisa y la luna, sintió que no estaba sola.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814


Desde que salí de los barrios bajos y me uní a este grupo, no ha pasado un solo día sin que alguien trate de enseñarme a no caerme sobre mis propios pies en combate. Hoy no fue la excepción. Estábamos en las Agujas de Oro, una sección apartada de Athkatla, donde el sol dorado iluminaba nuestras prácticas y donde, según Julieth, las energías del lugar ayudaban a enfocarse. No sé a qué clase de foco se refería, porque lo único en lo que me enfoqué fue en intentar no estorbar.

“Zarah, muévete con el instinto, no con los nervios,” me dijo Sariel en un tono amable pero firme. Su mirada reflejaba la serenidad de Selûne, como si incluso mis torpezas fueran parte de algún plan divino.

Julieth, la sacerdotisa de Kelemvor, dirigía el entrenamiento. Su presencia era tan imponente que incluso Rukhar, el enorme semiogro, se mantenía en silencio cuando ella hablaba. Había dividido a todos en dos grupos para ejercicios de combate, y yo, por suerte o desgracia, fui un grupo magnífico de una paciencia… ilimitada.

“Guía tus movimientos, mejorarás tranquila,” me dijo mientras esquivaba mis intentos de atacarla. Por Selûne, ¡ni siquiera usaba sus armas! Solo esquivaba y me daba palmadas en los brazos para corregirme.

A unos metros, el verdadero espectáculo estaba ocurriendo. Eothain, el caballero de Selûne, y Zilvra, la drow, entraron en un combate que parecía coreografiado por los dioses mismos. Zilvra era un torbellino de acero y sombras, moviéndose con una gracia que hacía que todo pareciera fácil. Su cabello plateado brillaba bajo la luz mientras su espada curva trazaba arcos mortales en el aire. Eothain, en contraste, era una roca, sólida e imparable, su espadón bloqueaba cada ataque que recibía aunque llevase una precisión casi insultante.

“Fascinante, ¿verdad?” dijo Jolie, que observaba desde un lado mientras practicaba sus conjuros. Era una hechicera que aspiraba a unirse al clero de Selûne, y aunque no dominaba aún los misterios de la magia divina, tenía un don innato para los hechizos arcanos. “Eothain y Zilvra siempre elevan la vara. Aunque a veces creo que lo hacen solo para intimidarnos.”

Rukhar, que estaba entrenando con Mernalyn, soltó un gruñido de aprobación. “Pequeños, pero rápidos,” comentó, refiriéndose a Zilvra y a la espadachina humana. Mernalyn no era tan ágil como Zilvra, pero su técnica era impecable, cada movimiento medido y calculado.

Julieth caminaba entre los grupos, observando y corrigiendo. Su vara de sacerdote parecía una extensión de su voluntad, marcando ritmos y posiciones para que todos mejoráramos. “Raralia, no la agotes demasiado. Zarah, intenta sentir el flujo del combate, no luchar contra él,” me dijo sin siquiera mirarme directamente.

Liliana Halendt, una espadachina letal, parecía fuera de lugar en un entrenamiento tan caótico, pero incluso ella estaba inmersa en los ejercicios, enfrentándose a Sariel con un ímpetu digno de su linaje.

El entrenamiento terminó con una demostración final en el que comenzó con un combate singular y acabamos entrando todos a enfrentarnos con el equipo contrario.

“Eso es lo que quiero ver en todos ustedes,” dijo Julieth, su voz resonando con autoridad.


Yo, sin aliento y cubierta de polvo, me dejé caer al suelo mientras Raralia se reía. “No lo hiciste tan mal esta vez,” dijo, ofreciéndome una mano para levantarme.

Puede que no sea una Zilvra o un Eothain, pero algún día, quizás, logre no ser el desastre del grupo. Hasta entonces, me conformaré con no caerme cada vez que intento blandir mi espada.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
La brisa helada de la madrugada acariciaba los rostros de los aventureros que marchaban hacia Crimmor, el corazón palpitante del comercio en Amn. El sonido metálico del equipo resonaba en la quietud del camino, entremezclándose con el crujir de hojas bajo las botas y el sordo relinchar de caballos. Lideraba la patrulla Fortuna, una imponente guardia de Amn de armadura reluciente, cuyo porte y firmeza inspiraban confianza y temor en igual medida. A su alrededor marchaba un heterogéneo grupo de aventureros: magos, guerreros, exploradores, todos con historias diferentes, pero unidos por un propósito común.

Entre ellos destacaban tres figuras que parecían fuera de lugar, no por su apariencia, sino por la intensidad de su vínculo. Zarah, una joven de rostro aún marcado por la inocencia de la adolescencia, caminaba con pasos ligeros pero inseguros, su estoque a la cintura y sus ojos brillando con una mezcla de nerviosismo y emoción a la luz de Selune como los de un gato en la oscuridad. A su lado, Jolie, una hechicera de cabello ondulado, avanzaba con una elegancia que solo la experiencia podía justificar. Su bastón tallado con intrincados símbolos brillaba tenuemente, como si fuera una extensión de su propia energía. Cerraba el trío Sariel, una sacerdotisa de Selûne cuya presencia era serena y reconfortante. Su espada en el costado, y un medallón con el símbolo de la diosa de la luna descansaba en su pecho, reflejando un resplandor blanquecino bajo la luz estelar.

El ataque fue rápido, brutal, y despiadado.

Habían avanzado casi medio día cuando Fortuna ordenó detenerse en un claro del bosque. Su mirada evaluaba el terreno con la precisión de alguien que había vivido años en la frontera, y el grupo se dispersó para descansar. Sin embargo, el peligro no tardó en llegar. Gritos surgieron desde las sombras de los árboles, y antes de que pudieran reaccionar, una lluvia de flechas cayó sobre el campamento. Bandidos emergieron de entre los arbustos, armados con espadas, arcos y dagas, atacando con precisión y coordinación.

El caos se desató.

Zarah, con el corazón latiendo a toda prisa, desenvainó su estoque y con manos temblorosas. Trato de asestar un par de golpes que de poco sirvieron. “¡Cubre tu flanco, Zarah!” gritó Sariel, mientras bloqueaba un golpe con su escudo y contraatacaba con su espada. Jolie ya había comenzado a recitar un conjuro; su voz cantarina se elevaba por encima del tumulto, y pronto una bola de fuego iluminó la noche, dispersando a algunos atacantes. Sariel, por su parte, corría entre los heridos, canalizando la luz de Selûne para sanar las heridas más graves.

Pero Zarah estaba sola. En su intento de retroceder para obtener una mejor posición, no vio al grupo de bandidos que la flanqueaba. Una mano áspera la derribó al suelo y, antes de que pudiera levantarse, sintió el impacto de una bota en sus costillas. Luchó por respirar mientras uno de los bandidos alzaba su espada sobre ella. En ese instante, su corta edad y falta de experiencia se hicieron evidentes: no tuvo tiempo de reaccionar.

El golpe no fue fatal, pero la dejó inconsciente, su cuerpo cayendo inerte en el suelo. Sariel vio lo que sucedía y corrió hacia ella, invocando la luz de Selûne, mientras Jolie lanzaba un hechizo para dispersar a los bandidos restantes. Fortuna, con un rugido de rabia, lideró la carga que finalmente puso fin al asalto.

Cuando la batalla terminó, el claro estaba cubierto de cuerpos. Los aventureros, exhaustos y heridos, intentaban recomponerse. Sariel, arrodillada junto al cuerpo de Zarah, susurraba oraciones mientras sus manos brillaban con luz plateada. La joven comenzó a moverse lentamente, sus ojos entreabriéndose con dificultad.

“¿Lo hice bien…?” preguntó débilmente Zarah, su voz apenas un murmullo.

Sariel le sonrió con tristeza. “Lo importante es que estás viva. Aún tienes mucho que aprender.”

El camino hacia Crimmor continuaría, pero para Zarah, esa noche marcó una lección dolorosa y profunda: el heroísmo no nace del valor solitario, sino de la preparación, la experiencia y, sobre todo, el trabajo en equipo.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
No sé si fue valentía o locura lo que me llevó a escribir esto. Tal vez ambas. Lo que sí sé es que nunca olvidaré lo que ocurrió en esa cripta.

Nunca me han gustado los muertos. Ni siquiera los muertos tranquilos que descansan en sus tumbas, y mucho menos los que deciden caminar cuando deberían quedarse quietos, pero está claro que hay que acabar con la “no muerte”. Así que, cuando nos dijeron que una antigua cripta estaba infestada de insepultos, tuve que contener las ganas de salir corriendo. Pero allí estaba Jolie, la hechicera, con esa mirada que parece decir que todo es un reto emocionante. Y Sariel, con su sonrisa cálida, asegurándonos que Selune nos protegería. No podía dejar que vieran cuánto me temblaban las piernas.

El grupo era grande, lleno de guerreros y magos mucho más experimentados que yo. Me aferré a mi escudo con tanta fuerza que pensé que me dejaría marcas en la mano. El estoque que llevaba, aunque afilado, parecía inútil frente a lo que íbamos a enfrentar.

La cripta estaba fría. El aire olía a humedad y a algo peor que no quiero describir. Jolie lideraba con valentía, lanzando hechizos que iluminaban las sombras, y Sariel iba delante, susurrando oraciones. Cada vez que un cadáver se alzaba, sentía que el corazón se me salía del pecho. Pero había algo en los ojos de Sariel, esa luz tranquila que parecía decir que todo estaría bien, que me hacía dar un paso más.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí dentro. Pareció una eternidad. Los insepultos nos atacaban en oleadas, y aunque el grupo los contenía, eran demasiados. En un momento, todo se descontroló. Un ser enorme, una especie de líder de esos cadáveres andantes, emergió del fondo de la cripta. Sus ojos brillaban con un fuego verde que parecía devorar todo lo que miraba.

Sariel fue la primera en enfrentarlo. Su espada destelló con la luz de Selune mientras pronunciaba palabras que yo no entendía. Pero el monstruo era demasiado fuerte. Un golpe bastó para hacerla caer. Fue horrible. La vi caer al suelo, inmóvil, y todo dentro de mí gritaba que debía hacer algo, pero mis piernas no respondían. Me quedé petrificada, inútil.

Entonces, Baldrak, ese enano extraño con alas de dragón, hizo algo que jamás olvidaré. Saltó hacia Sariel y murmuró algo en un idioma que no entendí. Sus manos brillaron con una luz cálida, casi cegadora. Sariel abrió los ojos, tosiendo, y Baldrak la ayudó a levantarse. Fue como si la fuerza de los dioses estuviera con él.

Con Sariel de pie de nuevo, el grupo se reagrupó y finalmente logramos abrirnos paso fuera de esa maldita cripta. Nadie salió ileso, pero salimos.

Sariel me miró al salir y, aunque su rostro estaba pálido y lleno de sudor, me sonrió. “Selune siempre está con nosotros”, me dijo.

Yo no estaba tan segura. Pero lo que sí sé es que ese día cambió algo en mí. Quizás todavía tengo miedo, pero aprendí que la valentía no es la ausencia de miedo. Es seguir adelante, incluso cuando estás aterrorizada.
Desde ahora tengo claro que haré todo lo que esté en mi mano para acabar con ese mal que crece en todas las criptas de Amn.

La “no muerte” no puede ganar.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
La Cala de la Luna Plateada

La luz de la luna llena bañaba la cala donde Eothain, caballero de la luz de Selune, había convocado a sus alumnos. La arena blanca parecía un espejo de plata bajo el brillo nocturno, mientras las olas suaves llevaban consigo el murmullo de Selune, la diosa de la luna y los caminos nocturnos. Allí estaban Sariel, la sacerdotisa de Selune, su armadura decorada con runas lunisolares; Rukhar, el semiogro de porte sereno, cuyos ojos reflejaban una devoción inquebrantable; y Zarah, una joven inquieta de mirada afilada y una sensación en el pecho que no lograba comprender.

Eothain, de cabello rubio y armadura resplandeciente, se plantó en el centro del círculo que habían formado, con una expresión grave pero cálida. “Bienvenidos, hijos de Selune. Esta noche hablaremos de los licántropos, una de las criaturas más enigmáticas que existen bajo el amparo de nuestra diosa. Aunque son vistos como una maldición por muchos, hay quienes encuentran en ellos un regalo, una conexión con lo salvaje y lo primigenio.”

Fortalezas y Debilidades de los Licántropos

El caballero tomó un palo y dibujó un círculo en la arena. Dentro del círculo, trazó una luna creciente. “Los licántropos son, en esencia, criaturas entre dos mundos: el humano y el bestial. Su mayor fortaleza es su capacidad para cambiar de forma, adquiriendo los sentidos agudos, la fuerza y la velocidad de la criatura que representan. Sin embargo, con este poder vienen debilidades. Son vulnerables a la plata, que puede penetrar sus defensas naturales, y su transformación puede ser difícil de controlar, especialmente bajo la influencia de la luna llena.”

Hizo una pausa, clavando la mirada en Zarah. “Esto último varía dependiendo del tipo de licántropo y su naturaleza. Algunos son esclavos de sus impulsos, mientras que otros logran forjar un equilibrio entre sus dos mitades.”

Tipos de Licántropos y sus Naturalezas

“Existen muchos tipos de licántropos, cada uno ligado a un animal distinto, con fortalezas y debilidades propias.”

Eothain continuó:

1. Licántropos de lobo: “Los más conocidos y numerosos. Representan la fuerza del trabajo en manada, pero su temperamento puede ser volátil. Cuando pierden el control, son una fuerza destructiva.”

2. Licántropos de jabalí: “Imponentes y de gran fuerza. Son protectores por naturaleza, pero cuando se enfurecen, incluso la tierra parece temerles.”

3. Licántropos de gato: “Astutos y sigilosos. Su conexión con la noche es más fuerte que la de otros. A menudo se mueven en solitario, guiados por su propio instinto. Su naturaleza independiente puede ser tanto una fortaleza como una debilidad.”

4. Licántropos de rata: “Subestimados, pero letales. Son maestros de la infiltración y supervivencia. Sin embargo, suelen ser considerados los más corruptibles.”

5. Licántropos de otras bestias: “Existen aquellos ligados a hienas, zorros, tigres y hasta criaturas menos comunes como tiburones. Cada uno refleja los rasgos de su animal, tanto lo noble como lo oscuro.”

Mientras Eothain hablaba de los licántropos de gato, un gatito apareció en escena, uno de esos que han aparecido por Athkatla por doquier. Zarah miró a Sariel “Se van a enterar en la marcha de la luna de todos modos… ¿verdad?”, la sacerdotisa asintió. Zarah sintió un hormigueo recorriéndole la piel. Su respiración se aceleró y sus sentidos parecieron agudizarse. Pudo oír con claridad el roce del viento contra la hierba y sentir el olor salado del mar como si estuviera a su lado.

Eothain la observó con seriedad.

Zarah trató de hablar, pero un rugido bajo, casi felino, escapó de su garganta. Cayó de rodillas mientras su cuerpo comenzaba a cambiar. Sus ojos brillaron como dos esmeraldas bajo la luna, y sus manos se transformaron en garras. Un rastro de pelaje oscuro comenzó a aparecer en su piel.

Rukhar dio un paso hacia adelante, pero Eothain levantó una mano para detenerlo. “No temas. Este es su momento de verdad.”

Zarah finalmente alzó la vista. Su transformación estaba completa, un gato negro estaba ante ellos.

“Estás abrazando tu verdadera naturaleza,” respondió Eothain con calma. “Eres una criatura que camina entre la luz y la sombra. Tu instinto te guiará, pero también necesitarás control. Sin él, podrías perderte en el lado salvaje.”

La Enseñanza de Selune

Sariel se acercó, colocando una mano en el hombro de Zarah. “Selune no da estos dones a quienes no pueden soportarlos. Tú puedes encontrar el equilibrio, joven hermana. La luz de nuestra diosa te guiará.”

Rukhar, con su voz grave, añadió: “Esto si que no me lo esperaba. Eres una de camarada, Zarah. Caminamos juntos bajo la misma luna.”

Eothain sonrió levemente. “La lección de esta noche es como enfrentarse y ayudar a quienes nos necesitan, traerlos a la fé de Selune.”

Zarah respiró profundamente, sintiendo cómo la calma comenzaba a regresar. La transformación retrocedió lentamente, y sus rasgos humanos volvieron a aparecer. “Gracias,” dijo en un susurro, con un nuevo respeto por sí misma y por la luna que brillaba sobre ellos.

La noche continuó, con el sonido de las olas como testigo y la entrega del gatito a la guardia para que pudiera ser entregado a sus dueños.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
MAULLIDOS DE LUNA LLENA

El fulgor plateado de la luna llena se alzaba en el cielo, bañando con su resplandor las copas de los árboles en el bosque. La joven, única en su clase, cargaba un don poco común: no se transformaba en un lobo como los relatos populares narraban, sino en una criatura felina, ágil y letal, incapaz de controlar sus instintos más básicos.

Zarah había pasado años investigando su condición. En los días previos a cada luna llena, comenzaba un ritual de preparación: buscaba un lugar apartado, donde descansaba para evitar causar daño, y bebía infusiones de hierbas que apenas lograban frenar los dolores previos a la transformación. A pesar de su meticulosa planificación, la batalla más intensa siempre ocurría en su mente.

Esa noche, mientras los rayos de la luna alcanzaban su zenit, Zarah sintió como la bestia se abría paso. Un dolor punzante recorrió su columna mientras sus músculos se tensaban y sus huesos se reconfiguraban. El familiar rugido ronco escapó de sus labios mientras su cuerpo se tornaba más ligero y sus ojos adquirían un brillo felino. Era en ese instante cuando la verdadera lucha comenzaba.

7306ee83-a866-4b92-be5c-41b227c63f1b.jpeg


A pesar del caos que rugía en su interior, Zarah se sentó en medio de un claro, cerrando los ojos y concentrándose en su respiración. Había pasado años perfeccionando una técnica de meditación que la ayudaba a mantener parte de su humanidad intacta durante las horas más críticas. Se repetía a sí misma un mantra, recordándose su nombre, su historia, su deseo de proteger a los demás.

Sin embargo, la criatura dentro de ella no cedía fácilmente. Golpeaba los árboles con sus garras afiladas, gruñía y arañaba, intentando liberar la naturaleza depredadora que tanto anhelaba dominar. Zarah apretó los dientes, el sudor perlaba su frente mientras resistía el impulso de ceder.

“Soy Zarah”, murmuraba entre jadeos, su voz ahogada por el ronroneo gutural que escapaba de su pecho. “No soy un monstruo, lo mío es un don”

Con cada luna llena, la batalla era igual de difícil, pero también se volvía un poco más breve. La práctica constante había fortalecido su voluntad, y aunque nunca había logrado detener completamente a la bestia, conseguía mantener lo suficiente de su mente humana para evitar ceder a los impulsos más bajos.

Cuando el primer rayo de sol tocó el horizonte, Zarah cayó al suelo, exhausta pero triunfante. Sus garras se retraían, su cuerpo volvía a ser el de una joven humana, y aunque estaba cubierta de heridas y rasguños, su corazón latía con el orgullo de haber resistido una noche más.

Sabía que la lucha continuaría mientras viviera bajo la maldición, pero también sabía que cada noche de luna llena era una victoria en su camino hacia controlar a la bestia.

 
Última edición:

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
Encuentros cruciales

Tan solo hizo falta una mirada, un picor en la nariz, un estornudo… ambos sabían que esperar del otro. Pese a no ser iguales su don era similar y en muchas cosas se podrían ayudar. Sin mediar palabra sus caminos, aunque en diferentes momentos, les llevaron al mismo lugar. Encontrarse sin saber tan siquiera un nombre pero teniendo más en común que con cualquier otro ser con el que se hubieran cruzado.

Zarah, con movimientos sigilosos y mirada penetrante, se acercaba al corazón del bosque bajo un cielo que pronto estaría dominado por la luna llena. Allí, esperaba él, un licántropo de jabalí con una robustez imponente pero un carácter sorprendentemente tranquilo. Él había accedido a compartir con ella algunos consejos sobre cómo manejar su doble naturaleza.

Cuando Zarah llegó, él se hacía notar entre las hojas secas. Zarah, siempre en guardia, inclinó ligeramente la cabeza.

¿Por qué me ayudas? No te conozco—preguntó ella, desconfiada.

El hombre soltó un resoplido que parecía una mezcla entre risa y suspiro.

Porque todos empezamos así: perdidos, confundidos y con miedo de lastimar a alguien. Es lo primero que debes evitar.

Se sentaron en un claro rodeado de árboles altos. La voz grave de aquel hombre parecía resonar en la calma del bosque.

Busca un lugar apartado —comenzó, señalando las colinas en la distancia—. Algo lejos de las aldeas, donde nadie pueda verte. Los instintos son poderosos en noches de luna llena, pero puedes aprender a controlarlos si estás en un lugar seguro.

Zarah frunció el ceño, sus garras amenazando con salir.

¿Y si no lo logro? ¿Y si hago daño?

El hombre la miró con firmeza.

Por eso es importante que no te enfrentes sola a esto. Encuentra un refugio donde puedas dar rienda suelta a tu naturaleza sin miedo. Incluso una cueva sirve. Pero, sobre todo, aprende a conocerte. Dominar al animal no es reprimirlo, sino aceptarlo.

Las palabras de ese hombre resonaron en Zarah. Ella asintió lentamente, sintiendo por primera vez que su condición no era una condena sino un desafío. La luna comenzaba a asomarse en el cielo, y con un último intercambio de miradas, ambos sabían que el verdadero aprendizaje estaba por comenzar.


 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
Muerte y vida

El aire enrarecido de las criptas bajo el cementerio de Athkatla se tornaba más pesado con cada paso que daban. El grupo, liderado por Claire y Alice, avanzaba con cautela entre los oscuros pasadizos, iluminados apenas por las antorchas que sostenían Ethas, el paladín de Tyr, y Frey, la semi orca paladín de Sune. Las sombras danzaban en las paredes, proyectando figuras inquietantes que no eran del todo imaginarias. Claire, la sacerdotisa de Tyr, murmuraba oraciones en voz baja, y el eco de sus palabras resonaba con un tono de advertencia.

A su lado, Tanya y Navin soldados de las Fuerzas Armadas de Amn junto a Amberley, recluta, marchaban con disciplina, sus espadas listas y los escudos alzados, mientras intercambiaban miradas serias. Ninguno de los tres confiaba del todo en lo que pudieran encontrar allí abajo. La presencia de Frey parecía tranquilizarles, aunque su porte feroz y las cicatrices de batalla de la semi orca hablaban de alguien que también había visto demasiada muerte.

En medio del grupo estaba la benjamina, Zarah, la joven devota de Selune que no sabía porque se había metido ahí.

No tardaron mucho en encontrar el primer obstáculo: un corredor repleto de cadáveres animados que se tambaleaban hacia ellos con movimientos grotescos. Ethas fue el primero en alzar su martillo, que brilló con la luz divina de Tyr, un faro de esperanza en medio de la penumbra.

¡Por Tyr, retrocedan a las sombras! —rugió antes de cargar contra la horda de no muertos.

Los golpes resonaban como truenos, mientras Claire alzaba su símbolo sagrado para expulsar a los espíritus corruptos. A su lado, Frey luchaba con salvaje determinación, pero con la gracia inesperada de alguien consagrada al amor y la belleza. Alice , Navin Amberley y Tanya combatían con precisión militar, cubriendo los flancos del grupo, mientras Zarah se batía con una agilidad felina, sus golpes entre las líneas pese a que los muertos no sean su especialidad.

Sin embargo, por cada esqueleto que caía, dos más parecían alzarse. Finalmente, llegaron a una cámara más amplia, donde un brillo extraño iluminaba una urna funeraria situada en el suelo de piedra. El objeto estaba decorado con antiguos símbolos que Zarah reconoció al instante: las marcas de las primeras dinastías de los reyes de Amn. Pero lo que capturó la atención de Zarah fue el símbolo más reciente grabado en la urna: un círculo entrelazado con espinas, el emblema de un grupo fanático conocido como “La Absoluta”, devotos del caos y la no muerte.

Esto no es solo un acto de profanación —dijo Claire, su voz cargada de pesar—. Es un ritual para desatar algo peor.

Antes de que pudieran estudiar más a fondo la urna, el sonido de pasos resonó en el pasillo detrás de ellos. Apareció una figura envuelta en oscuros ropajes, un nigromante que levantó su bastón y lanzó una carcajada escalofriante.

¡Llegáis demasiado tarde! La muerte será el único reino eterno.

Antes de que pudieran detenerlo, el nigromante conjuró un hechizo y desapareció en una nube de humo, dejando tras de sí un rugido que sacudió los cimientos de la cripta. Una orea formada completamente por no muertos emergió del suelo, una abominación gigantesca que rugió con un sonido gutural que heló la sangre del grupo.

¡Mantened la formación! —gritó Ethas, poniéndose en el centro del grupo mientras Frey cargaba con un grito de guerra.

La batalla fue feroz. Zarah se movía con velocidad, buscando puntos débiles en la criatura, mientras Alice y Tanya se esforzaban por contener las embestidas de la bestia. Claire invocaba la luz de Tyr para sanar y fortalecer a sus compañeros, mientras Ethas y Frey atacaban sin descanso. Sin embargo, la orca parecía inagotable, y sus golpes estremecían a todos.

En un momento de descuido, Zarah recibió un golpe que la lanzó contra la pared. Su visión comenzó a oscurecerse, y lo último que escuchó antes de sucumbir a la inconsciencia fue el grito de Frey llamando su nombre.

Zarah despertó en una cama desconocida, con el aroma de hierbas medicinales en el aire. A su lado, Claire murmuraba una oración, mientras Ethas estaba sentado con su armadura abollada.

¿Dónde estamos? —preguntó Zarah con voz débil.

Una voz cálida respondió desde el otro lado de la habitación. Un paladín de Lathander, con vendajes cubriendo su torso, se acercó con una sonrisa amable.

Os encontré en el último momento y logré sacaros de allí. Fue un milagro que ninguno de vosotros muriera. Fuisteis mi luz allí abajo… no podía dejaros.

¿El nigromante? —preguntaron, esforzándose por incorporarse.

Ethas negó con la cabeza.

Huyó, pero no por mucho tiempo. Lo encontraremos. Esto no ha terminado.

Zarah cerró los ojos, sintiendo una mezcla de alivio y frustración. Sabía que la lucha contra la no muerte acababa de comenzar, y que las criptas de Athkatla habían sido solo el principio.​
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
Hay más “como ella”

En una zona del cementerio de Athkatla, donde la luz de la luna se colaba entre las ramas desnudas, Zarah avanzaba con pasos sigilosos, el estoque bien sujeto en su mano. Su cuerpo estaba tenso, los sentidos alerta. Había oído rumores de insepultos en la región, criaturas insaciables que se alimentaban de la energía vital de los vivos. Pero esa no era la única razón de su cautela. Había algo más en el aire, un aroma salvaje y cargado de ferocidad que la puso en guardia y desencadenó su bestia interior en una noche de luna llena.

Al alba, de entre las sombras, surgió una figura alta y corpulenta. Era un hombre de hombros anchos y mirada oscura, el cabello alborotado cayendo sobre un rostro marcado por cicatrices. Llevaba un gran hacha descansando sobre su hombro, y su postura tenía algo de animal, una fuerza latente apenas contenida.

Zarah entrecerró los ojos, sus labios apretándose en una línea fina. Entonces llegó el momento inevitable: sus miradas se cruzaron, y ambos se quedaron inmóviles, oliendo el aire casi de manera instintiva. Ahí estaba la señal inconfundible, el rastro de la bestia que compartían en sus almas. Él, un jabalí, terco y brutal. Ella, una gata, ágil y letal.

No te haré nada… ¿qué eres?—gruñó Thorn, su voz grave y áspera como las rocas que el agua no ha logrado erosionar.

Zarah no bajó el estoque, aunque su pulso se aceleró.

Algo parecido… a ti… ¿qué quieres?—inquirió, su tono frío como el filo de su arma, desconfiaba de los que son “como ella”.

Él sonrió, mostrando los dientes como si se tratara de un desafío.
Te conozco… has viajado recientemente a tierras insólitas… desconfías… cacemos esta noche y así arrimaremos posturas —respondió sin rodeos, señalando con un leve movimiento de su barbilla hacia el sendero—. Los muertos insepultosnos esperan …

Zarah no respondió de inmediato. Había algo inquietante en la calma de ese hombre, una seguridad que desafiaba su instinto de precaución. Había oído historias de los licántropos devotos de Malar, criaturas malignas que gozaban con el sufrimiento y el caos. Pero él no mostraba señales de agresión inmediata. Aun así, no confiaba en él.

Cazaremos juntos…, parece. Pero no pienses que eso nos hace aliados —dijo finalmente, manteniendo la distancia entre ambos.

Thorn soltó una carcajada seca.

Los aliados son para los débiles. Los fuertes sobreviven solos. Pero… —su voz bajó un tono, casi en complicidad— es más práctico dividir la carga cuando los enemigos son muchos.

Zarah no dejó de mirarlo, evaluándolo. Su lógica tenía sentido, aunque la idea de depender de otro, especialmente de alguien como él, le resultaba incómoda. Pero sabía que los tumularios podían ser mortales, incluso para alguien con su agilidad.

Finalmente, asintió con un movimiento brusco.

De acuerdo. Pero si intentas algo, lo lamentarás.

Thorn volvió a reír, una risa grave y burlona.

No serías la primera en intentarlo.

Juntos avanzaron en la penumbra, los pasos de Zarah apenas un murmullo mientras los de Thorn eran como el eco de un trueno lejano. El aroma a podredumbre los guio hacia un viejo cementerio, donde los tumularios vagaban, sus ojos vacíos brillando con una luz antinatural.

Zarah se movió primero, rápida y precisa, clavando su estoque en el pecho de una de las criaturas. Thorn llegó un segundo después, su gran hacha cortando en un solo golpe a otro enemigo. Luchaban como dos extremos opuestos de una misma fuerza: ella, rápida y elegante, él, brutal e imparable.

La pelea fue breve pero intensa. Cuando el último de los tumularios cayó, Zarah se apartó, limpiando la hoja de su estoque. Sus ojos se encontraron con los de Thorn, quien observaba los cuerpos con una expresión satisfecha.

Luchas bien para ser tan desconfiada —comentó él, apoyándose en su hacha.

Zarah bufó, aunque no pudo evitar una ligera sonrisa.

—Y tú eres sorprendentemente útil para ser tan insoportable.

Por primera vez, Thorn no respondió con una burla, solo inclinó ligeramente la cabeza, como un reconocimiento silencioso. En ese momento, aunque seguían siendo extraños y desconfiados, algo en el aire cambió. Una tregua, frágil como el cristal, pero suficiente para que ambos continuaran cazando juntos por esa noche.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
Bosquemaldito

Eothain, Nadja, Yrathea, Sariel y Zarah emprendieron su camino hacia el corazón del bosque, decididos a parlamentar con la semiorca líder de la tribu de los Bosquemaldito, una mujer nacida de la mezcla de sangre élfica y orca. Sus intenciones eran claras: negociar una tregua y comprender los problemas que aquejaban a los Bosquemaldito. Sin embargo, el sendero no sería fácil.

A medio camino, un grupo de orcos hostiles emergió de entre los árboles, bloqueando su paso. Estos orcos, desconfiados y agresivos, no veían con buenos ojos a los extranjeros en su territorio y se negaron a permitirles avanzar. Eothain, siempre diplomático, intentó apaciguar a los orcos, explicando las intenciones pacíficas del grupo. Sariel, palabras serenas, y Zarah, con palabras de poco acierto y miradas de desaprobación en su dirección. Yrathea, aunque algo más reservada, añadió su voz para respaldar la negociación. Sin embargo, los orcos permanecieron firmes: el paso solo sería permitido si uno de los suyos derrotaba al campeón orco en un combate singular.

Nadja, la enana alada, dio un paso al frente. Confiada en sus habilidades, aceptó el desafío. La pequeña figura de Nadja, con sus imponentes alas de dragón extendidas, contrastaba con el musculoso campeón orco. La tensión llenó el aire mientras el combate comenzaba. Nadja se movía con precisión, combinando fuerza y agilidad. Esquivando los brutales ataques del orco, contraatacó con una serie de golpes calculados que lo hicieron caer en pocos asaltos. La victoria fue rotunda, y los orcos, impresionados por su destreza, les permitieron continuar.

Finalmente, el grupo llegó a la aldea central de los Bosquemaldito, donde fueron recibidos por un anciano orco, sabio y respetado. El anciano, aunque cansado por los problemas que afectaban al bosque, los escuchó con atención. Eothain y los demás explicaron sus propósitos, pero también se interesaron por los males que sufrían los Bosquemaldito. El anciano habló de unas extrañas runas grabadas en los árboles, las cuales parecían estar drenando la vitalidad del bosque y enfermando a su gente. A pesar de sus esfuerzos, no habían podido encontrar la causa ni la solución.

Compadecidos por la situación, el grupo aseguró al anciano que buscarían una forma de ayudar. El anciano, a su vez, accedió a llevar las demandas del grupo a su líder, la semiorca de sangre élfica, quien creía tener un derecho ancestral sobre el bosque debido a su herencia. Con esta promesa, el grupo dio un paso más hacia su misión, sabiendo que el camino por delante estaba lleno de misterios y desafíos, pero también con la esperanza de hallar un entendimiento y salvar la situación actual de su destino oscuro.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
Pensamientos felinos

La brisa nocturna de Athkatla acariciaba el rostro de Zarah mientras se apoyaba en la baranda de una de las terrazas de la ciudad. Sus ojos rasgados, reflejo de su naturaleza felina, buscaban la luna, la guía eterna que había iluminado su camino desde que Selûne tocó su alma. Los tejados y calles de la ciudad mercantil parecían extenderse como un mar oscuro bajo sus pies, pero su mente estaba lejos de las intrigas y riquezas de Athkatla.

“Selûne, Madre de la Noche Plateada… ¿cómo puedo ser digna de ti?” pensó, acariciando el colgante de madera de la diosa que colgaba de su cuello. Desde que había encontrado su fe en Selûne, su corazón estaba dividido entre el fervor devoto y la inseguridad de su pasado. Una criatura a menudo temida o despreciada, ¿qué lugar podía encontrar entre los fieles de la Iglesia?

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un sonido conocido: los pesados pasos de Ruhkar. El semiogro de sangre dracónica era su protector, un muro de fuerza que jamás la dejaba caer. Con un gesto despreocupado, el gigante se acercó con un farol que iluminaba su rostro rugoso y su expresión sorprendentemente cálida.

—Camarada, no deberías perder el tiempo en dudas —gruñó con una voz grave pero tranquila, entregándole un trozo de pan con queso—. Si Selûne te puso en este camino, es porque lo puedes recorrer. Aunque a veces parezcas una gata asustada.

Zarah soltó una risa baja y tomó el pan. Ruhkar siempre encontraba la manera de sacarla de sus dilemas internos con sus comentarios bruscos pero bien intencionados.

Gracias, Ruhkar —respondió, aunque sabía que él nunca aceptaba gratitud fácilmente.

Sin embargo, había alguien más que la inspiraba más allá de Ruhkar. Sariel, la sacerdotisa de la iglesia de Selûne, era la imagen de la gracia y devoción que Zarah aspiraba a alcanzar. Recordaba cómo Sariel le había mostrado paciencia infinita durante sus primeros días en el templo, cuando no sabía cómo recitar las oraciones correctamente ni interpretar los signos que la luna revelaba en el agua bendita.

Una noche, mientras Zarah luchaba por comprender el significado de un texto sagrado, Sariel la había tomado de las manos y la miró con esos ojos que parecían albergar la misma luz de la luna.

“La perfección no es lo que busca Selûne en nosotros, Zarah. Es nuestra intención de brillar en la oscuridad lo que la complace.

A menudo esas palabras resonaban en su mente. Y aunque aún sentía que estaba lejos de brillar como Sariel, sabía que la sacerdotisa veía algo en ella que Zarah aún no podía entender.

Otro rostro surgió en sus pensamientos: Eothain, el caballero de Selûne, que la había acogido en el templo hacía ya un tiempo. Había algo imponente y sereno en él, una fuerza que no intimidaba, sino que daba seguridad. Esa persona que le instruía y sabía más de su naturaleza casi que ella misma. Durante sus rondas nocturnas en los alrededores del templo, siempre tenía palabras amables para ella, palabras que Zarah no estaba acostumbrada a recibir de alguien fuera de su reducido círculo.

“Una de tu naturaleza que busca la gracia de Selûne tiene más valor que un guerrero con una espada brillante,” le había dicho una vez, tras verla derrotar a unos bandidos con la agilidad que su naturaleza felina le daba.

Zarah sacudió la cabeza, despejando las emociones que surgían al recordar sus palabras. Había admiración, sí, pero también algo más que la inquietaba. “Concéntrate, Zarah” se dijo a sí misma. La luna estaba llena esta noche, y sus rayos de plata hacían que su cuerpo empezara a zarandearse entre estertores… dejando paso a la bestia, esto le recordaba que su propósito de controlarse y su prueba de fé aún estaban lejos de cumplirse.

Se giró hacia Ruhkar, que ya preparaba su enorme martillo, con una sonrisa apenas perceptible, Zarah se permitió un momento de paz antes de volver al trabajo y explotar su faceta más bélica.

El camino era largo, pero con camaradas como Ruhkar, Sariel y Eothain, tal vez, solo tal vez, podría llegar a ser una verdadera servidora de Selûne.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
El Arte de la Esgrima con Liliana Halendt

La arena de Agujas de Oro, con su suelo de piedra pulida y los reflejos dorados del sol, era el escenario perfecto para el entrenamiento de esgrima que Liliana Halendt ofrecía a su aprendiz, Zarah. La figura imponente de Liliana, estoque en mano, se erguía como la encarnación misma de la maestría y la precisión. A su lado, Mernalyn, otra de sus aprendices, sostenía su látigo con la misma gracia feroz que había aprendido bajo la tutela de la mentora.

Zarah, todavía insegura en sus movimientos, adoptaba la postura básica mientras Liliana recorría con calma el círculo invisible que la rodeaba.

Este círculo es tu mundo —explicó Liliana mientras trazaba con su estoque un arco elegante en el aire—. Dentro de él, eres soberana. No cedes terreno, no muestras flaqueza. Aquí decides tú, no tu enemigo.

Con un gesto firme, Liliana indicó que el combate comenzara. Zarah lanzó una estocada tímida, pero Liliana la desvió con una habilidad deslumbrante.

Demasiado lenta, Zarah. Ser uno con tu arma no es cuestión de fuerza, sino de intención. Deja que el estoque hable por ti —dijo Liliana con voz firme, devolviéndole el arma a su aprendiz.

Mernalyn, desde un costado, intervenía con consejos:

Recuerda mantener el equilibrio, Zarah. Si pierdes el control de tu base, pierdes el control del círculo.

El entrenamiento continuó durante horas, con Zarah ganando poco a poco confianza y fluidez. Liliana no dejaba pasar un solo error, pero también celebraba cada progreso. El estoque de la mentora parecía moverse como una extensión natural de su cuerpo, un ejemplo que Zarah aspiraba a igualar.

El Desafío de los Enanos

Cuando la lección básica terminó, Liliana reunió a Zarah y Mernalyn con un grupo de tres enanos que esperaban con ansias: Faurin Yunque de Piedra, un guerrero legendario con hacha y escudo, y dos enanas igualmente formidables: Nadja, la alada portadora de un martillo a una mano, y Farli, que blandía un martillo con feroz precisión.

El objetivo es sencillo —anunció Liliana, señalando a Faurin—. Todos trataremos de derrotarlo.

Zarah, Liliana y las dos enanas atacaron a Faurin con toda su fuerza y estrategia, pero el enano resultó ser una fuerza de la naturaleza. Cada golpe de su hacha resonaba como un trueno, y su escudo parecía impenetrable.

¡Más rápido, Zarah! —gritó Liliana desde la línea de combate—. Usa su peso contra él. Si no puedes romper su defensa, rómpelo a él con paciencia.

El ejercicio continuó hasta que todos estuvieron exhaustos. Aunque Faurin se mantuvo invicto, la lección había sido clara: la fuerza no siempre gana; la estrategia y la precisión son igualmente importantes.

La Cala y el Agua

Más tarde, Liliana llevó a su grupo a una cala cercana, donde las olas del mar rompían suavemente contra la arena. Allí, la mentora propuso un entrenamiento en el agua, buscando desafiar las habilidades de Zarah en un terreno inestable.

El agua te obliga a usar tu cuerpo de manera distinta —explicó Liliana—. No hay firmeza bajo tus pies, así que tu equilibrio debe provenir de tu centro.

Sin embargo, cuando Zarah vio el mar, retrocedió con pánico evidente. Liliana, aunque estricta, no era cruel.

Está bien, Zarah. Trabajaremos desde la orilla —dijo con tono comprensivo, pero no exento de determinación.

Mientras Zarah practicaba en la arena húmeda, Mernalyn se adentró en el agua, su látigo en mano, enfrentándose al desafío con valentía. Faurin y Nadja, por su parte, aprovecharon el momento para jugar en el agua, salpicándose como niños.

Zarah observó a sus compañeros desde la orilla, con sentimientos encontrados. Liliana, al verla, se acercó y murmuró:

El miedo es un enemigo como cualquier otro, Zarah. Lo enfrentas cuando estés lista, pero no lo ignores.

La jornada terminó con risas, agotamiento y la sensación de que cada uno había aprendido algo valioso, aunque por caminos distintos.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
La lucha de Zarah

La luna llena ascendía lentamente en el cielo, su luz plateada bañando la ciudad dormida y revelando el filo de un bosque que parecía vibrar con una energía ancestral. Zarah se encontraba en el borde del claro, los dedos enterrados en la tierra húmeda, los dientes apretados con fuerza. El aire parecía arder en sus pulmones mientras su cuerpo reclamaba una transformación que ella luchaba por contener.

Era un ciclo que conocía demasiado bien. Cuando Selûne, la diosa de la luna, brillaba en todo su esplendor, la sangre que corría por sus venas se encendía con un fuego indomable. La licantropía no era una maldición para Zarah. No, ella lo veía como un don. Una prueba. Selûne la había elegido por un motivo que aún no entendía del todo, pero su instinto le decía que había un propósito, que su lucha no era en vano.

Sin embargo, esa misma noche, el don amenazaba con consumirla. Las uñas comenzaban a alargarse en garras, y un rugido grave y profundo se escapaba de su garganta. Zarah sabía que estaba perdiendo el control. Si no se alejaba ahora, podría lastimar a alguien, y eso era algo que no podía permitir.

Con un último esfuerzo, se puso en pie y corrió hacia el corazón del bosque, donde el mundo se volvía oscuro y los árboles altos parecían murallas protectoras. Allí, en medio del silencio, cayó de rodillas. “Selûne” murmuró entre jadeos, mirando la luna que parecía observarla con una mirada indiferente. “Dame la fuerza para contener esto. Ayúdame a no convertirme en aquello que temo ser.”

Pero su cuerpo no escuchaba sus plegarias. El zumbido en sus oídos se intensificó, y de pronto lo sintió: la fuerza, la velocidad, el poder que su otra forma le concedía. Era tentador ceder, perderse en el instinto, pero Zarah clavó las manos en el suelo una vez más, luchando con cada fibra de su ser.

“Si me has elegido, no puede ser para destruir”, se dijo, sus palabras apenas un susurro. “Tiene que haber algo más. Esto no es un castigo, sino una tarea.”

Finalmente, cuando la transformación se completó, Zarah se encontraba sola, un felino enorme y musculoso, sus ojos brillando como dos lunas gemelas. A pesar del descontrol de su forma, algo en su interior permanecía humano, luchando contra el impulso de cazar, de dañar, de rendirse.

Selûne había depositado en ella una fuerza que no era solo física, sino también espiritual. Zarah sabía que esa dualidad la hacía única. Y mientras la noche avanzaba, ella permanecía allí, en la soledad del bosque, permitiendo que la luna la guiara sin permitir que la dominara. Era su batalla, y sabía que un día comprendería por qué la diosa de la luna la había elegido para llevar tal carga.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
Prueba de fé

En las profundidades de una vasta caverna iluminada por tenues destellos de hongos bioluminiscentes y el fulgor púrpura de un altar oscuro, Zarah, Gwen y Rukhar encabezaban una incursión desesperada contra el culto de Lolth en su prueba de fé a la dama de plata. La atmósfera era pesada, impregnada con el susurro de miles de patas arañando las rocas y los cánticos oscuros de los drows. La tarea parecía titánica, pero la fe en Selûne y Waukeen iluminaba su camino.


El asalto al altar

Zarah, se movía ágilmente entre las sombras dando órdenes… algunas de ellas erraticas, sus sentidos felinos en alerta. Con una voz firme y serena, ordenó a Eothain, Blanca y al resto que protegieran a Gwen mientras la sacerdotisa estudiaba el altar de Lolth.

—¡Nadie se acerca a Gwen! ¡Cubridla a toda costa! —dijo Zarah, mientras sus ojos felinos brillaban en la penumbra.

Rukhar, el semiogro de Selûne, aguardaba cerca, sosteniendo su martillo de guerra con fuerza. Su imponente presencia era suficiente para intimidar a cualquier enemigo que intentara avanzar. Gwen, por su parte, murmuraba oraciones, buscando debilidades en el altar corrupto de la Reina Araña.

Pronto, hordas de drows comenzaron a descender por las paredes de la caverna, acompañados por enjambres de arañas gigantes. Elrid y Sifrid, padre e hija guerreros, se lanzaron al combate con una sincronización impresionante, cortando y desgarrando con cada golpe. Rainde usaba pergaminos como si la vida dependiera de ellos, que en cierto modo… así era, Lekin conjuraba y golpeaba sin ton ni son en una batalla épica que todos recordarían. Se crearon llamas, rayos de luz y zonas de fuego que mantenían a raya a las criaturas.

Gwen levantó la voz, —Rukhar, Zarah… acercaos.— la sacerdotisa explicó que ese altar debía ser destruido, ambas mujeres miraron a Rukhar.

—¡Rukhar! ¡Hazlo! —gritó Zarah mientras cubría a Gwen con su escudo.

Rukhar asintió con un rugido y, cubierto por los ataques de sus aliados, corrió hacia el altar. Con un salto poderoso, alzó su martillo y lo dejó caer con toda su fuerza sobre la piedra oscura. El impacto resonó por toda la caverna, y grietas profundas comenzaron a extenderse por la superficie del altar.

—¡Por Selûne! —exclamó el semiogro, mientras el altar se desmoronaba en pedazos, liberando un grito agónico que parecía provenir de la misma Lolth.

El rugido de la bestia

La batalla estaba lejos de terminar. De entre los escombros del altar y huecos aledaños surgieron cientos de arañas de todos los tamaños habidos y por haber.

Zarah, viendo que el número de enemigos aumentaba sin cesar, tomó una decisión. Se apartó unos pasos y permitió que su naturaleza licántropa tomara el control. Su cuerpo se transformó en un híbrido imponente de gato y humana: garras afiladas, músculos tensos y movimientos letales. En esta forma, saltaba de enemigo en enemigo, desgarrando arañas y drows por igual con una destreza inhumana.

La Madre de todas las arañas, una criatura colosal con ojos que brillaban con malicia divina y patas tan largas como lanzas los aguardaba muy cerca a la espera de terminar con el grupo. La criatura rugió, llamando a sus últimos sirvientes para protegerla.

Eothain, caballero de Selûne, lideró la carga contra la bestia. A su lado, Arianne, obispa de Waukeen, conjuraba bendiciones que fortalecían a sus aliados. Zarah se lanzó sobre la criatura, escalando su enorme cuerpo para atacar sus ojos. Mientras tanto, Rukhar dirigía potentes golpes a sus patas, intentando inmovilizarla.

Blanca y Gwen trabajaban juntas, una lanzando oraciones purificadoras y la otra disparando rayos de energía lunar directamente al cuerpo de la criatura. Rainde y Lekin se mantenían a la distancia, canalizando toda su magia restante en un asalto implacable.

Elrid y Sifrid combatían con fiereza, bloqueando las arañas más pequeñas que intentaban interferir con el combate principal.

Finalmente, tras un esfuerzo combinado, Zarah hundió sus garras en los ojos de la criatura mientras Eothain le daba el golpe final en el abdomen, partiendo su cuerpo en dos con su espadón. La Madre de las Arañas emitió un chillido desgarrador antes de desplomarse, marcando el fin del culto de Lolth en esas tierras.

Un triunfo compartido

El silencio cayó sobre la caverna. El grupo, exhausto pero triunfante, se reunió alrededor de los restos del altar destruido. Gwen, apoyándose en Blanca, sonrió débilmente.

—Selûne nos ha guiado esta noche. Y con la ayuda de Waukeen, hemos acabado con esta amenaza.

Zarah, aún en su forma híbrida, dejó escapar un gruñido profundo, mirando a sus compañeros con respeto y gratitud.

Una vez abandonada la caverna, la luz de Selûne parecía iluminar sus pasos, una señal de que su diosa aprobaba la victoria. Allí estaba Sariel, quien prometió esperar la decisión de la diosa.

A su encuentro Zara cayó al suelo, exhausta, débil y dejando que su cuerpo volviera a su forma humana ante los ojos de todos los allí presentes. Sus ojos llenos de orgullo y cierta vergüenza por lo acontecido.

Sariel se alzó de la roca en la que reposaba, —Gwen, Rukhar y Zarah, acercaos— el trío sin dudar se acercó a la sacerdotisa de Selune. —Hoy la dama de plata os ha acogido en su iglesia, formáis parte de ella, ya no sois seres individuales, habláis por ella y la representáis… recordazlo. A partir de hoy sois nuestros hermanos.—

Tras ello solo hubo palabras de agradecimiento para todos aquellos que los habían ayudado en una prueba de fé dura, intensa y triunfal.​
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
Clases de Protocolo
La Elegancia del Felino

La luz plateada de la luna, siempre presente, iluminaba la pequeña sala donde Arianne Brillalba y Zarah estaban sentadas frente a frente. Arianne, impecable en su vestido dorado y con el porte de una dama de alta sociedad, mantenía su compostura a pesar de la postura despreocupada de Zarah, quien tenía un pie descalzo apoyado en el borde de la silla y jugueteaba con una lima mientras se hacía las uñas casi de manera compulsiva.

—Señorita Zarah —dijo Arianne, con una voz clara y pausada que transmitía una paciencia casi divina—, antes de que empecemos, hay algo que debes grabar en tu mente: en sociedad, las palabras y las acciones son tus cartas de presentación. No importa si eres una noble o vienes de los barrios bajos. Lo que digas y cómo te comportes definirá si las puertas se abren o se cierran para ti.

Zarah soltó un bufido, claramente poco impresionada. —¿Y para qué quiero esas puertas abiertas? Si me cierran una, la abro a patadas.

Arianne la miró con una ceja levantada, como si estuviera estudiando a una criatura particularmente obstinada. —Eso puede funcionar en los callejones, pero no en un salón lleno de nobles o ante Dama Gwen, quien, por cierto, cree que tienes potencial o la alta Sacerdotisa de vuestra fé, Sariel. Es mi deber hacer que otros también lo vean.

Zarah ladeó la cabeza, como un gato desconfiado. —¿y puedes enseñarme?

Para esto estamos aquí, primero, aprenderemos cómo hablar y tratar a los demás con respeto —respondió Arianne, inclinándose hacia adelante con elegancia—. Por ejemplo, jamás debes dirigirte a alguien sin usar un título adecuado. No es “Gwen”, es Dama Gwen. Si estás frente a la Alta Sacerdotisa Sariel, jamás deberías llamarla simplemente “Sariel”.

—¿Y si me olvido?
—preguntó Zarah, ladeando la cola con aire desafiante.

Entonces te corriges inmediatamente. La elegancia no significa ser perfecta, sino saber remediar los errores con gracia —explicó Arianne, enderezándose con aire orgulloso.

Zarah suspiró con resignación. —Está bien, “Dama Gwen”. Lo tengo. ¿Algo más?

Oh, hay mucho más, señorita Zarah. Pero empecemos con una regla básica. —Arianne sonrió levemente, como quien prepara una lección importante—. Si suena, huele o tiene mal aspecto, es mejor que no salga de tu cuerpo.

Zarah soltó una carcajada inesperada. —¿Qué clase de regla es esa?

Una que evita situaciones embarazosas —replicó Arianne con serenidad—. Los gatos jamás hacen algo que los haga parecer vulgares. Si alguna vez has observado a un felino, sabrás que son elegantes por naturaleza. Jamás verás a uno enredado en un escándalo, y si algo les desagrada, no pierden su dignidad: simplemente te ignoran.

Zarah se encogió de hombros, fingiendo indiferencia, pero Arianne notó cómo inclinaba ligeramente las orejas hacia adelante, interesada.

Mi madre solía decir algo parecido —añadió Arianne, con un toque de nostalgia en la voz—: Los actos son como los pedos; si los fuerzas, en muchas ocasiones sale mierda. Eso significa que no debes hablar ni actuar por impulso. Antes de abrir la boca, piensa si lo que vas a decir es necesario, elegante y útil.

Zarah se recostó en su silla, intentando procesar la idea. —¿Y qué pasa si quiero decir algo que no es elegante, pero sí necesario?

En ese caso, busca la forma correcta de decirlo. No es lo que dices, sino cómo lo dices lo que importa —respondió Arianne, con una ligera sonrisa.

Arianne se puso de pie, moviéndose con la gracia de alguien que conocía perfectamente cada uno de sus movimientos. —Ahora practicaremos un saludo. Imagina que estás entrando en una sala y está la Dama Gwen. Lo primero que harás es dirigirte a ella por si título y posteriormente su nombre o apellido.

Zarah se rascó la cabeza, visiblemente incómoda. —¿Y si no sé qué titulo tiene?

Entonces usas un saludo general respetuoso, comenzando con un título que abarque a todos. Algo como: “Buenos días Dama Gwen, o Señor Jonás, buenas tardes”. Ahora inténtalo.

Zarah carraspeó, irguiéndose ligeramente. —Buenos días Gwen, Sacerdotisa Sariel, buenas.

Arianne suspiró y negó con la cabeza. —Casi, pero no. Vamos de nuevo, señorita Zarah. Recuerda: cada palabra debe ser como un paso de un gato en un tejado, suave y preciso.

Después de varios intentos y muchas correcciones, Zarah finalmente logró un saludo perfecto:

—Dana Gwen, buena luna tengáis. —Su tono era firme y de esfuerzo evidente.

Arianne asintió con aprobación. —Mucho mejor. Con práctica, señorita Zarah, no solo dominarás estas lecciones, sino que las harás parte de ti. Y cuando lo hagas, nadie recordará de dónde vienes, sino quién eres. Ahora probemos… si alguien se os cuela en la cola… ¿cómo lo solucionaríais?
Zarah miro a Arianne con dudas, cogió aire levemente — Disculpe bella dama, su lugar está tras de mí, quizás no os hayáis dado cuenta debido a mi delgadez y por eso os hayáis colocado delante…— Arianne sonrió complacida mirando a Zarah con cierto orgullo — ¡Estupendo señorita Zarah! Habéis dejado claro que esa persona es idiota sin haberle insultado, es estupendo.—

Mientras se marchaban, Zarah iba murmurando algo sobre gatos y reglas absurdas, Arianne sonrió levemente. —Ahora podréis poner en práctica todo lo aprendido, enseñádselo a las Damas Gwen y Sariel —.

Arianne sabía que había un largo camino por recorrer, pero estaba segura de que, con el tiempo, incluso una chica de los barrios bajos podía aprender a comportarse como un verdadero felino: elegante, astuta y capaz de enfrentarse al mundo con la cabeza en alto.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
Dama de la luna de Selûne

La luna brillaba alta en el cielo, como si Selûne misma observase aquella noche tan especial para sus devotos. Zarah ajustó el colgante que Gwen le había prestado y trató de ignorar las miradas curiosas y los murmullos que acompañaban su andar por el pasillo central de la iglesia. El vestido blanco que portaba era una obra de arte, un contraste completo con las vestimentas prácticas y sencillas que normalmente llevaba. No podía recordar la última vez que se había sentido tan expuesta. Aun así, había algo dentro de ella que la impulsaba a mantener la cabeza alta y el porte digno.

A su lado, Gwen y Rukhar parecían completamente en paz. Gwen irradiaba serenidad, como si caminara al ritmo de una melodía celestial, y Rukhar, con su imponente figura, marchaba con una calma estoica que Zarah envidiaba profundamente. Pero el corazón de Zarah latía con fuerza, una mezcla de emoción, nerviosismo y algo que no podía describir del todo. Cada paso que daba la acercaba más al altar y a su destino.

Mientras avanzaban, las caras conocidas en los bancos la anclaban. Allí estaba Arianne, su maestra de protocolo, observándola con orgullo. Junto a ella, Liliana, la dura pero justa maestra de esgrima, que le había enseñado a transformar la torpeza en gracia. También distinguió a Mernalyn, Lekin, Axel y, finalmente, la figura inconfundible de Eothain, quien se encontraba junto a Sariel Shade. Su sola presencia le transmitía una sensación de seguridad indescriptible.

Cuando llegaron al altar, Zarah se detuvo frente a la Alta Sacerdotisa. La voz de Sariel llenó el espacio, envolviéndolo todo con una mezcla de autoridad y ternura. Pero Zarah apenas escuchaba las palabras. Su mente estaba en otro lugar, concentrándose en lo que diría, en lo que significaba este momento.

Finalmente, llegó su turno. Respiró profundamente antes de dar un paso adelante.

Note la luz de la luna desde bien joven, me baño todas las noches y me ha acompañado por siempre. Soy servidora de la fe de Selune por su gracia y obra... mi buen hacer, mi corazon y la paz que pueda generar a mi alrededor es por y para ella. Dama de plata, me consagro aun mas a vos, divinidad de la luna. Os servire siempre. —con una voz que parecía más firme de lo que había esperado. A medida que hablaba, sentía cómo su corazón se aliviaba de todos los temores acumulados. Cada palabra era como una ofrenda directa a Selûne, una confesión de todo lo que la había guiado hasta ese instante. Cuando terminó, el silencio fue absoluto. Sariel derramó el agua bendita sobre su frente, y entonces ocurrió algo que Zarah jamás habría esperado.

La luz de Selûne la envolvió. Era cálida, pero al mismo tiempo poderosa, y algo dentro de ella despertó. Sintió la presencia de la bestia en su interior, rugiendo, reclamando espacio en su alma. Su cuerpo cedió ante la magnitud de la experiencia, tambaleándose hacia atrás. Por un instante, pensó que caería, pero antes de tocar el suelo, Eothain estaba allí, fuerte y seguro, sujetándola.

Gracias… —susurró, apenas consciente de lo que decía, mientras él la ayudaba a mantenerse en pie.

La ceremonia continuó, pero Zarah apenas pudo concentrarse. Las palabras de Gwen y Rukhar se mezclaban con los ecos de su propia epifanía. Cuando finalmente llegó el final, y Sariel proclamó a los tres como miembros oficiales de la Iglesia de Selûne, Zarah sintió un peso enorme desaparecer de sus hombros, solo para ser reemplazado por otro diferente, el peso del deber, pero también de la pertenencia.

Sin embargo, lo más sorprendente aún estaba por llegar. Liliana se levantó y pidió la palabra. Cuando Zarah escuchó su nombre salir de los labios de su maestra, el corazón volvió a latir con fuerza. Cada palabra de Liliana resonaba profundamente, hablando de legados, de enseñanzas, de esperanza y luz.

La luz de Selune nos ha acompañado a todos los presentes en algún momento de nuestras vidas, de manera directa o indirecta, de una mano amiga o con el susurro traido por el viento. La luz de platà nos guarda y nos baña con su sabiduría y su recuerdo. El Legado es aquello que se nos enseña, aquello que nos da forma, pero no es una cadena, es un empujón en la espalda, una bocanada de aliento cuando en nuestros pulmones no queda ya aire. Erin Nymare fue ungida entre estas mismas paredes junto a los presentes, nos dejó un amplio Legado que seguir y del que aprender. —

Y entonces, Liliana la llamó al frente. Zarah obedeció, sintiéndose de repente como una niña pequeña frente a su maestra. Liliana extendió hacia ella dos armas, Avae Aegisess y Rompecorazones, y por un instante, Zarah no pudo moverse.

Dama Zarah de Selûne, acercaos. Te hago entrega de Avae Aegisess, la protectora de la alegría, porque la última de sus lecciones fue que nunca dejasemos de sonreir. Te hago entrega de Rompecorazones, porque no había enemiga más fiera en la batalla contra los enemigos que nos acechan en las sombras que Erin Nymare.

Dama Zarah de Selûne, sed digna de dichos filos. Rukhar, Gwennaelle, que el peso del Legado no os haga más que avanzar un paso más allá.
—dijo Liliana con solemnidad.

Zarah tomó las espadas con ambas manos, sintiendo el peso, no solo físico, sino emocional, de lo que significaban. Cuando levantó la mirada, sus ojos estaban vidriosos, pero no lloró. No podía permitirse llorar frente a tantas personas.

Gracias —fue todo lo que pudo decir, pero sus palabras estaban cargadas de una gratitud que iba más allá de lo que podía expresar.

El resto de la noche fue un torbellino de felicitaciones, abrazos y sonrisas. Pero en el fondo de su mente, Zarah sabía que esta ceremonia era solo el principio. Ahora, como Dama de la Luna, tenía un camino por delante, y aunque no sería fácil, tenía la certeza de que nunca caminaría sola. Selûne, y aquellos que la habían apoyado hasta ahora, estarían con ella.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
El arte de las cenas

En el salón privado del casino de Caravasar, la luz de los candelabros dorados iluminaba la larga mesa cubierta con un impecable mantel blanco. Sobre ella descansaba un arsenal de cubiertos, copas de cristal y platos colocados con una precisión milimétrica. Zarah, con las orejas de gato ligeramente alzadas en señal de nerviosismo, observaba el despliegue con la misma cautela que tendría ante una trampa bien disimulada. A su lado, Arianne Brillalba, la elegante obispo de Waukeen, se encontraba de pie, radiante en su vestido dorado que reflejaba la prosperidad de su diosa.

—Zarah, querida, si aspiras a moverte entre la alta sociedad de Athkatla, los modales en la mesa son tan importantes como las palabras que pronuncias. Recuerda, no empiezas a comer hasta que lo haga el anfitrión —dijo Arianne con voz melodiosa, mientras señalaba la silla de Zarah para que tomara asiento.

—¿Y si me muero de hambre mientras espero? —preguntó Zarah, con un tono mitad humorístico, mitad serio, mientras se dejaba caer sobre la silla, sus orejas girándose hacia adelante con curiosidad.

Arianne ignoró el comentario y continuó, colocando con delicadeza una servilleta sobre el regazo de Zarah.

La servilleta, como ves, se coloca sobre tus piernas. No es para limpiarte el hocico —añadió con una leve sonrisa al ver la expresión ofendida de la muchacha.

¿Entonces para qué sirve? —gruñó Zarah, cruzando los brazos.

Para secarte los dedos o los labios discretamente a toquecitos. Discretamente, Zarah. Aquí nadie se limpia como si estuviera en una taberna.

Arianne comenzó entonces una explicación detallada, señalando los distintos utensilios frente a Zarah.

Empiezas desde afuera y vas avanzando hacia el centro conforme llegan los platos. Este tenedor pequeño es para la ensalada, este otro para el pescado, y así sucesivamente. ¿Ves la cuchara grande? Es para la sopa, y no, no se sorbe haciendo ruido.

Zarah arqueó una ceja, sus ojos dorados brillando con incredulidad.

¿Y quién decide que haya un tenedor para cada cosa? ¿No es más fácil uno solo y listo?

Arianne suspiró con paciencia infinita.

Es cuestión de refinamiento, querida. Ahora, las copas. Esta primera es para el agua, esta para el vino tinto, y esta otra más pequeña para el vino blanco.

Zarah intentó memorizarlo, pero la información ya empezaba a mezclarse en su cabeza.

Espera, ¿y si yo quiero agua en la copa del vino?
Entonces es un insulto al anfitrión, y también a las costumbres de la casa —replicó Arianne, imperturbable.

Los de Athkatla tienen reglas para todo… —murmuró Zarah, ajustando las orejas hacia atrás en señal de frustración.

Arianne sonrió con un destello travieso en sus ojos.

Exactamente. Por eso es importante que sepas estas cosas. Ahora recuerda: no hables con la boca llena, no muerdas el pan directamente, rompe un trozo pequeño y llévalo a tu boca. Ah, y te sirven por la derecha, así que no te lances a tomar el plato hasta que el camarero se haya retirado.

Zarah se masajeó las sienes con las manos , sintiéndose abrumada.

Esto es demasiado. Soy una chica de los barrios bajos, Arianne. Si alguien pone tanta plata sobre la mesa, mi primer instinto es venderla, no usarla para comer.

La obispo soltó una risa suave y se inclinó hacia ella, tomando sus manos con un gesto de consuelo.

Lo sé, Zarah. Pero los buenos modales no son solo una máscara, son una herramienta. En una mesa como esta, diferencian a las bestias de los felinos.

Zarah parpadeó, sus orejas inclinándose hacia adelante. Una sonrisa leve, aunque resignada, cruzó su rostro.

(Bien jugado, Arianne. Bien jugado). — pensó Zarah.

Y así, la lección continuó, entre preguntas mordaces de Zarah y la paciencia infinita de la obispo, forjando en la joven algo más que modales: una nueva manera de enfrentarse al mundo.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
Luna llena en los salones de Selune

La brisa nocturna de Athkatla llevaba consigo el murmullo del puerto y el eco distante de las campanas de las iglesias. Sin embargo, en el corazón del distrito del templo, el ambiente era distinto. En el Salón de la Luna de Selûne, el aire estaba impregnado de una calma solemne y una tensión que solo aquellos que custodiaban a la joven podían percibir.

Zarah, envuelta en una túnica ligera de tonos plateados, se encontraba en el centro de la estancia principal, un espacio circular cuyo techo abovedado estaba decorado con un mosaico de la luna en sus múltiples fases. Las velas titilaban, proyectando sombras que danzaban en los muros de piedra, mientras los Caballeros de la Luna, con armaduras bruñidas que reflejaban la tenue luz, mantenían sus posiciones en los puntos clave de la sala. Aunque sus semblantes eran firmes, sus ojos traicionaban una mezcla de respeto y cautela. Ellos sabían lo que podría suceder.

Zarah estaba sentada en un cojín de terciopelo, con las piernas cruzadas y las manos descansando en su regazo. Su rostro reflejaba una intensa lucha interna. Las palabras de los sacerdotes resonaban aún en su mente: “Concéntrate en la luz de Selûne. Ella es guía y refugio en la oscuridad.” Esa noche, más que nunca, Zarah se aferraba a esa idea, luchando contra el creciente tirón de la luna llena que resonaba en cada fibra de su ser.
c5701682-33b6-45ba-81a1-62210689ab6e.jpeg

Los primeros minutos fueron esperanzadores. La joven respiraba profundamente, cerrando los ojos y repitiendo en silencio oraciones aprendidas en su entrenamiento. Las garras que sentía en su interior, arañando para liberarse, parecían retroceder por momentos. Pero la luna estaba en su cénit, y su luz, que atravesaba los cristales translúcidos del techo, caía directamente sobre Zarah como un manto que la envolvía con fuerza.

Pasaron las horas. Los Caballeros escuchaban con atención cada movimiento, cada exhalación de la joven. Hasta que algo cambió. Una exclamación apenas contenida escapó de sus labios, y su cuerpo comenzó a temblar. Zarah abrió los ojos, que ahora brillaban con un tenue destello verdoso. La calma que había logrado mantener comenzó a desmoronarse.

Es seguro aquí… —murmuró para sí misma, como si intentara justificarse—. Ellos están preparados. No hay peligro…

Y con ese pensamiento, dejó que el poder de la luna la reclamara. Los temblores se intensificaron, sus uñas comenzaron a alargarse en afiladas garras, y un gruñido gutural brotó de su garganta. La túnica se rasgó al aparecer un pelaje oscuro y espeso. Su figura se arqueó mientras su rostro adquiría los rasgos felinos de su forma licántropa.

Desde el exterior de la habitación, los Caballeros de la Luna apretaron las manos en el mango de sus armas ceremoniales. No entrarían, no mientras la joven estuviera bajo el influjo de la transformación. Pero los sonidos que surgían del interior ponían a prueba su temple: rugidos profundos que resonaban con una mezcla de furia y dolor, garras que arañaban la piedra como si intentaran escapar de un confinamiento invisible. A pesar de todo, ninguno de los guardianes se movió de su lugar. Sabían que lo mejor que podían hacer era permanecer firmes y confiar en que Zarah lograría retomar el control al amanecer.

En el interior del salón, la figura de la bestia caminaba en círculos, con los ojos resplandecientes clavados en los reflejos de la luna en el suelo. Zarah, incluso en esa forma, luchaba por mantener una chispa de consciencia humana. Rugía, pero no atacaba. Se abalanzaba, pero solo contra el vacío. La luz de Selûne parecía calmar su furia, aunque no podía eliminarla por completo.

Cuando finalmente el primer rayo del alba atravesó los vitrales, los rugidos cesaron. Lo que quedó fue un silencio profundo, interrumpido solo por el leve sonido de una respiración jadeante. Los Caballeros de la Luna, atentos, esperaron unos instantes más antes de abrir las puertas. Allí encontraron a Zarah, nuevamente humana, tumbada sobre los cojines, exhausta pero viva. Sus ojos, aunque cansados, reflejaban una determinación renovada. Había cedido al poder de la luna, pero también había logrado resistir su oscuridad. Una pequeña victoria en una batalla que sabía que libraría por el resto de sus días.
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
Cura del mal dorado

Zarah no podía evitarlo. Sus patas ligeras y su mente curiosa eran una maldición tanto como un don. Desde el momento en que pusieron pie en las ruinas del bosque Alandor, sus sentidos se aguzaron. El aire olía a misterio, a polvo antiguo y magia olvidada. Las runas grabadas en las piedras brillaban con una tenue luz que solo ella parecía notar, como si la llamaran.

Sus compañeros, nobles representantes de Selûne (Sariel, Eothain) y el Pueblo (Keira Liadon, Sylwen Galanodel y Lythana Hyluan m), discutían sobre los siguientes pasos . Pero Zarah, con el sigilo innato de una felina, ya estaba en movimiento. Una caricia suave en la piedra, un susurro bajo en su mente, y las runas cobraron vida. Para cuando el portal apareció, brillante e imponente, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

El reproche en los ojos de sus compañeros era casi tangible, pero Zarah no se detuvo. Su curiosidad la consumía, como siempre lo hacía. Cuando las fatas aparecieron, no pudo evitar maravillarse. Eran seres increíbles, danzando entre lo real y lo irreal. Una voz melodiosa propuso tres pruebas para obtener audiencia. Zarah apenas pudo contener el entusiasmo; esto era exactamente lo que amaba: desafíos, enigmas, lo desconocido.

La primera prueba, un acertijo, cayó sobre Keira. El sátiro que lo planteó era astuto, pero no contaba con la mente afilada de la elfa. “Nada.” Tan simple, tan perfecto. Zarah casi se rió al escuchar la respuesta. En el silencio que siguió, su cola se agitó con un nerviosismo inquieto.

La segunda prueba fue un deleite para Zarah, aunque no estuvo exenta de tensión. La ninfa, radiante como un amanecer, parecía querer algo más que un simple objeto hermoso; sus ojos se posaron en Zarah con una intensidad que hizo que sus orejas se erizaran. La idea de quedarse allí, en aquel lugar extraño pero fascinante, cruzó fugazmente por su mente. Pero el grupo no lo permitió. En su lugar, las elfas cantaron, sus voces tejiendo una melodía que parecía encantar incluso al bosque circundante. Zarah observó, cautivada, mientras la ninfa aceptaba la canción como tributo.

La tercera prueba fue la más desconcertante. Frente a los portales marcados como “vacío” y “sueño”, Zarah tuvo que confiar en su instinto. Aquí, las cosas nunca eran lo que parecían. El portal de “vacío” llamó su atención. Al atravesarlo, el grupo se encontró con sus propios reflejos, réplicas perfectas que parecían estudiar cada movimiento. Zarah sintió un escalofrío; no solo imitaban, sino que parecían existir con una intención maliciosa. La revelación de que eran ilusiones alivió un peso de su pecho, pero el juego no terminó allí. El portal comenzó a cambiar de posición, burlándose de ellos. Fue Sylwen quien descifró la clave: volverse invisible para burlar al engañador. Zarah no pudo evitar admirarla; los elfos tenían una gracia que ella nunca podría imitar.

Finalmente, el portal de “sueño” los llevó a un encuentro inesperado. Una Glaura les dio la bienvenida con una extraña mezcla de majestuosidad y peligro. Zarah permaneció alerta, pero la criatura no mostró hostilidad. Luego, apareció la doncella: una figura imponente, casi irreal. Para Zarah, parecía una ninfa gigante, pero algo en su presencia sugería que era mucho más. La negociación que siguió fue desconcertante; las palabras de la doncella eran como un susurro en una lengua olvidada. Zarah captó fragmentos, pero el significado completo escapaba. Sin embargo, el pacto se selló.

El frasco que obtuvieron contenía un líquido transparente, aparentemente simple, pero al sostenerlo, Sariel sintió la inmensa magia que albergaba. El “mal dorado” tendría su antídoto, pero el precio aún era un misterio. Mientras abandonaban las ruinas, el eco de las palabras de la doncella resonaba en su mente. ¿Qué favor les pediría? El grupo no lo sabía, pero una parte de Zarah esperaba que la respuesta le trajera nuevas maravillas… y quizás, nuevos problemas.​
 

Orador

Pornorroleador oldschool
Registrado
24/11/08
Mensajes
814
Caravanas de esperanza

La caravana avanzaba lentamente por el angosto sendero, su marcha pesada interrumpida solo por el crujir de las ruedas de madera y el sonido metálico de las cadenas que ataban a los prisioneros. Los guardias imperiales, alertas pero confiados, mantenían sus armas listas mientras flanqueaban las carretas. Por encima de ellos, la luna bañaba el bosque en un resplandor frío y silencioso.

Desde la espesura de los árboles, un grupo de figuras observaba en completo silencio. Eran un grupo de guerreros anónimos, un colectivo sin rostro ni identidad. Entre ellos, una figura destacaba por su agilidad y movimientos sigilosos, un híbrido de humana y felino cuyos sentidos agudos detectaban cualquier alteración en el ambiente.

Cuando llegó el momento, los asaltantes se movieron con la precisión de un solo organismo. Descendieron desde las alturas, eliminando a los guardias que custodiaban la retaguardia antes de que pudieran alzar sus escudos. Desde ambos flancos, los anónimos surgieron de las sombras, atacando con una rapidez que desorientó a los soldados imperiales.

El híbrido felino se deslizó por el campo de batalla con movimientos gráciles, atacando y desarmando con destreza. Sus sentidos le permitían anticipar cada movimiento de los guardias, moviéndose con fluidez entre ellos mientras los demás anónimos se encargaban de romper las cerraduras de las carretas.

En cuestión de minutos, el grupo de escoltas fue neutralizado. Los prisioneros, aturdidos pero esperanzados, comenzaron a ser liberados uno por uno. Los anónimos los guiaban hacia el bosque, señalando los senderos ocultos que los llevarían a la seguridad.

Sin embargo, el sonido de patas múltiples acercándose rompió el breve momento de calma. Desde la oscuridad del bosque emergieron arañas gigantes, sus cuerpos imponentes brillando bajo la luz de la luna. A su lado, un grupo de arqueros encapuchados apareció, apuntando con precisión hacia los asaltantes.

Los asaltantes se reagruparon rápidamente, formando una línea defensiva para proteger a los esclavos que aún huían. El híbrido felino, con reflejos sobrehumanos, se movía entre los enemigos, atrayendo la atención de las criaturas mientras esquivaba sus ataques. Los demás combatientes mantenían a raya a los arqueros, sus movimientos calculados y sincronizados para garantizar que el grupo vulnerable pudiera escapar.

La lucha fue intensa y prolongada, pero la determinación de los asaltantes no flaqueó, lucharon hasta su último aliento y la luz de la luna pareció abandonarlos por un instante.

Uno tras otro, los esclavos desaparecieron entre los árboles, siguiendo las indicaciones de los rebeldes.

Cuando finalmente todo acabó y sus ojos se abrieron pudieron comprobar que habían tenido éxito. Unos pocos consiguieron sacar de aquel lugar al resto, poniéndoles a todos a salvo. Varios de los asaltantes perdieron la vida para salvar la de otros. Al despertar permanecieron unos momentos en silencio, asegurándose de que su misión había sido cumplida. Después, como sombras bajo la luz lunar, desaparecieron en el bosque, dejando tras de sí un camino vacío y una esperanza renovada.​
 
Arriba