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El viento nocturno soplaba frío mientras Zarah cruzaba el umbral del templo de Selûne, una figura sigilosa y encorvada que parecía llevar consigo todo el peso de las estrellas. Sus ojos reflejaban el plateado brillo de la luna llena. Zarah, una selunita, estaba cubierta por un manto desgastado que apenas ocultaba su figura esbelta y las marcas de una vida en la intemperie.
El templo estaba bañado por una luz suave y serena, sus ventanales llenos de lunas crecientes y cielos estrellados. Un acólito, Eothian, se acercó con cautela al percibir la presencia de Zarah. Su rostro reflejaba un conflicto entre curiosidad y compasión.
—Bienvenida al templo de Selûne, señorita —dijo Eothian con voz baja, inclinándose respetuosamente—. ¿Qué te trae aquí esta noche?
Zarah levantó la cabeza, y sus ojos de pupilas rasgadas encontraron los de él. Su voz era un murmullo tímido, como si viniera de algún rincón olvidado del mundo.
—Busco… - dijo con voz entrecortada
Eothian ladeó la cabeza, intentando desentrañar las intenciones de la chiquilla, pero Zarah evadió sus preguntas con palabras cortas y ambiguas. A pesar de su silencio, sus manos temblaban, y su cuerpo, aunque erguido, delataba agotamiento. Finalmente, tras un momento de incómoda quietud, Zarah pronunció un nombre.
—Sariel. Necesito hablar con Sariel.
El caballero asintió, dando de comer a la muchacha y de beber tratando de sonsacarle para que necesitaba a la Dama, reconociendo que la sacerdotisa de la Dama de Plata sería quien pudiera desentrañar aquel misterio.
Sariel apareció al cabo de un rato, irradiando la calma que solo una devota de Selûne podía poseer. Con un movimiento de su manto plateado, condujo a Zarah a una habitación privada, donde la luz de la luna caía como un halo sobre un sencillo altar.
—Ahora estás a salvo, hija de la luna —dijo Sadriel, sentándose frente a Zarah—. ¿Qué inquieta tu corazón?
Zarah dudó, revolviendo sus pensamientos como un gato atrapado entre sombras y luz. Finalmente, habló, su voz teñida de metáforas y enigmas.
—Es como si el viento me hubiese llevado lejos de mi lugar, como una hoja seca entre adoquines. He vivido en las calles, entre los desperdicios del mundo, persiguiendo sombras y escondiéndome de las luces más brillantes. Pero ya no quiero seguir así. Siento… como si mi alma fuera un cazador nocturno que anhela algo más que la caza.
Sariel asintió lentamente, invitándola a continuar.
—Veo mi reflejo en los charcos bajo la luna y no sé si soy el gato o la luna misma. Quiero dejar las sombras, pero temo lo que soy sin ellas. Selûne me guía, pero… ¿puede darme un lugar donde pertenezca? ¿O soy condenada a vagar eternamente?
La sacerdotisa escuchó con paciencia infinita, dejando que las palabras de Zarah se asentaran en el aire.
—Selûne abraza a todos los que buscan su luz, Zarah —respondió finalmente—. Ella no te pide que niegues tus sombras, porque son parte de ti, como lo es la noche de la luna. Pero sí te ofrece un camino para encontrar equilibrio y propósito. Aquí, bajo su guía, puedes comenzar de nuevo.
Zarah asintió lentamente, sus ojos brillando con una mezcla de esperanza y duda. Había dado el primer paso hacia algo desconocido, y aunque no sabía aún a dónde la llevaría, en ese momento, bajo la mirada de la sacerdotisa y la luna, sintió que no estaba sola.
El templo estaba bañado por una luz suave y serena, sus ventanales llenos de lunas crecientes y cielos estrellados. Un acólito, Eothian, se acercó con cautela al percibir la presencia de Zarah. Su rostro reflejaba un conflicto entre curiosidad y compasión.
—Bienvenida al templo de Selûne, señorita —dijo Eothian con voz baja, inclinándose respetuosamente—. ¿Qué te trae aquí esta noche?
Zarah levantó la cabeza, y sus ojos de pupilas rasgadas encontraron los de él. Su voz era un murmullo tímido, como si viniera de algún rincón olvidado del mundo.
—Busco… - dijo con voz entrecortada
Eothian ladeó la cabeza, intentando desentrañar las intenciones de la chiquilla, pero Zarah evadió sus preguntas con palabras cortas y ambiguas. A pesar de su silencio, sus manos temblaban, y su cuerpo, aunque erguido, delataba agotamiento. Finalmente, tras un momento de incómoda quietud, Zarah pronunció un nombre.
—Sariel. Necesito hablar con Sariel.
El caballero asintió, dando de comer a la muchacha y de beber tratando de sonsacarle para que necesitaba a la Dama, reconociendo que la sacerdotisa de la Dama de Plata sería quien pudiera desentrañar aquel misterio.
Sariel apareció al cabo de un rato, irradiando la calma que solo una devota de Selûne podía poseer. Con un movimiento de su manto plateado, condujo a Zarah a una habitación privada, donde la luz de la luna caía como un halo sobre un sencillo altar.
—Ahora estás a salvo, hija de la luna —dijo Sadriel, sentándose frente a Zarah—. ¿Qué inquieta tu corazón?
Zarah dudó, revolviendo sus pensamientos como un gato atrapado entre sombras y luz. Finalmente, habló, su voz teñida de metáforas y enigmas.
—Es como si el viento me hubiese llevado lejos de mi lugar, como una hoja seca entre adoquines. He vivido en las calles, entre los desperdicios del mundo, persiguiendo sombras y escondiéndome de las luces más brillantes. Pero ya no quiero seguir así. Siento… como si mi alma fuera un cazador nocturno que anhela algo más que la caza.
Sariel asintió lentamente, invitándola a continuar.
—Veo mi reflejo en los charcos bajo la luna y no sé si soy el gato o la luna misma. Quiero dejar las sombras, pero temo lo que soy sin ellas. Selûne me guía, pero… ¿puede darme un lugar donde pertenezca? ¿O soy condenada a vagar eternamente?
La sacerdotisa escuchó con paciencia infinita, dejando que las palabras de Zarah se asentaran en el aire.
—Selûne abraza a todos los que buscan su luz, Zarah —respondió finalmente—. Ella no te pide que niegues tus sombras, porque son parte de ti, como lo es la noche de la luna. Pero sí te ofrece un camino para encontrar equilibrio y propósito. Aquí, bajo su guía, puedes comenzar de nuevo.
Zarah asintió lentamente, sus ojos brillando con una mezcla de esperanza y duda. Había dado el primer paso hacia algo desconocido, y aunque no sabía aún a dónde la llevaría, en ese momento, bajo la mirada de la sacerdotisa y la luna, sintió que no estaba sola.

