Orador
Pornorroleador oldschool
- Registrado
- 24/11/08
- Mensajes
- 814
Capítulo III - Legado de Gwen
Las estanterías de la biblioteca de los Salones de la Luna se alzaban a mi alrededor como árboles de un bosque antiguo, llenas de volúmenes cuyos lomos brillaban con reflejos plateados bajo la tenue luz de los faroles. La brisa que se filtraba por las vidrieras hacía danzar el aroma del pergamino viejo y la cera de las velas, pero, entre todos los olores, algo más llamó mi atención.
Un libro. Un simple libro encuadernado en cuero azul oscuro, con una media luna grabada en plata en su portada. Lo tomé con cuidado, y al pasar mis dedos por el relieve, un estremecimiento recorrió mi piel. Lo abrí con reverencia, y allí, en la caligrafía inconfundible de Gwenaelle, estaban los apuntes que había dejado atrás antes de partir a Arluna.
Mis manos temblaron al pasar las páginas. Allí estaban sus descripciones, sus observaciones… y mis palabras. Lo que le había contado aquella noche en la que Selûne me envolvió con su luz y mi cuerpo cambió, cuando intenté poner en palabras lo que era sentir la luna dentro de mi sangre.

—Lenah… —Mi voz fue apenas un susurro cuando me giré hacia ella, que revisaba un viejo códice en una mesa cercana.
Le tendí el libro, y su mirada celeste se iluminó al reconocer lo que sostenía. Lo tomó con cuidado, hojeando las páginas con la devoción con la que alguien tocaría una reliquia sagrada.
—Esto es justo lo que necesitábamos —murmuró, emocionada—. Con esto podré seguir el trabajo de Gwenaelle… pero creo que podríamos ir más allá.
Sus ojos buscaron los míos con determinación.
—Zarah, siempre has sido sensible a los olores. ¿Y si aprovechamos eso? Rainde y yo podríamos elaborar brebajes, tal vez ungüentos… algo que te ayude a estabilizarte en las noches en que Selûne te observa más de cerca.

Bajé la mirada hacia el libro, sintiendo el peso de sus palabras… y la esperanza que despertaban.
—Si crees que puede funcionar, lo intentaré —dije en voz baja, cerrando los dedos en torno al lomo del libro.
Lenah sonrió, y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que el don de Selûne podía ser algo más que una prueba… tal vez, con su ayuda, podría ser la gran bendición de una elegida de la dama de plata.















































