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A la luz de la Luna

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Capítulo III - Legado de Gwen

Las estanterías de la biblioteca de los Salones de la Luna se alzaban a mi alrededor como árboles de un bosque antiguo, llenas de volúmenes cuyos lomos brillaban con reflejos plateados bajo la tenue luz de los faroles. La brisa que se filtraba por las vidrieras hacía danzar el aroma del pergamino viejo y la cera de las velas, pero, entre todos los olores, algo más llamó mi atención.

Un libro. Un simple libro encuadernado en cuero azul oscuro, con una media luna grabada en plata en su portada. Lo tomé con cuidado, y al pasar mis dedos por el relieve, un estremecimiento recorrió mi piel. Lo abrí con reverencia, y allí, en la caligrafía inconfundible de Gwenaelle, estaban los apuntes que había dejado atrás antes de partir a Arluna.

Mis manos temblaron al pasar las páginas. Allí estaban sus descripciones, sus observaciones… y mis palabras. Lo que le había contado aquella noche en la que Selûne me envolvió con su luz y mi cuerpo cambió, cuando intenté poner en palabras lo que era sentir la luna dentro de mi sangre.

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—Lenah… —Mi voz fue apenas un susurro cuando me giré hacia ella, que revisaba un viejo códice en una mesa cercana.

Le tendí el libro, y su mirada celeste se iluminó al reconocer lo que sostenía. Lo tomó con cuidado, hojeando las páginas con la devoción con la que alguien tocaría una reliquia sagrada.

—Esto es justo lo que necesitábamos —murmuró, emocionada—. Con esto podré seguir el trabajo de Gwenaelle… pero creo que podríamos ir más allá.

Sus ojos buscaron los míos con determinación.

—Zarah, siempre has sido sensible a los olores. ¿Y si aprovechamos eso? Rainde y yo podríamos elaborar brebajes, tal vez ungüentos… algo que te ayude a estabilizarte en las noches en que Selûne te observa más de cerca.

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Bajé la mirada hacia el libro, sintiendo el peso de sus palabras… y la esperanza que despertaban.

Si crees que puede funcionar, lo intentaré —dije en voz baja, cerrando los dedos en torno al lomo del libro.

Lenah sonrió, y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que el don de Selûne podía ser algo más que una prueba… tal vez, con su ayuda, podría ser la gran bendición de una elegida de la dama de plata.
 

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Las Cenizas de una Estrella

No sé cuántas veces más puedo fallar.

La culpa me quema más que la fiebre de la luna.

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Caminamos por los humedales con la cautela de soldados en territorio enemigo, aunque la humedad y el hedor a sangre hicieron que mi cuerpo se tensara antes de que siquiera viéramos el primer cadáver. Rukhar también lo sintió. Lo vi olfatear el aire con ese instinto primitivo que compartimos.

Y entonces lo vi. Una aldea de hombres lagarto. El olor era insoportable: cobre y carne abierta, sangre fresca. Algo en mi interior despertó con furia. Mi mente intentó contenerlo, como siempre lo hacía. Pero el gato… el gato tenía hambre.

No recuerdo haber dado la orden. Solo recuerdo el instante en que mi cuerpo dejó de obedecerme. Mis garras rasgando la carne escamosa, mis colmillos hundiéndose en un cuello. El sabor metálico se mezcló con un rugido de guerra. Solo cuando escuché los gritos de los demás entendí lo que había hecho.

Fue rápido, pero no lo suficiente. Me alcanzaron. Una lanza se clavó en mi costado. Otra me atravesó el muslo. Caí.

Desperté con el dolor punzante y el peso del fracaso sobre mi pecho. No pude evitar la batalla. No protegí a mi gente. Solo fui… lo que siempre he sido.

Eothain no dijo nada mientras colocaba los grilletes de plata en mis muñecas. Su mirada era firme, pero no cruel. No dolieron tanto como las palabras que no dijo.

—No volverás a perder el control, cuando todo pase… te los quitaré.—fue lo único que me dijo.

No lloré. No podía darme ese lujo.

Seguimos adelante. El aire se volvió más denso, el agua hervía en un claro en medio del pantano. En su centro, una esfera roja palpitaba como un corazón. Y algo nos miraba desde el fondo. Dos ojos titilando bajo la superficie, dos luceros sumergidos en un abismo insondable.

Después… la oscuridad.

Nos engulló.

Era una criatura viva, enorme, cuyos muros eran carne y cuyas sombras susurraban. La voz nos hablaba dentro de nuestras cabezas, goteando veneno en nuestras almas.

—Fracaso. Bestia. Error.

Mi cuerpo temblaba. No de miedo. De rabia.

—Nunca serás como ellos.

Tal vez tenía razón.

El camino nos llevó hasta el corazón de la criatura. Y allí estaba lo que buscábamos: una gema roja, latiendo dentro de un monstruo de pesadilla.

Mis dedos la rozaron. Solo un instante. Solo un segundo… y se me escapó.

Otra vez.

Otra vez fui yo quien falló.

El combate fue brutal. No recuerdo mucho. Solo la furia de Rukhar, el resplandor de la espada de Lyra, los gritos de Alice y Ewan. Me levanté. Luché. Pero ya no importaba.

Lyra fue quien tomó la gema al final. No fui yo. Nunca soy yo.

Corrimos para salir, para escapar de aquella criatura que nos había tragado. Fue Eothain quien descubrió la verdad. No había que matarla. Había que curarla.

Yo no lo habría visto.

Solo sirvo para pelear.

Cuando finalmente vi el cielo otra vez, la luz de Selûne era tenue. Como si supiera. Como si me viera.

No la miré de vuelta. No merecía su luz. Solo se que la gema viajara a la abadía de Hydcont para estar cuatodiada por la iglesia de Selûne.

El capítulo de La Rosa de Plata había triunfado, una mission cumplida aunque… no gracias a mi.
 

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El Llamado de las Sombras

Siempre había creído que la luz de Selûne llegaba a todos los rincones del mundo. Pero cuando Helios y Jadzia hablaron del Páramo Sombrío, comprendí que había un lugar donde la luz apenas era un susurro, un reflejo pálido en la penumbra infinita. Un mundo de sombras, donde todo lo que existe aquí tiene su eco oscuro. Un plano paralelo, solapado con el nuestro, donde las sombras son más que simples siluetas.

Desde aquella conversación, mi sombra se convirtió en mi obsesión. Me detenía a observarla en cada momento, fijándome en cómo se alargaba al amanecer y se desvanecía con la luna llena. ¿Era solo un reflejo de mí, o tenía su propia existencia en ese otro mundo? ¿Podría alcanzarla, cruzar el velo y caminar entre aquellos que dominaban el subterfugio desde las sombras?

Mi curiosidad me llevó al Salón de la Luna, al templo de Selûne en la capital. No debería haber estado allí a esas horas, pero la necesidad de comprender me empujó a deslizarme entre los estantes de la biblioteca. Buscaba relatos, tratados, cualquier mención del Páramo Sombrío. Algunos textos hablaban de él en susurros, como si temieran darle demasiada forma con las palabras. Decían que solo aquellos con afinidad a las sombras podían moverse libremente entre los dos planos, pero… ¿y si la luz de Selûne pudiera abrir un camino?

No podía apartar la idea de mi mente. Si la luz de la luna podía atravesar la oscuridad de la noche, ¿por qué no podría hacer lo mismo con ese mundo? ¿Podría iluminarlo, convertirlo en algo más que un reflejo tenebroso? Cada noche, mientras entrenaba o meditaba, me encontraba mirando mi sombra de reojo, preguntándome si, en algún momento, ella también me miraría de vuelta.

Pronto iremos al Páramo Sombrío…
 

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Consecuencias

Los Llanos exteriores de Athkatla siempre huelen a polvo y metal. Es un hedor seco, opresivo, que me recuerda que no pertenezco aquí. No como soy en realidad.

Hoy camino con el rostro bajo, la capucha de Sophie bien ajustada sobre mi pelo oscuro. Mis ropas son simples, la tela áspera de una joven sin importancia, la clase de persona que nadie mira dos veces. Eso debería darme tranquilidad, pero en realidad, solo me hace sentir más atrapada. Más… ajena a mí misma.

Si fuera Zarah, no me escondería. Si fuera Zarah, caminaría con la cabeza alta, el paso seguro de una cazadora nocturna, los sentidos alertas y la presencia imponente de quien protege a los suyos. Pero Zarah no puede estar en Athkatla ni en sus alrededores. Aquí solo puede existir Sophie… o el gato negro que se desliza entre las sombras, invisible a los ojos de la ley.

Y cuando soy Sophie, no puedo hablar libremente... debo tener cuidado.

Aún me quema la impotencia de lo que ocurrió con Sariel y Druul. La alta sacerdotisa de Selûne estaba discutiendo con él, su voz firme, el acero de su voluntad reflejado en cada palabra. Y yo… Yo tuve que medir mis palabras y quedarme en silencio en muchos momentos…, con los puños apretados, fingiendo ser la joven tímida que nadie toma en cuenta. No pude rugir en su defensa como habría querido.

No me gusta la actitud de Druul. No porque sea un dracónido o porque practique las artes arcanas. No. No me gusta porque ha herido a los míos, a Gwen, a Sariel. Porque las palabras que cruzó con la alta sacerdotisa habrían merecido una respuesta afilada… y yo fui incapaz de dársela.

El nudo en mi estómago no ha desaparecido desde entonces. Pero ahora, hay algo que pesa más.

Liliana.

Mi maestra. Mi mentora. La mujer que me enseñó a pelear cuando aún no entendía qué significaba el instinto de una cazadora lunar. Ahora descansa en un lecho improvisado, con el brazo vendado… o lo que queda de él.

Un río de lava. Una caída. Un destino injusto para alguien como ella.

Cuando la miro, siento una rabia sorda, una furia que no sé dónde colocar. Ella dice que está bien, que vivirá, que encontrará una forma de seguir adelante. Pero yo la veo… y sé que no está bien. Sé que en su interior arde el mismo fuego de impotencia que consume mi pecho.

No puedo permitirlo. No quiero permitirlo.

Liliana me necesita.

Encontraré la manera de devolverle su brazo. No importa cuánto tenga que buscar, ni qué caminos deba recorrer.

Soy Zarah, conseguiré ese lazo dorado. Y aunque el mundo quiera que desaparezca entre las sombras, mi instinto nunca dejará de arder.
 

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Nuevos Hijos de la Luna
Lekin y Lyra

La luz de la luna llena se colaba por los altos ventanales de los Salones de la Luna, tiñendo la piedra blanca de tonos plateados. En el aire flotaba un leve aroma a incienso y cera derretida. Era una noche especial. Lo sentía en los huesos, en la piel que hervía con la tensión contenida, en el sudor frío que me recorría la espalda.

Mantenía la capucha baja, cubriéndome el rostro, mientras mis ojos de jade oscuro seguían cada gesto, cada palabra pronunciada con solemnidad por Sariel Shade. Mis manos, escondidas bajo el banco de madera en el que estaba sentada, se cerraban y abrían, como si quisieran aferrarse a algo tangible en ese mar de emociones contenidas, era noche de luna llena y no debía dejar que mi don aflorase.

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Lekin estaba de pie ante el altar, nervioso pero firme. Le conocía bien. Aquel niño sin patria, sin raíces, que había encontrado en la iglesia su hogar. Sus palabras salieron firmes, aunque cargadas de emoción:

“Os protegeré con mi vida, igual que vosotros lo haríais, como la familia que sois para mí, para este antaño huérfano sin hogar ni patria.”


El eco de su voz se extendió por la sala, y no pude evitar sentir un nudo en la garganta. Familia. Selûne nos había dado eso a todos los que éramos parias, a los que no encajábamos en ningún otro lugar.

Sariel extendió la mano y dejó caer gotas de agua plateada sobre su frente. Sentí el escalofrío recorrer mi columna. Había visto este ritual antes, pero nunca dejaba de afectarme. La Dama de la Luna nos reclamaba, nos acogía bajo su manto. Lekin se tensó por un instante, su cuerpo reaccionando a la bendición, y vi cómo Eothain alargaba las manos para sostenerle si era necesario.

Cuando se incorporó, con ese brillo nuevo en los ojos, asentí en silencio. Estaba orgullosa.

Liliana apretó mi mano con suavidad, y le correspondí con un leve apretón. Ella sabía lo que significaba para mí ver algo así, lo que significaba saber que nunca podría estar en el altar, pronunciando un juramento bajo la mirada de la Dama. No mientras mi otra mitad fuera considerada una amenaza.

El turno de Lyra llegó, y mi pecho se hinchó de orgullo al escuchar su promesa:

“Entrego mi cuerpo, corazón y alma a Nuestra Señora de Plata. Ninguna súplica de ayuda quedará sin responder de aquellos que acepten la luz de Selûne, ni ningún obstáculo se interpondrá ante mí para protegerlos.”

Mis dedos se crisparon sobre la madera del banco, y por un momento cerré los ojos. Era justo. Lyra había sido criada en la abadía, su fe inquebrantable, su destino inevitable.

“Sea entonces, Lyra Fiore, que desde hoy serás conocida al igual que tu compañero como ‘de Selûne’.”

Vi cómo las gotas de agua caían sobre su frente, cómo ella también se tambaleaba un instante, aferrándose a su voluntad para mantenerse firme. Contuve la respiración.

Sariel dio por finalizado el ritual con una palmada que resonó en la sala.

“Una vez más, desde hoy sois no solo miembros, sino hermanos y no dejaréis de serlo mientras mantengáis el corazón que tenéis ahora.”

El silencio que había mantenido la ceremonia se rompió en una mezcla de suspiros aliviados, sonrisas y abrazos. Lekin inclinó la cabeza con respeto, y Lyra compartió una mirada con él antes de esbozar una sonrisa pequeña, cansada, pero llena de significado.

Observé todo desde mi sitio, sin moverme.

No era envidia lo que sentía. No. Era algo más profundo. Algo más desgarrador.

Yo también había pronunciado un juramento bajo la luna, pero no aquí, no en un templo, no entre los míos. Lo había hecho en soledad, con la luna como única testigo, con las marcas de mi naturaleza maldita ardiendo en mi piel. Mi lealtad a Selûne era absoluta, pero la ciudad me temía. Me había condenado a las sombras, a ocultarme bajo el nombre de Sophie, cuando en verdad era Zarah, la que caminaba entre dos mundos.

Liliana susurró algo junto a mí, y giré apenas el rostro para mirarla. Su sonrisa cálida me sacó del torbellino de pensamientos oscuros.

Me obligué a sonreír, aunque fuese un gesto pequeño, efímero.

Porque al final, era cierto lo que había dicho Lekin.

Éramos familia. Y bajo la luz de Selûne, yo seguiría protegiéndolos a todos

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Tres de siete

Nunca había sentido el poder de Selûne tan fuerte como aquella noche. La luna llena iluminaba la abadía de Hydcont con una luz casi tangible, una presencia que envolvía cada rincón con su bendición plateada. No me sorprendió cuando, al cruzar el umbral, mi transformación fue inmediata. No hubo dolor, solo la certeza de que ese era mi verdadero ser bajo la mirada de la Diosa. Caminé entre mis compañeros con la elegancia de un depredador, mis garras resonando suavemente contra el suelo de piedra. Nadie me miró con miedo. Aquí, en este santuario, mi naturaleza no era un tabú, sino una manifestación de Selûne.

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Nos llevaron a la sala donde reposaban los fragmentos caídos del cielo. Siete en total, cada uno con su propio nombre y propósito: Ilkandlath, el de los licántropos; Tzvaoone, el de la revelación; Dathchant, el de la guía; Clavrellin, el de la ira; Saurmaugh, el de la muerte; Gulvrazspurn, el de la premonición y Marharrulkh, el de la guerra. Pero solo tres de ellos estaban allí esa noche: Ilkandlath, Clavrellin y Saurmaugh.
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Los demás se acercaron a estudiarlos. Vys desplegó sus alas con gracia al inclinarse sobre las piedras, su silueta recortada contra la luz de la luna filtrándose por los vitrales. Lekin, con su mente afilada, desmontaba la naturaleza arcana de los fragmentos, mientras que Nyxaria, con su enigmática procedencia netherina, observaba con una expresión que parecía más de reconocimiento que de descubrimiento. Lenah, con la serenidad de las sacerdotisas de Selûne, ayudaba a descifrar sus secretos, guiada por una intuición que solo los verdaderos devotos poseían.

Mi instinto me llevó directo a la piedra verde. Ilkandlath. Su fulgor era hipnótico, un eco de lo que yo era, de lo que siempre había sido. No necesitaba tocarla para saber que respondía a mi presencia. No era una sensación de peligro, sino de comprensión.
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Mientras tanto, las otras dos piedras, Clavrellin, de un rojo furioso, y Saurmaugh, de un plateado espectral, parecían latir con una energía propia. Fue Sariel quien, impulsada por su fe, insistió en que debíamos ver más allá. Fue Lenah quien la ayudó a hacerlo.

Cuando nos sumergimos en la esencia de Clavrellin, lo entendimos. No era solo una piedra, sino un portal. Un mundo de vacío rojo nos envolvió. Caminamos por la nada hasta encontrar La Bestia, una criatura indescriptible, un dragón hecho de carne y vísceras, cuya mera presencia despertaba un hambre primitiva en nuestras almas. Era la Ira, el espíritu atrapado en el fragmento.
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No peleamos. No hacía falta. La Bestia no era el verdadero enemigo, sino una manifestación del dolor y la falta. Lyra, con su inquebrantable fe, supo llegar al alma que dormía dentro de la piedra. Una mujer. Un ser incompleto. Y en sus palabras entendimos la verdad: los siete fragmentos no eran solo piezas dispersas. Eran parte de algo más grande. Algo que debía reunirse.

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Salimos de aquel mundo rojo con el alma sacudida, aunque no ilesos. Unos licántropos rabiosos nos atacaron al instante de regresar. La furia en sus ojos era reflejo de la piedra misma, como si hubieran sido tocados por su esencia. Pero sobrevivimos. Selûne nos protegía.

Afuera, Sariel tomó las tres piedras y las juntó. Ilkandlath. Clavrellin. Saurmaugh. Como si anhelaran estar juntas, temblaron en sus manos con violencia, una energía salvaje brotando de su núcleo. Algo despertaba. Algo que aún no comprendíamos del todo.

Pero lo haríamos. Y cuando lo hiciéramos, el destino de estos fragmentos y de quienes los buscábamos cambiaría para siempre.
 

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Gata solitaria

No debería doler tanto…

Pero duele.

Me dijeron que Gwen se había marchado a Argluna. Que la habían “llamado”. Que era algo importante. Que era parte del camino de Selûne.

Pero nadie me preguntó si yo estaba lista para perderla.

Llevo dos días sin transformarme. Ni de noche. Ni con luna llena. Ni con las voces que me maúllan desde dentro como un coro de gatos perdidos.

Quiero ser Zarah.

Y Zarah se siente sola.

Camino descalza por los pasillos plateados de los Salones de la Luna, donde todo parece susurrar su nombre. Aquí enseñó. Allí rió. En esa banca me curó una herida.

En este rincón…

Aquí lloré por primera vez delante de ella.

Recuerdo su voz —esa voz tranquila que podía calmar mis instintos salvajes con una sola palabra. Gwen no solo fue mi guía. Fue mi amiga. Mi madre de la fe. Mi guardiana en la noche cuando los temblores de la licantropía me hacían pensar que estaba maldita.

Ella me enseñó a amar lo que soy.

A entenderlo.

A estudiarlo.

Y ahora… se ha ido.

Ni siquiera me dijo adiós.

He estado leyendo sus notas. Las dejó a medias.

“El alma de Zarah parece entrelazada con su forma animal. No es una maldición. Es… algo más antiguo. Es un regalo de la dama de plata.”

Subrayado.

Repetido.

Pero sin respuesta final.

¿Por qué te fuiste, Gwen?

¿Por qué a Argluna, y por qué sin mí?

¿Acaso hice algo mal? ¿Te decepcioné? ¿Era demasiado salvaje aún para merecer tu despedida?

Me siento como una cachorra abandonada. Siento que si me transformara ahora, maullaría en vez de rugir.

Te extraño.

Te extraño con cada hueso.

Con cada pelo que me crece cuando la luna me llama.

Con cada página de tus notas que no entiendo sin ti.

Tal vez fui solo un estudio más. Un caso. Un don raro de Selûne que merecía ser observado…

Pero en lo más profundo de mi pecho, me niego a creer eso. Tú me veías. Me conocías. Me querías.

¿No es así?

Esta noche, dormiré entre tus túnicas viejas. Las que aún huelen a jazmín y tinta.

Y le pediré a la Dama de la Luna que te proteja…

Y que te haga volver.

O al menos… que te lleve mi voz.

Porque ni siquiera te despediste de mí.

Y yo no sé cómo decirte adiós.
 

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Estrellas sobre sombras

Nunca me ha gustado la ciudad. Huele a mentira, a mugre vieja y secretos mal enterrados. Pero ahí estaba, disfrazada de Sophie, con el lomo erizado. Sariel caminaba a mi lado, su armadura de sacerdotisa sonando con cada paso. Daba una imagen de calma celestial, como si no estuviéramos adentrándonos en los rincones más ruinosos de Athkatla. Yo, por el contrario, no podía evitar mirar por encima del hombro cada dos pasos. Los barrios bajos no perdonan ni a la luz de Selûne.

Los meteoritos, decían. Como los que cayeron en los llanos hace unos meses. Esta vez, habían llovido piedras incandescentes sobre las casas apiñadas, dejando grietas en los tejados y más de un alma sin hogar. Sariel, bendita sea, quería ayudar. Yo… tenía otros intereses. No era solo curiosidad felina, lo juro.

El suelo estaba caliente aún en algunas esquinas. Piedras negras, brillantes como obsidiana recién tallada, se esparcían por el empedrado. Al doblar una callejuela, nos topamos con dos figuras inconfundibles: ropajes escarlata, mirada altiva, y ese aire a poder contenido que siempre huele a problemas. Magos rojos. Uno de ellos se presentó era Obara. Intercambiamos palabras corteses, aunque no dejé de mantener la distancia.

Fue entonces cuando vi una de esas piedras a mis pies. Oscura, con vetas brillantes. Me agaché para recogerla, sintiendo cómo palpitaba, como si aún ardiera por dentro. Pero apenas rozaron mis dedos la superficie cuando una mano enguantada me la arrancó.

Una dama enmascarada. Silenciosa, rápida como una sombra. No me gustó. La increpé, sin levantar demasiado la voz, sólo lo justo para hacerle saber que no tenía derecho. Ella, en cambio, explotó. Me instó a que me marchara de los barrios bajos, que no volviera. Por una piedra. Sonreí. No fue burla, fue instinto. Cuando un animal se muestra demasiado agresivo por algo tan pequeño… significa que oculta algo más grande.

Un segundo enmascarado, un hombre esta vez, habló por fin: “Déjala. No merece la pena.” Parecía más sereno, aunque no menos peligroso. Los observé a ambos, intentando adivinar de qué cloaca habían salido. Algo se movía en esos barrios, algo más allá de meteoritos y magos rojos.

Minutos después, vi otra piedra. La recogí, por pura testarudez, por el deseo de saber qué estaban intentando ocultar. La dama volvió a perder los papeles. Esta vez su voz se elevó más, acusadora, iracunda: que me fuera, que no volviera jamás, que no era bienvenida. Yo me limité a alzar la barbilla.

—Me iré —le dije— cuando lo haga Sariel.

Entonces, decidió por nosotras. Nos declaró personas non gratas. Exiliadas de los barrios bajos, como si tuviera autoridad para tal cosa. Quise reír, pero no lo hice. En su lugar, Sariel dio un paso al frente, tan serena como siempre.

—La Iglesia de Selûne colaborará en la restauración de los barrios. Han quedado bastante destrozados.

Fue un ofrecimiento genuino, claro, pero también una piedra en el zapato de la mujer enmascarada. Él respondió con frialdad, como si su orgullo hubiese sido herido.

—Tenemos a la Iglesia de Ilmater. No necesitamos a la de Selûne.

Nos despedimos sin más. Sariel, con su calma lunar. Yo, con una sonrisa felina apenas oculta. Nos alejamos por las callejuelas resquebrajadas, con la certeza de que acabábamos de rozar algo grande, oscuro… y con la promesa, al menos por mi parte, de volver. Porque si esas piedras eran tan peligrosas como parecían… alguien tenía que descubrir por qué estaban tan desesperados por alejarnos de ellas.
 
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Don de Selûne
Esta noche hay luna llena. No una luna cualquiera: es Selûne en todo su esplendor, mirándome desde lo alto con ese brillo plateado que enciende mi alma. Siento cómo me llama. La escucho, incluso sin palabras, susurrándome que esta noche no es para el control, sino para la libertad.

Me adentro en el bosque, lejos del ruido y de las miradas. Necesito un claro donde la luz me alcance sin obstáculos, donde no haya nada que frene lo que soy. Lo encuentro: un espacio entre los árboles donde la hierba se mece como si también aguardara mi transformación. Cierro los ojos, respiro hondo. El aire está cargado de promesas.

El cambio empieza con un cosquilleo, como una corriente eléctrica suave que se enrosca por mi espina dorsal. Mi piel se estremece, el vello se eriza y mis pupilas se dilatan, absorbiendo la noche como si pudiera beberla. Mis sentidos se afinan, mi olfato se agudiza, y puedo oír el latido de la tierra. Las garras emergen de mis dedos como si siempre hubieran estado ahí, esperando el momento de salir. Un espasmo me sacude, luego otro… y mi cuerpo empieza a crecer. Me estiro, me ensancho. Los huesos crujen, los músculos se tensan, y mi forma humana se rinde ante la verdad: soy una criatura de la noche, una hija de Selûne.
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Ahora estoy erguida, pero no como antes. Soy más alta, más fuerte. Mi silueta es la de un felino bípedo, elegante, poderoso. Mis ojos brillan con la luz lunar, y cuando abro la boca, puedo sentir los colmillos listos, pero no para atacar… sino para sonreír. Porque esto, esto es lo que soy. No una maldición, no un error.

Es un regalo. Un don. Ella me eligió a mí y yo la elijo a ella esta noche… y todas las que estén por venir.

Corro.
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Lucho.
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El suelo cede bajo mis zarpas, la velocidad me llena de éxtasis. El viento acaricia mi pelaje, los árboles pasan fugaces a mi alrededor. Cada salto, cada giro, cada carrera me conecta con algo ancestral. Estoy viva. Libre. Y por una vez, no me contengo. No lucho contra lo que llevo dentro. Dejo que fluya. Dejo que el espíritu de la bestia baile bajo la luna. Que grite. Que se ría.

La luz de Selûne me baña entera y yo me dejo inundar por ella.

Esta noche no soy Zarah la que lucha. Soy Zarah la que siente. La que corre. La que ruge sin miedo.

Y juro que nunca me he sentido tan bien.

El bosque está en silencio, solo se interrumpe por un rugido ensordecedor a la luna llena de Selûne.​
 

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Antón

Nunca me gustaron las cuevas. El silencio cargado de secretos, la humedad que cala hasta el alma y esa sensación opresiva de estar demasiado lejos de la luna. Pero Selûne guía mis pasos incluso cuando sus ojos no me alcanzan, y esa noche, bajo la montaña, lo comprobé de nuevo.
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Éramos ocho. Una extraña familia de destinos cruzados: Vys, el elfo alado que parecía vivir con un pie en el aire y otro en sus pensamientos; Sariel, mi guía espiritual, alta sacerdotisa de nuestra diosa plateada, cuya sola presencia apaciguaba mi lado bestial; Jadzia, con sus ojos vacíos como el olvido y su alma tejida de sombra; Madelein, siempre discreta, pero más atenta que el ninguno; Liliana, mi antigua maestra de esgrima, ahora con una mano menos y una voluntad de hierro templada en lava; Calistia y Druul, el dracónido devoto que rugía conjuros.

Y yo. Zarah. Gato de luna, licántropo bendita por Selûne. Su garras en las sombras. Su furia contenida.

Habíamos llegado a la entrada de aquella cueva siguiendo rumores, cadáveres inquietos y el eco de un nombre: Antón. Un anciano desviacionista, encerrado en su agujero como un eremita temeroso del mundo, alzando muertos para no tener que enfrentarse a él. Asustado de la vida, convertido en pesadilla para los demás.

Nos recibió Margarita. No era humana ni muerta del todo, sino una sirviente animada, de ojos tristes y voz tan dulce que por un instante creí que podía confiar. Pero nos puso a prueba. Tres desafíos, dijo. Si queríamos ver al maestro, debíamos ganárnoslo. El miedo de Antón tenía sus guardianes.

La primera fue una Fata gigantesca. Un ser de otro plano. Nos atacó como si fuésemos juguetes rotos. No dudé. Me lancé al combate dejando que la garra emergiera. Mi forma felina estalló de mi carne, músculos tensos, ojos brillando como lunas nuevas. El resto del grupo luchaba con fiereza, cada uno en su estilo. Nada le afectaba… Y cuando por fin Sariel se dio cuenta de que era una ilusión… Jadzia la disipó, un silencio extraño nos rodeó. El combate se borraba de mi mente. ¿Acababa de luchar?

No hubo tiempo para pensar. La segunda prueba: una Banshee. Su grito nos atravesó el alma. Vi a Madelein sangrar por los oídos, a Druul tambalearse con la mirada perdida. Yo me transformé antes de perder el control. Garras, colmillos y todo el salvajismo de mi estirpe se abalanzaron sobre la espectral figura. Sentí a Selûne conmigo, protegiéndonos de la locura, del frío, del olvido. Cuando acabó, no recordábamos más que el eco de un grito… nada más.

La tercera prueba fue la más brutal. Un Balor. Sí, uno real. Acompañado de constructos. El aire olía a azufre y muerte. Sariel alzó un escudo de luz que nos salvó del primer embate. Vys cargaba con su espada, mientras Liliana, sin mano pero con alma intacta, cortaba como si el fuego le perteneciera. Yo… me entregué por completo. Rugí con todo mi ser, dejando que la bestia en mí peleara por todos. No debía morir nadie. Lo sabíamos. Era parte del pacto.

Y así fue. Todos vivos. Todos enteros. Pero sin memoria de los combates. Como si el dolor y la gloria hubiesen sido sueños. Margarita nos abrió el camino final.

Antón nos esperaba al fondo. Pequeño, encorvado, rodeado de libros, hongos, frascos y servidumbre muerta que limpiaba, cocinaba o simplemente lo acompañaba. Era un hombre tembloroso, más por dentro que por fuera. Hablamos. Le pedimos. Le rogamos, incluso. Selûne no quería su destrucción, solo su redención.

Pero los susurros empezaron. No sé si de fuera o de dentro. Algo nos empujaba a tomar justicia por mano propia. Él lo sintió. Lo notó. Y huyó con un conjuro que nadie pudo detener.

Lo perdimos. Pero no por mucho tiempo. Sabíamos que si volvía lo encontrarían los Magos Encapuchados de Athkatla. Y esta vez, no habría cueva que lo salvara.
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Salimos de allí con el peso de la victoria.

Esa noche, cuando la luna se alzó, me quedé sola, en silencio, en forma felina, mirando el cielo desde el risco. Y le pedí a Selûne que guiara a Antón… donde fuera que se escondiera.

Porque a veces, incluso los monstruos necesitan una diosa que los mire.
 

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Cartas de “amor”

La joven licántropo de gato se sienta bajo las luces de las velas, mientras Selûne entra por la ventana, con un tintero y un papiro comienza a escribir con un trazo grácil y bello.

Mi querida Gwen,

Que la bendición de Selûne te envuelva en cada paso y que su luz te guíe incluso en las noches más oscuras. Hace semanas que partiste hacia Argluna y, aunque comprendo las razones, no puedo evitar sentir el hueco que dejaste. Te echo de menos con una intensidad que no sospechaba posible. No hay día que no piense en ti, en nuestras conversaciones bajo la luna, en tus risas, en la paz que traías incluso en los momentos más difíciles.

Sabes que siempre has sido más que una amiga para mí. Eres como una hermana —como un faro cuando la luna se oculta tras las nubes. Por eso me cuesta tanto escribir estas palabras… porque junto con el cariño, ha crecido también una herida.

Me abandonaste, Gwen.

No sólo a mí, sino también al estudio de mi don. Aquel que Selûne me confió y que tú prometiste ayudarme a comprender. Tu partida fue repentina, sin aviso, sin despedida, sin una sola palabra de consuelo o explicación. Me desperté una mañana y ya no estabas. No hubo abrazo, no hubo adiós. ¿Fue miedo? ¿Falta de fe? ¿O simplemente decidiste que ya no era tu camino caminar a mi lado?

¿Acaso todo lo que compartimos fue solo parte de tu obligación como diácono? ¿Tan fácil fue para ti dejarlo atrás?

Sé que Selûne camina contigo… pero también camina conmigo. Y eso es lo que más me duele: que nuestras sendas, que parecían alineadas, se hayan separado así. Sin aviso. Sin consuelo.

Espero que vuelvas pronto, Gwen.
Y que traigas contigo no sólo palabras, sino respuestas.
Aquí estaré. Esperando.

Atentamente Zarah
Dama de la Luna
Introduce el papiro en un sobre doblado cuidadosamente, se lo entrega a uno de los caballeros de la Abadía para que lo envíen a la mayor brevedad posible.​
 

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Capítulo IV - Sujeto Z

I. Prólogo lunar

Me llamo Zarah, sierva de Selûne y portadora del don de la licantropía. No escribo estas palabras para ser admirada ni temida. Las grabo en el pergamino por la necesidad de entenderme, de desenredar esta maraña de instintos, garras, devoción y furia que llevo dentro.

Soy licántropa… pero no de lobo, como tantos temen. En mí arde la sangre de los grandes felinos: ágil, sigilosa, mortal. Una bendición —o una maldición, según los labios que lo pronuncien— que me llegó bajo la luna llena, entre rugidos y plegarias.

Desde que desperté con los ojos rasgados y el alma partida, me he dedicado a estudiar mi estado. Lo hago aquí, entre los muros de la Biblioteca de Hydcont, donde los grimorios antiguos apenas susurran sobre mi tipo de licantropía, y en los Salones de la Luna de Athkatla, donde la plata brilla más que la sangre. He hecho de mí misma mi propio sujeto de estudio. Nadie más podía —ni se atrevía.



II. El primer despertar

Mi primer cambio fue salvaje y sin control. Sentí cómo se quebraban mis huesos con el crujido seco del cambio. El mundo se volvió olfato y oído. Las palabras se volvieron rugidos. No entendía. No razonaba. Solo cazaba.

Cuando desperté, estaba desnuda en el tejado del templo de Selûne, con sangre seca entre las uñas y la garganta llena de tierra. Me arrodillé, temblando. No recé por perdón —recé por entendimiento.



III. Naturaleza del don: Lo físico y lo espiritual

La licantropía felina es una fusión entre lo salvaje y lo divino. En mi forma híbrida, con zarpas afiladas como dagas de plata y pupilas rasgadas, tengo menos fuerza pero el sigilo de un asesino, y una hambre que no es mía, pero me pertenece.

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He sentido cómo Selûne me observa desde el cielo, sin juicio, solo con compasión. Ella no me maldijo. Esta es una prueba, una senda espiritual que debo recorrer a través del instinto.

Mi estudio me ha llevado a dividir mi don en tres esferas:

1. El cuerpo – músculos, reflejos, sentidos aumentados. Todo reacciona más rápido que mi mente. Soy peligrosa en ocasiones incluso para mí misma aunque poco a poco controlo mi versión híbrida.

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2. La voluntad – es la parte más débil aún. La voluntad cede bajo la luna llena. Y es entonces cuando la bestia toma el timón.

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3. El alma – aquí vive mi fe, mi vínculo con Selûne. Ella es la única que calma a la fiera con una plegaria. Solo con devoción puedo resistir el colmillo interno.



IV. Métodos de contención y meditación.

He probado jaulas de plata. He pedido a las sacerdotisas que me aten. He meditado con la luna llena, como mi maestra de esgrima me recomendó, en el corazón del templo, rodeada de cánticos. A veces funciona. A veces no.

Mi cuerpo cambia antes que mis pensamientos, como si mis emociones activaran la transformación. Ira, miedo, deseo… son las verdaderas llaves.

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Un método que ha mostrado resultados: el Círculo Lunar de Plata, o así lo llamó yo. Me siento en el centro de un círculo hecho con belladona y amuletos de plata, y recito versos de “La Canción de la Noche Serena”. No me impide cambiar, pero me obliga a recordar quién soy durante el cambio.

*Esto es invención propia del jugador, efecto rolero sin ningún efecto real

Aún así… a veces no basta. A veces despierto entre árboles rotos. O peor… con nombres susurrados que no recuerdo haber conocido.



V. El precio de la luna

He perdido amistades. Algunos me llaman “monstruo”. Otros me evitan en los mercados. Y hay quienes quisieran cazarme, aunque me arrodille ante la estatua de Selûne cada noche.

Pero hay días… cuando la luna está menguante y mi alma se siente entera… en los que creo que esto no es un castigo. Que soy un puente entre dos naturalezas. Que Selûne me dio este cuerpo para aprender a domarlo, no para rechazarlo.



VI. Conclusión inacabada

Aún no controlo el don. Pero tampoco me rindo. Este estudio es mi mapa en la oscuridad, mi diario de travesía por una noche sin fin.

Cada luna llena es una prueba. Cada oración es un escudo. Algún día, me miraré en el reflejo plateado del altar y veré a una mujer, no a una bestia con rostro humano.

Ese día no ha llegado. Pero camino hacia él. Bajo la luz de Selûne. Siempre.​
 

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Piedras de ciudad, meteoros caidos
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La luna estaba llena. Lo supe antes de mirar al cielo. No necesitaba verla para sentirla arder en mis venas, como si cada latido quisiera hacerme estallar la piel. El campamento estaba tranquilo, demasiado para mi gusto. Incluso el viento parecía contener la respiración.

Sariel había hecho su propuesta de aventura. Lyra tranquila a su lado. Kharmin y Baldrak discutían a media voz sobre los vapores de unos gases que ni los dioses deberían oler. Yo mantenía la distancia. No hablaba. No confiaba en mi voz cuando sentía las garras queriendo asomar bajo mis dedos.

Entonces la tierra tembló.

No fue un simple estremecimiento. Fue un rugido sordo, el sonido de la propia gravedad quebrándose.

—¡Cuidado! —gritó Vys desde uno de los troncos, con su voz cortando la noche como una flecha.
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Yo alcé la vista. Piedras, enormes, brillaban con un fulgor antinatural mientras se precipitaban hacia nosotros. No ardían como fuego normal. No… ese resplandor era hipnótico. Blanco. Palpitante. Vivo.

Impactaron. El bosque gritó. Árboles partidos como cerillas, llamas bailando sobre cortezas vivas. El aire se llenó de ceniza y magia. Pero no fue el fuego lo que me detuvo.

Fue el susurro.

No tenía palabras. No venía de una boca. Venía de las piedras. De su resplandor. De su… calidez.

Me acerqué.

Todo hablaban de apagar el fuego del bosque. Esa luz… no era agresiva. No me desafiaba como la luna. No tironeaba de mi interior. Al contrario. Me calmaba.

Por primera vez en años, el ansia no me devoraba. Era… paz.

—Zarah… ¿qué sucede? —dijo Druul, su voz firme, su mirada fija. Estaba analizando. Calculando. — Esas piedras… me claman, me gustan….—.

Vys apareció a su lado, sus artefactos zumbando. —Esa magia… seduce. Está diseñada para manipular.

Y entonces… las piedras se abrieron.

Ráfagas de polvo estelar, chorros de energía púrpura, y luego, de entre las grietas, surgieron las gárgolas. No eran simples estatuas con vida. Eran pura corrupción. Energía lunar distorsionada. Garras de mármol vivo, ojos como carbones encendidos.

Rugí.
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La luna me llamó de nuevo, ahora con furia. El instinto volvió con venganza. Mis huesos crujieron, mi piel se desgarró, y el pelaje brotó como una tormenta blanca. No tenía opción. Si no luchaba, moriríamos todos.

Me lancé al combate.

Gruñí mientras rompía alas de gárgola con mis garras. Giré en el aire, esquivé mandíbulas de piedra. Vi a Lyra arremeter con su escudo envuelto en la luz de Selûne, vi a Wotan convertido en un elemental de tierra.

Y en medio del caos, los susurros no se apagaban. Seguían… dulces. Atrayentes.

Cuando la última gárgola cayó, dejé escapar un gruñido largo. Me dejé caer de rodillas. Esperé que el dolor del regreso llegara, que los huesos volvieran a su lugar, que mis manos fueran manos otra vez.

Pero esta vez… No pasó.

Todos investigaban las rocas. Muchas teorías… pocas certezas.

Algunos querían ir a esa ciudad que volaba en el cielo… otros se negaban diciendo que era una locura…

Lo que es seguro es que esto debe ser aclarado y solucionado.

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El vuelo
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Selûne me dio garras, no alas. Me bendijo con el sigilo, con el instinto, con la agudeza de los sentidos. Me dio la noche como aliada, y la sombra como refugio. No nací para flotar entre las nubes en una caja de metal y magia chirriante, fruto de la obsesión de una gnoma brillante y su marido goblin, cuya fe ciega en la ingeniería sólo se compara con su absoluta falta de miedo al desastre.

Aun así, allí estaba yo, encerrada en ese dirigible delirante, rumbo a una ciudad que flota como un cadáver sin descanso: Myth Lharast. Alguna vez refugio de los nuestros —los que cambian con la luna—, ahora sólo conserva el eco de lo que fue. Dicen que se balancea en el cielo como un anciano borracho, siempre al borde del colapso, con Amn esperando debajo.

Y allá vamos, por supuesto. Una comitiva improbable: un puñado de locos con el corazón roto, armados con sueños, cicatrices y una obstinación que a veces se confunde con coraje.

Éramos todos. Sariel, la sabia que nunca titubea. Lyra, escudo y fuerza, la que me sostiene cuando todo se tambalea. Lekin, el inventor que susurra ternura a engranajes. Druul, mirada de tormenta y fuego contenido. Vys, el elfo que parece tejido de viento y nostalgia. Sylwen, callada como la luna cuando se oculta. Alice y Ewan, soldados de Amn, los últimos optimistas. Y Liliana… mi guía, mi maestra, la voz que siempre me encuentra cuando me pierdo en mí.

El viaje fue un suplicio. No hay metáfora que suavice el asco de vomitar siete veces mientras la carcasa voladora cruje y salta como si el cielo quisiera tragársela. El aire olía a aceite quemado y magia desgastada. Cada sacudida me arrancaba un gruñido; cada nube espesa era una amenaza. Lyra me amarró al cinturón. No como advertencia. Como acto de amor.
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Y por si fuera poco, el cielo no estaba vacío. Nos emboscó la sombra. Una criatura alada, densa como la culpa, surgió del horizonte y exigió lo que Sariel protegía con la devoción de quien custodia su propio corazón. Luego, dos más vinieron. No enemigos… antiguos aliados, consumidos por la oscuridad. Nos imploraban que no siguiéramos. Nos acusaban de no ser dignos.

Ayril. Su nombre se repetía en sus gritos. En nuestras pesadillas. La sacerdotisa perdida. El amor de Eldan, el héroe que desapareció buscándola entre las ruinas. ¿Mito? Quizá. Pero el dolor que deja un mito puede ser tan real como el acero.

Al cruzar los tres anillos de asteroides —piedras suspendidas como promesas rotas—, lo supe. No con la mente. Con el cuerpo. Con el alma. Myth Lharast me llamaba. No con palabras. Con un rugido ancestral en la sangre. Un clamor que decía: salta.

Me acerqué al borde. Ojos húmedos, piel erizada. No era pensamiento. Era necesidad. Era volver a algo. Al origen. O al fin.

Lyra me detuvo. Con un golpe. Directo. Firme. Oscuridad.

Desperté en tierra. Liliana controlaba el timón con la calma de quien ya ha visto el fin. Vys tenía la cara tiznada de hollín. Lekin gritaba de júbilo entre chispas y metal. Habíamos llegado. Enteros. Casi.

Pero Myth Lharast no da la bienvenida. Solo abre las puertas. Entramos… y algo dentro de mí ya cruzó el umbral sin mirar atrás.

Yo no nací para volar.
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La mañana era gris en Kalanthyr, y los andamios crujían bajo la brisa fría que soplaba desde Murann. Zarah, envuelta en su capa de viaje, cruzó la plaza principal hasta llegar al cuartel provisional de las Fuerzas Armadas de Amn. La licántropo, orgullosa y silenciosa, aguardó hasta que el Capitán Ewan se presentó ante ella, su expresión endurecida por la desconfianza.


Zarah le recordó el acuerdo que había sellado con la comandante Zahra Al-Hakim, exigiendo con dignidad que se cumpliera la promesa hecha: ser propuesta para el Lazo Dorado de Amn a cambio de su servicio en la reconstrucción de Kalanthyr. Se ofreció como aliada, dispuesta a trabajar en lo que fuera necesario, aun sabiendo que muchos la verían siempre como una criatura peligrosa.

Ewan, aunque su mirada era gélida y su postura tensa, no rompió el juramento que Amn había dado a través de su comandante.

“El compromiso que tuvierais con la comandante será cumplido, tenéis mi palabra.”

Con esas palabras, el trato quedó sellado. Y en el aire cargado de polvo y futuro incierto, Zarah comprendió que su oportunidad, aunque vigilada y frágil, había comenzado.​

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“Hija de las Ruinas”
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Myth Lharast me abrazó antes incluso de que la viera.

Fue un susurro en mi sangre, una pulsación olvidada que despertó al primer roce de mis patas desnudas sobre sus calles rotas. Cada grieta, cada sombra temblorosa, cada soplo de viento me conocía. Me nombraba. Era como caminar en un sueño que llevaba siglos aguardándome.

Mientras los demás avanzaban con cautela, yo me adelanté, instintivamente. No era intrusa. Yo era parte de la ciudad. Su hija perdida.

Los muros desgarrados por el tiempo, los templos que lloraban su gloria pasada, las plazas silenciadas bajo capas de musgo y soledad… Todo me hablaba en una lengua antigua, demasiado vieja para ser recordada por labios humanos, pero viva aún en la memoria de los lobos, de los gatos, de la luna.

No dije nada. Solo respiré. Sentí.

Selûne me guiaba. La podía sentir en el zumbido sutil bajo mis uñas, en el eco de cada paso.

Caminamos entre ruinas… y de esas ruinas gárgolas nos atacaron y perecieron bajo nuestros aceros.
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Cuando llegamos al templo —o a lo que quedaba de él—, supe que habíamos alcanzado el corazón de Myth Lharast. Aunque los muros se hubieran desplomado, aunque la piedra estuviera rota y herida, algo sobrevivía. El Mythal.

Viejo. Cansado. Pero aún latiendo, como un anciano que se aferra a un recuerdo querido.

Eldan nos guió hasta el sótano sumergido, donde el agua oscura guardaba secretos bajo su espejo. En el centro, un estanque como una herida abierta. Nos reunimos allí: Sariel, cuyos ojos eran más lejanos que cualquier estrella; Madeleine, firme y luminosa; Druul, rugiente como una tormenta contenida; y yo, Zarah, sin saber ya si era más bestia que mujer o algo nuevo, algo olvidado.

Cada uno de nosotros cargaba una lágrima. No de tristeza, sino de memoria.
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Cuando sumergimos esas lágrimas en el agua, sentí cómo miles de voces se alzaban en el silencio, entrelazándose con nuestro rezo mudo.

Mis manos temblaban al tocar la superficie. No por miedo. Sino por reconocimiento.

Era como mirarme en un espejo que devolvía no mi reflejo, sino el de todos los que vinieron antes.

Recé. No con palabras. No.

Recé con mi sangre, con mis garras, con el pulso salvaje que rugía en mi pecho.

Rezaba a Selûne, sí, pero también a Myth Lharast. A la memoria de todo lo que había sido y de todo lo que podía ser.

A lo lejos, oía la guerra.

Vys, Lyra, Liliana, Lekin, el Capitán Ewan, la Sargento Alice… Luchaban más allá de los muros, enfrentándose a horrores que no podían —o no querían— olvidar.

Espadas chocando. Magia quebrando el aire. Garras y gritos.

Pero aquí, en este círculo de agua y piedra, el verdadero combate era contra el tiempo mismo.

El Mythal, viejo y furioso, se resistía.

Me aferré al instinto, al latido feroz de mi corazón. No lo dejaría vencer.

Cuando la última lágrima tocó el estanque, el mundo cambió.

No hubo trueno ni luz. Solo un grito de esencia, un sollozo sordo que sacudió las ruinas desde sus cimientos. El Mythal se quebró, no como un muro que cae, sino como un cristal que se disuelve bajo la nieve.

Myth Lharast cayó.

No como un castigo, sino como una liberación.

La ciudad, antaño flotante y majestuosa, derrapó en el cielo como un pájaro herido y encontró su tumba entre los picos de las Nubes, cerca de Kazhad. Una herida en las montañas.

Pero no el fin de todo.

Caí de rodillas entre los escombros, exhausta.

El aire olía a polvo, a sangre, a electricidad. Y también… a vida nueva.

Levanté la cabeza hacia la luna, blanca y eterna en lo alto. Y supe, sin necesidad de palabras, que Myth Lharast vivía en mí ahora.

Yo era su eco. Su guardiana.

No fui hecha para volar.

Pero en esa noche rota, entre ruinas y sangre, entendí:

Había nacido para caer.

Y para levantarme.

Una y otra vez.

Hasta que la luna me llamara a casa.
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Seis noches bajo la luna rota
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No sé cuánto tiempo más voy a soportarlo. No quiero dormir, pero el cuerpo es traicionero. Al final, por más que luche, los párpados ceden, y entonces… todo vuelve.

Cada noche es peor. Cada noche me encuentro más lejos de la luz de Selûne.

Primera noche.

La muerte se levanta de su cama de piedra.

No es una imagen, es una presencia. La siento antes de verla. Camino entre lápidas y ruinas, y el suelo tiembla. Algo rasga la tierra desde dentro. De entre las tumbas salen ellos: cuerpos retorcidos, ojos vacíos, susurros llenos de hambre. Me llaman por mi nombre con una voz que no tienen.

Zarah… Zarah…

Sus dedos, huesudos, gélidos, me alcanzan los tobillos. No puedo correr. No puedo transformarme. Mis patas felinas se hunden en barro frío. Me muerden, pero no me matan. No muero. Estoy condenada a vivir junto a ellos, con ellos… como ellos.

Despierto jadeando, el sudor helado. Siento que los dedos aún me rodean. Miro mis pies. Nada. Pero el miedo no se va.

Segunda noche.

Intento resistirme, pero el sueño me toma igual.

Camino por Athkatla. Soy una más entre la multitud. Sonrío. Nadie me mira. Nadie me teme. Por un momento, respiro.

Entonces un niño me señala. “¡Tiene orejas!” Grito. Me cubro la cabeza. Es tarde.

Alguien lanza una piedra. Otro, una maldición. Me gritan “bestia”, “monstruo”, “maldición andante”. Sus ojos son cuchillos. Sus manos, antorchas. Corro, pero no hay callejón que me esconda. Ya huelen lo que soy. Ya lo saben.

Despierto deseando arrancarme la piel.

Tercera noche.

Busco refugio en mi capilla. En ellos. Mis compañeros. Mi familia.

Sariel no me ve. Lekin no me escucha. Lyra me ignora. Eothain me pasa de largo. Druul ni siquiera frunce el ceño. Kizzad… su mirada pasa a través de mí como si no estuviera.

Intento hablarles. Grito. Suplico. “Estoy aquí”, digo, “soy Zarah, ¡Zarah!”

Pero estoy sola. Ellos están, pero no están conmigo. Mi voz no existe. Soy un recuerdo que ya no importa. Un error que olvidaron.

Despierto con el pecho vacío. El silencio pesa más que el grito.

Cuarta noche.

La luna no está.

Shar me habla desde las sombras. Dice mi nombre con dulzura. Dice que la luz me ha fallado. Que Selûne me castiga con miedo. Que sus brazos están abiertos.

Me tiende una túnica negra. “Aquí no hay dolor. Aquí no hay rechazo. Aquí no hay muerte.”

Solo oscuridad. Silencio eterno. Una calma venenosa. Me tienta. No grita. No exige. Solo promete.

Y por un segundo… por un terrible, débil segundo, casi la creo.

Despierto gritando el nombre de mi diosa como un ancla en el vacío.

Quinta noche.

Todo es agua.

Infinita. Silenciosa. Profunda. No hay tierra. No hay cima. No hay luna. Solo un océano que no acaba.

Nado sin rumbo. Mis patas, inútiles. Mi forma salvaje se ahoga igual que la humana. Siento el agua en los pulmones. No hay fondo. No hay arriba.

Floto. Me hundo. Floto. Me hundo.

El mar no me odia. Pero tampoco me quiere. Solo me ignora. Como lo hace el mundo.

Despierto sintiendo que aún trago agua. Que mis costillas siguen presas del frío.

Sexta noche.

Todas las pesadillas se funden.

Los muertos me siguen. La gente me grita. Mis amigos me abandonan. Shar se ríe. El mar se lo traga todo.

Estoy atrapada en una espiral de miedo. Mi cuerpo cambia sin control: humana, felina, híbrida… nada sirve. Nada me salva.

Intento rezar. Pero incluso mi fe se deshace en la lengua. Selûne no responde.

Entonces la voz aparece. No una sombra. No un enemigo. Es… mía.

“No puedes escapar de lo que eres.”

“No puedes huir de lo que temes.”

Me despierto temblando. No sé si dormí o morí un poco más por dentro. Me encojo bajo la manta. Ya no tengo fuerzas ni para llorar.

Seis noches. Seis infiernos.

¿Y si no despierto la próxima vez?

¿Y si… ya no quiero hacerlo?​
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Donde la luz no alcanza
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Nunca conocí a mi madre. Solo recuerdo las sombras de Athkatla, húmedas, frías… acogedoras, en su forma torcida. Nací en los bajos fondos, donde la luna se ve como una lágrima lejana, y los dioses —si acaso existen— suelen mirar hacia otro lado. Pero yo la vi. A ella. Una noche, cuando el hambre dolía más que de costumbre, y el miedo rondaba tras cada esquina, la luna rompió las nubes. Plateada. Serena. Como una promesa.
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No sabía su nombre, pero la sentí. Selûne.

Era solo una niña entonces. Mitad humana, mitad algo más… Mis ojos felinos brillaban en la oscuridad, mis garras eran tan útiles como peligrosas. Por eso, cuando Sariel me tendió la mano aquella noche frente al templo, esperé que la retirara al verme. No lo hizo. Ni ella, ni Eothain, el caballero de la luna. Me aceptaron. Me dieron un nombre, un propósito, un lugar. La Rosa de Plata. Un círculo de devotos, no sacerdotes. Guerreros, guardianes, servidores de la Dama de la Noche.

Aun así, nunca fui como los demás.

No podía predicar, no podía sanar con plegarias. Mi fe era silencio, sigilo, mirada atenta entre las rendijas. El abandono de Gwen, mi amiga, confidente… quien me quiso enseñar más sobre mi don… Liliana, una esgrimista de mirada afilada como su Kukri, me enseñó a moverme como el viento, a bailar entre enemigos sin ser tocada. Su entrenamiento fue brutal, pero me templó. Me hizo precisa. Elegante. Letal.

Los enemigos llegaron pronto. No muertos desafiando la pureza de la noche. Fatas oscuras tejiendo engaños. Caminé por el Plano Sombrío, donde las sombras respiran y susurran tus temores. Me enfrenté a horrores que no tienen nombre ni rostro. Y en todo ese tiempo, la luz de Selûne me acompañó, no como un faro… sino como una brasa oculta bajo la piel.

Fue allí, entre la penumbra, donde sentí mi llamado verdadero.

No para brillar. Sino para ser puente. Ser sombra entre sombras. Aprendí a bailar entre los pliegues de la oscuridad, a usarla, a sumergirme en ella sin perderme. Me convertí en una Danzarina Sombría. Un ser entre planos, entre luces, entre naturalezas.

No lo hice para mí. Lo hice por Ella.

Selûne no necesita más altares. Ella necesita ojos donde no puede ver, pasos donde su luz no llega. Yo soy esos ojos. Esos pasos. Esa voluntad entre tinieblas.

Muchos aún desconfían de mi sangre felina, de mis métodos. Me importa poco. Yo sé lo que soy:

La garra que caza en la noche.

La sombra que lleva luz en el pecho.

La hija sin templo que baila para la Dama de la Noche.

Y bailaré. Hasta que no quede oscuridad donde su luz no alcance.​
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La muerte de la no muerte
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El hedor a podredumbre se sentía incluso antes de divisar las primeras siluetas errantes. Desde las colinas al norte de Nashkel, la sombra de la ciudad caída —Myth Lharast— aún manchaba el cielo. Selûne me guía, pensé, sintiendo cómo la presencia de la diosa vibraba en mis venas. Mi corazón latía con fuerza; la sangre de la bestia hervía bajo mi piel, pero no era furia lo que me dominaba. Era deber.​
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Nos congregamos en silencio, una docena de almas decididas. Zahal con su mirada fija, Sariel con sus labios sellados por oraciones antiguas. Vys y Kharmin compartían un gesto de camaradería silenciosa. Lyra afilaba su acero con la calma de quien ya ha hecho las paces con la muerte. Sylwen, Kyathel, Loreliel… nombres que el mundo tal vez no recordará, pero que yo no olvidaré jamás.

El combate fue brutal. No hay necesidad de contar cómo cada uno se enfrentó a la marea impía; bastará decir que dimos todo. Mi cuerpo fue herido, mi alma zarandeada, pero no cedí. No podíamos ceder. Había demasiado en juego.​
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Lo que sí me cuesta olvidar —lo que aún amarga mis recuerdos— fue la retirada de Obara y su séquito de magos rojos. Hombres y mujeres de gran poder, que podrían haber inclinado la balanza. En lugar de eso, se marcharon envueltos en sus capas perfumadas, tan llenas de hechizos como de arrogancia. Los vi alejarse entre la bruma, la espalda recta, el corazón ausente. Aquel acto de retirada no fue estrategia. Fue desdén. Fue cobardía.

Pero no los necesitamos.

Porque vencimos. La no muerte fue repelida. La amenaza se disolvió como niebla al sol. Cuando al fin cayó el último de los espectros, el silencio fue casi sagrado. Me arrodillé sobre la tierra ensangrentada, levanté el rostro al cielo, y le di gracias a Selûne por guiarnos una vez más por la senda de la luz.

Hoy Nashkel duerme segura. Pero yo sé que otras sombras vendrán. Y cuando lo hagan, volveré a estar lista.​
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Shadowfell
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Nunca olvidaré cómo el aire se volvió denso cuando cruzamos por completo el umbral a Shadowfell. La luz era un concepto lejano en aquel lugar. Incluso la esperanza parecía apagarse. La desazón era la sombra que nos acompañaba constantemente, más tenaz que cualquier criatura que nos emboscara desde los bordes del camino. Pero a pesar del temor, seguimos. No vinimos hasta aquí para regresar con excusas. Vinimos a cazar a un dragón.

Sariel, siempre recta, siempre luminosa incluso en la penumbra del olvido, encabezaba el grupo con su fe inquebrantable. Eothain, firme como una muralla, caminaba a su lado, cada paso como un golpe de martillo contra la desesperación. Vys flotaba como una esperanza inalcanzable, alas desplegadas y mirada de águila. Keira Lía, siempre un poco apartada, como si prefiriera la compañía de los árboles a la de las personas, nos protegía con una mirada fría y certera. Silwen y Nyxaria caminaban silenciosas, sombras entre sombras, letales y esquivas. Kharmin… bueno, él seguía siendo él, incluso allí, en lo peor. Su risa sucia era una rareza en aquel mundo gris. Seguía con sus chistes malos y comentarios sobre su trasero… y gritos de batalla con tintes divertidos.
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Odié cada segundo del trayecto. Agua estancada, lodo hasta los muslos, humedad constante, cosas pegajosas en mis patas y en mi pelaje. Un asco. Ni siquiera podía limpiarme sin ensuciarme de nuevo. Y, por si fuera poco, la oscuridad era tan densa que incluso mis ojos felinos luchaban por encontrar formas entre las sombras.

Y entonces lo hice. Tuve “una de mis grandes ideas”. Inserté mi estoque en las aguas negras, dejando que su tenue luz —bendecida por Selûne— brillara como un faro. Y claro, en un plano donde la oscuridad lo devora todo, ¿qué hace una chispa de luz sino gritar: “¡Aquí estamos!”?

Vinieron. Todos. Criaturas deformes, hambrientas de vida y de luz, que no conocían miedo ni cansancio. La batalla fue un desastre. El barro nos tragaba los pies. Los hechizos rebotaban en las sombras como si no tuvieran fuerza. Me lancé con mis garras, pero por cada enemigo abatido, dos más aparecían. Me culpé en silencio, y aunque nadie lo dijo… lo vi en sus miradas. Fue por mí. Sobrevivimos, pero el precio fue alto. No heridas físicas, sino algo peor: la fe tambaleante en mí misma.

Avanzamos por fin hasta el corazón del pantano, donde la niebla se volvía densa como el aceite, y el aire olía a muerte. Y allí estaba.

La figura surgió entre los vapores como una pesadilla que toma forma. Gargantuesca. Afilada. Majestuosa y monstruosa al mismo tiempo. No necesitó advertencias. Simplemente nos atacó, como si hubiéramos invadido su propio corazón. Y quizás lo habíamos hecho.
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La batalla fue un caos. Rayos, fuego, sombra. La tierra temblaba bajo sus zarpas. Salté, corrí por su lomo, clavé mis garras en su carne dura como la piedra. Mordí, giré, esquivé. Mi cuerpo rugía con la fuerza de la luna llena, aunque ésta no nos acompañara en ese lugar olvidado por los dioses. Escuchaba los gritos, las órdenes, los conjuros… pero no me detuve. Era instinto puro. Era furia. Era redención.
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Porque esta vez no me permitiría fallar. Esta vez no sería yo quien los llevara al borde del abismo.

Y si tenía que morir por ello, lo haría rugiendo.​
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