
Los Llanos de Athkatla no eran un lugar para sanar. Pero aquella vez no había tenido elección.
Cuando Shelyan abrió los ojos en el hospicio, apenas comprendía dónde estaba. El cuerpo entero le dolía. Tenía el rostro convertido en un mapa de heridas, la ceja partida, el pómulo amoratado, la nariz rota y aquella enorme mordedura que descendía desde la mandíbula hasta el hombro derecho. Respirar dolía. Moverse dolía. Incluso permanecer quieta parecía exigirle un esfuerzo descomunal.
Los sanadores hicieron cuanto pudieron. Limpiaron sus heridas. Cerraron las que podían cerrarse. Redujeron la inflamación y trataron de contener la fiebre. Y recurrieron a la belladona. Shelyan la detestó desde el primer momento.
No era solo el sabor amargo ni el olor desagradable que dejaba en la habitación. Era la manera en que su cuerpo parecía rechazarla, como si cada dosis fuese una nueva batalla. Después de tomarla llegaban las náuseas, los temblores y un malestar profundo que la dejaba exhausta.
Pero la tomaba. No porque fuese fácil. Sino porque quería vivir.
Durante la primera semana, la enfermedad alcanzó su punto más cruel. Las heridas comenzaron a supurar un líquido extraño, plateado y brillante, que parecía reflejar la luz incluso en la penumbra del hospicio. Los sanadores limpiaban una y otra vez aquellas secreciones, pero al poco tiempo volvían a aparecer.
Entonces llegaban los espasmos. Violentos. Repentinos. El cuerpo de Shelyan se arqueaba sobre el lecho mientras músculos y huesos parecían intentar recordar una forma que ya no sabían adoptar. Sus manos se crispaban. La espalda se tensaba hasta hacer crujir las articulaciones. Los dedos se cerraban con tanta fuerza que las uñas se clavaban en las palmas.
Era como si algo dentro de ella tratara de transformarla. Y otra cosa se lo impidiera. Cada intento terminaba en dolor. Un dolor profundo, casi insoportable, que recorría su cuerpo como fuego bajo la piel.
La ponzoña seguía allí. No había desaparecido con la mordedura. Había echado raíces.
La segunda semana fue distinta.
El dolor físico comenzó a ceder, pero su mente se convirtió en un campo de batalla. Shelyan dejó de dormir.
Cuando conseguía cerrar los ojos, soñaba con fauces enormes, ojos ambarinos que la perseguían. Creía ver cosas que no existían. Solo pensaba en cazar. Siempre cazar. Despertaba sobresaltada, con el corazón desbocado y las garras fuera.
Aquellos sueños no parecían pertenecerle. Había algo profundamente ajeno en ellos. Una llamada constante hacia la manada, hacia el grupo, hacia una forma de caza que chocaba con todo aquello que había aprendido a ser. Por las noches se volvía inquieta. Huraña. Sus sentidos parecían buscar enemigos incluso dentro del hospicio. Un ruido tras la puerta podía hacerla incorporarse de golpe. Una sombra al otro lado de la ventana bastaba para erizarle la piel.
A veces bufaba a quienes se acercaban demasiado. Otras veces se quedaba mirando la oscuridad durante horas.
Y algunas noches, sin saber por qué, de su garganta escapaba un aullido débil. Bajo. Doloroso. Extraño. Después permanecía en silencio, confundida por su propio sonido. El ronroneo parecía haberse perdido. También el sosiego.
La tercera semana trajo consigo una calma mucho más preocupante.
Shelyan dejó de luchar. No porque hubiese vencido. Sino porque su cuerpo se quedó sin fuerzas. El letargo se apoderó de ella.
Dormía durante horas y, cuando despertaba, parecía necesitar todavía más descanso. Sus movimientos se hicieron lentos. Sus extremidades pesadas.
Entonces comenzó a perder el pelaje. Primero fueron unos pocos mechones. Después, pequeños grupos que quedaban sobre las sábanas cada vez que se incorporaba. Finalmente, mechones enteros.
El oscuro pelaje que había acompañado durante tanto tiempo sus transformaciones comenzó a desaparecer, dejando al descubierto una piel grisácea, enfermiza, casi cenicienta. Aquello la aterrorizó más que las heridas. Porque no reconocía aquel cuerpo. Y tampoco reconocía ya sus propios sentidos.
El mundo, que durante años había sido un lugar lleno de matices, se volvió insoportable. El sonido de una puerta cerrándose podía provocarle una migraña. Una bandeja cayendo al suelo la obligaba a llevarse las manos a la cabeza.
Los olores fuertes le revolvían el estómago. El humo, las hierbas medicinales, la comida demasiado condimentada… todo parecía demasiado intenso.
La gata de Amn, aquella que había aprendido a vivir de sus sentidos, caminaba ahora dentro de un mundo ensordecedor y apestoso.
Y aun así, poco a poco, empezó a mejorar. No de golpe. No de manera milagrosa. Simplemente dejó de empeorar.
Los espasmos se hicieron menos frecuentes. La fiebre descendió. Las heridas comenzaron a cerrarse. El líquido plateado desapareció de sus bordes. El cuello dejó de arder. La respiración dejó de ser una tortura. Pero sanar no significaba estar preparada para volver al mundo. Y Shelyan lo sabía. O debería haberlo sabido. Porque mientras todavía se encontraba débil, llegó la noticia de Púrskul.
Había problemas en la región. Ataques. Desapariciones. Hombres-bestia. Una manada de hombres-lobo acompañada de trols del bosque.
Y una serie de acontecimientos demasiado extraños para ignorarlos.
Shelyan no necesitaba escuchar mucho más. Y Gwenaelle le había encomendado ir, y eso es lo que iba a hacer.
Había algo en aquellas noticias que le resultaba insoportablemente familiar. La misma amenaza que había estado persiguiéndola desde aquella cueva.
Así que, contra todo criterio, decidió marcharse.No fue sola. El grupo estaba formado por Liam, Kennan, Suilion y Brizaelinth.
Juntos partieron hacia la región con la intención de investigar, no de buscar una batalla.
Pero Púrskul tenía otros planes. Encontraron aldeas que apenas comenzaban a recuperarse de los ataques. Lugares donde el miedo había echado raíces. Supervivientes encerrados tras puertas atrancadas. Familias que desconfiaban incluso de aquellos que llegaban ofreciendo ayuda.
Encontraron también los restos de una atrocidad cometida por cinco hombres y una mujer que habían llegado a la zona haciéndose pasar por refugiados. Y después aparecieron los rastros.
Hacia el oeste. Hacia el noroeste. Demasiadas huellas. Demasiados caminos. Demasiada actividad para tratarse de simples bestias errantes.
Más adelante encontraron una cueva.
El rastro desaparecía detrás de una gran roca, como si alguien hubiese querido ocultar deliberadamente el acceso.
Y entonces el ambiente cambió. El aire se volvió espeso. Turbio. Había olor a sangre.
Una tormenta comenzó a formarse sobre ellos y la lluvia cayó con un sabor extraño, salado, casi antinatural.
En las profundidades encontraron una cámara enorme. Figuras. Grandes siluetas. Hombres-bestia.
Entonces una trampa sonora rompió el silencio. El eco se extendió por la cueva. Y las criaturas despertaron. No hubo tiempo para combatir. Solo para correr.
Durante la retirada, el grupo alcanzó de nuevo el abismo. El tronco podrido que habían cruzado anteriormente seguía allí, suspendido sobre la oscuridad. Esta vez no hubo magia que facilitara el paso. Shelyan decidió cruzar.
Su cuerpo todavía no estaba preparado. Su equilibrio tampoco. Un paso. Otro. Y entonces el tronco cedió. La gata cayó. El mundo desapareció bajo sus pies.
El golpe contra el fondo fue brutal. El dolor regresó de golpe, como si aquellas tres semanas de recuperación jamás hubieran existido. Mientras el resto contenía a un enorme hombre-jabalí que intentaba impedirles llegar hasta ella, Brizaelinth descendió.
La encontraron inmóvil. Sangrando. Con el cuerpo roto una vez más. La sacaron de allí. La reanimaron.
Pero esta vez las heridas superaban incluso sus capacidades de sanación. Shelyan volvió a perder el conocimiento. Y cuando finalmente abrió los ojos, no había cueva. No había hombres-bestia. No había tormenta. Solo el techo del hospicio.
Otra vez. La misma habitación. Las mismas paredes. El mismo olor a hierbas.
Durante un instante pensó que todo aquello había sido una pesadilla. Pero el dolor le recordó la verdad. Había vuelto a caer. Había vuelto a empezar.
Sin embargo, esta vez algo era diferente. Su cuerpo ya había aprendido a sobrevivir. La primera recuperación le había enseñado a resistir la fiebre. La segunda, a soportar el miedo.
Ahora tendría que aprender a levantarse después de haber sido rota otra vez.
Durante días permaneció inmóvil. Después comenzó a sentarse. Más tarde consiguió ponerse en pie. Unos pasos. Solo unos pocos. Pero cada uno de ellos era una victoria.
El pelaje todavía no había regresado por completo. Los sentidos seguían siendo débiles. Las noches continuaban llenándose de sueños de cacerías que no reconocía. A veces despertaba con un aullido atrapado en la garganta.
Otras noches buscaba instintivamente una manada que no existía. Pero debajo de todo aquello seguía estando ella.
Y quizá aquella fuese la verdadera razón por la que la ponzoña no había conseguido destruirla. Porque la herida podía abrirse. El cuerpo podía caer. Los sentidos podían apagarse. Incluso la mente podía perderse entre pesadillas.
Pero había algo que la criatura de aquella cueva no había conseguido arrancarle. La voluntad de volver a levantarse.
Una vez más. Y otra. Hasta que algún día pudiera caminar sin sentir dolor.
Hasta que el mundo dejara de rugirle en los oídos. Hasta que el olor de la lluvia volviera a ser agradable. Hasta que su pelaje regresara. Hasta que la noche dejara de traerle lobos.
Y hasta que aquella voz interior que insistía en llamar a la manada comprendiera, finalmente, que Shelyan no pertenecía a nadie.
Ni siquiera a la bestia que había intentado reclamarla. La luna seguía allí arriba. Y, aunque todavía no podía verla con claridad desde aquella cama, Shelyan sabía que continuaba brillando. Esperándola.
Como siempre.
