Novedades

A la luz de la Luna

Orador

Copia de fichas de Kronos
Registrado
24/11/08
Mensajes
868
Ambar sobre Gris
IMG_7364.png
​
Los Llanos de Athkatla tenían esa extraña costumbre de reunir a quienes jamás deberían cruzarse. Aquella noche, sin embargo, yo no era Zarah.

Era Rosselyn, escolta personal del magistrado Heny Tane. Espalda erguida, mirada serena y una paciencia que había aprendido a fingir con los años. Mi verdadero rostro permanecía enterrado bajo modales impecables y un nombre prestado.

Entre los puestos encontré a Ariane Brillarlba, atendiendo sus mercancías, con Liam, el peliblanco, vigilando sus alrededores. Cerca estaban la dama Madeleine, inseparable de su señor, la maestra Jadzia, de la Arcanum, y otros tantos rostros que poblaban el bullicio nocturno.

Tras las compras y las cortesías de rigor, el magistrado me concedió la noche libre.

Me despedí de Liam con una sonrisa, aunque algo en sus ojos me hizo vacilar.

Ámbar. Un fulgor diminuto, casi imperceptible. Pero yo conocía demasiado bien aquel color para ignorarlo. Durante un instante, el pasado arañó las puertas de mi memoria.

—Tienes unos ojos preciosos —le dije, dejando la frase suspendida entre nosotros como una invitación o una advertencia.

Me alejé sin mirar atrás. No tardó en alcanzarme. Sus dedos se cerraron alrededor de mi brazo y me condujo hacia un callejón, lejos de las miradas indiscretas. No opuse resistencia. A veces, para descubrir qué esconde un depredador, basta con permitirle creer que lleva la iniciativa.

Hubo sonrisas, provocaciones y roces calculados. Un juego de miradas, alientos y silencios. Después, un beso ardiente quebró cualquier fingimiento. Mis dientes encontraron su labio y una gota de sangre selló el instante.

Su sabor me habló de una verdad que las palabras jamás habrían confesado. Liam dejó de preguntarse qué había visto en mí. Su instinto tomó las riendas.

Pero fui yo quien empezó a observarlo de otra manera. Porque aquellos ojos no solo escondían un secreto.

Lo reconocían. Y mientras me apartaba de sus labios, comprendí que quizá no había sido yo quien había encontrado una presa aquella noche.

La verdad estaba cerca. Demasiado cerca.

Y, bajo mi nombre falso, la gata acababa de despertar.​
IMG_7363.png​
 

Orador

Copia de fichas de Kronos
Registrado
24/11/08
Mensajes
868
Aguja y el precio de una vida
IMG_7364.png​
En los bajos fondos de Amn aprendí pronto que los nombres son monedas y la confianza, una deuda que casi siempre se cobra con sangre. A mí me llaman Aguja. Un apodo apropiado: pequeña, discreta y capaz de encontrar el hueco exacto por el que hacer daño.

Aquella noche no caminaba sola.

Mercer, la Rata Coronada, abría camino junto a Sombra, nuestra incorporación más reciente, de quien todavía sabía poco. Migajas, veterano de manos diestras; Sand, mi vieja sombra; Azzo, el conseguidor, con su garfio y su delgado; Eclipse, conocedor de los secretos que se pudren entre las cofradías; Ambar, una mujer que parecía leer cosas que los demás ni siquiera sabíamos preguntar; y Livae, un mediano, el más diestro cerrajero. Una compañía peculiar, incluso para mí.​
​
Nuestro destino era una mansión. Allí retenían al hijo de Arkeus, un hombre al que conocí durante aquella subasta infame donde se comerciaba con trolls, gnolls, trasgos y otras criaturas. Él también era prisionero, aunque sus cadenas fueran invisibles: obedecía porque tenían a su hijo.​
​
No hay grilletes más crueles que el amor.

Encontramos un vigía trasgo cerca de la propiedad. Mercer se acercó y, con un movimiento tan limpio que apenas vi la hoja, lo dejó muerto sin apenas derramar sangre.
da95c336-8c82-4300-844f-72c20575056f.jpeg
La mansión nos aguardaba.

Una ventana en el segundo piso ofrecía nuestra entrada. Mientras otros recurrían a la fuerza o a la magia, yo trepé por la fachada como una gata por un tejado. Ligera. Silenciosa. Elegante. Sentí las miradas de mis compañeros a mi espalda, pero no me detuve a disfrutarlas.

Dentro, avanzamos hacia el sótano. Una tabla crujió bajo una bota inoportuna. No señalaré culpables; las sombras tienen sus propias leyes. Un trasgo asomó la cabeza. No nos vio. Cuando se volvió, mi hoja le abrió la garganta. La sangre ahogó cualquier grito. Sombra se ocupó del siguiente.

Uno, dos, tres, cuatro pasos. Otro vigía. Otra muerte.

Yo solo pensaba en el muchacho. En cuánto tiempo llevaba encerrado. En qué le habrían hecho para mantener sometido a su padre. Había visto demasiadas veces cómo los poderosos convertían a los inocentes en herramientas. Aquella noche no permitiría que otro niño terminara siendo una mercancía más.

Entonces apareció Arkeus. Livae estuvo a punto de confundirlo con una amenaza, pero el hombre logró explicarse. Nos entregó una llave y nos habló de un conjuro que lo mantenía prisionero de la mansión. Su hijo debía de estar abajo.

Descendimos.

Y allí encontramos algo que no pertenecía al mundo de los vivos. El combate fue brutal, una danza de acero y terror en la que cada error podía costarnos el alma. Sand destruyó finalmente el prisma que sostenía a aquella abominación. El espectro se deshizo y, tras él, encontramos al niño.

Pero la libertad tenía una trampa: unas runas grabadas en su piel alertarían a sus captores si abandonábamos la casa con él. La magia nos ofreció una salida. Intercambiamos su presencia por la de un trasgo y conseguimos escapar sin despertar la alarma.

Después llegó el intercambio. Arkeus nos esperaba con un carro cargado de mercancía, cerca de Crimmor. No hubo grandes discursos ni promesas solemnes. Solo un padre recuperando a su hijo.

Me quedé observándolos un instante, desde la distancia.

No soy una heroína. No busco canciones, estatuas ni bendiciones. En mi mundo, la bondad suele ser una debilidad que otros aprovechan.

Pero aquella noche no robé oro, ni secretos, ni favores.

Aquella noche robé un niño de las manos de quienes creían poseerlo.

Y si alguien pregunta por qué Aguja se jugó el pellejo por un desconocido, que mire a cualquier padre abrazando a su hijo y trate de encontrar una respuesta mejor.

Hay cosas que ni siquiera los bajos fondos deberían vender.

Y hay agujas que, de vez en cuando, sirven para coser lo que otros se empeñan en desgarrar.

Offtopic :
Gracias @DM Artyom por la escena, fue un lujo.

Gracias a todos los que asistieron, sois unas máquinas.
IMG_7363.png​
 
Última edición:

Orador

Copia de fichas de Kronos
Registrado
24/11/08
Mensajes
868
El templo que no existe
IMG_7364.png​
Nunca he confiado del todo en los lugares que aparecen en los mapas. Las calles tienen demasiados ojos, las tabernas demasiadas lenguas y los templos demasiados fieles convencidos de que sus dioses son los únicos que merecen ser escuchados. Sin embargo, existen lugares que no necesitan figurar en ningún mapa. Lugares a los que no se llega por accidente, sino porque alguien ha decidido que mereces conocer el camino.

Mercer, la Rata Coronada, me condujo a uno de ellos.

Lo seguí sin hacer preguntas. Vi cómo se aproximaba a las sombras proyectadas por las columnas y desaparecía tras ellas, deslizándose por una trampilla que conducía a las entrañas de Athkatla. No vacilé. Si algo había aprendido desde que llegué al Río, perdida y sin rumbo, era que las mejores oportunidades rara vez se anunciaban a plena luz del día.

Descendimos. El aire cambió primero. Después, los sonidos. La ciudad quedó atrás, sustituida por el murmullo del agua, el aliento húmedo de la piedra y ese silencio particular que solo existe en los lugares donde nadie debería encontrarse.

No había señales que anunciaran su existencia, ni puertas monumentales que invitasen a entrar. Aquel santuario simplemente estaba allí, oculto bajo el mundo que los demás creían conocer. Un secreto entre secretos, reservado para quienes sabían dónde buscar.

—Dejad un cobre —indicó Mercer.

Me acerqué al altar y deposité la moneda con suavidad.

—El tributo al Padre de todos los Ladrones —añadió.

No pregunté quién era. Todavía no.

Lo seguí por una galería donde descansaban cuadros, reliquias y obras de arte que, a juzgar por su exquisita disposición, habían pertenecido a personas que jamás imaginaron volver a verlas. Algunas piezas eran hermosas. Otras, extraordinarias. Todas tenían algo en común: alguien había sido lo bastante audaz como para arrebatárselas al mundo.

—¿Os gusta el arte? —preguntó Mercer.

Contemplé las pinturas. —Me despierta curiosidad. Aunque casi todo me despierta lo mismo.

Soltó una sonrisa bajo su máscara.

—La curiosidad mató al gato y encerró al ladrón. Dichos populares. Para mí, simples calumnias.

—Los gatos se comen a las ratas
—repliqué entre risas.

No pareció ofendido. Al contrario, aquella pequeña insolencia pareció divertirle.

—La curiosidad, querida pupila, es el motor de toda ambición. Nos empuja a perseguir secretos, a abandonar lo conocido y a preguntarnos qué existe detrás de cada puerta cerrada. Sin ella, nos conformaríamos con las migajas que el mundo arroja a nuestros pies.

Sus palabras encontraron acomodo en algún rincón de mi mente.

Yo sabía demasiado bien lo que significaba vivir con poco. Conocer el hambre, la necesidad, la desconfianza. Saber que algunos nacen con todas las puertas abiertas mientras otros deben aprender a forzarlas para sobrevivir.

Mercer lo sabía también. —Nosotros no hemos nacido para conformarnos, Aguja.

Me observó con una satisfacción discreta, como si contemplase el resultado de una obra en la que había invertido tiempo y paciencia.

—He visto cómo habéis cambiado desde aquella primera vez que os encontré deambulando por el Río. Ya no camináis como una muchacha amedrentada. Vuestros pasos son más firmes. Vuestra presencia, más segura.

Me quité los guantes y comencé a arreglarme las uñas, ocultando una sonrisa.

—Aprendo del mejor, mi señor Mercer.

—Eso espero.


Recordó entonces nuestro trabajo en la mansión. Los objetivos eliminados, las decisiones difíciles, las acciones que otros habrían condenado sin detenerse a comprender sus motivos. Habíamos hecho lo necesario para devolver a un padre aquello que más amaba: su hijo secuestrado.

Ni la guardia, ni las órdenes de caballería, ni aquellos que pronunciaban discursos sobre la virtud habían conseguido lo que nosotros logramos.

—Somos nosotros quienes nos quedamos con los resultados —sentenció—. No debéis nada a nadie, salvo a vos misma.

Aquella frase me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Pensé en quienes juzgaban sin conocerme. En quienes habrían visto mi naturaleza y decidido qué merecía antes de escuchar una sola palabra. Pensé también en los trasgos, en lo que me habrían hecho de haber descubierto lo que escondía bajo mi piel.

Mercer no necesitó preguntarme en qué estaba pensando.

—En el mejor de los casos, habríais tenido una muerte rápida. En el peor, os habrían convertido en el juguete de algún poderoso, una criatura exótica encerrada para su entretenimiento.

Mis dedos dejaron de moverse. No me gustaba imaginarlo. Tampoco me gustaba que tuviese razón.

—Ayer vuestros pasos no fueron escuchados y vuestro filo fue certero en la oscuridad —continuó—. ¿Por qué creéis que fue?

Alcé la mirada.

—Os diría que porque soy buena en lo mío, pero sospecho que no es la respuesta que buscáis.

—Sois buena en lo vuestro.


Mercer se detuvo ante un busto de extraña factura. Una mitad representaba un rostro masculino; la otra, uno femenino. Un velo parecía dividirlos y unirlos al mismo tiempo.

—Hay quienes veneran la guerra. Otros se arrodillan ante la riqueza. Y no faltan quienes confunden la justicia con la obediencia ciega. Yo he aprendido a respetar aquello que rara vez recibe plegarias.

Contemplé la escultura.

—Las dos caras de una misma moneda —murmuré.

Él asintió.

—La astucia, la discreción y el arte de tomar aquello que el destino niega a los necios. ¿Qué sería del mundo sin quienes saben abrir una puerta sin derribarla? ¿Sin quienes descubren una verdad sin arrancarla a la fuerza? ¿Sin quienes cambian el curso de los acontecimientos con un gesto que nadie llega a advertir?

No respondí.

Por primera vez desde nuestra llegada, dejé de prestar atención a mis uñas.

Había algo en aquellas palabras que reconocía como propio. Algo que llevaba conmigo mucho antes de conocer a Mercer, antes de aprender a manejar una hoja con precisión, antes incluso de comprender que mis instintos podían ser una ventaja en lugar de una condena.

Él no estaba intentando enseñarme a ser otra persona.

Estaba dándome un nombre para aquello que ya era.

Me hizo una seña para que lo siguiera.

Avanzamos entre estandartes oscuros, figuras veladas y símbolos que parecían observarnos desde las paredes. Allí, bajo la piedra, la oscuridad no era una ausencia de luz. Era una presencia. Una voluntad discreta que parecía respirar con nosotros.
​
—Hay un nombre que merece ser pronunciado con respeto —dijo Mercer—. Un nombre que pertenece a quienes viven entre secretos, a quienes encuentran caminos donde otros solo ven muros.

Se volvió hacia mí.

—El Señor de las Sombras. El Padre de todos los Ladrones. El custodio de aquello que los demás prefieren mantener oculto.

Sentí que mis pupilas se dilataban. No por miedo. Por reconocimiento. Mercer señaló el colgante que llevaba consigo y después extendió una mano hacia los estandartes.

—Su manto nos oculta cuando el mundo nos busca. Su senda guía a quienes saben moverse sin ser vistos. Decidme, Aguja… ¿existe criatura más apropiada para comprenderlo que una hija de la noche como vos?

Guardé silencio.

Me había pasado la vida aprendiendo a desaparecer. A esconder mis intenciones detrás de una sonrisa, a escuchar lo que otros decían cuando creían que nadie prestaba atención, a deslizarme por lugares donde mi presencia no era bienvenida. Había aprendido a sobrevivir convirtiéndome en algo que los demás no podían atrapar.

Y, sin embargo, jamás me había detenido a pensar que aquello pudiera tener un significado más profundo.

—Sois el sigilo, la astucia —continuó—. Una sombra fugaz que deja a los necios preguntándose si alguna vez estuvo allí. Habéis perfeccionado vuestros talentos, pero nunca habéis rendido homenaje a aquello que mejor comprende su naturaleza.

Sus palabras me envolvieron como un manto.

No me exigía arrodillarme. No me pedía que entregase mi voluntad ni que aceptase una verdad por el simple hecho de que alguien la proclamara sagrada.

Eso fue lo que más me sorprendió.

—No quiero siervos temblorosos —dijo, como si hubiese adivinado mis pensamientos—. Quiero socios. Personas capaces de caminar a mi lado, comprender el código y tomar sus propias decisiones cuando yo ya no esté.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—La información vale más que el acero, Aguja. Un secreto puede detener ejércitos enteros. Una palabra bien pronunciada puede derribar un reino. Y un solo movimiento, ejecutado en el instante adecuado, puede cambiarlo todo.

Bajé la mirada hacia mi sombra.

Por un instante, juraría que titiló a mis pies.

Como si hubiese escuchado.

Como si hubiese reconocido aquellas palabras antes que yo.

Mercer me ofreció entonces una elección. Detrás del santuario aguardaban montones de oro y joyas. Una fortuna capaz de comprar comodidades, seguridad y quizá hasta una pequeña porción de libertad. Pero, junto a aquella riqueza, descansaba otro tesoro: unas botas que habían pertenecido a una ladrona audaz, una mujer que había recorrido tejados y atravesado puertas que otros consideraban inexpugnables.

—Por vuestro desempeño en la mansión —explicó—. Podéis escoger entre un cofre lleno de oro y joyas, o estas botas. Pero antes de aceptar, deberéis revelar un secreto ante el altar.

No necesité demasiado tiempo para decidirme.

Las oportunidades son caravanas que solo pasan una vez. Al menos, eso me habían dicho. Y yo no había llegado hasta allí para dejar que una de ellas se marchara sin mí.

Señalé las botas. El sumo sacerdote, observó mi elección con una expresión que no supe interpretar. Me acerqué a él, sintiendo el peso de las miradas sobre mi espalda.

Había llegado el momento de pagar el precio. Me incliné hacia su oído y susurré mi secreto.

El secreto quedó entre nosotros, depositado en aquel santuario como una moneda en un pozo profundo. No supe si el sacerdote consideró suficiente mi confesión, pero no hizo preguntas. Y agradecí que así fuera.

Mercer asintió.

—El tributo ha sido entregado.

Recogí las botas y las sostuve entre mis manos. Eran más que una recompensa. Representaban una posibilidad, una senda que aún no conocía y que, sin embargo, ya deseaba recorrer.

Entonces Mercer me pidió que repitiera sus palabras. Lo hice.

—El manto de la noche nos cubre. El silencio es nuestro paso, el secreto nuestra llave. Donde otros ven muros, nosotros hallamos caminos.

Su voz se volvió más profunda, casi ceremonial.

—El azar favorece al necio; la astucia protege al discreto. Que nuestras manos sean hábiles, nuestros ojos despiertos y nuestras voluntades libres.

Repetí cada frase con cuidado.

No sabía si estaba pronunciando una plegaria, aceptando una enseñanza o cruzando un umbral del que no podría regresar siendo exactamente la misma. Quizá las tres cosas.

Mercer alzó la voz ante el altar.

—¡Recibe mi ofrenda! ¡Mi secreto y mi mayor ambición para hacerlo realidad!

Después me indicó que hiciera lo mismo.

Respiré lentamente.mY hablé. No sentí que renunciara a mi voluntad. Tampoco que una fuerza invisible se apoderase de mí. Lo que sentí fue algo mucho más sutil: la extraña certeza de estar nombrando una parte de mí misma que hasta entonces había permanecido sin rostro.

Mis palabras se perdieron entre las piedras. El lugar no respondió.

O, al menos, no de una forma que pudiera comprender.

Mercer señaló de nuevo el busto de las dos caras.

—Honradlo, Aguja. Haced sonreír a ambos rostros. Por cada secreto compartido y cada botín arrebatado a quienes jamás echarán en falta lo que poseen, estaréis un paso más cerca de vuestra ambición.

—Así sea, mi señor Mercer.


Entonces pronunció unas palabras en una lengua que no conocía.

Y desapareció.

No hubo estruendo ni destello. Simplemente dejó de estar allí, como si la oscuridad hubiese decidido reclamarlo.

Permanecí inmóvil unos instantes, con las botas entre las manos y la mirada fija en el lugar donde había estado.

No me sorprendió escuchar su voz poco después. Llegó desde algún punto imposible de localizar, un susurro que parecía nacer de las mismas sombras.

—Cazad las ratas que rondan las afueras del templo que no existe. Sentíos libres. Maullad a la noche… y después, volved a caminar por ambas caras.

Asentí. No necesitaba más instrucciones. Me interné en las cloacas y dejé que mi cuerpo recordase lo que mi mente llevaba tanto tiempo perfeccionando. La piel cambió. Los músculos se tensaron. La criatura que habitaba bajo mi apariencia humana despertó con una facilidad que me arrancó una sonrisa.

La noche me recibió con su aliento húmedo.

Y las ratas acudieron a mí sin saber que la muerte ya había aprendido sus caminos.

No hubo piedad. No aquella vez. Me lancé sobre ellas, una tras otra, guiada por el instinto y por aquella nueva certeza que se abría paso en mi interior. Mis rugidos retumbaron por las galerías subterráneas de Athkatla, quebrando el silencio y haciendo temblar el agua estancada.

Cuando la última criatura cayó, me detuve.

El pecho me subía y bajaba con violencia. Mis garras estaban manchadas y mi sombra se extendía sobre la piedra, larga y oscura.

Entonces escuché una última vez la voz de Mercer.

—Los favores de quienes saben honrar la noche jamás carecen de un rincón donde desaparecer.

Hizo una pausa.

—Volved al templo oculto cuando lo necesitéis. Sus muros guardarán vuestro secreto y sus puertas estarán abiertas para vos.

Bajé lentamente la cabeza.

—Hasta la ladrona más escurridiza merece un lugar al que regresar —susurró.

No respondí. No porque no tuviera palabras, sino porque, por una vez, no necesitaba pronunciarlas. Solo un rugido ensordecedor llenó las cloacas de Athkatla.

Mi cuerpo comenzó a recuperar su forma humana. El pelaje se replegó bajo la piel, las garras desaparecieron y el rugido se convirtió en una respiración tranquila. Me ajusté la ropa, recogí las botas y contemplé mi reflejo deformado en el agua.

Seguía siendo Aguja.

La misma mujer que había entrado en aquel templo siguiendo a un hombre enmascarado. La misma que había entregado un secreto a cambio de una promesa y escogido unas botas en lugar de una fortuna.

Pero algo había cambiado.

No sabía si había encontrado un dios, una filosofía o simplemente una nueva manera de comprender el mundo. Tampoco estaba segura de querer averiguarlo demasiado deprisa.

Quizá esa fuera la primera lección.

No todas las verdades deben descubrirse de inmediato. Algunas se observan desde lejos, se rodean con paciencia y se desvelan solo cuando llega el momento oportuno.

Me alejé por los túneles con una sonrisa oculta bajo la máscara.

A partir de aquella noche, cada puerta cerrada sería una pregunta. Cada sombra, una posibilidad. Y cada secreto, una moneda que podría decidir cuándo gastar.

Porque había lugares que no existían para el mundo.

Y, sin embargo, yo ya sabía cómo regresar a uno de ellos.​
attachments_1716207371241-png.png
Offtopic :
Gracias @KapilloGremlin por el escenon
​
IMG_7363.png
 

Orador

Copia de fichas de Kronos
Registrado
24/11/08
Mensajes
868
Infra​
IMG_7364.png
Descender a la Infraoscuridad jamás podía considerarse un paseo agradable, aunque nuestra travesía fue, si cabe, tranquila. Todo lo tranquila que puede ser una marcha hacia las entrañas del mundo, donde la oscuridad respira y cada sombra esconde una muerte dispuesta a reclamarte.

Éramos cuatro: Eclipse, Ámbar, Veneno y yo, Aguja. Nuestro destino era un templo de Lolth, la diosa tejedora, cuya crueldad solo rivalizaba con la de sus devotas. Allí aguardaba alguien del pasado de Veneno: aquella que antaño lo había mantenido encadenado, reducido a poco más que un perro.

Si descubrían nuestras intenciones, conoceríamos el infierno antes de morir.

A las puertas del templo nos interceptó una sacerdotisa drow. Veneno tomó la iniciativa, enredándola con mentiras mientras los demás buscábamos el modo de escabullirnos. Ámbar, invisible, avanzaba sin dificultad; Eclipse, en cambio, tropezó.

El ruido quebró el silencio.

La sacerdotisa volvió la cabeza. Eclipse reaccionó con un golpe seco en su nuca, aturdiéndola. No le di tiempo a recuperarse. Mi estilete, fino como una aguja, trazó cuatro laceraciones sobre su cuerpo. La sangre salpicó mi máscara mientras la drow caía entre estertores. Una menos para la reina de las arañas. Mire a Eclipse con desdén, este asintió haciéndome entender que ella me hubiera hecho algo peor.

Nos apropiamos de sus vestiduras. Ámbar adoptó el porte de una sacerdotisa; yo vestí como una humilde acólita. Eclipse… bueno, digamos que su disfraz femenino era una visión digna de los bardos. Veneno, por su parte, se convirtió en nuestro esclavo, un perro destinado al sacrificio.

Y así cruzamos las puertas. Dentro, entre columnas negras y plegarias susurradas, la vimos. La mujer que había encadenado a Veneno pasó a nuestro lado sin reconocernos. Corrimos tras ella, con el corazón golpeándonos las costillas.

Veneno la quería viva. Pero la venganza tiene dientes, y la razón, límites. Cuando la alcanzamos, su estoque atravesó a la drow. La mujer se desplomó, inerte, y el silencio duró apenas un latido.

Después llegaron los gritos. Los fieles de Lolth no perdonarían semejante sacrilegio. Apreté mi estilete, miré a mis compañeros y eché a correr.

Habíamos descendido al reino de las arañas para saldar una deuda. Ahora debíamos escapar de sus redes.

Y que Lolth maldijera nuestros nombres.
IMG_7363.png​
 

Orador

Copia de fichas de Kronos
Registrado
24/11/08
Mensajes
868
M A E V E​
IMG_7364.png

Los Barrios Bajos siempre habían tenido un aroma particular: humedad, miseria y secretos. Sin embargo, aquella noche, a la luz de la fogata y mientras me preparaba para seguir a Azzo, la vieja sombra, sentía que me adentraba en algo mucho más profundo que las entrañas de Athkatla.

Antes de partir, lo vi intercambiar unas palabras con Eclipse. Me mantuve a una distancia prudente, aunque el oído no me alcanzó para comprender demasiado. Solo distinguí una pregunta, pronunciada en voz baja:

—¿Estás seguro de que está preparada?

No escuché la respuesta. Cuando Azzo regresó, Eclipse se volvió hacia mí.

—Sé respetuosa, Aguja. Ten cuidado con tus palabras y tus actos. No vas a conocer a un cualquiera.

Asentí, guardándome sus advertencias como quien esconde una daga bajo la manga.

El camino comenzó sin prisas. Azzo caminaba a mi lado, y su garfio zurdo capturaba destellos de luna cada vez que pasábamos bajo una farola.

—Tienes algo especial, muchacha. Algo que los demás no tienen. Lo percibo. Por eso creo que eres la indicada para este viaje. Aunque eso no tiene porque ser bueno…

Aquellas palabras me incomodaron. Era la última en haber llegado a la Cofradía. No me consideraba superior a nadie, ni tampoco inferior. Simplemente ocupaba mi lugar, como cualquiera. La humildad no era una virtud que exhibiese para recibir elogios, sino una parte de mí.

Atravesamos distrito tras distrito hasta dejar atrás la ciudad. Mi paso era ligero, tranquilo, firme. Caminaba como un gato en la oscuridad, sin regalar al mundo más que el aroma de un perfume carísimo y el silencio de mis pisadas.

—Dime muchacha —preguntó Azzo—. ¿Qué os han contado de mí? ¿Qué percibís en mí? ¿Qué os parezco?

Lo miré con sinceridad.

—Sé poco de vos, mi señor. Solo lo que he podido oír y ver. Os llaman el Conseguidor y parecéis alguien digno de confianza.

Azzo se detuvo.

—No soy ningún señor. No estoy por encima de ti… Pero me halaga que tengas esa visión de mí.
c0d186c4-aacc-4256-b6e6-17505c871b18.jpeg
Continuamos hasta encontrar un pozo solitario, perdido en las afueras de Athkatla. Un individuo dejó unas bolsas junto a él. Lo observé desaparecer y, movida por mi curiosidad felina, me acerqué a husmear.

Azzo vino conmigo y depositó unas gemas en mi mano.

—Colócalas en los huecos de las piedras. Él volverá por ellas.

Obedecí sin preguntar. Más adelante apareció una cueva que parecía no existir para quien desconociera su ubicación. Azzo señaló los riscos y me indicó por dónde subir, dónde descender y dónde descolgarme. Diez metros después encontraría la entrada. Allí nos detuvimos.

—No mientas. Sé respetuosa y, sobre todo, no me guardes rencor después de esto. ¿Tienes alguna pregunta, muchacha?

—Solo una. ¿Volveremos a vernos?


Por primera vez, su expresión pareció despojarse de toda certeza.


—Espero de corazón que sí, pero no lo sé.

Se marchó. Y yo entré. La cueva era lúgubre, angosta, húmeda y desagradable. Estudié sus paredes sin avanzar demasiado y desenvainé mi hoja, fina y delgada como mi propia figura.

Entonces lo vi. Una silueta suspendida a pocos metros del suelo, envuelta en ropajes negros. Su presencia desafiaba cualquier definición: hombre y mujer, ambas cosas y ninguna. Su voz mezclaba registros femeninos y masculinos, como si varias gargantas compartieran una misma voluntad.

Su rostro estaba oculto tras una máscara convexa de espejo que reflejaba mi figura.

—¿Quién osa entrar en mi hogar? ¿Quién penetra en la Cueva de los Espejos? Di tu nombre, el que te dio tu madre cuando aún sangraba por ti.

No bajé la mirada.

—Mi nombre es Aguja. El que me dieron al nacer carece de importancia. Pronunciarlo solo pondría en peligro mi persona y a quienes me rodean.

Recordé las palabras de Eclipse. Las de Azzo. Confiar. Ser respetuosa. No mentir. Mi respuesta pareció gustarle a Maeve.
a230dd3d-f1c6-476b-be48-45b5a829dde7.jpeg
La figura inclinó ligeramente la cabeza.

—Maeve —se presentó, aunque aquel nombre sonó más a secreto que a respuesta.

Tras intercambiar unas palabras ambiguas, me ofreció un vial procedente de las bolsas del pozo. Lo acepté. Y bebí.

No dudé. No retrocedí. Si había llegado hasta allí, no sería el miedo quien decidiera por mí.

El mundo comenzó a oscurecerse por los bordes. Las paredes se deformaron y mi hoja, todavía en la mano, pareció pesar como una espada de gigante.

—Tus secretos estarán a salvo aquí —dijo Maeve—. Recuéstate. El brebaje hará su efecto.

Obedecí. Me senté primero, después apoyé la espalda contra la fría piedra.

Intenté mantener los ojos abiertos, aferrarme a la conciencia, pero mis pensamientos comenzaron a deshilacharse.

Lo último que distinguí fue aquella máscara, reflejándome cada vez más pequeña. Después, nada.

Maeve se acercó mientras mi voluntad se hundía en la oscuridad. Con una calma inquietante, comenzó a despojarme de mis armas, mis herramientas y mis pertenencias, apartando cada objeto como si examinara las piezas de un mecanismo desconocido.

Cuando terminó, yacía indefensa sobre la piedra húmeda, casi desnuda, despojada de todo aquello que me había acompañado hasta allí.

No sabía qué quería de mí. No sabía por qué Azzo me había elegido. Solo sabía que había cruzado el umbral de la Cueva de los Espejos por voluntad propia.

Y que, cuando despertara, quizá ya no volvería a ser la misma.

Continuará…
IMG_7363.png​
Offtopic :
Gracias @Valakk por la escena, estoy deseando tener la siguiente
 
Última edición:

Orador

Copia de fichas de Kronos
Registrado
24/11/08
Mensajes
868
La Ley del Río
El juramento de Aguja
​
IMG_7364.png
El Regalo del Mar era una posada discreta, de esas en las que las conversaciones se perdían entre el ruido de las jarras y el murmullo de los marineros. Allí me esperaba Mercer, la Rata Coronada. Ambos llevábamos nuestros rostros ocultos tras las máscaras y, sin demasiados preámbulos, nos retiramos a sus dependencias privadas.

Aquella noche estaba especialmente complacido. Me habló de mis últimos trabajos, de mi discreción, de mi entrega y de cómo había demostrado tener algo más importante que habilidad: criterio. Reconoció mi valor y mi dedicación con unas palabras que, viniendo de él, significaban mucho.

Después sacó uno de sus mejores whiskies y me ofreció una copa de plata.

Rechacé el ofrecimiento con una sonrisa cortés.

—Disculpadme, señor, pero tengo cierta… alergia a la plata.

Mercer soltó una carcajada, vació inmediatamente la copa y pidió dos chatos de madera.

—Entonces brindaremos como es debido. Por el presente y por el prometedor futuro de una ladrona de guante blanco.
IMG_0152.jpeg
Brindamos. El aroma del licor me hizo arrugar el hocico. Era demasiado intenso para un olfato felino. Apenas mojé los labios con un pequeño sorbo cuando el mundo comenzó a girar. Intenté mantener la compostura, pero mis sentidos se apagaron uno tras otro y terminé desplomándome.

Lo último que recuerdo fue la máscara de Mercer.

Cuando abrí los ojos, no sabía cuánto tiempo había transcurrido. Quizá una hora, quizá días. Estaba desnuda, despojada de mis pertenencias, sin máscara y tendida sobre el suelo de una celda húmeda y maloliente. Frente a mí, tras unos barrotes, un hombre uniformado me observaba. Un sargento de las fuerzas armadas de Amn.

Permanecí inmóvil. ¿Era aquello real?

—Te han vendido, Zarah.

Mi nombre. Aquellas palabras me atravesaron como una daga. ¿Vendido? ¿Por quién? ¿Por Mercer? ¿Por mis propios compañeros? Sentí cómo algo se encogía dentro de mi pecho.

El sargento comenzó su discurso. Me llamó bestia, monstruo y anunció mi ejecución al amanecer, en nombre de Amn y del Consejo de los Seis. Después me ofreció una salida: delatar a quien me había reclutado y revelar los detalles de nuestro último trabajo. Incluso podría conseguirme el lazo dorado si colaboraba. Su ambición por ascender a capitán y comandante parecía superar cualquier sentido del deber.

Guardé silencio durante horas.

Finalmente hablé:

IMG_0153.jpeg

—¿Cabo, teniente, sargento? Perdonad, pero la jerarquía militar me resulta esquiva. ¿Sabéis qué es lo único justo y que no discrimina entre ricos y pobres, nobles y plebeyos? La muerte. Y yo aprendí a morir hace mucho.

El hombre perdió la paciencia y se marchó.

Aproveché el silencio para escuchar y olfatear. No percibí a nadie. Me transformé en un pequeño gatito y atravesé los barrotes. Apenas había avanzado cuando una lluvia de cortes me derribó. El sargento me esperaba. Me arrojó de nuevo al interior.

—¡Necia!

Pasaron las horas. Entonces apareció un ratoncito con una nota atada a su patita. Después llegó otra, y más tarde una tercera.

Aquella caligrafía… El olor del papel, la precisión de los cortes, el modo en que todo sucedía. Empecé a recordar. El whisky. La sonrisa. La máscara. La celda. Aquel sargento cuyo rostro jamás conseguía distinguir entre las sombras.

Y entonces lo comprendí. No era una traición. Era una prueba. Mercer. Todo era obra suya.

El miedo que me había atenazado comenzó a transformarse en una extraña mezcla de alivio, indignación y admiración. Había conseguido que dudara incluso de aquello que más valoraba: la confianza.

Cuando dos soldados entraron para conducirme al cadalso, les pedí que me permitieran entregar un último mensaje. Al sujetarme, mi cuerpo comenzó a deformarse. La sombra de un enorme felino pareció surgir de mí. Los soldados huyeron despavoridos, dejando la puerta abierta.

Me convertí de nuevo en el gatito y recorrí aquellos pasillos hasta alcanzar una estancia iluminada por unas pocas velas.

Allí estaba él. Enmascarado. Sentado. Esperándome.

Salté sobre la mesa y recuperé mi forma humana frente a la Rata Coronada. Desnuda, como había nacido.

Mercer alabó mi entereza, mi capacidad de observación y, sobre todo, mi silencio.

—Has honrado la Ley del Río, Aguja. No has traicionado a los tuyos, ni siquiera cuando tu propia vida dependía de ello. No has antepuesto tu bienestar al del grupo.

Asentí.

—El ladrón cifra su honor en ser digno de confianza.

Entonces se levantó y extrajo una daga antigua, marcada por innumerables batallas. Extendió su mano izquierda. Yo hice lo propio.

Sabía lo que venía. El filo abrió nuestras palmas y la sangre comenzó a llenar un pequeño vial.

—Repite conmigo.

Su voz adquirió una solemnidad que jamás le había escuchado.

—Somos los ojos que observan sin ser vistos, las manos que obran sin dejar rastro y las voces que conocen secretos que jamás deberían pronunciarse en voz alta.

Repetí cada palabra.

Mercer me miró con respeto. Quizá incluso con cierto orgullo. Después colocó alrededor de mi cuello un colgante que acreditaba mi pertenencia a los Ladrones de las Sombras.

Aquel instante lo cambió todo. Ya no era una aspirante, ni una herramienta útil, ni una ladrona prometedora. Era una cofrade. Una más entre los hilos de aquella Madeja donde uno solo no hace ovillo, pero todos juntos tejen la red.

Comprendí entonces que el silencio no era ausencia de palabras. Era disciplina, lealtad y confianza.

Y que, a partir de aquella noche, mi vida tendría nuevas reglas.

Oír. Ver. Y callar.

La Rata Coronada me había tendido una trampa y yo había salido de ella sin vender a los míos.

Ya no había vuelta atrás. Yo era Aguja. Y pertenecía a la Madeja.
IMG_7363.png​
Offtopic :
Gracias @KapilloGremlin por el escenon que me montaste y por la paciencia
 
Última edición:
Arriba