Fynold Perkins, el Ganso Dorado de Minsorran, el infatigable Caballero del Alba, fruta madura de la andante caballería, recorre desde hace dos días la espesura de la jungla, bañado en sudores bajo su deslustrada armadura, de la península del Cuello del Dragón. Sin más sustento que su sed de justicia y su hambre de victoria, y puede que algunos buñuelos del hospicio y una pelliza de vino de la Casa Galdrim, montado en su no menos afamada cabalgadura, de nombre Rechinante, yegua amarilla por designio divino de Lazhander o por extrañas fiebres intratables, en busca del infame Brymmyrreo, el dragón verde que viene asolando estas tierras olvidadas de la civilización.
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RIIIIIIIIIIIIIIIIAAAAAA.- En un pequeño claro del bosque Fynold tira de las riendas deteniendo el paso de Rechinante con voz solemne. Eleva la visera de su celada y observa por derredor, apenas pudiendo abrir los ojos bañados por el sudor que le resbalan desde la piel de su coronilla despoblada bajo el yelmo recalentado por el sol. Si no fuese por la proverbial infalibilidad del instinto del caballero, quien se ve atraído a combatir el mal como una polilla a la llama, o un simil parecido pero un poco menos funesto, podría parecer que es la tercera vez que el caballero y su montura pasan por el mismo lugar. La yegua relincha cansada y ladea la cabeza hacia su amo, como si suspirara. –
Por ventura pareciese que algún encantador enemigo mío, desechado de virtudes, estuviese tratando de arrebatarnos la gloria de la batalla para confundirnos con ilusiones, haciéndonos pensar que hemos errado el camino hacia el mal que perseguimos. –
Quiso entonces la fortuna que el caballero, mientras estaba elevando unas plegarias a su Señor del Alba para que le guiara por el recto camino como un rayo del sol hacia el corazón de la oscuridad, que Fynold observase una mancha en el cielo que tomó al principio por el temible dragón, y percatándose después que se tratara de la silueta de un ave diurna recortándose en la figura del astro rey, desde las profundidades del bosque hacia una dirección indeterminada, el caballero la tomó por un ave mensajera de su dios.
Bajó su celada de golpe y dándole enérgicamente con los talones en las costillas a su fiel Rechinante, que se quejó con un bufido al pillarle de imprevisto mientras pastaba tranquilamente, el caballero señaló hacia una dirección aleatoria habiendo perdido al ave de vista, pero seguro de que su Dios le estaba guiando inevitablemente a cumplir con su destino.
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¡Por todo lo que reluce y da calor, el bien y la justicia! ¡Cabalgamos!-
Offtopic :
A mi esta semana que viene de lunes a jueves me viene un poco a desmano pero igualmente trataré de apuntarme cuando sea!