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El diario de un Alma Sufriente

farraces

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LA MALDICIÓN DEL JUEGO
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El Guantelete pesa hoy más de lo habitual en mi mano. Caalan y yo no esperábamos nada más que la rutina de patrulla, pero los páramos nunca son tranquilos para los que buscan la Luz.
La imagen de los ciudadanos corriendo, balbuceando sobre "el Crupier" y el destino de Sariel, me golpeó primero como un miedo frío. Un miedo egoísta que tuve que sofocar de inmediato. El sufrimiento ajeno es mi vocación, no mi carga.

Cuando los tres civiles regresaron, apareciendo de la nada como si el mismo Faerûn los hubiera escupido, sus historias solo confirmaron mi sospecha más oscura: no se trata de bandidos. Es algo que juega con la mente, algo que roba la voluntad. El "juego" que describieron... el mero concepto es una blasfemia contra todo lo que representa Ilmater. Usar el terror y la codicia para doblegar al espíritu.

Mi intento de comunicarme con Sariel fue inútil, pero sentí la vibración de mi mensaje, un eco hueco en donde debería haber estado su mente. Está allí, en alguna parte.

Y luego, ella apareció. No era la Sariel que esperaba, sino un caparazón. Su cuerpo estaba aquí, pero su alma... su alma había sido retirada o aprisionada.

Ver la sombra detrás de ella, una maldita sombra permanente custodiando su vacío, fue como recibir un golpe en el estómago. Un tormento sin piedad.
Y el responsable, El Crupier, un gigante oscuro que se permite hablar de "continuar el juego" y luego se desvanece. Sentí la furia justa de un Caballero.

No es un enemigo al que se pueda apuñalar con acero; es una plaga del espíritu que debe ser purificada.

El viaje al Hospicio fue lento y silencioso. Caalan mantuvo un ritmo firme, atento a cualquier emboscada, pero mis ojos no se apartaron de Sariel. Ella respira, vive, pero en un silencio total. Me recuerda a los mártires que no pueden gritar su dolor, solo que en su caso, el dolor la ha forzado a abandonarse a sí misma.

Como Sacerdote de Ilmater, mi fe me enseña a aliviar el sufrimiento. Pero esta vez, no sé cómo. El sufrimiento es interno y autoimpuesto por alguna magia abominable.

Ahora la hemos estabilizado. Caalan la vigila. Yo estoy aquí, rodeado de libros. La Iglesia de Selûne debe venir, pero mientras tanto, la respuesta debe estar aquí. No descansaré hasta que encuentre algo, cualquier cosa, que me permita tomar una medida. No podemos abandonar a Sariel al silencio.

Mi juramento al Guantelete exige acción; mi juramento a Ilmater exige compasión y cura.

Por la Fe y el Corazón Sangrante, buscaré el camino.

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LA MALDICIÓN DEL JUEGO II
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Hoy el deber ha exigido un precio que mi alma apenas puede pagar.
Regresar al Hospicio y encontrar la cama de Sariel vacía fue un golpe de furia y frustración. La reprensión al escudero fue rápida y necesaria, pero mi rabia iba dirigida al Crupier. Cuando la encontré en el Templo, con esa sombra adherida, supe que la lucha continuaba.

Pude, no obstante, dejar a un lado mi orgullo de Caballero y aceptar la sabiduría de las damas del Templo. El bien de Sariel estaba por encima de mi autoridad.

Y entonces, el milagro.
El Restablecimiento Mayor fue un acto de fe ciega, pero la desaparición de la sombra fue la prueba de que el mal de Nhyssarion es un vínculo, no una maldición. El posterior conjuro de Gwenaëlle, devolviéndole los ojos, aunque blancos, demostró que estábamos en el camino correcto. Sentí por un instante un triunfo total. Pude ver el alivio en los ojos de Gwenaëlle, la tensión que la consumía.

Pero la alegría fue breve. La misiva de Sariel, recién liberada, lo ha cambiado todo.

Nhyssarion es un Dragón de Sombras. El juego no terminó con Sariel; solo cambió de ficha. Gwenaëlle, la Luz que me dio esperanza, ahora está en la sombra, sufriendo el mismo silencio. El costo de la liberación de Sariel fue su propia captura.

El informe de Sariel es una carga y una bendición. Sabemos la cura: la Carta de la Luna. Y sabemos el medio: la Invitación.

El resto de la Orden del Guantelete buscará libros y tácticas de guerra. Eso es el Guantelete. Pero mi deber, como sacerdote de Ilmater, es diferente. Mi juramento es tomar el sufrimiento en nombre de aquellos que no pueden soportarlo.

Sariel aclara que la entrada no es voluntaria, sino forzosa, una trampa del destino. Y es aquí donde el Guantelete en mi mano se siente más pesado, y mi Fe más necesaria.

He estado en posesión de la "Senda" desde hace un tiempo. Una maldita invitación que sentí que no debía existir.

Ahora sé por qué la tengo. El destino me ha obligado a jugar este turno.
No puedo esperar a que otro encuentre la Carta de la Luna, ni puedo permitir que Gwenaëlle se sacrifique sola. El juego del Crupier requiere que alguien entre, y yo tengo el billete. Entraré no por codicia, sino por el deber de la compasión.

Voy a entrar en la oscuridad de Nhyssarion para liberar la Luz.

Que El Señor Sufriente me dé la fuerza para resistir el juego y que la Dama Lunar guíe mi mano hacia esa Carta. Si caigo, al menos habré honrado mi juramento.

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LA MALDICIÓN DEL JUEGO III
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La noche pasada ha sido una eternidad condensada. Dejé el campamento del cementerio junto a los Caballeros Talkir y Baldrak. El plan, absurdo para la razón pero firme para el Guantelete, se puso en marcha.

La invitación del crupier en el zurrón ardió. No era fuego físico, sino una punzada helada que me envolvió. Desapareció, y con ella, el mundo.

Me encontré en una cueva oscura, subterránea. El portal por donde entré se cerró con un sonido final, sin opción a la retirada. Aparecieron también Adyr, Elenya y Aviel. Ante nosotros, un camino de luces blancas, suspendido sobre un abismo. No había fondo visible; solo la certeza del vacío.

Llegamos a la bóveda central, presidida por cuatro asientos macabros dispuestos en una media luna. Y allí estaba Él, Nhyssarion, El Crupier. Su presencia no es de fuego y azufre, sino de una fría y calculada maldad.

Nos explicó las reglas, pero el mensaje más urgente fue para mí, Mi proceder aquí influiría para que aceptara que Sariel jugara una partida final con la baraja original. Era la confirmación de que mi sacrificio tenía un propósito más allá de Gwenaëlle.

El juego comenzó. Cartas que emergían de un pozo de lava; acciones aleatorias, buenas y malas, que drenaban nuestra voluntad. Uno a uno, el resto se retiró, hasta que quedamos solo el Dragón de Sombras y yo.

¿Qué ocurre ahora? preguntó al ser. Me ofreció la salida, la retirada, la vida fácil.

Si me iba, toda mi odisea, el sufrimiento en la biblioteca y la ira, no habrían valido de nada. Había venido por información y por la cura. Debía seguir jugando.

El Crupier extendió la mano y presentó las cuatro cartas finales:

- Muerte Segura: Una lucha contra un ser demoníaco. Muerte garantizada y permanente.

- Visión: Una respuesta a una duda sobre él.

- Catatonia: Quedar en el estado inerte de Gwenaëlle.

- Deseo: Un bien supremo.

50/50. Vida o vacío. Sanación o muerte eterna.

Mis rodillas temblaron. Recé a Ilmater, el Señor del Sufrimiento, no por la salvación, sino por la fuerza para elegir.

Recordé la tortura de Gwenaëlle y mi dogma: Toma el dolor del mundo sobre tus hombros. El precio era mi vida.

En un instante de terrible claridad, recordé el mensaje interplanar que mandé a Arenel antes de entrar, el mensaje desesperado de un hombre que temía no volver. Sentí la punzada de ese afecto, de esa vida que estaba a punto de perder.

El Crupier me recordó el riesgo. Muerte permanente. Aun así, elegí. No había otra opción para un Caballero del Guantelete y siervo de Ilmater.

Elegí mis dos cartas. El Crupier rió, una risa atroz que hizo eco en el vacío. Me estremecí, esperando el golpe final.
Pero la risa cesó.

El Dragón de Sombras me miró fijamente y dijo, con una sorpresa casi genuina: "Al final va a ser verdad que es usted especial."

Me salieron las dos bendiciones:

- La Visión: Pregunté: "¿Cuál es tu fin de estos juegos?" Mi mente fue inundada por una luz terrible. El Crupier no busca poder o riqueza mundana; es un vacío que se alimenta de las extremidades de las emociones humanas y se entretiene viéndonos jugar. Su propósito es el consumo del drama y el sufrimiento.

- El Deseo: Pedí la única cosa que importaba. La sanación de Gwenaëlle.
La Carta de la Luna se desintegró, y el Crupier, sin quejarse, me escoltó.

Salí por el portal hacia los páramos. El sol era ciego. Allí estaban Sariel, Vésper, los otros jugadores, y Gwenaëlle. Curada. Vi a Arenel. No pude evitar mirarla, pensando en la confesión de mi última hora.

La misión ha sido cumplida, pero a un coste insoportable para mi alma. He regresado, pero sé demasiado sobre la oscuridad que nos acecha y sobre la debilidad que llevo dentro.

El juego no ha terminado.

Continuará......
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Offtopic :
primera partida, luego pondré la segunda, Muchísimas gracias @DM Schnoz por esta escena épica para mí y tan importante para mí personaje aún arriesgo de perderlo, muchas gracias por la currada de ayer
 
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LA MALDICIÓN DEL JUEGO IV
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El Crupier Aceptó el juego de Sariel, pero impuso sus términos, cuatro jugadores y él mismo en la mesa. Y por primera vez, habría público. Fui elegido de nuevo por mi fe, o mi servidumbre a Ilmater. Nos unimos Gwenaëlle, Elenya, Sariel y yo.

El nuevo portal era el mismo, y el camino de luces, el mismo vacío. Pero el ambiente era diferente. La baraja era la Original; la certeza de que las cartas buenas serían gloriosas y las malas, el infierno.

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La partida comenzó. Cuando llegó mi turno, no salió un deseo ni una visión, sino la Carta de la Mazmorra. Unas cadenas negras surgieron del suelo de piedra y me arrastraron a un hueco abierto.

Caí en un calabozo de piedra fría. La oscuridad era total, la humedad calaba mis huesos y el silencio era aplastante.

Mi mente, agotada por el juego anterior, empezó a flaquear. El encierro, la parálisis, el frío... me recordaron el estado de Sariel. Pensé en la muerte, en lo inútil que era morir así, lejos del combate. Intenté rezar, pero las palabras se ahogaban en la densa humedad.

No sé cuánto tiempo pasó. El miedo y el frío se hicieron físicos.

De repente, la prisión se convulsionó. Las paredes de piedra se ondularon, se convirtieron en imágenes borrosas, en sombras desvanecidas. No era real. El encierro no era de piedra, sino de ilusión.

Emergí del hueco para encontrar el mundo de la bóveda disolviéndose. El suelo se desprendía hacia un abismo. Jugadores y espectadores, gente que solo había venido por morbo, caían a un vacío que ya no era silencioso.

Corrí. Corrimos todos hacia el portal, pero el suelo se inclinó y nos precipitamos. El impacto contra el suelo fue brutal. Cuando abrí los ojos, no estábamos en los páramos. El aire era pesado, sofocante, y la tierra roja. Llanuras infernales.

Antes de que pudiera comprender lo ocurrido, una sombra gigantesca cayó sobre nosotros. No era el Crupier sentado, sino El Dragón de Sombras en toda su abominable verdad. Nhyssarion.

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El combate fue un caos glorioso y aterrador. Hice lo que Ilmater me pide, la sanación. Mi espada se mantuvo guardada; mi propósito era el bálsamo.

Corrí entre los guerreros, curando cortes profundos, cerrando heridas expuestas.

La cola del dragón me golpeó más de una vez, haciéndome sentir el impacto en mis huesos entumecidos por la mazmorra. Fui golpeado, herido y agotado, pero la fe me mantuvo en pie.

Fue una batalla de voluntades y acero, que terminó con la caída del Dragón de Sombras. Nhyssarion había sido vencido.

Pero la oscuridad no había terminado. Un nuevo ser, se manifestó, revelando que él era el motor del Crupier. Su oferta fue simple y horrible, podíamos salir de ese infierno si alguien aceptaba tomar la Baraja y convertirse en el próximo Crupier, jugando una partida al año.

Hubo gritos de debate. La baraja yacía en el suelo, una tentación palpable. Mi mente, nublada por el trauma de la mazmorra, el dolor del golpe del dragón y el agotamiento, apenas podía enfocar.

No estaba de acuerdo. Esa baraja debía ser destruida, no heredada.

No vi quién se movió. No sé quién cedió. Solo vi el portal abriéndose, una promesa de libertad que mi cuerpo no pudo rechazar. Mis huesos entumecidos no me permitieron reaccionar, ni preguntar, ni ver. Simplemente me arrastré hacia la salida.

Alcanzamos el Hospicio. Caí en la cama, sin fuerzas para rezar o para cuestionar quién había traído el mal de vuelta al mundo. Solo el sueño.

Hemos ganado la batalla, pero temo que hayamos perdido la guerra. Y no sé quién de mis compañeros tiene ahora la Baraja del Crupier, si la tiene alguien.
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lo dicho anteriormente, muchas gracias @DM Schnoz una currada, horas de diversión y entretenimiento han sido esta trama, mi enhorabuena, gracias a todos también los que participaron en ella dándolo todo, ha sido un placer sois muy grandes
 

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LA PRUEBA SILENCIOSA DEL CORAZÓN V
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La cera de la vela parpadea sobre el sello de la Orden, iluminando la tinta fresca de la Orden de Busca y Captura. Es la orden más pesada que he firmado jamás.
No por el riesgo de la Nigromancia, sino por el nombre que lleva impreso: Vésper.

Oh, Ilmater, concédeme la fuerza para soportar esta carga.

Vésper. Mi amigo. Nos sentamos en el mismo lado de la taberna hace solo unas semanas, hablando de cocinar plantas juntos y hacer pociones. Ahora, mi mano ha trazado el camino que lo lleva a un calabozo, o peor.

Él no es un criminal de sangre fría, lo sé. Es… imprudente, obstinado y quizás demasiado curioso con el tipo de conocimiento que debe quedar sellado. Pero robar de un Campo Santo y ocultar herramientas nigrománticas… eso cruza una línea que ni mi fe ni mi juramento pueden ignorar.

La Orden existe para proteger a los vivos de los horrores que Vésper podría desatar. Mi deber es claro, mi corazón, sin embargo, es un pantano de culpa.
Y luego está ella. Arenel.

El simple nombre es una punzada. Recuerdo las tardes, antes de que ellos se hicieran inseparables, cuando soñaba con reunir el valor suficiente para decirle lo que sentía. Nunca lo hice. Quizás por timidez, quizás por miedo al rechazo. Cuando supe que ella y Vésper estaban juntos, la sonrisa de Vésper era tan genuina que simplemente la tragué y deseé que fueran felices.

Ahora, ¿qué voy a hacer? Estoy cazando a su amor, obligándola a vivir con el miedo de que la Orden—mi Orden—pueda traérmelo encadenado. Siento un dolor egoísta, el dolor de saber que si esto termina mal, ella me odiará. Y con razón.

El Caballero del Guantelete exige justicia, orden y la protección de los inocentes. El Sacerdote de Ilmater me recuerda que no debo regocijarme en el sufrimiento, sino buscar la redención. No estoy buscando castigo; estoy buscando poner fin a una locura antes de que lastime a toda la ciudad.

Pero si Vésper resiste, si me obliga a confrontarlo… ¿podré soportar la mirada de Arenel después?

Soportaré el dolor, Ilmater. Aceptaré esta carga. Que el orden prevalezca, y que mi corazón se rompa si es el precio de mantener a salvo la ciudad.

No hay vuelta atrás. La orden está en las calles. Que mi amigo encuentre la sabiduría antes de que yo lo encuentre a él.

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CRIATURAS EN LOS LODOS
(Trama Polk)
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La expedición al pantano ha limpiado mi espíritu con la necesidad más pura, la de mantener la vida en medio del caos.

Solo puedo decir que, al final del día, lo único que importa es la mano que sostiene la espada y la mano que sostiene el símbolo sagrado. En la ciudad, las palabras pesan menos que una moneda de oro; aquí, la Fe pesa lo que pesa la vida de un hermano.

En el pantano avanzábamos entre el lodo y la podredumbre, siguiendo el rastro de la pobre Any y de ese vil trasgo llamado Polk. Desde el inicio, sentí el peso de la desesperación en el grupo.

El primer enfrentamiento en las ciénagas fue un presagio. Trasgos salían de todos lados, como la peor de las plagas. Los compañeros los incineraban, los rebanaban, y yo... yo solo podia moverme, rezar y sanar.

Llegamos a la caverna, apestando a muerte. Y allí, después de que la ilusión de Polk se desvaneciera en humo verde, comenzó el verdadero horror.

Los orcos, grandes y brutales, salieron de las sombras. La batalla fue una locura rápida y brutal. Recuerdo los sonidos de los golpes en los cuerpos de mis compañeros, el silvido de la flechas, veía como mis compañeros se dejaban la piel en la lucha.

Tuve que emplearme a fondo. Tuve que ser el Muro de Ilmater.

Mientras recibían golpes, mi mano estaba sobre sus heridas, las plegarias saliendo como un torrente de desesperación concentrada.

Vi el rostro de Ewan, pálido y sudoroso. No podía detenerme a pensar. Entre esquivar un mandoble orco y apartar a Vraask de su propia explosión, me arrodillé, invocando la Gracia de Ilmater que Cura para sacarle la flecha y sellar la herida antes de que la vida se le escapara.

Estábamos hechos trizas. Leyna lo notó. Estaba exhausta, pero sus palabras eran frías: "Rezad todo lo que necesitéis, Dick. Esto no ha terminado." Y no se equivocaba.

Avanzamos a la cámara del ritual, y allí estaba. La escena era aún más grotesca. Esos infelices trasgos, con sus tatuajes y su histeria, rodeando a niños, pobres almas inocentes, para un sacrificio.

Leyna actuó primero, con su bola de fuego, y el círculo se rompió. Pero fue tarde. La grieta se abrió, y de ella surgieron... demonios.

¡Fue una locura de batalla! Pequeños, deformes, chillones, cientos, saliendo sin parar. Eran seres muy poderosos, impulsados por la energía residual de la brecha, y parecían salir de todos los lados. No había estrategia, solo supervivencia.

Vraask gritaba, lanzando hechizos y flechas. Ewan disparaba también flechas a un ritmo inhumano, buscando el punto débil en esa masa de carne infernal, Kath igual sacando flechas de donde ya casi no había. Halgar dando espadazos a mansalva. Leyna conjuros arcanos para todos los lados, Eir también sanando cuando podía y luchando como la que más , Kaeril con Halgar en primera línea dándolo todo.

Volví a emplearme a fondo, más que en toda mi vida. Las plegarias apenas me daban tiempo a respirar. Eran cadenas ininterrumpidas de súplicas al Dios Quebrado . No solo sanaba las heridas, sino que la misma Fe debía escudar a mis compañeros de los zarpazos y el veneno.

Recuerdo tener lágrimas en los ojos (lo confieso ante Ilmater), no de dolor, sino de puro agotamiento y de desesperación al ver que, por cada demonio que caía, otro tomaba su lugar. Gracias a la Gracia de Ilmater, que tuvo a bien fluir a través de mí, mis compañeros se salvaron, pudieron resistir.

Cuando el último de esos engendros cayó, el silencio era casi tan doloroso como la batalla. Mis rodillas estaban débiles, mi voz era un susurro ronco.

Polk se ha adelantado. Ha conseguido su ritual. Pero ha subestimado la resistencia del Guantelete y la inquebrantable fe de un sacerdote que se niega a dejar que sus compañeros mueran en el lodo.

No ha sido el final. Ha sido una advertencia. Y la buscaremos,Juntos. Más Fe para los que tienen que enfrentar a los demonios.

¡En el nombre de Ilmater, el sufrimiento de hoy será la fuerza de mañana!
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Gracias por la escena @DM Cachopo y a @DM Apofis en el último momento con su humor y locura sana 😅😜
 
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LA ENSEÑANZA
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Hoy fue un día de enseñanza y de prueba, no de combate. Caalan, mi escudero, había rogado que le permitiera afrontar esta tarea, no como penitencia, sino como un paso necesario en su camino hacia el Guantelete. El verdadero servicio, le he dicho a menudo, no reside solo en destrozar el mal con acero, sino en aliviar el sufrimiento con nuestras propias manos.

Nos dirigimos al campamento de leprosos en los barrios bajos de la ciudad. El olor a desesperación y a heridas purulentas flotaba en el aire; un hedor que ni siquiera el aire fresco de la mañana puede disipar.

Los caballeros Talkir y Baldrak nos acompañaron y un poco más tarde llegaron el caballero Valerio y la Escudero Elymdra.
Permanecieron en silencio, observando desde una distancia respetuosa. Su presencia era importante, un recuerdo de que la fuerza de la Orden dek Guantelete se mide tanto en compasión como en coraje.

Elegimos a un hombre mayor llamado Jareen. Su rostro estaba hundido, y tenía una úlcera grande y abierta que había estado supurando. Le expliqué a Caalan los pasos con voz baja y calmada, mientras le entregaba el cuenco de agua esterilizada y la pila de paños limpios.

"Observa primero, Caalan. Fíjate en el sufrimiento, pero no permitas que te paralice. Tu mente debe ser tan firme como tu Guantelete, para que tu mano sea suave. Recuerda, estamos aliviando la carga de Ilmater. Cada toque es una oración."

El escudero asintió, su rostro joven reflejaba una mezcla de nerviosismo y una determinación férrea.

Retirar el vendaje. Le indiqué que lo hiciera despacio. El viejo vendaje estaba pegado a la herida. Caalan vaciló por un instante, su respiración se detuvo, pero luego procedió con una delicadeza que no le había visto usar con su espada.

La limpieza. La herida era grave. Le mostré cómo usar el paño mojado y la solución salina para limpiar suavemente el pus y la materia muerta, siempre yendo del centro hacia afuera para no contaminar la herida. Caalan apretó la mandíbula al ver los tejidos dañados, pero no se inmutó. Sus manos, más acostumbradas al peso del yelmo y la maza, se movieron con una precisión sorprendente. Limpió a Jareen con la dignidad que se le otorgaría a un noble herido en batalla.

El nuevo apósito. Cuando la herida estuvo limpia y seca, Caalan colocó un ungüento simple y luego la gasa estéril. Aseguró el vendaje con una tira de tela, haciendo un nudo limpio. Lo hizo casi perfectamente, fallando solo en la tensión del nudo, lo cual corregí sin decir palabra.
Cuando terminó, Jareen, el leproso, solo pudo asentir y esbozar una sonrisa débil y agradecida.

"Lo has hecho bien, Caalan," le dije. "Has servido a Ilmater mejor aquí, que si hubieras acabado con veinte trasgos. El Guantelete está destinado a proteger a los inocentes, y a sanar a los rotos. Recuerda el olor, la vista, el tacto. Esto es lo que defendemos."

Vi el cambio en los ojos del escudero. No era la satisfacción del guerrero, sino la humilde paz del servidor. Talkir y Baldrak se acercaron y le dieron un golpe en el hombro, la única aprobación que necesitábamos.

Hoy, Caalan aprendió que el camino de la caballería comienza no con un juramento, sino con un vendaje.

¡Que Ilmater nos dé la fuerza para seguir cargando con los sufrimientos del mundo!

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El Peso del Sufrimiento Ajeno
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Una vez más, la noche ha caído y me encuentro en el Hospicio de San Annur, mi verdadero hogar. Pero esta tarde no trajo la quietud habitual de un día de cuidados, sino la punzada de ver a aquellos a quienes aprecio afligidos por la violencia del mundo exterior.

Al entrar, la visión me golpeó el pecho. Vraask, con vendajes en sus manos, y a su lado, Gunna. No era solo el cansancio, o incluso el desgarro de su ropa, lo que me alarmó; era el estado de Gunna.

Una mujer fuerte, reducida a un temblor, con esa expresión de puro trauma grabada en su rostro, acunando a su bebé. Su rostro estaba pálido, la piel cerosa, su cuello y pecho mostraban cortes y laceraciones que, a pesar de los vendajes ya puestos, parecían un mapa reciente de la violencia. La herida más profunda, visible en su hombro, era un testimonio silencioso de que el peligro había estado terriblemente cerca.

En esos momentos, mi corazón latió el ritmo lento y doliente de mi deidad. Ilmater, el que soporta, el Dios de la Resistencia. Mi deber no es el castigo o la gloria, sino el alivio del sufrimiento, y ahí estaba, frente a mí, clamando.

Mi primer pensamiento fue la acción práctica, el bálsamo inmediato para el cuerpo y el alma. ¿Fueron atendidos? Sí, gracias a las Hermanas. Pero un sacerdote de Ilmater nunca confía plenamente en la atención inicial, nosotros somos el consuelo persistente.

Vraask me pidió vino caliente, el calor le ayudará. Pero para Gunna... para ella se necesitaba algo más suave, algo que nutra desde dentro. Fui a la cocina por el caldo de pollo más sustancioso.

Mientras volvía, Vraask me pidió que la vistiera. Su ropa estaba destrozada. Este simple acto de proveer una túnica limpia, de cubrir la vulnerabilidad, fue un momento de profunda humildad. Con la ayuda de las Hermanas, la arropamos. No hay curación posible si la dignidad ha sido despojada.

Al darle la sopa, cucharada a cucharada, sentí la debilidad en sus músculos, la rigidez por el shock. Las Hermanas habían hecho bien, pero mi toque, creo, la calma de una manera que solo un sacerdote puede lograr. Revisé sus heridas, más por el deseo de conectar con su dolor que por un diagnóstico, buscando en mis manos el calor de la magia sanadora de Ilmater para asegurarme de que el trauma interno no era peor que el físico.

Entonces, llegó Kath, otro miembro de la Guardia, envuelta también en el aura de la batalla reciente. Comenzaron a hablar de las alcantarillas, de bandidos... de la oscuridad que acecha bajo las calles de Athkatla, la misma oscuridad que ha dejado su huella en Gunna.

Escuchaba la conversación, pero mi mente estaba en Gunna. No es solo un sargento herido. Es una madre, un ser humano que ha sido llevado al límite de su resistencia. Mi fe me enseña que el sufrimiento tiene un propósito, que forja el alma. Pero mi corazón, como siervo de Ilmater, solo desea detenerlo.

¿Cómo conciliar el propósito divino con el dolor que desgarra a mis amigos?

Me concentré en el calor del caldo, en el peso de mi collar con el símbolo de la mano atada. Soportaremos esto juntos.

No puedo borrar lo que vieron o hicieron, pero puedo ser el ancla para su regreso a la calma. Puedo ser el recordatorio de que, incluso en las peores tinieblas, hay un lugar seguro, un plato caliente, y un abrazo silencioso del Creador que Sufre.
Cuando el relato terminó, la urgencia de la adrenalina se disipó. Era hora de descansar. Vraask y Kath se despidieron para dejarla.

Gunna está dormida ahora, con su hija a salvo a su lado. Me quedé un momento más, rezando una bendición silenciosa sobre la habitación. Mañana traerá ungüentos, oraciones específicas, y la lenta labor de reconstruir el espíritu. Por esta noche, el cansancio y el dolor de Gunna son míos. Lo soporto para que ella no tenga que hacerlo sola. Esta es mi ofrenda.

Ilmater sea con ella.

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LA PRUEBA SILENCIOSA DEL CORAZÓN VI
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Hoy, la paz me ha sido arrebatada de la manera más burda.
Todo comenzó con un momento de inocente servicio. Estaba en el Hospicio, revisando el cofre de donativos, un deber menor pero importante para los necesitados. Y allí, bajo unos trapos y monedas, encontré una nota, sin remitente, sin firma, escrita con una tinta de un rojo vibrante y doloroso. Decía:

"La Lealtad de un amigo vale mas que la lujuria"

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Una punzada de certeza me atravesó, Vésper. Solo él, en su actual estado de furia, enviaría un mensaje tan críptico y punzante, justo después de que Arenel le confesara mi estupidez.

Mi confesión, lanzada a Arenel en la hora en que creía que el Crupier iba a segar mi vida, fue la más sincera que he hecho, la de que mi corazón la amó. No la amo ahora, no la amo como su compañero, Vésper, la ama, pero el sentimiento fue real y lo solté. Y Vésper, con su legítimo orgullo herido, ha estado persiguiéndome desde entonces.

Sin pensar más, como un idiota que tropieza con la misma piedra, usé mi don divino de comunicación.

Mente a mente, crucé los planos hasta él.
"Vésper, tenemos que hablar."
Creí que la nota era su forma de decirme: "Ya basta de evasivas, Dick. Enfréntate a mí".

El Hospicio estaba inmerso en una calma tensa. Gunna, nuestra valiente amiga, sigue recuperándose de sus heridas. Mientras le brindábamos apoyo, la biblioteca se había convertido en un improvisado estudio de prensa. La señorita Madeleine redactora de La Voz de Amn estaba allí, tejiendo la crónica del ataque sufrido a la Guardia Kath y el aventurero Vraask de una vampira. Yo, sacerdote de Ilmater, solo ofrecí el lugar, buscando paz en el orden de los libros.

Y entonces, el infierno se desató.
La puerta de la biblioteca se abrió de golpe, y entró Vésper. No como el amigo que conocí, sino como un demonio furioso, poseído por una rabia que le desfiguraba el rostro.

"¡Dick! ¡¿Dónde estás, Dick Cars?!" El grito resonó, ahogando las palabras de la entrevista, helando la sangre de los presentes.

Lo vi y sentí la bilis subirme a la garganta. Él me encontró y, con una voz cortante como el acero, me espetó: "Si quieres hablarme, mueves el culo y me buscas. No vuelvas a proyectar imágenes en mi mente.

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Mi rostro se puso tan caliente como la forja de un herrero. ¡La desfachatez! No solo irrumpe en un lugar de sanación y paz, peor aún, perturba a mis huéspedes.

Mi autoridad como Caballero del Guantelete y guardián del Hospicio se impuso a mi dolor.

"¡Perfecto! ¡Sal inmediatamente del Hospicio, Vésper!"
Esas no son las formas correctas de venir a ningún sitio

Las palabras salieron como un trueno. Él se quedó inmóvil un segundo, y luego, con un bufido, se dio la vuelta y se marchó dando un portazo.

Mientras el silencio volvía a la biblioteca, y pedía disculpas a Madeleine, Kath y Vraask por la interrupción, un frío se asentó en mi alma, un frío que ya no era de dolor, sino de una determinación gélida.

Se acabó.

La nota, fuera suya o no, ha servido de catalizador. Este sufrimiento, este ciclo de enfados, reproches, malentendidos y dolor, tiene que terminar. Ilmater me enseña la compasión y el sacrificio, y ahora entiendo que mi sacrificio es el de mi propio corazón.

No intentaré hablar más con Vésper. No buscaré su perdón, no intentaré explicarle que mi mensaje fue una reacción a la nota que creí que me había enviado. Simplemente, ya no buscaré su amistad. La suya no es la lealtad que me salva, y mi presencia solo le causa más rabia.

Me alejaré definitivamente de Arenel. Mi tonta confesión no debe seguir siendo el clavo en el ataúd de su relación. La quiero lo suficiente como para dejarla ir. Ella merece la felicidad y la tranquilidad que yo, por mi simple existencia, parezco negarle a su pareja.

Mi camino es el servicio, el alivio del sufrimiento de los demás. No puedo sanar al mundo si yo soy la herida abierta. A partir de hoy, Dick Cars se vuelve un poco más solitario.

Que la lealtad que no pude conservar me guíe a encontrar la paz en la soledad.
El Coraje del León es también saber cuándo retirarse para curar sus heridas.
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EL ASCENSO A CABALLERO DE ELYNDRA
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Apenas la luna se asoma sobre el Castillo. La luz de las velas sigue ardiendo en los pasillos, testigos silenciosos de un rito que cambiará el destino de una joven. Me he retirado a mis aposentos, pero la sensación de la maza en mi mano, de la rodilla de Elyndra bajo el acero, permanece.

Hoy, mi ahijada, mi escudera, la jovencita que tomé bajo mi ala hace ya unos meses, ha ascendido. Dama Caballero Elyndra GrahKawk. El nombre me trae una oleada de orgullo que se mezcla con la solemne gravedad del deber.

A veces, la Orden del Guantelete se enfoca tanto en la Ley y la Vigilancia que olvidan la empatía. Y ahí entro yo. El Sacerdote de Ilmater.

No buscamos la gloria fácil ni el servicio difícil, como reza el rito, sino el servicio compasivo. Elyndra entiende esto instintivamente.
Al recitar la parte que toca a Ilmater, le recordé que no hay honor sin cicatrices, y que la empatía profunda nace del dolor soportado.

Le dije que cada golpe que reciba por otro le recordará su propósito. Yo sé lo que es ese dolor; es el precio de la virtud, el peaje que paga la justicia. Y ella lo juró. Juró defender a los inocentes sin importar su propia comodidad o dolor.

Cuando llegó el momento crucial de Detectar si tiene rastros de maldad, mi corazón latió un poco más rápido de lo habitual. No por dudas sobre su carácter —nunca las tuve—, sino por la seriedad del escrutinio divino. Invoqué la mirada inmaculada de la Luz. La respuesta fue clara, resonante: "Un orden inquebrantable y benevolente".
El espíritu puro. Un corazón ligado firmemente al bien. Es digna.

Mi rol como padrino ha terminado en la forma, pero comienza en el fondo. Ya no seré el Caballero que le da órdenes, sino un igual, un hermano de la Luz, un consejero. Pero nunca olvidaré la imagen de su rostro al levantar la cabeza. No había vanidad, solo una determinación férrea. Es una espada en manos de la compasión.

Le he dado la última bendición. Le he dado la misión.

"¡VE Y GOLPEA AL MAL EN EL NOMBRE DE LA LUZ!"

Que Ilmater la sostenga en su sufrimiento y le dé la resistencia para seguir luchando, para que sus lágrimas se conviertan en la voluntad para un nuevo día.

Estoy orgulloso de mi hija de la Luz.
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El Milagro del Caballero Lufram
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El día comenzó con el solemne peso del ministerio, el deber de consolar y guiar a los que quedan atrás. Un día dedicado al Rito del Luto y la Esperanza, en honor al noble caballero Lufram Dark.

Me paré ante la congregación, mis palabras ya tejidas con el consuelo de Ilmater, el sufrimiento es temporal, el valor es eterno. Logré ver cómo sus rostros, marcados por el dolor, hallaban un breve respiro en la promesa del Dios Roto de que la paz llegará.

Justo cuando leía el Credo del Que Soporta, ese pasaje sobre cómo el dolor engendra valor, la puerta de la capilla se abrió con un estruendo impropio de un funeral.

La conmoción fue como una ola fría que barrió el calor de la fe. Y allí, en el umbral, estaba Lufram Dark.
Vivo.

No era un espíritu, ni una visión. Era él, apoyado o quizás custodiado, por un grupo de figuras encapuchadas que permanecieron en las sombras, como si hubieran liberado un milagro y esperaran que nadie les preguntara el precio.

Mi voz se secó en la garganta. La palabra "Roto" que iba a pronunciar se quedó atascada, reemplazada por un nudo de incredulidad y asombro puro.

El cambio en la congregación fue total, inmediato. El aire denso de la pena se disipó, transformándose en un caos de susurros, gritos ahogados y el ruido de bancos al moverse.

¿Cómo es posible? Mis ritos no son falsos. ¿Acaso el Roto me está probando? ¿O es esto una Gracia tan profunda que desafía la comprensión mortal?

El corazón me latía con una fuerza desmesurada. No era miedo, sino la vertiginosa sensación de que el orden del mundo, tal como lo conocía en ese instante, se había desmoronado.

El caballero Lufram Dark, por quien ofrecía consuelo por su sufrimiento final, estaba aquí, respirando el mismo aire. Su regreso hace que la misa de hoy sea la mayor burla o la mayor bendición que jamás he oficiado.

Tuve que recuperar la compostura rápidamente. Detuve la lectura. La gente se abalanzaba sobre él con preguntas.
Necesito silencio. Debo invocar la calma, la paciencia y el estoicismo que enseña mi Dios. Lo primero es asegurarme de que no es un truco cruel de alguna deidad maligna.
Lo segundo es entender el verdadero significado de este... interludio.

Por ahora, solo puedo escribir que Lufram ha vuelto. El sufrimiento, al parecer, aún no ha terminado para él, ni para los que le rodeamos. Pero un sacerdote de Ilmater no teme el dolor. Lo soporta y lo interroga.

Que el Dios Roto nos guíe a través de este asombroso nuevo capítulo.

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La noche que el sufrimiento exigió una penitencia.
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Hoy he escuchado una verdad que no podré olvidar. No por el detalle de los actos —pues esos están sellados por el sagrado silencio de Ilmater—, sino por la carga que han dejado en el penitente.

Ver a un alma llegar a tu puerta, no pidiendo ser absuelta sin más, sino exigiendo una penitencia que iguale el dolor que siente su corazón... eso es lo que me recuerda la verdadera naturaleza de la compasión.

Sus revelaciones fueron fuertes, hirientes. Apreté los labios y sentí el peso de su dolor por un instante. Tuve que respirar hondo para recordarle la enseñanza de nuestro Dios: el sufrimiento, cuando se acepta con humildad, no es vergüenza, sino la reparación que el alma necesita para curar sus heridas abiertas.

Me pidió el castigo. Yo le ofrecí un camino.

Le impuse el Yugo de la Vigilancia. Dos noches sin dormir, al lado de los enfermos y los heridos, sirviendo con sus manos donde nadie quiere ir, en el campamento de los leprosos de los barrios bajos. Sentir en carne propia la fatiga del cuidador, ese es el precio y el propósito. No busco el fin de su dolor, sino el propósito en él. Le recordé que solo cuando el arrepentimiento se transforma en resistencia, el alma puede sanar.

Vi en sus ojos la duda y la inmensidad del desafío. Es una penitencia pesada, la carga del mundo, tal vez. Pero los verdaderamente santos toman el sufrimiento con honor. Le di mi bendición y le rogué a Ilmater que le conceda la fuerza para soportar el yugo y la sabiduría para no volver a tomar un camino así.

Mi manos aún sienten el toque de mis dedos al bendecirle. Es mi deber ahora llevar en silencio lo que me ha confiado.
Y rezar. Rezar para que el corazón que ha salido de aquí hoy, aprenda que la compasión comienza con el amor a uno mismo lo suficiente como para querer cambiar.
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Offtopic :
Escena real On, bueno como todas las que pongo, pero lo digo por que por secreto de confesión, oculto nombre y datos de la confesión, solo el o ella sabe quién es , si alguien más se anima a una confesión aquí estaré
 

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Una Presencia Notable y las Ideas Cautivadoras.
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Hoy el hospicio recibió una visita inusual que ha traído un soplo de aire fresco, o al menos, una brisa llena de ideas. La Dama Eileen, una mujer de una belleza innegable, se presentó con propuestas para nuestros niños huérfanos que no puedo sino considerar valiosas.

Su forma de hablar es tan dulcemente melosa que cada palabra parece flotar en el aire antes de posarse. Discute sus planes con una gracia natural, y sus gestos... son bastante expresivos.

Mientras explicaba sus ideas, la vi tocarse el pelo largo y rojizo con una mano delicada, y en ocasiones, su mano se deslizó por su cuello, rozando sutilmente el escote de su vestido rosado y azulado, que tan bien realza su figura. No puedo negar que su presencia es ciertamente... notable.

Entre sus iniciativas, Eileen sugirió establecer un día a la semana para impartir clases de dibujo a los niños. Una idea maravillosa para estimular su creatividad y ofrecerles una distracción constructiva en este entorno a menudo sombrío. Además, propuso la creación de un pequeño mural en alguna de las paredes del hospicio, con la valiosa participación de los propios huérfanos.

Imaginó un proyecto colaborativo que les daría un sentido de pertenencia y orgullo por su "obra".

Acepté con gusto todas sus propuestas. La dedicación a los niños es siempre una prioridad para mí y para la misión de Ilmater. Sin embargo, en cuanto a la realización del mural, le expliqué que necesitaría consultar con los mandos superiores eclesiásticos. Es un cambio en la estructura del hospicio, aunque menor, y requiere su aprobación.

No obstante, le aseguré mi firme convicción de que aceptarían la idea. Es una iniciativa que trae alegría y color a la vida de los más pequeños, y eso siempre es bienvenido.

Ella asintió con esa sonrisa encantadora, y prometió volver la próxima semana para empezar a organizar los materiales y el horario. Será un buen cambio para el hospicio, sin duda.
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Un Día de Instrucción y el Peso de la Paz
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El sol de media mañana apenas lograba perforar los ventanales altos de la sala de instrucción en el Castillo del Guantelete. Me dirigí a los valientes de la Guardia de Athkatla, el símbolo de las manos atadas de Ilmater frío sobre mi pecho. Mi propósito no era la gloria, sino armarles contra la profanación que corroe el sueño eterno: la No-Muerte.

A mi lado mi hermano de la Orden Baldrak, que aportaría su experiencia y sabiduría en la lucha contra No-Muerte

Comencé con la base, el corazón de nuestra misión: el Campo Santo no es solo tierra, es un juramento. Hablamos de la moral, de la velocidad para evitar el pánico, y de la importancia del fuego no solo como arma, sino como un recuerdo de la luz de la vida que esas cosas han perdido.

Cuando llegué al punto de la "Horda de Masillas" (esqueletos y zombis), las manos se alzaron.

"Padre Dick," preguntó un joven, "Si los zombis son lentos, ¿por qué insistir tanto en el daño contundente? ¿No es más rápido cortarles la cabeza con la espada?"

Respondí con calma, explicando que el filo se atasca, mientras que la maza o el martillo rompen la estructura. "Golpear con fuerza es vuestra bendición," les recordé. Es un alivio del dolor rápido. Un golpe que disipa la podredumbre.

La sección sobre los Drenadores (necrófagos y tumularios) y la parálisis causó una inquietud palpable. La idea de un compañero inmovilizado y a merced de ser devorado fue difícil de asimilar.

Les enfaticé que en la ausencia de un clérigo, la poción de curación debe ser tan instintiva como levantar el escudo.

El último segmento, sobre los Vampiros, fue recibido con un silencio respetuoso, casi de miedo. Un guardia, más curtido, solo asintió con la cabeza, sus ojos mostrando que ya había visto algo de esa oscuridad. La complejidad de una estaca, la decapitación y la quema no es una tarea para una patrulla simple, y les aconsejé la retirada táctica, a menos que el destino les obligara.

El capitán de la guardia, en su sabia firmeza, había provisto el mejor maestro para el curso: un zombi real, capturado y atado. La transición de la sala de conferencias a la húmeda penumbra de los calabozos del castillo fue abrupta.

El hedor a tierra removida y descomposición llenó el aire. Ante la forma inerte y bien atada, pregunté a la Guardia lo que necesitaban saber:

¿Qué tenéis ante vosotros? ¿Y qué se requiere para que este pobre ser encuentre el reposo?

Unos pocos murmuraron "zombi", otros dijeron "daño contundente". Elegí a un guardia. Su mano temblaba ligeramente, pero sus ojos eran sinceros.

Le impuse la bendición del Fuego Sagrado en el filo de su espada. Es la menor forma de aliviar el dolor, la luz para disipar la oscuridad. El guardia entró, la luz de Ilmater danzando sobre el arma, y en un rápido movimiento, dio el golpe. Fue contundente, limpio.

Entonces entré yo. Toqué la cabeza del cuerpo ahora silente, un amasijo de materia muerta que ya no era una amenaza. Cerré mis ojos y ofrecí mi plegaria a El Sufridor:

"Oh, Ilmater, Sufridor de Todos. Esta carne corrupta ha cesado de caminar. Te suplico que el alma que fue forzada a animarla encuentre ahora la paz. Que el dolor de esta profanación sea aliviado. Que el descanso sea concedido. Así sea."

Sentí la calidez familiar de mi Dios. Fue un acto de compasión, no de castigo. Es lo que siempre se debe hacer.


La luna estaba alta cuando nos dirigimos al Campo Santo de Athkatla. La verdadera prueba no es la teoría, sino el enfrentamiento en el lugar profanado.

Encontramos lo que esperábamos, varios "Masillas" se habían levantado. El entrenamiento funcionó. Vi a los guardias cambiar a mazas sin que nadie lo ordenara, manteniendo la línea. Sus antorchas ardían con disciplina, creando pequeños bastiones de luz.

Al final de la ronda, no había solo cadáveres derrotados, sino almas de las que la profanación había sido expulsada.

El dolor es una constante en Amn, pero hoy, dimos un paso para aliviarlo. La Guardia de Athkatla aprendió no solo a matar, sino a conceder el reposo. Me siento satisfecho con el trabajo. El espíritu del Guantelete y el corazón de Ilmater se unieron hoy para la defensa de esta ciudad.


Hoy, mientras observaba a los guardias en el Campo Santo, sentí la armonía—y la tensión—entre mis dos juramentos.

Como siervo de Ilmater, mi deber es el alivio del dolor y la compasión. La destrucción de un no-muerto es, en sí misma, un acto de piedad, pues pongo fin a una miseria forzada. Pero como Caballero del Guantelete, llevo el peso de la Ley y el Juicio de Torm.

El Guantelete exige firmeza y que la justicia sea aplicada sin titubeos a aquellos que desafían el orden. La No-Muerte es la máxima anarquía y la peor ofensa contra el orden divino.

Mi fe me obliga a sanar; mi orden, a golpear y a defender. Al bendecir el cuerpo muerto del zombi después de que el guardia lo derribó, cumplí ambos: la justicia implacable del Guantelete al destruirlo, y la compasión de Ilmater al desearle el descanso verdadero.

No son juramentos en conflicto, sino dos manos que trabajan al unísono, la mano izquierda que sufre el dolor, y la mano derecha que lo detiene. Es en esta intersección que hallo mi verdadera fuerza.

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El aprendizaje de parte de una Dama de la Luna
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La brisa fresca de la noche en Agujas de Oro, donde el aire parece susurrar secretos ancestrales, no era suficiente para disipar la expectación que burbujeaba en mi pecho.

Como sacerdote de Ilmater y caballero de la Orden del Guantelete, mi vida siempre ha girado en torno al cuidado, la protección y la sanación. Mi nombre, Dick Cars, es sinónimo de apoyo en el fragor de la batalla. Sin embargo, en mi interior, crecía la necesidad de ir más allá, de blandir la fe de una manera más... contundente.

Por eso, la cita con la Dama de la Luna, Sariel, era tan crucial. Ella, una clériga de Selûne, domina el arte de canalizar su poder de maneras más directas y ofensivas, un conocimiento que me es ajeno y que estoy ansioso por adquirir.

La búsqueda de ese equilibrio, de cómo preparar los conjuros para no solo restaurar sino también castigar, era la meta de esta primera lección.

Llegué al punto de encuentro y allí estaban, elegantes y expectantes. Sariel, con su aura lunar, me recibió con una sonrisa que prometía sabiduría. No estábamos solos, La Dama de la Luna Gwenaelle y la perspicaz Magistrada Arianne se habían unido a la cita, creando un pequeño y notable auditorio para mi iniciación en los caminos más agresivos de la magia divina.

La clase en sí misma se centró en la perspectiva del combate, en la elección de esos pocos conjuros que, bien aplicados, pueden cambiar el curso de un encuentro sin necesidad de una poción curativa. Sariel me guio a través de la teoría de la aplicación estratégica, enfatizando que la verdadera ofensiva reside en la preparación y el momento oportuno.

Fue una sesión de gran valor. Me retiré de Agujas de Oro con la mente llena de nuevas combinaciones y una visión renovada sobre mi papel en la vanguardia. El camino del Guantelete no solo se defiende; a partir de hoy, también aprenderá a golpear con la fuerza de la compasión cuando sea necesario.
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El Retrato Inesperado
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El peso de las horas se disipó cuando por fin pude retirarme al pequeño despacho en la biblioteca del hospicio. La fatiga me hacía lento, pero la paz de saber que los enfermos leprosos de los Barrios bajos se quedaron atendidos, y la obra de Ilmater cumplida un día más, es una recompensa en sí misma.

Fui a ver los dibujos, las creaciones de los pequeños bajo la tutela de la Dama Eileen. Me habían avisado de su generosa visita cuando llegué; su talento es evidente, y su corazón es aún más grande por dedicarlo a estos pequeños desamparados. Ver sus caras manchadas de pintura y sus risas resonando en estas paredes es una bendición que me recuerda que, a pesar de las sombras de éste mundo, la luz de Ilmater nunca se extingue por completo.

Los dibujos de los niños, cada uno un testimonio de inocencia y cariño, estaban apilados sobre mi mesa. Me habían "retratado" a su manera: figuras grandes, figuras pequeñas, todas llenas de color y sin preocuparse por la proporción. Pura honestidad. Sonreí.

Pero al abrir el cajón para guardar los dibujos de manera segura, mi mano se detuvo. Allí, sobre la madera, había otra pieza de papel. Una acuarela. La reconocí al instante como obra de Eileen, su trazo es inconfundible, más seguro, más... profundo que el de los niños. Y me di cuenta de lo que había hecho.

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Me ha dibujado. Me ha retratado con una seriedad que no sé si merezco.
No había nota, ni firma visible, lo cual es tan elocuente como si hubiera gritado su nombre. "Un gesto que no pide respuesta, ni busca agradecimiento o reconocimiento..."

Guardé su acuarela con especial cuidado. No es solo un dibujo; es un testimonio de que la labor de Ilmater, no pasa inadvertida, incluso en los corazones que se sienten solos. Es un recordatorio de que mi constancia, que es simplemente mi deber, puede ser un refugio para otros.

Le prometió a los niños que volvería, ellos me lo dijeron, y lo hará seguro. Y yo, Dick Cars, le prometo a Ilmater ser digno de la fe que ella y los niños han depositado en este humilde sacerdote.

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Muchísimas gracias por el detallazo @Davigochi12 me ha encantado tú relato
 

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Corbi, una Bendición de Ilmater en Athkatla
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El peso de Athkatla es a menudo una carga para el espíritu, incluso para uno con la fe de Ilmater. Las calles son duras, y la miseria, tan palpable en los barrios bajos, exige toda mi fuerza. Pero entre las paredes del hospicio, siempre encuentro un faro de luz. Y ese faro, pequeño pero resplandeciente, a menudo tiene el rostro de Corbi.

Si bien amo y atiendo a todos los huérfanos por igual, cumpliendo con el Mandato del Ilmater y su amor, debo confesar que el joven Corbi ocupa un lugar especial en mi corazón.

Es un chiquillo con un espíritu indomable. Nunca necesita que le pidan ayuda; él es el primero en ofrecerla, con esa sonrisa radiante que logra disipar cualquier sombra en la habitación.

Hoy, una vez más, ha sido mi mensajero. Es el único en quien confío plenamente cuando se trata de misivas importantes, pergaminos a la Sede o notas urgentes a mis hermanos Caballeros, y otras instituciones.

Cuando le entrego un sello, sus ojos se encienden con una seriedad que desmiente sus pocos años. Corre por la bulliciosa ciudad como un dardo, y sé, sin lugar a dudas, que el mensaje llegará rápido y seguro.

Él no solo me sirve a mí; sirve a una causa mucho mayor con cada pequeña tarea. Me recuerda a mis propios días de acólito, aunque con mucha más chispa.

Corbi no está destinado a quedarse en la sombra de este hospicio. Este niño tiene el temple y la determinación para grandes cosas. Estoy convencido de que su camino lo llevará lejos, más allá de los muros de Amn.

Que Ilmater me dé la fuerza para estar a su lado en cada paso de su ascenso. No solo como su mentor, sino como un amigo y un protector. Juro que, mientras yo tenga aliento y este Guantelete, estaré allí para ayudarle a alcanzar el futuro que merece. Es un héroe en ciernes, y yo me siento honrado de conocerlo ahora.

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El Oni Capturado y el Dolor de Sariel
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Siento el frío del Templo más en el alma que en la piedra. Hoy ha sido un día de emociones encontradas, una pequeña llama de justicia parpadeando en la inmensa oscuridad de la traición.

El recuerdo de Sariel siendo arrastrada aún me oprime el pecho. Nos hizo prometer que nos iríamos, que no la perjudicaríamos más. ¡Qué humillación, qué agonía para el espíritu! Sentir que la única forma de servir a un amigo es abandonarlo. Le fallamos, o al menos así se siente. Le fallamos en el momento en que la oscuridad nos obligó a la retirada.

Rezo a Ilmater para que le dé la fuerza para soportar lo que sea que ese Lord Brujo le esté haciendo. La visión de su sufrimiento es el aguijón que me impulsa. Sé que ella es fuerte, pero también sé lo vulnerable que es el cuerpo, y el espíritu, ante los tiranos.

Y luego está Sondakur. La ironía de verlo capturado en un cementerio, el lugar donde la vida se rinde, mientras él intentaba corromper más vidas. Gracias a la Luz, Gwenaëlle fue rápida y perspicaz. Me alegro de haber podido ayudarla a asegurar a esa bestia. Al menos, hemos cortado la mano que entregó a Sariel.

Ver a Sondakur en los calabozos, tan arrogante, tan callado. No es suficiente. Necesitamos la verdad.

Le he enviado la misiva a Gwenaëlle. El Guantelete está informado. La burocracia de la Orden es lenta, pero firme. Necesito que actúen rápido, que nos permitan ofrecerle esa escolta o, mejor aún, que autoricen una partida de rescate para Sariel.

Mi corazón está partido, un lado duele por la pena de Sariel, y el otro arde por la necesidad de ayudar a Gwenaëlle y ejecutar la Justicia.

Debo confiar. Confío en que Ilmater me guiará a través de este sufrimiento para que pueda aliviar el de mis amigos.

Confío en que el Guantelete hará lo correcto.
Mañana, me presentaré en el Templo de la Luna al amanecer. Si los Maestres no se mueven, tendremos que movernos nosotros, con o sin su bendición. Primero, la custodia del Oni. Luego, la libertad de mi amiga.

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La Dignidad en el calabozo
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El aire en los calabozos del templo de Selûne es frío y húmedo, un contraste sombrío con la calidez que intentamos proyectar en la superficie. Sin embargo, no dejo de bajar. Es mi deber, mi penitencia autoimpuesta, y quizás, mi única forma de mantener la cordura.

Hoy volví a visitar al ogro oficial, si es que se le puede llamar así. Le llevé el pan moreno y la jarra de agua que la Dama Gwenaëlle me permite. Además, como suelo hacer, he lanzado conjuro de Crear\ Agua y Crear\ Comida para asegurar que, incluso después de mi partida, no pase necesidad.

La gratitud en sus ojos amarillos es una cosa extraña de ver. No es un hombre, es una criatura de guerra, pero ante el cuidado, incluso él muestra una chispa de... ¿respeto?

Aquí radica el nudo que tengo en el pecho. Sirva a los sufrientes, sin juzgar. Esa es la base de mi fe, la luz que me guía.

Mientras le ofrezco agua fresca y un alimento sencillo a este enemigo de Amn, mi mente no puede evitar volar miles de millas al sur, a Murann. ¿Qué le estarán dando a Sariel? ¿La dejarán descansar? ¿Recibirá el trato digno que yo exijo para este ogro? Esos pensamientos son un veneno lento para mi alma. La idea de mi amiga, la valiente sacerdotisa, sufriendo el mismo maltrato que el guardia ha infligido aquí, me retuerce el estómago.

Si me dejo llevar por ese dolor y esa ira, el razonamiento es simple: “Si ellos la torturan, yo debo hacer lo mismo con el suyo.”

Pero eso no es Ilmater. Eso es la Oscuridad. Si abandono mi deber de cuidar al sufriente, ¿qué me diferencia del torturador? Mi fe me exige elevarme por encima de la barbarie, ser un faro de piedad incluso en la guerra.

Mi única esperanza es que la luz que yo proyecto aquí sea un reflejo de la luz que el Gran Doliente proyecta sobre Sariel dondequiera que esté. Si yo me mantengo firme en mi doctrina, tal vez, solo tal vez, su sufrimiento se alivie. Es una fe débil la que solo se aplica cuando el enemigo está siendo amable.

Hemos pasado horas conversando de nuevo. El ogro es más astuto de lo que parece, o quizás, simplemente desesperado. Intenta aprovechar mi bondad, mi compasión.

Dick Cars,” me dice con su voz gutural, “Tú eres un hombre de gran corazón. El más noble de todos los que me han encadenado. Si eres tan bueno, libérame, permite que regrese a mi gente. Sería tu mejor acto.”

Y es ahí donde la fe debe unirse al pragmatismo del Guantelete.

Una cosa es el cuidado, otra distinta es la necedad. Mi fe me manda alimentar su cuerpo y su espíritu, asegurarme de que no se le infrinja un dolor innecesario. Pero la Orden me manda proteger a los inocentes. Este ogro es un alto oficial del ejército de Murann, su liberación causaría un dolor incalculable y la muerte de gente inocente.

Le he mirado a los ojos, con firmeza, y le he recordado:
No te liberaré. No estoy aquí para romper las Leyes de Amn, ni para traicionar a mi gente. Estoy aquí para recordarte que, incluso como prisionero, sigues siendo una criatura que merece una ración diaria de dignidad. Nada más y nada menos.

El ogro gruñó, entendiendo el límite que no cruzará mi compasión.

El camino del Doliente es estrecho y empinado. Cada acto de bondad es una pequeña batalla contra la amargura. Hoy gané esa batalla.

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Cuando la Luz es Encarcelada
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La noticia me golpeó como un puñetazo en el estómago. Gwenaëlle, la Dama Gwenaëlle... detenida. Intercambió al ogro por Sariel. Un acto de desesperación, de lealtad, y ahora, de imprudencia ante la inflexible ley de Amn. Y está encerrada. En el mismo tipo de calabozo al que, irónicamente, querían trasladar al ogro. La ironía del destino es una carga pesada para mi corazón.

Fui a verla. No podía no hacerlo. Caminar por los pasillos de ese cuartel, sabiendo que ella, una sacerdotisa, una Oráculo, estaba tras esas rejas de hierro tosco, fue una agonía silenciosa. Cuando la vi, mi corazón se encogió. El rostro pálido, los ojos que siempre brillaban con la luz de la luna, ahora opacos por la tristeza y la resignación.

No hablamos mucho. Las palabras habrían sido superfluas, una distracción del profundo torbellino de emociones que me embargaba.

Solo pude comunicarle, en un susurro grave, que había dejado un pergamino en el tablón de anuncios del hospicio. Un ruego al pueblo, a Amn, para que no permitiera que una injusticia así se mantuviera. Un grito, quizás desesperado, por la verdad y la compasión.

Mientras estábamos allí, en ese silencio cargado de significado, la voz de la guardia Kath resonó en el pasillo. Su presencia, si bien esperada, interrumpió la tenue conexión que habíamos establecido.

Me preguntó qué hacía yo allí. Le expliqué brevemente que había permitido el acceso uno de sus propios compañeros de la guardia para que me acompañara, asegurándole que todo era conforme al protocolo.

Y entonces, el impulso. Un pequeño gesto de humanidad en medio de la fría burocracia.

"Guardia Kath," le dije, mi voz suavizada por la súplica. "Las hermanas de San Annur en el hospicio han hecho unos buñuelos frescos. ¿Podría... podría ofrecerle uno a la Dama Gwenaëlle? Para el cuerpo, y quizás para el espíritu."

La guardia me miró, quizás con un atisbo de sorpresa, quizás evaluando la situación. Finalmente, asintió con una mezcla de reticencia y un sutil reconocimiento.

Gwenaëlle, con las manos temblorosas, aceptó el buñuelo. Verla comerlo, con una avidez que solo el cautiverio puede generar, me rompió el alma y al mismo tiempo me dio una pequeña chispa de esperanza. Era un simple buñuelo, pero en ese momento, era un rayo de sol en su oscura celda. Le ofrecí uno a la guardia Kath también, como un gesto de buena voluntad. Ella lo agradeció, pero declinó. No importa. El acto había sido visto.

El tiempo de visita se agotó inexorablemente. Dos horas pasaron como un parpadeo. Me marché, acompañado por la guardia Kath, dejando a Gwenaëlle atrás. La imagen de sus ojos, la forma en que el buñuelo le había brindado un consuelo efímero, se grabó en mi mente.

La fe de Ilmater es puesta a prueba una y otra vez en estas paredes de piedra. No basta con la fuerza o la espada; a veces, la verdadera batalla es por la piedad, la empatía y la dignidad humana. Y hoy, la lucha se libra por Gwenaëlle.

Antes de irme la dije que seguiría luchando por su liberación, que mientras haya vida hay esperanza.

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