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El Rincón de Tesla

Frankysan

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Espíritu Condenado​

Primero oyeron su macabra risa, resonando por los pasillos del viejo colegio de magia y hechicería. Acostumbrados a esos recibimientos, no se detuvieron hasta llegar a una vieja sala de recepción cuyo techo se había derrumbado parcialmente, revelando el cielo nocturno que había sobre ellos, ausente de estrellas. La silueta del paladín caído Vaerie les esperaba tras un portón metálico, pero estaba difusa, como si las sombras que la componían estuvieran impacientes de saltar a por ellos y devorarlos, lamiendo el techo y las paredes a su alrededor como tentáculos de sombra. Al verles llegar, alzó su alabarda y con una voz potente anunció:

- ¡Los Muertos han venido! ¡Han venido a unirse a la Muerte!

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Frederic desenvainó su espada, Noche de Tormenta, conforme avanzaba hacia el centro de la sala, mirando fijamente a Vaerie. El arma soltó un chispazo en la oscuridad, iluminando su serio rostro por un segundo. El ex-paladín sentía respeto y compasión por el espíritu del paladín, que había caído luchando valientemente contra el dragón que había arrasado aquella escuela años atrás.

- ¿Eres Vaerie? Hemos venido a liberar tu alma.- dijo, dejando de lado las habituales bravuconadas.
- ¡Yo no soy nadie! ¡Un siervo de la Muerte! ¡Habéis venido a uniros a mí!-dijo el espíritu caído, caminando de un lado a otro como un depredador esperando para saltar- Si cruzáis el umbral de esta puerta, moriréis.

Hubo un silencio sólo interrumpido por el descorchar de unos viales que llevaban los compañeros del Orbe Eterno en su botiquín. Frederic hizo una mueca al notar el sabor amargo de la poción que le protegería de la muerte y volvió a mirar al Paladín Caído.
- Procedemos a liberar tu alma- avanzó hasta el mecanismo que abría el portón y enfrentarse a Vaerie.
Avanzaron con decisión hacia la criatura no muerta, manteniendo el espacio entre ellos para no molestarse a la hora de combatir. Frederic iba el primero, con el escudo en alto con intención de detener la acometida inicial. Sentía que era su trabajo, como guardián y protector del resto del grupo. A su lado, Roxx se descolgaba la lanza de la espalda y la hacía girar son una ligereza y fluidez asombrosas, como si el arma fuera una extensión de sí mismo. Uko se les adelantó, impaciente por entrar en combate y sujetando con ambas manos el enorme mazo con runas azote de no muertos grabadas en la superficie plana del arma, siempre furioso, siempre con ganas de combatir. Raven les seguía, balanceando su guadaña y tarareando una canción para elevar el espíritu. Atrás se quedaron Sarah y Andros. La joven maga se posicionó buscando un lugar desde donde tener línea de visión clara del paladín caído, analizando la sala con una mirada buscando los espacios más aptos para ello mientras Andros la observaba con una sonrisa cargada de orgullo.

Vaerie no avanzó, en lugar de eso se mantuvo en pie en su sitio, con una postura desafiante heredada de su época de paladín. Sonrió bajo su oscuro yelmo, sin miedo ni dudas e invocó el poder oscuro otorgado por Sariel. Todas las debilidades de la carne, todas las dudas de los mortales y miedos purgadas de su cuerpo. Se sentía puro, preparado para derrotar a cualquiera que amenazase a su amo. Cerró el puño frente a él concentrando su poder y descargó una onda de energía golpeando el suelo, que se extendió por toda la sala.

La onda hizo que Frederic tuviese que protegerse con el escudo y desequilibró a los demás en su avance. Las luces de sus armas comenzaron a parpadear y se extinguieron durante unos segundos de incertidumbre. Un zumbido en el fondo de su cabeza le asaltó de repente y la imagen de Sariel le asaltó de repente en la oscuridad, alargando la mano para llegar hasta él y arrancarle el alma. Sorprendido, Frederic retrocedió intentando cortar la mano del ángel caído con su arma pero simplemente traspasó la fantasmagórica figura. Dio dos pasos atrás y Sariel volvió a aparecer en un parpadeo delante de él, sonriendo y transformándose en una versión oscura y maldita de sí mismo, mostrándole la mano izquierda rodeada de sombras y zarcillos negros.

A su alrededor los otros compañeros también se vieron afectados por el aura de miedo mágico, retrocediendo y luchando contra enemigos invisibles que les impedían pensar con claridad. Vaerie se echó la alabarda al hombro y observó complacido su obra, seguro de que su poder le permitiría acabar con ellos con facilidad. Sin embargo, cuando recorrió su mirada por todos sus enemigos, vio que Andros Acosta seguía de pie en su sitio, mirándole fijamente. El mago suspiró y con un gesto hastiado dejó caer su bastón al suelo para tener ambas manos libres.

-¡Ahá, hete ahí que mi pavorosa aura os paraliz…! -las palabras de Vaerie fueron interrumpidas cuando Andros disparó un orbe de energía sónica directamente a su rostro. El conjuro lo golpeó con dureza, haciéndolo retroceder aturdido unos segundos por el golpe.

Nuevamente palabras arcanas resonaron en la estancia mientras Andros recogía del suelo la espada de Frederic y como un titiritero la hacía quedar suspendida en el aire. Vaerie cargó furioso pero la hoja del arma detuvo el golpe, haciendo saltar chispas y dando espacio al mago para retroceder. Andros echó una mano hacia atrás y bramando otra palabra descargó un puñetazo que se amplió a un enorme puño verde fantasmagórico que empujó a su adversario hasta el final de la sala, manteniéndolo sujeto.

Con presteza intentó disipar el pavor intruso sobre Sarah, encogida detrás de Roxx, pero no tuvo resultado alguno. Varie se zafó de la mano y recompuso la postura, amenazante en su ominoso aspecto, alabarda en ristre hacia el arcano aún cuerdo.
- ¡Buen intento, pero tus palabras no son rival para mi poder, que ha trascendido el de las ataduras…!

No pudo terminar la frase porque tuvo que detener la espada flotante de improviso mientras éstas incrementaba la virulencia de sus ataques, haciéndolo retroceder hacia el pasillo por el que había venido. Cada paso que daba hacia atrás, era un conjuro más de margen que tenía Andros contra él.
- ¡No podré…!- trataba de decir cuando una lluvia de proyectiles mágicos le llovió encima.
- ¡Agmi esónisea! ¡Agmi esónisea! ¡Agmi esónisea!- los orbes de Andros iban golpeando al paladín caído como una sucesión de disparos de ballesta. Al parar, Vaerie se tambaleó.
- Voy a avanzar ahora… Y como oiga un puñetero Agmi esónisea más me voy a enfadar mucho.
- ¡Agmi írnia!
- ¡Argh!

Andros jadeaba sin aliento con la mano extendida hacia su enemigo, con una gota de sudor cayéndole por la sien.
- Chicos… Más os vale que os deis prisa que me estoy quedando sin orbes.- alguien le dio una palmada en la mano extendida, tomando el relevo.

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- Agmi esónisea-dijo Sarah con una sonrisilla y disparó contra el Paladín Caído.

El único orbe sónico hizo estallar parte del yelmo que llevaba Vaerie, revelando un oscuro rostro deformado por el odio cuyo ojo visible brillaba con una luz enfermiza roja. Se puso en pie, desafiante mientras el resto de compañeros del Orbe Eterno caminaban tranquilamente hacia él. La espada de Frederic regresó obedientemente a su mano y soltó un chispazo mágico que iluminó la oscuridad de la sala.

- Se acabaron los juegos. ¡Soy el siervo de la Muerte, JAMÁS DERROTAREIS LO INEVITABLE!- golpeó con el suelo la alabarda y las sombras de la habitación comenzaron a arremolinarse alrededor de él, absorbiendo y reparando los trozos de armadura y rota y cubriendo de nuevo su rostro.- ¡Por la Muerte!

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Echó a correr arrastrando la alabarda por el suelo dejando un reguero de chispas oscuras y cuando estuvo al alcance de sus enemigos saltó y giró sobre sí mismo,descargando un poderoso golpe vertical que Frederic detuvo poniendo el escudo sobre su cabeza. Tal fue la fuerza del impacto que tuvo que clavar la rodilla en el suelo para absorber el golpe. La parada hizo rebotar a Vaerie, que quedó suspendido en el aire una milésima de segundo que aprovechó Uko para golpearle con toda su fuerza con su enorme martillo, cuyas runas anti-no muertos brillaron como faroles al tocar al Paladín Caído. La fuerza del impacto retumbó por toda la sala y Vaerie impactó con fuerza contra una pared, haciendo saltar parte de la mampostería corroída. Raven corrió hacia él y haciendo girar su guadaña atrapó sus piernas y lo desequilibró, dejándole una apertura para que Roxx le empalase con su lanza de lado a lado. El maestro de armas sacó el arma del cuerpo de su adversario, que quedó a unos pasos de las escaleras a los niveles inferiores. Alzó la alabarda de forma defensiva y esperó. Uko se lanzó a por él y giró para esquivarle y asestar un golpe del asta en los riñones al cuarterón de orco. Uko gritó de dolor y cayó desplomado al suelo. Vaerie sonrió triunfal un segundo antes de que Roxx le metiese una patada en el pecho.

En la más profunda oscuridad de las catacumbas de la escuela élfica de magia y hechicería, los restos de los que antiguamente fueron orgullosos tel’quessir ansiosos de aprender magia yacían lánguidos a la espera del calor de los vivos para hacerlos moverse. Sentados en la oscuridad, con la dejadez inerte características de los cadáveres, dejaban pasar los años a la espera de algún cambio en su ecosistema. Entonces oyeron a Vaerie el Caído rodar escaleras abajo.

El espíritu oscuro quedó tendido en el suelo un segundo y su cuerpo parpadeó, convirtiéndose en sombras que avanzaron por la oscuridad de las catacumbas mientras los pasos de los miembros del Orbe Eterno le seguían de cerca, trayendo luz a las catacumbas. Los esqueletos alzaron la mirada anhelando el calor de sus almas. Vaerie entró en el salón de actos ondeando su capa raída con gesto contrariado arrastrando la alabarda. Se dirigió al gran abismo en el centro de la sala y golpeó el suelo con su arma.

- ¡Alzaos y pelead por la Muerte!- bramó y el quejido lastimero de decenas de no muertos respondiendo a su llamada.
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El Orbe Eterno entró corriendo en la sala a tiempo para ver como los numerosos brazos esqueletos se aferraban al borde del abismo y trepaban unos sobre otros para salir de allí y correr hacia ellos, blandiendo enormes hachas oxidadas. Frederic frenó la carrera cuando el primero de los esqueletos le salió al paso, usando su espada para bloquear el hachazo. Noche de Tormenta pareció reaccionar a la frustración de su amo, ya que soltó un estallido eléctrico que quemó la cabeza del esqueleto que se enfrentaba a él. Intentó seguir avanzando, pero otros trataban de aferrarse a él, frenándolo y golpeándole con sus hachas. Uko aplastó dos esqueletos con su enorme martillo, pero rápidamente llamó la atención de los otros, uno logró alcanzarle en los riñones, haciéndole gritar de nuevo e hincar una rodilla, provocando que se le subiesen a la espalda y fuese sepultado en huesos reanimados.

- No es suficiente... -murmuró Vaerie, mirando al abismo del suelo. Alzó de nuevo la alabarda con fuerza, con intención de despertar al Gran Mal que habitaba en las profundidades.

Una nueva mano fantasmagórica le empujó contra el extremo de una habitación y le mantuvo sujeto a ella mientras forcejeaba, furioso. Andros y Sarah flotaron en el aire para sortear los esqueletos y juntos comenzaron a descargar una nueva andanada de hechizos contra la criatura, que no podía hacer nada para defenderse. Las sombras comenzaron a abandonar el cuerpo del espíritu, perdiéndose en el juego de luces de la sala.

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- ¡ALTO!- bramó, cayendo de rodillas-¡Quien me mate,caerá conmigo!- bramó como advertencia, lo que hizo detener el avance de Frederic y Sarah, que eran los que habían terminado más próximos a él.

Se produjo una pausa en el combate solamente interrumpida por los esqueletos golpeando los riñones de Uko y Roxx tratando de quitárselos de encima. Frederic respiró hondo, sin ganas de plantearse la posibilidad siquiera de que hubiera que hacer un sacrificio, pero antes de que pudiera decir nada, Vaerie siguió hablando.
- ¡A menos que los conde...buagh- se desplomó muerto en el suelo.

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Frederic y Sarah parpadearon y se volvieron a mirar a Andros. Andros se encogió de hombros con gesto de incredulidad.
- ¡¿Qué…?!- preguntó Uko, que apenas se veía entre los múltiples brazos esqueléticos que le sepultaban.

Frederic giró la cabeza y con una mueca se apresuró a aliviar la presión sobre el cuarterón de orco con la ayuda de Roxx. Sarah salió corriendo huyendo de un esqueleto con un hacha mientras Andros todavía preguntaba:
- ¿Se ha muerto solo?- se acercó hasta el cuerpo de Vaerie todavía sin creérselo.

Uko se quitó al último esqueleto de encima, aplastando su cráneo con la mano y haciéndolo polvo. El resto de los huesos de los esqueletos perdieron sus últimas reservas de energía negativa y se desintegraron también. Sarah y Fred se miraron la mano izquierda, todavía negra por los efectos de la maldición cuando el alarido de Andros los sorprendió. Se giraron y vieron como de la sombra de Vaerie se extendían negros zarcillos que se aferraban a los tobillos de Andros. El joven mago gritaba de dolor, doblándose y sujetándose la mano izquierda, con las venas de la frente hinchadas y tratando sin éxito de llamar a sus compañeros.

Paralizados, sin saber qué hacer se acercaron al joven para tratar de ayudarle y en un momento de claridad Uko conjuró luz sobre Andros. La sombra pareció recibir una descarga y retrocedió dando un respiro al joven. Hubo otro silencio y acto seguido el conjuro de luz fue repetido por el resto de los miembros del Orbe Eterno que rodearon a Andros y conjuraron sobre él para espantar a la oscura amenaza. Una vez los estertores de muerte del mago finalizaron, pudieron respirar aliviados con la certeza de que todo había acabado.

- Esperad… ¿Qué hay en el fondo de ese foso?- preguntó Frederic, acercándose al borde.

Raven conjuró luz sobre una piedra y la arrojó, iluminando la caída hasta dar con un fondo lleno de no muertos que seguían tratando de trepar hacia donde ellos estaban. Los magos reaccionaron casi instintivamente conjurando una explosión solar al foso, y la luz abrasadora arrasó a los no muertos, no quedando ni los restos. Sin embargo, pudieron vislumbrar una mazmorra anexa, bajo la misma escuela y que no parecía corresponderse arquitectónicamente a esta.
- ¿Bajamos a ver si hay algo?- preguntó Sarah.

Frederic miró el abismo y sintió un cosquilleo en la nuca, una mala sensación, un mal sabor de boca que había experimentado con anterioridad, cuando todavía era paladín y conservaba sus poderes. La sensación de que un auténtico mal acechaba en esa oscuridad.
- Bajaré solo, y os daré la señal para que me sigáis si veo que es seguro o necesito ayuda, ¿de acuerdo?
- ¿No deberíamos…?-intentó decir Sarah pero Frederic ya había saltado y conjurado volar para detener la caída libre.

Descendió por la oscuridad hasta llegar a una pasarela de roca que daba a un nuevo abismo y suspendido en el aire la siguió para intentar descubrir hacia donde conducía. En un principio no veía los extremos de la pasarela ni tampoco el fondo de lo que había bajo ella pero por alguna razón le parecía que los sonidos no se comportaban como se esperaría de una estructura de espacios tan amplios y vacíos. Llegó flotando hasta un puente roto y entonces se asomó tratando de vislumbrar en la oscuridad.

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Lo que vio, le heló la sangre. No ya por el hecho del tamaño en sí, aunque una falange de la criatura fuese tan grande como él. Ni tampoco porque viese que estuviese despierta, había tenido esa suerte. Ni tampoco porque fuese un dracoliche. Le heló la sangre porque habían estado combatiendo, conjurando, bombardeando el foso sin ser conscientes de que aquella criatura, que a juzgar por el tamaño había sido un Gran Wyrm de un cromático de los grandes (rojo, quizás), podía despertar y pillarlos a todo por sorpresa y sin posibilidad de escape. Se dio media vuelta y ascendió a toda velocidad por el foso para volver con sus compañeros.
- Nos vamos, ya.
- ¿pero…?
- Ya es ya. A Amn. ¡Ya!
 

Kolgar

Receta de Noctis
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Independientemente de lo que a mi respecta, y como ya te comente por privado... Brutal! Queria dejar constancia de ello. Que gracia me hizo tanto la escena de la muerte del tio como lo de los Orbes.
 

Quetzalcoatl

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No, si lo de Orbe Eterno viene por el spameo mágico del susodicho conjuro... xD. Bromas pésimas aparte, lo debísteis pasar muy bien en la escena y has reflejado a la perfección un momento épico en la historia de unos aventureros en busca de la cura a esa horrible maldición _mequitoelsombrero .
 

Frankysan

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Noche de Tormenta​


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Siguió a sus hermanos y hermanas a través del bosque hasta la casa de campo en las afueras del Valle de Misnor. Los gritos de dolor de su madre los espoleaban para moverse más rápido a través de los árboles, dejando marcas de zarpas y ramas rotas conforme sus grandes aunque estilizados cuerpos se abrían paso. Los gritos de Kasdeya anunciaban la llegada de un nuevo hermano al grupo, y eso los excitaba. Sin embargo, nada más llegar al edificio lo primero que vieron fue a uno de sus hermanos caer desde una ventana tras atravesar el cristal.

Se desplomó en el suelo, con una joven humana en las garras para después ser abatido por otro humano se saltó desde la ventana y lo empaló con su espada. El dolor del hermano caído se transmitió a todos los demás y aullaron furiosos, abalanzándose para desmembrar al agresor. El humano extrajo la espada del pecho del hijo caído y recompuso su guardia para absorber el impacto de uno de los aguijones que buscaban su cuello. Bloqueó el golpe con la hoja de su espada y con un rápido giro cercenó el aguijón, demostrando a todos que no iba a ser un oponente fácil al que derrotar.

Cargó contra él, dando grandes zancadas para cubrir el espacio que les separaba en apenas un instante pero ya estaba preparado para su embestida y se deslizó bajo ella evitando por completo el impacto. Ella perdió el equilibrio, tropezando con el cuerpo de su hermano caído y dando tiempo al humano para descolgar el escudo que llevaba a la espalda. Furiosa, trató de aguijonearle pero no pudo atravesar el escudo hecho de mithril de aquel hombre. Rugió de frustración, ella era una de las Hijas de Kasdeya. Ningún mortal podría derrotarla. Ni siquiera aquel humano de cabello rubio y ojos azules cuya mirada equiparaba en ferocidad a los de los demonios de los que ella descendía.

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Dolor. El dolor le arrebataba las fuerzas mientras se arrastraba bajo la seguridad de los árboles. Su sangre negra y viscosa se mezclaba con el barro y la lluvia conforme usaba su única mano para aferrarse al suelo y arrastrar su maltrecho cuerpo. Llamaba con sus gritos a su madre Kasdeya, pidiendo por favor que pusiera fin a su sufrimiento. Afortunadamente, sus súplicas llegaron a los oídos de la madre, que apareció desde las sombras acompañada de Berenice para salvarla. Grácil como una serpiente, Kasdeya avanzó hasta su hija y se arrodilló, acariciando su esquelético rostro con ternura y una sonrisa amable, sincera.
- Siento mucho lo que te ha hecho ese sucio humano, mi pequeña- dijo Kasdeya, con una voz calmada y bajo control- Pero te prometo que te daré la oportunidad de vengarte.
- Tenemos prisa, niña- dijo la corpulenta Berenice, mirando alrededor.

Ella vio como una chispa de ira cruzaba los ojos de Kasdeya ante la presión de Berenice, pero se apagó totalmente cuando volvió a mirarla. Quiso sonreír como podía hacerlo su madre, pero su rostro carecía de labios. Quiso acariciarle el rostro como podía hacerlo ella, pero sus manos sólo disponían de enormes garras. Ese instante de debilidad, de letargia por el dolor y la presencia de su madre le impidió darse cuenta cuando Kasdeya clavó un puñal en su garganta y puso fin a su vida.
- Podemos aprovechar el hueso del fémur- dijo Berenice, cruzada de brazos impaciente.
- Silencio… Necesito un minuto- susurró cortante Kasdeya, mientras sostenía el rostro de su hija, derramando un par de lágrimas por ella.
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El niño se alejó corriendo, dejando a Frederic solo bajo la lluvia con el paquete en las manos. A pesar de estar envuelto en piel de venado y asegurado con cuerdas, por la forma y el peso sabía de qué se trataba. Cortó las ataduras y descubrió la espada bastarda que le habían regalado. La empuñadura estaba hecha de hueso, un hueso oscuro lleno de vetas extrañas con un mango corto que no terminaba en pomo, sino en una pequeña púa, lo que impedía que fuese manejada con ambas manos pero extrañamente la longitud sí que estaba adaptada para que la mano de Frederic la sujetase sin problemas. Su mirada se detuvo en el zafiro que había en el centro de la guardia, dentro de él un pequeño relámpago crepitaba y soltaba pequeños chispazos al exterior.
- Es un buen detalle para mí- murmuró para sí.

Extendió el brazo y recorrió con su mirada la hoja azul, hecha de un metal que no reconoció por la pátina que lo recubría, pero parecía fuerte. Para probar el equilibrio del arma, descargó un tajo horizontal, que provocó un sonido como el de un trueno cayendo en la lejanía tras un chasquido eléctrico. La temperatura alrededor de la hoja descendió y algunas gotas de la lluvia que comenzaba a caer se escarcharon en ella. Una nota cayó entre las pieles.
- "Por sus esfuerzos para detener la amenaza sobre el Valle de Misnor, se os regala Noche de Tormenta. Se agradece en gran medida su labor, Frederic Tesla."- leyó- Quien la haya forjado debe de conocerme muy bien…




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- Sospecho que estos regalos son una trampa
- No detecto nada anormal en ellos, Fred- dijo Andros, dejando la espada encima de la mesa de trabajo- Bajo revisión mágica, desprenden la clase de aura que deberían desprender objetos bajo este tipo de encantamientos. Pero si de verdad consideras que son peligrosos, le diremos a todos que los almacenen hasta que las Serpientes de Ónice sean destruidas.

Frederic recogió la espada y la envainó lentamente, observando el crepitar del relámpago dentro del zafiro de la guardia. Desconfiaba del arma, pero eso no le había impedido procurar una buena vaina para la espada. Sentía cariño por sus armas, la misma clase de cariño que suponía que sentía un artesano por sus herramientas de trabajo y consideraba que todas se merecían un cuidado y un mantenimiento apropiado, porque ellas serían quienes le protegerían cuando estuviera combatiendo. Sabía que eran objetos inertes, sin ningún tipo de consideración hacia él, pero lo hacía igualmente. Eran sus compañeras de aventuras. Se colgó la espada de la espalda y salió de la Myrdon Salasker. Aunque seguiría la recomendación de avisar a todos, confiaba en Andros y no pensaba ya que hubiera trampa en el arma.




Frederic Tesla ha muerto​

Frederic entró en la habitación empapado por la lluvia constante de Edive, agotado tras una sesión de entrenamiento que se le hizo particularmente extenuante. Se encontró la habitación tal y como la había dejado: completamente ordenada con la meticulosidad que siempre le había caracterizado.
¿Dónde está Nicol ahora?- se preguntó, rascándose la nuca.

Se descolgó la espada y la dejó apoyada en una silla mientras se desnudaba. Se quedó un momento mirándose ante el espejo de cuerpo completo de la habitación, pasándose la mano por el pelo. Su mirada bajó hasta la cicatriz de su pecho y la apartó, fijándose en el resplandor azulado que empezaba a llenar la sala. Se volvió para ver el zafiro brillando con intensidad, soltando chispazos por la habitación.
¿Y es…? - un rayo salió de la gema impactando en el pecho y sorbiendo su alma. El cuerpo de Frederic se desplomó inerte bocabajo sobre la cama.

El resplandor de la gema se fue apagando unos segundos después, quedando solamente una inocente espada y un cuerpo muerto en la habitación.




Sentado en el techo de la habitación se dedicaba a frotar con un trapo para limpiar la sangre de Elorin. Se sentía aún entumecido, con el cuerpo débil tras haber estado unos días despojado de su alma y en un estado de suspensión, casi muerto. Pero tenía que ponerse en marcha y empezar por lo pronto quitando restos de elfo del techo de su habitación, luego buscaría a Nicol para calmarla, que seguramente estaría preocupada por su aparente muerte.

Alzó la vista y miró hacia la silla, donde aún estaba la espada apoyada. Noche de Tormenta. El zafiro de la guardia estaba ahora agrietado y ya no tenía un pequeño relámpago en su interior pero la espada seguía funcionando como siempre. Había resultado ser una trampa de las Serpientes de Ónice pero gracias a la ayuda de Elorin, Shamaelthalar y el resto del Orbe Eterno habían podido rescatarle a él, y a la mediana que alguien había dejado tirada en su cama y había costado horrores echar de la Torre de la Eternidad.
- Quizás debería deshacerme de ti. Supongo que cualquier persona cuerda lo haría. Pero tampoco me siento cómodo tirando o destruyendo algo que ha sido utilizado para contener mi alma. ¿Quién sabe? Quizás ahora eres Noche de Tormenta Tesla o algo así.

Continuó su tarea limpiando el techo de la habitación, no dándose cuenta del latir del zafiro en respuesta a su reflexión.




- Te… lo robé…

Frederic cerró los ojos, sentado en una esquina de la habitación aferrándose al collar con el emblema de Mystra que colgaba de su cuello. Su ánimo estaba completamente destruido, pensando que ya no sólo sus hijos estaban muertos, sino que había perdido también a Jade. Estaba furioso, perdido, aturdido, la magia no funcionaba correctamente dentro del castillo y pese a su insistente y determinado intento de abrirle el cráneo a Vastirfeix contra el altar, se había transformado en un bálor que por poco había matado al grupo por completo… Y se había llevado por delante a Jade.

Deseaba quedarse sentado en aquella esquina y languidecer, rendirse y que la muerte llegase para reclamarle. Su mirada perdida captó la gota de sangre que recorría su mano, apoyada de forma imprudente sobre la púa de Noche de Tormenta. La gota se deslizó por el mango hasta la guardia y la sangre se coló por las grietas del zafiro. Furioso, se arrancó el colgante de Mystra y se puso en pie, dispuesto a tirarlo contra una esquina. Se detuvo. Miró su mano y entre los desgarrones de sus guantes vio las cicatrices de sus muñecas. Cerró los puños en torno al colgante y la espada. Posiblemente muriera en la siguiente sala. Pero por Mystra que iba a hacer sudar a las Serpientes de Ónice.

Lleno de determinación como estaba, no pudo ver el pulso de energía mágica desprendida por el zafiro fragmentado.




Noche de Tormenta detuvo la acometida del Espíritu Condenado. Frederic sonríe mirando fijamente a la criatura, que trataba de abrirse paso para llegar al resto de compañeros. El espíritu retrocedió y Frederic aprovechó para ganarle terreno, presionando con sus ataques sin dejarle en paz mientras las flechas de Silmëwen silbaban cerca de ellos.
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- ¡Quien me mate morirá!- bramó el espíritu como amenaza, pero las acometidas no cesaron.
Intentaba separarse de las embestidas de Frederic, moviéndose y cambiando de plano durante unos segundos para reaparecer junto a otra persona y herirla con su espada, pero siempre terminaba por ser alcanzado por el caballero arcano. La espada mágica estallaba con el rugir del relámpago con cada golpe, minando la resistencia del fantasma maldito mientras danzaban el uno alrededor del otro sin lograr de dar ninguno el golpe mortal.

Andros dejó de correr un momento y conjuró un orbe de energía en sus manos, disparándolo contra el espíritu condenado volandole una rodilla. La criatura se tambaleó y Noche de Tormenta atravesó su pecho. Distraído por las marcas que iban surgiendo en sus manos, Frederic no pudo percibir el latido entusiasta de la espada por un enemigo más vencido.




Sarah conjuró e hizo estallar el cristal que emanaba el gas nocivo para todos. La sorpresa inicial fue seguida de un respingo cuando un pulso de energía procedente del cristal limpió la sala del gas e hizo retorcerse la Urdimbre más de lo que ya estaba. Fred alzó el brazo de la espada para cubrirse antes de salir despedido hacia atrás.

Cayó al suelo, aturdido y la espada se quedó suspendida un instante, chisporroteando entre la oleada de magia salvaje antes de llegar al suelo. Las protestas que siguieron del grupo impidieron ver a Fred que el zafiro volvía a tener el pequeño relámpago bailando en su interior.




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Recordó despertar con una presencia. Una invasión en el espacio vacío que iluminó la oscuridad en la que estaba sumida. Una presencia luminosa dentro de ella como nunca antes había sentido en su vida. Ni siquiera en presencia de Madre.

Su conciencia dispersa en miles de millones de fragmentos pequeños como astillas de un palito no pudieron discernir lo que pasaba exactamente, pero percibieron la ferocidad de un alma intentando escapar de su prisión. Golpeaba sus muros con insistencia sin rendirse ni ceder ni un ápice.

No​

Si hubiera tenido cabeza, la habría agitado como quien se niega a despertar de un sueño. Le era tremendamente complicado formar un pensamiento que simplemente se rendía antes de ser capaz de formular el deseo de hacerlo. Pero seguía el golpeteo. Un destello de un humano rubio retumbó entre los fragmentos difusos de su consciencia. Esos ojos. Esos ojos cargados de furia, azules como el zafiro que formaba parte de ella.

Finalmente, se vio atraída por esos ojos, forzándose a tratar de recobrar parte de lo perdido para mirarle. Tan pronto como juntó el pensamiento, una fuerza la desgarró, dispersándola de nuevo y el zafiro se rompió. Volvió a sentirse vacía, en la oscuridad. Y no pensó más.

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No​

La palabra quedó resonando dentro de ella. La negativa a dejar de existir, a desistir, a rendirse. La protesta, la queja y el desafío que representaba. Una palabra pronunciada de forma feroz, feroz como los ojos de quien la pronunció.

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Miles de cristales trataron de volver a juntarse para formar el pensamiento, vibrando y tratando de enlazarse los unos con los otros. De algún modo, percibió que había hecho daño a aquel que dijo la palabra. Sintió miedo. Sintió un miedo familiar, a ser abandonada. Recordó el rostro de su madre al verla, recordó la decepción al ver el monstruo que ella era. Se debatió recordando lo fiel que la había seguido buscando su aprobación para luego ser asesinada y convertida en lo que ahora era.

No​

Se negó a ser abandonada de nuevo. No quería. Intentó mover un brazo pero no tenía brazos. Intentó gritar, pero no tenía boca. Intentó llorar pero no tenía ojos. Se agitó tanto que su conciencia se agrietó de nuevo. No pensó más.

Si hubiera pensado más, habría notado que toda aquella actividad habían provocado un pequeño latido en el zafiro.




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Sintió un olor. Un olor ferroso. Sangre. Conocía ese olor bien. Era el olor que había marcado toda su vida. El olor que la hacía moverse, que emanaba siempre su madre y la reconfortaba al morder a sus enemigos y verlos caer.

Los cristales de su conciencia orbitaron, formando conexiones de nuevo para tratar de procesar la información. Percibió que era sostenida, se aferraban a ella para apoyarse, estaba hincada en la carne del humano de ojos feroces. Se esforzó y se formó una imagen de él.

Sentado en una esquina de roca, con la espalda apoyada en la pared. Tenía el cabello empapado en sangre y suciedad, aplastado contra su frente, con el rostro empapado en sudor y una cota de mallas rota y ensangrentada. No podía ver sus ojos, porque estaba mirando a algo que sostenía con la otra mano, una mano que temblaba ligeramente.

La sangre seguía manando hacia la gema, alimentándola. Era consciente de que su alma había estado dentro de ella, y era la chispa que la había despertado. Ella era una pobre hoja de pergamino rota y dispersa, pero él era un inmenso tomo, lleno de capas y profundidad. Furiosa, se forzó a seguir pensando, observándole.

Cuando se levantó, sintió como era movida en el espacio, girando de repente como si estuviera flotando en el agua. Parpadeó, y se dio cuenta de que podía parpadear. Se miró las manos, unas manos blancas, humanas. Quiso gritar de sorpresa y se fragmentó en miles de pequeños cristales.

La repentina dispersión de su entidad provocó un pequeño pulso mágico que pasó desapercibido.
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Bailaba. Había descubierto lo que era bailar hacía tiempo. Y lo disfrutaba. Sentía su cuerpo moverse por el aire cuando era blandida por él. Se sentía fuerte y descubrió que sus gritos de júbilo producían el sonido de un trueno fuera de la gema, que animaba a su portador a combatir con más ferocidad.

Cada vez le costaba menos mantenerse concentrada y ser consciente. Mayormente cuando era desenvainada y blandida. En esos momentos podía verse por cómo quería ser ella, cómo se sentía dentro de su pequeño mundo.

Mientras su portador se enfrentaba a un paladín caído convertido en no muerto, ella reaccionaba al movimiento deslizándose por el espacio, dejando que su larga cabellera rubia se agitase en el viento inexistente y sus brazos y piernas la permitieran jugar con acrobacias.

El humano alzó la espada para golpear y ella saltó hacia atrás dando una voltereta gritando con alegría. Tajo horizontal y ella se deslizó cortando el espacio sonriendo. Interceptar otra hoja era para ella lo mejor, se sentía empujar contra algo no tan poderoso mientras se mordía el labio y sus ojos rojos brillaban con la ferocidad de su amo.

Finalmente, llegó el golpe de gracia. Atravesó el pecho del muerto viviente y sintió la sangre negra y viscosa vertirse por toda la hoja. Se detuvo en el espacio con los puños cerrados, mirando al frente y con una sonrisa desafiante gritó:
Oh, sí. ¡no oses meterte con Noche de Tormenta, WOOOO!​

La espada tronó y el zafiro pulsó con excitación, sin que nadie pareciera darse cuenta.
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Flotaba hecha un ovillo en el espacio vacío. No se encontraba bien desde que entraron en esa parte del desierto. Aunque no pensaba que fuese a pasarle nada, toda la magia alrededor estaba retorcida, salvaje. Sentía como los hilos que la formaban amenazaban con separarse o retorcerse. Le costaba muchísimo mantenerse unida como para que ahora por un mal viaje tuviese que empezar de nuevo.

Quería, de alguna forma, comunicarse con su maestro. Decirle que abandonasen aquel lugar tan extraño. Regresar a los combates donde la magia funcionaba correctamente. Había muchos enemigos que abatir, no necesitaban entrar en sitios donde ella no se encontrase bien. Él la cuidaba. Había visto cómo se preocupaba de que estuviera en buen estado y hablaba con ella como si supiera que podía escucharle. Pero no era capaz de llegar hasta él. Quizás no estuviera viva. Quizás es que era sólo imaginación dispersa, no ella. La duda la hizo resquebrajarse un poco y se deshizo de ella. No importaba lo que era, quería seguir unida.

Y entonces llegó el pulso mágico que la bañó en magia salvaje. Llegó de repente y la hizo gritar, liberando chispazos y desintegrándola por completo. Y regresó en sí para cuando golpeó el suelo.

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Jadeó, confusa. Sintió el suelo bajo ella. Por primera vez desde que recordaba podía estar de pie en una superficie, o en este caso, a gatas. Se vio reflejada en la superficie del zafiro. Era humana, o casi, con el cabello rubio y espeso que le caía por los lados, un ojo azul y otro rojo y los dientes afilados. Miró más abajo y vio que su cuerpo era el de una humana con púas cristalinas en los brazos, los codos y los nudillos. Sabía cómo era ella, pero jamás lo había “visto”. Se sentó en el suelo y miró alrededor. La confusión no la hacía resquebrajarse. Era… estable.

Miró por encima del hombro de su portador, envainada como estaba a su espalda y el resplandor de la pila de agua mágica la cegó por un momento. Dos figuras difusas estaban delante de él, hablándole. Se acercó a la pila y tomó agua con sus manos.
¡No!​
Golpeó la superficie del zafiro con fuerza, intentando llamar su atención para que no bebiese del agua. Le gustaba cómo era él. Era perfecto. Era su maestro. Era quien la había ayudado inconscientemente a ser cómo era. No podía permitir que se despojase de lo que le hacía él, lo que le vinculaba a ella.

Intentó llamarle, gritarle, exigirle que no la traicionara de esa manera, que no rompiese el vínculo que les unía. No pudo hacerlo. Se quedó flotando en su espacio, sintiendo el mazo de la realidad en su cabeza.

Sólo soy una espada…​

Epílogo​

- Veo que llevas a la Aguja de Kariostine hoy. ¿Dónde está Noche de Tormenta, Fred?- preguntó Madeleine mientras sostenía el vaso de zumo.

Fred se resguardó del sol que le venía de frente en la terraza de la Grúa Torcida, moviendo su silla y se recostó en ella, haciendo una mueca.
- No sé por qué, desde que regresamos del Anauroch no puedo desenvainarla. No me deja.
- ¿Se ha roto?
- Está hecha de hueso de demonio. Supongo que ahora no estoy en suficiente sintonía con el arma para poder empuñarla. Es una lástima porque era mi mejor espada.

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Quetzalcoatl

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Ah, sí, el relato iba a ser corto.

Me ha encantado el desarrollo (largo como él solo XD) abarcando desde aquellos momentos con las Serpientes hasta el viaje a Anauroch. Y me ha dado penica la espada :cry: .

Muy buen trabajo _mequitoelsombrero
 

Malaventura

Perro de Dan
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Es genial poder conocer más de la vida de Fred con estos relatos. A diferencia de Quetza, yo me he quedado con ganas de más. _mequitoelsombrero
 

Frankysan

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Las ganas de morir​

El crujir de la nieve bajo los pies de Frederic le acompañó durante todo el camino a Nashkel. Con el pelo lleno de copos de nieve derritiéndose y la imagen mental de medio jabalí rodando en un palo en la taberna de la ciudad se fue acercando a las murallas. Entonces fue cuando empezó a escuchar los gritos.
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- ¡No hagas ninguna estupidez! ¡Baja de ahí ahora mismo!- gritaban unos guardias mirando hacia arriba.
Frederic siguió la mirada hacia la parte superior de la muralla, donde vio a una joven muchacha en un elegante y caro vestido, lo que era garantía de que se iba a morir de frío allá arriba. En un principio no quiso hablar, esperando que los gritos le diesen más contexto.
- ¡Baja de ahí ahora mismo, podrías caerte!- gritó un tercer guardia.

Era natural que estuvieran tan nerviosos. Lo entendía pero le frustraba lo fácil que sería arreglarlo todo si recurriera a la magia. Hacerse invisible, flotar hasta la chica y apartarla del borde de la muralla lo arreglaría todo. Pero la muralla era técnicamente Nashkel y reventarse contra el suelo nevado no calificaba como ataque como para justificar usar la magia en defensa de la ciudad.
- Sin magia entonces- murmuró Frederic. Luego se acercó al guardia que tenía más a mano- Buenas… Soy Frederic Tesla- era importante presentarse siempre, aunque sólo fuese para ahorrarse el típico ¿y tú quién eres?- ¿Se puede saber qué pasa con esta chiquilla?
- No importa… ya nada importa. ¡No si no vuelvo a verles!- gritó la muchacha. Un informe en la Torre de la Eternidad le vino a la mente a Fred, formándose ya una idea de lo que estaba ocurriendo.
- Buen día- dijo el guardia hacia él- O eso me gustaría poder decir. Creo que la chica se quiere tirar- “no me jodas” le vino a la mente a Fred- Quitarse la vida, ya sabéis.

Sin darse cuenta, Fred estaba rascándose las muñecas por encima de los guantes mientras asentía.
- Sí, sé…- lo sabía muy bien- ¿Puedo intervenir? Aunque no puedo asegurar un final feliz.
Por mucho que le fastidiase, Frederic no tenía la seguridad plena de ser capaz de salvarla. Una cosa era convencerla para que no se tirase, pero sólo serviría si todavía albergaba dudas y otra cosa era cazar al vuelo a una persona que caía. Fred sabía muy bien cómo eran las caídas libres y lo peligroso que era cortar en seco una caída para el cuerpo.
- ¿Y si se tira? No nos hemos atrevido a acercarnos por si se ponía nerviosa y saltaba, pero si no se muere saltando terminará por morirse de frío…
- Podría tratar de atraparla con magia si salta por la parte de fuera de la muralla, pero por dentro la ley de Amn me lo impide- dejó caer Frederic al representante de la ley.- De todas formas, es posible que se agote por el frío y sea más fácil de reducir.
- ¿Po...podrías?- el guardia enarcó una ceja- No sé si daría tiempo… No es un salto tan grande.- titubeó un poco, mirando hacia arriba.

Frederic se contuvo de observar que la muralla de Nashkel estaba hecha para detener ejércitos y que tirarse desde ella era, en efecto, un salto grande. Supuso que ese guardia era de los que miraban un troll y decían “Bah, no aguanta ni media hostia”. Los grandes héroes de Amn.
- ¡Apartaos de abajo, no quisiera hacer daño a nadie!- gritó la chica, asomada.
- Aún a las malas… si cae encima de mí el que se lleva la peor parte seré yo…- murmuró Fred- estoy dispuesto a correr el riesgo. ¡Escúchame! ¡Mi nombre es Fred! ¡Sé por lo que estás pasando y por eso te pido que te detengas a pensar un minuto si de verdad quieres hacerlo!
Los ojos de la chica se clavaron en él. Estaba terriblemente pálida, posiblemente por el nerviosismo y el frío.
- ¡Por supuesto que quiero! ¿Qué es esta vida sin el único y verdadero amor, ¿eh?! ¿Sin esa cálida sensación que te cubre? ¡Nada, eso es lo que es! ¡Absolutamente nada!

Una sombra de enojo apareció en los ojos de Frederic. Odiaba tener que ponerse sunita. Sobre todo con gente que no lo entendía.
- ¡Es por eso que la solución no es apagarse y esperar a que llegue el abrazo de Kélemvor!- aunque ella no parecía querer esperarse mucho- ¡Si es amor verdadero, tienes que luchar por él! ¡El amor verdadero es un fuego que tienes que alimentar, avivar para que ruja con fuerza y no se apague!
- Tú… no sabes lo que es sentirse plena y luego hecha añicos… ¡¡No sabes cómo se siente el verdadero vacío!!

Quizás no en el terreno del amor, pero sí podía hablar de otra cosa. De algo que él sentía desde que perdió su conexión con Mystra.
- ¡En eso te equivocas! ¡Sé cómo es despertarse cada mañana y ver el mundo de color gris y apagado, despojado de toda alegría y la sensación que trepa por tu garganta haciéndote desear rendirte y que se te lleve el río!
- Entonces… termina tu vida también, si realmente lo sabes. Haz que todo esto acabe para los dos… por favor- Sus hombros se relajaron ante la perspectiva de una salida de la vida más sencilla.
- Ya he pasado por eso. ¡Pero no es la solución!- Frederic ya calculaba que no podía evitar que saltase, así que echó mano de la varita en uno de sus cinturones.
- ¿Acaso has escuchado sus palabras?- dijo ella sonriendo, poniendo un pie en la muralla- No sabes lo que puede hacerte sentir.

Naturalmente, Frederic no había escuchado las palabras de aquellos de los que ella hablaba. Pero podía seguir arrancando discurso a partir de su propia experiencia.
- Te puede hacer sentir como en la cresta de la ola, como si toda la miseria del mundo te resbalase por la piel y cada caricia supusiera una descarga eléctrica por todo tu cuerpo. Te sentías segura, resguardada, a salvo, entre sus brazos. Pero… al mismo tiempo ansiabas que una sonrisa suya te invitase a la aventura, a sentir el vértigo por lo que se avecinaba y que… a pesar de ello... - su voz se fue apagando un poco- … siempre estaría ahí para apoyarte…
- Sí… Tienes razón. Todo eso y más- la chica saltó.

Frederic tardó en reaccionar. Se había quedado a mitad de discurso, perdiendo fuelle porque sentía que lo que estaba diciendo era una mentira. Pero… de algún modo parecía que ella le había dado la razón. Luego había saltado. Se sacudió los pensamientos inútiles y usó la varita sobre sí mismo, elevándose en el aire.
Cortar la caída libre de ella en seco la haría daño, lo sabía bien. Así que la atrapó en el aire entre sus brazos y se dejó caer, ralentizando la caída en lugar de detenerla. Resultó que el salto en realidad no era tan grande… o él había reaccionado tarde. Cayó de espaldas contra el suelo adoquinado lleno de nieve y aunque consiguió resistir el dolor, se quedó sin aire por un momento. Sintió calor en su estómago y apartó a la chica de él con rapidez. Su vista se desenfocaba pero se esforzó en mantener la consciencia mientras veía un puñal clavado en el vientre de ella. Se lo debió clavar mientras caía.

Lucca llegó en ese momento, corriendo, alertada por las noticias de lo que estaba ocurriendo. Trató junto con Frederic de salvar la vida de la chica, pero un problema se presentaba tras otro. La caída, el puñal y el añadido del veneno del puñal. Hicieron todo lo que pudieron pero la chica terminó falleciendo, viendo cumplido su deseo.

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Frederic permaneció aturdido todo ese tiempo, actuando casi mecánicamente para salvarla pero conteniendo todo lo que sentía para que no le entorpecieran. Lo que hizo que cuando acabó, todo el desasosiego y la rabia regresasen latiendo en sus sienes con fuerza. Caminaba en dirección a la capital por la nieve rascándose las cicatrices de las muñecas, tratando de hilar un pensamiento coherente, pero con la horrible sensación de que algo iba mal.

Alguien que caminaba con la cabeza gacha como él se chocó, pegándole con la frente en el pecho, sacando a Frederic de su aturdimiento.
- ¿Tesla?
 

Quetzalcoatl

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Estás inspiradete ¿eh? xD. Y me da que nos espera la continuación.

Ea, pues ya sabes.
 

Frankysan

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La larga dekhana​
Día 1

La carreta traqueteaba sobre el camino provocando diversos colores en los pasajeros, que conversaban animadamente sobre lo que iban a hacer cuando llegasen a la Ciudad de la Moneda.
- Siempre me ha gustado el teatro- dijo una joven damisela que se abanicaba constantemente para tratar de huir del olor a humanidad del interior del carruaje- Quizás si tengo tiempo entre negocio y negocio vaya a visitar Las Cinco Jarras, quién sabe, puede que hasta vea a la Eterna Melodía. ¿Qué hay de vos?
- Nada tan elegante, me temo- dijo un acaudalado señor, que se limpiaba la comisura de los labios con un pañuelo de seda- Yo espero cerrar algunos tratos con el Doblón de Oro para poder ampliar mi lista de clientes. ¿Y qué hay de… vos?- dijo a un hombre rubio sentado en la esquina del carruaje cuyo aspecto no concordaba con los pudientes que viajaban allí.
Frederic se tomó un momento para contestar, reacomodándose en el incómodo carruaje.
- Simplemente voy a saludar a unos conocidos. No planeo hacer nada emocionante.

Día 2

El hombre ataviado sólo con un taparrabos y piezas de piel por sus brazos agitó la copa delante de todos.
- ¡Sólo un sorbo y podréis disfrutar de la bendición de Laira! ¡Alegría y felicidad para todos! ¡Vamos a compartirlo!
- Fred, no bebas- dijo la joven Essi sujetando a Fred del antebrazo.
- Bebe, bebe- susurró Grace a su lado, con una sonrisa enmarcada en sus labios pintados.
Fred sopesó sus opciones: Podía beber y arriesgarse a ser envenenado, emborrachado o raptado, o violado, o transformado en algo, o muchas cosas terribles que había podido presenciar; o podía beber y ser lo que se decía ser, la bendición de Laira, lo que iba a eliminar de un plumazo toda la tristeza que había acumulado durante años y darle un respiro a sus penurias; o podía no beber y nunca sabría lo que había podido pasar.

El líquido era de color claro y burbujeaba ligeramente, pero nada sospechoso como humillo tenebroso o calaveras formándose entre las burbujas, así que dio un trago. Dio tres tragos. ¿Qué es lo peor que podía pasar?

Día 3

En blanco.

Día 4

En blanco.

Día 5

Frederic se despertó de improviso en una cama desconocida, con una mano delicada encima de la cara. ¿Quién era esa? Echó la vista a un lado y simplemente vio a una figura femenina con la cara tapada por una frondosa melena rubia. Rápidamente salió de la cama y buscó su ropa. ¿Qué había pasado? ¿Qué día era? ¿Por qué había una sandía en el escritorio? ¿Sería una sandía mágica? Necesitaría hacer pruebas a dicha sandía.

Día 6

- ¡EL SEÑOR REGRESARÁ CUANDO EL RITUAL ESTÉ COMPLETADO Y LOS HIJOS DE AMN Y RIATAVIN SEAN JUZGADOS POR SUS CRÍMENES!- bramó una arcana pálida y de carne putrefacta.
Frederic cruzó la espada en un arco horizontal y la separó de su cabeza, pegándole una patada al cadáver para echarlo a un lado y arrodillarse junto a Tharador.
- Ánimo lobo, eres más duro que esto- pensó mientras trataba de detener sus heridas sangrante. Crella corrió a su lado para verter pociones sobre el guerrero caído.
Al ver que las heridas sanaban, Frederic saltó hacia su siguiente objetivo, la chica que iba a ser sacrificaba y chillaba agónicamente en el círculo mágico que irradiaba energía negativa. Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho saltó dentro del círculo a pesar de los gritos de los demás advirtiéndole que no lo hiciera. Durante un segundo pensó que había sido una mala idea pero atravesó la figura fantasmal que se estaba formando delante de él para asustarlo y confundirlo y se arrodilló junto a la chica.
- Está bien. Yo te salvaré- dijo con determinación.

Día 7

-Señora, no tengo ni idea de dónde está su anillo de boda ni de qué me está usted hablando.
-Señor Tesla, no quiera engañarme. Sé perfectamente que le di el anillo de mi difunto esposo para casarse con la joven que había conocido cogiendo manzanas. Si no va a hacerse cargo de su compromiso lo menos que puede hacer es devolverme mi anillo.

Frederic se pellizcó el puente de la nariz mientras veía como Essi se doblaba de risa detrás de la señora que le exigía algo de lo que él no tenía ni idea.

Día 8

-¡Y VOSOTROS SOIS LOS ELEGIDOS DEL ÚNICO DIOS! LOADO SEA EL OJO ELEMENTAL ANCIANO! ¡TENÉIS LA MISIÓN DIVINA DE RECUPERAR EL ARTEFACTO!- gritó el extraño sacerdote a Dhoggan, Frederic y Silver- ¡ENCONTRAR LA PIEDRA DE LA CREACIÓN! ¡ES VUESTRO DESTINO!
- ¿Ha dicho que somos elegidos de Moradin, no?- dijo el enano, y Frederic se llevó una mano a la cara.

Día 9
Frederic abrió en canal al siguiente orco mientras el eco de los tambores de batalla resonaban por toda la caverna. Sus compañeros gritaban en sus respectivos combates mientras la horda parecía no tener fin. De repente notó a alguien gritando cerca de él y lo agarraron de la pechera. La hermosa Grace se abalanzó contra él y le plantó un intenso beso en los labios. Durante un momento Fred se quedó paralizado sin saber cómo reaccionar, mientras infinitas posibilidades surcaban su cabeza. Por alguna razón, la parte más racional fue la que tomó las riendas y la apartó sujetándola del hombro con firmeza.
-¡No!- dijo. Aunque sonó extraño oírlo de su propia voz.

La elfa se lo quedó mirando unos momentos, como asimilando su mensaje. Y lo que hizo fue saltar a por él y meterle la lengua hasta la campanilla. Fred entró en pánico y la agarró de la barbilla para apartarla de nuevo y gritarle que se estuviera quieta. Después se alejó y se puso un casco para evitar más tentaciones.

Día 10

-¡Hop!- la alegre Renatha se sentó en una silla al lado de Fred en la Luz del Alandor- ¿Qué tal tu dekhana de regreso, Fred?
-¡Larga! ¡Ha sido muy larga!
Pero en el fondo, Frederic sabía que era lo que había venido a buscar a Amn. Vería en que más líos se podía meter.


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Sé que no es gran cosa, pero debo ir recuperando el hábito. :roll:
 

Frankysan

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Black Betty​

Las nubes de la tormenta cubrían el cielo completamente, haciendo que Frederic tuviera que esconderse debajo de las copas de los árboles y usar una luz mágica para leer el mapa que le habían prestado en Edive. Era un viejo pergamino de la época en la que él era un escudero, con la ubicación de algunas casas sin dueño de ricachones de la época del León de Misnor. Inicialmente la idea era hacerse con una y reformarla, pero escuchó a unos niños hablar de una casa encantada y no pudo resistirse ante la idea de investigar aquello.
- Sería todo más sencillo si las referencias no fuesen todos árboles iguales…- murmuró mientras daba vueltas al mapa intentando ubicarse.

Cuando volvió a echar a andar, notó como algo cedía bajo su peso y crujía bajo su bota. Alzando una ceja levantó el pie y vio el cráneo cubierto de musgo de una bestia desplazadora medio enterrado. No le dio demasiada importancia hasta que empezó a tropezar con huesos medio enterrado de otras criaturas cuando intentaba seguir el camino hacia la casa “embrujada”.

Días antes…

El niño miró a Frederic con los ojos muy abiertos cuando este le dio un pastel de chocolate traído desde la Luz del Alandor. Sostuvo el dulce envuelto en tela con las dos manos y movió los pies como si fuese a arrancar a bailar de la ilusión que le hacía.
- Guau, ¿y todo es para mí?- dijo, alzando la vista a Fred.
- Si me hablas de la casa encantada, te daré más- dijo Fred, sonriendo amablemente. En la cara del niño se dibujó una amplia sonrisa.
- Señor, ¡es la casa más aterradora del Valle! ¡Dicen que dentro vive un fantasma que devora niños! Es un demonio de la antigüedad, de antes que existiera la Torre de la Eternidad.
- La Torre de la Eternidad no es tan anti…
- ¡La Torre de la Eternidad siempre ha estado en Edive, por eso es “de la Eternidad”!- le corrigió el niño- ¿Va a ir a luchar contra el fantasma de allí?
- A ver, ¿es un fantasma o un demonio?
- ¿No es lo mismo?

Ahora…

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Gracias a la intensa lluvia y a la oscuridad, Frederic simplemente podía vislumbrar la silueta de la casa rodeada de árboles. Una casa grande de dos pisos con un gran jardín que podría haber sido la mansión de alguien pudiente, pero que ahora tenía las ventanas tapiadas con tablones hinchados y mohosos y el jardín salvaje había crecido hasta llegarle al menos hasta la cintura. La valla que rodeaba el terreno estaba oxidada y deformada por las enredaderas. Era la clase de vivienda que solamente atraída ratas, fantasmas o gente enferma. Así que naturalmente Frederic pasó por encima de la puerta de metal oxidada de la valla y entró en el jardín.

Lo que originalmente podría haber sido un manto verde salpicado con flores ahora era maleza por la que se tenía que abrir paso, notando que de vez en cuando volvía a pisar más esqueletos de diversos tamaños, mordisqueados y partidos por una gran fuerza. Aunque se alegró de no ver esqueletos humanoides, le llamó la atención que hubiera bastantes de depredadores de la zona. La tierra estaba empapada por la lluvia pero como siempre el barro parecía no pegarse a sus botas.

Sin percatarse de las marcas de garras en las escaleras de la entrada de la casa, Fred las subió y trató de abrir la puerta empujándola. Alzó las cejas al comprobar que la cerradura estaba echada y echó mano de una de las varitas de su cinturón.

- Paium- susurró y la varita se activó con un leve resplandor, acompañado por el click de la cerradura que acababa de abrirse. Sonriendo con satisfacción hizo girar la varita entre sus dedos y la volvió a enfundar.

Abrió la puerta y entró coincidiendo con el resplandor de un relámpago. Rápidamente sintió el peligro y desenvainó su espada para encararse a la figura que le había salido el paso en la oscuridad. Con un nuevo relámpago lo que descubrió es que se encontraba mirando a un enorme espejo de pie pegado a la pared de enfrente. Bajó el arma con el corazón latiendo con fuerza dentro de su pecho y notó que decenas de pequeños espejos decoraban la entrada, algunos colgados de hilos de la pared, y muchos rotos y esparcidos por el suelo, cubiertos de suciedad. Caminó hasta el centro de la habitación, mirando de reojo su reflejo en el espejo que lo había asustado antes, sin fiarse del todo. Su reflejo le devolvió la mirada de desconfianza pero no hizo nada más.
- Precauciones básicas…- susurró y comenzó a conjurar de nuevo, intentando detectar magia a su alrededor. Trazó los símbolos arcanos en el aire con sus dedos mientras murmuraba las palabras que necesitaba y el iris de sus ojos se volvió gris con un resplandor tenue. Aguardó pero no vio nada mágico a su alrededor.
Envainó de nuevo la espada, sintiéndose más seguro y comenzó a caminar examinando la decoración. En los cuadros de las paredes, viejos y carcomidos por la humedad, podía ver a una orgullosa doncella semielfa posando con un largo vestido blanco cargado de volantes. Parecía que habían rasgado con un cuchillo el rostro de ella, haciéndolo irreconocible. Ladeó la cabeza al encontrar un espejo incrustado en el rostro de uno de los cuadros y alzó las cejas al ver su cara reflejada en él.
- No me queda mal el vestido, no…- murmuró.

Al caminar, sintió algo rozarle el cabello y alargó la mano para tocar uno de los pequeños espejos de mano que colgaban del techo con hilos. Lo sostuvo y lo observó con curiosidad, dándole la vuelta. Un nuevo resplandor iluminó la sala y vio el grabado de una serpiente negra. Un sudor frío recorrió su espalda mientras dejó de respirar por un segundo observando el símbolo. Se convenció a si mismo de que era una coincidencia. No obstante…
- Sal- dijo, dándole un toque a su bolsa.
La mochila de Fred se removió y un gato negro salió de ella a desgana. Se posó en el suelo con agilidad y miró a Frederic ladeando la cabeza y doblando la oreja a la que le faltaba un trozo.
- Necesito otro par de ojos- susurró Frederic. Desenvainó su espada lentamente y comenzó a examinar la entrada al comedor de la casa mientras el gato se desplazaba en silencio junto a él.
Sin poder quitarse de la cabeza la imagen que acababa de ver, el mismo crujir de la madera bajo sus pies lo ponía nervioso y cualquier sombra reflejada por los múltiples espejos de las habitaciones lo querían hacer saltar.
- Magia- dijo mentalmente su familiar, instándole a mejorar sus sentidos con hechizos.
- Puedo enfrentarme a esto sin magia- murmuró Fred, frunciendo levemente el ceño.

Se acercó a la mesa del comedor, que tenía varios platos apilados llenos de huesos mordisqueados hasta extraer el tuétano. Había cubertería oxidada cerca, dispuesta como si fuese si se esperasen invitados, con copas cubiertas de telarañas alrededor. El gato se subió a la mesa sin emitir sonido alguno y observó a Frederic con ojos críticos.
- Gatofred no ver nada. Magia- repitió.

La conexión entre ambos hizo que Gatobel viese parte de lo que tenía su amo en mente. Un castillo en mitad de la nada, sangre por las paredes y un ambiente enrarecido donde la magia funcionaba mal y traicionaba a los que la usaban. Vio a un joven mago sostener el cuerpo inerte de una chica pelirroja, con un bastón entre sus brazos. Una de las patitas del gato se posó sobre un surco en la mesa hecho por una enorme garra. Olisqueó el aire y percibió el ferroso aroma de la sangre.
- Peligro- le indicó a Frederic ansiosamente.

El caballero arcano miró al animal en silencio, meditando qué hacer a continuación. Posó una mano sobre el libro de conjuros atado con una cadena a su cinturón, acariciando levemente el símbolo mystrense de la cubierta. Cerró el puño y negó con la cabeza.
- Seamos sigilosos entonces- murmuró, sin querer conjurar innecesariamente.
Nada más cerrar la boca, La espada se enganchó en el hilo de uno de los espejos que colgaba del techo, cortándolo y haciendo cayese en haciéndose añicos. Fred retrocedió para apartarse de los fragmentos y pateó sin querer una copa tirada en el suelo, lanzándola contra la pared y haciéndola rebotar.
- Muy sigiloso- le juzgó el gato.

Lo ignoró y siguió andando mirando bien al suelo para no patear nada más por accidente y pasaron del comedor a la sala de estar, donde lo que antaño había sido un sofá ahora parecía la madriguera de un jabalí. Estaba completamente destrozado, con el armazón roto y el relleno apilado sin ningún tipo de forma y con claros signos de que algo grande había estado retozando en él. La chimenea estaba llena de papeles quemados, algo que llamó la atención de Frederic. Murmuró unas palabras arcanas y ahora sí conjuró para poder ver en la oscuridad. Agarró entre las cenizas un tomo de cubiertas de cuero chamuscadas y lo abrió para ver el contenido. Frunció el ceño al ver un dibujo de Sune cubierto de suciedad y salpicaduras de sangre.
- ¿Poemas…?- murmuró mientras trataba de leer lo que había escrito.

Gatobel pasó detrás de él corriendo y desapareciendo en la siguiente habitación sin molestarse siquiera en comunicarse con él. Fred alzó la ceja y miró en la dirección en la que iba el gato, extrañado.
- ¿Pero adónde vas?

Debido a la ligera sordera que padecía Fred en uno de sus oídos, no pudo percibir el sutil crujir de la madera detrás de él, ni la entrecortada respiración de la criatura que lo acechaba. Un relámpago iluminó la sala y Fred vio la sombra de una figura esquelética provista de un aguijón. Abrió mucho los ojos con alarma y rodó a un lado lo justo para esquivar un aguijonazo que se clavó en la columna de la chimenea. Gruñendo, se puso en pie y trató de descolgar el escudo de su espalda pero un nuevo ataque le arrancó el escudo y le hizo chocar contra el deshecho sofá. La criatura lo agarró por el tobillo y lo lanzó por la ventana. El caballero arcano atravesó el tablón de madera que cruzaba el marco y cayó en el jardín con un par de astillas clavadas en el brazo.

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Masculló de dolor con la cara hundida en la tierra y se incorporó lentamente, encarándose hacia la casa. Una criatura de aproximadamente metro ochenta de estatura comenzaba a salir por la ventana, sujetando el marco con unas zarpas óseas del tamaño de dagas y con una figura estilizada, de músculos negros fibrosos y cubierta con un vestido blanco de volantes, el mismo vestido que había visto en los retratos, pero más castigado y envejecido. Aunque la criatura carecía de rostro propiamente dicho, la mandíbula huesuda, las cuencas de los ojos hundidas y sobre todo el enorme aguijón la identificaron como una de los hijos de Kasdeya, criaturas nacidas de la unión de una paladina caída con alguna criatura abisal con la que ella se hubiera apareado. Frederic se había enfrentado a algunas antes, pero siempre con todos los encantamientos posibles activos.

- Eres una superviviente del ataque a Edive- dijo Frederic, buscando sutilmente su espada entre la hierba.- ¿Cuántos años llevas escondida por aquí, acechando?

La criatura se echó hacia adelante apoyando las zarpas en el suelo y comenzó a correr hacia él a cuatro patas, salvando la distancia que los separaba con una velocidad pasmosa. Fred frunció el ceño y trató de dar con la Aguja de Kariostine, a la que localizó tirada junto al marco de la ventana.
- Oh, no.-masculló.

La criatura se abalanzó contra él como un lobo hacia su presa, con las zarpas delanteras preparadas para desgarrarle el pecho. El caballero arcano rodó hacia un lado de nuevo y su adversaria cayó a un lado clavando las garras en el suelo. Agitó el aguijón y Fred interpuso su brazalete para desviar la púa, que abrió una brecha en la placa de metal y entumeciendo su brazo. Se llevó la mano derecha a la cartuchera del muslo con las varitas y cogió tres entre los huesos de sus dedos. La hija de Kasdeya volvía a estar a dos patas, mirándole con los brazos abiertos y agitando su cola detrás de ella, ansiosa.

Sopesando sus opciones, Frederic apuntó la primera varita contra la criatura, liberando un rayo relampagueante que atravesó su pecho y creó una línea de hierba chamuscada detrás. La criatura rugió de dolor y saltó hacia adelante descargando un fiero zarpazo vertical dirigido al cuello del humano. Él saltó hacia atrás intentando ganar espacio, pero no lo bastante rápido para evitar que la zarpa abriera un tajo en su peto de cuero. Se odió porque años atrás sí que habría sido lo bastante veloz. Sin embargo, la acometida de la criatura no cesó y se sorprendió con un nuevo zarpazo que fue dirigido a su pierna, abriéndole un tajo y haciéndole hincar la rodilla en el suelo. El aguijón cortó el aire con un silbido directo a su pecho pero se dobló para que la hombrera de metal recibiera el impacto. El mithril sufrió pero no se rompió. Lo que no evitó que él sintiera el hombro dislocarse y la mano dejar caer las varitas.

Frederic retrocedió tras ponerse en pie con el brazo colgando, viéndose incapaz de conjurar con el brazo así y la criatura tan cerca. Apretó los dientes y sopesó sus opciones. Tras respirar hondo echó la mano hacia atrás, hacia la espada que siempre colgada de su espalda.
- Hoy no es el día para ser temperamental, pequeña- dijo. Al tirar de la empuñadura notó una nueva descarga eléctrica emanando de la hoja, negándose a ceder. - No, vamos, ¡te necesito!- La criatura volvió a cargar contra él.

Con una maldición, Frederic deshizo la correa de la vaina de la espada y blandió Noche de Tormenta aún envainada para detener los nuevos zarpazos de la criatura. El Engendro de Kasdeya sujetó el arma y sus ojos se dirigieron a la empuñadura, hecha de hueso de una de sus hermanas. Sus ojos se volvieron hacia Frederic, con un nuevo fulgor de odio brillando en ellos.
- Sabes quién soy- dijo Fred mirandola a los ojos.

El aguijón de la criatura hizo un barrido que alcanzó a Frederic en las piernas derribandolo de nuevo. El caballero arcano golpeó el suelo y perdió el aliento. Se estaba empezando a hartar de ser derribado constantemente. La inmensa mano de la criatura le sujetó de la cabeza y le aplastó contra el suelo.
- Eres tú…- susurró la criatura, en una voz asombrosamente femenina- Todos estos años… Mi madre se complacerá cuando regrese a por mí y vea tu cadáver. Me hará bella, como ella es.
- ¿Pero qué dices? Si eres la viva imagen de Kasdeya, deformidades y todo.- Sintió el aguijón clavarse en su estómago e inyectar el veneno. Apretó la mandíbula gruñendo ferozmente.

La criatura se rió y acercó sus fauces a la cara de Frederic, respirando muy cerca de su boca.
- Oh, no… otra sunita que quiere besos- masculló intentando mantenerse consciente.

Se repente, se escuchó el rasgar de la tela y Frederic deseó que no fuesen sus pantalones. La criatura se volvió a mirar hacia atrás y emitió un aullido de furia ante lo que vio: Un gato negro desgarrando a mordiscos su vestido blanco. Soltó a Frederic y se volvió para encararse al animal, pero al hacerlo hizo que éste, agarrado al vestido, saliese despedido por los aires por la fuerza del movimiento y llevándose un trozo de tela con él.
- ¡Criatura sarnosa, mi precioso vestido!- bramó el engendro y salió corriendo detrás del gato.
- ¡Eso Gatobel, usa tus poderes gatunos para el bien, para variar!- gritó Fred desde el suelo, sujetándose el hombro dislocado. Iba a doler recolocárselo.

Gatobel aterrizó sobre la hierba sobre sus patas y abrió mucho los ojos cuando vio que la inmensa criatura iba corriendo hacia él. Sin soltar el trozo de tela se dio la vuelta y corrió entre la maleza en dirección a la casa, intentando ganar el máximo de espacio posible entre él y la amenaza. Saltó y se encaramó a una columna de la entrada y trepó por ella rápidamente con expresión de pánico mientras un aguijón pasó rozándole el lomo. Trepó hasta el segundo piso y luego saltó a la barandilla del balcón de este, mirando hacia abajo. No vio nada.
- ¿Miau?- dijo, confuso.
El aguijón de la criatura atravesó el suelo del balcón tratando de alcanzarle sin éxito. Gatobel dio un bote mientras chillaba con el pelo del lomo erizado y soltando el trozo de vestido.
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Rápidamente usó las garras para trepar hasta el tejado, resbaladizo por la reciente lluvia. La criatura le siguió, aferrándose con sus inmensas zarpas y mirándole con expresión hambrienta. Gatobel agachó las orejas, erizó el lomo y bufó, desafiante. Si algo se le había pegado de su mago, es que si iba a ser devorado por algo grande y que daba miedo, al menos se iría dando el mayor por saco posible. Así que cuando el engendro cargó contra él, el pequeño animal se escurrió entre sus piernas y con las zarpas abrió nuevos tajos en el bonito vestido de volantes. El engendro tuvo que frenar para no caerse del tejado y chilló como si al romper el vestido la estuviesen hiriendo a ella.
- ¡Te devoraré entero, criatura del averno!

Gatobel de repente sintió un enorme peso sobre sus patas y no tuvo tiempo de esquivar el ataque de la criatura, que le impactó de lleno en su pequeño cuerpecito. El engendro de Kasdeya aulló de dolor sujetándose por la muñeca una de sus zarpas, rota. Gatobel parpadeó.

- ¿Te gusta?- dijo la voz de Frederic desde el aire, jadeante por el esfuerzo- Cuerpo Férreo puede ser utilizado en familiares.- Estaba suspendido en el aire, batiendo dos alas de dragón plateado con escamas sin brillo.

Gatobel se miró a sí mismo y vio que su cuerpo se había convertido en metal viviente. No se veía capaz de saltar, pero sí se veía… fuerte. Miró de nuevo al engendro, que respiraba furiosamente, y echó a correr.

La criatura no se esperaba que un pequeño gatito de repente la embistiera en el estómago con la fuerza y la dureza de un yunque y ambos se precipitaron desde el tejado hasta el suelo, con el gato cayendo de panza sobre su pecho. El animal rápidamente se quitó de enmedio mientras la criatura tosía dolorida. Trató de recuperarse pero el humano cayó sobre ella poniéndole la mano en la frente y finalizando un conjuro.

Sintió una descarga de energía mágica empezar en el punto de contacto y extenderse por todo su cuerpo rápidamente, con todo su ser intentando resistirse al cambio que la estaban obligando a ejecutar. Se estremeció y aulló con miedo convulsionando con el humano aún encima de ella. Se sintió cada vez más pequeña, débil y agotada. Cuando el efecto terminó, el humano se quitó de encima jadeando de dolor.

- ¿Qué…?- dijo la criatura, llevándose las manos a la cara. Sintió carne blanda, y sintió que sus dedos no estaban acabados en garras, de hecho, eran finos y delicados. Frederic le lanzó un espejo al regazo. Cuando lo miró, una hermosa joven de piel blanca y cabellos negros le devolvió la mirada, no un horrible monstruo nacido de la perversión.
- Esto era lo que querías, ¿no? Ser hermosa- dijo Frederic, sujetándose la herida del costado con una mano, empapada en sangre.
- ¿Por qué…?
- Matar sería demasiado fácil- respondió él- Prefiero lo complicado que es mostrarte compasión.

Sacó de su bolsa una capa y se la pasó a ella por los hombros, cubriendo su ahora frágil cuerpo.
-No es culpa tuya haber nacido así. Pero si tu dolor era el no poder ser hermosa, no tienes que sufrir más- dijo él con una sonrisa.- ¿Cómo te llamas?
- Bethany- murmuró ella, apretando el espejo entre sus manos. Lo miró a los ojos un momento, dubitativa. Sonrió con debilidad hasta que él se distrajo mirándose la herida de su aguijón. Sin borrar su sonrisa, aplastó el cristal del espejo hasta conseguir un fragmento afilado y descargó una puñalada sobre el cuello del hombre.

Frederic soltó una maldición al recibir un corte superficial en el cuello, retrocediendo y dando un traspiés. Bethany se abalanzó contra él de nuevo, pero se había vuelto demasiado lenta y él se recuperó lo bastante rápido para sujetarla con fuerza de la muñeca.
- ¿Por qué nunca aprendéis?-dijo, indignado- ¿Qué os cuesta mostrar gratitud ante una segunda oportunidad?

Bethany intentó forcejear para librarse de él. Frederic la miró a los ojos y durante un segundo recordó con claridad el rostro de Kasdeya sonriendo mientras amenazaba a su familia. Y el de Jade apagarse entre los brazos de Andros. Con un rápido y firme movimiento sacó el cuchillo de cirujano de uno de los estuches de su cinturón y abrió un tajo en el cuello de la hija de Kasdeya. La muchacha dejó de forcejear y se quedó lacia, desangrándose en segundos y desplomándose en el suelo muerta.

Frederic se quedó mirando el cuchillo ensangrentado, furioso.
- Siempre que me cruzo con uno de vosotros acabo sintiéndome como que he sido yo el que ha perdido.

Tras resoplar, se volvió hacia la casa, pensativo. No estaría mal para su nuevo hogar, una vez lo reformase, claro.
 

Frankysan

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El cielo nocturno estaba completamente cubierto por unas densas nubes de tomenta que no debajan de descargar nieve sobre los Picos de las Nubes. La entrada de la caverna estaba completamente cubierta ya y la única luz de la que disponía Frederic era la de la fogata que había logrado encender.

El fuego crepitaba débilmente, lo bastante fuerte para proporcionarle algo de calor pero para poco más. Frederic permanecía tiritando junto a la fogata, exhalando vaho por la boca mientras intentaba mantenerse despierto.

Junto a él permanecían las ropas que Theros le había proporcionado, secándose en un tendedero improvisado hecho con las hachas de los yetis que habían matado al entrar en la caverna. La armadura estaba cerca de él, junto a un montón de grasa de yeti que necesitaba para untar. Se miró las manos, pálidas y azuladas por la congelación y e hizo una mueca de desagrado, consciente de que no sería capaz de conjurar hasta que le curasen.

No creo que lo haya hecho mal… - murmuró mirándose las manos, abriéndolas y cerrándolas lentamente para comprobar lo entumecidas que se sentían.- Espero no haberlo hecho mal.
Colocó una piedra junto al fuego para calentarla y cuando echó una mirada a la cueva se dio cuenta que de tanto mirar al fuego sus ojos habían dejado de estar acostumbrados a la oscuridad. Cerró los ojos maldiciendo mentalmente por ese fallo tan de principiante y cambió de postura para encararse a la cueva, completamente sumida en las sombras.

Para él, el hecho de tener que sobrevivir al frío no era importante. En otras ocasiones había estado en situaciones similares y había salido adelante. Las heridas podían curarse y una simple tormenta de nieve no iban a acabar con él. El cansancio y el dolor eran viejos amigos con los que lidiaba a menudo, tampoco era un problema. El problema era quedarse solo, en la oscuridad.

Lo poco que era capaz de ver era su misma silueta recortada por la luz de la hoguera, y tras parpadear un par de veces intentando concentrarse pudo ver cómo ésta se ponía de pie y le saludaba con la mano. Sintió un escalofrío corriéndole por la espalda y sacudió la cabeza, al volver a fijar la vista la sombra estaba donde debía estar.

Apartó con cuidado la piedra caliente del fuego y puso la olla encima, echando agua de su cantimplora y tras esperar que empezase a hervir echó la carne del yeti dentro. No ocultó la mueca de asco cuando el olor inundó sus fosas nasales y contuvo una arcada. Ya no por lo horrible de la carne, sino porque consideraba que no era apropiado comer nada que pudiera hablar, por rudimentario que fuese el lenguaje. Pero no hacerlo sería faltar al espíritu de la lección.

Porque al fin y al cabo, de eso se trataba. Aunque Fred tuviera la capacidad para salvar todos esos obstáculos con facilidad, la idea era que no lo hiciera. Como bien había dicho Theros, la disciplina no acaba con el cuerpo, sino también la mente y el espíritu. De la misma forma que la pérdida de su conexión divina con Mystra había dejado al descubierto la clase de persona que era Frederic en realidad, el no poder utilizar la magia en estos momentos tenía como objetivo mostrarle a él, y a su instructor, de qué pasta estaba hecho. Y él, ávido de probarse a sí mismo y mejorar, aceptaba tal desafío y estaba decidido a completarlo sin quejas.

Echó un vistazo de nuevo a la carne cociéndose y contuvo una nueva arcada. Al menos una comida horrible iba alejarlo de los pensamientos de lo que podía acechar en la oscuridad.

No tenía claro al despertar si se había quedado dormido o inconsciente, pero comprobó que el fuego se había apagado y estaba otra vez muerto de frío. La entrada de la cueva se iluminaba con la luz del alba y la nieve empezaba a derretirse, así que recogió las cosas y se dispuso a bajar.

"Tienes madera, muchacho, pero te pierde la actitud y los problemas de faldas. Así que, ¿vas a hacer algo al respecto o vas a quedarte entre la multitud soltando chascarrillos?" las palabras de Theros resonaron en su mente cansada conforme descendía.

Al final... después de todo lo que él había peleado, eso era lo que quedaba. Era triste, y sentía que también era injusto. Pero le ayudó a aclararse las ideas, y al menos intentar, una vez más, aspirar a ser mejor.
 

Frankysan

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*Un día cualquiera, donde nada especialmente importante ocurrió, una misiva llega a diversas personas al margen de en qué parte de Faerûn se encuentran. La misiva está escrita con una caligrafía afilada que es capaz de transmitir una perturbadora agresividad a pesar del contenido del mensaje*

Muy a nuestro pesar, tenemos que comunicar que Frederic Tesla ha fallecido. Mi padre siempre dijo que no había mayor fracaso para un paladín que morir de vejez en la cama rodeado de su familia. Parece que se le dio mal ser un paladín hasta en sus últimos momentos. No lamento no haber avisado antes de que se encontraba mal, porque lo último que necesitabamos eran viejos enemigos reapareciendo para reclamar la victoria sobre un hombre que ya no podía defenderse por sí mismo. Pero es importante que se sepa que murió sin dolor, sin perder su cabeza y rodeado de su familia. Frederic no necesitó lanzar ni un solo conjuro en la última década de su vida, no necesitó desenvainar su espada y no vio más conflicto que riñas entre nietos. No os diré dónde está enterrado y haced con esta información lo que os venga en gana.

Serena Tesla, de parte también de los otros que no son Serena Tesla.
 

Viyu

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El mejor amigo de Erik y un personaje icónico del Puerta de Baldur que me enamoró, del Puerta de Baldur de cuando el yogur sabía a yogur.

Espero que nuestros caminos se vuelvan a cruzar en algún momento con personajes nuevos y ganas renovadas. Si nos hacen disfrutar la mitad que nos hizo disfrutar Tesla, me doy por satisfecho.

Abrazo enorme ❤️
 

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