LA BATALLA DE LAS DOS TORRES
La historia recordará la Batalla de las Dos Torres como uno de esos episodios donde la esperanza pendía de un hilo tan fino como la luna en su cuarto menguante. Y en ese hilo, los hijos de la luna, con sus capas azuladas y su fe incorruptible, fueron el nudo que no dejó que se quebrara.
Cuando los heraldos llevaron la noticia de la horda alzada que marchaba por los páramos del norte, la mayoría creía que nada podría detener a los orcos muertos que avanzaban como un río negro. Pero el juramento del Capítulo de la Rosa de Plata, cuyas huestes fueron lideradas por una veintena de cruzados, era claro:
“Allá donde la oscuridad de las sombras se extienda, la luz debe abrir camino.”
Así pues, las huestes cruzadas partieron hacia el Bosque Alandor, una comitiva exigua pero resuelta: caballeros devotos, fieles y una sacerdotisa, todos ellos bajo la enseña plateada.
Entre ellos, destacó un hombre cuya voz sería la punta de lanza de la resistencia: Sir Eothain Blaydd, Caballero de la Luna, capitán cruzado del Capítulo. Su armadura, bruñida con símbolos lunares, reflejó un brillo tan diáfano como sus ideales. Fue acompañado de muchas otras figuras conocidas entre los suyos: las bardos Mernalyn Traphine y Kriell, el estratega Kastan Gert, Lady Lyra de Fiore, fiel valida de Sir Eothain, los iniciados Floran D'Alondre y Elunara Silverlight, y la Sacerdotisa Tocada por las Estrellas, Gwenaëlle.
Al llegar a las torres, exhaustos y desprovistos de sueño, no pidieron descanso ni alimento. Lo primero que hicieron fue alzar plegarias y consagrar la tierra con sal y ceniza, para que el mal hallara en ella un muro invisible.
Desde la neblina brotaron los tambores fúnebres de la horda, y cuando los muertos llegaron, no hubo sino desolación, olor a carne podrida y la sombra del gigante que avanzaba desde la lejanía. Los selunitas asumieron la primera línea desde el primer instante, y de no ser por sus esfuerzos combinados, cánticos, entereza y plegarias, la derrota hubiese sido segura.
Los cruzados selunitas formaron un muro de acero eentre la base de ambas torres. A su lado, mercenarios siniestros de Thay, miembros de las Fuerzas Armadas de Amn, aventureros y caballeros de la Orden del Guantelete sellaron una alianza forjada en el filo de la desesperación. Gwenaëlle de Selûne, arrodillada entre el barro, entonó letanías y plegarias de sanación incluso cuando la sangre cegaba sus ojos, canalizando hechizos que envolvían las armas en destellos de luna. Cada golpe contra la carne corrompida se convertía en un relámpago, cada oración en un muro infranqueable para los enemigos de la luz y de lo bueno.
Dicen que el Bosque Alandor brilló con luz plateada con cada acometida de los hijos de la luna, quebrando las filas enemigas en un instante precioso. Tras esa primera grieta, Sir Eothain alzó la espada y pronunció las palabras que aún resuenan en los muros grabados:
“¡Por Nuestra Señora de Plata! ¡Por aquellos que aman la luz y la vida!”
Los relatos cuentan que los muertos se amontonaban tanto que se podía cruzar de torre a torre caminando sobre los cadáveres. El cacique no-muerto cayó bajo la luz de Selûne, pero sólo tras haber desgarrado decenas de vidas. Cuando sonó el último cuerno, la victoria era un espectro tan exhausto como los supervivientes
Hoy, en la torre oriental, un círculo de plata rodea los nombres cincelados en piedra. Y hay quienes juran que, en las noches claras, el río Alandor aún refleja aquel fulgor sagrado, como si las plegarias de los seguidores de Nuestra Señora de Plata no se hubiesen extinguido del todo.
Pues su juramento, puro y pristino, aún resuena entre los corazones de los defensores:
Mientras la luna brille en el cielo estrellado, Amn no caerá.
Offtopic :
Proviene de una escena de @DM Aceituna . Muchas gracias por un one-shot bastante chulo y desafiante. 