En un lugar recóndito del bosque Alandor, bautizado por muchos fieles como el Claro de la Luna, se congregó un aquerrale de acólitos en una noche sin nubes. El claro se abrió entre los árboles como un suspiro de los labios de Selûne, formando un círculo perfecto de hierba alta y glores plateadas. Flores que parecían beber de la luz pálida que caía del cielo nocturno.
Un altar de piedra blanca, recubierto con musgo, se había colocado hace un tiempo desconocido frente a un estanque. La piedra había sido tallada o erosionada hasta recordar la forma de dos manos que parecían ofrecer sus deseos al estanque. Conservaba grabados apenas legibles de antiguas runas élficas, espruar, cuyo significado se había perdido en los anales del tiempo. El aire olía a madreselva, a agua fresca, a incienso y a polvo de piedra lunar.
Las Hijas de la Luna condujeron a sus amigos, a sus seres queridos, a sus aliados al claro. Las sacerdotisas vestían de blanco, símbolo de pureza y reflejo de la claridad argéntea que la luna mostraba en la noche. Ante el altar depositaron vasijas sencillas, impersonales, repletas de fino polvo lunar creado con piedras de nombre análogo. Se fueron tendiendo recipientes, unas a otras, y entonces se dispusieron a preparar el círculo ritual.
Que se cierren nuestros ojos al dolor del mundo. Que se abra este círculo sagrado.
Las mujeres empezaron a vertir el polvo, primero una, luego otra. El polvo lunar flotó en el aire por unos instantes antes de posarse sobre los pétalos, contrastando con la noche cerrada, reflejando el fulgor argénteo de la luna. Era como si un trozo del firmamento cayese sobre las flores, siguiendo una estela circular, perfecta.
Aquí, bajo la bóveda celeste, bajo la mirada de la Luna, somos una con la noche.
Que los ríos enmudezcan,
Que las ramas se inclinen,
Que los susurros de las estrellas sean lo único que nuestros corazones oigan.
Todos los presentes cayeron en un respetuoso silencio, interrumpido apenas por la voz melodiosa de una muchacha: Kriell. No hubo letra en su canción, tan sólo sentimiento.
Oh, Nuestra Señora de Plata, custodia del cioclo de la vida y de las mareas.
Luz en la sombra, esperanza de los errantes.
A ti, faro en la noche y guardiana de los misterios que esta oculta,
te ofrecemos nuestra voz y aliento.
Que tu luz descienda sobre nosotras;
buscamos tu consejo en estos tiempos inciertos.
Una de las mujeres, de piel morena, que contrastaba con la túnica pálida que portaba, entonces alzó los brazos en señal de súplica al cielo. Y siguieron orando. Las otras dos juntaron sus manos, canalizando el poder divino hacia el círculo formado por polvo lunar.
Que las estrellas sean testigos de nuestra súplica,
pues a ellas oramos.
A ellas, pedimos:
reveladnos vuestro saber,
compartid vuestra sabiduría.
Muéstranos la senda.
Finalmente, la mujer se giró hacia los presentes, sus ojos de color ámbar cargados con fervor. Y entonó las últimas letanías. El polvo lunar empezó a brillar. La luz de la luna descendió como un foco sobre el claro, como si la propia mirada del astro se posase sobre el lugar.
Tzavoone, Carro Lunar, faro perlado del noreste…
Muéstranos la senda.
Dathchant, Estrella Guía, llama roja en la tempestad…
Muéstranos la senda.
Clavrellin, Linterna Roja, corazón escarlata en frenesí…
Muéstranos la senda.
Saurmaugh, Estrella Fantasma, velo azulado de los muertos…
Muéstranos la senda.
Ilkandlath, Estrella Lupina, luz amatista de la trascendencia…
Muéstranos la senda.
Gulvrazspurn, Estrella Vidente, ojo oscuro del destino…
Muéstranos la senda.
Marharrulkh, Estrella de la Guerra, espada ardiente del sacrificio…
Muéstranos la senda.
Con estas últimas súplicas, dedicadas a las siete estrellas sagradas de la Luna, la penumbra del claro se tiñó de un fulgor suave. Como si cada pétalo de pronto emitiese su propia luz. El altar comenzó a refulgir con un resplandor nacarado y una corriente invisble recorrió el aire, alzando las flores hacia el cielo como si se inclinaron en reverencia. Miles de puntos rutilantes empezaron a envolver a las conjuradoras, y de pronto, arriba y abajo ya no existían. Sólo la inmensidad de la noche.
Sus misterios, en aquel momento, se revelaron para ellas.
Y entonces, apareció.