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La Llamada de lo Divino

Caesseth

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«Perdóname, perdóname, por favor, perdóname» mascullaba Elvira, rozando lo inaudible debido a su débil estado, bajo la impotente mirada de su marido. Esclavizada por una perpétua fiebre, paralizada por un atroz y agudo dolor que recorría de forma impía cada centímetro de su cuerpo como cuchillas que acariciaban sus adentros, era completamente dominada por delirios de incierto orígen.​
La enfermedad siempre ha sido una parte importante de la vida de Elvira, pasando largos periodos en cama cada vez que las temperaturas bajaban o subían bruscamente. Episodios de vértigo, sangrados que tonteaban con los límites de la hemorragia, taquicardias incesantes que conquistaban las noches, e incluso padeceres estomacales que imposibilitarían la consumición de cualquier tipo de sólido por dekhanas, eran lo frecuente. Al huir de su hogar, recae la responsabilidad de proteger a la joven en sus periodos de alta vulnerabilidad sobre André, quien desesperado ha comprobado una y otra vez como ninguna cura parece funcionar por completo. Ni pócimas, ni cánticos, ni clérigos.
Sin embargo, aquella noche en la taberna, la situación escaló más de lo usual. Reunidos en Luz del Alandor con Vevalna, Gwendolyn, Topheles y Auria, la pareja no se imaginaba que algo acapararía la atención —más allá de los constantes comentarios hirientes de André. La nariz de Elvira comenzaría a sangrar, considerablemente, alarmando a los presentes pero siendo únicamente el preludio de lo que esa noche sucedería. Vevalna y Gwendolyn se retirarían, dejando a Auria atrás, quien preocupada observaría a la pálida joven tratar de explicarse. Visiblemente débil, Elvira no tardaría en sufrir punzantes dolores que la inmovilizarían, alarmando incluso a André durante su momento de bebercio.
El beshabita negaba constantemente la opción de acudir al Hospicio, siendo consciente de que no había demasiado por hacer. El grupo ascendería a la habitación de la pareja, observando impotentes como gradualmente la enfermedad empeoraría. No fueron pocas las pócimas que le ofrecieron a la muchacha con esperanzas de calmar su agonía, pero tampoco fue escaso el tiempo que tardó en expulsar todo aquello que había osado irrumpir en su cuerpo. Los plateados ojos de Auria escrutarían apenados a su compañera, fríos pero cargados de un subyacente afecto. A la par, Topheles, teorizaría sobre maldiciones, insistiendo en que deberían buscar a un sacerdote. No obstante, André tardaría en ceder ante la idea, temeroso por los contactos a los que el arcano expondría a su mujer.
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Con la llegada de Victoria y Eduardo, clérigos del Jactancioso, algo de luz se arrojaría al asunto. Tras un exhaustivo análisis, ambos sentenciarían que lo que sucedía era una maldición —una maldición que les superaba y de la que ellos no podrían deshacerse. El clérigo, en concreto, acusaba al culto de la Madre de todas las Plagas de ser el verdadero artífice de la situación. Teoría que no tardaría en ser apoyada por Topheles, quien trataría de analizar la magia que rodeaba a la enferma. Victoria, bendiciendo junto a su acompañante a Elvira, le daría fuerzas y le desearía fuerza sabiendo que lo único que podían hacer ahora es aguardar con la esperanza de que el desenlace no fuera la tumba. Habiéndose estabilizado la situación —aparentemente—, André no tardaría en desalojar a todos de la habitación, quedándose junto a su amada bebida custodiando a su esposa.
No obstante, lo peor llegaría escasos días después. Con dolores constantes que sobrecogían sus nervios y ardores interminables de reminescencia infernal, la joven estaba ligada por completo a la cama. Indefensa, débil y deshidratada, rara vez podía dejar de estar a merced de la voz que carcomía su cabeza. Sollozando, cuando tenía suficientes, Elvira se agarraba a los ropajes de André suplicando una ayuda que nadie podía brindarle. Dormitando, cuando el tormento físico parecía estabilizarse, la muchacha acababa en terribles pesadillas que revivían los rincones más oscuros de su pasado. No había escapatoria, únicamente el abrazo de algo más desagradable que la muerte.
La aparente calma llegaría, noches más tarde, con una enfermiza estabilidad tras la racha más violenta de todas. Después de horas en las que André lucharía por contener una situación que le superaba con creces, Elvira se sumergiría en una febril calma tras repetir derrotada sus intenciones de rendirse. «Perdóname, perdóname, por favor, perdóname. Me rindo, me rindo, yo te acepto, por favor perdóname» suplicaría, hasta perder las pocas fuerzas que le quedaban y verse sumergida en un letargo que duraría un día entero.
Especialmente débil y aún en cama, poco a poco Elvira podría recuperar su vida siendo capaz de hablar, observar e ingerir líquidos. No obstante, algo había cambiado en su interior, algo había despertado y ya no había vuelta atrás ¿Era todo fruto de la fiebre y de macabras coincidencias, o realmente la mismísima Talona la había elegido a ella como su futura sacerdotisa?​

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Las rodillas de la joven se anclaban rígidas y deterioradas en la madera de su habitación. Frente a su improvisado altar, con mejillas humedecidas y mirada quebradiza, no podía dejar de contemplar la mancillada cera. Estiraba su mano, delicada, rozando con las rugosidades de ésta las pútridas flores que en el suelo yacían.
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Con la marcha de la fiebre, Elvira no había sido realmente liberada de su destino. Pronto, sus aporcelanadas manos, comenzaron a corromperse —tiras de piel abandonarían sus palmas dejando tras de sí sensibles pedazos despellejados. Azorada por el dolor, los guantes no eran por el momento una opción y sólo las mangas largas podrían cubrir su vergüenza. Intentaría recuperar su vida, aún así, recorriendo una vez más las calles de Amn en busca de telas e inspiración. Fue así como conoció a aquel que pronto cambiaría el transcurso de su vida.

Un anciano, de piel desgastada y enferma, esquelético y coronado por cicatrices infectadas, suplicaba por limosna en la profundidad de la noche. Kontos, empática, se aproximó a él para donarle algunas monedas que portaba en su bolsa. No obstante, el intercambio no terminaría ahí; el hombre, al ver fugazmente lo mancillado de sus manos, las agarraría con fuerza penetrando en los ojos de la muchacha con sus nubladas cataratas. «Ella te ha tocado, ¿verdad?» inquirió, mostrando su vapuleada dentadura en una perturbada sonrisa. «Rézale, hija mía, rézale y vuelve a verme cuando estés dispuesta a aceptar tu destino.» añadió, sin ofrecerle oportunidad a responder, antes de permitir al fin su marcha.

Elvira, perturbada por tal interacción, saldría del barrio a prisa en busca de un lugar mejor iluminado en el que poder procesar lo sucedido. A pesar de la confusión, decidió seguir su intuición e intentar comulgar —por primera vez en su vida— con aquella deidad que parecía llamarle. Desde el desconocimiento y guiada plenamente por su propia inducción, tomó con delicadeza tres velas doradas y las situó formando un preciso triángulo. Las acarició y vistió con aceites, tomándose su tiempo y dudando eventualmente de sus acciones. Coronó la pirámide con ramos de salvia y lavanda, formando un triángulo externo relleno de hojas que posteriormente encerraría en un círculo de ceniza. Finalmente sirvió una copa de vino, más allá del triángulo frente al que se postraría, juntando después sus manos e iniciando un improvisado rezo.

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Le llamaba, le hablaba, temerosa de estar perdiendo el tiempo con infantiles locuras. Sin embargo, algo dentro de ella le decía que estaba siendo escuchada, que estaba siendo observada. Notaba un cosquilleo en la parte trasera de su cráneo al encender las velas, sentía frías caricias en sus hombros al cerrar los ojos, olía lo pútrido a pesar de estar rodeada de frescas flores. Esa noche Elvira, dormiría con una sorprendente calma a pesar de que sus dudas aún permanecían asentadas. No obstante, la paz, pronto se vería irremediablemente perturbada.

Edward Manstein había desaparecido y Ulrik le creía ya muerto. El corazón de Elvira quedaba completamente paralizado, martirizado, invadido por una mezcla de emociones entre las que no podía discernir. No fueron pocas las noches que la muchacha pasó en vela después, inundando mantas y pañuelos por igual, desconsolada y atemorizada. Registrar la habitación del sastre sólo había creado más incógnitas y sólo aportaba mayor gravedad a la situación. Sólo se alimentaba más la idea de que quizás nunca más volvería a ver a aquel hombre que tanto había hecho por ella desde el principio, aquel mentor y aliado que tanto había ansiado. Y ella, débil y enfermiza, no podía hacer nada al respecto.

Tras largas noches de escasa comida y abundante fiebre, inutilizada por la mezcla que el disgusto y la impotencia generaban sobre su ya deplorable estado, la joven se percató de algo. André, no estaba. Edward, tampoco. Y Auria, su querida Auria, también se hallaba lejos. Aún así, Elvira no se sentía sóla a pesar de inválida —realmente, ni si quiera en las largas noches de encierro que pasó en el hogar de su familia llegó a sentirse completamente sola; aún con las ausencias de su hermano Eleazar. Observó entonces el altar, repleto de restos de cera y flores muertas que no había sido capaz de despachar.

«Siempre has estado junto a mí, ¿verdad?» preguntó, al aire, derramando sus lágrimas sobre la pirámide. «Nunca me has abandonado, ¿verdad?» añadió, buscando consuelo en su eterna acompañante, mientras frotaba sus manos con delicadeza aceptando por fin el camino que se abría ante ella.
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Resguardada por túnicas blanquecinas que únicamente dejaban ver sus quebradizos labios, violetáceos debido a la impiedad del frío, Elvira caminaba con una seguridad que nunca antes había sentido. Buscaba con la mirada, entre los oscuros callejones, a aquel mendigo que tanto parecía ocultar. Mientras sus dedos enguantados frotaban su amuleto dorado, pensaba en los últimos días, en cómo ahora era más que la hija de su padre o la esposa de su marido —cómo ahora era Galatea y Hiedra.​
Tras aceptar su destino, la muchacha había decidido que independientemente de su estado no permitiría que eso frenase sus objetivos. Tan pronto como amaneció, recogió los restos de su improvisado ritual y marchó a la sastrería. Allí, encerrada, fabricó para sí misma unas túnicas discretas y luminosas a la par; puras y decoradas con un cordón dorado. Haciéndose después con una capucha de infiltración, tintó ésta de blanco y completó los ropajes con los que se permitiría ser libre de profesar su fé y entrenar; de desplazarse lejos de la presión que suponía ser la asistente personal de un hombre tran reconocido y admirado como el señor Manstein.

Adoptando el nombre de Galatea, estrenó su nueva actitud tomando por una vez sus propias decisiones. A pesar de que sabiamente Ulrik le había aconsejado esperar, no estaba dispuesta a arriesgar la vida del sastre malgastando días. Por ello redactó una carta que encargaría a Krynos entregar, dirigida hacia Lorah, informando de la desaparición de Edward y de la importancia que una búsqueda de éste poseería. Su siguiente objetivo, sería buscar a uno de los contactos más peligrosos de su jefe —pero ella era consciente de que un viaje tan peligroso no podría realizarlo a solas.

Casi por obra del destino, la muchacha conoció a una joven exepcional. De labios sellados debido a un voto de silencio y destacable inexpresividad que de algún modo acentuaba su belleza, Treza la escrutaba con escaso disimulo. Ésta no tardó mucho en llamar la atención de la futura sacerdotisa, dando lugar así a una alianza entre ambas; la asesina escoltaría a Galatea y, de ser necesario, acabaría con sutileza y eficiencia con aquellos que atentasen contra su vida en el trayecto. Sin embargo, durante la larga espera de los materiales necesarios para proteger a ambas y prepararlas para el viaje, nacería un vínculo especial y curioso entre ambas que alentaría a Elvira a desear proteger a la misteriosa pelirroja.

Durante aquellas dekhanas Kontos tendría tiempo para meditar, entrenar y viajar; alimentando una ansiada independencia que aún no había saboreado realmente. Pudo también comulgar y, de una vez por todas, priorizarse a sí misma y a un objetivo que ella misma se había impuesto. Quería rescatar a Edward, quería honrar a aquella que tantas esperanzas parecía depositar en ella, quería por fin optar a la grandeza. Y su primera recompensa llegaría quizás, una apacible noche en la que el gélido tiempo había dado fugaz tregua a Amn. Los estudios de su buen amigo Desfer Estrado les llevarían a Minsorran —escoltados por Rick, Laucian y un valeroso enano recién llegado al territorio. Volver a casa tendría en Elvira un impacto decisivo, pues aún enmascarada como Galatea seguía temiendo ser reconocida; seguía temiendo a su padre.

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Al llegar a las afueras de la ciudad, un pequeño cementerio llamaría la atención de la muchacha reteniéndola mientras los demás se marchaban hacia la taberna. «Desdémona Kontos», reflejaría un trozo de piedra carente de epitafio o flores; una descuidada tumba claramente repudiada y abandonada. Tragando saliva, la joven se acercaría contemplando por primera vez un vestigio de aquella que le concedió la vida, tocando con sus manos enguantadas la lápida y conteniendo malamente gélidas lágrimas. ¿Era quizás esta una forma del destino de recordarle que estaba por el buen camino, que no era mera casualidad que la enfermedad lleve acompañándola desde el día de su mismísimo nacimiento? De un modo u otro, la idea de consagrarse a la Dama de las Enfermedades se convertía cada vez en una idea más férreamente asentada en la mente de la muchacha.

Sin embargo esta reunión familiar no sería la única sorpresa que Elvira recibiría. Pocos días después, mientras trabajaba en el taller para construir las armaduras que permitirían que Treza y ella pudiesen partir sin ser a penas escuchadas, el bullicio de las calles llamó su atención. Habían encontrado al señor Manstein y éste se encontraba en el cuartel de Athkatla junto a Ulrik; ambos detenidos. La espera, aunque dolorosa, haría que todas aquellas desordenadas emociones comenzasen a cobrar sentido en el corazón de Elvira. Estaba furiosa, por los secretos que se le habían ocultado. Estaba asustada, por éstos mismos y lo peligrosos que se habían tornado. Pero por encima de todo, estaba aliviada de poder por fin recuperar a uno de los suyos —pues Edward, a estas alturas, se había convertido en mucho más que un mero jefe para ella.

El orgullo y reconocimiento del sastre hacia ella, junto a la ciega necesidad de fortalecerse para evitar que algo como esto volviese a suceder, serían el último empujón hacia los brazos de la podredumbre que la muchacha necesitaría. Quizás jamás podría darle a Edward lo que él esperaba de ella, quizás jamás podría reencontrarse con su amado André o volver a compartir su tiempo con su querida Auria; pero podría asegurarse de no perder más. De no perder más y algún día plantarle cara a aquel que tanto les había ultrajado a ella y a su madre, a aquel que sostenía cautivo a Eleazar. Fue así como decidió arriesgarse, cubriéndose como Galatea y partiendo.

Cuando los dispares ojos de Elvira se posaron sobre el vagabundo que tan siniestros comentarios le había hecho anteriormente, tomó su mano desnuda para partir; confiando en él y dejándose completamente a su disposición. Era el momento de aceptar su papel como sacerdotisa, como Emisaria de la Peste.​

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«No teníais que haber hecho esto, no teníais que haber hecho esto...» repetía, cabizbaja y abatida, mientras sus ojos escrutaban quebradizos lo que algún día habían sido sus aporcelanadas manos. «No teníais que haber hecho esto... no era necesario, no era necesario» lloriqueaba, frágil, mientras el sacerdote retiraba los grilletes de sus castigadas muñecas. «Había aceptado, no tenías que haber hecho esto» reiteraba, enterrando su rostro entre sus propios brazos incapaz de apoyar las palmas.​

Sorteando obstáculos en oscuras y húmedas callejuelas, Elvira recorría los Barrios Bajos acompañada del mendigo. Pronto, ambos se sumergirían en las profundidades de un destartalado edificio; cruzando decenas de puertas y esquivando a aquellos que habitaban en tal inmundicia —pobres y enfermos se refugiaban allí, abandonados de la mirada de todos aquellos que osaban alardear de su bondad. Lejos de Ilmater, lejos de Torm, únicamente contemplados por la Madre de todas las Plagas.

Cuando por fin llegaron al corazón de la edificación, una trampilla se mostraba ante ambos: una entrada al punto sin retorno. Conteniendo aire y reprimiendo su temor, la muchacha descendió escoltada por el anciano hasta verse rodeada de simbología oscura. Un templo, minúsculo e improvisado, honraba allí a su diosa. No tardaría demasiado en arrodillarse, frente al descuidado altar en el cuál el mendigo presidiría el ritual. Coronándose con harapos violetas, el desvalido sacerdote comenzaría a relatar los primeros pasos de la transición a la que Elvira debía someterse para aceptar su papel como Emisaria de las Pestes.

Utilizando sus sucias manos, el sacerdote tomaría las ya enfermas manos de la muchacha. Recorrería entonces las rugosidades de su urticaria, la precariedad de las irritaciones y rojeces que dejaban entrever una piel que cedía su lugar. «¿Aceptáis pues vuestro papel como talóntar? ¿antepondréis sobre todos y todo la voluntad de vuestra Señora?» sentenciaría el hombre, preparando una rugosa cuchilla en la que Elvira centraría su atención. Sucia y oxidada resultaba, sin lugar a dudas, intimidante para la muchacha —no obstante estaba dispuesta a continuar, sabía que era lo correcto.

Los gritos de Elvira, poco después, sacudirían los débiles pilares del lugar. Retorciéndose de dolor, con el rostro enrojecido y recubierto de sus propias lágrimas y mucosidades, mantendría con esfuerzo sobrehumano sus manos expuestas a merced del sacerdote. Mientras éstas eran desfiguradas, escoltada tal práctica por cánticos religiosos y lúgubres, Kontos no podía evitar recordar todos aquellos momentos en los que la enfermedad había encadenado su ser a la impotencia y a la debilidad. Siempre había sido esclava de otros, de su Padre, de su propia condición —pero ahora su mayor defecto se convertía en su mayor fortaleza, ahora todo cobraba sentido, todo el sufrimiento obtenía al fin una recompensa ante la realización de que nunca había estado sola. Talona velaba por ella, Talona la arropaba desde que se llevó a su madre.

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Exhausta, jadeando y aún lagrimeando, la muchacha observaría sus sangrientas manos esperando temerosa una continuación del ritual. Temblando, pestañearía en un esfuerzo por vislumbrar lo que yacía ante ella; ya estaba bendita, y ahora que sus manos se habían convertido en las armas de la Dama de las Enfermedades, ¿era ya una talóntar? ¿podía marcharse ya? Lamentablemente, el ritual no había hecho más que comenzar.

Un breve chirrido metálico llamaría la atención de Elvira, permitiéndole salir del éxtasis al que el escozor de sus manos le sometía para verse encadenada. Alarmada no tardaría en preguntar al mendigo «¿Qué hacéis? He venido aquí por mi propia voluntad, esto no posee sentido alguno.» Sin embargo, no obtendría respuesta y antes de poder reaccionar, aquel hombre en quien había decidido confiar comenzaría a bombardear sus heridas manos con excrementos y alimentos en alto grado de descomposición. Atrapada por el pánico y la desesperación, Elvira gritaría y forcejearía violentamente con sus cadenas tratando de proteger la poca integridad que conservaban sus extremidades —asqueada y dolorida abría sus ojos de forma desorbitada en un vano esfuerzo por despertar de una pesadilla irreal.

Las dekhanas que Elvira pasaría allí, aislada y terriblemente enferma combatiendo infecciones únicamente con su propia endereza, se tornarían eternas e insoportables. Aún así, fue en ese húmedo y pútrido suelo donde sentiría mejor que nunca la mirada de su diosa; atenta, expectante, apostando por su fortaleza. Tal presencia le daría fuerzas para no perder su juicio, para conservar la poca estabilidad emocional que se había dignado a permanecer de su lado, para batallar contra la enfermedad hasta sintetizarla en unas manos de aspecto sarnoso que Talona no tardaría en besar. Contagiosa y delicada, podía al fin sentir que era Uno con su adorada deidad y no importarían pronto el temor ni las sombras; pues allá donde el destino le arrastre, la Plaga guiará sus pasos.


«Por favor, márchate, déjame a solas» mascullaba, firme y herida, aún procesando los cambios que su cuerpo había sufrido. «¡Márchate o haré que te arrepientas de ello!» imperó, furiosa, con una recién encontrada seguridad.​
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«¿A caso valía la pena continuar? Tomar esta senda, intentar pasar página, intentar luchar, aspirar a la grandeza, consagrarse a cualquier cosa; ¿a caso valía algo la pena, ahora que él no está?» se preguntaba, melancólica, mientras agarraba con fuerza sus propios brazos y enterraba entre sus piernas su húmedo rostro. Su corazón, acelerado, bombeaba lo suficiente como para que cualquier movimiento pudiese detonar una parada; su alma, desquebrajaba, se lamentaba incapaz de vislumbrar una guía que seguir —un camino que no estuviera condenado a la tragedia.​

«Elvira... Nunca he sentido nada por tí. Ahora, por fin, eres libre.» Esas eran las palabras que resonaban una y otra vez en sus oídos, impías y gélidas, desgarrando con violencia todas sus creencias. El regreso de André había sido sin duda, una grata e incómoda sorpresa; pues habían pasado muchas estaciones, las suficientes como para aún siendo resilente incluso ella se hiciese a la idea de que él la había abandonado. A la idea de que Elrid tenía razón, de que quizás el hombre del que tanto tiempo había estado enamorada se había ido a una tierra lejana —con otra. Con otra mejor, sana, menos delgada, más hábil, más experimentada y capaz de satisfaces mejor sus necesidades. No obstante, el paradero de Lugosi era muy diferente.

André había pasado este tiempo en la cárcel, malhumorado y castigado, irritado y deshumanizado. Encerrado justamente, había cumplido con esto la profecía que repetía ciento de veces a aquella pálida mujer a la que tanto amaba. «Elvira, cualquier día apareceré muerto o encarcelado», advertía constantemente sin entender qué había hecho para merecer el incondicional amor de alguien que veía tan superior a sí mismo. A pesar de sus formas y adicciones, el beshabita sí que amaba a la joven —sin embargo, también era conocedor de sí mismo y por tanto sabía que nunca le traería nada bueno; que si de verdad la quería, debía dejarla ir quisiera ella o no. Es por ello que discutieron, discutieron durante casi todo un día culminando en aquella mentira que tanto daño había generado.

«Veneno cruel, arsénico para el borracho suicida
Pálido fantasma de seductor brillo, Selûne abisal
Inhumano candor frío, sudor febril
Escucha mi llamada, mientras aún respires
Engañada de la fatalidad
Busca en tu sonrisa de siniestras perlas
las caricias y besos del amante torpe, del infantil abrazo nocturno
Flor maldita, lirio de blanco veneno
Busca en tus labios ajados la felicidad marchita por el esfuerzo de una madre cruel.»
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Despojada de toda esperanza, desdichada y confusa, la muchacha se quedaría sobre las tablas de madera de aquella misma habitación. Llorando, sollozando sin consuelo posible mientras su memoria sufría una fatal tormenta que traía todo a su mente —los dulces recuerdos que ya nunca se repetirían, la extraña seguridad y familiaridad que ya nunca encontraría, y las culpabilidades que podía atribuírse sobre sus propios hombros. Es aquí donde recordaba esas duras estaciones de abandono y soledad, carentes de respuesta e inundados de penurias. Aquellas estaciones en las que recorrió Amn, desesperada, penetrando miles de tabernas con esperanza de encontrar a su amado en alguna barra. Sin embargo, es en aquel tiempo donde cayó en los brazos de otro; donde su corazón se vió sumergido en una tela de araña de la que no sabía si podía escapar.

Edward había estado allí para ella, paciente, comprensivo y cariñoso; había mostrado a Elvira una cara gratamente desconocida para los demás. Una cara sincera que se ocultaba debajo de todas las máscaras, una cara verdadera y vulnerable dispuesta a darlo todo por ella. Era aquel hombre quien le había dado todo, durante las largas ausencias de André. Quien le había dado una estabilidad con la que nunca había podido si quiera soñar, quien había querido rozar sus labios desde el momento en el que la conoció. Sus esfuerzos darían fruto una fatídica noche, en la que tras más de medio año esperando por su amado, Elvira se vería dispuesta a corresponder su amor. No obstante, tras un mero beso, la culpabilidad no tardaría en echar raíces en su interior —envenenándola poco a poco con el paso del tiempo.

Es cierto que Elvira sentía un amor sincero por el sastre, sin embargo, parecía que André nunca desaparecería de su cabeza; de su corazón. Por muy brillante que pudiera ser su futuro, por muy arropada que pudiese sentirse junto al señor Manstein, no podía evitar ser miserable. Con la vuelta de su marido, demandando éste el divorcio sin si quiera conocer nada de lo que había sucedido, la miseria no hacía más que cobrar fuerza oscureciendo la visión de la joven. Ya no quedaba esperanza alguna, no existía salvación alguna; era una persona terrible y este dolor era su castigo. La pérdida era su justa condena.

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Se culpaba por el daño que podrían causarle sus sentimientos a Edward, se culpaba por el daño que éstos mismos podrían causarle a André a pesar de su aparente indiferencia y crueldad, se culpaba por haber osado abandonar el techo de su padre y catapultarse en una libertad que nuevamente se tornaba ficticia. Sentía que sus decisiones no eran verdaderamente suyas, sentía que carecía de control sobre su entorno —quizás porque de este modo la culpa no se tornaba tan desgarradora, o quizás porque realmente el exterior no era como se esperaba. De un modo u otro, aquella perfecta tormenta de negativas emociones no tardaría en pasar a un segundo plano ante una desgarradora sentencia. «Elvira... Nunca he sentido nada por tí. Ahora, por fin, eres libre», eran las palabras que habían esclarecido su mente. Quería a André, realmente le quería y ahora sabía que no era cuestión de su inexperiencia; que realmente lo que sentía por él era inigualable e irremplazable.

Aún así, era esta misma sentencia la que quebraba sus adentros, la que provocaba en su ya moribundo estado heridas que se mostraban eternas. Una amarga desesperación, de apariencia infinita, inundaba sus adentros forzando su garganta en un ardiente nudo del que no podía deshacerse. Su estómago yacía perpétuamente cerrado, al contrario que sus párpados incapaces de abandonar la vigilia —ya nada tenía sentido. Creía, firmemente, en aquellas palabras y ni si quiera su hermano Elazar podría consolarla. Ni si quiera, la queridísima Madre, podría aliviar tal dolor. Es quizás por ello que recurrió al único hombre que ha sentido como un padre desde que llegó a Athkatla; Elrid.


Contemplaba el acantilado, el Mar, su más temido enemigo. Sin embargo el sosiego de su luto no le permitía preocuparse por temor alguno; ni si quiera el que debería despertar su arriesgada localización. Esperaba a reunir el valor para fingir que podía continuar, para reunirse con el adalid de Loviatar y tratar de buscar un futuro que honrase la voluntad de la querida Madre. No obstante, no era tarea fácil, pues sin André realmente no deseaba futuro alguno.​
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Créditos a Azkan por el poema. ♡​
 
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Sus ojos se tornaban vidrosos mientras la sorpresa estrangulaba su impresionable corazón. Alzaba las cejas, confusa, mirando a aquel que apartaba sus cabellos con una imperceptible sonrisa mientras la Noche les engullía. «¿Por qué?», se preguntaba de forma muda, incapaz de comprender aquel sentimiento de seguridad que le inundaba inevitablemente. Elvira no era feliz, de hecho era casi tan miserable como consciente de ello; sin embargo ahí estaba, sintiendo que por primera vez en estaciones podía respirar con libertad.​

Cuando la muchacha llegó al punto de encuentro, adentrándose discretamente en aquella húmeda y gélida cueva, se vió obligada a tragar saliva luchando por reunir una endereza que a penas podía localizar. Esperó, paciente, tratando de sintetizar los nudos que comprimían su estómago y garganta. Aguardó, silente, intentando olvidar las punzadas que penetraban su exhausto corazón. No obstante, su sufrimiento comenzaría a evaporarse una vez Elrid llegó al lugar —conciliador y paternal, el adalid de la Doncella no tardaría en ahuyentar sus inseguridades. Él la ayudaría, la ayudaría a alzarse y la orientaría en este nuevo camino que se le presentaba.

Pensando en Treza, su fiel y silenciosa guardiana, Elvira no tardó en saber qué debía proponer. Aliados de fé, tres deidades ninguneadas e injustificadamente apartadas; tres deidades que antaño llegaron a trabajar juntas a pesar de la destructiva ambición de una de ellas. La Enfermedad, confinada en soledad sin Dolor ni Noche nunca llegaría todo lo lejos que Elvira deseaba impulsarla. La Madre de todas las Plagas jamás estaría orgullosa si sólo ella vagaba lo terrenal en su honra. No obstante, Treza aguardaba en casa, dispuesta a dar la vida por ella; Elrid esperaba allí, ante ella, dispuesto a acogerla y enseñarle a convivir con el dolor que corrompía su alma. Fue entonces cuando decidió confiar en él y en su querida Vanessa —alzarían una alianza, una Tríada Negra; en la que Talona, Loviatar y Shar unirían sus esfuerzos para conseguir objetivos comunes. Para abolir a aquellos cuya desgracia era un deseo común, una necesidad.

La aperlada sonrisa de Elrid no tardaría en iluminar el rostro de Elvira, afianzando su iniciativa y demostrándole un entusiasmo que tornaba esperanzadora la idea de continuar. Así mismo, la pareja de loviataritas no tardaría en ofrecerle también cobijo —pues comprendían y respetaban su luto, deseaban ver cómo el sufrimiento se acomodaba en la talonita y evitar que ésta pusiera en riesgo su vida debido a ello. Deseaban, realmente, cuidar de su aliada de fé. Sin embargo, el cruel destino parecía poseer otros planes para Elvira; pues este éxito pronto sería desterrado a un segundo plano gracias a una fantasmagórica visión. Allí estaba, ante ella, refugiado tras el ardor de los braseros de los Llanos; André.

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Cuando Elvira cayó sobre la arena, repleta de sangrantes cortes únicamente para ser respondida por un tierno beso de Beshaba, se tornaba surrealista que aquella misma madrugada hubiese planteado el apoyo a la Dama del Infortunio por parte de la Tríada Negra. Aún así lo más transgresor llegaba al alzar la mirada, mientras la debilidad y el malestar invadían su cuerpo, para llegar a aquel sacerdote sembiano que situaba los dedos en su propia frente para formar dos pequeños cuernos. Era André con quien había terminado peleando, era André quien había sacado su espada bastarda en el combate y era André quien tras haber vencido la había maldecido. La muchacha fruncía el seño, ultrajada, siguiendo con la mirada a aquel que protagonizaba el divorcio más dramático del que había tenido noticia jamás —se convencía de que no podía hacer nada, de que aquellas palabras quizás eran tan verdaderas como las sintió en aquel momento ¿pues si realmente la quisiera, habría realmente mantenido su acto hasta este desequilibrado extremo?

Al volver a los Llanos, volvería a encontrarse con Lugosi. Sin embargo ahora le miraría silente, con recelo, dolorida y carente de reflejos a causa del beso que él mismo le había obsequiado. Afortunadamente, antes de que la tragedia volviera a nublar su mente, una voz conocida y afable se acercaría a ella. Arkus había llegado, tan sosegado y apacible como siempre, gentil y educado. Ambos sembianos se observaron, en un incómodo silencio, antes de que el beshabita comenzase a recitar unas bellas palabras que sólo torturarían a la joven. «Veneno cruel, arsénico para el borracho suicida», empezaría, ante la incrédula mirada de Elvira. «Pálido fantasma de seductor brillo, Selûne abisal», continuaría, incrementando la heroicidad que poseería la intervención posterior de Arkus. «Debo ir a la ciudad» diría, dándole pié a unirse a la muchacha una vez el poema llegaba a su fin. Al alejarse ambos, consternado, Lugosi trataría de sanar a Elvira demostrando que no estaba dispuesto a dejarla ir así tras lo que él mismo había hecho. No obstante, no obtuvo una respuesta cariñosa de la talonita y tampoco obtuvo más tiempo. «Ya es tarde para eso, André» fue la única respuesta que recibió mientras aquella a quien amaba se retiraba junto a Arkus.

«¿Tu ex-marido?» preguntó el hombre, con cautela, mientras ambos se dirigían a la sastrería. Elvira asintió, tratando de dejar el dolor de lado así como la frustración ante el infortunio que ahora la perseguía —condenándola a embestir toda esquina con sus espinillas, a pisar todo excremento posible y a romper todo cristal que descansase entre sus castigadas manos. Una vez dentro del local, decidió confiar en aquel hombre más de lo que ya confiaba, desvelándole que Galatea era realmente la mano derecha de Edward Manstein; mostrándole así sus dos caras. Por algún motivo, se sentía segura junto a él. Por algún motivo, junto a él las sombras parecían el lugar más acogedor. «No deberías ir con él. No deberías», recomendaría sabiamente horas más tarde, cuando Elvira acudía a ayudar al beshabita —notablemente mermado por la embriagadez— a subir a su respectiva habitación. No obstante, ni si quiera él podía frenar su instinto protector hacia aquel hombre cruel.


«Y dale. Que no necesito nada de tí» respondería, ácido, fulminando a la muchacha con la mirada.

«André, cállate, anda. Déjate ayudar, que luego pasa lo mismo de siempre» murmuraría, apurada, tirando aún del hombre.

«Dioses. Es por eso. Es que nunca escuchas. No te importa lo que yo...» mascullaba, cansado, antes de bufar como un abatido animal y comenzar a caminar junto a Elvira.

«Me importa lo que quieras menos cuando lo que quieres te pone en peligro.»

«Ya, bueno.»​

Discutirían, brevemente, tratando la joven de lograr que el hombre durmiese en una cama en lugar de acomodarse en el suelo. «André, hace menos de dos días me maldeciste», le diría, enfadada, tratando de ganar cierta autoridad sobre él. «Y aquí... Vuelves» respondía, herido, mirándole sin ser capaz de entender qué había hecho él para merecer algo así. Para merecer algo que sentía muy por encima de su valía. «¿Puedes, al menos, concederme el dormir como una persona normal y corriente y ahorrarte un problema de salud que probablemente ya hayas cogido por estar haciendo el tonto en la lluvia? Siempre vuelvo, André», sentenciaría, logrando que el beshabita dejara de lado el orgullo para por fin entrar a su habitación. Resignada, al cerrarse la puerta tras de sí, Elvira descendería fingiendo que todo estaba bien. Sin embargo, Arkus era capaz de ver más allá de su fachada, ofreciéndole el apoyo calmado y comprensivo que tanto necesitaba.

Clavaba sus ojos en los de Arkus, experimentando la misma calmada sorpresa que le había invadido cuando éste había estrechado su mano en la Infraoscuridad. Se dejaba llevar por sus tranquilas palabras, acomodándose en la Noche junto a él y escuchando sus consejos, dejando de lado el Mar de dudas que la atormentaba para tratar de hacerse a los sentimientos que él le explicaba —de hacerse a la Nada y moverse con la inercia.​
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Elvira era consciente de que el Vacío comenzaba a llamarle, que aquel motivo por el que la Madre había decidido confiar en la Noche acabaría corrompiéndole a ella también —que ella también entendería la profundidad y veracidad de la impía Nada. Sin embargo, desconocía la vertiginosa velocidad con la que el abismo rodearía con férreas cadenas su frágil cuello. Poca salvación quedaría tras esta última estación para la escasa inocencia que algún día escondió, poco sobreviviría tras aquella última transición de la pureza que sus espectativas algún día tuvieron. Alzaba su mirada, apartándola de la luz del Astro Rey, conocedora de que sus pasos la llevarían a la inevitable perdición.​

«Me lo debes todo a mí, eres lo que yo te he hecho ser y... ¿sabes qué le hago a todo lo que es mío?» susurraba, amenazante, aquel torpe amante en el cuál durante más de un año confió. «Haré que me odies tanto como yo me odio a mí mismo, y creéme que lo conseguiré» aseguraba, como últimas palabras, el hombre que había inaugurado tanto su libertad como la noción de romance en su vida —el mismo que la empujaría al abismo y jamás volvería. Era así como, después de todo, André Lugosi desaparecía para siempre dejando atrás los escombros de lo que algún día pudo optar por la sencillez. Sin una lucha personal, sin sentido alguno de la individualidad, definitivamente la inercia dictaba los pasos de Elvira convirtiéndola en una mera herramienta para asegurar que los suyos estarían a salvo llegada su ausencia; que podría, llegado el momento, dar el paso de consagrarse a la Madre o abandonarse a lo inherte.

La joven e inexperta sacerdotisa decidió entonces fundamentar los cimientos de la Tríada Negra, asegurarse de expandir sus lazos lo suficiente como para de desaparecer ella junto a su fé seguir brindándole a ésta una oportunidad de brillar. Así mismo, atendió a aquellos que le rodeaban, a su querida Treza y a su inocente Alessa. Sin embargo, seria ésta última la que le guiaría a la peor compañía a la que jamás se habría enfrentado —Sepherus. Los alegatos de la muchacha a cerca de una criatura inmortal que le había impuesto el destino inexorable de ser su sirvienta llenaban de ira a la talonita. Alessa, a pesar de sus dudas y orientaciones religiosas cuestionables, no dejaba de ser su protegida. No dejaba de ser uno de los escasos vestigios que quedaban tanto para ella como para Ulrik de la Familia que con el desaparecido señor Manstein habían construído. Fue por ello que con sus mejores galas, ornamentadas con los colores de la Madre, Elvira se adentró en las alcantarillas con ambas jóvenes en busca del insepulto.

​
Una negociación entre ambos sería eléctrica, arriesgada, intimidatoria para aquellas que eran testigo. A pesar de su temor, apoyándose en que nada podría ir ya a peor, la despechada muchacha fue capaz de mirar a la sangrienta mirada del depredador con el mentón alzado. Tal actitud desembocó en tratos, tratos que garantizaban el bienestar de Alessa, a pesar de no aportar mayor beneficio a Elvira. El vástago, intrigado, no dejaría que aquella fuese la última vez que entablaría relación con la enfermiza talóntar —pues le había desafiado, a él, al Cazador Inmortal. Le había intrigado, con sus palabras y pútrida naturaleza, pero no había sido doblegada. Aquella «más cercana a la muerte que a la vida», había generado preguntas sin consecuencias afínes. Afortunadamente para él, con la ausencia del señor Edward, no le costaría demasiado acechar a la talonita así como involucrarse forzadamente en sus asuntos. Invasivo y genuino, prestó su ayuda incluso en empresas que en aquel momento no le atañaban.

Con tal de favorecer a la Tríada, Elvira no tardó en vincularse con el Puño, en citarse con el mismísimo elegido del Oscuro. Ponerle rostro al fin al infame Noric Blake, sería el primer paso de una relación comercial de intrínsecas intenciones religiosas. Los cimientos de una férrea alianza comenzaban a alzarse, frágiles por el momento pero capaces de ofrecer la mano que la sacerdotisa de la Madre necesitaba. Volver a ver a las chicas a salvo, volver a quedar largas tardes con Ulrik gozando de una confianza que sólo las vivencias que compartían podía garantizar, obtener tras tanto tiempo una figura paterna en la que confíar encarnada en el señor Swift —quien siempre había estado ahí para ella—, así como propulsar una iniciativa que podría traer honor a la única Madre que jamás le guío; todos estos elementos suponían un desquebrajado puente por el que poder avanzar. Sin embargo, las visitas nocturnas del vástago se volverían cada vez más comunes suponiendo, evetualmente, la brecha que lo cambiaría todo.

«Habéis hecho que me obsesione con vos, os lo advertí» susurraba, amenazante, aquella gélida criatura de intenciones oscuras. «He decidido que ahora seréis mía, eres mía» aseguraba, como primer augurio de una situación que Elvira ya había vivido antes. Su escasa libertad, una vez más, se veía quebrada por cadenas que sus propias decisiones habían facilitado. La resistencia, era inútil, pues un Cazador capaz no tardaría en encontrar la información adecuada para doblegar a través del dolor a aquella a quien tanto deseaba. «Necesito que me ayudéis a encontrar a alguien, un borracho... que solía acabar mucho en la cárcel», sugeriría con malicia el vástago. «Lugosi», confirmaría él mismo, privando a la talonita de su frívola fachada para arrojarla en un mar de lágrimas. Incapaz de articular palabra, sus días libres habían llegado a su fin; pues aún con todo la sangre de André era la única con la que no podría vivir de tenerla sobre sus manos.


Envuelta en temblores y sollozos, aterrada, se desplomaba sobre sus propias rodillas incapaz de creer la situación que acababa de vivir. Exhausta, herida por propia voluntad, se apoyaba sobre la húmeda piedra para observar a aquel que le había causado aquel dolor. Aquel que, a pesar de ser incapaz de retirar la amargura y severidad de su rostro, había demostrado entonces que nunca se puede hacer una sentencia verdaderamente irrefutable.​
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Los cristalinos y heterocromados ojos de la joven se clavaban ahora donde Todo había sucedido, donde el guante había caído al vaciarse el contenido que juraba proteger. Tanto las disculpas como los temores se volvían secundarios, pues en aquella situación era ella quien debería retomar las riendas; quien debía, a pesar de su fragilidad, convertirse en el único pilar capaz de sostener una escena de características surrealistas.​

A pesar de la resilencia, el paso de las dekhanas y las lunas compartidas cada vez enredaba más una situación precaria para tornarla en un híbrido horripilante. Independientemente de si existía un motivo productivo o no, las reuniones se tornaron en algo habitual en demasía. Cada noche, era esperable que el inmortal invadiese el espacio de Elvira para exigir algo —leerle una historia, contarle algo banal, partir de cacería o meramente divagar. Su obsesión, se volvía palpable y cegadora, privándole incluso a él de vislumbrar la siniestra realidad de la situación. Poco a poco los límites se difuminaban, incluso Ulrik sin saberlo conocería al inmortal y bromearía con él. Sepherus era ahora parte del mundo de la talonita, era un hecho inevitable que se formalizaría el día que éste decidiría confiar su Verdad a ella. El motivo que le empujó a la Noche, la causa de una eterna amargura fruto de un desgarro insoportable hasta para el más impío de los hombres. Una pequeña victoria de los vestigios humanizados sobre la bestia.

Conmovida por su historia, Elvira no dudó en apartar el pasado para desterrar aquella única y solitaria lágrima carmesí que decoraba el impoluto pómulo del vástago. Fue así mismo entonces cuando la sacerdotisa decidió que quizás era hora de compartir su Verdad con él; mostrarle algo que ni el mismísimo André había podido contemplar antes de retirarse a Calimshar. «Desdémona Kontos», leería la tumba ante la cuál se establecería por primera vez que Elvira no estaba sometida a una servidumbre normal y corriente. Sepherus ansiaba su éxito, su felicidad, ayudarle en todas sus empresas para así ennorgullecerse de poseer una sierva tan capaz. No obstante, para él ya no era suficiente la idea de que fuese suya; no le valía que esto fuese a través del odio, algo en él le impulsaba a ansiar dominar todos los aspectos de su vida. Deseaba el amor de Elvira, y aquella oscura noche todo tomaba sentido.


«Era mi madre, jamás la conocí. Vino de Sossal, un lugar absurdamente lejano, de enormes placas heladas y gente de piel pálida y cabellos nieveos.» susurraba, ténue, sin apartar la mirada de la lápida.

«Eso explica vuestro aspecto.» comentaría, amargo, recorriendo con la mirada el lúgubre tributo.

«Siempre me han dicho que soy su vivo retrato, quizás ahí nace el odio de Padre.» comentaba, mientras el vástago alternaba la mirada entre ella y la tumba. «Murió en el parto, luchando por darnos la vida a mí y a mi hermano.»

«Tenéis un hermano... lo desconocía.»

«Así es, lo más idéntico que podría ser a mí siendo un hombre. Elazar, se llama. Al principio sufrí mucho por su ausencia, es lo único que tuve a lo largo de mi vida. Pero me he acostumbrado a estar incompleta.»

«Ya no estáis incompleta.» susurró el Cazador, embaucador y sincero a la par.​
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Tras aquella noche las visitas nocturas se harían cada vez más largas, las cacerías más profundas y duraderas, las incursiones y paseos más usuales. Las charlas se tornarían cada vez más íntimas, la confianza se dispararía y las ambiciones de Elvira serían impulsadas por la destructiva sed del ácido inmortal. No se extinguieron demasiadas lunas antes de que el último voto de lealtad mútua fuese consumado tras una insospechada revelación —aquella despiadada criatura de la Noche había decidido mostrar a la talóntar el mismísimo lugar en el que su humanidad había sido arrebatada. No había vuelta atrás, al igual que la Madre de todas las Plagas caía constantemente entre las acarameladas habladurías nihilistas de la Dama Oscura, Elvira había caído en las garras del inmortal envenenándole en el proceso.

«Quiero cumplir los deseos de la Madre, Sepherus. Realmente, es lo que quiero. Ella es quien único ha estado ahí durante todas esas noches, en el calabozo. Y yo nunca me percaté de su presencia, me sentía castigada y no bendecida. Fuí desagradecida. Y aún así... me bendijo. Me eligió...» sollozaba la joven, noches atrás, entre los brazos de un confabulador que le prometía el éxito; confabulador insepulto que no tardaría en demostrar verídicas sus intenciones. El Cazador Inmortal cuidaba con especial mimo de su sierva, del objeto de su más arraigada obsesión, del peligroso reemplazo que todo viudo desea hallar. Sin embargo, ni si quiera una criatura como él puede quedar impune a los tejemanejes de la obsesión —no tardando en manifestar sus deseos de poseer a Elvira como sierva por toda la Eternidad, no tardando en comenzar a culparse en límites insanos siempre que la joven saliera perjudicada en su presencia. «Yo he fallado, sóis mía y no os he protegido», sentenciaría con una ira de la que absolutamente nadie quedaría abstento.

No bastaba ya con su sangre, no bastaba con su servidumbre. Cuanto más ofrecieran ambas partes, más deseaban el uno del otro —más se oscurecía el corazón de Elvira al consagrarse con férrea convicción a intenciones que jamás creyó capaz de impulsar y más estaba dispuesto a dar el vástago por ella siempre y cuando la Emnekhul no saliera comprometida. «Sóis mía hasta el día de mi destrucción, de iros tendré que mataros o darme un paseo bajo el Astro Rey» se convertiría en la palpable decisión final, el horizonte de un peligroso baile tentador pero condenado a la desgracia.

Un mero gesto servía, en aquella impía Cripta, para demostrar una empatía nacida de una situación precaria pero igualitaria. Era tarde para aflojar o deshacer el lazo que les unía, era tarde para escapar de aquello que a partir de entonces les consumiría. Lo incorrecto se había tornado, con un desesperado sacrificio, en el único camino que poseía sentido.​
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Entre lágrimas y gélidos temblores, desamparada, la talóntar no tardaría en refugiarse entre los brazos de aquel hombre al que tanto conocía. Tenía miedo, por primera vez en demasiado tiempo sentía que había perdido completamente el control. Sin embargo, él estaba ahí, para protegerla; para refugiarla. Aquella Noche se escondió entre las telas de su pechera, arropada por sus susurros, meditando una situación a la que debía responder cuanto antes.​

A pesar de lo que muchos podrían entender de una asociación entre aquellos que se arrodillan por las deidades oscuras, para Elvira aquellos indivíduos amparados, aquellos aliados de fé, se convertían con el paso de las estaciones en su nueva familia. Es por ello que las noticias de la injusta agresión que Calíope había sufrido no tardaron en asfixiar sus entrañas. Preocupada e iracunda, la joven no dudó en pasar todo el tiempo posible junto a aquella sacerdotisa que tanto le había enseñado —no sólo sobre lo que supone consagrarse a una Diosa impía como las que ambas honran, sino también sobre lo que implica ser una mujer digna.

Llegando, a prisa, a la salida del Cuartel, Elvira esperaba ser el apoyo y consuelo de un rabioso flagelo sediento de sangre. No obstante, se encontraría con una invitación inesperada; el imperceptor Teodoro deseaba conocerla. A ella, a su proyecto, a sus propias intenciones. Con el beneplácito de la sacerdotisa, marchó rápidamente a hablar con el decrépito banita —a escuchar dulces palabras que llenarían su espíritu de esperanza. «Yo me encargaré de definir esa ambiguedad», aseguraba, seguro de sus palabras y con el mentón perfectamente erguido, evocando una dulce sonrisa entre los ajados labios de la muchacha; pues por fín tendrían la voz de la verdadera experiencia de su parte. A pesar de desear reiterar su liderazgo, algo en las palabras del banita hacía que la sacerdotisa se sintiese embaucada, intimidada y fascinada ante la presencia de un hombre que tantas experiencias portaba en sus propias carnes. Asintió tras sus consejos, segura, marchando junto a su estimada Calíope.

La sacerdotisa del Dolor decidió, así mismo, llevarse por la preocupación por la joven —decidió por tanto llevarla a una remota caverna en la que compartiría su sabiduría a través de palabras y gestos que desembocarían en una inesperada resolución; que sin duda despejarían las Sombras y fantasmas que frenaban el verdadero desarrollo de Elvira. Entre herramientas de tortura y danzarinas llamas, Calíope sentó a la muchacha y comenzó su discurso, erguida y orgullosa a la par que verosímil para los oídos de la perdida joven.


«Elvira, si os ven agradable os ven accesible... Si os ven permisiva, se aprovecharán de vos, si os ven con la puerta abierta entrarán por ella y se llevarán lo que deseen de tí... y entonces sentiréis que os habéis fallado a vos misma. Debéis ser más fuerte, pues como mujer debes mostrar que somos superiores a los hombres», enunciaba, enmarcada por el brillo dorado de las brasas.

«E-En ello tenéis razón... P-Pero tampoco sé exactamente cómo podría demostrar... que independientemente de mi frágil apariencia no soy... lo que creen que soy», replicó temerosa la blanquecina, refugiada por los vestigios sombríos del opuesto a las llamas.

«Vos me lo mostráis, está bien que os mostréis agradable en algún momento, pero debéis mantener una compostura fuerte. Si te muestras afable, creerán que se pueden aprovechar de tí. Que vuestra apariencia sea frágil no quiere decir que vuestra mente y alma lo sean», remarcaba entonces la sacerdotisa, segura de sus palabras, elevando dudas que hervirían en el interior de la oyente.

«Eso es más importante que vuestro cuerpo, en realidad el cuerpo no significa nada. Los peores daños en una persona son los mentales y los espirituales, los daños físicos son algo diferente... están a un nivel menor», continuaba Calíope, musitando un oscuro salmo sobre sí misma que desgarraría su piel en múltipes heridas que salpicarían de color carmesí las inmediaciones. Con mirada atenta y desmesurada, Elvira seguía atendiendo a la mujer, preocupada por su estado y fascinada por su fervor.

«Dañar el cuerpo es fácil... pero dañar un alma o una mente es diferente...», retomaba débil, dejando salir sangre de sus ascendentes comisuras.

«Me he topado con muchas personas débiles de mente, sin voluntad, perdidas en las vidas sin sentido... Personas ciegas incapaces de ver a su alrededor, acobardadas en su burbuja, en la cuál se refugian incapaces de salir de ella... Seres crudos mal cocidos que nacieron mal», sentenciaba, cerrando con delicadeza la Doncella de Hierro que tal charla presenciaba. «Seguro que habéis conocido personas así en vuestra vida...»

«Y-yo...», masculló la joven, incapaz de continuar mientras sus adentros se revolvían y sus ojos ardían luchando por contener desesperadas lágrimas; un único nombre inundaba su mente, un nombre inmaculado que no deseaba recordar ni asociar a negatividad alguna.

«Algunos tuvieron solución... otros se abandonaron en vicios, caminos de luz cegadores e incluso la mismísima muerte... Buscando una Verdad inexistente», continuaba, lisonjeando el brasero mientras su mano agarraba las llamas sin miramientos. «Sólo los que somos capaces de afrontar las cosas de cara, los que somos fuertes, los que no dudamos de nuestras palabras, los que vemos más allá de los que no ven... Este mundo está lleno de entes ciegos, cuerpos vacíos sin alma, sin a penas avispo de voluntad en sus seres... Mentes opácas, sentimientos desesperados, la Nada. El sin sentido en almas abandonadas por ellas mismas...»

«La pregunta es... ¿qué quieres ser tú? ¿Un ente sin vida...», preguntaba, llegando al final de su discurso mientras abría la mano ilesa; «... o algo digno?», finalizaba, abriendo la opuesta calcinada.​
​

Aquel ciclo Elvira pensó, pensó y se revolvió entre las sedas de su dormitorio atormentada por dudas que siempre habían devorado sus adentros —dudas que ya no callarían ¿Qué estaba haciendo con su vida? ¿qué había hecho consigo misma? ¿cuánto respeto se había negado? Pensaba en André, pensaba en las muchas noches que su alma se quebró deseosa de volver a sentir sus labios, en cómo las palabras de la sacerdotisa esculpían su vestigio. Pensaba también en Sepherus, en la servidumbre que le imponía, en la retorcida noción de un supuesto amor ahogado en posesión que representaba. Recordaba su mano caer ante la luz del Astro Rey por una mera discusión, recordaba la ira y las prohibiciones que incluso le impedían relacionarse libremente con aquellas a quienes deseaba conocer, recordaba la insistencia en considerarla inferior y domarla a pesar de considerarla una amante ¿hasta qué punto justificaba su condición tales actitudes ególatras y ebrias de dominio? ¿hasta qué punto era lo correcto jugarse el odio de su propia Diosa a cambio de un ser tan miserable que quizás jamás la consideraría como un igual? ¿hasta cuándo aguantaría agachando la cabeza y silenciando su corazón? ¿hasta cuándo iba a engañarse a sí misma? Las cosas debían cambiar, era hora de comportarse como una verdadera talóntar o poner fin a aquella absurda broma en la que se había convertido su vida.

Una tercera persona completaría tan reveladora dekhana, un hombre enamorado y paciente, capaz de corregir errores y entender que no siempre las cosas podían ser de un modo u otro. El señor Manstein la requería, confesando sus temores propios entre temblorosos labios, desparramando su alma sobre ella y sus propios problemas de dicha índole —ajenos, pero cercanos a sus oídos. Sin embargo, no tardaría aquel que tanto tiempo la había acogido en percatarse de sus afligidos ojos, de la existencia de secretos que yacían enterrados desde hace demasiado entre aquellos amoratados labios. Escuchó, escuchó la Verdad y ofreció desinteresado consejo; no deseaba sacar provecho alguno, deseaba la felicidad de su Estrella Argentea.

«Elvira, por favor, dejadme ayudaros; dejadme protegeros» insistió, preocupado, mientras acariciaba sus cabellos y sentía el inestable vaivén de un latir destartalado. «Venid conmigo, no dejaré que os suceda nada» afianzaba, recibiendo una ténue negativa que conocía no definitiva. Estrechó entonces a la joven con más fuerza entre sus brazos, conciliador, disipando aquellas Sombras que sí se habían tornado precarias.​

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«Pero le envenené, por eso... pasó todo», mascullaba, atormentada mientras el sastre trataba de mantener una quebradiza compostura que se desmoronaba al ver así a su Estrella. «Es tu fé, lo llevas en tu dogma, tu Madre no sólo enferma el cuerpo... también el Alma», respondía, apartando mechones de pelo blanquecinos para poder contemplar el rostro de la mujer. «¿Creéis que está orgullosa de mí?», enunciaba Elvira, dejando de sollozar a pesar de la humedad de sus ojos y el temblor que carcomía sus músculos. «Envenenas los corazones de los que no laten. Tu Señora ha de tenerte estima, Sacerdotisa... Y sí, está orgullosa de tí. Yo lo estoy», confesaba Edward, evocando en la sossrim un calor que creía olvidado —un sentimiento esperanzador que parecía reanimar su confuso corazón.​

Poco a poco, la talóntar comenzó a reponerse. Empezó a ser habitual verle portar los colores de la Orquídea de Ébano, abarcar más encargos que nunca, responder con sonrisas a las erráticas insinuaciones del carismático Stilgar e incluso no escandalizarse al recibir cartas de amor en la mismísima sastrería. A pesar de que no quería admitirlo, comenzaba a retomar la rutina con una nueva perspectiva; como si hubiese despertado de un largo y oscuro letargo. Por las mañanas tejía y por las noches, envuelta en atavíos de su credo, alimentaba y atendía a los enfermos de los Barrios. Sin embargo, la parte que verdaderamente marcaba la diferencia era lo que sucedía en el taller cuando las puertas estaban cerradas, lo que sucedía cuando el señor Manstein y ella poseían tiempo para hablar como si jamás hubiese sucedido nada —para acurrucarse sin llegar a rozarse los labios, sumergidos en un acercamiento que se presentaba como definitivo a pesar de oculto. La vida comenzaba a ser, quizás, buena.

La noche que por fín dieron el paso, la fatídica noche en la que por fín se sentía correcto un abrazo que el sastre llevaba ansiando durante años, sería no obstante la antesala de un amargo acontecer; de un cubo de agua fría que quebraría aquello que por fín parecía lo único que debía ser. Aquella mañana, Elvira se levantó con una enorme sonrisa en el rostro, aún sorprendida por lo que había vivido con aquel hombre al que tantas veces llamó —junto a los demás miembros de la Familia— “putón” por sus abundantes y fugaces amoríos. Abandonando al que quizás debería comenzar a llamar amante, en la cama que quizás ahora volvería a ser de ambos, acudió a Secretos de Terciopelo para coger un encargo especial; un encargo para un hombre al que le debía quizás demasiado. La armadura del señor Noric Blake era pesada, y el camino no fue trabajo fácil cargándola a solas, pero el cansancio físico tampoco sería capaz de borrar su sonrisa —pues tal tarea pertenecía legítimamente al indivíduo con el que se cruzaría en Crimmor.

Había pasado, quizás, poco menos de un año desde la última vez que sus ojos pudieron contemplar aquel rostro de tez oscura y hastiada expresión. André Lugosi había vuelto, su marido, el único hombre capaz de hacerle perder todas las formas y desarrollar unos impulsos homicidas difícilmente controlables. Este escenario había pasado miles de veces por la mente de la joven, con cientas de palabras y posibilidades; pensaba que se enfadaría, pensaba que quizás se echaría a llorar o incluso se lanzaría a sus brazos para besarle una vez más. No obstante, se quedó completamente petrificada —sentía como su corazón luchaba por dar unos latidos que se sentían demoledores, espaciados por la mismísima Eternidad y sacudidos con una fuerza que podría despedazar sus costillas. Un ardor escalaba rápidamente por su garganta, anudándola y sellando sus labios en una parálisis insoportable y de apariencia interminable. Sus ojos, ardientes, comenzaban a lagrimear mientras aquel condenado beshabita pasaba de largo. En la propia Encrucijada, a oídos de todos, explotaría entonces una discusión que quizás nunca debió acontecer.


«Yo te quería igualmente, imbécil, siempre te quise, aunque fueses un desastre que se tiraba el día durmiendo sobre mesas y golpeando a niños», «¡Dale con lo de los niños!, eso sólo pasó una docena de veces»; comenzaban, con escasos espectadores ante los primeros gritos.

« ¿¡Cómo te iban a provocar!?», exclamaba, exhasperada, quizás más por caer en los mismos tópicos de siempre que por la propia situación en sí. «Haciendo lo que haces tú ahora, ser un capullo impertinente», «¡tú si que eres un capullo impertinente!, ¡y encima beshabita!», «¡Oh! ¡habló! La sectaria de las narices»; atraían ya, quizás demasiadas miradas.

«Elvira, no te debo nada. Todo lo que has querido tragar lo has decidido por tu cuenta», sentenciaba, ácido, una vez los ánimos se degradaban al desgarrarse las gargantas. «¿Y qué queríaís? ¿que os dejase pudriros en la cárcel? ¿o morir?» continuaba la sacerdotisa, olvidándose tanto de aquello que precedía ese preciso instante como de todo aquello que podía avecinarse.

«Elvira... Supéralo, nunca has sido ni serás nada» inquiría, amurallándose con una cínica fachada. «No me confundas contigo, André», «¿¡Qué maldito sentido tiene eso!?» se encendía, poco después, como si fuese inevitable acallar las chispas que brotaban entre ambos.

«¡Y dale! ¿¡pero queréis parar!?», gritaba sin ser consciente del daño que su ya enfermo cuerpo comenzaba a almacenar con el altercado; ignorando, al igual que André, que ya no sólo les observaban aventureros y lugareños.

«¿Os está molestando, señorita Elvira?», intervenía el cabo Dazai, para recibir a cambio el grito que interrumpiría la discusión pero no los problemas. «¿¡Y a usted qué le importa!?», gruñía André.

«Deja de actuar como si fueses responsable de mí», se quejaba, molesto ante los vanos intentos de Elvira por explicar la situación y proteger al beshabita. «¿¡Pero que quién cojones te ha pedido nada!?, ¡estás loca!», continuaba, cada vez más alterado.

«Quizás una nochecita en el calabozo le haga calmarse, señor, pues estáis alterando el orden público delante de las puertas de Crimmor», sentenciaba Dazai, manteniendo una compostura impecable a pesar de la situación. «¡Tú no te metas! ¡a quien no le guste que no mire! A ver quién sóis vosotros para meteros en cómo me relaciono yo.»​

Con un resignado suspiro de la joven Kimura, comenzaba entonces la detención del hombre. Elvira, mortificada y demasiado sobrepasada por la situación como para procesarla, mascullaba cerca de Dazai tratando de justificar a su marido. No obstante, cuanto más intentaba apaciguar la situación, más alzaba la voz André, aclamando todo lo que se le pasaba por la cabeza aún cuando ya se encontraba asegurado por grilletes y en la barca camino a Athkatla —«¡Intenté matar al sastre! Una vez, ¿eso es delito extra? Agresión a... ciudadanos, o como se diga». La sacerdotisa era ahora incapaz de ver con claridad, los deberes y sucesos se desvanecían rápidamente de su memoria mientras su voz se agotaba en un mar de justificaciones que ni ella misma podía sostener —se olvidaba del pedido del señor Blake, se olvidaba de dónde y cómo había despertado, se olvidaba de lo Vacío que era su existir la estación anterior y de lo espléndido que se había tornado en las últimas dekhanas. Una vez más, únicamente importaba un mismo yunque que anclaba su corazón y su alma para desterrarlos en un océano nutrido por el fracaso; André Lugosi.
​
A pesar de la amabilidad del cabo, las horas en la Guardia se volvían eternas y devastadoras para la muchacha —así como la noticia de que no podría pagar fianza por el alcohólico, sino que debería esperar necesariamente media dekhana; media dekhana que peligraba de alargarse drásticamente debido a la actitud de éste. Incapaz de mirar a Edward a la cara, Elvira se aseguró de no regresar a Casa, encerrándose en el taller a horas estrafalarias para cerciorarse de obtener soledad. Sin embargo, las noticias en la Ciudad de la Moneda no tardan en expanderse, como una plaga, corroyendo todo a su paso —pero ni las buenas palabras ni los obsequios de almas generosas como la del guardia Nemkal podían poner fin a su pesar. Sabía que había vuelto a caer en el mismo error del año pasado, sabía que había vuelto a un punto de partida quizás más precario que cualquier otro ¿Era a caso este el verdadero beso de Beshaba?; el devenir constante de un hombre cruel, de un amante torpe, del borracho suicida que jamás terminaría por ser sincero aunque eso le costase lo poco que aún conservaba.

Cuando André salió de la cárcel, por primera vez desde que habían llegado a Amn, avanzaron silenciosamente por las calles para hablar con asegurada privacidad. Por primera vez desde que habían llegado a Amn, dejaba Elvira —verdaderamente— de ser una mujer casada. «¿Sabes? No te odio», confesaba, acomodándose en el aterciopelado sillón para mirar directamente a los ojos a aquella enferma mujer a la que tantos disgustos le había garantizado. «No lo parece», respondía, más abatida que de costumbre; con una delgadez más pronunciada de lo habitual y unas ojeras de obsidiana. «Eso es porque quiero que sufras», contestaba con sencillez. «¿Por qué queréis que sufra?» —«Porque soy mala gente». «Ni tú eres tan simple de mente», replicaba, con cariño en su quebradiza voz, careciendo de fuerzas incluso para odiarle. «Me das demasiado crédito. Elvira. Solo quiero que seas libre. De la carga que soy, de tu potencial», decía calmado a pesar de acobardado, atragantando para sí las palabras que durante tanto tiempo había emparedado tras su cerebro. «Siempre te quejas de que no respeto tus decisiones, pero tú tampoco respetas las mías. Debería de ser libre de elegir mis propias cargas, André». «Tal para cuál, ¿no?» —«Los favoritos de Sune», puntualizaba la sacerdotisa, sonriendo con retintín al mentar a la deidad.

«Ahora solo quiero que entiendas por qué me voy. Y por qué no te diré a dónde. Ni quiero que nos veamos nunca, nunca más», comenzaba con tales palabras el discurso lapidario que eclipsaba todo lo que antes había enturbecido la mente de la joven. «Estoy cansado de hacerte daño. No funciona, así que sólo puedo irme», continuaba mientras la talóntar se servía una copa de un veneno que ya conocía bien; una dósis tímida, a la que ya estaba habituada —pero suficiente para amenizar el final de tan amargo viaje. «Encontrarás a alguien a quien hacer desgraciado. No te preocupes... será por pretendientes», tonteaba con el final, cínico y cansado, conteniéndose mientras ella bebía.​

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Caesseth

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«No llores, no va a servir para nada» —«No lo hago por tí, maldito egocéntrico». «Lo sé», respondía, alimentando un ambiente ya sobrecargado de melancolía; contemplando una vez más a la mujer que amaba derrumbarse ante su cínica lengua. En un último gesto de impertinencia, volcaría la copa de la muchacha sobre la alfombra antes de marchar; derramando sin conocer —o quizás consciente— el corrupto brebaje del que la talóntar se ayudaba. «André por su parte, te hacía sentir mal, y otras cosas... Pero nunca te dañó de esa forma, él es otro tipo de mala gente ¿me explico?», explicaría en un intento por asegurar el bienestar de su Familia Ulrik, dekhanas después.​

Los días y las noches se entremezclaban en una vorágine atemporal que rodeaba a la muchacha. Cada ciclo se tornaba exactamente igual que el anterior, el dolor de su alma crecía por momentos arrojándola en una marea que ahora veía estática —¿qué importaba, si avanzaba o no? ¿cuántas veces más necesitaría perderlo todo para ser perdonada por el impío lisonjeo del Infortunio? “Beshaba provee”, era imposible enumerar la cuantiosa cantidad de veces que la muchacha había escuchado esa escueta frase; y sin embargo, jamás se imaginó que viviría en sus propias carnes el verdadero significado de ésta. Lo único a lo que Elvira podía agarrarse era el trabajo, un trabajo constante que únicamente sería útil de ser velado bajo la falsa esperanza de recuperar una felicidad perdida —una felicidad que a sus ojos había sido mancillada más allá de cualquier posibilidad de reparo. Sabía que las cosas no volverían a ser como antes, sabía que no podía llorar entre los brazos del sastre como si nada hubiese sucedido; sabía que había cruzado un punto de inflexión aún más denso que los anteriores. Además, ¿quién no había oído ya a aquellas alturas los rumores de la racha de encamamientos desenfrenados que llevaba el hombre? No era el momento, porque el momento ya había pasado y André se lo había llevado consigo.

La talóntar lloraba de manera insesante, arrastrando un luto inquebrantable por allá por donde pasaba. Sonreía, forzosa, simulando una estabilidad que sus húmedas ojeras no tardaban en desmentir —huía tanto de Adalys como de Nymwabeth, a pesar de considerar a ambas sus únicas amigas tras la marcha de Auria y Vevalna, en un vano intento por evitar dar explicaciones que ni ella misma estaba dispuesta a asumir. Huyendo, como aquel que tanto daño le había causado, con tal de no admitir —como éste— su propia fragilidad; su verdadera pateticidad. Pero la preocupación ajena sobre sus hombros se acrecentaba, se acrecentaba tanto que se tornaba imposible huir del “¿cómo estás, Elvira?” y de la lástima escondida tras tales palabras; la preocupación aumentaba y cada vez que la luz del Astro Rey rozaba su piel la joven podía sentir como si paredes transparentes la envolvieran hasta crujir todos y cada uno de sus huesos. No quería contemplar melancólicamente acantilados de los que sabía que jamás saltaría, no quería seguir cosiendo vestidos en secreto para un excéntrico vástago, no quería cubrir de silencio sus mentiras. «Elvira, ¿estás bien?», preguntaba el cabo, forzándola a huir de escena como si de una cría asustadiza y tontorrona se tratase ¿Qué diablos estaba haciendo con su vida?

El magistrado Ulrik había conocido por primera vez a Elvira cuando esta había llegado a Amn, con un vestido blanquecino despedazado y apegada a un André ebrio que sonreía incrédulo ante la esposa que había conseguido en una de sus borrosas incursiones. Les había conocido, a ambos, antes de que la Enfermedad decidiera dejar una marca más permanente en la joven y antes de que los vicios consumieran los adentros ya pútridos del muchacho. Había compartido momentos con ambos, desahogado sus penas incluso en jolgorios que habituaban a terminar con algún descubrimiento que ni el oghmita podía gestionar —como la manía del beshabita por pelearse con niños escudándose en que estos “le provocaban”. Es por ello que él, mejor que nadie, sabía cómo cuidar de la sacerdotisa; y es por esto mismo, que ella, aún abatida sabía que debía continuar con su labor en la Orquídea —no por su futuro, sino por el de la Familia que Ulrik había construído junto a ella y Edward. La noche que ambos se reunieron, en la misma posada en la que tantas cosas habían compartido, muchas de las cadenas que apresaban el espíritu de la sossrim parecían amainar; no obstante, una garra se deslizaba desde sus adentros impaciente por elevar su reclamo.

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Durante dekhanas posteriores, la nariz de la talóntar era transgredida por hileras carmesí que escoltaban sudores febriles que nublaban su juicio y le retiraban el privilegio de la movilidad. Escondida en las profundidades del alcantarillado amniano, rodeada de los suyos, de los enfermos condenados al olvido, tiritaba y aceptaba lo que reconocía como un indudable castigo a su derrotismo. Sabía que la Madre tenía motivos para estar furiosa con ella, sabía que aún poseyendo una conducta arbitraria no perdonaría su carencia de voluntad —era un sufrimiento merecido. Se encogía, rodeándose a sí misma con sus frágiles brazos, rememorando cómo había tomado la aguja que Edward le había tendido; cómo en el momento más bajo, entre sollozos desamparados, había respondido a las provocaciones del sastre atentando contra su propia vida sin cuestionarlo. De un modo u otro aquella noche, consumida por orgullo y dolor, había tonteado con la peor rendición posible; había despreciado y desacreditado la decisión de su querida Diosa al elegirla a ella como portavoz. Si este era su castigo, era más que merecido —si ésta era su verdadera hora, la aceptaría lejos de la mirada de aquellos que podrían llorar su pérdida.

Sin embargo, la Madre puede ver más allá de la impureza de las carcasas carnales; la Madre trabaja desde el interior de cada indivíduo, capaz de ver la desnudez de su alma mientras corrompe el cuerpo. Eventualmente, Kontos abandonó el alcantarillado por su propio pié, aún enferma pero capaz de tolerar los achaques de su condición como nunca antes había sido capaz —despertándose, en su interior infecto, los dones del regalo que hace tanto tiempo había recibido. La Madre seguía con ella, una vez más había permanecido a su lado cuando su mente flaqueaba ¿Era éste su perdón? ¿había sido, si quiera, un verdadero castigo? Fuera como fuese, algo había cambiado en su interior —tras más de dos décadas de tormento, tras tantos errores e infortunios, tras años de devoción.

Tras alguna que otra explicación vaga e incómoda, la joven no tardó en retomar sus tareas y compensar el tiempo perdido en todos aquellos ámbitos en los que era pertinente. Al revisar la agenda de Secretos de Terciopelo, una entrada particular no tardó en llamar su atención — “reunirse con el cabo Dazai”. Incapaz de recordar todavía con claridad aquello que sucediera antes de su convaleciente retiro, revisó trajes y encargos para no encontrar pista alguna. Armándose de valor, la joven decidió marchar en busca del hombre sin mercancía que entregar, encaminándose sin saberlo a un escenario que sutilmente había tejido Nymwabeth. Dekhanas antes de la fatídica vuelta de su ahora ex-marido, las Casas Comerciales habían sido convocadas para reunirse con el sargento Roxx. Allí, ambas charlaron con el cabo antes y después de la entrevista —mostrando éste un curioso interés por las fragancias. Interés del que Nymwabeth no dudaría en aprovecharse como sunita empedernida; menos aún recordando un vergonzoso intercambio de palabras, peligrosamente cercano a un interrogatorio, que había tenido con la sastre en una escapada nocturna junto a su prima Adalys. Gracias a las tímidas artimañas de la elfa, Elvira terminaría acompañando al cabo hasta Púrskul y adentrándose en una primera cita; cita en la que sería sorprendida por un interés que le resultaba difícil de creer —debido a que aquel hombre había sido además quien había arrestado a André y por tanto le había observado en su faceta más deleznable, conocía así mismo de su quebradiza salud y su raramente aceptada devoción, e incluso conocería también aquellos rumores que le rodeaban ¿Por qué iba a fijarse alguien como él en un deshecho que a penas puede respirar correctamente como ella? Sin embargo, ni si quiera sus acrecentadas inseguridades eran capces de nublar el indudable atractivo de la socarrona actitud del cabo.

«Que sea leve, Dazai», se despedía, intrigada, incapaz de contener una ténue sonrisa mientras le miraba de reojo tomar el pomo de la puerta. Sin embargo, cuando comenzaba a bajar la guardia, el hombre respondía acercándose a ella desbordante de seguridad y decisión. «Que no, mujer que no. Eso no funciona así», respondía, antes de llegar a ella para agarrar su cintura con fuerza e impactar sus ajados labios en un enérgico beso. Guiándola hacia la mesa, terminaría con tal gesto su despedida, dejando a la sacerdotisa atónita y condenándola a un silencioso estado de sorpresa que le escoltaría durante la vuelta a Athkatla. La estación se plagaba, cada vez más de turbulencias para Elvira, como un río a punto de desbordarse en la dirección más impredecible —pero el cabo no sería el único en romper los esquemas de la muchacha.

Al llegar, confusa y tímida a los Llanos, una mole sudorosa y asustadiza captaría su atención; un enorme y enfermizo semi-orco que se escondía entre arbustos mucho más pequeños que su barriga, una criatura desorientada y aparentemente incapaz de controlar su esfínter, un pupilo al que moldear desde su estado más primitivo hasta convertirlo en un verdadero talóntar. Doth, sin saberlo, estaba entonces a punto de encontrar su hogar bajo la inmanente mirada de la mismísima Madre.​

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“Susurro”, era un nombre que sus oídos habían luchado por olvidar. Un nombre impregnado de un estigma del que se creía incapaz de escapar, un vestigio de una antesala a la grandeza que había pasado a ser olvidada. Sin embargo, ahora la joven sonreía, honesta, clavando su heterocromada mirada sobre los mortecinos ojos de aquella que le hablaba. «Susurro», le llamaba, amparándole bajo sus oscuras telas y liberándole de unas cadenas con las que había aprendido a convivir.​

Temía descender a la ciudad inmortal, pues habían cambiado muchas cosas —el tiempo había corrido, e incluso para aquellos que no laten, era innegable tal devenir. No obstante, los caprichosos deseos de los Dioses allanaron la Ciudad Inmortal, predisponiendo un encuentro fortuito con estricta meticulosidad. Allí estaba Amon, Voz del Jactancioso, guardiana de la Cripta y devota sacerdotisa de Velsharoon —hermoso vestigio de lo que antaño fue una mujer imponente, tornado ahora en una criatura de innegable majestuosidad. Su piel grisásea, erguida y corrupta, acentuaba afilados rasgos que gozaban de la misma extravagancia del más dedicado mármol. Sus cabellos, oscuros como la mismísima noche, se entremezclaban con las oscuras telas que difuminaban su femenina silueta. De ojos pálidos y voz desgarrada, la sacerdotisa no tardó demasiado en dirigir la atención hacia la talóntar que se escondía entre ropajes ennegrecidos y ajustados —refugiando bajo seda cualquier rastro de su moribunda tez.

«Larga Muerte», respondía al saludo de la mortal, alzando su mentón y envolviéndola con la oscuridad de su atemporal voz. «¿Y tú eres?», inquiría, antes de confirmar que ella era nada más y nada menos que la Voz del Jactancioso. «Quizás podríais recordarme bajo el nombre de Susurro, la humilde protegida del Cazador Inmortal. Sacerdotisa de la Madre», se presentaba Elvira, temerosa, capaz de sentir una presión en su pecho que parecía anunciar lo que ese mismo ciclo tendría lugar. Amon no tardaría en reconocer ahora a la muchacha, inclinando aún su perfilado rostro y recorriendo con sus huesudas falanges el báculo que sostenía. No tardó en acercarse a ella, confidente desde un primer inicio, mirando con recelo hacia los lados antes de murmurar. Ambas sacerdotisas, de ajados labios, no tardaron demasiado en llegar a la realización de que ya se habían conocido antes —pues era aquella majestuosa criatura la mismísima Victoria, la mujer que tanto le había asistido tras el comienzo de su despertar divino. «El Padre Liche recibe vuestra palabra y te bendice», sentenció, acogiendo a la mortal en su templo.

Sintiendo un estrecho y vertiginoso vínculo en su interior, ambas parecían sincronizadas bajo la mirada de aquellas deidades que velaban por ambas —como si su re-encuentro hubiese sido orquestado por éstas. Confidentes y cómplices, una junto a la otra, tomaron asiento y comenzaron a dialogar en la seguridad del Hogar del Jactancioso; sin máscaras, sin capuchas, sólo dos nivéas sacerdotisas con ambiciones afines. Amon confesaba conocer la identidad de la talóntar, disculpándose ante la situación y prometiendo intimidad absoluta respecto a tal dato, forjando con tal actitud un acercamiento igualitario entre ambas. «Vuestro secreto está a salvo conmigo», confirmaba, velando con especial cariño por aquella a la que antaño había salvado. Desde el respeto mútuo, Elvira procedió a confirmar que a pesar de no descender a la ciudad había mantenido sus promesas, su palabra, con otros de los que allí moraban —así como el contacto. Supo entonces que el Cazador Inmortal había caído en un indefinido letargo; el lazo de ambos, tras tanto tiempo, se había quebrado. Por tanto, ahora estaba desamparada.


​

«Tenemos mucho por hacer y por trabajar, Susurro. Ya véis, el Jactancioso de la Cripta ha unido nuestros caminos. No fue porque sí que acudí aquella vez sin conocerte para salvar tu vida. El Padre Liche ha preparado este momento, él confía en que es Justo y Necesario», aseguraba para sí, asintiendo, mirando a la talóntar mientras comenzaba a albergar grandes esperanzas respecto a la mortal. «Te aseguro, que en toda relación del tipo que fuese, a veces no es necesario tener el mismo pensamiento pero sí el mismo respeto y de todo ello nacen buenos frutos.»

«Para la Madre, el respeto supone un factor fundamental en cualquier contexto. No tolera las faltas de éste, no tolera que se subestime su capacidad devastadora. Consecuentemente, Ella sabe a quién o qué respetar y conoce la importancia de demostrar respeto por aquellos que lo merecen», confirmaba la joven, en un tono conciliador y familiar; decidiendo abrir su visión sobre la fé que pretende encarnar.

«Susurro, que palabras tan exactas y de mi agrado... La verdad no esperaba otra cosa de tí conociendo al Cazador», confesaba, fascinada, antes de continuar. «Y te anuncio que has de sentirte dichosa, ¿sabes por qué? No sabes cuánto me alegraría que algunos tuvieran vuestro pensamiento... más es necio pedir peras al manzano.»

«A los mortales les cuesta aceptar su debilidad, no ven que en ella puede nacer su verdadera fortaleza. La Orden y sus rebañoz se aferran a mentiras veladas, obstinados y soberbios, incapaces de aceptar cuál es su lugar. Incapaces de comprender que somos Seres para la Muerte», exponía tenaz, aludiendo con esto al inevitable perecer que aguarda —y debe aguardar— a la mayoría. «La falta de respeto a mi Diosa con las curas que imponen, considerándose adalides de la Naturaleza y la Vida cuando no tienen idea de lo que significa ni una cosa ni la otra; cuando interrumpen el curso lógico de los acontecimientos...»

«Y faltan el respeto a vuestro Padre con sus purgas fruto del terror que les causa no ser capaces de comprender más allá de lo que cuatro necios imponen ante sus ojos. Incapaces de aceptar que algunos sí están destinados para llegar más allá, para continuar su obra aún en contra de la Naturaleza con tal de alcanzar una causa mayor; mientras que otros, simplemente deben de ser alimento para los gusanos», continuaba, gélida, manteniendo la mirada sobre los neblinos ojos de la inmortal. «No saben vivir porque temen morir, y jamás conocerán de otro modo porque temen abrir los ojos.»

«Me maravillas de cierta manera», respondía la Voz del Jactancioso tras asentir ante las palabras de la mujer, comprendiendo la aflicción que las curas y el rechazo de la enfermedad provocan en el espíritu de la frágil talóntar. «No he conocido en mi existencia a alguien que opine de la misma manera que tú, y no extenderé más este verbo diciendo las mismas palabras pero si has de saber que pienso, coincido y sostengo firmemente todo aquello que has dicho. Por ello me das seguridad de apadrinaros bajo mi halo.»

«Es más», continuaba Amon, manteniendo su estática y eterna postura, confiando en la muchacha y produciendo un acercamiento mayor entre ambas. «Te relataré cómo corrompí la mente de un siervo de la Luz. Seré breve.»

«Una vez fuí enfrentada particularmente como no antes, por un siervo de la Luz. Me han enfrentado, tratado de anti-natural, un monstruo que no sigue el orden de la Vida... Pero que es la Vida, si no un rostro gemelo de la existencia Eterna junto con la Muerte...», concedía, continuando su inspirador relato. «Mi respuesta ha sido la siguiente, luego de una extensa discución y un cierto enfrentamiento de pensamientos.»

«Le expresé una simple pregunta, “tú, siervo inmundo de la Luz, que proteges y velas por un supuesto orden... ¿por qué cuando tú o los tuyos caen en batalla recurrís todos a un clérigo para que los rescate de la Muerte? ¿no deberían respetarla y aceptarla...?” No dijo más, agachó su cabeza, reconoció que todos allí arriba son dominados como marionetas y se marchó con vergüenza agradeciéndome. Jamás volví a verlo, pero si supe que se corrompió», terminó, provocando una sincera y dulce risa de su compañera.

«Es lamentable, ver cómo se escudan tras un supuesto Orden Natural cuando ellos son los primeros en llevar a cualquier Iglesia a sus caídos para volver a traerlos a la vida, así como en apoyarse en pócimas y artimañas cada vez que presentan síntomas de hasta el más ínfimo resfriado. Si tanto adoran la Vida, deberían aceptarla con todas sus sombras», respondía Elvira, sonriente, deleitándose con las risotadas de la que pronto se convertiría en su tutora.

«Con sus sombras y matices... pero, ¿sabes que ocurre, Susurro? Jamás podrán refutar y tener fundamentos sólidos. Es más fácil alzar un juguete envuelto en esencia divina y tratarnos como si fueramos harapos. El diablo está en los detalles», exponía sabiamente, sin apartar su incansable mirada de la muchacha. «Y absolutamente siempre, sus acciones los justificarán y a los nuestros nos descalificarán. Pero tú... tú eres diferente y estoy segura de que hay más allí fuera como tú.»

«Eso espero. Incluso entre aquellos que podría denominar como aliados de fé he observado cierto temor e incomprensión por aquellos cuyos corazones no laten. Pero aspiro a obtener mi propio culto, mi propio séquito de devotos de la Madre que contemplan la Verdad. Que comprenden, que incluso los druídas de nuestra Diosa, en tierras lejanas... o al menos según textos arcaicos... invocaban criaturas no-muertas para llevar a cabo su lucha», comentaba, demostrando con tales palabras su predisposición para anteponer el resultado a los medios así como su intención de recurrir a cualquier cosa para llevar a cabo la Justicia que tanto merecia su querida Diosa.

«Híbridos entre vegetación e inmortal, la máxima aberración ante los ojos de los que moran en la superficie. Y aún así, algunos tienen la osadía de renegar de la tolerancia de nuestra Madre, de la clarividencia de su pensamiento y la bondad que le es inherente. Obviando incluso cómo se alejó durante un tiempo del regazo del Tirano para lisonjear con las promesas fatalistas de la Noche...», continuaba, hablando con su mismísimo corazón, cegada por el fanatismo. «Están perdidos.»

«Lo sé, dadles tiempo, dadles tiempo... El miedo se debe a aquello que desconocen, y por ello les dá pavor. Tu lucha será la mía, y ayudaré en lo que esté a mi alcance para ayudarte a cumplir aquello que anhelas y por lo que concuerdo. Grandes cosas haremos», finalizaba, satisfecha, poniéndose en pié para echar un último vistazo al rostro de la mortal.

«Gracias, sacerdotisa Amon. En ello confío.»​

Al regresar a su habitación, la talóntar podía sentir un inmenso calor en su pecho —quizás un resíduo de la emoción que tal diálogo le había otorgado, o quizás un vestigio febril de la mirada de la Madre desde su interior; pero sobrecogedor de un modo u otro. Suspiraba, satisfecha con su autonomía, deseando el día en el que la mismísima Talona decidiera presentarse ante ella; el día en el que por fin la honrase lo suficiente como para ganarse su aprobación, para ganarse el escuchar sus palabras y vislumbrar su bella silueta. Cerraba los ojos, conocedora de que visitaría en más de una ocasión a la sacerdotisa de Velsharoon. Consciente de que, juntas, quizás dentro de numerosos años —pero eventualmente—, crearían el contexto para que la Madre sonriese; para que el mundo abriera los ojos y por fín se respetase a aquella por la que tantos salmos había murmurado.
«Respetáis a la Madre, respetáis mi obra, Amon. Por eso permaneceré a tu lado mientras luchamos por propagar nuestra unificadora visión», confirmaría en visitas posteriores, cada vez más cercana a la inmortal que le regalaba su inmensa sabiduría; que le amparaba y ayudaba solidificando una férrea relación dotada de respeto mútuo y complicidad —una perfecta alianza, inusual, pero prometedora.​
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Juntando índice y pulgar, formando un Eterno círculo, iniciaban su muda promesa; un dulce recordatorio de la lealtad que hace tanto se habían prometido. Cerrando el puño, sellaban para siempre su sentencia —“Siempre Juntas”. Elvira observaba fijamente a aquella mujer, enigmática y silente, de cabellos ardientes y mirada amenazante. Sonreía, leve, consciente de la devoción que ésta sentía por ella; consciente de que cuando sus rosados labios dibujaban mudas palabras —“Querida Hermana”—, esto la situaba en la mente de la joven a la altura de la mismísima Noche. “No me oirán, no me verán”.​

Había pasado casi un año desde que Treza marchó para solventar ciertos asuntos de fé, visiones humeantes que en sus sueños habían manifestado deseos de Aquella que siempre le murmuraba, de su Querida Madre. No obstante, la Familia ha de permanecer unida, y es por esto que una vez perseguidos sus fantasmas, la muchacha buscó la puerta de aquella a la que como una sombra había seguido —aquella a la que con inquebrantable lealtad protegía, con disciplina envidiable, de cualquier amenaza posible. En la puerta de la habitación de Kontos, la devota permanecía estática, observando su madera durante largos segundos mientras respiraba con meditada lentitud. Poco después se agachaba, encajando su ojo en la cerradura atenta a cualquier posible movimiento; y allí estaba, la fantasmagórica silueta de su Querida Hermana, adecentando su larga cabellera blanquecina. Una sutil sonrisa recorría sus labios, observándola durante otro tanto, tomándose un generoso tiempo antes de llamar a la puerta. Al abrir ésta, la talóntar también enmudeció.

Inundada por una tormenta de emociones que sobrepasaban su control, Elvira pestañeó tratando de asegurarse de que aquella imágen no era un delirio febril. «Tr-Treza...», masculló, temblándole los labios. Rápidamente, la sacerdotisa estrechó entre sus brazos a la joven sin si quiera cerrar la puerta, petrificándose ambas en tal postura durante lo que parecería una eternidad. El aspecto de la Querida Hermana había cambiado poco, ahora más pálida que nunca antes y con abundantes ojeras de enfermiza obsidiana —con su nivéa melena recuperando el tamaño que antaño tuvo. La sharrana, por su parte, portaba exactamente el mismo atuendo que cuando dejó la Ciudad de la Moneda; con su rojizo cabello alborotado y maltratado enmarcando unos rasgos gélidos que no tardaban en tornarse amenazantes gracias al silencio que siempre portaba. Abría mucho sus azulados ojos, atónita, moviendo sus labios de forma temblorosa sin producir sonido alguno. “Querida... Hermana”, dibujaba, antes de corresponder al abrazo con la misma intensidad; enterrando el rostro en el hombro de la perpétua enferma. Pronto las lágrimas recorrían el rostro de la talóntar, «pensaba que no volvería a verte.»

Contemplando los ojos de Elvira, la pelirroja cogía aire con lentitud, notando cómo su pecho se oprimía. Cerraba sus ojos con fuerza durante unos segundos, pasando después un dedo por el rostro de la joven; atrapando en sus guantes la humedad que desbordaba sus ojos. Apoyando las manos sobre sus brazos, escuchaba atenta las palabras de la sacerdotisa, tratando de discernir estas de los susurros que en su cabeza se reiteraban. «¡Es ella!, ¡tu Querida Hermana!... ahí la tienes, Querida Hija.» Incapaz de mantener la distancia, la talóntar volvía a abrazar a la confusa sharrana, acariciando su cabello mientras lagrimeaba; aún impactada por el reencuentro. «No pasa nada, está bien... Ahora todo está bien, ahora todo vuelve a estar bien», murmuraba, ahogando en el foso más oscuro de su mente los recuerdos de aquellas penurias que había pasado lejos de Treza —de la inseguridad que le invadía con cada paso que daba sin su custodio, del temor que asolaba sus noches cuando se hallaba sóla en la cama. Nuevamente cerraba los ojos, tratando de serenarse a la par que mantenerse conciliadora para la muchacha, separándose únicamente para hacer una propuesta que sabría que iluminaría su rostro. «¿Deseas que vayamos a ver a vuestra Madre?», le proponía, sonriendo con lentitud mientras la devota abría de sobremanera sus ojos. “Querida... Madre”, gesticulaba, visiblemente sorprendida, antes de asentir despacio e iniciar la larga marcha hacia la Cueva de las Arañas.


«Buenos días», saludaba Dazai, interceptando al dúo cerca del Camino del Lago para luego alzar sus manos en un tono bromista. «Por favor, no me atraquen.»

«No esperaba verte», afirmaba, tímida, sin tardar en hacer una seña a su acompañante cuando esta preparaba sus armas frente al cabo —a pesar de este portar uniforme. Extendía su mano y cerraba el puño, hacia la silente fémina.

«Ya lo he supuesto, aunque igualmente a mí me alegra verte, mi nívea señorita», afirmaba, poco antes de hacer algunas preguntas sobre la extraña pelirroja que no dejaba de fulminarle con la mirada según se acercaba a la sacerdotisa.

«¿Queréis algo más de compañía o...?» se proponía, poco después, escoltando al dúo mientras parecía buscar una oportunidad de obtener más afecto por parte de la sossrim. Giraba esta su índice, en círculos, antes de cerrar el puño mientras sonreía tímidamente al cabo.

«Necesitaria algún masaje en estas zonas... me duele bastante, a decir verdad» se quejaría más tarde, fingidamente, acercándose más de la cuenta a la mujer a la que tanto deseaba cortejar. Sin embargo, Treza no tardaría en interrumpir los tonteos ofreciéndole una perla de sangre, incapaz de entender la situación.

«Tu amiga tiene habilidades muy curiosas», admitía impresionado, encontrándose cada vez con respuestas más escuetas y sonrisas más comprometidas por parte de la talóntar. No obstante, cuando las muchachas llegaron a su destino, no dudó en cederles aquella intimidad que parecían ansiar.

“Querida Hermana, disculpa mi desconocimiento de los hábitos de aquellos que viven entre los muros”, describiría con sus labios Treza al entender por qué Dazai era un aliado al que debía vigilar y proteger.​

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Tras un sigiloso descenso, evitando perturbar a aquellos alzados que tanto apreciaba Amon, ambas se adentraron en los pasadizos más oscuros de la Cueva de las Arañas. Cruzando un delgado y quebradizo puente, una tras la otra, llegaban por fin a aquel templo que antaño custodió el Cazador Inmortal poniendo en riesgo su mismísima existencia frente a las Hermanas de la Mano Sagrada. La Noche, materializada en maciza piedra, observaba a ambas con rodillas ancladas en las locetas y brazos alzados clamando una venganza que tardaba demasiado en llegar. Bajo su mirada, Elvira guardaba sus armas por respeto, dejando a su escolta avanzar y actuar con libertad —quedaba esta boquiabierta, con labios entreabiertos y temblorosos, acelerándose su respiración mientras tragaba saliva. Sus ligeros pasos, instintivos, la guiaban ante la estatua que observaba; chocándose casi con el altar que las separaba. Deseaba estar pegada a Ella, necesitaba estar lo más cerca posible de su Querida Madre. Miraba el rostro, atónita, alzando su cabeza mientras algunas lágrimas brotaban de sus ojos —era la primera vez que la sacerdotisa la observaba llorar.

Un pequeño gemido escapaba sus mudos labios, tímido y escueto, contenido a esfuerzo mientras sus rodillas desplazaban el polvo de la fría piedra. Ajena al riesgo de cometer blasfemia, la mujer se abrazaba a la pierna de la Diosa, temblando sus labios ahora en un frenesí silencioso demasiado caótico como para ser legible. “Querida Madre... estoy aquí... abrázame... no dejes que me vuelvan a alejar de tí”, pensaba, incapaz de articular correctamente sus gestos. La talóntar, paciente, miraba hacia los lados de forma discreta antes de acercarse silenciosamente a su allegada. Una única lágrima, empática, recorría su pálida mejilla al ver inundada de éxtasis a una de las pocas personas a las que aún seguía amando; una de las pocas personas en las que confiaba su vida sin llegar a dudarlo por un misero segundo. Se agachaba entonces, junto a ella, reposando la zurda sobre su hombro con delicadeza —apoyándola. “Siempre Juntas.”

Al sentir el tacto de Elvira, la silente devota alejaba su mejilla de la piedra. Su rostro, empapado en lágrimas, fijaba su mirada en la talóntar desbordando seguridad y vulnerabilidad a la par; agitada por los sollozos que contenía. No tardaba, súbita, en abrazar a la sossrim con fuerza a modo de agradecimiento. Nuevamente ambas se fundían en un enérgico abrazo, aferrándose Treza con firmeza a los sedosos ropajes de la sacerdotisa mientras le permitía oír los únicos ecos de su voz que jamás había mostrado a nadie —a través de tímidos jadeos que escoltaban su mar de lágrimas. No le soltaba, como si fuese incapaz de volver a hacerlo con el monumento a su Diosa, dejando que su compañera acariciase su cobriza melena con delicadeza. Al poco, los ajados labios de Elvira comenzaban a susurrar, conciliadores, promesas de grandeza y unidad; vestigios de un mañana mejor en el que ambas seguirían juntas, espalda con espalda, asegurándose de que las Madres por fin serían respetadas. Le secaba las lágrimas, mientras su rostro temblaba aún fruto de la profunda emoción, clavando su heterocromada mirada en ella para poder continuar con sus murmuros; solidificando una unión ya inquebrantable.

Unía todos los dedos de su mano izquierda, imitando una especie de parpadeo luminoso al separarlos y volverlos a juntar, mandando la señal que supondría la antesala de una discreta conversación. Una apertura íntima de sentimientos, de anhelos, de nuevas y viejas situaciones —un nuevo contexto sobre el que trabajar, unos nuevos límites con los que lisonjear. Mucho tiempo hacía ya de la precaria situación en la que se habían separado, y quizás, ahora por fin, vislumbrarían su momento.​

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Entre delicadas y blanquecinas sábanas, la joven se encontraba una vez más desnuda en unos aposentos que conocía quizás demasiado bien. Se acurrucaba en el cálido pecho del hombre que dormía a su lado, desviando la mirada hacia el vacío mientras suspiraba. Estaba ahí, una vez más, pero a la vez no —todo había cambiado, pero seguía siendo un movimiento que ya había cometido muchas otras veces. Además, estaba ahí, en el mismo lugar de siempre; el despacho del señor Manstein. Era, en aquel momento, imposible evitar preguntarse qué estaba haciendo —pero no era propicio.​

«¿Pero qué demonios?», a penas alcanzaba a mascullar Dazai, abandonando la cama con velocidad cuando la joven Leah dejaba caer una pequeña bandeja de entre sus frágiles manos de infante. «A ver, a ver, ¡por favor!», exclamaba, completamente desnudo, mientras Elvira se ocultaba sumida en un colosal estado de mortificación. «Estamos en algo privado pequeña, ¡tienes que salir ya! ¿Cómo has entrado? Vamos, vamos, o te echará la bronca tu padre», demandaba el cabo, gesticulando con una mano mientras cubría sus partes nobles con la opuesta; ante los horrorizados ojos de la hija del señor Manstein. «Es el cuarto de mi maestro papá», respondía la cría, sacando una delgada daga de sus telas. «Dazai, es muy pequeña, tampoco podemos echarla de su casa...» trataba de mascullar la sossrim, mientras el hombre no callaba tratando de echar a la pequeña. Sin embargo, en cuestión de segundos, la daga de Leah se dirigía al cuerpo desnudo del hombre. «¡Me cago en la niña de los cojones!, ¡sal de aquí o te vas a llevar una buena reprimenda y te voy a colgar de un árbol por las bragas!», gritaba, furioso, expulsando a la niña en un huracán de llantos ante los intimidados ojos de su pareja.

La vida, no era especialmente buena, pero por algún motivo tras aquellos gritos la sacerdotisa observaba al hombre con unos ojos distintos —distintos en una connotación positiva, pues había pasado de ser una duda a ser el hombre con el que quizás deseaba compartir el resto de sus días. Como probablemente Ulrik apuntaría, parecía ser que la talóntar sentía una debilidad por aquellos capaces de agredir a pobres críos indefensos, o quizás se trataba de una atracción fatal por los hombres crueles. De un modo u otro, ambos comenzarían a verse cada vez más y más, alimentando la decisión de la joven; le quería, le quería ahora y para siempre. Pero, ¿cuánto puede durar el florecer bajo la penetrante mirada de una Beshaba que siempre prové? Eran muchas las conversaciones que ambos disfrutaban, y era demasiada la comprensión que el cabo mostraba ante las habladurías más radicales y fanáticas de la mujer. Parecía valorar su perspectiva, aprender de ésta, escondido siempre bajo pícaras sonrisas y veladas preguntas. Parecía, así mismo, aceptar todo su cuerpo y admirarlo; independientemente de la enfermedad y de las infectas cicatrices que lo rodeaban ¿Era quizás la propuesta de un tymorano que Ulrik había hecho en Luz del Alandor más literal de lo que ambos habían pensado? Quizás lo hubiese sido, antes de la llegada de Clotilda Malasangre.

Aquella hermosa mujer de fatídico linaje no tardaba en rodear al cabo, con dulces e insinuantes palabras así como caricias que lograban despertar una ira en la talóntar que sólo André había sido capaz de despertar. Teniendo además que acudir a una boda, juntos y sin ella —pues los asuntos de fé la requerían lejos de allí—, se forjaba el contexto perfecto para un estrés sin precedentes en la sastre. «Cariñito mío», decía ella. «Me voy a hacer una alfombra con tu piel», rabiaba Elvira en su mente. La situación se prolongó durante una agónica dekhana, encontrándose la relación de ambos en una aparente prorroga mientras se celebraban los torneos de Agujas de Oro. Allí, a pesar de los sentimientos difusos que invadían a la talóntar, de algún modo logró mantener la compostura a base de férrea voluntad —y quizás, también, a base de desear todas y cada una de las enfermedades que conocía sobre aquella mujer que no paraba de catalogarla de «mustia enferma». A ella, ¡a una sacerdotisa de la Madre! Quizás era así como se sentía Talona cuando Sune, con su estúpida y jovial belleza, decidía pavonearse ante su quebrado cuerpo. No obstante, Elvira debía callar; pues no era capaz de desperdigar plagas a su paso —al menos, no aún.

Se quedó hasta el final, gracias a la vuelta de una desesperada Vevalna que llevaba demasiado en alta Mar. Mientras la sharessina despertaba, quizás, los celos del cabo con sus susurros lascivos y sinuosa silueta, los combates continuaban y únicamente Elvira esperó hasta el final por aquel hombre al que ya comenzaba a cuestionarse si quería tener a su lado. Dejando de lado a un Elrid que no había dudado en amenazar a su aparente yerno asegurándole que no deseaba herir a su ahijada y provocar su odio, dejando atrás a un incontinente Doth que no dudaba en orinar donde menos adecuado resultaba, Elvira se dirigía a sus aposentos del brazo de Dazai. Allí, éste le afirmaba que deseaba quedarse a su lado, permanentemente —siendo correspondido con un enérgico beso. Sin embargo, si algo se ha manifestado constantemente en la trayectoria personal de la sacerdotisa, es que no sólo la Madre tiene las garras sobre su alma; en todo momento, desde aquel desdichado beso, Beshaba le acecha esperando por el momento adecuado para retorcer su vida desviándola hacia el punto de partida una y otra vez.

Lo que comenzó como una escapada romántica a la gélida tierra de Náshkel no tardó demasiado en convertirse en el escenario de una serena ruptura. Buscaban objetivos diferentes, y dichos objetivos requerían ciertos sacrificios —sacrificios que el cabo no dudaría en hacer. Contenida y meditada, Elvira le escucharía para finalizar su relación en los mejores términos posibles, sin llegar a cerrar la insinuante ventana que Dazai le proponía; una última noche de pasión, en la intimidad, sin semi-orcos probándose ropa al lado y sin crías sollozando. «Más te vale recordarme. No me gusta ser irrelevante, en estos asuntos», había declarado ella, antes de escuchar cómo su idea se manifestaba. «¿Recordarte? Te veré mucho, aunque no sea en estas situaciones. Y... de tí dependerá ahora aprovechar esta última noche, o no.» Con esmero y picardía, recordando todo aquello que había aprendido del Cazador Inmortal, Elvira tomaría al hombre con atípica iniciativa; dejando de lado su timidez tras una maliciosa mirada. Fue entonces, cuando el cabo rozaba la cúspide del placer, que decidió alzarse y comenzar a vestirse —mirando con divertimento su confuso rostro. «Fue un placer Dazai, volveremos a vernos para asuntos... más profesionales», comentaba, conteniendo entre sus ajados labios la risa; midiendo cada respuesta. «Ya entiendo por qué decías lo de inolvidable...», respondía mezclando rabia, deseo e interrupción. «Además, es una pena que Alindra esté tan lejos, ¿no crees?» se burlaba la talóntar, haciendo un fingido gesto afligido.

​

Al llegar a los Llanos, Elvira suspiraba, comenzando a procesar lo que acababa de suceder. Desconocía si estaba molesta, por el esfuerzo invertido. Quizás realmente se sentía ridícula por lo sucedido por la Malasangre, o quizás le mortificaba en general la gran cantidad de tonterías que había vuelto a hacer por un hombre ¿Debía hacer caso de Vevalna quizás? Sabía que había rozado límites a los que sólo André le había empujado, límites que esperaba no volver a experimentar. Aliviada al ver el conciliador rostro de Ulrik, sonreía con levedad mientras hablaba con él, decaída pero incapaz de imaginarse los fatídicos y ebrios acordes que sonarían tras ella. «Mocita, dame el clavel...», tocaba, malamente, el hombre venido de Calimshan. «Dame el clavel de tu boca», continuaba estridente, provocando sudores fríos en la talóntar que Ulrik confirmaría al saludar afablemente a André. «Mátalo, Elvira, mátalo. Nunca te pido nada, mátalo», imploraba un susurro en la mente de la sacerdotisa según se giraba para observar la escena. Luchaba por ordenar su mente, luchaba por entender lo que acababa de suceder con el cabo, lo que estaba sucediendo con su ex-marido, y el hecho de que Doth se acercaba a ella con rostro de circunstancias. Sin embargo, todo pensamiento era vano, pues el sembiano no tardaría en cargarla sobre su hombro e iniciar la marcha. «¡Ulrik, socorro, eres el jefe por favor tienes que hacer algo!», suplicaba indefensa, haciendo que el oghmita se girase sobre sí mismo. «¿Algún guardia?», preguntaba al aire mientras ya era demasiado tarde. De alguna manera, allí estaba el hombre cruel que tanta desgracia le había provocado, sombrero en cabeza y —por algún motivo— con un hombre enmascarado que hacía sus coros. Le cantaba una serenata, casi tan borracho como el día en el que se habían casado, luchando por sostener sus manos mientras el semi-orco vomitaba sobre los zapatos de ambos y gran parte de los aventureros de los Llanos decidían que era un buen momento para observar.

«Les damos intimidad, pero observando», instruía Ulrik mientras el beshabita luchaba por gesticular una pregunta que parecía imposible para sus labios.

«¡Elvira! ¿quieres acostarte conmigo?», parecía mascullar, antes de corregirse con rapidez. «No, espera, no.»

«¡Que dicen que ahora le gustan los uniformes!», reía burlesco el enmascarado que había acompañado sus extraños cánticos. Mientras, Doth se lamentaba, temiéndose lo peor.

«¿Y quién es esta?», preguntaba, incapaz de concentrarse, cuando una paladina se situaba entre ambos. «Caballero, no se preocupe, no muerdo», respondía Alice, conciliadora, únicamente para despertar más temores en el borracho.

«¿Ya te has echado novia? ¡Ay! ¡Yo que vengo de Calimsham!», se quejaba él, golpeándose la cabeza contra un árbol para añadir dramatismo a su inminente llanto. «Espera, ¿has venido por mí?», preguntaba Elvira, incrédula, justo antes de que Doth ayudase al hombre golpeándole la cabeza contra el árbol una vez más.

«¡Doth! ¡Así no!», exclamaba la talóntar a su intento de pupilo, mirando después al hombre mientras todos parecían preguntarse qué sucedía.

«Que no bujarrón calishita medio-ebrio, que tu blanca paloma tiene atados muchos cabos», bromeaba el enmascarado, rompiendo a reír con malicia mientras contemplaba la surrealista escena.

«Elvira, que yo sé que te he tratado mal. Y si me voy, es porque Beshaba prové, pero ni ella puede separarme de tí Elvira», declaraba, de rodillas, tratando de mantenerse centrado a pesar de la vorágine de estímulos que les rodeaba.

«Elvira, yo sé que no te he tratado como te mereces. Pero por favor, Elvira, ¿quieres casarte conmigo? ¡Ulrik, tú sabes de leyes, cásanos!», exclamaba, ante los ojos incrédulos de Doth —el cuál, jamás había conocido a tal indivíduo y jamás había visto tan vulnerable a aquella a la que consideraba su ama.

«Yo...», mascullaba la talóntar, incapaz de controlar los sentimientos que resurgían de las cenizas de su interior. «¡Sí quiero, sí!», respondía finalmente, con el mismo énfasis que la primera vez que el sembiano se le propuso. «Pero lo hablaremos mañana, mejor», no tardó en retractarse, temerosa al notar cómo las cuerdas de su propia vida despellejaban sus manos.​

Llevaba las manos a su rostro, exhasperada, aún sin saber cómo iba a explicarle la situación a su hermano. Sin saber dónde cabrían tantas personas. Sin saber hasta qué punto podía confiar en que André no se iría al amanecer. No obstante, en aquel momento, ahí estaba; borracho y roncando ¿Había vuelto dos años atrás? Demasiadas preguntas, demasiadas emociones, pero nada capaz de dispersar el agigantado amor que innegablemente sentía por aquel hombre estúpido.​
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Las lágrimas brotaban de sus ojos como nunca antes, inundando su rostro en ardiente dolor incapaz de ser emulado por veneno alguno. Sus cuerdas vocales, resentidas tras tantos alaridos de genuino sufrimiento, se silenciaban tras unos labios ajados incapaces de parar de temblar. Sentía cómo todo se derrumbaba a su alrededor, sentía cómo su espíritu se quebraba en miles de fragmentos. Allí, en aquella oscura caverna, luchaba por respirar mientras toda la fragilidad de su delicado corazón se materializaba en inestables vibraciones —se aferraba a lo gélido, buscando apagar un agónico ardor que castigaba sus adentros. Era el final, verdaderamente había llegado el final.​

El beshabita se desperezaba entre gritos, como cualquier otra mañana, presa de la resaca y haciendo gala de su ausencia de modales. Al poco, sin si quiera cuestionar la presencia de los afilados ojos de Treza —amenazantemente clavados sobre él—, se acercaba excesivamente a la sacerdotisa agarrándola con fuerza. Aferrando la zurda sobre su hombro, con una mirada estática a la par que perturbadora, comenzaba a hablar dejando salir un imponente hedor a alcohol. «Si quieres que no nos volvamos a ver, nunca, jamás. Te prometo que puedo conseguirlo. Sólo tienes que decirlo, y te juro que esta vez voy a cumplir», pronunciaba, serio, despertando los nervios de ambas mujeres. La leal y silente pelirroja, tensa, llevaba las manos a una de las dagas de su cinturón mientras asomaba la parte superior de su dentadura; mientras tanto, Elvira, incapaz de pronunciar palabra, contenía la respiración temiéndose lo peor de sus palabras. «Y también ten en cuenta lo que pasa si decides lo contrario. No voy a cambiar, nunca voy a cambiar. Son las formas que son. Tampoco será como antes. Sabes perfectamente que desde que no están ellos, nada ha sido igual», continuaba, evocando memorias de aquellos comienzos en los que convivían perpetuamente con Desfer Estrado, Aren Brazoférreo y aquel arcano capaz conocido como Jefe. «Y aunque me duela admitirlo, la ausencia de ellos me pesa casi la mitad que la tuya.»

El hombre continuaba hablando, ignorante de que Treza desenfundaba sus armas y acrecentaba su respirar, dispuesta a quebrar a aquel que osaba tratar así a su Querida Hermana. «Elvira... Eres una mujer con éxito, dura. No eres la persona que yo conocía ¿Eres mejor? No lo sé. Pero no eres la misma persona ¿Querrías que me quedase si yo fuese otra persona?», enunciaba, como si hubiese meditado aquellas palabras durante meses. Cuando los susurros comenzaban a invadir la cabeza de la guardaespaldas, instándole a abalanzarse sobre aquel que parecía hacerle daño a la talóntar, Elvira lograba reunir un valor que quizás nunca antes había aspirado a tener cuando se trataba de André Lugosi. «Escúchame, André. Estoy cansada de que destroces mi vida y hagas todo el rato lo que te sale de los cojones. No vas a tomar esta decisión por mí. Y no voy a decidir ni hoy, ni mañana. Y te vas a callar y te vas a joder, te vas a joder y te vas a aguantar hasta que yo decida sobre tí», murmuraba, seria, agarrando su pechera por un momento. Como respuesta, el beshabita esbozaba una sonrisa muy lejana a aquella que podría reflejar aceptación alguna. Clavaba su mirada en ella, cargada de desafío y escepticismo; «me pregunto cómo me vas a obligar a ello.» Sin Treza, ambos marchaban a los Páramos del Alandor mientras la sacerdotisa descartaba todo tipo de ideas en su mente ¿debía apuñalarle? ¿enfermarle quizás? ¿podrían los dones de la Madre ayudarle en esta situación? Sin embargo, en la hora verdadera, no podía negar que amaba a aquel desgraciado —que más allá de la fé, lo único que deseaba eran las caricias de aquel hombre cruel.

Tras un silencioso caminar, ambos se detenían entre la vegetación del lugar. «Siempre ha ido sobre tí, André. Todo. Da igual con quién, dónde o cómo esté, al final del día siempre termino pensando en tí; echándote de menos a tí», confesaba, cabizbaja, luchando por no abalanzarse sobre sus labios en una cúspide de debilidad. «Pero te marchas, te marchas y nunca hay garantías de nada; y siempre duele del mismo modo», continuaba, poco antes de que André le guiase hacia el mismo puente donde antaño se había batido en duelo con más de un gañán por osar intentar sobrepasarse con ella. Allí, le tomaba las manos, arrodillándose ante su agigantada mirada. Introduciéndose bajo su capucha, buscándole en la oscuridad, André se pegaba por completo a la talóntar para abrazarla con fuerza. Tomaba aire, antes de volver a coger sus manos y girarse sobre sí mismo, buscando algo dentro de su bolsa —rompiendo el meticuloso silencio con el cortar de una tela. Un último ápice de inocencia en Elvira se quebraba en ese preciso instante ante la realización de que André no estaba buscando un anillo, André se había apuñalado con su propia espada segundos antes de dejarse caer puente abajo. Horrorizada ante su eterno rival, el agua, se asomaba incapaz de respirar. Tenía que hacer algo, tenía que saltar —pero no sabía nadar. Tenía que perseguirle, tenía que encontrarle, un único nombre se repetía en su acelerada mente —Amon. Tomó la ensangrentada espada que Aren había forjado para el único hombre al que jamás amó de ese modo, fugaz, corriendo hacia Crimmor con una velocidad que amenazaba con despedazar su quebradizo cuerpo.

Débil e hiperventilante cruzaba el río, alejándose de la visión de los guardias para avalanzarse cerca de un terreno que no podía atravesar. Se asomaba, temerosa de caer, incrédula e incapaz de procesar lo que acababa de suceder. Quería encontrarle, quería salvarle —necesitaba hacerlo porque este no podía ser el final. Aquellos sueños que había enterrado en lo más profundo de su mente cuando aceptó el camino de la Madre comenzaban a abrirse paso hacia sus propios ojos únicamente para morir, aquellos sueños de feliz matrimonio y maternidad, aquellos atisbos de humilde humanidad. Ansiaba volver atrás, ansiaba encontrarse junto a él una vez más; con los demás, en su hogar, como la familia que eran —pero ahora todo eso se desquebrajaba a un paso que sacudía su corazón en un doloroso latir que a penas lograba contener. Dos hombres, dos desconocidos, se acercaban a curiosear para ser recibidos con inteligibles sollozos. «Mi marido, mi marido se ha caído», mascullaba a duras penas a través de un hilo de voz que se extinguía entre aspiraciones temblorosas fruto del pánico. Un primero se lanzaba al agua, encontrando dificultades para nadar en el río y casi ahogándose al intentar sacar lo que no tardaba en identificar como un sangrante sembiano. Afortunadamente, un segundo se sumergía para empujar a ambos hacia la orilla en un último intento por recuperar al beshabita.

El cadáver yacía ante el trío, velados por una oscura noche y las embriagadoras sombras de los árboles cercanos; húmedo y evidentemente herido de fatalidad. No podían, de ninguna manera, llevar algo así al Templo de Chauntea; además, tal herejía no debía ser cometida por la talóntar ni si quiera bajo estas circunstancias. Amenazante, dentro de su desesperado temblor, la mujer les pedía ayuda para llevarlo a una vieja amistad —una amistad que podría ayudar—; iniciando así una silenciosa y discreta marcha Páramos arriba. Sin hacer preguntas, el trío no tardó en denotar no sólo que ninguno era realmente trigo limpio, sino que además ninguno pronunciaria palabra alguna sobre aquel fúnebre tránsito. En el exterior de Bodhi, la sacerdotisa de Velsharoon observaba la escena con sorpresa en su mortecina mirada. Extrañada en un primer momento por la inesperada visita, no tardaba en percatarse de que aquella era la primera y única vez que Elvira había descendido a sus dominios sin un meticuloso cambio de vestuario.

​

Incapaz de pronunciar palabra alguna, su protegida se derramaba sobre el suelo abrazándose al cadáver de su amado, sollozando mientras trataba de suplicar que uno de sus acompañantes se asegurase de que nadie les había seguido hasta aquel gélido lugar. Conciliadora, la inmortal saludaba a su pupilo antes de identificar a la devastada mujer como Susurro y tenderle la mano —quizás por piedad o quizás por aquellos recuerdos residuales de su tiempo en vida. Sin pedir nada a cambio, consciente del dolor que atormentaba en aquellos instantes a su estimada, la Voz del Jactancioso pedía espacio y la colaboración de su pupilo para iniciar oscuros salmos en una vieja lengua. Alzaba sus plegarias, rodeándose de lisonjeantes sombras verdeantes que mostraban su capacidad para captar la atención del Padre Liche; dejando en él la elección y posibilidad de arrancar de las garras de Beshaba el alma de aquel por el que tantas lágrimas derramaba Kontos. «Puede tardar un poco, ahora depende de él volver o no», clarificaba Ouroboros, ahora desenmascarado. Con tales noticias, la talóntar agradecía su ayuda a ambos seguidores del Jactancioso, arrastrando a una oscura y refugiada esquina el cuerpo. Deseosa de ver sus ojos abrirse, tras atender al dúo que había arriesgado tanto en sacar el cadáver del río, les imploraba que buscasen a Treza mientras ella se disponía a custodiar el lugar entre mudos sollozos. «André, por favor, vuelve, por favor... por favor, no seas obstinado, no esta vez», mascullaba para sí, difuminando el límite entre aquello que podía ser escuchado y lo inaudible. «Por favor, despierta», suplicaba, incapaz de aceptar la situación. Pero la Dama del Infortunio es una deidad caprichosa, una madre cruel, como Lugosi solía llamarla —y es por ello que el sembiano jamás regresó.

Con calma, Treza recorría con mirada indiferente el cadáver. Sin embargo, al contemplar el rostro de la sacerdotisa, separaba sus labios enseñando en un gesto molesto su dentadura. Culpaba a André, culpaba a aquel suicidio de haber provocado el sufrimiento que ahora carcomía a una mujer que consideraba fuerte. Cogía aire, tensa, tragando saliva en un intento por tranquilizar una respiración que no tardaba en acelerarse. Sin saber qué hacer, abrazaba a su Querida Hermana con fuerza, pegándose totalmente a ella y tratando de hacer que apoyase la cabeza sobre su hombro. Escuchando sus alaridos de dolor trataba de consolarle, sin éxito, con caricias torpes mientras ella misma se veía obligada a luchar por no derramar lágrima alguna. “Estoy aquí, Querida Hermana. Siempre Juntas. Nadie volverá a hacerte esto, Querida Hermana”, gesticulaba para sí, entre temblores, aferrándose con más firmeza a Elvira cuando ésta trataba de murmurar justificaciones fruto del tormento. Ambas permanecerían en tal abrazo durante horas, lamentándose una mientras la otra trataba de contener una creciente ira nacida de la enorme impotencia que le sobreponía tal situación. El necropolita, silencioso testigo de la escena en todo momento, pensaba para sí como parecía ser que mala hierba sí que muere, siendo llevado al pasado por algunos de los remotos vestigios de su humanidad —humedeciéndose sus inhertes ojos. No obstante, interiorizada o no la muerte del beshabita, pronto aquel festival de lágrimas se daría por terminado —poco después de que Treza marchara a custodiar las criptas— con la llegada de un caballero de oscura armadura. «Parece que hoy es el día de las excursiones, ¿has venido por el tema de la chica y su marido?», comentaba el insepulto, antes de que el Adalid se abriese paso únicamente para detenerse ante el cadáver y la sollozante mujer. Tensándose al ver su estado, alzaba su voz, demandando una explicación que únicamente provocaría su fugaz risa. «¿Y ese era vuestro marido?», se dirigía a la talóntar, antes de bramar entre dolor y tos «¡Levantaros maldita sea! Arriba, ya ¿No sóis capaz de ver en lo que os habéis convertido? ¿Este es un comportamiento digno de vos?», continuaba, señalándole con el índice diestro y alterándose cada vez más. «Os estáis comportando como una estúpida e infiel. Ese hombre no valía nada, débil de espíritu. Y vos aquí, llorando. Merecéis el mayor de los castigos.»

En pié e incapaz de responder, la mujer luchaba por ahogar sus sollozos, claramente sobrepasada por la situación a la que estaba sometida. Alzaba la mirada, tratando de contener la respiración, con ojos enrojecidos y encharcados que no parecían dispuestos a detener su marcha. El hombre gruñía, callando poco después para terminar por relajarse, extendiendo un silencio demasiado perturbador incluso para el devoto del Jactancioso que aún les miraba. «Así no curaréis el dolor... Enterrad a ese cobarde y secad vuestras lágrimas, o que ellos hagan lo que quieran hacer con su cuerpo», ordenaba ahora en tono calmado, haciendo que Ouroboros no tardase en agarrar la pierna del cuerpo y comenzar a arrastrarlo. «Sería lo que el Jactancioso desearía, nuestro Señor nos demanda investigar y este trozo de carne es una arcilla perfecta para modelar», respondía tímidamente, tratando el cadáver sin demasiado respeto. «Perfecto, llevaros a este cobarde. Dejad que se despida antes y os lo podréis llevar, la dejaremos a solas», intervenía el oscuro, haciendo que el carroñero taxidermista se alejase de André algunos pasos. «Os espero pronto, Susurro», apuraba, dándole la espalda a la talóntar. Elvira, aún sin terminar de aceptar la situación, veía por una última vez aquel rostro con el que tantas fantasías había tenido —aquel rostro junto al que le hubiese gustado despertarse cada día. Temblaba, cortándose al fin su mar de lágrimas para regalarle la endereza suficiente para articular un último murmuro en el oído de su amado. «Beshaba prové», le concedía, retomando su llanto y sintiendo profundo desprecio por aquella deidad que parecía burlarse contínuamente de ambos. Por aquella deidad que parecía haber sobrevolado a André durante la totalidad de su miserable vida.

Alzando su desfigurado mentón, el Adalid estrechaba entre sus brazos con fuerza a aquella mujer. Detestaba su debilidad, sabía que era mucho más que aquello a lo que se había reducido; pero a pesar de que mereciera el más impío de los castigos ante sus ojos optaba por atraparla en un metálico abrazo —evitando que viera cómo el necropolita arrastraba el cadáver de André hacia las oscuras profundidades del lugar. Mantenía la mirada sobre el abismo, murmurando sabias palabras que denotaban su experiencia; el hecho de que él también había sentido el dolor que ahora atormentaba a la talóntar, el hecho de que realmente esto no era más que el comienzo. «La muerte es lo mejor que le pudo suceder. A él, y a vos.»​
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Offtopic :
Muchísimas gracias a Azkan por todos los roles que nos dió con este personaje, a pesar de que su manera de retirarlo sea para darle un par de capones... :roll: Es raro sobrevivir a un personaje con el que empecé en el servidor y al que le he cogido tantísimo cariño, así que espero que el relato esté a la altura. ♡

Muchas gracias también a todos los que participaron en estos roles tan importantes para el desarrollo del personaje —y esperemos que Ouroboros esté contento con su nueva alfombra sembiana.
 
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Sabía que debía ser fuerte, sabía que debía escuchar a las sabias palabras de Noric Blake. Entregarse a su fé, abrazar a la Madre más fuerte que nunca y dejar que sus enseñanzas desbordaran su interior. Sin embargo, ¿de verdad era capaz de aceptar el sufrimiento del que ahora era portadora? Hasta entonces, por muchos errores que cometiera el beshabita, siempre hubo un horizonte marcado por su existencia —por su embriagada sonrisa, por sus oscuros ojos y sus abismales intenciones. Daba igual el dolor que éste le hubiera causado, y por muy liberador que resultara romper sus cadenas, la talóntar era consciente de que su espíritu y su mente se estaban quebrando más allá de salvación alguna.​

Los días, poco a poco, se volvían en un agigantado ciclo de diversas tonalidades. Elvira se levantaba, con la almohada encharcada en lágrimas, únicamente para observar bandejas repletas de alimentos que no cataría; para frustrar todo intento de su guardia personal por cuidar de su salud, correspondiendo a sus esfuerzos con un eterno ayuno. Después acudía a trabajar, temerosa de que el señor Manstein o cualquier cliente se percatasen de su estado, de lo que escondía —del ruído que se había asentado en su cabeza para no marchar. Tras coser escasos diseños entre temblorosas lágrimas, volvía a casa, sólo para volver a rechazar las ofrendas de Treza y esconderse bajo sábanas aún humedecidas de la noche anterior. El pasado se instauraba en el presente, con voces que no despejaban su cabeza; y el futuro se nublaba, catapultando hacia atrás inseguridades a las que no podía hacer frente. De la debilidad nace la verdadera fortaleza, pero, ¿y si ella no era digna de experimentar tal cosa?

«Haré que me odies tanto como yo me odio a mí mismo, y creéme que lo conseguiré», le escuchaba repetir mientras se giraba sobre sí misma, arrastrando las delicadas telas que le rodeaban y alertando a Treza de que algo sucedía. «¿Sabes? No te odio», trataba de resistirse, girándose una vez más para tratar de esconderse de algo que jamás le abandonaría. «Me lo debes todo a mí, eres lo que yo te he hecho ser y... ¿sabes qué le hago a todo lo que es mío?», seguía escuchando, retorciéndose sobre la almohada en un vano intento de silenciar sus doloridos quejidos. Deseaba que se callara, deseaba que Beshaba arrancase hasta el último ápice de su existencia lejos de ella —no obstante, ¿realmente quería que André terminase de desaparecer? ¿realmente quería perder lo último que le quedaba de él? «Elvira... Supéralo, nunca has sido ni serás nada», escuchaba y aceptaba, abatida, entregándose a lo onírico únicamente para volver a ver aquel maldito puente. Una, y otra, y otra vez; una caída eterna que jamás terminaba, ácida y amarga, capaz de someter a la sacerdotisa mucho más que cualquier plaga.

Descendía a aquella ciudad en la que siempre podía confiar, adentrándose en un tímido despacho en el que su querida Amon le esperaba. Le miraba a los ojos, tornándose los suyos acuosos poco a poco a pesar de sus esfuerzos por mantener la compostura. «Elvira, sólo quiero que sufras», escuchaba en su mente, cogiendo aire con lentitud para fingir una calma a través de la cuál la Voz del Jactancioso no tardaba en observar. «No te he citado porque tu rendimiento se haya visto afectado o no... pero, ¿qué te sucede? Mírate Susurro...», inquiría, no tardando demasiado en invitar a la mortal a expresar aquello que tan costosamente trataba de ocultar —en su faceta pública, en su morada, y ahora ante ella en la más sagrada intimidad. «Lo que lleves dentro, sácalo ahora o muere con eso, pero no hay desdicha que dure cien años ni ser que lo soporte. Eres mortal, si no hablas lo que escondes o reprimes, creará estragos en tu cuerpo», continuaba, antes de acercarse lentamente a la joven; sentándose frente a ella en una postura confidente. Sin máscaras, sin capuchas, la mirada de una clavada sobre la de la otra; se formaba así, poco a poco, un ambiente seguro en el que los sollozos y jadeos de Elvira no tardarían en hacerse presentes.

​

«Ya sabía vivir sin él. Siempre se iba, siempre me abandonaba o acababa en la cárcel; o ambas ¡Incluso una vez me maldijo! A mí, a su esposa», murmuraba, con un hilo de voz mientras cerraba los puños sobre sus muslos.

«Pero aún así, le quería. Le quería de verdad y el muy imbécil sólo ha vuelto para quitarnos todo», continuaba, desgarrándose su voz según confesaba su vulnerabilidad. «Y le veo cuando cierro los ojos, y le escucho cuando los abro. Siempre está en todas partes, siempre. Ahora sí.»

«Le escucho, Amon, le escucho. Todo. Todo. Escucho los poemas que me dedicó, escucho las frases con las que me rompió mil y una veces el corazón», admitía, desgarrándose su voz en una mezcla de luto y resentimiento.

«El tipo era un cretino que te trataba y destrataba Susurro... y lloras por él. No merece tus lágrimas, ni que te desgastes», respondía la inmortal, preocupada por su protegida y cuestionándose el carácter de los romances mortales de este tiempo.

«Eso no es amor, Susurro. Conocí ese sentimiento y déjame decirte que lo de ustedes no era amor. Quizás lo fué, pero hay límites que no deben cruzarse», continuaba, sabia, negando para sí antes de observarle nuevamente. «Cuando hay violencia... Y quizás no te molía a golpes, pero te torturaba mentalmente. Cuando te faltaba el respeto... cruzó esa línea que no se debe cruzar.»

«Me dijiste incluso que te maldijo... ¿crees que si te amó te hubiera maldecido? Eso no es amor, Susurro. Eso es un apego de lo más tóxico... y tú en parte eres responsable por permitirlo. Pero...», elevaba su mirada al techo, pensativa. «Eso ocurre cuando te relacionas con alguien desde la carencia emocional. Puedes seguir llorando hasta que mueras o puedes quedarte con los buenos momentos. Quizás cada uno estaba con el otro porque debían aprender algo, porque se ayudaban en un proceso... Y por más que sea tu cretino, ese cretino no merece tu estado.»

«Si al menos hubiera sido de otro modo, podría contemplar tu estado. Pero fue un cretino», remarcaba una última vez la inmortal, generando dudas en la talóntar.

«Noric me dijo que su muerte era lo mejor que podría haberme pasado. Tanto a mí, como a André, pero aún así... Hay tantas cosas que quise decirle, tantas cosas que nunca supo», mascullaba, temblorosa, luchando por acallar aquella voz sembiana que repetía una y otra vez «Elvira, no te debo nada. Todo lo que has querido tragar lo has decidido por tu cuenta.»

«Susurro, mírame. El pasado es historia, el futuro un misterio, y el presente es un regalo. Es ahora. Tú no eres como yo, tu tiempo es más corto, ¿lo vas a malgastar así? Yo considero inadmisible tu estado, el dolor por una pérdida es inevitable pero sufrir así...», respondía Amon, mezclando dureza y severidad con empatía, sabia en sus palabras y paciente con la mortal. «Hay realidades tan duras... No serás la primera ni la última con una historia trágica de amor, pero una es lo que hace con eso que le hacen. Tu eres mejor que esto, Susurro.»

«Gracias, Amon... Supongo que sólo necesito tiempo para acostumbrarme. Pero duele, duele mucho de lo que jamás me imaginé», confesaba, temblorosa, tragando saliva mientras alzaba el guante derecho a sus ojos en un vano intento por frenar su lagrimeo. «Elvira. Sólo quiero que seas libre. De la carga que soy, de tu potencial», se hacían eco en su mente aquellas palabras, una y otra vez mientras luchaba por expresarse.

«La Madre querría que aceptase este sufrimiento. Que tomara de él fortaleza, como de cualquier veneno o enfermedad. Pero es difícil, pues es mi espíritu el que paga ahora.»

«Duele, sí. No sé si una se acostumbra, pero aprendes a vivir y comprendes con el tiempo muchas cosas Elvira. La Madre querría que convirtieras el dolor y el malestar que te aflije en energía para cumplir con aquello que sabes que debes de hacer para agradarle», correspondía la inmortal, con una mirada más acristalada de lo normal. «Adversidades pasamos todos. Más, menos... En mayor o menor medida, al final del día eres más fuerte de lo que crees.»​

Incapaz de contenerse, afligida, la sacerdotisa se lanzaba a abrazar a su maestra; consciente de lo inapropiado de su gesto, sin esconder el afecto que comenzaba a desarrollar por aquella inmortal a la que tanto admiraba. Correspondiendo al gesto, Amon abría sus ojos con sorpresa, observando a la talóntar que no tardaba demasiado en separarse avergonzada. «Siento si me he sobrepasado, yo...», comenzaba a justificarse, tímida, haciendo que la mismísima Voz del Jactancioso no tardara demasiado en recogerla entre sus brazos. Con cierta torpeza, la necropolita tomaba a su protegida en un silencio sepulcral —pegándola a su cuerpo y apoyando la diestra tras sus cabellos como si sostuviera la cabeza de la mortal. Durante unos largos segundos, se convertía en un solemne candado que resguardaba a la joven; inmutable, severa y comprensiva. «Necesitabas hablar y te obsequié lo mejor que alguien puede dar. Atención sincera y tiempo, dos cosas que no vuelven», aseguraba en un tierno susurro, aún inamovible «No te has excedido, nadie tiene el pasado limpio para apuntarte con un dedo Susurro.»

Con el tiempo, a pesar de que aquella insesante voz jamás marchaba, al igual que si de cualquier otra plaga se tratase Elvira aprendió a vivir con sus dolencias. Guardaba cerca de su corazón aquellas palabras que la inmortal le había otorgado, guardaba cerca se su espíritu aquel humano gesto que con ella había tenido. Se apoyaba, así mismo, en la fortaleza de la que el Adalid Oscuro hacía gala —y los proyectos en los que éste la involucraba. Sabía que podía tener un mañana mejor, sabía que ahora por fin podría honrar a la Madre como era debido; a pesar de estar mancillada y quebrada. Alzaba su mentón, no dudando en regalar sus palabras sobre los milagrosos vestigios de Talona, embaucando pronto a un nuevo pupilo —un hombre que, al igual que ella en su momento, caminaba por estas tierras sin conocer que las caricias de la Madre ya estaban sobre sus hombros. Tenía nuevas responsabilidades, nuevas motivaciones, nuevas oportunidades de alzar aquello que sabía que debía lograr. Su altar, su calle, su culto —muchas cosas comenzaban a tomar sus primeras sombras con la caída de aquel hombre al que debía dejar atrás. «Y si me voy, es porque Beshaba prové, pero ni ella puede separarme de tí Elvira.»

La mejoría en la mujer, con el transcurso de las dekhanas y el fin de la estación, comenzaba a hacerse palpable —y a pesar de que cada noche Treza acariciase sus cabellos tratando de silenciar un mar de lágrimas, al menos ésta sabía qué debía hacer con ellas. Renunciaba a cualquier ansia de humildad, renunciaba a aquellas fantasías que desde un inicio implantaban dudas en sus adentros; ya no habría un “vivir todos juntos”, ya no habría un “formar una familia”, pues ella era la Hija de la Madre y debía actuar como tal. Sin tentaciones, por muchos remordimientos que desbordaran de ruidosos ecos etéreos su mente, por fin poseía tiempo para comprender el por qué de muchas adversiones. El por qué del rencor a Sune, el por qué del desprecio a Shiallia y su fértil estandarte, el por qué el apego a Shar y el odio a Lliira —sus lágrimas se tornaban finalmente en perfecto veneno, desterrando el velo que ya nunca volvería a lisonjear con cegar sus objetivos. De rodillas frente a su altar, pasaba la mayoría de las horas que correspondían al taller meditando, interiorizando el caos que se había impuesto en su espíritu para ya nunca marchar.

«Así que... Talona, ¿eh?», murmuraba Arieden observando su daga, endulzada por verdeante veneno. «Permitid que el dolor sea placer. Ella trabaja desde vuestros adentros sobre vos, y en la debilidad y la decadencia nace su fuerza. Ella está desde siempre y para siempre con vos, quienquiera que vos o el resto del mundo sirváis u oréis», murmuraba, con calma, colocando las manos en los bíceps del hombre mientras se pegaba a su espalda con ligereza. «Dejad que todo lo viviente aprenda el verdadero significado del respeto a través de Talona y rendidle culto en bienes y ferviente devoción. Id y trabajad en el nombre de Talona, dejad que vuestro hacer sea sútil o espectacular, pero hacedlo saber como la voluntad de la Madre», finalizaba, ampliando una maliciosa sonrisa mientras observaba al hombre. «Id y trabajad en nombre de Talona...», murmuraba él, sin dejar de mirar su daga.​
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Clavaba su mirada en aquel hombre, en su hermoso rostro, fascinada por aquella tensión que generaba la mezcla de vida y muerte que en él portaba. Respiraba con lentitud, luchando por contener un conflicto interno que no estaba dispuesta a tolerar; un conflicto al que no cedería el poder de sabotear aquello que, en la sombra, se había asentado en su interior. No estaba bien, pero no le importaba —comenzaba a cansarse de luchar por contener emociones cuando no tenía cabida la censura, cuando nadie observaba si aún mantenía su erguida fachada. Su apellido seguía siendo Kontos, pero nada debía a las enseñanzas de aquel que le había dado la vida; no cuando estas carecían de utilidad.​

Cuando Noric Blake decidió frenar la retirada de la Suma sacerdotisa del Dolor, la tensión se materializó sepultando los pulmones de aquellos que no hacían más que observar. Aún con la fresca brisa del Mar, aún con las caricias de un Astro Rey que comenzaba a reclamar su estación, el ambiente se sentía diferente. Las armas fueron alzadas, y no mucho después, Amaris lanzaba sobre los zhentarim que se le oponían una ráfaga de ácido y relámpagos —oscuros nubarrones arremolinándose sobre sus cabezas, suelo corrupto bajo sus piés, a pesar de que sus golpes eran certeros poco podían los banitas hacer frente a la ira de la muraní y el gélido acero de sus dos asesinos. Abriendo los ojos de manera desorbitada, una ráfaga de oscuridad comprimía el espíritu de la talóntar tan pronto como el Adalid Oscuro cayó al suelo. Jamás se lo había planteado antes, quizás por lo duras que habían sido las últimas estaciones o quizás por lo incanzable e inquebrantable que consideraba a aquel hombre; pero cuando le vió caer supo que no pasaría por esto otra vez. Que no deseaba perderle, que no permitiría que se lo arrebataran. Enfurecida, completamente consumida por su ira trató de acercarse, ardiendo sus interiores a pesar de que sus templorosos labios a penas fueran capaces de pronunciar el nombre de su aliado. Lloraba, lloraba envuelta en un frenesí similar al que había sentido cuando vió a su marido perderse entre las aguas del Alandor —pero distinto, pues un odio más profundo que el que nunca antes había sentido carcomía cada centímetro de su interior. Arrastrada por uno de sus hermanos, luchaba por zafarse, suplicante. «¡Déjame ir! Por favor, hermano, por favor, dejadme ir, por favor, os juro que no pasará nada», rechistaba, alterada, según perdía poco a poco de vista al grupo de valientes zhentarim que habían osado acudir a la isla. «¡Dejadme volver!», insistía, ahora también custodiada por un allegado arcano que negaba con su cabeza. Volvían a casa, a Athkatla, y no había nada que pudiera hacer —y aunque Ouroboros permaneciera junto a los cuerpos, esa no era garantía alguna de un buen resultado.

Temblaba, incapaz de tranquilizarse, atrapada en el abrazo de un hermano preocupado que desconocía como reaccionar ante la situación; resentida y rencorosa, ácida, pues esta vez si tenía a alguien a quien culpar. Le daba igual quién provocara la situación, le daba igual cómo ésta se había producido; ni si quiera las voces de André podían acallar ahora un ruído diferente —estridente, impío, perfecto. La espera por noticias se tornaba insoportable, aislados en el cementerio, terminando por descender a las profundidades en un vano intento de buscar a la Voz del Jactancioso; como si ella, sin cuerpo, pudiera obrar. Chocándose con el taxidermista a medio camino mascullaba temerosa, preguntándole si había conseguido llevarse los cadáveres, únicamente para recibir una respuesta negativa. «Después de todo no puedo llevarme a prisioneros vivos de guerra», clarificaba el inmortal, ante el empalidecer de la talóntar. «Han sido todos apresados y marcados como esclavos.» Tragando saliva, Elvira alzaba su voz, sin hacer si quiera el esfuerzo de contenerse en aquel momento, reiterando la última palabra en una desgarrada pregunta. «Es como si los hubieran matado... Son banitas, al fin y al cabo», respondía el mismo hermano que le había sacado a rastras de Brynn-Ley, hastiado, empatizando con el dolor que invadería el corazón de la sacerdotisa. Sin embargo, los ajados labios de ésta comenzaron a maldecir, incontrolables y desbordantes de odio. «Estúpida zorra sadomasoquista, le voy a sacar los dientes de uno en uno y me haré una maldita sopa con su estúpido cadáver ¡Mala plaga no se la lleve y desquebraje todos sus míseros órganos!», gritaba, sollozante, mientras el mortal posaba una mano en su hombro en un fugaz intento por suplicarle que respirara. «¿¡Que respire!? Esa cerda prepotente, ¡no tiene suficiente con todo lo que ya ha hecho! ¿¡Y ahora esto!? No me importa utilizar toda mi vida, recurrir a la inmortalidad, me dá igual que me lleve mil infiernos pero esa mujer va a pagar el precio de Talona y no tendré ni un ápice de piedad con ella, ¿me oís?», sentenciaba, antes de romper a llorar —adueñándose de lo sucedido a los zhentarim como una ofensa directa hacia ella misma. «Está marcado por el Señor Oscuro, está marcado. Es peor que la muerte, esto es mucho peor que la muerte...», mascullaba con un hilo de voz ya desgastado, lisonjeando con lo extinto, abatida; encendiéndose únicamente para mandar a callar en alto a aquella voz que resonaba burlescamente en su cabeza «Beshaba prové.»

Cambiándose a prisa, dispuesta a actuar con o sin ayuda, la talóntar abandonó a los suyos entre quejidos y maldiciones, deslizándose arbitrariamente entre el más profundo pesar y la más elevada rabia. Tenía que ir a Murann, tenía que ir allí con todos sus ahorros y conseguir pagar —al menos— la libertad de Noric. A pesar del débil estado de su cuerpo y los achaques que éste había obtenido durante las últimas dekhanas, cruzaba Púrskul sin temor, apartando con su escudo a todo aquel que osara entrometerse en su camino. Pensaba en él, pensaba en él tanto que ni si quiera André lograba nublar estos nuevos estruendos que se asentaban en su espíritu. «No podía haberse enamorado de un sastre, o un herrero, tenía que ser del banita loco», suspiraban para sí sus hermanos, aguardando una vuelta que cada vez parecía lejana. «Por la calavera del Jactancioso», se lamentaba Amon al enterarse de su marcha, negando para sí. No obstante, la sacerdotisa estaba decidida y no se detendría hasta volver a ver a aquel hombre por el que tanto daría —aún si sólo sería capaz de hallar una carcasa demacrada de lo que antaño fue un monumento andante al Tirano. Malherido, abatido y despedazado, halló a aquel a quien buscaba en un callejón de Caravassar tras escuchar en su trayecto rumores sobre aquellos que habían sido mancillados y deshechados en los caminos. Asustada y temblorosa, clavaba su mirada en él tratando de decidirse sobre cómo debería proceder; temerosa de herirle, intimidada ante la idea de ofenderle, y aterrada ante la imágen que tenía frente a ella. Sin embargo, aquella misma ira que le había guiado hasta entonces, no tardó en resugir imponiendo curación sobre él a pesar de sus quejas —de los últimos ápices de un orgullo que no estaba dispuesta a tolerar. «No sé donde iré. Pero me debo marchar», murmuraba con su castigada y profunda voz, humillado y sin a penas espíritu al que aferrarse. «Iré contigo, a donde sea», anunciaba ella, rápida, como una cría dispuesta a jamás aceptar cambio alguno «Y me dá igual si debo seguirte desde atrás.» Pronto sus lágrimas comenzaban a brotar, nuevamente, enrojeciendo unos ojos demasiado irritados como para cerrarse sin agudo dolor; vulnerable, una vez más. «No lo dudo», respondía él, llevando la diestra al rostro de la sossrim para concederle una frágil caricia a la que ella no tardaría en aferrarse. «No llore.»

«No les voy a perdonar ni en mil vidas, Noric», juraba, ácida, apretando sus ajados labios para intentar contenerse. Sin demasiado márgen de elección para el banita, la talóntar le ayudó a avanzar, dispuesta a darle cobijo allí donde sabía —por propia experiencia— que ningún indeseable les encontraría. Marchando a las profundidades, abría paso para el Adalid con grata inquietud, apretando con fuerza la empuñadura de su daga mientras su garganta ocultaba una cantidad de maldiciones que jamás imaginó que podía albergar. «Relajaros», indicaba, débil. «Temple el odio. Eso me ha conducido a esto, el faltar a las enseñanzas del Imperceptor. Creerme superior antes del momento indicado y bajar la guardia.» Aún tensa, Elvira se giraba para mirar sus ojos, asintiendo con lentitud a pesar de la molestia ilustrada en su rostro. «No me importa esperar. No me importa esperar hasta que haga falta, pero lo haré» —«No sin mí», añadía él, evocando en ella una maliciosa sonrisa. «No sin tí.» Con aquel breve intercambio de palabras, la sacerdotisa se consagraba a cuidar de él como consideraba que la Madre había cuidado del Tirano. Volvía a una situación similar a la de su inicio en la Ciudad de la Moneda, pensar y velar por dos —conseguir alimento para dos, buscar cobijo para dos, trabajar para dos. Mientras, Noric trataba de recomponerse, consagrándose al Oscuro y meditando en busca de su perdón a pesar de que éste le había arrebatado todo favor sin miramiento alguno. Eran momentos difíciles para ambos, dekhanas en las que lo público no era precisamente frecuente y el Astro Rey comenzaba a volverse un hostil desconocido para sus ojos siempre que debían desplazarse. No obstante, no estaban completamente solos, y sus planes no tendrían freno aún en tal situación.


​

Cuidaba de él, noche tras noche, sin importarle el paso de los ciclos siempre y cuando pudiera asegurarse de que nada ni nadie volvería a arrebatarle algo que tanto afecto poseía en su corazón. Le intentaba retirar la marca de su frente, ultraje por excelencia, empleando la misma daga oxidada con la que antaño mutiló sus propias manos —gélido testigo de su trayectoria, de su despertar; de sus horas más oscuras y ahora del inicio de su verdadera vida. Clavando la mirada en sus ojos, mientras Arieden era obligado a rezar a la Madre para prevenir cualquier complicación en la intervención, acariciaba su rostro con delicadeza y sabía que la situación comenzaba a escapar a su control. Deseaba vengarse, no ya de Amaris, si no de todo Murann. No ya de Teodoro, si no de todo zhentarim que osara mirar con desprecio a aquel hombre —incluso se cuestionaba las posibilidades de hasta qué punto debería de odiar también al Tirano, por causar el derramamiento de las lágrimas de aquel hombre. Quizás era el temor, sabiendo tras lo sucedido en el Alandor el dolor que una pérdida así podía ocasionar; o quizás era amor, puro y perfecto, por aquel hombre que días más tarde le aseguraba que no era como André, que siempre volvería. Colocaba sus dedos, en un proceso arcaico y doloroso, siendo aún capaz de disipar cualquier ápice de duda en la talóntar con tan sólo pegar su frente a la suya. «Calma. No hemos acabado», decía, asegurándose de cuidar de aquella mujer. «Os quiero a mi lado», afirmaba una dekhana después, «Si os quitan de mi lado, les arrebataré sus vidas hasta traeros de vuelta.» Ambos seguían un mismo camino, ansiaban un mismo destino, y por encima de todo comprendían aquello que albergaban en su interior —se sentía Elvira, por primera vez en su vida, genuinamente apoyada y alentada; arropada por un hombre cruel que sentía que jamás le haría daño. Un igual al que admirar, un igual que admiraba la sed de destrucción que cada día crecía más y más en su interior; un igual con el suficiente poder como para que con un susurro, todo el ruído de su espíritu cesase. Le alzaba del suelo, rodeando su cintura, observando sus ojos para esbozar una leve sonrisa; sin rozar sus labios, tan seguro en aquel instante como ella de hacia dónde se dirigían. «Es hora de poner fin a todos los daños y humillaciones sufridas.»

«Ah, ¿no le conoces al querido?», comentaba uno de sus hermanos, divertido, hablando con el banita sin ser conocedor de que era su rostro el que se ocultaba bajo la tela.

«No, desgraciadamente, claro», respondía él, ante una sossrim cada vez más avergonzada e inquieta que no dudaba en llevar la zurda a su brazo opuesto; tímida.

«A ver, no le he conocido en cercanía. Yo sigo pensando que me quiere rajar el cuello. Pero aquí mi hermanita...», comentaba divertido, apoyándose en ella con pícaro talante. «Lo quiere, así que toca cubrirle la espalda si se puede... Aunque sea a medias por chantaje emocional más que por voluntad propia», añadía, pellizcándole el brazo a la sacerdotisa.

«De menudos os enamoráis», murmuraba Noric, riendo leve ante la situación.

«¡Eso le digo yo! Dile ahí, dile», reía animado el encapuchado, cómplice y conocedor de más información de la aparente gracias a su estrecho vínculo con la talóntar.

«Es un buen hombre, ¿eh? El mejor que he conocido jamás», afirmaba ella, tímida, entre alguna que otra risilla que evadía sus labios fruto del nerviosismo.

«Por si sucediera algo...», comentaba horas después en un murmuro, mirando al banita mientras gesticulaba con sus dedos, colocando el índice sobre el corazón para disimular un ténue lazo. «Si hago esto, es que debemos marcharnos y despistar a alguien mientras nos retiramos, ¿vale?», se aseguraba, mostrando su desconfiaza por la superficie a pesar de la presencia de sus hermanos.

«Nadie os va a tocar, y cuando quieras, nos iremos», afirmaba conciliador, tomando su mano con gentileza.​

En aquella habitación, carente de luz gracias al manto que la noche les brindaba y las tupidas cortinas destartaladas que cubrían la ventana, ambos retiraban los velos que ocultaban sus rostros para dialogar —no sin antes asegurarse de que nadie podría abrir la puerta desde el exterior. Abrazando sus rodillas, Elvira observaba con timidez al hombre, escuchando sus relatos y aquello que sólo él conocía, embaucada por todo su ser. Era la primera vez que dormirían juntos, la primera vez que dormirían sobre una cama tras tantas dekhanas escondidos, la primera vez que la talóntar dormiría a solas junto a un hombre desde lo sucedido con André. «¿Descansamos pues?», preguntaba cohibida por inmensa timidez, poco después de ser rodeada por sus brazos para compartir un primer beso en sus labios. Ante la afirmativa del banita, se alzaba con su ayuda, observando con nerviosismo la pequeña cama consolándose con que al menos —gracias a la Madre— nada se les pegaría. «Es más resistente de lo que parece», comentaba, antes de carraspear fruto del nerviosismo al percatarse del doble sentido que sus palabras podían tener. Nerviosa, apartaba la mirada, tratando de justificarse. «Es decir, durmió un semi-orco en ella, no creo que se rompa si dormimos los dos sobre ella, vaya», mascullaba, sometiéndose a un incómodo silencio que únicamente rompería la rasgada voz de su acompañante. «Ya...», respondía él, sonriendo levemente antes de cogerla en brazos por sorpresa. «¿Noric?», susurraba ella, confusa y ruborizada, dejándole recostarla silenciosamente sobre las mustias telas del camastro. «Empieza a preocuparme que todo el mundo se quiera acostar con mi mujer», trataba de hacerse eco uno de los vestigios de André, sin demasiado éxito gracias a la tranquilizadora presencia de Noric. Se miraban entonces a los ojos, sonrientes y cercanos, pocos segundos antes de que el clérigo procediera a retirarse a un rincón oscuro de la habitación —dispuesto a meditar.
Acurrucada en la cama le observaba, ampliando una leve sonrisa, dispersándose cada vez más todo aquel ruído que le hacía dudar sobre sus actos. Trataba de no enterrar la diestra bajo su rostro, cuidadosa de no sabotear los cuidados que él le había proporcionado, encogiendo las rodillas y apoyando el rostro por completo en la almohada. Recordaba las palabras de su maestra así como las enseñanzas de su Diosa, y sabía entonces que esto sería diferente; que quizás perdería la vida en este nuevo tramo, pero si podía contentar a la Madre sería junto a aquel hombre. Quizás, después de todo, como hubiese dicho Ulrik, sí que había una sal mejor.​

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Entre las sábanas, la talóntar se revolvía incapaz de perturbar a aquel que dormía junto a ella. Clavaba su heterocromada mirada en el hombre al que amaba, incapaz de contener una leve sonrisa y efímera sonrisa. Recorría sus cicatrices, sus marcas, sabiendo que aquella era la visión que deseaba para el resto de su vida —sin embargo, también sabía lo que debía arriesgar. Sabía, que para el bienestar de ambos, debía cumplir. Sabía, que tras su exilio en Bodhi, aquellas criaturas a las que algún día planteó como herramientas eran ahora mucho más que eso. Recíprocamente, se habían convertido en sus seres queridos. En los de ambos.
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Aquella no era la primera ni la última vez que aquel vástago conocido como Agaros colaboraba con Elvira. Su extraña relación había comenzado más de un año atrás, a parte de cualquier otro vínculo a la Necrópolis o contacto. Un encuentro fortuito en las alcantarillas había llevado, de un modo u otro, a la sacerdotisa a aceptar comprar el favor del vástago con la confección de un atavío. «Sorprendedme», demandaba la letal criatura. «Así se hará», afirmó en aquel entonces la talóntar, entregándole dekhanas después un hermoso vestido azul de la talla del hombre. Su larga falda y las delicadas tiras de seda que decoraban cada curva encandilaron al inmortal, centelleando sus rojizos írises en una misteriosa satisfacción. Desde aquel día, quizás ambos, supieron que eventualmente llegarían al punto en el que antes de la Cruzada se encontraban. «Pedid por esa boca, ya que os habéis ganado que os tenga paciencia», dijo entonces. «Hay que traerla de vuelta», demandaba tensando sus facciones ante su desaparición.

Bajo diferentes máscaras, durante mucho tiempo, de tanto en tanto ambos se reunían. Como un juego serpenteante, mortal e inmortal medían sus palabras —velaban sus intenciones en una constante cautela de la sacerdotisa que se veía escoltada por el divertimento de la sádica criatura. No obstante, compartían una visión; un sueño. Sus objetivos y sus métodos de alcanzarlos eran idénticos, y por ello, a pesar de lo que les separaba poco a poco se habían convertido en los compañeros perfectos. Aquella gélida noche en Bodhi, Agaros detuvo a la talóntar para elevar una plegaria en la más absoluta confianza. Aquella impía noche en las Criptas, las máscaras de ambos caían por fín para elaborar un intercambio que lo cambiaría todo. «Necesito que me ayudéis, Susurro, que nos ayudéis», enunció el vástago con énfasis, sin abandonar la calma que tantas veces acostumbraba a mostrar; aún así, su mirada se clavaba fija en la mortal, casi como si ansiara sondear sus pensamientos. «Tenemos un trato», no tardó ella en aceptar.

«Puede que alguna vez seáis digna de superar esta carcasa mortal que sin duda oprime vuestro talento», murmuraba en su oído, tentador. «Me halagáis, Agaros», respondía ella, consciente de la responsabilidad y compromiso que supondría un gesto como aquel por parte del inmortal. «Sé que no son unas palabras con las que honréis a demasiados mortales, los vuestros», enfatizó. Correspondiendo con un voto de sinceridad y valoración, la mortal sonrió con levedad antes de matizar su respuesta. «En estos asuntos, la Madre siempre tendrá la última palabra, pues le debo la más absoluta devoción. Pero tampoco podría deciros que no me he planteado lo ideal que podría resultar dedicar la Eternidad a honrar su palabra, a ser su herramienta.» En un murmuro, ante la predisposición de la joven a marchar con presteza a completar una vez más un encargo para el vástago, le concedía un último gesto cordial en aquella velada. «Lo sé, os he escuchado, sé cuánto la adoráis y sé que una Eternidad a su servicio sería para vuestra existencia un regalo. No lo he olvidado», aseguraba.

En escaso tiempo, la sacerdotisa regresó. Regresó y marchó cuantas veces consideró necesarias, asegurándose de perfeccionar un trabajo ya impecable —no ante el deseo de adquirir un pago mayor, sino quizás ante el creciente apego que sentía por aquellas criaturas. Por aquel vástago. Por aquellos que tanto la habían ayudado, ya no cuando André decidió poner fin a su trágica existencia, sino cuando Murann casi le había arrebatado lo único que verdaderamente ansiaba; lo único que, ahora, movía pasión e ira por igual en su interior. No olvidaba jamás una ofensa, pero no olvidaba tampoco a aquellos que cuidan de lo que considera suyo; a aquellos dispuestos a colaborar en las ambiciones del hombre junto al que quería pasar el resto de sus días. «No os decepcionaré», le había prometido a Agaros. «Sé que no lo haréis», había correspondido sincero, esbozando una afilada sonrisa antes de desvanecerse en una bandada de murciélagos únicamente para perderse en el abismo de la noche.

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«Recuerdo el miedo que me transmitía vuestro cuerpo el día que nos conocimos, lo recuerdo tan bien, que cuando os veo ahora no puedo sino darme cuenta de que habéis cambiado para mejor», confesaba el inmortal, enmarcado sus afilados colmillos en una ténue sonrisa.

«Ha pasado mucho tiempo desde aquel entonces, hay situaciones que ya no me son tan ajenas y convicciones que han ganado prioridad en mi mente. Me halaga, que os hayáis percatado», respondía sincera, sentándose en la piedra mientras descansaba los antebrazos sobre las rodillas.

«Sois menos una patética pieza que exuda dudas, y más la representación de cómo la carne no es óbice para trascender», concedía el vástago.

«Me agrada, ser más considerada como una más que como una mera sierva. Mis inicios en la Ciudad fueron indignos, pero confío en que nuestro mútuo entendimiento llevará a que algún día podáis mirarme con los mismos ojos que a cualquier otro ciudadano.»

«¡Vos me halagáis con vuestro servicio! Impidiendo que pierda mi tiempo», enunciaba en un tono excéntrico, complacido, antes de orientarse hacia la sacerdotisa para observar plentamente su máscara. «Oh, querida, oh... Podría miraros de muchas maneras. Podría miraros como el cuchillo del cordero, como los ojos del lobo, como, incluso, una semilla con un glorioso futuro entre nosotros.»

«Confío en que la Cruzada sea la antesala de dicho futuro», respondía, afilando su sonrisa con un matiz ácido, consciente de sus propias aspiraciones al respecto —de aquella búsqueda de venganza e imposición que, de no ser por su semblante inestable, haría que los más necios sospecharan de un cariño hacia el mismísimo Hoar.

«Jamás he menospreciado la carne del cordero, pues de ella provengo. No, eso sería indigno, sabiendo que de su putridez existe el principio de la Inmortalidad», comentaba, meditativo, deteniéndose a divagar como nunca antes con la talóntar.

«Más bien desprecio a las bestias, a las criaturas que atadas a una falsa pureza luchan por vivir sin ambición. Odio lo corrompida que está la superficie.»

«Son débiles de mente y espíritu. La sencillez tiene su encanto, pero no debe ser lo único sobre lo que posen su mirada. Aún así, creo que su mayor pecado es encomendarse a falsas promesas. A juzgar, sin saber, considerando todo como blanco y negro», compartía Elvira, sonriendo con levedad ante la atenta mirada de Agaros.

«No conocen de matices, no se percatan de que aquello que deben amar y temer no es la Vida o la Muerte; sino la tensión entre ambos conceptos. Pero yo me aseguraré de que aprendan, les abriré los ojos, aunque jamás me reconozcan como su salvadora», continuaba la mortal, creando una atmósfera en la que ambos se situaban a un mismo nivel de respeto e interés.

«Las falsas promesas son al menos cuencos vacíos, que de ser revelada su naturaleza, quedan inservibles. Pero aquellos que reniegan de su hambre y ponen su fé en la salvación de los demás, bajo necios pretextos, son insalvables», respondía él, tomando con ligereza uno de los últimos informes de la mujer; consciente, aún sin leerlo, de que su trabajo sería excepcional.

«Entonces su sangre será derramada para vuestro Padre y sus entrañas reclamadas por las garras de la Madre.»

«Son ganado ¿y los débiles? También. Pero, ¿sabéis? Hasta el ganado es más digno porque conoce su lugar en este mundo. Existe para ser usado, y de eso ha de enorgullecerse», compartía, transparente, tensando sus comisuras en una mortecina sonrisa.

«Si por sí mismos no son capaces de entregarse la humildad en la que deberían arroparse, siempre se les puede dar una lección. Y el contexto que nos atañe ahora, más que nunca, es quizás el perfecto para ello», aseguraba la talóntar. «Aún así, hay mucho que debo entrenar. De cara a la Cruzada, y a convertirme verdaderamente en la vasija perfecta para las mudas insinuaciones de la Madre»

«Una vasija perfecta que, con suficiente poder, tendría la posibilidad de convertirse en la mayor sierva de su fé», comentaba en un delicado murmuro, tratando de embaucar a aquella mortal cuyas negociaciones decidía convertir en un asunto a largo plazo.

«¿No es maravilloso pensar en superar a cualquiera que obra sin la suficiente fuerza en nombre de tu Señora? ¿No es delicioso imaginar su vientre herido y burbujeante, con el sonido de la piedad no concedida?», fantaseaba el inmortal, tornándose sus ojos cada vez más centelleantes sobre la talóntar.

«Espero algún día ganarme el derecho a trascender. Sé que muchos desean mi inmortalidad más que yo misma», concedía, consciente del reparo que despertaba en su querida Amon la posibilidad de perderla; así como de la categórica negación de su amado Noric ante la idea de continuar sin ella. «Pero es algo que relego plenamente en mi Diosa.»

«Ansío su aprobación, que me libere Ella de las cadenas de la Enfermedad cuando me lo gane. Entonces, y sólo entonces, sabré que Ella me dá su beneplácito. Y de obtenerlo...», continuaba, antes de reír por lo bajo, descendiendo su barbilla para negar con delicadeza antes de asecender la mirada a la infinidad de la Infraoscuridad.

«Habrá quienes se opongan a tus decisiones tras el poder de tu madre, y vos tendréis que arrancarles la cabeza y ser mejor. Ser más hábil, más capaz, más perfecta.»

«No podrán conmigo. Ni si quiera he tenido cenizas desde las que trabajar en esto, en el culto que Ella merece. Y nadie me arrabatará mi posición, mi visión. Ni en mil vidas lo lograrán, de un modo u otro me aseguraré de que así sea», aseguraba, tornando su semblante gélido bajo la máscara, descendiendo la mirada hacia sus corruptas manos. «Siempre ha estado junto a mí, en mis entrañas. Desde que nací. Pocos pueden afirmar algo así, y aún menos pueden sentir su llamada tan cerca como yo lo hago.»

«Nunca olvidéis que la fé no es sólo servir a tu señor, sino también ayudarle a eliminar a aquellos que le traicionan. Y no siempre una traición viene de la mano del prejuicio que es buscado, no... a veces es acabar con quien malgasta sus dones», exponía el vástago, en confianza, desde la sabiduría que su posición como Segador le otorgaba.

«Herejes... ¿sabéis? Hay otros cultos en los que he tenido el privilegio de observar cómo actúan. Y hasta en ellos me desagradan. No sé cómo actuaré el día que encuentre a uno bajo mi manto», confesaba, con un matiz melancólico.

«Cuando eso ocurra, recordad que la fé de uno empieza y acaba en la fuente de su poder, los demás sólo son una parte del Milagro. No el Milagro», aconsejaba, ambicioso, asintiendo conciliador a la mujer y acercándose más a ella con cómplice camaradería.​

«Hay mucha gente que deseo ver reducida a un amasijo de pústulas y lepra», rememoraba, consciente de que aquel inmortal conocía de sus deseos de acabar con aquella que tanto mal le había causado a Noric Blake. Recordando, en aquel instante, cómo había lagrimeando entre temblores ante el vástago —expresando su deseo del perecer de Amaris con un resentimiento difícil de esperar, de un cuerpo tan pequeño y quebradizo como lo es el suyo. «Y mucho me temo que no todos ellos pertenecen a cleros necesariamente opuestos a la Madre. Pero Ella es sabia, y nos enseña que las ofensas han de ser pagadas con verdadero sufrimiento», continuaba, denotando su acidez con absoluta transparencia ante aquel que se había convertido en su amigo. «No me gusta que mancillen lo que es mío, aunque pocos sepan qué es lo que considero mío. No me importa que no sepan, me importan los actos», sentenciaba, siendo correspondida por un ápice de ternura que no tardaría en ilustrar aquella criatura. «Así es. Nuestro es ese deber.»

«Estaré cerca de vos, más de lo que os imaginaríais», se despediría Agaros, estallando en una nube de murciélagos para retirarse una vez finalizada la charla. Satisfecho ya entonces con su contacto, el inmortal no olvidaba tampoco quién cuida de los suyos. No obstante, su cercanía no sería suficiente así como su sabiduría no alcanzaría a vislumbrar lo que dekhanas después acontecería —la trágica situación que amenazaba con desplomarse sobre ambos. Aquel acontecimiento que llevaría a la sacerdotisa Amon al borde de la desesperación, que desgarraría la garganta del Adalid Oscuro en desesperados intentos por paliar el más puro de los sufrimientos. Aquel suceso que haría que incluso los Segadores llevaran las garras a sus testas, inquietos, tratando de trazar un plan cuya ejecución amenazaba con tornarse imposible ante el paso del tiempo. Era demasiado sencillo situar la mirada en la línea enemiga, sin considerar que, quizás, el puñal más letal se deslizaría desde sus espaldas.

Asegurándose de no hacer ruído, la mujer se levantaba, dejando en la cama a su amado únicamente para escabullirse en la noche. Colocando el disfraz sobre su propio pijama, la talóntar descendía hacia las calles para reunirse con en altar de su amada Madre. Lagrimeaba, pues hasta en aquel momento se hallaba temerosa de allí hacia donde debían marchar. Lagrimeaba, y entre temblores redactaba una pequeña carta, una despedida que entregaría en el momento preciso —antes de partir hacia Mínsor.
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Caesseth

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«¡Noric, Noric! ¡Noric! ¿dónde estás? Perdóname, por favor, perdóname, ¡Noric!» Resonaban así, noche tras noche, los gritos de la talóntar en aquella minúscula celda en la que los tres compañeros descansaban. Lagrimeaba, sollozaba, emitiendo alaridos de genuino dolor cada vez que sus ojos volvían a abrirse para encontrarse con su ausencia. Temblorosa, se refugiaba entre los brazos de su pupilo, quebrando —a pesar de la oscuridad de su corazón— la posibilidad de indiferencia de sus captores.​

Aquellos meses, tras el exilio en Bodhi, la relación del Adalid Oscuro con la talóntar no había hecho más que fortalecerse. Habiendo ya declarado sus intenciones de permanecer junto a ella, sucediera lo que sucediera, el paso del tiempo únicamente reafirmaba unos cimientos delicados pero eficientes. «Sabéis que sóis el hombre más hermoso que he visto jamás, ¿verdad?», murmuraba ella desde la cama, observando al desfigurado zhentarim sonreír con levedad mientras terminaba de recuperar sus ropajes. «No digáis sandeces...», respondía, antes de acercarse a sus labios. «¿Seguís pensando en ello? Quiero que estéis segura, muy segura», remarcaba con su rasgada voz, deseoso de formar una familia —juntos. «Una vez le tengamos, todo será más firme. Todo esto», se apresuraba el hombre, no tardando demasiado en manifestar sus intenciones al Heraldo del Dolor y en presentarse públicamente tanto a Ulrik Alef como a la silente pelirroja que jamás dejaría de observarle con recelo.

No obstante, Beshaba provee, ¿cuánto tiempo podría aguantar aquel que se autoproclama cazador de mentirosos y lunáticos, junto a alguien que mentía para sobrevivir y cuya cabeza cada día se fragmentaba más? Cualquier ápice de debilidad e inestabilidad perturbaba al Adalid, tensando sus facciones y obligándole a percatarse de lo severamente atado que estaba a los impíos labios de la mujer. Sin embargo, aún prometidos —enlazados por plateadas alianzas que Sipha Nox les había fabricado, anclados por promesas que trascendían a la carne—, el punto de inflexión se acercaba a la peculiar pareja. Cuando la tensión de las responsabilidades más precarias asfixiaba sus gargantas, cuando la inminente Cruzada llamaba a sus puertas y las espaldas comenzaban a tiritar, la presencia de Martirio demostró su poder ante ambos. «No eres nada, Elvira, nunca lo has sido, y nunca lo serás... no sin mí», murmuraba, día y noche, en lo más oscuro de su alma. «No tenéis ni idea. Sólo yo sé cuidar de ella», afirmaba ante el conflicto, expulsando su parecer a través de los ajados labios de la talóntar.

Un único día quedaba, antes del momento de partir a Mínsor. Cuantiosas pero limitadas horas, ahora sesgadas por una discusión que no parecía tener final. Ya le había entregado, aquella carta; temerosa de no volver. Pero, ¿a caso no era lo mismo perderle que perderse a sí misma? Con un nudo en la garganta alzó su voz, empoderada por la cercanía a su altar, lagrimeando mientras le repetía una misma frase que ira y orgullo se negaban a escuchar. «Leedla, y si lo deseáis, sabréis dónde encontrarme.» Apoyada en el mismo muro a través del cuál André había saltado, Elvira observaba el flujo con mirada melancólica, escuchando los murmuros de aquel beshabita mientras se preguntaba cómo había llegado a aquel lugar. A aquella situación. A aquel caos que tanto daño le había causado, y que ahora ella arrojaba sin querer contra aquel a quien amaba ¿Era así como se sentía André? ¿era este el verdadero significado de sus palabras? Quizás, después de todo, el final para ambos era reencontrarse en el Muro. Quizás, al final del día, Beshaba sí era imposible de evitar. Al menos, esas eran las únicas afirmaciones posibles antes de que un grito captara su atención.

«¡Necia!», desgarraba Noric su garganta, mostrando la carta abierta en su mano. Tosía, quebradizo, antes de volver a vociferar con más fiereza que nunca antes «¡Es lo que eres por escribir esto! ¡Por buscar reblandecer mi corazón!» Separándose de la piedra, abatida, la mujer ladeaba la cabeza con grata aflicción para murmurar antes de bajar su cabeza; «es la verdad», se defendía. «Tu verdad», sentenciaba el Adalid, con los ojos enrojecidos. En un silencio sepulcral la observaba, furioso, con sus facciones en perpétua tensión hasta que —sin mediar palabra— decidió besarla. Aferrándose a ella, la besaba una y otra vez, acariciando con la diestra sus mejillas sin dejarle oportunidad a separarse. «Soy una necia, una mentirosa y estoy desquiciada. Pero te quiero Noric, te quiero mucho más de lo que jamás voy a quererme ni si quiera a mí misma», murmuraba, antes de romper a llorar entre sus brazos. Entrelazados, estrechándole en ese mismo lugar como antaño lo había hecho el desdichado suicida, demostraba que él rompería el ciclo. «Regresa», susurraba el zhentarim, apretándola como si en cualquier segundo se fuera a desvanecer.

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Aún así, aquellos brazos, ahora se encontraban lejos —en la frontera, escoltados por dolorosos gruñidos de verdadero dolor. A pesar de que algunos miembros de la Orden habían sido especialmente considerados con el trío, como Adaman que les traía mantas o Roxanne que se aseguraba de intentar acercarles dulces a escondidas, la realidad seguía siendo la misma; seguían encerrados, en una celda minúscula, con un futuro incierto por delante. Arieden trataba de recomfortarse con historias, atendiendo a aquellos que parecían intentar redimirles, dispuesto a pasar por cualquier límite con tal de abandonar aquel lugar con vida. Elvira, lloraba día y noche, despertando la empatía de un joven paje llamado William que no dudaba en lagrimear junto a ella conmovido por su dolor. Y Zhendom, por su parte, golpeaba sin cesar los barrotes mientras gritaba. «¡Eooo! ¿¡No comemos hoy!?», chillaba al despertarse. «¡Que quiero mear!», sacudía el metal impaciente, suplicando por volver a Amn. La cordura escaseaba, haciendo que en los momentos más bajos incluso desearan que el juicio se acercase.

«¡En el sur de la Moneda, crecía y vivía! ¡Metía navajazo a quien se lo merecía!», se desgarraba la garganta el mediano, dándole puñetazos a la puerta con una energía que únicamente un hin podría poseer.

«¡Jugaba a las cartas y a los dados! ¡Porque por las noches, bebía relajado! ¡Cierto día! ¡Un trabajo llegó al lado!», continuaba, ante la mirada incrédula de sus dos compañeros.

«¡La hora de partir había llegado! ¡Mi compañero lo decía sin ton ni son! ¡Con Elvira y con Alfred irás a Mínsor!», despertaba a todo aquel que tratara de dormir en los barracones de la sede, incansable.

«¡Después de vestirme de un caballero que no hablaba y era extraño! ¡Su casco no se quitaba en ningún año! ¡Olía a peste, seguro que ni pa' un baño!», subía la voz, sin reducir el ritmo de sus golpes mientras los talonitas luchaban por no reír.

«¡Entramos recitando una fé extravagante! ¡Los guardias eran bastante tajantes! ¡Veía como otros entraban, demasiada gente! ¿¡Pero nosotros!? ¡No eramos corrientes!», permanecía con más pulmón que la mismísima Eterna Melodía en conjunto, llegando sus cánticos incluso al despacho del señor Langley.

«¡Quería saber que secretos escondía este acto! ¡Quería saber de ese tal artefacto! ¡Y al final con la tontería salió del revés!», perdía la voz, así como su cordura, sin reducir el énfasis ni los golpes.

«¡Acabamos en una celda de tres por tres! ¡Esperando un maldito juicio que llegará en un mes! ¡Nos vamos a pudrir aquí como la res!», sentenciaba, acercándose al final, antes de separarse de los barrotes y gritar. «¡Queremos volver a Amn, mamones! ¡Que quiero mear!», se desgarraba una última vez la voz, propinándole otro golpe a la puerta antes de desplomarse en el suelo.​
Aquel atardecer, el maestre de la Orden les confiaba que observaba una posibilidad de cambio en el grupo. Un cambio de vida, al menos —abandonando las calles amnianas para ser bardos, quizás. No obstante, era evidente que ninguno de ellos poseía verdadero talento; únicamente el suficiente tiempo libre como para fabricar cartas con pedazos de tela. Los ciclos se difuminaban, entremezclándose periodos de delirios trágicos con anécdotas que se tornaban repetitivas y rozaban la confesión; pues algunos, como William, no dudaban en tomar asiento junto a ellos dentro de las propias celdas. Cantaban, reían y lloraban, siempre con el latente deseo de volver a casa. Arieden ansiaba volver con sus hermanos, sano y salvo. Elvira deseaba reunirse con su amado, a cualquier precio, para aferrarse entre sus brazos una última vez. Zhendom era incapaz de soportar un segundo más en aquel espacio tan ínfimo, sin ver la luz del Astro Rey, sin volver a la intimidad de los callejones de Athkatla ¿Dónde estarían sus hermanos? ¿dónde estarían sus seres queridos? ¿les considerarían tan fiambres como ellos se consideraban a sí mismos?
Con un futuro incierto, la talóntar se acurrucaba en el suelo mientras lagrimeaba; una vez más, atrapada entre cuatro paredes de Mínsor. Sentía que volvía al comienzo, que lo perdía todo. Temía, por primera vez en años, su muerte. Sabía que había fracasado, sabía que únicamente había conseguido herir a aquel a quien tanto quiso proteger. Quizás, su final llegaría pronto, alejada de la mirada de su amada Madre y apartada de todos aquellos que tanto habían dado por ella. De un modo u otro, Zhendom seguía sus cánticos —«¡los palacas se llevaron las dagas! ¡que cara dura! ¡Los palacas se llevaron las dagas, que tanto duran!»
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Offtopic :
Un agradecimiento especial a todos aquellos que entráis a darnos un ratito de rol a los encarcelados, ¡muchas gracias, nos hacéis el día! ♡

Todo el crédito de las versiones de canciones a Lolzeta, también conocido entre las malas lenguas de los barrios bajos como el bético.
 
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Zhendom apretaba sus manos, inquieto, tragando saliva cuando la alguacil se disponía a prepararles para el juicio. Temía, al igual que sus hermanos, terminar ahorcado o quemado. No obstante, sabía que debía ser fuerte, sabía que debía demostrar su liderazgo con férrea serenidad. Por ello, el mediano se convirtió en un pilar, alzando su diestra para protestar ansiosamente ante todo lo dicho —fuera necesario o no, osando, incluso, protestar ante la sentencia del mismísimo juez fruto del nerviosismo. Cuatro meses de trabajos forzados, era la pena, cuatro meses en Mínsor.
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Desde hacer peluches hasta visitar a las familias afectadas por los vanos intentos de la Necrópolis por acelerar su libertad, el trío cautivo pasaba sus días encadenado a un continuado trabajo en el que la mayoría de la población se dedicaba a juzgarles. Roxanne, decepcionada con las mentiras enunciadas en el juicio, ya no estaba allí para velar por ellos e iluminar sus días con una esperanzadora sonrisa que se transformaba en el arcoiris sobre la montaña de pastelitos que conseguía acercar a su celda. William, desaparecido tras la Cruzada, tampoco estaba allí para humanizar por su parte el trato al pequeño grupo y compartir anécdotas jugando a las cartas —anécdotas que lisonjeaban peligrosamente con la posibilidad de corromper su inocencia. Sólo quedaba mano dura, mano dura y combatir contra gnolls, bandidos y minotauros ante la evaluativa mirada de Frederic Tesla. Afortunadamente, con el paso de las dekhanas, este pintoresco acosador encargado de revisar que cumplían los trabajos forzados terminaría por convertirse en algo parecido a un amigo para los presos. «La balsa, la balsa», decidían, quizás por un impulso caótico, los reos. «Estamos en una misión de rescate, no tenemos orden de descender corriente abajo», comentaba la maestre Claire, claramente en desacuerdo con la idea de explorar aquellas impías minas más allá de lo estrictamente necesario. «La balsa», reiteraba Arieden, consiguiendo el apoyo de Tesla y firmando el destino del grupo.

Se convirtieron así en pioneros de unas criptas que, pronto, se convertirían en una infame atracción para aquellos que ansiaran colaborar con Crimmor o comprobar la letalidad del orígen de la putridez de momia que tanto renombre ganaría en la superficie una vez sus síntomas se manifestaran en personajes notables como Kyle Vanderbelt y Ulrik Alef. Descendiendo con este último y un brujo gnomo de tendencias pirománicas, muchos eran los peligros que azotaron al grupo. Un slaad, que trataría de colocar sus crías en el interior de la talonita sin éxito pero lograría robar el equipo de Zhendom. Arañas gigantes, cuyas fauces poseían un agarre lo suficientemente rígido como para despedazar todo miembro que alcanzaban; reduciendo en escasos segundos a aquel a quien lograban impactar. Un tiburón de la infraoscuridad, que con frío y paciencia lograrían exterminar por la ambición del magistrado alquimista únicamente para verse obligados a huir cuando lo carmesí atrajo a más de esas acuáticas monstruosidades. Momias, ambiciosas e impías, tan contagiosas que ni si quiera la sacerdotisa de la Madre podría ahorrarse el escozor que sometería sus pulmones dos meses más tarde. Saliendo en Crimmor, la tentación de volver a casa se incrementaba más que nunca —no obstante, los reos hicieron lo correcto, y regresaron cabizbajos a Mínsor ganándose la aprobación del señor Alef.
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Poco a poco, normalizándose la situación y finalizando la Cruzada, el pequeño grupo comenzaba a adaptarse a su nueva vida. A pesar del temor que le generaba a Elvira compartir espacio con la casa en la que se crió, a pesar del pánico que la encadenaba a lagrimear sobre los brazos de Arieden cada vez que un viejo vecino la reconocía, incluso ella empezaba a habituarse a aquella tierra en la que ni si quiera podía rezar a su querida Madre. Las visitas de Elrid, así como las largas charlas junto al descanso de Desdémona, aliviaban poco a poco su dolor; así como las visitas, en la frontera, de su prometido. Aquellas escasas horas, entre la vegetación y las ruinas de un torreón que quizás antaño custodiaba un camino ahora cortado, eran suficientes para darle fuerzas de continuar con su condena. Cada beso, cada caricia, cada veloz revolcón entre los arbustos rezando por no encontrarse a Erik Langley observándolos al terminar, aportaba un mínimo de normalidad que a pesar de no agradar a Martirio incluso ella sabía necesario. No obstante, el agua de Mínsor estaba especialmente apetecible, y con ella venían consecuencias; consecuencias que zanjaban una de las más extensas discusiones de la pareja, complaciendo al Adalid y llenando de inquietud a la sacerdotisa.

Un largo maratón de vómitos se hacía presente, cada mañana, entre trabajo y trabajo, ante la mirada escéptica de Lumen y el semblante preocupado de Arieden. Cada vez era más difícil concentrarse, cada mañana las naúseas eran peores y el hambre se hacía presente a través de devastadoras fatigas —fatigas que únicamente empeorarían cuando la putridez decidía manifestarse a través de inundar sus pulmones, sometiéndola bajo una violenta y dolorosa tos que le impedía combatir u ocultarse. Sin embargo, Elvira sabía, al final del día, que incluso en aquella lejana tierra la Madre le observaba; y mientras la mirada de Talona y su férrea fé se mantuvieran implacables, todo iría bien. De la debilidad y de la decadencia, emanaría verdadera fortaleza. «Quiero veros con mis propios ojos», murmuraba, temblándole los labios, el banita. Se retiraba la máscara, incrédulo ante la noticia, lagrimeando a causa de la felicidad por primera vez en su existencia, llevando las manos al vientre de la muchacha a pesar de no poseer aún manifestación física del suceso. «Elrid, seréis abuelo», sentenciaba, tratando con especial delicadeza a la mujer, estrechándola entre sus brazos deseoso de que las últimas dekhanas terminaran de fluír; de volver a casa, con ella.

No obstante, la vuelta a Amn era agridulce. Despidiéndose de Langley alegremente, cuestionándose que quizás echarían de menos al pintoresco Frederic Tesla tras haber sido apaleados juntos por un desmesurado elemental de agua, fantaseaban en el barco con una recibida digna. Los callejones de los Barrios estaban vacíos, sin Alondra alcoholizada para recibirles con un poco de amor fraternal y sin Santo tonteando con Miranda empleando cada vez frases más originales. Dispuestos a informar, de su encierro y lealtad, a aquel vástago que había tomado como ahijada a Elvira, se encontraban también con una hostilidad que la Suma Sacerdotisa Amon no tardaría en cortar de raíz a favor de los mortales. Amn, no se sentía como un hogar en aquel momento. Todo había cambiado durante su encierro, habían sido olvidados para lo bueno y acechados para lo malo, periódicos hablaban de lo sucedido y de lo equívoca que había sido su escasa condena dinamitando por completo los restos de una imágen pública ya arruinada. No había Orquídea de Ébano, no había Secretos de Terciopelo, no había ya seguridad en el subsuelo ni tampoco en su propio hogar —ahora vacío ante una injustificada ausencia de Noric que se alargaría más de tres meses. Sin cartas, sin noticias de los Zhentarim sobre él, sin saber si permanecía o no con vida, se sentía abandonada y traicionada.

«Cree el ladrón que todos son de su condición», murmuraba ácida Martirio en las sombras más insólitas de su mente. «Te dije que no debías confiar en él, y ahora estás sola, con un crío en camino y sola», continuaba, reduciendo a la joven a un amasijo de lágrimas y temblores. Volvía a los Barrios, refugiándose en Carroña para intentar huir de su fatídica realidad, dedicándose de lleno junto a aquellos con los que había cumplido condena. Comprendía entonces, disipada la desconfianza y desvanecido el traidor que tanto mal le había causado, que aquella era la única familia que necesitaba y deseaba.
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